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sábado, 23 de abril de 2016

Don Antonio Arrue, detenido en Granada durante la Cruzada

Antonio Arrue Zarauz (1903-1976)
Cuando el Príncipe Regente volvió a entrar en la «zona nacional» el 28 de noviembre [de 1937], una de sus primeras decisiones fue nombrar a Antonio Arrue su secretario personal. Y como tal le acompañó en su gira de casi 4.000 kilómetros por tierras vascas, castellanas, extremeñas y andaluzas, siendo recibidos de forma «triunfal» en todos los lugares donde había unidades del Requeté, un hecho que provocó no pocas suspicacias en la Junta Militar de Burgos ante el potencial político que podía alcanzar el carlismo en el «bando nacional».

Descansando en La Ventilla, cerca de Motril, tras haber visitado la Alpujarra granadina, recibieron el 21 de diciembre la orden de detención contra Arrue, orden que respondía a un requerimiento de la Auditoría de la VI Región Militar, con base en Burgos. Solo la mediación de personalidades cercanas a la comitiva hizo posible que el dirigente guipuzcoano se pudiera presentar voluntariamente, evitando así la sorprendente escena de que la Guardia Civil se llevara detenido a un miembro de la Junta Nacional Carlista de Guerra. Dos destacados integrantes de la delegación, Antonio Garzón y Rafael de Olazábal, fueron los encargados de acompañar en coche a Arrue hasta Granada, donde ingresó en la prisión provincial.

Todavía sin haberse recuperado de esta desagradable sorpresa, el propio Príncipe Regente se encontró, al regresar a su residencia en Granada, la carta en la que Franco le invitaba «por el bien de España» a que saliera cuanto antes de ella. Se la entregó personalmente el comandante Mazas, que se había desplazado expresamente a Granada con esta misión. Don Javier pidió al correo que solicitara «al generalísimo» una audiencia lo antes posible. Según relata el marqués de Valdespina, cuando el enviado de Franco abandonaba la casa, en las escaleras, se produjo un fuerte altercado entre el militar y Olazábal, quien «le cantó las cuarenta», echándole en cara que tanto la detención de Arrue como la expulsión de Don Javier eran una venganza por la fuerza que estaba adquiriendo el carlismo (Orbe y Vives, 1938).

Arrue quedó en situación de prisión incomunicada, siendo inútiles los intentos de verle, «en vista de lo cual, se le mandaron unos colchones y mantas, así como su maleta y la cena». Dolores Valero de Rojas, una de las responsables de la organización de las Margaritas en Granada, quedó encargada de que a Arrue no le faltara nada, mientras que la delegación carlista regresaba a Burgos para cumplimentar el encuentro con Franco.

El relato de esta expulsión no deja pasar por alto la coincidencia de que el 22 de diciembre se cumpliera exactamente un año de que Manuel Fal Conde, mano derecha de Don Javier, también «cumpliendo órdenes superiores», se viera obligado a pasar la frontera portuguesa camino de su destierro en Lisboa. «Justo al año –sigue el testimonio Ignacio de Orbe y Vives– el Señor (Don Javier) sale de Granada para atravesar los Pirineos, cumpliendo órdenes del Jefe del Estado». «A las 8 y cuarto de la mañana, emprendemos viaje a Sevilla, no sin antes haber testimoniado todo nuestro agradecimiento a la familia Contreras (en cuya casa se hospedaba) por las atenciones recibidas y trato dispensado a SAR. El Señor pidió a la familia Contreras que hicieran extensivo su agradecimiento a todo el pueblo de Granada. A Dolores (Valero) pidió se ocupara de que a Arrue nada le faltara y que las Margaritas hicieran lo posible para que, mientras estuviera en la cárcel, lo pasara lo mejor posible. Con el alma llena de tristeza por los últimos acontecimientos, salimos rumbo a Sevilla», para, después, ir a Burgos, desde donde, tras una tensa entrevista con Franco, Javier de Borbón-Parma se dirigió a San Sebastián y de aquí, el día 27 de diciembre, a la frontera de Hendaya (Orbe y Vives, 1938).


* Extracto del artículo de Manuel Martorell: Antonio Arrue, el carlista que colaboró en el relanzamiento de Euskaltzaindia en la revista Euskera, número 56.

Biografía de Antonio Arrue Zarauz en El Matiner Carlí.

martes, 12 de abril de 2016

La tumba del General Carlos Calderón y Vasco ha sido salvada

Gracias a nuestra campaña en pro de la salvación de la tumba del General carlista don Carlos Calderón y Vasco, podemos anunciar que la familia finalmente ha pagado la deuda de más de 10 años que tenía la sepultura.

Nos congratulamos de haber contribuido a evitar que el cuerpo momificado del que fuera diputado a Cortes electo por Granada y Brigadier de la campaña de 1872-1876 haya sido cremado y echado a una fosa común, como es la práctica habitual en caso de impago del vergonzosamente secularizado y privatizado cementerio de Granada.

Esperamos que los huesos y la boina —que se conserva intacta— de nuestro General vencedor en Eraúl sigan durmiendo el sueño de los justos en espera de la resurrección de la carne. Las donaciones recibidas serán empleadas para proporcionar una lápida digna a la tumba, en la que actualmente no figura ni su nombre.

