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lunes, 29 de agosto de 2022

Tradicionalismo y fascismo (IV) : Rey

 

Folletón de EL SIGLO FUTURO

por José Luis Vázquez Dodero (noviembre-diciembre de 1934)


REY

Para el Tradicionalismo es sustancial la cuestión de las formas de gobierno. Sistema con sillares metafísicos, no olvida que es vano hablar de formas de gobierno sin analizar ante todo el contenido de este vocablo «forma», para no incurrir en logomaquias cuando se plantea la discusión sobre el problema. (1)

El concepto del Tradicionalismo respecto a las formas de gobierno lo expresa muy bien Vázquez de Mella cuando dice que, en el derecho natural, no son meros accidentes, sino cosa que se relaciona con los atributos inherentes a la soberanía, y según sea el concepto que se tenga de ésta, así será el concepto que se tenga de las formas de gobierno. 

El Tradicionalismo pone sobre su cabeza todo el peso de la argumentación de Santo Tomás para probar que el gobierno de uno es superior intrínsecamente a toda otra forma de gobierno. 

En la filosofía del Tradicionalismo la Monarquía es en sí misma, en abstracto, prescindiendo de toda relación de lugar y tiempo, la mejor forma de gobierno. (2) 

Pero además pesa también el argumento histórico.

El Rey de la Tradición no es un autócrata. Es un soberano que reina y «gobierna»; pero su poder está templado por las libertades municipales y forales y por las Cortes, sin cuyo consentimiento no puede poner la mano en ninguna ley fundamental, ni gravar con nuevas cargas contributivas al pueblo. El Rey está, además, asistido por el «Consejo Real». 

Otra característica es el principio hereditario de la Monarquía. Este principio asegura la permanencia, la estabilidad, la seguridad; es la garantía de que la Monarquía no es accidental para la nación. 

Estos son a grandes rasgos los principales puntos del programa tradicionalista en cuanto al régimen de gobierno. En una palabra: para el Tradicionalismo es sustancial que haya un Rey hereditario, el cual gobierna de hecho, aunque con cortapisas. 

Mussolini, por el contrario, sienta en la «Doctrina» como cosa descontada la accidentalidad de las formas. El Fascismo fué, en sus comienzos, republicano (3). Cuando la marcha sobre Roma, dejó de serlo. Pero —entiéndase bien— no porque creyese que la Monarquía era una forma de gobierno superior a la República por razones filosóficas o meramente históricas, sino porque, según de sí dice el Duce, estaba «convencido de que la cuestión de las formas políticas de un Estado no es, hoy, primordial, y de que del estudio de las monarquías y de las repúblicas pasadas y presentes resulta que Monarquía y República no deben juzgarse bajo especie de eternidad, sino que representan formas en las cuales se evidencia la evolución política, la historia, la tradición, la psicología de un país determinado. El Fascismo, pues, está por encima de la antítesis Monarquía-República, con la que se quedó retrasada la democracia, cargando sobre la primera todas las insuficiencias y haciendo la apología de la última como régimen de perfección». (Párrafo 6 de la «Doctrina».) 

No basta citar estas interesantes frases del Duce, porque a veces es notorio el divorcio entre la teoría y los hechos de gobierno. Hay que descender a la realidad política italiana para ver si en efecto la institución monárquica es o no una pieza fundamental en el Fascismo

Don José F. Lequerica, en reciente artículo (4), quiere ver en el Fascismo «la síntesis más sabia» de «la forma monárquica hereditaria» y los «poderes autocráticos». 

Por su parte don José Linares Rivas, en otro interesante artículo (5), afirma que «el Fascismo italiano, que en un primer momento pudo no ser monárquico, se confirma prácticamente en la absoluta necesidad de mantener en su más alto prestigio esta institución (la Monarquía) fundamental para la vida del país, viendo en la realeza la encarnación suprema de la idea nacional...», etc. Y líneas después añade: «El principio monárquico ha sido adoptado por la experiencia fascista italiana, «como base fundamental del sistema». 

Tentemos la elocuencia de los hechos. 

En Italia, como ya queda dicho, el Poder ejecutivo es fortísimo. A su cabeza, y sin dependencia real alguna del legislativo, está el Duce, que tiene además el título de «Capo del Governo», Capitán del Gobierno fascista. Los ministros son nombrados por él, y sólo ante él responden. 

La ley de 9 de diciembre de 1928 reorganizó e incorporó oficialmente al Estado el Gran Consejo fascista, especie de punto de unión entre el Estado y el Partido. 

