viernes, 7 de marzo de 2025

Corrección en torno a la autoría del libro «Efemérides carlistas» (2025) por Quaderni Carlisti

En el artículo publicado el pasado 4 de marzo en el periódico digital La Esperanza bajo el título La gran familia carlista honra a los Mártires de la Tradición nos hemos enterado de la edición de un interesante libro que recoge más de dos mil efemérides de la historia del carlismo. Éstas se publicaron originalmente entre 2016 y 2021 en la página de Facebook de la Agencia FARO y han seguido publicándose después, de manera periódica, en diversas redes sociales y despachos por correo electrónico que envía a sus suscriptores la citada Agencia.

La obra titulada «Efemérides carlistas» (ISBN 978-88-87215-77-9), editada por Gianandrea de Antonellis y prologada por Francesco Maurizio Di Giovine y Miguel Ayuso, pretende ser un homenaje a Luis Infante de Amorín (1966-2024), director de FARO fallecido el pasado año. 



El Sr. Infante (q.e.p.d.), con quien mantuve amistad varios años, fue colaborador y promotor, durante un tiempo, de nuestro Círculo Tradicionalista de Granada «General Calderón» a partir de su constitución en 2013. La Agencia FARO compartía todas nuestras entradas de blog y anunciaba nuestros actos. Nosotros, en reciprocidad, empezamos por entonces a colaborar con FARO.

Debo, sin embargo, hacer constar un importante error en relación al libro ahora publicado. Luis Infante (q.e.p.d.) dedicó ciertamente la mayor parte de su vida al carlismo y se consagró por entero a la Secretaría Política de Don Sixto Enrique de Borbón, pero el «trabajo largo y minucioso» (como reza la contraportada) de las efemérides no era en su inmensa mayor parte obra suya, sino que corría casi en exclusiva a cargo de quien estas líneas escribe, de quien partió la idea y que por aquellos años colaboraba con la Agencia, como ya se ha dicho. 

Un servidor no solo realizaba la ardua labor de investigación en hemerotecas digitales y otros medios disponibles en Internet para recoger las efemérides que FARO que publicaba diariamente en Facebook, sino que las redactaba, las dejaba programadas para el día correspondiente y las ilustraba con una imagen idónea. No pocas de las efemérides recogen los aniversarios de importantes (aunque olvidados) personajes carlistas, que previamente había biografiado de mi puño y letra en Internet, llegando en muchas ocasiones a pedir al Registro Civil las partidas de nacimiento y defunción para tener las fechas exactas.

Luis Infante se limitaba, muy de vez en cuando, a hacer algunos pequeños cambios en la redacción, generalmente (todo hay que decirlo) para añadir un toque sectario. En escasas ocasiones añadió efemérides de principios del siglo XXI o finales del XX. Su estilo se me hizo pronto familiar. Por esos años estaba además muy influido por él en cuanto al ideario carlista y compartía dicho estilo e incluso cierto sectarismo, aunque no todas sus opiniones y nunca al extremo que llegarían después algunos.[1]

En las siguientes capturas de pantalla pueden apreciarse el día (29/5/2016) y las circunstancias en que propuse crear la sección de efemérides para la página de Facebook de la Agencia FARO, así como el momento (30/5/2016) en que empecé a ser editor de dicha página, honor que no tenía a la fecha ningún otro colaborador:




En estas otras capturas pueden comprobarse las numerosas ocasiones en que Luis Infante aludía a mi autoría de las efemérides y me daba por ellas la enhorabuena:











Este trabajo lo hacía de muy buena gana (sacrificando tiempo para mi esposa e hijos pequeños) para disfrute de todos los carlistas y glorificación de la Santa Causa, sin pedir nada a cambio.

De ello era conocedor Miguel Ayuso, quien, además de conversar frecuentemente con Infante, que supongo se lo comentaría en alguna ocasión, pudo leerlo directamente de mí en varios correos electrónicos.

