sábado, 14 de mayo de 2016

Carta de Roberto G. Bayod por la Monarquía del 18 de julio (1966)

Contra los hechos consumados

Roberto G. Bayod Pallarés
(Belmonte de San José, 1919-2002)
Sr. Director de SP:

Me congratulo por el acertado y valiente enfoque que está tomando su prestigiosa Revista en el candente problema del futuro político de la Patria. Su carta, publicada en el número del 15 de mayo, pone en claro, incluso para los tontos —para los demás ya lo estaba—, su editorial del 1.º de mayo.

La Monarquía debe ser tarea de todos los españoles no cegados por sectarismos y rencores de la guerra. La Monarquía debe ser popular y social, como lo fue el 18 de julio. Esta fecha que divide la Historia contemporánea no surgió para restaurar estructuras que anarquizaron la vida española ni para reponer una dinastía que abandonó el trono; sino para crear una nueva España, basada precisamente en la España Tradicional, en la "eterna metafísica de España", como diría José Antonio. Mal se pudo alzar el pueblo español y el ejército en un 18 de julio para restaurar una dinastía que no intervenía en el Alzamiento. Yo asemejaría el 18 de julio a Covadonga y a San Juan de la Peña, cuyos baluartes no fueron para reponer a las dinastías visigodas que abandonaron la península y el trono, sino para instaurar nuevas fórmulas de gobierno, basadas en las entrañas del pueblo ibérico.

En líneas generales estoy de acuerdo con Vd. y con Domingo-Arnáu en cuanto a la Regencia. Ahora bien (...) sería conveniente el que la Regencia se estableciera vitaliciamente en la persona del Caudillo, sin perder éste ninguna de sus actuales prerrogativas y derechos. En este caso la Regencia podría prorrogarse por algún tiempo más, en el supuesto de que no se hubiera terminado con la institucionalización de todos los organismos y en la preparación del idóneo príncipe que fuere destinado como el más idóneo para encarnar la Monarquía del 18 de julio, podría tomar parte activa en el gobierno de la Nación, aún durante la Regencia vitalicia del Caudillo, y con el fin de un más perfecto entrenamiento en la difícil tarea de gobernar al pueblo español.

No se pueden dar hechos consumados al pueblo más independiente del globo y de más ansias de participar en la función pública, y mucho menos en una cuestión de tantísima importancia. Es preciso una igualdad de oportunidades entre todos los posibles príncipes que puedan identificar y personificar el 18 de julio, como ya insinuaba usted en "Una mirada al futuro". Se necesita continuidad en la tarea creadora del 18 de julio, sin perjuicio de rectificar errores padecidos hasta la fecha, y de perfeccionar instituciones creadas aprovechando la experiencia de varios lustros y conservando también cuanto de bueno se ha establecido. Hay que evitar, a toda costa, que un nuevo 14 de abril —por autoabandono de la Monarquía—, nos de un nuevo 16 de febrero y éste otro 18 de julio para tener que rescatar la Patria a base de un nuevo millón de muertos. No queremos más muertos, y por lo tanto, no queremos más dinastías ni instituciones o fórmulas que nos puedan llevar a los malos caminos. No podemos pretender que el final del Movimiento sea una República coronada, que a eso equivale la Monarquía que propugna "ABC", y para que esto no suceda es preciso e imprescindible que el príncipe que sea propuesto para rey para la Post-Regencia reúna unos requisitos mínimos de idoneidad y de capacidad.

Parece, a primera vista, que estas condiciones son una utopía, que ese Príncipe sea "un mirlo blanco", que sea un imposible. Pero no olvidemos que si la Providencia nos deparó un Caudillo para la cruzada y para la paz, también ha podido prepararnos un príncipe que sea continuador de la obra iniciada en un 18 de julio. Ese príncipe existe y es obra de todos los españoles y muy especialmente de las dos fuerzas político-militares que forjaron el Movimiento y su doctrina. No se puede prescindir del pueblo español, pero muchísimo menos de falangistas y de requetés que juntamente con el pueblo hecho ejército nos liberaron de una República sucesora de una Monarquía liberal con reyes liberales.

Forjemos la España nueva, mantengamos el espíritu del 18 de julio, el Movimiento sucederá al Movimiento a base de que se halle el príncipe apropiado para ser continuador de la tarea iniciada, y para ello es imprescindible el que sienta en sus entrañas el 18 de julio. Esa no es la Monarquía del "ABC", ni es ese su príncipe.