El «Capo del Governo» nombra también libremente a los miembros del Gran Consejo, cuya misión es asesorar al Duce y nombrar en su día a quien haya de sucederle. Goad llama al Gran Consejo «el supremo depositario del poder» (6). Y, en efecto, otro escritor lo confirma diciendo que tendrá que intervenir en caso de sucesión al trono, y aventura que es muy probable que el nuevo soberano tenga que ser reconocido por el Gran Consejo. 

¿Y el Rey?, se preguntará. En el Fascismo el Rey, por lo visto, no tiene prerrogativas regias; reina, en cuanto que sigue en pie la institución que representa; pero no gobierna, y por consiguiente, no reina en el sentido auténtico del vocablo. Representa la Tradición, y viene a ser una especie de sombra secular que contribuye con el benéfico esplendor institucional a dar fuerza a los que de veras ejercen la soberanía. «El Rey, suma y compendio de todo su pueblo —dice el artículo que acabo de citar— dará en su día la investidura al jefe del Gobierno que designe el Gran Consejo Fascista, para suceder en el tiempo al Duce.» 

Se pregunta uno qué clase de Rey es este que no tiene facultades constitucionales para desentenderse del primer Ministro, que no puede sino ratificar sumisamente las leyes, que no goza siquiera de la prerrogativa de elegir nuevo jefe cuando el actual muera... 

Habrá que pensar que el Rey del Fascismo tiene menos mando que cualquier Rey constitucional; que es un Rey de nombre... 

Un francés que ha estudiado el Fascismo con imparcialidad no exenta de resabios liberales (7) afirma que aquél estruja a la Monarquía y que si no la rechaza es porque ve en ella una utilísima fuente de legitimación de su poder y sus actos. 

Pero, por otra parte, la República es, en rigor filosófico, lo más opuesto al Fascismo, porque o es gobierno democrático o no es República. 

«El Fascismo —dice Aldo Dani— se ha injertado en la Monarquía de la misma manera que se hubiera injertado en la República. Mejor dicho, «él es el que constituye el régimen». La Monarquía o la República no pasan de formas externas.» 

Parecen ciertas las palabras que subrayo; pero, para lo que el Fascismo es y representa, indudablemente la Monarquía le da algo que no podría darle la República: la majestad y el brillo de la institución. 

De la República, al matar la democracia liberal, no hubiera quedado nada; de la Monarquía, aunque se cercenen todas las regias prerrogativas, ha quedado, para bien del Fascismo, todo lo que ella tiene siempre de divino a los ojos del pueblo. 

Es otra manifestación del gran talento político de Mussolini. 

En el Tradicionalismo, la Monarquía es de esencia: no se concibe sin ella. El Fascismo la considera accidental, porque es un partido que ha concentrado en sus manos todos los poderes. Pero entiende que, aunque nada le quede al Rey de soberanía efectiva, todavía puede el pueblo beneficiarse de su presencia, que impone más respeto que institución alguna. Quizá no sea más que un caso de psicología de las multitudes. 

Políticamente, Italia depende de una organización poderosísima: el partido fascista, que absorbe por completo el poder. El Duce ha conservado la Monarquía como se conserva lo que nos da lustre y brillo a los ojos del prójimo. 

El Fascismo es una autocracia colectiva con un blasón de filosofía y de historia.



(1) No es este lugar para hacer una disquisición sobre punto tan elevado; pero no estará de más advertir que el concepto de «forma» de que parten los pensadores tradicionalistas, y aun el mimo programa implícitamente, es éste que Santo Tomás trae en el capítulo 1 «De ente et essentia»: «Per formam significatur perfectio uniuscujusque rei».

(2) Vid. Gilson: «Santo Tomás de Aquino», páginas 344 y siguientes, y Grabmann, págs. 140 y siguientes de la citada obra del mismo título. Importa subrayar el fundamento metafísico de la fe monárquica tradicionalista, porque hay quien cree que ésta proviene únicamente de consideraciones históricas. En estos libros se expone muy clara y exactamente el pensamiento de Santo Tomás.

(3) En el primer Congreso fascista (octubre 1919) Mussolini dijo: «No teníamos prejuicios monárquicos ni republicanos; pero hoy decimos que la Monarquía es inferior a su misión histórica».

(4) «El pantalón al revés». («La Época», 14-4-1934.)

(5) «Las ideas fascistas y el problema de la Monarquía» («La Epoca», 28-3-1934.)

(6) O. cit., pág. 164.

(7) Vid. G. Roux, obra cit. págs. 70 y siguientes.

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