No pretendo ahondar en los motivos por los que dejé de colaborar con FARO en el año 2021. He de decir que me alegro de la publicación de este libro (aunque sus editores no hayan tenido ni el detalle de hacerme llegar, como autor real del texto, un ejemplar), pues que esté impreso en papel es la mejor manera de que no se pierda el trabajo. Pero lo cortés no quita lo valiente y considero que no debe faltarse a la verdad en cuanto a la autoría, sin ningún ánimo de vanidad por mi parte. Máxime cuando desde La Esperanza se insiste en el error y no aceptan corrección alguna.

Además, Luis Infante tiene méritos propios suficientes y mejor manera de honrar su memoria sería publicar los numerosos artículos de su autoría. Su brillante pluma al servicio del Tradicionalismo, tal como él lo entendía, no sólo relució en los innumerables despachos de la Agencia FARO y publicaciones en redes sociales, sino incluso antes, durante su juventud, en artículos que escribía para revistas como el Boletín Fal Conde (1978-1993) del anterior Círculo Carlista de Granada.

Dios haya perdonado a Luis Infante por sus faltas y haya premiado sus buenas obras.

A cada uno lo suyo.


Notas:

[1] Luis Infante (q.e.p.d.) no consideraba «superados» a pensadores y estilos propios de la década de 1930 o disonantes con una pretendida escuela neotradicionalista actual (aunque él no apreciase la constatable ruptura entre unos y otros). Sin embargo, hablando de esta nueva corriente y los peligros que yo apreciaba en ella, en una ocasión me comentó: «no tengo la menor intención de permitir que se disuelva o reduzca lo que queda de mi Patria con el fin de hacer experimentos medievalistas». 

jueves, 13 de febrero de 2025

Romería a la abadía del Sacromonte, pasando por la hacienda Jesús del Valle

El pasado domingo 9 de febrero el carlismo granadino se citó nuevamente, esta vez para marchar hasta la abadía del Sacromonte, enclave de la España latente, como la llamaba en este mismo cuaderno de bitácora el profesor Manuel Fernández Espinosa diez años ha. No en vano, la abadía contó con canónigos tan afines al tradicionalismo y queridos por todos los católicos españoles como el Padre Gras, fundador de la Academia y Corte de Cristo, o el inolvidable Padre Manjón, fundador de las Escuelas del Ave María, cuyos métodos didácticos se siguen estudiando hoy por la comunidad educativa.

La jornada empezó frente a la iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Cenes de la Vega; de allí nos dirigimos hasta nuestro primer destino: la hacienda Jesús del Valle. Recordemos que dicha hacienda perteneció a la familia del General carlista Carlos Calderón y anteriormente a los jesuitas... En la capilla del antiguo convento es donde estuvo enterrado originalmente el cruzado de la Santa Causa y leal amigo del Rey legítimo Carlos VII que da nombre a nuestro círculo, tras haber sido trasladados sus restos desde París, donde había fallecido en el exilio.

Los allí presentes contemplamos con desolación el estado ruinoso de la hacienda, algo que no debería dejar indiferente a nadie de los que tenemos conciencia por el patrimonio histórico.

El caminar fue ameno. Entre charlas y vítores no nos olvidamos de rezar el Santo Rosario, y, tras nuestro paso por un pequeño tramo del Camino de Santiago mozárabe, llegamos a la Abadía del Sacromonte, donde tuvimos la oportunidad de asistir a la Santa Misa.


























viernes, 21 de junio de 2024

Romería al Sagrado Corazón de Gabia Chica

Para celebrar dignamente el mes del Sagrado Corazón de Jesús, el pasado sábado 15 de junio el tradicionalismo granadino se citó en Alhendín para ir en romería al monumento al Sagrado Corazón de Gabia Chica.

La jornada empezó en el punto de reunión, frente a la Iglesia de la Inmaculada Concepción de Alhendín y tras un primer rezo, comenzó la marcha hacia nuestro primer destino; al llegar al Monumento al Sagrado Corazón de Gabia Chica y tras tomar una fotografía de los presentes, se rezó el Santo Rosario, las Letanías al Sagrado Corazón y se cantó la Salve, el acto terminó con un sonoro... ¡Viva Cristo Rey, Viva María Santísima, Viva España Católica, Viva el Reino de Granada Cristiano!

