Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón

Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón leal a S.A.R. el Duque de Aranjuez Don Sixto Enrique de Borbón y al ideario católico-monárquico.
DIOS-PATRIA-REY

viernes, 30 de diciembre de 2016

Arte, tradición y artesanía



El problema principal del arte moderno es que es incapaz de crear ninguna tradición pictórica, es decir, ningún movimiento pictórico desde el siglo XVIII ha sido capaz de perdurar a largo plazo. En contraste con los longevos estilos artísticos anteriores, como el románico (S.X-XII, 400 años) o el gótico (S.XII-XVI, 600 años), los nuevos estilos no han tenido una existencia demasiado larga. Aunque esta situación se inicia masivamente con la Ilustración, tiene sus primeros antecedentes en el Renacimiento, cuando surge el racionalismo primigenio y la idea del artista como genio original. El racionalismo intenta ejercer una gran simplificación de la realidad, que por su naturaleza es sumamente compleja, y a partir de esas teorías los racionalistas intentan inconscientemente cambiar la realidad para “mejorarla”, sustituyendo en cierto sentido a Dios por el hombre (curiosamente, la esencia del liberalismo). De esta forma, el artista como genio intentará, conforme esta tendencia avance, controlar el arte. 

En el siglo XVIII, esta idea se extiende masivamente y los artistas van abandonando los antiguos talleres dónde aprendían bajo la dirección de sus maestros, como fuera el caso de Da Vinci o Miguel Ángel, en beneficio de las nuevas Academias, y abandonarían el trabajo en grupo (Velázquez y Rubens realizaban cuadros en colaboración con sus discípulos) para pasar al trabajo individual; progresivamente abandonarían su función de artesanos —es decir, una suerte de comerciantes de obras propias de gran calidad— y se volverían cada vez más independientes, aunque todavía hoy no dejan de realizar encargos. Tras el siglo XVIII, ningún movimiento lograría alcanzar el siglo y medio de existencia y a partir del siglo XIX, el límite se reduce un siglo, no siendo capaz ningún movimiento de alcanzarlo. 

En el siglo XIX, en el campo de la historiografía, se inicia la división de la historia en etapas uniformes y muy diferenciadas entre sí. Los nombres de estas etapas de la Historia del Arte tal y cómo las conocemos (románico, gótico, barroco…) se establecen en este siglo. Los nuevos artistas entran en contacto con esta terminología y empiezan a tomar conciencia de que si la historia está compuesta de etapas dramáticamente opuestas entre sí, ellos también deberían estar en una etapa histórica; por lo tanto, para rebelarse contra ésta o sus características deberán crear una nueva etapa drásticamente opuesta a la anterior. La principal innovación de este siglo es que los nombres historiográficos de los estilos artísticos son contemporáneos a los propios estilos artísticos. 

De esta forma se suceden los estilos pictóricos y a finales del siglo XIX, cuando se ha dejado atrás la concepciones idealista y realista de la realidad, los artistas, para ser originales y romper con los estilos anteriores, inician un alejamiento leve pero progresivo de la realidad y empiezan a aparecer obras que, como el Cristo amarillo de Paul Gauguin, los no versados en historia del arte no tendrían reparos en calificarlas abiertamente como feas.

En la primera mitad del siglo XX, se multiplican masivamente los movimientos artísticos, que se abrían con manifiestos que otorgaban un nombre al movimiento y definían sus características o intenciones. Muchos de estos no duraban más que semanas o incluso días. En la segunda mitad del XX el arte rompe definitivamente con las masas, la realidad y la estética y empezó a volverse más y más estrafalario, adoptando su forma actual. Esta rápida sucesión de estilos artísticos ha ocasionado que los artistas tengan la sensación de que todo lo que se podía hacer ya está hecho y que la única forma de hacer algo original es mediante obras excéntricas y, de vez en cuando, polémicas. Se produce, en resumen, un agotamiento de la creatividad artística.

Para que el arte se recupere, es preciso que el artista deje de intentar controlar el arte y vuelva a ser un artesano cuyo principal objetivo sea la producción de obras de calidad, bien subordinada a un compromiso o a la propia supervivencia. El artesano debe educarse en el taller, no en una academia, y debe de carecer de una idiosincrasia como artista, actuando en el presente de forma casi inconsciente. Con ello el artista volverá a integrarse dentro del arte y de la historia. El resto, la formación de escuela y la transmisión del estilo a discípulos, su conservación y su auto-transformación, se realizará de forma automática e intuitiva, por lo que el artista podrá volver a participar en una tradición duradera. 

