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lunes, 19 de septiembre de 2016

La bandera inmaculada del Carlismo

La bandera inmaculada

No sé si ha sido Ramón y Cajal quien escribió que los cerebros mayores de cincuenta años son refractarios a recibir ideas nuevas.

Lo que sí puedo asegurar, por propia experiencia, es que sea por insuficiencia fisiológica, o por sobra de convicciones, no me entran en la cabeza ciertas tácticas y procedimientos políticos nuevos.

Así, por ejemplo, no acabo de entender por qué quieren silenciarse en vez de distinguirse, las relaciones entre la religión y la política.

Del mismo modo que no entiendo la novísima práctica que aconseja no hablar de aquello que especifica y distingue los infinitos grupos y grupillos que constituyen el actual archipiélago político.

Y no comprendo cómo pueden silenciarse las relaciones entre la religión y la política, porque aun pensadores tan alejados de nuestro campo como Proudhon, escribía así, en su Confesiones de un revolucionario: «Es cosa que admira el ver de qué manera en todas nuestras cuestiones políticas, tropezamos siempre con la teología».

Y Rousseau afirmaba «que jamás se fundó Estado ninguno sin que la Religión le sirviese de fundamento».

Y Voltaire observaba: «que allí donde hay una sociedad, la Religión es de todo punto necesaria».

Ahora bien: si la política es el arte de gobernar a los pueblos, mediante el régimen político más adecuado para que los ciudadanos encuentren el perfeccionamiento integral de la naturaleza humana, con relación al fin último, que es esencialmente teológico, síguese que en una política digna de este nombre, política y religión tienen que guardar estrecha e íntima relación, y aun trabazón, y no pueden silenciarse las relaciones substanciales existentes entre la religión y la política.

Por eso, Donoso Cortés una vez rotos los alambres de la jaula liberal que aprisionaban su poderoso ingenio, pudo escribir:

«Posee la verdad política el que conoce las leyes a que están sujetos los gobiernos; posee la verdad social el que conoce las leyes a que están sujetas las sociedades humanas; conoce estas leyes el que conoce a Dios; conoce a Dios el que oye lo que Él afirma de sí, y cree lo mismo que oye. La Teología es la ciencia que tiene por objeto estas afirmaciones. De donde se sigue que toda afirmación relativa a la sociedad o al gobierno supone una afirmación relativa a Dios, o lo que es lo mismo, que toda verdad política o social se convierte forzosamente en una verdad teológica.» 

Por tanto, nosotros nos explicamos, que ciertos partidos políticos traten de encerrar y silenciar su teología porque no es la teología católica, sino un conjunto de errores.

Pero nosotros no. Nosotros somos una Comunión política informada por la teología católica en toda su integridad. Nuestros dogmas y afirmaciones teológicas, éticas, jurídicas, políticas, económicas y sociales, toman su substancia sin quitar ni añadir una tilde, de las enseñanzas de la Iglesia, y esto en lo fundamental, como tesis, no como hipótesis.

Precisamente eso explica el milagro histórico de que nuestra Comunión, después de un siglo de persecuciones, de luchas, de ostracismo y con períodos de muerte aparente, viva y resurja en aquellos momentos de diluvio universal, donde no hay otra salvación en el orden político que el arca de la Comunión Católica, Monárquico-Tradicionalista.


Por eso, ahora como siempre, y aún más que nunca, cuando tantos elementos nuevos vienen a nuestras filas (y bienvenidos sean para que por la influencia de ideas antes profesadas y aun de completa buena fe, no surja un neo-tradicionalismo incompatible con nuestro antiliberalismo secular), debemos dar al aire nuestra bandera limpia, inmaculada, cevando a Dios como primera palabra de nuestra gloriosa trilogía.

Dios, que es decir Cristo, Rey y Señor nuestro, reinando, venciendo e imperando, en los individuos, familias, leyes, gobierno y Nación.

Y los partidos que no quieran admitir este reinado, nos encontrarán hoy como ayer, y mañana como hoy, frente a ellos, aunque con ellos nos aliemos circunstancialmente para fines determinados.

Cien años llevamos combatiendo las libertades de perdición, los liberalismos mansos o fieros, llámense monárquicos, republicanos, dictatoriales, democráticos mejor o peor bautizados, socialistas, comunistas, fascistas, etc., y seguiremos lo mismo porque creemos que si el catolicismo no informa la sociedad, no informa la política, España irá a la barbarie, desapareciendo la que fue la más gloriosa Nación del mundo.

Respecto a callar, lo que nos especifica y distingue de otros partidos políticos, jamás lo haremos y menos en estos tiempos de confusionismo.

Es moda hablar contra el demo-liberalismo. ¿Pero cuántos de éstos confiesan que la autoridad procede de Dios y únicamente de Dios?

Está muy en boga hablar de estado corporativo. ¿Pero estas corporaciones o gremios, tienen las notas específicas del gremio tradicional, o sea: religioso, profesional, cultural, económico, autárquico y con representación propia en concejos, diputaciones y cortes?

Se habla mucho de la tiranía demagógica, ¿pero es que es mejor y menos antiliberal la tiranía estatista, llámese socialista, sindicalista o fascista?

Se habla mucho de indiferencia de formas de gobierno y quieren que se prescinda de la tradicional española: la monárquica, católica, templada, representativa, federativa y hereditaria.

Se acentúa cada vez más el separatismo suicida o antipatriota, o el Estatutismo sectario y centralista, ¿y no hemos de hablar de nuestro regionalismo autárquico, tan distante de los nacionalismos separatistas como de los Estatutismos cantonales o de los centralismos liberales democráticos, y estatistas?

No. Tenemos una bandera que es preciso llevar inmaculada al triunfo, o conservar inmaculada en el ostracismo. Y para ello jamás desconoceremos la bienhechora influencia de la religión católica en nuestro régimen político, ya que aquello es la forma substancial de éste; ni callaremos los infinitos matices que separan a la Comunión Católica, Monárquico-Tradicionalista de los grupos y grupillos que forman el actual archipiélago político español.

F. DE CONTRERAS

El Siglo Futuro (26 de abril de 1933)

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