Tras ello, nos dirigimos hacía la iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Gabia Chica, del siglo XVI, donde los asistentes nos quedamos sorprendidos por su belleza.

Con el paso de la mañana y el calor haciendo mella, los romeros esta vez por el campo nos dirigimos de vuelta a Alhendín... Todo en un ambiente de alegría, de charla y de algunos cantos.

Tras una segunda ronda de vítores en Alhendín, concluimos la mañana tomando un refrigerio e invitando a los que así lo quisieran ir por la tarde a visitar a la Patrona de Granada, la excelsa Virgen de las Angustias.












jueves, 2 de mayo de 2024

El Dos de Mayo

Había llegado al colmo el sufrimiento de los españoles. 

Sus reyes habían traspasado la frontera, víctimas de los engaños de un genio ambicioso, y gemían en el cautiverio del destierro. 

Estaba la Religión escarnecida por el desenfreno de la soldadesca extranjera, y humillada la patria bajo el despotismo de los progenitores de las libertades revolucionarias modernas. 

La ola del odio hacia los enemigos del lema querido Dios, Patria y Rеy, había ido creciendo por grados en el pecho de los heroicos hijos de esta indomable tierra. Una gota más la haría rebasar con estruendo, una chispa encendería aquella formidable mina de pólvora, una señal cualquiera llamaría millares de valientes a los campos del honor. 

Esa gota, esa señal y esa chispa, fue para España el Dos de Mayo. 

Fue el primer bostezo del león de Castilla, que despertaba rugiente para destrozar entre sus garras las águilas liberales de un Imperio aborrecido. Fue la aurora del día que vería renacer la libertad tradicional, sembrada entonces por la mano de los mártires con simiente de sangre. 

Y empezó la lucha, la santa lucha por la independencia española. Esa epopeya primera contra la irrupción del liberalismo extranjero, esa majestuosa guerra que iluminó con resplandores de gloria los campos de Bailén y de Arapiles, las montañas del Bruch y el puente Sampayo, las murallas de Gerona y Zaragoza. 

¡Vedla brillar en las páginas de nuestra historia, y arrancadla de allí o condenadla al menos, si podéis, amigos de la legalidad y las Constituciones! Hay sangre ahí, hay horrores; pero con esos horrores y esa sangre se han escrito las grandezas mayores dеl mundo. 

Por ese medio se manifestó espontánea y libremente la voluntad de un pueblo esclavizado; por ese medio no más se arrancaron los laureles de la victoria para ceñirlos en la frente de la España de nuestros padres. La obra del Dos de Mayo está por terminar aún. Falta el último acto a la tragedia; acto en que el genio del mal sea definitivamente expulsado y vencido. 

Pero el momento está próximo ya. De las tinieblas brotará la luz, y después del diluvio de la anarquía surgirán los nuevos héroes que espanten más allá de las fronteras a la bestia revolucionaria y enciendan con la llama de la tradición el arco iris de eterna paz sobre los cielos de la Península.

El Correo Español (2 de mayo de 1893)

martes, 26 de marzo de 2024

La lluvia arruina la Semana Santa, ¿y qué importa?

El Cautivo con chubasquero durante la lluvia el Domingo de Ramos de 2024.


El Cautivo cubierto por un chubasquero durante la lluvia el Domingo de Ramos de 2024.

En Plaza Nueva de Granada, antes de la entrada de la Carrera del Darro y el Paseo de los Tristes, se encuentra el gran palacio de la Chancillería de Granada. La Real Chancillería era la institución que custodiaba el Sello del Rey, y desde el cual se emanaban los documentos principales; con el tiempo, a la Chancillería se le incorporaría la Real Audiencia, el tribunal superior que administraba justicia en nombre del Rey. Tal era su importancia que el Palacio de la Chancillería tenía la consideración del Palacio Real, y en las procesiones y desfiles públicos el sello desfilaba en el lugar que correspondía al monarca: pues el sello era la imagen del Rey y símbolo de su autoridad.