Como ejemplo práctico tenemos a Augusto Ferrer-Dalmau Nieto, cuyas obras de le han cosechado críticas muy positivas y una popularidad notable entre la gente corriente. Ferrer-Dalmau es un autodidacta, no se adhiere a un movimiento específico, realiza encargos y está comprometido con la historia de España. Él mismo afirma que su estilo no entra dentro de la filosofía de la Real Academia de Bellas Artes. Sin embargo, al ser autodidacta no sabe cómo enseñar y eso, a corto plazo, le impedirá crear una tradición. A medio y a largo plazo, lo que suceda a continuación es una incógnita. Quizás nuevos artistas quieran seguir su ejemplo, volviéndose autodidactas y rompiendo con el arte moderno; quizás con el tiempo Dalmau acabe trabajando con otros artistas, que se convertirían en aprendices de facto, quizás sus hijos sigan su camino y trabajen con él (a fin de cuentas, es el mecanismo primitivo de transmisión de una tradición) o puede no suceder nada de lo anterior, y que se convierta en uno de los artistas que romperán con el arte contemporáneo, pero sin crear una tradición nueva, honor que a lo mejor le corresponde a otro.
 
Augusto Ferrer Dalmau pintando "Rocroi. El último tercio", una de sus obras más conocidas.

martes, 27 de diciembre de 2016

Luis Hernando de Larramendi

Con motivo del quincuagésimo noveno aniversario de la muerte de don Luis Hernando de Larramendi, reproducimos la breve reseña biográfica de la Enciclopedia Espasa  (con las debidas reservas, por ejemplo la referencia a «la juventud derechista») de esta figura destacada en la historia del tradicionalismo español.



Político, abogado y publicista español, n. en 1882 y m. en Madrid el 27 de diciembre de 1957. Acérrimo carlista, pasó de presidente de las juventudes de su partido en Madrid a ser uno de los más apreciados elementos de la llamada Casa de los Tradicionalistas y uno de los puntales del semanario Alerta, cuya intransigente postura política se manifestaba en su lema «Antes morir que prevaricar».

Conoció una intensa vida pública al servicio del ideario carlista, que reconoció el propio Don Jaime de Borbón, quien le nombró su secretario general político en España.

Como escritor siguió una línea paralela con su actuación política. Buscó una interpretación moderna del tradicionalismo monárquico, pretendiendo atraer a los neutros y, por otra parte, instruir a los adeptos del partido, entonces gravemente desorientados ante la marea incontenible del liberalismo.

No hubo en su tiempo, prácticamente, mitin contra Canalejas, el pensamiento libre o la escuela laica en que no se oyera su voz, dispuesta siempre a aleccionar a la juventud derechista.

Como periodista, entre los años 1932 y 1935 dirigió y costeó la revista Criterio, colaborando también asiduamente en periódicos de su misma orientación ideológica, tales como El Correo Catalán, El Pensamiento Navarro y Reacción.

Entre otras obras escribió Papá ministro, Guía sociológica de aspirantes al matrimonio, La salud de la causa, En la avanzada y Cristiandad, tradición y realeza.


* Tomado de la Enciclopedia universal ilustrada europeo-americana (Espasa-Calpe), suplemento 1957-58, p. 233.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Navidad

Felicitación navideña de la Agencia Faro, a la que encarecemos a todos nuestros lectores a
suscribirse, enviando simplemente un correo electrónico a: faroagencia-subscribe@yahoogroups.com

¡Navidad! es decir ¡el nacimiento de la alegría, del amor, de la luz, de la fe! el nacimiento del Hombre Dios, es decir, de lo más grande y hermoso que puede concebir la humana imaginación: he aquí lo que simboliza el 25 de diciembre.

¿Por qué el rey del cielo envió a su hijo a nacer en un pesebre, y le envió en lo más crudo y riguroso del invierno?

Para enseñarnos la paciencia, la humildad, la mansedumbre, el amor a la pobreza y el desprendimiento de todos los bienes de la vida.

Jesús, que es la suma belleza, la suma sabiduría, la fuente de toda riqueza, el hijo y único amado del dispensador de todas las grandezas quiso venir al mundo, pobre, humilde, que tiene por habitación un desvencijado portal, por cuna un duro pesebre, por madre a una Virgen que le mece sobre sus rodillas, le toca con sus labios y le arrulla con su canto. Desde este momento histórico el cielo baja a la tierra. Ese Niño cifra toda su felicidad en nuestra felicidad. Y si Adán obedeciendo al espíritu de las tinieblas, separó de Dios al mundo, Él, obedeciendo libre y amorosamente al Espíritu de la luz, unirá al hombre con Dios, salvará al mundo perdido por Adán y establecerá la serie de las gracias y de las virtudes contra la serie de crímenes abierta con el pecado original.

