martes, 25 de junio de 2019

La visita del príncipe Don Jaime a Granada en 1894

Tal día como hoy, un 25 de junio del año 1894, el Príncipe Don Jaime, primogénito de S.M.C. Carlos VII que recorría de incógnito España, llegaba en tren a Granada procedente de Málaga. Así es como relató su acompañante, el guipuzcoano Tirso de Olazábal, la visita a nuestra ciudad del que años después se convertiría en el agusto caudillo de la Comunión Tradicionalista:

El príncipe Don Jaime, sentado en la fuente
del Patio de los Leones durante su visita a
Granada (julio de 1894)

Al acercarnos á Granada, y antes de llegar á la estación de Atarfe, divisamos la histórica Santa Fe, último Real contra el moro, y prueba esplendente de lo que puede la constancia y el entusiasmo por la causa de Dios.

La Santa Fe inició la Reconquista y al concluirse esa gloriosa epopeya se levantó la ciudad de Santa Fe.

La Virgen de las Angustias 

Al llegar á Granada, D. Jaime se hallaba muy desazonado. Molestábame, á mí, además, una fuerte jaqueca. Sin perder momento nos dirigimos al Hotel de Roma, situado en la Alhambra; este hotel es conocido, asimismo, con el nombre de Siete Suelos, que lleva una torre contigua á él.

Muy corto era el número de viajeros que se hospedaban allí aquel día, por cuyo motivo nos atendieron inmediatamente y poco después pudimos acostarnos. En esta habitación estuvo la Emperatriz Eugenia—oí decir al que nos acompañaba:—en esta otra vivió Fortuny—añadió poco después.

Bueno, bueno, mañana nos enteraremos—decía D. Jaime.

Mi jaqueca había tomado tales proporciones que yo no sabía ya por dónde andaba, contentándome con seguir, maquinalmente, al que marchaba por delante. Tal fué nuestra brillante entrada en la ciudad de Boabdil, en la poética Granada.

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En la estación de Granada nos anunciaron la muerte del Presidente Carnot; por cierto que nos costó dar crédito á la noticia.

Comprendo que los anarquistas odien de muerte á los Reyes, Emperadores ó Gobiernos, que luchan por librar á sus Estados de esa terrible plaga,— decía D. Jaime,—pero no se concibe que se ensañen contra el Jefe de una República, en la cual se concede al socialismo, hermano carnal del anarquismo, los honores de uno de tantos partidos militantes. 

Muy atinada me pareció esta observación, pero es lo cierto que los revolucionarios han seguido siempre esa táctica. ¿Quién ó quiénes fueron los que acribillaron á balazos en la calle del Turco el coche en que iba el general Prim? ¿Quién llevó al patíbulo á casi todos los fautores de la sangrienta revolución del 93? Los amigos de la víspera. La frase de Gambetta—ou couper la queue—encierra una gran enseñanza para los que en épocas turbulentas halagan y enardecen las pasiones de la canalla que les sirve de escalera. Suben ellos, pero la escalera queda en pie y por ella aspiran á subir otros muchos.

Pero dejémonos de filosofías; estamos en Granada, en la ciudad del Darro y del Genil, y todo evoca recuerdos de épocas gloriosas, de grandes hazañas acometidas por ilustres guerreros y cantadas por nuestros mejores poetas...

¿Quién no ha oído hablar del poema de Zorrilla?

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Merced á su posición elevada, á los arroyos cuyo constante murmullo mece á los huéspedes del Hotel y á los bosquecillos que á uno y otro lado de la carretera trepan por el angosto valle hasata la torre de Siete Suelos, no se hace sentir allí el calor.

Mi jaqueca no me dejó pensar en las angustias de Boabdil, ni en la poética ciudad que dormía á nuestros pies, bañada por la misteriosa claridad de la luna. En cuanto me acosté se apoderó de mí un sueño reparador.