Sello, según el Independiente, del Rey Felipe II. Por su heráldica, seguramente del Emperador Carlos V.

Anverso y reverso de un sello, según el Independiente de Granada, de Felipe II.
Según la heráldica y la propia efigie del monarca, posiblemente se trate de Carlos I.

Casi 500 años después, tiene lugar otro hecho que al principio no parece tener ninguna relación con lo que acabamos de contar (ya se verá más adelante): el pasado 24 de marzo, Domingo de Ramos, aproximadamente a las 16:15, la Junta de Gobierno de la Ilustre Cofradía de la Entrada de Jesús en Jerusalén anunció que este año no realizaría su estación de penitencia, debido al riesgo que suponía la lluvia de barro para las imágenes. A lo largo del día, le imitarían las cofradías de las Maravillas, el Despojado y la Santa Cena; sólo el Cautivo corrió el riesgo de salir en procesión, siendo el protagonista de la jornada, y sufriendo la temida lluvia de barro a las 22:00 horas de la noche. A mí la noticia me llegó en Puerta Elvira, dónde llevaba desde antes de las 13:00 –había escuchado misa en la cercana parroquia de San Andrés, sede canónica de la Borriquilla—; tras extenderse la noticia, oí a muchos murmurar y otros llorar. Yo me pregunté: «¿Y qué importa?».

Costalero de la Borroquilla llora al conocerse la suspensión de la estación de penitencia

Costalero llora al conocer la suspensión de la estación de penitencia.
Fuente: https://www.ideal.es/semanasantagranada/imagenes-intimas-sorprendentes-domingo-ramos-granada-20240324173211-ga.html


En términos religiosos, mucho más allá del elemento folclórico y del papel de sacralización de la vida pública, las imágenes solamente son imágenes de madera, igual que el sello real que he mencionado antes no es más que un sello. Entrar a una iglesia y buscar tal o cual imagen para santiguarse sin hacer previamente una genuflexión ante el Santísimo es como entrar en el Palacio de la Chancillería o en cualquier palacio real, para presentar tus respetos ante el sello del Rey o ante un retrato del monarca reinante… estando el propio monarca en persona, e ignorarlo por completo. 

La Semana Santa sigue adelante con procesiones o sin ellas, y lo único a lamentar por parte de los católicos son los cofrades que no pueden practicar la penitencia que ejercerían durante la procesión, pero… ¿qué más da? ¿Por qué llorar porque no salga la Oración en el Huerto si no lloramos por la soledad de Cristo en el Sagrario o por el olvido que hacemos de él, que es lo que representa ese Misterio? ¿Por qué correr a ver la Santa Cena si no corremos a la Eucaristía, dónde las escenas de la Pasión que representan los pasos de Semana Santa se repiten día tras día? ¿Por qué nos emocionamos ante un Rescate, pero no ante la idea de que Cristo acabó ante Pilatos, sufriendo humillaciones y torturas por salvarnos a nosotros, y por nuestros pecados?


La Oración en el Huerto preside el Via Crucis de la Juventud Cofrade el 10 de marzo de 2020.

Paso procesional de la Oración en el Huerto durante el Via Crucis de la Juventud Cofrade en 2020.

El símbolo es importante: sirven para hacer presente lo que no lo está o lo que no se percibe de forma manifiesta. Ése es el valor que puede tener un sello, una bandera o una imagen religiosa. Pero sin su contenido, el símbolo no tiene ningún valor. El núcleo del mensaje de Cristo está orientado a la lucha contra el Fariseísmo, un fenómeno que el padre Leonardo Castellani mostró como algo mucho más complejo que la hipocresía, y que puede mostrar muchas apariencias. Una de ellas, es convertir la religión en algo superficial, un conjunto de ceremonias y actos externos, pero desprovistas de ese contenido que Cristo definía como la Ley del Amor. Si no somos capaces de entender eso, es que no hemos entendido nada del mensaje de Cristo, y como ya advirtió hace poco el nuncio apostólico en España, monseñor Bernardito Anzua, reducir la Semana Santa a un mero reclamo turístico es destruir todo aquello que significa.