¡Oh divino Jesús, con cuánta razón podemos repetir con el Apóstol: Donde había abundado el pecado ha superabundado la gracia! Eres ya nuestro hermano, Tu Madre es la nuestra, nuestra patria tu cielo, tu gloria nuestra gloria. Ante tu cuna se han formado dos razas de hombres, la raza de los que te aceptan y la raza de los que no te quieren; la raza del pecado de Adán y la raza de tu reparación; y mientras los primeros, buscando la deificación de la razón, caen en el más abyecto y miserable servilismo, los segundos, sujetando su razón al argumento de tus gracias, se explayan apacible y libremente por las riveras de tu luz y de tu amor.

Por esto cantaban alborozados los ángeles en el día de tu nacimiento:

Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad.

Por esto el mundo no necesita ya, en frase del Apóstol de las grandes concepciones, sol ni luna; porque la claridad de Dios lo ilumina, su antorcha es el Cordero.

LA VERDAD (Granada, 21 de diciembre de 1907)

lunes, 19 de diciembre de 2016

La Tradición nos salvará

Figura alegórica de la España,
gran cuadro al óleo por Ermolao Paoletti

Lo dije ayer y lo repito hoy.

Sí; cuando el movimiento, llamado liberal, era en el fondo solamente el despotismo; cuando en vez de proclamar la libertad de la Iglesia, de las Regiones y de las Cortes representativas, implantaba el absorbente y caprichoso centralismo y dividía la nación en provincias antinaturales, esclavizaba y perseguía a la Religión y al Clero, e impedía a las clases y organismos sociales su legitima y acostumbrada representación e influencia en las Cortes y en la cosa pública; cuando, en fin, se trataba de implantar un régimen político extranjero, impío y herético —y, por tanto, tiránico; antimonárquico, pues que anula el oficio real; antiespañol, antipopular, sólo conveniente para satisfacer las concupiscencias de los partidos y para crear ambiciones y vanidades personales—, entonces, el pueblo español, amante de sus leyes propias, de su verdadera y orgánica libertad, de su Fe, de sus Fueros venerados, de sus Reyes de verdad con autoridad y responsabilidad, se opuso a la intromisión del régimen liberal y parlamentarista, que venía a matar la genuina democracia de la nación hispana.

Y esta posición que el Jaimismo tradicional sostiene, hoy como ayer, en contra del régimen parlamentarista liberal, tiene derecho al aplauso público, por lo mismo que nadie lo combatió tanto ni tan penosamente, y porque nadie representa y defiende tan pura y radicalmente el régimen tradicional, religioso, monárquico y fuerista.

La Dictadura, que, se decía destinada a destruir el régimen funesto liberal, encontró en sus comienzos el aplauso y la adhesión del pueblo español, que es antiliberal por convicción y por experiencia; pero, contagiada e ilógica, cayó en los mismos vicios y doctrinarismos que pretendió arrancar, fracasando ante la conciencia pública, de la que se alejó.

Esta conciencia pública española, cató­lico-monárquica, mas también amante de sus instituciones populares que, hoy como ayer, reclama la implantación total de su tradicional régimen monárquico fuerista, para la subsistencia y bienestar común de la Patria y de la Monarquía.

Inútil será la propaganda espectacular; ineficaces, todos los agitados trabajos de los partidos... Hablen los jefes y jefecillos; proclámense uniones y organizaciones; créense nuevas agrupaciones con programas máximos o mínimos... ¡Todo será infructuoso, si en contra de la interior y secular espiritualidad política española, se esfuerzan unos y otras en sostener un régimen absurdo y funesto que, lógicamente, tiene que parar en la anarquía o en el despotismo!

¡La Tradición —sólo la Tradición— puede salvar a España!...

JOSÉ SOBRÓN

José Sobrón


EL CRUZADO ESPAÑOL, órgano de la Comunión católico-monárquica (partido jaimista) en Castilla la Nueva (Madrid, 6 de junio de 1930)

viernes, 2 de diciembre de 2016

Partitocracia




La partitocracia es un sistema de gobierno en el que el poder es controlado de facto por los partidos políticos, oligarquías políticas enfrentadas continuamente por el poder. El calificativo de oligarquía no es gratuito pues un partido político grande necesita propaganda, expertos en marketing, economía y en estadísticas, y todo ello requiere tres cosas: dinero, dinero y dinero. Aquel partido que pueda costearse propaganda continua, infraestructuras (sedes, lugares de reunión o de mítines...) y los sueldos de sus expertos e integrantes tendrá una posibilidad de acceder al gobierno.