Desgraciadamente no sucedió lo mismo á mi querido Príncipe. No es cierto, como ha dicho algún periódico, que saliera yo, á altas horas de la noche, á buscar un médico. Sabía Su Alteza que la víspera había pasado una tarde muy angustiosa, y no me llamó hasta la mañana siguiente, á pesar de lo molestadísimo que estuvo. Cuando le vi entrar en mi cuarto, pálido, descompuesto, quejándose de lo mucho que había padecido durante aquellas horas, dije al Príncipe que, teniendo que poner yo á cubierto una grandísima responsabilidad, le suplicaba me dejara ir, sin tardanza, á buscar un facultativo. Accedió S. A. á mi deseo y me dirigí á la próxima casa de un amigo mío muy querido, don Antonio Pérez Herrasti, hermano del Conde de Antillón y de la Marquesa de Flores-Dávila.

Eran poco más de las ocho de la mañana. El portero que se asomo á la cancela del patio y á quien pregunté si podía ver á su amo, me contesto: Voy á ver si puede recibir á usted. Pero en aquel momento oí la voz de mi amigo y le llamé. Corrió á abrirme, manifestándome su asombro y alegría de verme en Granada.

Escucha,—le dije,—luego hablaremos de otras cosas; por ahora lo que quiero es que me guíes á casa de vuestro médico, porque tengo un compañero de viaje que se ha puesto enfermo. 

Al oír estas palabras la mujer de mi amigo, doña Maravillas Barraute y Elío, á quien ocultaban las palmeras y flores del patio, exclamo:

—Ya sé yo quién es tu compañero. 

—¡Qué has de saberlo! 

—¿Quieres que te lo diga? 

—Sí. 

Acercóse entonces, y en voz baja pronunció:

—Don Jaime. 

—¿Qué motivos tienes para sospechar semejante cosa?—la dije admirado.

—Sabía el ardentísimo deseo de ver á España que tenia S. A., y por otra parte ¿quién sino él podía decirte que lo acompañaras á Granada en esta época del año, dejando á toda tu familia? 

Después de este diálogo, tuve que confesar á aquellos excelentes amigos, probados católicos y legitimistas, que, efectivamente, el enfermo era D. Jaime, pero recomendándoles guardaran la mayor reserva. Llego enseguida el médico,—D. Enrique Pérez Andrés— que examino detenidamente al Príncipe, y dijo que mediante un par de días de régimen, sin necesidad de potingues, desaparecería la irritación que tanta molestia le había causado. Observó rigurosa dieta todo aquel día y parte del inmediato. La medicación no pudo ser más sencilla, pues consistió en unos cuantos vasos de horchata de arroz.

Afortunadamente, el doctor dio de alta á S. A. al tercer día y empezamos á admirar las joyas de arte que encierra aquella encantadora ciudad.

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No se equivoco el médico; lo que D. Jaime tenía era una fuerte irritación, que empezó á ceder desde el momento en que, siguiendo las prescripciones facultativas, dejo de tomar bismuto, crema de bismuto, láudano, etc., etc., y se contento con beber agua de arroz en pequeñas dosis, pero á cortos intervalos.

Día y medio estuvo el Príncipe sin comer absolutamente nada; juzgó entonces el médico que S. A. podía empezar á tomar alimentos sólidos y fué tan rápida la convalecencia que el 1.° de Julio le dió de alta.

No llegó aquel á sospechar, ni remotamente, quién era el enfermo.

—¿Cómo va, pollo?—decía todos los días al entrar en la habitación de don Jaime.

—¿Es usted casado o soltero?—preguntó al Príncipe el primer día que le vió.

Con toda mi alma dí gracias á Dios y á Nuestra Señora de las Angustias, á quien encomendé las mías, porque el peligro de complicaciones había desaparecido.

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Libre ya de tan terrible preocupación salí del Hotel, muy de mañana, dejando al Príncipe profundamente dormido, con ánimo de recorrer las inmediaciones de la Alhambra.

Los que nunca llegaron á la ciudad del Darro, se imaginan, que la Alhambra era sólo un soberbio palacio, morada de aquellos poderosos reyes cuya expulsión costo tanta sangre cristiana; pero la Alhambra era más que un palacio, era, como la Alcazaba, un gran recinto fortificado y situado, como ella dentro de la ciudad.