Hasta la fecha hemos recibido 735 € [801 € (actualización 28/8/2019)]. Una lápida de mármol correspondiente al tamaño de la bóveda cuesta más de 2.000 euros. Cualquier nueva donación para este noble fin, desde 1 euro, es bien recibida y agradecida:

Para hacer un donativo puede realizar una transferencia por PayPal a circulogeneralcalderon@gmail.com o bien una transferencia o ingreso bancario al siguiente número de cuenta corriente:

                                          Banco ING
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* Muchas gracias a todos los que han donado. Llevamos recaudados 735 €. 

lunes, 11 de abril de 2016

Historia del Carlismo de 1909 a la Dictadura de Primo de Rivera: El Jaimismo

ENCICLOPEDIA UNIVERSAL ILUSTRADA EUROPEO-AMERICANA. TOMO LXIII (1928)

Extraído de la voz Tradicionalismo (pp. 502-506). (Véase el fragmento anterior aquí).

2. El jaimismo.

Por fallecimiento de Don Carlos quedó al frente de la comunión carlista su único hijo varón, Don Jaime de Borbón, al que sus partidarios dieron el número de III, teniendo en cuenta los dos reyes aragoneses del mismo nombre, contra la costumbre de tener en cuenta sólo los de Castilla; y por haber también fallecido Matías Barrio y Mier (23 de junio d 1909), fue nombrado jefe delegado en España Bartolomé Feliu.

Encontró Don Jaime a su partido bien organizado en todas las regiones y provincias, con Juntas en casi todos los distritos y con numerosísimos círculos, juventudes y requetés en toda España, así como muchos diarios, semanarios y revistas, incluso dos rotativos (adquirida la maquinaria por subscripción popular), El Correo Español y El Correo Catalán.

Las elecciones de 1910 llevaron al Congreso ocho diputados y al Senado cuatro senadores del partido. Los carlistas emplearon su actividad principalmente en combatir el proyecto de la Ley del candado, contra las Órdenes religiosas, obra del Gobierno de Canalejas (organizando manifestaciones y dando mítines en toda España y llegando en el Congreso a la sesión permanente), y en luchar contra el republicanismo, aliado del Gobierno en la campaña anticlerical, menudeando las colisiones entre republicanos y carlistas, sobre todo en Cataluña, donde, habiendo los primeros atacado a los segundos en San Feliu de Llobregat, los requetés repelieron el ataque, produciendo a sus enemigos 4 muertos y 17 heridos (28 de mayo de 1911).

Redacción de El Correo Español (1912)

A principios de 1913 cesó Bartolomé Feliu en el cargo de jefe delegado, en el que fue substituido por el marqués de Cerralbo, constituyéndose, bajo la presidencia de éste, una Junta nacional, integrada por los jefes regionales y los representantes en Cortes, y en una reunión celebrada en Madrid el 30 y el 31 de enero del mismo año se designaron diez Comisiones (Propaganda, Organización, Círculos y Juventudes, Requetés, Tesoro de la Tradición, Prensa, Elecciones, Acción Social, Defensa del Clero y Defensa jurídica de los legitimistas perseguidos por delitos políticos) y se dictaron reglas para la reorganización del partido en toda España, fundándose nuevos círculos y volviendo a tomar algún incremento la propaganda.

Poco después comenzaron a brotar los primeros gérmenes de una honda escisión en el jaimismo. Don Jaime, a pesar de las peticiones constantes de sus adeptos, no se casaba, por lo que empezó a temerse que, no teniendo sucesión, quedaría sin jefe el partido, por ir entonces los derechos al jefe de la rama reinante, con lo que se terminaría la cuestión sobre la legitimidad de origen en la sucesión a la Corona.

Unido a esto existía el problema de la alianza en Cataluña con el catalanismo, que cada día extremaba más sus exigencias, hasta el punto de provocar serio disgusto entre significados jaimistas de dentro y fuera de aquella región.

Salvador Minguijón, en una serie de artículos y conferencias (recogidos en el folleto La Crisis del Tradicionalismo en España, Zaragoza, 1914) comenzó a sostener que era preciso la unión de los jaimistas con los católicos independientes y con Maura para implantar un programa mínimo, sin derrocar la dinastía reinante, y laborando para ir, poco a poco, por vía de evolución, cambiando el régimen liberal. El Correo Catalán y algunos otros periódicos apoyaron esta dirección, contra la que protestaron muchos jaimistas, a causa de que en ella se prescindía de los derechos de Don Jaime, y por entender que el programa mínimo y la alianza con los católicoliberales representaban una claudicación y el abandono del carácter militar del partido, viendo en lo que se llamó minguijonismo un nuevo nocedalismo, pero con una inclinación dinástica y liberal más acusada, que le aproximaba al pidalismo.

Por otra parte, Don Jaime declaró que «no concebía nuevos partidos y que si bien podría el suyo reforzarse con elementos nuevos, nunca podría perder su carácter; que había heredado deberes y los deberes no eran renunciables» (Interview con el Mundial Magazine de París, en abril de 1914). A pesar de ello continuó El Correo Catalán apoyando las tendencias de Minguijón, y en un Congreso de Juventudes celebrado en Barcelona algún tiempo después, llegó a presentarse un tema consistente en que Don Jaime debía renunciar sus derechos, venir a España y constituirse en jefe de un nuevo partido conforme a las indicadas tendencias.