Los partidos políticos emplean el sistema electoral vigente como medio de legitimización mediante la elección democrática y de este modo gobiernan de un modo tan absoluto y despótico con el que ni tiranos griegos, ni los déspotas ilustrados ni siquiera los dictadores de la centuria pasada llegaron jamás ni siquiera a soñar. Estos poderosísimos sátrapas pueden cambiar a su capricho leyes y constituciones, la identidad nacional de un país, la configuración de su sociedad y la propia manera de pensar de sus súbditos. El mecanismo de en que los partitócratas basan su poder omnímodo es el sistema electoral, una estadística, casi un sondeo que hace elegir el partido que prefieren. He aquí el engaño.

Se trata de representaciones gráficas del análisis de un fenómeno, pero sí se representa una gráfica sola, ésta no significa absolutamente nada, o incluso peor: es una verdad a medias, incluso peor que una mentira abierta. Los estadistas honrados son conscientes de que a la hora de realizar estadísticas de fenómenos sociológicos, económicos, biológicos, etc., hay que tener en cuenta múltiples condicionantes, comparar numerosas gráficas y estadísticas, analizar hasta el detalle aparentemente más irrelevante, porque absolutamente todo tiene que ver un fenómeno. En terminología geográfica, a este principio se le llama principio de interrelación. En cambio, las estadísticas que se presentan omiten datos y al final se obtienen las conclusiones a las que el que elabora las estadísticas quería llegar deliberadamente. Lo mismo sucede con el sistema electoral.

Ofrece muchas opciones entre las que elegir, muy distintas entre sí, pero esos resultados se pueden interpretar de múltiples formas. Unas elecciones en las que sólo ha participado la mitad del censo, ¿cómo se interpretan? Aunque un partido tuviera el 100% de los votos de los que han participado, aún le faltaría el voto de la otra mitad del censo y se vería impedido para gobernar; si se vota a un determinado partido, las razones de los distintos individuos se pueden interpretar de mil maneras distintas: el grupo A porque no quiere que salga el otro partido; el grupo B concuerda ideológicamente con su elección; el grupo C concuerda con los métodos de gobierno; el grupo D está a favor del programa económico pero no del programa educativo, etc., etc.

Abstenciones, votos en blanco, razones varias para el voto… ¿cómo se interpretan a la hora de conceder la legitimidad a un partido para gobernar? La respuesta es simple: no se tienen en cuenta porque no interesan. El objetivo es que gobierne un partido, no que se gobierne conforme a la voluntad de la nación soberana(mente estúpida). A veces incluso la lectura más obvia es reinterpretada por los partidos, de forma que incluso el que obviamente ha resultado vencedor según la encuesta puede no ser el que gobierna, porque partidos derrotados en las urnas suman los votos de las estadísticas, como fueran simples números en una calculadora o en una hoja de papel, sin consultar a los votantes, y desbancan al vencedor. De esta forma, una vez concluida las elecciones, la decisión soberana radica en los partidos. Podríamos decir que la democracia es como los años bisiestos: sucede una vez cada cuatro años.

Pero incluso sin sumar, los partidos políticos interpretan a placer. Durante la etapa sin gobierno, probablemente la etapa más feliz de nuestra historia reciente, que se dio tras las elecciones de 2016, Pedro Sánchez se inventó un partido al que llamó “el Progreso”, que supuestamente había ganado las elecciones. Algo similar sucede con los referendos más vagos todavía que los sistemas electorales. Los referendos ofrecen sólo unas opciones que no ofrecen término medio ni terceras opciones y, para colmo, se consideran el máximo exponente de la voluntad popular, por lo que constituyen los máximos legitimizadores partitocráticos. Ejemplo de ello es el solicitado referéndum por la república.

Ese supuesto referéndum sólo dará dos opciones: república o monarquía. El iberista probablemente vote a una de las dos opciones a pesar de que sabe que está tan lejos de su dorado sueño como el primer día; el que desee una república federal o una unitaria se verá en la misma tesitura; el que quiera que todo permanezca relativamente tranquilo probablemente votará a la monarquía; el falangista o el franquista no sabrá a qué atenerse. Al carlista, puesto a decidir entre Guatemala o Guatepeor, sólo le quedará la abstención, a sabiendas de que no servirá para nada. De esta forma, las únicas opciones que tienen lugar son las que los partidos con el poder o influencia suficiente deciden mediante su absoluta y suprema voluntad.

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