Aunque pueda sonar cínico, no hay que llorar por las procesiones. ¡Más tienen que llorar los hosteleros o los recaudadores de Hacienda por el dinero que no van a ingresar por las procesiones! Los cofrades que no realizarán este año su estación de penitencia –más allá de la frustración de algo que supone para ellos el elemento central del año— pueden realizar penitencia de otras maneras: pueden acompañar a sus imágenes a lo largo de todo el día, rezar el vía crucis o devociones como los siete dolores de la Virgen, pueden tocar las bandas dentro del templo, o cantarles saetas dentro del mismo. Lo mismo todos aquellos que sin ser cofrades tienen gran devoción a las respectivas imágenes. Y si es al Santísimo Sacramento –pues un nazareno o un crucificado no son sino representaciones de Cristo, pero el Santísimo es el mismísimo Cristo— aún mejor. Como he dicho: es absurdo honrar a un retrato real en palacio, ignorando al Rey sentado en su trono.

Esta es la reflexión que quiero compartir con vosotros. Dios es capaz de obrar un bien gracias a un mal. Esta Semana Santa pasada por agua es una buena oportunidad para vivir esa religiosidad más apartada e interiorizada, pero sincera, que predicaba Cristo: «cuando oréis, no lo hagáis a la vista de todos (…). Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt, 6:5). Reflexionad sobre los Misterios que representan los pasos de Semana Santa, la Pasión y la Eucaristía y el Santísimo. Y, sobre todo, si veis a otros llorando por las procesiones suspendidas reconfortadles con estas mismas palabras.

Que Dios os proteja y os guarde. 


Jesucristo da el Sermón de las Bienaventuranzas sentado frente a una multitud en un monte.

Carl Bloch. El sermón de la montaña, 1877.


viernes, 10 de febrero de 2023

D. Vicente Casanova y Marzol: de soldado carlista a Arzobispo de Granada y Cardenal

Gracias a un correligionario y amigo, hemos sido conocedores de una maravillosa anécdota. Resulta que nada más y nada menos que el Excmo. Sr. D. Vicente Casanova y Marzol, cardenal y arzobispo de Granada en la década de 1920, fue uno de los voluntarios de Carlos VII en la tercera guerra carlista. 

Ahora entendemos mejor que El Siglo Futuro, el diario que fuese ariete de la España católica durante más de medio siglo, contara a este príncipe de la Iglesia entre sus más estrechos amigos y colaboradores...

Curiosamente, la anécdota proviene de un liberal, el granadino (de Albuñol) Natalio Rivas Santiago. Aunque quizá no deba sorprender tanto si se tiene en cuenta que Rivas era amigo de Juan Vázquez de Mella y —según dijo él mismo— le unía a los carlistas «la fe religiosa y el amor a España». He aquí el relato.

Vicente Casanova y Marzol (1854-1930),
Arzobispo de Granada y Cardenal.

De soldado, a Cardenal

Hace muchos años —debió de ser hacia 1904, si la memoria no me es infiel—, en tiempos que me reunía yo a diario, en íntima relación, con el insigne e inolvidable Vázquez Mella, conocí en su casa de la calle de Valverde, 21, a un antiguo capitán carlista, llamado Fernando Galetti, que en la última guerra civil mandó un escuadrón de Caballería de voluntarios de Aragón. 

Su porte distinguido, su aire caballeresco, su sincera honradez y, sobre todo, su singular consecuencia, conquistaron mi simpatía desde el primer momento. Era un ejemplar humano, troquelado en el más puro y auténtico cuño del viejo tradicionalismo español, y representación genuina de los que yo, que nunca fui carlista, he nombrado siempre "caballeros del ideal". Nació tradicionalista y lo fue, sin desmayos ni dudas, hasta su muerte. 

En plena juventud abandonó su casa y se alistó bajo la bandera tradicional —que había de ser su sudario—, al comenzar la última contienda civil en 1872. Terminada la lucha en 1876, cesó como capitán de Caballería en las huestes de Carlos VII, y cuando, desde Cabrera abajo, fueron muchos los combatientes que reconocieron la restauración de la Monarquía, en la persona de Alfonso XII, él pasó la frontera, en compañía de los que no quisieron aceptar el nuevo régimen político. 