Era entonces jefe regional jaimista de Cataluña el director de El Correo Catalán, quien mantenía al propio tiempo una estrecha alianza con la Lliga regionalista, de tal manera que en las elecciones se acataba la dirección de ésta y sus orientaciones en materia regionalista. Tal confusión motivó seria protesta de los jaimistas opuestos a estas tendencias y que pedían la independencia política del partido, protestas que culminaron en un mensaje elevado a Don Jaime a principios de 1915, al que se adhirieron todos los Círculos de Barcelona (menos el central) y muchísimos de Cataluña, fundándose un periódico (El Legitimista Catalán) para sostener la tendencia del legitimismo puro.

La nueva orientación dada a las elecciones por la Junta nacional no fue acatada por la regional de Cataluña, lo que dio lugar al nombramiento de otra, que independizó al partido de la tutela de la Lliga; pronunciando Mella a últimos de junio de 1916, al discutirse en las Cortes el Mensaje regio, un discurso en que concretaba la diferencia entre el autonomismo de la Lliga (nacionalismo regionalista) y la autarquía (regionalismo nacional) que sostenían los jaimistas, puntualizando el programa de estos en tal materia.

Opúsose, sin embargo, El Correo Catalán a la nueva dirección, y para ver de llegar a la concordia se nombró un Comité de acción política que estableció como norma la de «ni siempre con la Lliga, ni siempre contra la Lliga», pero siempre con alianzas accidentales y partiendo de la base de un regionalismo confesional, católico y español. La Asamblea de Parlamentarios catalanes y los sucesos que con ella coincidieron en Barcelona (julio de 1917) acabaron de distanciar a los jaimistas y la Lliga, con excepción de El Correo Catalán.

También en las Vascongadas, y de acuerdo con los catalanistas, estallaron agitaciones de carácter nacionalista, por lo que el marqués de Cerralbo, en carta dirigida al marqués de Valdespina, jefe provincial legitimista de Guipúzcoa, dio la orientación de que, siendo el legitimismo un partido fuerista, era regionalista, pero español, «siendo su primera afirmación el de la Patria una e indivisible, incompatible con los regionalismos liberales, máscaras de egoísmos circunstanciales o quizá de la revolución, si es que no llegan al separatismo».

Esta tendencia fue afirmada de nuevo por Mella en el discurso resumen de la Semana regionalista celebrada en Santiago a últimos de julio de 1918; y de acuerdo con ella combatió Dalmacio Iglesias la tendencia liberal del Estatuto catalán elaborado por los autonomistas en 1918, que establecía para Cataluña un Estado cuya organización era una repetición de la establecida para España por la Constitución de 1876, pero más aconfesional todavía; siendo aprobada esta campaña contra el Estatuto por las autoridades y la prensa del partido, con excepción de El Correo Catalán y La Bandera (Berga), cuyos directores ostentaban cargos de elección popular obtenidos por el apoyo de la Lliga.

Coincidió con esto una instancia dirigida por los tradicionalistas al entonces obispo de Gerona contra la aconfesionalidad que se pretendía establecer, publicándose en noviembre del mismo año la Pastoral colectiva de los prelados de Cataluña, en la que se declaraba que «Jesucristo tiene derecho absoluto sobre los pueblos en el orden político» y se reprobaban las tendencias neutrales en cuanto a religión.

Juan Vázquez de Mella durante un discurso (1912)

A todas estas luchas internas del tradicionalismo vino a unirse otra que produjo, merced a tales precedentes, la rotura del jaimismo. Estallada la guerra de 1914-1918, los jaimistas, con perfecta unanimidad (pues si hubo alguna excepción no se atrevió a mostrarse durante la lucha), se pusieron de parte de los Imperios Centrales, por creer que Inglaterra y Francia habían sido los fautores de la revolución y los adversarios del poderío español, realizando aquellos una activa propaganda para mantener la neutralidad de España en la terrible contienda, contra los que pretendían arrojarla en ésta al lado de los aliados.

Don Jaime alentó y aplaudió esta conducta en cartas dirigidas al marqués de Cerralbo, y aplaudió también la política internacional preconizada por Mella; pero terminada la guerra y habiendo vuelto a Francia, publicó, inducido por Melgar (a la sazón su secretario y francófilo ardiente) un manifiesto, fechado en París el 30 de enero de 1919, en el cual afirmaba que no habían sido obedecidas sus órdenes; que contra su voluntad, se había arrastrado a las masas; que esperaba se le rindieran cuentas de la conducta observada y que iba a proceder a la completa reorganización el partido, demostrando paladinamente desaprobar la conducta seguida por Mella, por Cerralbo y por todo el partido.

Este manifiesto fue traído a España por Gustavo Sánchez (que antes se había puesto, por cuestiones administrativas de El Correo Español, en disidencia con el marqués de Cerralbo y con Mella, publicando un folleto en que atacaba a éstos) que había ido a París a entrevistarse con Don Jaime y con Melgar. Al tener conocimiento de él la Junta nacional, acordó, el día 5 de febrero de 1919, que procedía suspender su publicación en tanto que una Comisión de la misma Junta no se entrevistase con Don Jaime; pero a dicha comisión le fue negado el visado de los pasaportes, merced a gestiones de Melgar, y Don Jaime ordenó que se publicara el manifiesto, lo que realizó Sánchez en El Correo Español, sin avisarlo a la Junta, siendo expulsados de la redacción de dicho periódico todos los redactores que simpatizaban con Mella.

