por José Sanz y Díaz
El año histórico de 1936 estaba destinado por Dios para cubrirnos de gloria a los requetés y para dar a conocer al mundo entero, si aún lo ignoraba, el heroísmo antañón y juvenil de la boina roja.
España había nacido en su carne y en su espíritu el odioso ultraje de la pezuña bolchevique, la garra torpe y criminal de los osos de la Siberia que había desgarrado los más sagrados pergaminos, la fe secular castellana, el halo emotivo de nuestras leyendas católicas, el fuego autóctono de las tradiciones, mancillando el honor de las vírgenes y el prestigio uniforme de los Requetés carlistas.
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| José Sanz y Díaz (Peralejos de las Truchas, 1907-Madrid, 1988) |
Y cuando ya no podíamos resistir más —aquel 18 de julio inolvidable— la Raza de Pelayo empuñó las armas y retó cara a cara a la Bestia de Moscú en singular combate. Empezó la lucha contra las hordas marxistas y Europa entera se puso de puntillas, asomándose por encima del balcón nevado de los Pirineos para vernos pelear.
Los Requetés carlistas desnudaron los aceros, empuñaron los fusiles y dando con Mola un estentóreo ¡viva España! se lanzaron a la lid como leones, para dejar al pueblo español satisfecho, la Religión afianzada, la Justicia en su lugar, la Virtud tranquila y las esencias de la Tradición triunfantes.
Como siempre, los Requetés de Navarra, Aragón, Castilla, Galicia, Extremadura y Andalucía, que eran las regiones que entonces obedecían a Franco, luchaban denodadamente contra un enemigo infrahumano, ensoberbecido, superior mil veces en número y armamento, pues no hay que olvidar que los extremistas de toda laya detentaban el poder.
¡Julio de 1936! Resonó el clarín de guerra y liberación por los ámbitos de España. ¡A las armas, requetés, a defender la Tradición sacrosanta! Las campanas de todas las aldeas, hechas lenguas de bronce, oscilaron sobre las viejas torres como si también hubieran querido volar a la llamada bélica, y las veletas que yerguen su cruz sobre los tejados de los caseríos, afilaron sus flechas para marcar rumbos de Imperio.
¡A la Cruzada, hermanos; a la guerra santa, Requetés carlistas! Y el celo hispano se hizo intensamente azul y los campos de España se cubrieron de amapolas. La Patria tradicional volvía a recobrar sus caracteres eternos, su fisonomía propia.
Las huestes carlistas bajaron de las montañas, serpenteando por los valles, siguiendo el curso de las vertientes, brotaron de las hondonadas y en seguida esos manantiales de pureza armada fueron regatos, los arroyos ríos y los ríos de distintas aguas el gran océano de los Ejércitos de Franco. Las regiones, las provincias, las antiguas sexmas, los simples caseríos, libres de la tiranía roja, crearon oficinas de reclutamiento en las Comisarías carlistas de Guerra. De ellas salieron Legiones y Tercios de Requetés armados e instruidos, bloques de cruzados que tenían la mirada clara, el paso firme y el corazón libre de temor. La aportación carlista fué decisiva en la Cruzada, como infinitos fueron los nombres de sus Tercios, muchos de ellos laureados con las más altas condecoraciones. Tercios de Montejurra, Nuestra Señora de Begoña, de Lácar, de Oriamendi, del Pilar, de Doña María de Molina, de Numancia, de Montserrat, de Marco de Bello, de la Virgen de los Desamparados... y cien más con nombres sonoros en la fe, en la historia y en la geografía de navarros, aragoneses, castellanos, riojanos, cántabros, levantinos y andaluces.
La Tradición carlista le preparaba a España heroicos salvadores y al mundo entero le pasmó el milagro de las boinas coloradas. A la voz del Caudillo, que en aquellos momentos cruciales era oración y latido, el impulso viril de los Requetés se hizo arrollador, quebrando en mil combates los ejércitos rojos y las brigadas internacionales de espúreas gentes enemigas.
El Libro de Oro de los mártires y de los héroes que el Carlismo ha dado por Dios y por España en la Cruzada, sobrecogerá el ánimo el mejor templado el día que se publique.
JOSE SANZ DIAZ
Tomado de El Pensamiento Navarro (18/7/1945)
Publicado anteriomente en Zig-zag literario de las armas y de las letras (1938)