De un lado tenía francas las puertas de un porvenir asegurado y próspero, que le brindaba el tranquilo bienestar y el ascenso a las más elevadas jerarquías castrenses; y de otro, la emigración con todas sus amarguras, privaciones e incertidumbres y la cerrazón del horizonte, que sólo mostraba sombras. Y optó, valiente y decidido, por la peregrinación a través de un desierto sin oasis posible, cuyo fin no alcanzaba a ver, dispuesto a sacrificarse por un ideal cuya tierra de promisión contemplaba tan lejana, que estaba persuadido de que en su vida probable, por mucho que Dios la prolongara, no alcanzaría a disfrutarla.

En el extranjero, primero en Francia y después en Bélgica trabajó, con tenacísima voluntad, en negocios mercantiles, logrando adquirir medios decorosos de mantenimiento, que le permitieron normalizar su existencia. Contrajo matrimonio con una dama belga, constituyendo un hogar cristiano y honrado, a cuya sombra creó una familia, educada en el ejemplo de sus padres, que fue modelo de laboriosidad y honradez. 

Pasaron los años; crecieron sus hijos, que a su vez formaron nuevos hogares enlazándose con personas del país, y cuando ya los veía ventajosamente acomodados, y pensaba terminar sus días en apacible tranquilidad, falleció su esposa, dejándole en inconsolable aislamiento. 

Hacía largo tiempo que la frontera española estaba abierta, en virtud de amnistía, para los emigrados carlistas, y buscando el calor de la patria como lenitivo a la triste soledad en que le sumiera su desgracia, Galetti regresó a España y se aposentó en Huécija, pueblo de la provincia de Almería, donde había nacido, y se dedicó a cuidar del modesto patrimonio heredado de sus padres, que durante su dilatado exilio había confiado a manos mercenarias. 

Siempre que lo permitían las labores de su hacienda, pasaba temporadas en Madrid y diariamente concurría a casa de Vázquez Mella, al que tributaba verdadera adoración. De aquellas amenas reuniones, acaso sea yo el único superviviente. El padre Bocos, párroco de San Pedro; el inteligentísimo canónigo de Lérida mosén Antonio Salas; Alvaro Maldonado, y tantos otros que borró la muerte, formábamos la tertulia del elecuentísimo tribuno, Allí, como he dicho, tuve la fortuna de conocer a Fernando Galetti.

Poco tuvimos que tratarnos para contraer una sincera y leal amistad. Yo liberal y él tradicionalista, nos entendíamos perfectamente. Nos ligaba la fe religiosa y el amor a España, que son los vínculos más fuertes que pueden enlazar a dos personas. Contaba él más de cincuenta años de edad; yo no llegaba a los cuarenta, y, sin embargo, nuestra fraternidad era absoluta.

Me producía admiración que aquel hombre, que veía con frecuencia a antiguos compañeros suyos, que por haber acatado el nuevo régimen lucían los entorchados de general, no albergara en su espíritu el más remoto arrepentimiento de su firme y consecuente conducta. Creía, como un iluminado, en el futuro triunfo de la causa tradicionalista, y aunque estaba convencido de que él no gozaría de los beneficios de la victoria, porque la veía muy lejana, su alma alentaba, consolada con saber que llegaría la realización del sueño que fue objetivo de toda su vida. 

Transcurrieron algunos años, durante los cuales nuestra amistad no se eclipsó ni un solo instante, y por razones que no importa consignar, tenía yo que pasar frecuentes temporadas en Almería. Tan pronto como se enteraba de mi estancia en la ciudad mediterránea, abandonaba su tranquila residencia rural y me acompañaba varios días. Ya estaba viejo; rebasaba los setenta años y presentía que su muerte estaba próxima. Pero la esperaba con la resignación del justo. 