En un segundo manifiesto, fechado en Biarritz el 15 de febrero, insistía Don Jaime en los mismos puntos de vista del primero (que había venido acompañado de una carta conteniendo una orden que repugnaba al jaimismo español) y añadió que en cuanto a los principios y a la conducta de los que le reconocían como jefe, «era el único juez competente», afirmación que se miró como un dechado de absolutismo cesarista.

Ante estos hechos se reunió en el Senado la Junta nacional (que por enfermedad del marqués de Cerralbo venía presidiendo Cesáreo Sanz) y acordó por unanimidad que no podía aceptarse la conducta y los principios expuestos por Don Jaime, por ser opuestos al programa del partido, por lo que procedía seguir manteniendo éste prescindiendo de aquél. Por su parte, Mella publicó en El Debate un artículo sincerándose y atacando a Don Jaime.

Todavía se intentó evitar el rompimiento definitivo, para lo cual escribió Dalmacio Iglesias una carta a Doña Beatriz, hermana de Don Jaime, rogándole que explicase a éste la actitud del partido, pidiendo la separación de Melgar y proponiendo una solución; y en conferencia tenida en Barcelona en el mismo mes de febrero con dicha señora y doña Blanca, llegóse en principio a un plan que solucionase el conflicto; mas a ello se opusieron los elementos de El Correo Catalán que, al propio tiempo que aparentaban llamar a la concordia, realizaban incesantes trabajos para que Don Jaime no rectificase su conducta y no accediese a la conferencia que se quería tuviese lugar para el arreglo del asunto. Triunfaron, con el apoyo de Melgar, y el nombramiento de nuevo jefe-delegado (Pascual Comín) y de una Junta para Cataluña, integrada por los elementos citados, acabó de realizar el rompimiento, que se hizo definitivo, volviendo El Correo Catalán a su alianza con los catalanistas y condenando ahora a Minguijón.

Cabecera de El Correo Catalán

Al frente de los elementos separados del jaimismo quedó Mella, quien, primero en una publicación intermitente titulada Hoja tradicionalista, y después en un semanario llamado España Tradicionalista, y en el diario El Pensamiento Español, fundado por él, puntualizó todos los motivos de su divergencia con Don Jaime y tuvo a su lado a muchos tradicionalistas.

Propúsose convocar una Asamblea nacional del Tradicionalismo español, para formular un programa concreto que sirviese de unión a todos, prescindiendo de Don Jaime y reuniendo incluso a los integristas y a los católicosociales. También reivindicó la propiedad de El Correo Español, que no pudo obtener, y del cual fue nombrado director administrativo Sánchez Márquez, si bien este diario, falto de subscripción y de elementos, no tardó en desaparecer.

Los tradicionalistas catalanes celebraron en Badalona una Asamblea (mayo de 1920), en la que nombraron una Junta regional y las provinciales; pero bien pronto comenzaron nuevas disidencias. La tardanza en celebrarse la Asamblea nacional y en publicarse el programa, fue causa de que algunos elementos intentasen celebrarla por sí, y otros unirse a un nuevo partido que Osorio Gallardo y Minguijón intentaban formar conforme a las teorías del segundo. Ambas cosas fracasaron, y algunos tradicionalistas que se reunieron en Zaragoza prescindiendo de Mella, no hicieron nada práctico ni tuvieron autoridad suficiente para trazar una norma, ni elementos para lo que se proponían.

La mayor parte, viendo que se había perdido por Mella la ocasión para formar un gran partido, se retiraron a sus casas, abandonando la política, y sobrevino poco a poco la desorganización total. La mayoría de los círculos jaimistas y periódicos desaparecieron y la muerte de Mella acabó con el movimiento de renovación del partido. Sólo contados círculos en algunos puntos de las Vascongadas, Navarra y Cataluña dan muestra de su existencia, sin esperanza de mejores tiempos para ellos, a causa de que, no habiendo Don Jaime contraído matrimonio, es segura ya la extinción de la línea de varón dimanante de Don Carlos de Borbón, hermano de Fernando VII.

El advenimiento del Directorio militar y de la dictadura de Primo de Rivera y el derrocamiento del antiguo régimen liberal-parlamentario, así como el reconocimiento de la libertad de la Iglesia y la protección a ésta en el cumplimiento de su misión; el restablecimiento de los principios de orden y de autoridad y la inscripción de la Religión como lema al lado de las de Patria y Monarquía en el programa de la Unión Patriótica, fundada por aquel, ha puesto al lado del nuevo régimen a la mayoría de los tradicionalistas españoles de todos los matices, incluso muchos que en un principio permanecieron fieles a Don Jaime.

De este modo, después de un siglo de lucha, ha visto el Tradicionalismo aceptados en gran parte sus principios fundamentales, prescindiendo de la cuestión dinástica; por lo que no puede decirse que el Tradicionalismo haya desaparecido, en cuanto constituye una tendencia a mantener esos principios religiosocatólicos, patrióticos y monárquicos, que forman caracteres del pueblo español en el transcurso de su historia, y la eliminación del régimen liberal-parlamentario a base del sufragio universal, que caracterizaba el sistema desaparecido. [*]


[*] Nota: No compartimos las apreciaciones del autor sobre la naturaleza de la dictadura de Primo de Rivera ni creemos que la Unión Patriótica ni el posterior Movimiento Nacional (meros altos en el camino del liberalismo español) asumieran nuestros principios fundamentales; si bien entendemos que su mera existencia habría sido imposible sin el desprestigio del sistema demoliberal y la pujanza de los ideales tradicionalistas en el pueblo español los años previos a la implantación de ambas dictaduras.