Sr. Director, adelante con su labor.-

Roberto G. Bayod Pallarés.
Princesa, núm. 18. Zaragoza

SP, 1966

* Nota: Debe entenderse esta carta de don Roberto Bayod a SP en su contexto. La estrategia de José María Valiente, extremada por Carlos Hugo, de "suceder" al régimen de Franco se reveló (aparte de su discutible ortodoxia) como un fracaso completo, que comprometió y dividió al Carlismo y movió a muchos de sus notables (no a todos) a hacer concesiones retóricas que, vistas hoy, resultan increíbles. La cita a J.A. Primo de Rivera, por ejemplo, podría haberse juzgado necesaria para atraer la atención de SP. Quienes conocieron personalmente a Bayod dan hoy fe de su ortodoxia tradicionalista.

martes, 10 de mayo de 2016

Entrevista al Marqués de Villores, Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista, en el periódico El Siglo Futuro (1931)

UNA INTERVIÚ IMPORTANTE

Interesantes declaraciones del señor marqués de Villores, delegado del señor duque de San Jaime

Programa de actuación tradicionalista


Llamamos la atención de nuestros lectores acerca de las siguientes declaraciones que, a ruegos nuestros, ha obtenido del Excmo. Sr. Marqués de Villores, secretario delegado del duque de San Jaime en España, nuestro querido amigo de Valencia D. Salvador Peydró Aznar.

En ellas trata el señor marqués de Villores importantísimos problemas de actualidad y habla de las únicas soluciones que pueden tener, ajustándose a las realidades gubernamentales y a los eternos principios de justicia.

Por eso constituyen un verdadero programa de actuación tradicionalista al que da más relieve la alta significación del respetable y queridísimo señor marqués de Villores, jefe delegado de la Comunión Carlista.

José Selva Mergelina (1884-1932),
marqués de Villores

El pensamiento tradicionalista 

En nuestra ya histórica actuación hemos opuesto a las falsas esencias democráticas las esencias españolistas y, en todo momento, el pensamiento tiende a infundir en las realidades políticas y sociales la tradición española que por ser tradición, no es estancamiento ni reacción, sino progreso constante y enlace natural de los eslabones en la cadena de la historia, sin desvirtuar su espíritu ni sus características raciales a través de los siglos.

Y esas esencias de que usted habla y que seguramente no llegan a ser bien entendidas por la democracia española, ¿tienen virtualidad bastante para resolver los problemas que presenta la realidad?

A nuestro juicio, absoluta; y tanta fe y garantía nos merecen que dispuestos estamos ahora como siempre a rendirles el tributo, si es necesario, de nuestras vidas y haciendas, y con esto damos la mayor prueba de la sinceridad de nuestras intenciones.

¿Qué visión tienen ustedes de estas realidades?

El problema más urgente, el que no admite dilación, el que constituye ya un caso patológico de gangrena social, es la ausencia de respeto al principio de autoridad. Y si no ataca en su raíz, la disolución del organismo social es desgraciada y fatalmente segura. La anarquía será la última etapa de los principios a que responde.

Esta situación actual no es más que una etapa intermedia, una consecuencia obligada de los principios, gobiernos y procedimientos liberales, practicados durante cien años, causa a su vez de la destrucción de las bases fundamentales de la sociedad. 

El régimen actual

¿Y no cree usted que el régimen actual pueda imponer ese respeto al principio de autoridad?

Desgraciadamente, no; sería necesario que ese régimen se negara a si mismo. Que rectificara sus doctrinas y sus procedimientos, y si esto hiciera perdería, con justa razón, la confianza de los que se han educado espiritualmente en sus principios. 

¿Y si a pesar de esas consideraciones, que parecen lógicas, el sentido gubernamental se impusiera?

No lo creo. Los hombres de la Monarquía liberal y parlamentaria, primero, y los actuales siempre, son los que han criado la conciencia de rebeldía en las masas y las tendencias de violencia; y esos hombres, que constantemente predicaron ideas disolventes y sembraron odios, esos hombres que niegan el principio de la autoridad divina, representada por la Iglesia, no tienen autoridad moral para imponer respeto al orden social que ellos han venido socavando.

Pues a pesar de todo insisto en que son patentes los esfuerzos de algunos ministro y de otros hombres muy significados en el nuevo régimen para acentuar e imponer carácter conservador a este régimen.