Era, a la sazón, Cardenal Arzobispo de Granada don Vicente Casanova, respetable y virtuoso prelado, que disfrutaba de grandes y merecidos respetos. 

En una de nuestras íntimas charlas, me dijo éstas o parecidas palabras: 

«El actual Arzobispo de Granada es un íntimo y fraternal amigo mío. Quiero confiarle, con la debida reserva, que, hasta que terminó la guerra civil, fue uno de los tenientes del escuadrón que yo mandaba. Cuando se incorporó a nuestro Ejército era un joven de dieciocho años, y combatió durante toda la contienda con admirable heroísmo. Concluida que fué, yo marché al extranjero y él se acogió a la amnistía, pero no para aprovechar los beneficios que otros lograron, sino para abrazar la carrera eclesiástica, en la cual, usted ve, sus virtudes y su talento le han elevado a la más alta dignidad. Sospecho que el tiempo, que todo lo desgasta, ha borrado ese episodio de su vida, y que en tierras andaluzas es posible que no haya nadie que le conozca. El Cardenal, seguramente creerá que yo he muerto. He pensado varias veces visitarle, porque le quiero mucho, pero temo, si le veo, que él crea que por darme tono vaya a divulgar que fue un guerrillero; y aunque ello no menoscabaría su decoro, quiero evitarle esa contrariedad. ¿Le parece a usted que hago bien?» 
«No —le contesté—; no debe usted abrigar ese temor. Al Cardenal le sobra talento para comprender que en nada puede empañar su buena fama el que, siendo seglar, luchara con las armas en favor de la causa tradicionalista; pero si conociendo la maldad humana, temiera que injustamente le censurasen por ello, él le conoce a usted y sabe que la caballerosidad de que siempre ha dado usted muestra, corre parejas con la discreción a que está obligado.» 

El ascendiente moral que yo ejercía sobre él; la lógica que apoyaba mis razonamientos, y yo creo que más que nada el ansia que le acuciaba de abrazar a su antiguo compañero, le decidió a emprender el viaje a Granada. 

Cuando regresó de su excursión fue a verme, para referirme la entrevista. Su semblante reflejaba alegría y contento. 

«Llegué —me dijo— al Palacio Arzobispal, sintiendo algún temor. Rogué al familiar que estaba de guardia que entregara a Su Eminencia mi tarjeta, y a los pocos momentos fui recibido. No puedo negarle a usted, que la más profunda emoción conturbaba mi ánimo, pero ésta se tornó en agradabilísima sorpresa, cuando contemplé al venerable Príncipe de la Iglesia de pie en el centro del despacho, en actitud respetuosa, que, llevando su mano a la sien, me saludaba militarmente, añadiendo: «A la orden, mi capitán.» Nos abrazamos derramando lágrimas. «¡ Fernando!» «¡Vicente!», fueron nuestras primeras palabras. La conversación fue larguísima y cordial, rayana en la ternura. 

«Gracias a Dios —me decía— que ha tenido la misericordia de conservarnos. Yo te creía muerto, y en esa suposición he rogado mucho por tu alma. Cuéntame tu vida. Yo también te relataré la mía.» 

Y ambos referimos nuestras andanzas, satisfechos de haber cumplido con los deberes que Dios nos impuso. Quedamos en que repetiría mi visita y, al despedirnos, le manifesté que no revelaría a nadie lo sucedido en tiempos pasados, salvo a un íntimo amigo —pensaba en usted, aunque no menté su nombre—, en cuya reserva confiaba. 

«Te conozco bien, me respondió, y no lo habrás dudado cuando has visto que no te ha recibido el Cardenal, sino el compañero que compartió contigo y a tus órdenes todas las glorias y reveses de la campaña.» 

Yo a nadie hice partícipe de aquella confianza. Después de fallecido el Cardenal, que me honró con su amistad, y con el que jamás me di por enterado, lo conté a algunas personas, y hoy por primera vez lo hago público, porque relatarlo honra la memoria de aquellos dos hombres ejemplares.


Fuente: Rivas Santiago, Natalio (1943). Anécdotas y narraciones de antaño. Editorial Juventud. págs. 111-115.

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