El artículo reproducido fue publicado en 1928. Para el posterior y tremendo auge del carlismo en toda España durante la Segunda República y Guerra Civil, véase la Historia del Tradicionalismo Español (tomo 30), de Melchor Ferrer.

domingo, 10 de abril de 2016

Historia del Carlismo de 1876 a 1909 según la Enciclopedia Espasa-Calpe

ENCICLOPEDIA UNIVERSAL ILUSTRADA EUROPEO-AMERICANA. TOMO LXIII (1928)

Extraído de la voz Tradicionalismo (pp. 502-506):


V. Cuarta época: Desde 1876 hasta nuestros días

Carlismo, pidalismo, nocedalismo o integrismo, jaimismo y mellismo

Hasta 1876 el liberalismo sólo tuvo enfrente suyo el carlismo, pudiendo decirse que éste y tradicionalismo eran una sola y misma cosa; pero, con la restauración alfonsina, se pensó en injerir en el liberalismo una dosis de tradicionalismo, de acuerdo con el lema: «católico como mis antepasados y liberal como mi siglo». Esta tendencia encarnó en el pidalismo formado por los elementos moderados, que no quisieron entrar en el partido liberal-conservador acaudillado por Cánovas, y que sostenían la unidad católica en el orden religioso, acaudillados por el marqués de Pidal y su hermano don Alejandro, que fundaron la revista La España Católica.

Poco después de la muerte de Cándido Nocedal, su hijo don Ramón se puso en disidencia con Don Carlos, y nació el nocedalismo o integrismo. Muchos carlistas fueron partidarios, en virtud de ciertas circunstancias, de Don Jaime, hijo de Don Carlos, apareciendo el jaimismo, que substituyó al carlismo al fallecer Don Carlos.

Algunos trataron e fundar el llamado catolicismo neutro, y no faltaron quienes quisieran hacer un tradicionalismo oficial encarnado en el maurismo.

Finalmente, después de la guerra de 1914-1918, estalló dentro del jaimismo una disidencia importante, a cuyo frente se puso Juan Vázquez de Mella.

Estas desintegraciones no han sido estériles, sin embargo, pues han quitado al tradicionalismo el carácter unilateral y anguloso que tenía, le han extendido y popularizado, y aun le han hecho encarnar en el sistema político. [*]

1. Don Carlos y el carlismo. 

Don Carlos publicó en Pau el 1.º de Marzo de 1876 un manifiesto manteniendo su actitud resuelta de siempre, por lo que tuvo que abandonar el territorio francés, pasando a Inglaterra y haciendo varios viajes por América, Europa, África y Asia, al regreso de los cuales se estableció en Venecia, en el palacio Loredán, que le fue regalado por su madre en 1881.

Manifiesto de Pau (1/3/1876).
Publicado en El Siglo Futuro
En medio de estos viajes no descuidó Don Carlos la reorganización de su partido, volviendo a encargar, inmediatamente después de la guerra, de la dirección del mismo en España a Cándido Nocedal, como delegado.

La primera batalla pacífica que libró fue contra el catolicismo liberal de La España Católica y contra la Constitución de 1876, sosteniendo desde El Siglo Futuro, periódico órgano entonces del carlismo (fundado por don Ramón, hijo de don Cándido), que los católicoliberales eran una aberración monstruosa, pues el liberalismo era inconciliable con el catolicismo y constituía una síntesis de todos los errores y herejías, por lo que los católicos sólo debían afiliarse en el partido diametralmente opuesto, o sea en el carlismo.

Dióse para ello a éste el carácter de organización católica para luchar contra todos los errores liberales, tomando como base el Syllabus «sin interpretaciones malévolas ni tergiversaciones capciosas», consiguiendo que se inscribiesen en sus filas la inmensa mayoría del clero y muchísimos católicos.

Los hijos de Pedro La Hoz (Vicente y su hermano político Juan Antonio Vildósola) resucitaron el diario La Fe, legitimista a la vieja usanza, que más adelante había de ponerse enfrente de El Siglo Futuro.

En efecto, a principios de 1881 los directores de La Fe se unieron con los católicoliberales y, dirigiendo un mensaje de felicitación a monseñor Freppel, que en la Cámara francesa estaba realizando una brillantísima campaña en favor de la Iglesia, constituyeron la llamada Unión Católica, para reunir a cuantos quisieran defender la influencia social y política de la Iglesia bajo la dirección de los obispos, sin perjuicio de continuar cada uno perteneciendo al partido en que viniese militando «respecto de las cuestiones puramente humanas o temporales», aceptando la presidencia de la nueva entidad el arzobispo de Toledo, bendiciéndola muchos obispos y fundándose el periódico La Unión Católica.

Uno de los objetivos que con esto se perseguía era que Nocedal, como director de un partido católico, aceptase la nueva organización y se sometiese a ella y a su Junta, con lo cual se le arrancaba la jefatura de los católicos en el orden político; pero, como era natural, no cayó en el lazo, y mantuvo la jefatura, por lo que estallaron graves polémicas, que adquirieron carácter personal, entre El Siglo Futuro, La Fe y La Unión, llegando la segunda a decir que Nocedal representaba «el neocatolicismo injerido en el viejo partido carlista para dominarlo y desnaturalizarlo».

