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domingo, 1 de mayo de 2016

Montejurra de ayer y de mañana

por Rafael Gambra

Montejurra es uno de los más hermosos símbolos de la historia patria. Es el monte que domina a Estella, la que fue corte de la Legitimidad en las dos guerras carlistas y la posición-clave para la defensa de esa plaza. En sus laderas se cavaron las primeras trincheras de la historia militar (cuyos vestigios aún se conservan), y en ellas murieron cientos de los nuestros confesando al Rey y a la fe de sus antepasados. En su base, el monasterio románico de Irache fue el gran hospital de sangre de los carlistas donde innumerables heridos recibieron el cuidado maternal de aquella reina ya legendaria que fue Doña Margarita. De aquí que Montejurra haya podido ser llamada la Montaña Santa de la Tradición, y convertida en símbolo de la más generosa y espiritual de las resistencias.

Después de nuestra Cruzada de Liberación se erigió un pequeño altar cubierto en su cima, y un vía-crucis en el camino de ascensión con los Tercios de Requetés que en esa guerra aportaron su esfuerzo y su sangre a una ilusionada empresa común.

Durante mi permanencia en Pamplona (1944-55) cada primer domingo de mayo subía al Monte no más que un reducido grupo de leales, en su mayoría familiares de quienes perdieron su vida en aquellos Tercios. Recuerdo la invitación que anualmente me hacia don Joaquín Vitrián, Capellán de la Hermandad del Vía-Crucis de Montejurra y profesor conmigo en el Instituto Príncipe de Viana, para concurrir a aquella pequeña y entrañable romería penitencial.

Decenas de miles de carlistas en Montejurra (1966)
Fue a partir de ese último año cuando la romería casi familiar se transformó en gran concentración carlista con concurso de todas las regiones de España, hasta alcanzar gigantescas proporciones. Contribuyeron a esto dos circunstancias: de un lado que la paz espiritual de los quince años anteriores empezaba a mostrar fisuras: aires nuevos de europeísmo y de olvido de los motivos de 1936 empezaban a circular: la sangre leal presentía algo, volvía a hervir. De otro, que el Carlismo parecía salir de un interregno de divisiones y desaliento para ver a su cabeza la figura de un rey que —¡al fin!— se decidía a serlo. Dos años más tarde el heredero de ese ya casi anciano rey se presentaba ante la multitud reunida en Montejurra y abría con su presencia y su gesto un ancho campo a la esperanza. En la concentración de ese año parecía haberse liquidado la escisión que, por lo menos en cuatro fracciones, venía sufriendo el Carlismo.

A partir de ese momento la concentración política y la romería penitencial seguirían en aumento numérico. Sin embargo, en los años inmediatos Montejurra tuvo un tono domésticamente gubernamental. Se había nombrado Jefe-Delegado a don José María Valiente, de origen y mentalidad bastante extraños al Carlismo, y se trató entonces de ganar una oposición convocada para rey. Perdida ésta, el Sr. Valiente se sumó, como podía esperarse, al opositor triunfante. No hizo más que volver a su casa, y eso siempre está bien en un casado.

Este momento coincide, más o menos, con el Concilio y con la «apertura» europeística de España. A partir de entonces, lo que allí se dice y se oye es difícil de describir y aún más de creer. No difiere mucho de lo que oímos en algunos púlpitos o de lo que leemos en «Mundo Obrero». Santiago Carrillo y el Partido Comunista han enviado sus congratulaciones, y seguramente ni ellos mismos salen de su asombro.

La nube, sin embargo, pasará. Con la ayuda de Dios y por la intercesión de nuestros mártires. Porque, ¿a quién pertenece Montejurra? Sin duda a aquellos que yacen en sus trincheras o se conmemoran en sus cruces. Por ellos se va a aquel sitio, y ellos no mantuvieron, ciertamente, posturas confusas, traidoras ni vacilantes.


Rafael Gambra Ciudad
El Pensamiento Navarro (02/05/1971)

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