Declararse gubernamental de su propio gobierno, como Azaña en su discurso en la Plaza de Toros; decir como Lerroux que ayer eran revolucionarios, pero que hoy son gubernamentales; que la República será conservadora o no será, como dijo Alcalá Zamora; y correr de Gobernación a las Calatravas para oír misa; serán frases y hechos que podrán convencer a los que ya tengan intereses creados, pero a los de abajo, a los que no llega la participación de beneficios, a los que no alcanza la jauja prometida, a esos no se les convence.

Retrato contemporáneo del Marqués de Villores

Cómo resolvería el tradicionalismo este problema

Entonces y en la eventualidad de tener ustedes que resolver este problema, ¿cómo lo enfocarían?

Conocidas las causas, la lógica impone seguir reglas contrarias. Los liberales han infundido en las masas concepciones de derechos, aunque después, cínicamente, los hayan burlado. Nunca enseñaron obligaciones ni la correlación entre aquéllos y éstas.

Nosotros, pues, seguiremos dirección contraria. No consentiremos hablar de derechos a quien no se acomode antes al cumplimiento de sus deberes.

Primero orden, para que dentro del orden se pueda imponer la justicia. Respeto a la autoridad, para que pueda ésta actuar con plenas garantías de libertad y eficacia.

De estas manifestaciones parece deducirse que ustedes implantarían una dictadura.

No discutimos palabras; sólo nos importan los hechos. En los primeros momentos de todo nuevo régimen siempre la fuerza ha de establecer y consolidar el derecho. La República, hasta estos momentos, vive en régimen dictatorial. La ley de Defensa de la República es la mejor prueba de esta verdad.

Los poderes y límites del actual  Gobierno, según oficialmente ha declarado, son los que él mismo se impuso (ni siquiera reconoce la existencia de los derechos individuales). ¿Por qué, pues, se han de considerar estas manifestaciones mías como tendencias dictatoriales y no se ha de juzgar con igual criterio la actuación republicana? ¿Por qué se nos había de negar a nosotros un crédito de confianza necesaria para pasar a un régimen jurídico definitivo?

¿Y cómo pasaría de ese régimen inicial de excepción al orden jurídico definitivo?

En primer término nombraríamos un Consejo técnico de juristas para revisar la legislación fundamental española, antigua y moderna, con encargo de recopilar todos los preceptos contrastados por la experiencia, en el orden político, civil y social, respetando desde luego las libertades forales, usos y costumbres de los antiguos reinos, y el hecho fundamentalmente democrático de la autonomía para regir sus propios destinos todas las colectividades públicas y personas sociales intermedias entre el individuo y el Estado. 

Esta recopilación de leyes regiría provisionalmente hasta la nueva estructura que se habría de planear sobre las realidades presentes y las orientaciones futuras.

¿Y cuál sería el régimen definitivo?

Para comprender lo que sería España en nuestros régimen, hay que hacer abstracción de todo lo que conocimos en el orden político y sustraernos de las influencias del ambiente en que vivimos. Así, pues, nosotros, a semejanza de lo que dijo Navarro Villoslada, hace ya muchos años, en su célebre «El hombre que se necesita», diremos: 

Abogado, a tus pleitos. —Obrero, a tu trabajo. —Industrial, a tu fábrica, etc.: ¡Se acabó la política! ¡Se acabaron los partidos! ¡Se acabó la explotación de la mentira democrática! 

¿Y cómo sustituirían eso que habrían de destruir? 

Restituyendo la autonomía y libertad, como ya he indicado, a todas las personalidades intermedias entre el individuo y el Estado. 

Los Ayuntamientos formarían libremente sus cartas municipales; formarían mancomunidades comarcales, provinciales y regionales, que regirían sus propios destinos, señalando los límites de sus fines y determinando sus medios. 

En el orden jerárquico de esta organización, las entidades superiores tendrían carácter tutelar y supletorio para los fines que no pudieran realizar las entidades inferiores, el arbitraje entre los conflictos de jurisdicción, la conservación y aplicación de los principios intangibles del derecho de gentes, de los derechos individuales y la defensa social. 

¿Nada más? 

Paralela a esta organización política y administrativa planearíamos la organización corporativa, integral y obligatoria, como directriz fundamental para una nueva estructura social. 

No hablo de Sindicatos, porque esta palabra tiene hoy un sentido de rebeldía, pero en el fondo la antigua organización gremial representaba las tendencias de los actuales Sindicatos profesionales, sin el espíritu revolucionario que hoy domina en las organizaciones obreras. 

José Selva Mergelina (6) junto con su familia (fotografía propiedad de Numen)

La organización corporativa 

¿Qué entiende usted por organización corporativa, integral y obligatoria? 