El muro exterior de esta, flanqueado de mil torres, era sumamente extenso y tan sólidamente construido que aún se ven sus restos á larga distancia de la población.

Tenía la Alhambra varias puertas; la de las Granadas, que aún se conserva en buen estado, es la que conduce directamente al Hotel de Roma.

Me dirigí á lo alto de la colina para disfrutar el magnífico panorama de la vega, una de las más fértiles y hermosas de Andalucía. Toda ella está cubierta de viñas, moreras, olivos, naranjos y limoneros, y regada por una infinidad de fuentes y canales. En la parte culminante de la colina hay ahora una escuela. Es uno de los puntos de vista más admirables que conozco, desde allí parece la vega una inmensa alfombra que se extiende hasta las primeras estribaciones de Sierra Nevada. Esta celebrada sierra, la más elevada de la Península, recibe su nombre de las nieves y hielos que perpetuamente coronan sus cimas. Sierra Nevada es el abanico de Granada. Cuando el sol abrasa la llanura, sus brisas, perfumadas por las flores de la vega, convierten á la ciudad, y muy particularmente á la Alhambra, en un verdadero oasis.

Largo rato admiré aquel incomparable cuadro; luego, por un estrecho barranco, bajé á campo traviesa, para volver á subir á las torres Bermejas y al Hotel.

Hallé á D. Jaime muy animado y dispuesto á salir, por lo que poco después bajábamos ambos en coche á la población y nuestra primera visita fué á la parroquia de las Angustias, situada en la carrera del Genil y en donde se venera á la Patrona de los granadinos.

Es un edificio gracioso con dos torres y de mucho gusto.

Son tantos los gloriosos recuerdos que traen á la memoria los preciosos monumentos que aún quedan en pie que no intentaré siquiera hacer de ellos una ligera reseña.

La Alhambra descuella entre todos, por su magnitud, por su elegancia, y por su estado de conservación.

Por la cuesta de Gomeles bajó don Jaime á la playa de donde arranca el paseo del Darro, uno de los más frescos y deliciosos de Granada. Sus contornos ofrecen admirables perspectivas; allí están situados aquellos pintorescos Cármenes, cuyos jardines llegan hasta el río. (1) Su aspecto risueño contrasta, por cierto, con las severas torres de la Alhambra y los vetustos muros del recinto, que sirven de fondo al paisaje. A poca distancia está la encañada por donde sube el camino de los muertos. El Generalife y el Sacro-Monte decoran las dos colinas que se extienden á la mano izquierda de la encañada.

Recorrió el Príncipe la célebre plaza de Bib-Rambla, teatro de las justas y torneos de los caballeros musulmanes, zegríes y abencerrages, y fué á ver el monumento que Granada ha dedicado á Colón.

Muchos son los que se han elevado estos últimos años para perpetuar la gloria de aquel insigne marino, pero dudo que ninguno de ellos aventaje á éste en gracia y elegancia.

Situada en un precioso sillón gótico recibe la Reina de manos de Colón un plano que cae graciosamente desde sus rodillas, revasando el coronamiento del pedestal en que descansa el precioso grupo de bronce.

S. A. se detuvo largo rato á examinarlo y lo pondero muchísimo.


(1) En uno de estos deliciosos Cármenes—quintas, casas de campo, fincas de recreo, torres, cigarrales ó villas—tal vez en la mejor, los Mártires, propiedad del malogrado General nuestro Carlos Calderón (q. e. p. d.) se hospedó el gran Zorrilla cuando la fiesta de su coronación. Coronó al insigne poeta, el hijo de otro poeta no menos insigne, y poeta también él, el actual Duque de Rivas, enviado especialmente para ese objeto por la Augusta Señora que ocupa el Trono del Rey.

En este Carmen, ó hacienda de Calderón, se conserva un cedro del Líbano, plantado por S. Juan de la Cruz.