La cuestión se agravó en el año siguiente, con motivo de una peregrinación a Roma, organizada por Nocedal, lográndose que se nombrase una nueva Junta de la misma, presidida por el arzobispo de Toledo. En este año fueron desautorizados públicamente por Don Carlos La Fe y El Cabecilla (semanario satírico publicado por los mismos redactores de La Fe), como rebeldes, sometiéndose finalmente.

A principios de 1884 entró Alejandro Pidal como ministro de Fomento en un Gabinete presidido por Cánovas, lo cual consolidó la posición de Nocedal y los carlistas, pues en tal hecho se vio la aceptación por Pidal del liberalismo político, acabándose de arraigar esta opinión cuando en Octubre de aquel año el mismo Pidal presidió el acto de la apertura de curso en la Universidad Central y dejó pasar sin protesta seria el discurso pronunciado por Miguel Morayta contra la Biblia y en favor de la más absoluta libertad de la cátedra.

El 18 de Julio de 1885 murió Cándido Nocedal. Esperábase que su hijo don Ramón sería nombrado por Don Carlos para sucederle en la dirección del partido, pero no fue así; después de consultar a los más conspicuos personajes de la comunión carlista, Don Carlos hizo público, en una carta dirigida por él a Francisco Navarro Villoslada, el 9 de Octubre, que asumía la dirección del partido.

Con motivo del nacimiento de Alfonso XIII publicó Don Carlos, el 20 de Mayo de 1886, un Manifiesto a los españoles reivindicando los derechos a la Corona. El 20 de Marzo de 1887, al emprender Don Carlos un segundo viaje a la América del Sur, dio nueva organización a su partido, dividiendo a España en cuatro grandes circunscripciones y nombrando un jefe para cada una.

Eran: 1.ª León, Asturias y Galicia, con León Martínez Fortún como jefe; 2.ª Andalucía y Extremadura, jefe Juan María Maestre; 3.ª Aragón, Cataluña, Murcia, Valencia y Castilla la Nueva, jefe Francisco Cavero, y 4.ª Vascongadas, Navarra y Castilla la Vieja, jefe el marqués de Valdespina.

Estos jefes recibirían de don Carlos las instrucciones que éste creyese conveniente darles, no pudiéndose realizar ningún acto importante para el partido (elecciones, fundación de centros o de periódicos, etc.) sin previa autorización del jefe respectivo, quien decidiría, además, las cuestiones públicas que pudiesen surgir; pero de sus decisiones podría recurrirse a Don Carlos, si bien sólo privadamente y sin publicidad.

Cada jefe podría nombrar subdelegados que por intermedio de aquél se comunicarían con Don Carlos, excepto en caso de reclamación. Con esto se volvió a dar a la organización cierto aspecto militar (todos los jefes lo eran) y se establecieron las bases de la disciplina carlista.


Manifiesto de Lucerna (20/5/1886)

En el año anterior (1886) los jóvenes carlistas de Madrid elevaron a Don Carlos un mensaje de adhesión en sentido militar, con más de 2.000 firmas. Por iniciativa de José María Nocedal (hermano menor de don Ramón) se organizó una Liga expiatoria de la juventud, para impetrar la curación de Don Jaime, enfermo por entonces, inscribiéndose en ella unos 20.000 jóvenes de toda España; y por la misma época se organizó en Madrid, bajo la presidencia de Reinaldo Brea, la primera Juventud carlista que hubo en España, a cuya imitación se crearon otras muchas.

No soportando Ramón Nocedal el papel a que había quedado reducido, no cesaba de atacar a La Fe, que había vuelto a la gracia de Don Carlos y representaba la tendencia belicosa. Deseando Don Carlos la paz entre sus partidarios, hizo indicaciones que no fueron atendidas.

En Marzo de 1888 publicó Llauder, por indicación de él, su famoso escrito El pensamiento del duque de Madrid, que fué atacado de momento por todos; pero no tardó Nocedal en ponerse frente a él, diciendo desde El Siglo Futuro que en la comunión tradicionalista lo primero es Dios, después la Patria y lo último el Rey, frase que si en sí era exacta, se aplicaba en sentido de que Don Carlos mandaba o sostenía cosas contrarias a Dios y a la Patria.

Indignado Don Carlos, expulsó del partido a Nocedal (9 de Julio), quien sostuvo que con él se expulsaba al puro y neto antiliberalismo y que era Don Carlos el que se había liberalizado. Sardá y Salvany combatió punto por punto el Pensamiento, y el último día de Julio publicó El Siglo Futuro, y reprodujeron muchos periódicos de provincias que seguían sus inspiraciones, el programa del nuevo partido que, acaudillado por Nocedal, sostenía «la íntegra verdad católica» (nocedalismo o integrismo), datando desde entonces la lucha entre carlistas e integristas, no menos enconada que la sostenida antes entre carlistas y mestizos, como los primeros llamaban a los pidalistas.

Don Carlos, para tener en la prensa un órgano fiel, fundó, por medio de Llauder, y en Madrid, El Correo Español, y a principios de 1890 nombró delegado suyo para toda España al marqués de Cerralbo. Fue éste un gran organizador del partido, recorriendo toda España con tal objeto, nombrando jefes y Juntas regionales y provinciales, y fundando numerosos círculos y juventudes.