Aunque todas mis ideas no son dogmas del partido, yo personalmente estimo que la organización corporativa tiene como primera finalidad robustecer la debilidad del individuo con la fuerza de asociación, y todos los ciudadanos deben formar parte de las colectividades que más directamente representen los intereses y peculiares aptitudes. Por consiguiente, deduzco la necesidad de la agremiación profesional obligatoria. 

La riqueza no debe ser una patente que autorice la vagancia, y todos deberían justificar la aplicación de sus actividades personales a un fin útil. Entiendo por integral el conjunto de todas las corporaciones que representen actividades sociales: Producción y distribución de la riqueza; ciencias, cultura, arte, trabajo, intereses morales y religiosos, etc. 

Este conjunto de elementos bien ponderados, constituirían la legítima representación del país y los hombres directivos estarían mejor capacitados que los políticos (única profesión que desaparecería), para estudiar y resolver los problemas de orden social y gubernamental, y representarían más dignamente en Cortes la opinión y la voluntad nacional. 

Las Cortes tradicionales

¿Cómo después de negar la existencia de partidos habla ahora de Cortes?

Nuestras Cortes no tendrían ninguna semejanza con las Cortes parlamentarias; por eso he dicho antes que para comprender nuestro sistema es preciso colocarse fuera del ambiente político en que vivimos.

Daríamos a los organismos técnicos la competencia para resolver los asuntos de técnica, y a los organismos administrativos, los de este orden. A cada región y a cada municipio sus asuntos. A las autoridades judiciales la administración integral de justicia; y a cada una de las organizaciones corporativas los asuntos de su respectiva incumbencia.

Para la responsabilidad de gestión pública, estableceríamos jurisdicciones donde todo ciudadano podría pedir residencia contra los funcionarios y autoridades sin limitación alguna, y reparación de las injusticias gubernativas y los abusos de poder.

Después de esto, los Gobiernos no tendrían que temer la oposición, ni pagar con favores la adhesión de los procuradores en Cortes. El sistema de corrupción electoral; el de mayorías complacientes y minorías revoltosas; el caciquismo en toda la extensa red de sus variedades, no podrían subsistir ni tendrían ninguna razón de ser.

¿Entonces cuál sería la misión de las Cortes?

La de conocer sobre los asuntos de verdadera transcendencia para los destinos de la nación. La de resolver los conflictos entre las jurisdicciones inferiores que no tuvieran señalado otro cauce legal. La de autorizar los impuestos y los gastos generales del Estado, y con el Rey tendrían el Poder legislativo supremo, libre de los intereses y de las pasiones de partidos.

El jefe del Estado sancionaría las leyes, según las fórmulas tradicionales en cada uno de los antiguos reinos, y especialmente, según las leyes de Aragón, que fueron las más liberales y democráticas del mundo. Juraría guardarlas y hacerlas cumplir.

Las Cortes podrían residenciar a todos los funcionarios y autoridades de alta categoría por sus actos de gestión y acusar ante el Tribunal de responsabilidades, que sería permanente e inamovible. No podrían derribar ni elevar Gobiernos, pues el Rey, bajo su personal responsabilidad, reina y gobierna; es el Jefe supremo de la nación y el representante del Poder ejecutivo. Sobre estos principios está fundado el sistema presidencialista de Norte América. De allí no vienen noticias de crisis ministeriales ni de cambios de Gobierno.

¡¡En nuestras Cortes sí que estarían ausentes los Tenores, los Payasos y los Jabalíes!!

Payasos y jabalíes en las Cortes liberales
(imagen tomada de El Blog de El Español)

El sufragio

¿Y la soberanía y el derecho de sufragio?

Nuestro sistema de expresión de la voluntad nacional es la representación por clases y núcleos geográficos de histórica constitución. La soberanía política pasaría a ser función social y corporativa.

Es de libre apreciación si el ciudadano, como tal, debe tener un instrumento directo para manifestación de su voluntad, y en este caso el sufragio universal, lealmente practicado, podría cumplir esta finalidad. Pero el ciudadano, además, tiene otros derechos como partícipe en intereses colectivos. Allí donde se manifiesta y actúa una entidad jurídica, para el cumplimiento de una finalidad colectiva, allí existe un sujeto de derecho. Todas las organizaciones corporativas deben tener derecho a participar en la gobernación del Estado, y sus representantes deberán sujetarse al mandato imperativo.