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Granada debía ser ciudad importante al empezar la era cristiana, puesto que la fundación de su silla episcopal remonta á la época en que los Apóstoles empezaron á predicar la doctrina del Evangelio. Por eso, sin duda, se llama apostólica su Iglesia.

La Catedral se empezó el 15 de Marzo de 1529; se inauguro, sin estar concluida el 17 de Agosto de 1570; se terminó en 1639.

Diego de Siloe, el restaurador de la arquitectura greco-romana en España, fué quien hizo los planos de este soberbio monumento y comenzó á levantarle, sucediéndole su discípulo Maeda y á éste Juan de Orea.

Hay en él magníficas pinturas de Casco, de Bocanegra y otros artistas andaluces, un grupo de la Caridad, obra del célebre escultor florentino Pedro Torrigiano y otras mil maravillas.

La Catedral tiene anejo otro templo, que llaman El Sagrario, construido en el sitio que ocupaba la gran mezquita de los moros; allí fué donde Hernán Pérez de Pulgar, el de las Hazañas, clavó con su daga el «Ave María.»

Aquel héroe está enterrado en un pasadizo obscuro que llaman capilla del Pulgar.

En el sitio que hoy ocupa este papasadizo estaba la puerta de la mezquita.

Los sepulcros de los Reyes Católicos, D. Fernando y Doña Isabel, son otras de las maravillas que encierra la Catedral; aunque no tan notables, son también magníficos los sepulcros de Doña Juana y Don Felipe el Hermoso.

En la Iglesia de San Juan de Dios vimos el templete en que se conservan los restos de aquel gran Santo; por cierto que acababan de encontrarse doce preciosas estatuas, de plata repujada, que representan los doce apostóles y constituyen el adorno principal de la base sobre la cual descansa el templete.

Los frailes ocultaron estas estatuas para librarlas del saqueo y no se sabía á punto fijo do'nde estaban. En esta misma Iglesia hay una de las obras más admirables de Alonso Cano; una cabeza de San Juan Bautista.

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Pero volvamos á la Alhambra que es el monumento que más llamó la atención del Príncipe. Cuentan que su construcción duró cien años.

La Alhambra debía presentar por fuera un carácter de fuerza y una apariencia guerrera; por dentro todo estaba ideado para el reposo, la molicie y el placer.

Don Jaime recorrió aquellos patios embalsamados, aquellos ligeros pórticos, cuyos calados arabescos descansan sobre preciosas columnas de mármol, y miraba después las altísimas murallas del recinto, guarnecidas de amenazadoras almenas y flanqueadas de formidables torres.

¡Qué contraste! ¡Cuan poco fiaban aquellos poderosos monarcas en el amor de sus pueblos! ¡Cuánta zozobra debían causarles las constantes revueltas que agitaban á la ciudad!

Bajó D. Jaime maravillado de lo que había visto durante su visita á aquel encantado palacio.

¿No podríamos retratarnos en una de estas torres? preguntó el Príncipe.

Eran las cinco y media de la tarde y acostumbrado á la pálida luz de nuestras montañas, contesté á Su Alteza que me parecía demasiado tarde; uno de los dos fotógrafos que constantemente trabajan en la Alhambra, se encargó de probar lo contrario.

Aquella noche comió D. Jaime en casa de los señores de Pérez Herrasti y con ellos fué luego á un teatro de verano en que representaba una compañía de zarzuela, no del todo mala; por cierto que el Gobernador Civil vino á colocarse cabalmente frente al palco que ocupábamos y D. Jaime contestó al cortés saludo que el gobernador dirigió á los dueños del palco y á les que con ellos íbamos.


Olazábal, Tirso (1895): Don Jaime en España, pp. 132-146

1 comentario:

José Ubalde dijo...

D. Jaime se puso en contra de los imperiales al lado de los liberales, de ahí la escisión de D. Juan Vázquez de Mella y Fanjul, intento llegar a un acuerdo con la usurpación a efectos de sucesión. No es oro todo lo que reluce, en fin que Dios le haya perdonado.

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