El Pensamiento del Duque de Madrid (14/3/1888)


Con su delegación coincidieron dos series de hechos que se rozaron muy de lleno con el carlismo: los Congresos católicos y el nacimiento del catolicismo político militante. Estaban los primeros destinados a unir a todos los católicos en la defensa de la Iglesia en el orden político y bajo la jefatura de los obispos, pero sin antidinastismo de clase alguna, y venían, por tanto, a ser continuación de la idea de la antigua Unión católica.

Los carlistas tuvieron con respecto a ellos una conducta más bien de abstención, pues la voz cantante la llevaron los integristas. En el primero de estos Congresos, celebrado en Madrid (Abril de 1889), en San Jerónimo del Prado, bajo la presidencia del cardenal Benavides, arzobispo de Zaragoza, con asistencia de otros 14 prelados, pronunció Menéndez y Pelayo un discurso calificando de estúpidas las cuestiones que venían sosteniendo desde hace tiempo los católicos españoles sobre interpretación del Syllabus, grados de liberalismo, tesis y antítesis, integrismo y mesticismo, etc.; mas no por eso dejaron de existir, apareciendo claramente la discordia entre íntegros y mestizos en el segundo de estos Congresos, celebrado en Zaragoza en los primeros días de Octubre de 1890.

Los carlistas, no queriendo abdicar de su legitimismo, sostenían que el triunfo total de la Iglesia sólo podía obtenerse mediante el de Don Carlos, y a la doctrina del mal menor oponían la del bien mayor, negándose a transigencias de ninguna clase.

Hasta entonces era el carlismo el único partido regionalista organizado en España; pero era el suyo (y lo fue siempre) un regionalismo templado, que no atacaba en lo más mínimo la unidad nacional, concretándolo Don Carlos, en una interview que tuvo con El Independiente, de Chile, en estas palabras: «centralización política, descentralización administrativa», llevando ésta a sus últimos límites y reconociendo los fueros de las distintas regiones en los órdenes social, civil, financiero y administrativo.

Mas esto pareció insuficiente a ciertos catalanes, que fundaron la Unión catalanista (no afiliada al carlismo e indiferente al principio religioso), cuyos delegados se reunieron en Manresa en un Congreso o Asamblea general (25 de Marzo de 1892) y elaboraron 17 bases (Programa de Manresa) no ya descentralizadoras, sino autonómicas, por virtud de las cuales vendría Cataluña a ser como un Estado dentro del Estado español; y para excogitar los medios de realización de este programa se celebró en Reus otra Asamblea en Mayo de 1893.

También los carlistas se mantuvieron apartados y aun fueron hostiles a tal tendencia, que pugnaba, por exagerada, con su programa. Mayor adhesión presentaron a la campaña que en favor de sus fueros realizaron por entonces los vascongados.

El 29 de Enero de 1893 falleció en Viarreggio, repentinamente, Doña Margarita de Borbón, esposa de Don Carlos, celebrando los carlistas españoles solemnes funerales en San Jerónimo el Real de Madrid, a los que asistió toda la plana mayor del partido (7 de Febrero). Don Carlos contrajo el 28 de Abril del siguiente año nuevo matrimonio con doña María Berta de Rohán.

Antes de romper España las relaciones con los Estados Unidos dirigió Don Carlos una carta a Antonio de Brea (24 de Febrero de 1898) haciéndose eco del sentir general, y, rotas las hostilidades, ordenó desde Bruselas a todos los carlistas que no hiciesen nada que pudiera comprometer el éxito de la guerra y que ayudasen con todas sus fuerzas a los encargados de defender la integridad nacional; y en otra carta dirigida a Vázquez de Mella (2 de Abril del mismo año) amenazó formalmente con la guerra civil si no se luchaba para defender el honor nacional, diciendo que no podía asumir la responsabilidad ante la Historia de la pérdida de Cuba, por lo que esperaría hasta el último límite; pero si no se luchaba por evitarla, entraría en España «solo o acompañado», y repetía que cuando la viese irremisiblemente perdida, España y él cumplirían con su deber.

Era entonces creencia general que la pérdida de Cuba ocasionaría en España una revolución que produciría el derrocamiento de la dinastía, a la manera de lo que había ocurrido en Francia por la pérdida de Alsacia y Lorena en 1870. De aquí que firmado el Tratado de París, considerado como una deshonra nacional, fuera unánime la opinión de que los carlistas se lanzarían a una nueva guerra civil, aprovechándose del descontento del ejército y del pueblo.



Carta de Don Carlos a Juan Vázquez de Mella (2/4/1898)


Parece que, en efecto, se realizaron trabajos para el alzamiento y que algunos generales y unidades militares tuvieron tratos para ello con los carlistas, comenzándose gestiones para contratar un empréstito y pidiéndose la firma de los principales capitalistas del partido; pero fuese porque el empréstito no pudiese realizarse, fuese por otra causa (quizá porque el Gobierno llegó a conocer la conspiración, pues se descubrió un depósito de armas en Sardañola (Barcelona) y se detuvo en Arcachón un barco cargado de ellas), el movimiento no se realizó, saliendo de España Cerralbo, que presentó su dimisión, siendo substituido por Matías Barrio y Mier (Diciembre de 1899).

Este desistimiento disgustó profundamente al elemento militar y a las juventudes del carlismo, que atribuyeron la contraorden a la oposición de doña Berta, que se dijo había detenido a Don Carlos cuando éste había salido ya para España; mas tal cosa no ha podido probarse, siendo más cierto que las potencias europeas mostraron su oposición al movimiento.

De todos modos, hubo algunos carlistas que creyeron que era aquella la mejor ocasión para triunfar, y, a pesar de la contraorden, intentaron realizar por sí el alzamiento. Soliva tramó una conspiración en Barcelona, que por la poca reserva con que se llevó fracasó, y aparecieron algunas pequeñas partidas en Badalona (donde 60 hombres atacaron el cuartel de la guardia civil), Igualada, Berga y Piera, y también en Jijona (Alicante) y Jaén, lo cual prueba las ramificaciones que el movimiento tenía, siendo estas partidas deshechas en el momento de aparecer, y desautorizando Don Carlos, en carta dirigida al general carlista Moore, a los que tomaron las armas, calificándoles de traidores, lo que produjo nuevo disgusto entre sus filas, pensando muchos carlistas que debía proclamarse jefe a Don Jaime, en el cual se cifraron desde entonces todas las esperanzas.

Dibujo del cuartel de Badalona atacado por la partida de José Torrents (28/10/1900)

La política antirreligiosa del Gobierno, concretada en la persecución de las Órdenes religiosas, dio mayor incremento al carlismo, que se alió con el integrismo y aun con los silvelistas, para combatir los proyectos del Gobierno, defendidos por Canalejas, que se propuso imitar a Waldeck-Rosseau, diciendo todos los periódicos liberales que no hay verdadero liberalismo sin anticlericalismo. Al propio tiempo aumentaba el catalanismo y aparecía un nacionalismo vasco con matices separatistas, como los había dentro del catalanismo, poniéndose los carlistas enfrente de él, como sus más encarnizados enemigos.

En Cataluña el republicanismo lerrouxista se presentaba, con el apoyo oficioso de los gobiernos, como el valladar contra el catalanismo; pero sus excesos hicieron que se constituyera la llamada Solidaridad catalana, iniciada en un mitin dado en Gerona el 11 de Febrero de 1906. Fue motivo ocasional de ella el proyecto de la llamada Ley de jurisdicciones, represiva de los delitos contra la Patria y el Ejército, cuyo conocimiento se confiaba a la jurisdicción militar; pero en el fondo se trataba de una conjunción de todos los partidos para ir contra el lerrouxismo y ganar las elecciones.

Honda divergencia hubo entre los carlistas catalanes acerca de si ellos debían aliarse con los catalanistas, opinando muchos que esta unión repugnaba a los principios, a la historia y al carácter del partido, que siendo siempre amante de la Patria y del Ejército, y no siendo organización para la lucha electoral, no tenía por qué sumarse al movimiento, máxime dada la tendencia antirreligiosa de alguno de los partidos que había de integrar la coalición; pero El Correo Catalán, diario carlista de Barcelona, o, mejor dicho, su director y algunos políticos carlistas, como Llosas, atraídos por el reparto de actas de diputados y senadores, lograron que se dejara en libertad a los carlistas para sumarse o no al movimiento, que tal fue el acuerdo tomado por el jefe regional carlista después de consultado con Don Carlos (que en principio era opuesto a tal coalición), presentándose, sin embargo, este acuerdo por aquellos como si se hubiese mandado entrar en ella.

Esto produjo el retraimiento de algunos carlistas catalanes; pero coincidiendo todo ello con nuevos proyectos anticlericales del Gobierno en pro del matrimonio civil y del laicismo en la enseñanza y de persecución de las Órdenes religiosas, y menudeando los motines y la propaganda republicana en este sentido, las juventudes carlistas y los requetés (rama de las juventudes formada por los menores de diez y ocho años) fueron empleados contra unos y otros; y esta derivación hizo que el solidarismo triunfase sin oposición, tanto más, cuanto que habiendo obtenido los carlistas nueve actas de diputado en las elecciones, produjo ello entusiasmo entre las masas, que llegaron a creer que la Solidaridad acabaría con el régimen y facilitaría el triunfo de Don Carlos. Sin embargo, en el resto de España la opinión de los carlistas fue siempre contraria a la entrada y la permanencia del carlismo en la Solidaridad.

El 17 de Julio de 1909 falleció Don Carlos en Varesse, siendo enterrado en Trieste el 24 del mismo mes en la catedral de San Justo. Este fallecimiento coincidió con la Semana trágica de Barcelona, organizada y realizada por la masonería mundial y por los revolucionarios para derrocar a Maura, que se oponía, desde el Gobierno, al triunfo de los proyectos anticlericales. Los carlistas se pusieron en esta ocasión al lado del Gobierno.

Continuación: Historia del Carlismo de 1909 a la Dictadura de Primo de Rivera: el Jaimismo

[*] Nota: No compartimos las apreciaciones del autor sobre la naturaleza de la dictadura de Primo de Rivera ni creemos que la Unión Patriótica ni el posterior Movimiento Nacional (meros altos en el camino del liberalismo español) asumieran nuestros principios fundamentales; si bien entendemos que su mera existencia habría sido imposible sin el desprestigio del sistema demoliberal y la pujanza de los ideales tradicionalistas en el pueblo español los años previos a la implantación de ambas dictaduras.