¿Qué es el mandato imperativo?

La obligación de sujetarse los representantes de los pueblos, de las clases y de los intereses sociales, en el ejercicio de su representación, al mandato expreso que en cada caso les otorgue previamente la entidad que representen. Así, los diputados en Cortes y en las organizaciones intermedias consultivas deliberantes o ejecutivas, se ajustarán siempre a sostener y defender la opinión, el juicio y el mandato que expresen los poderes de su representación.

Este enunciado no excluye el estudio, examen, discusión y mejoramiento de las leyes por los procuradores, pues el mandato se refiere a propuestas concretas sobre asuntos de previo juicio y en todo caso supone la sanción de plebiscito indirecto.

Los procuradores dependerán directamente de sus respectivas corporaciones y éstas podrían revocar y cambiar sus poderes y sustituir las personas cuando así lo estimaran conveniente, y pagarían los gastos y emolumentos de sus procuradores.

La Constitución

Entonces, ¿los tradicionalistas no establecerían una Constitución como ley fundamental?

No la estableceríamos; la restableceríamos. España tiene su constitución con profundas raíces históricas y se define por sus propias tradiciones. 

La recopilación que formaría el consejo técnico jurídico sería el punto de partida para la fijación de los Códigos fundamentales en el orden social, político y civil. Las Cortes elegidas y estructuradas en la forma ya dicha donde todos los intereses estarían legítimamente representados, serían las que en suprema resolución sancionarían aquellos Códigos. Inglaterra no tiene constitución escrita al estilo moderno y es la nación donde mayor culto se rinde a la tradición y a la libertad individual.

El liberalismo

Entonces, ¿dónde están las diferencias fundamentales con lo que ustedes llaman liberalismo?

En el orden filosófico, el liberalismo tiene su origen en el libre examen. Esta doctrina estblece como principio de verdad el criterio de la razón humana, y el hombre dentro de este principio no tiene más responsabilidad en sus actos que la derivada del pacto y del orden jurídico.

La Iglesia Católica sostiene el libre albedrío del hombre sujeto a responsabilidad. Es decir, antes y sobre la razón humana la ley Divina, a la que debe someterse. De esta oposición entre los dos sistemas filosóficos nacen las dos directrices contrarias en todas las acciones humanas y, especialmente, en las religiosas, políticas y sociales. 

Por esto los tradicionalistas españoles, al declararnos católicos, apostólicos romanos, nos sometemos incondicionalmente a las doctrinas y disciplina de la Iglesia, y en la actuación pública, en la organización social y en las funciones del Estado, queremos fundir, con todas sus consecuencias, las doctrinas de Cristo, tal y cómo las interpreta, las define y las aplica la Iglesia Católica. Por eso la Unidad Católica con todo lo que ello entraña y significa es nuestra aspiración fundamental.

Pío XI, Sumo Pontífice de la Iglesia Universal entre 1922 y 1939,
autor de la Encíclica QUADRAGESIMO ANNO

El problema social 

¿Entonces las soluciones de ustedes en el orden social son las mismas que propugna la Iglesia Católica?

Exactamente. Las Encíclicas RERUM NOVARUM y la última QUADRAGESIMO ANNO constituyen nuestra orientación. En ellas radican virtualmente todas las justas soluciones de los conflictos sociales: La cristianización de la economía es la fórmula sintética del remedio al mal social: Dar la mayor cantidad de bienes materiales posibles, en el orden económico, al mayor número posible de hombres.

Sería inútil —dice el Papa— todo afán de regeneración social, si no vuelven los hombres franca y sinceramente a la doctrina evangélica. 

La Revolución Francesa, con los economistas del siglo XVIII destruyó la antigua organización social, después los progresos de la ciencia han creado un mundo nuevo de posibilidades económicas ilimitadas y el liberalismo no ha sabido encontrar el índice de la ecuación entre la producción y el reparto para consumo. Una organización de la economía que conduce a la miseria por exceso de producción, es una organización fracasada.

Hay que organizar, pues, la producción y el reparto en sistema corporativo. La lucha de clases sustituirla por el orden y la defensa de los intereses creados al amparo y en el régimen de corporación.

¿Pero qué fórmulas prácticas tienen ustedes como soluciones?

Además de la estructuración social corporativa, la más eficaz, la más completa, la dio hace tiempo nuestro malogrado caudillo Jaime III: «Elevar a preceptos jurídicos las esencias de la caridad cristiana y de las Obras de Misericordia».

Esto no significa invasión de las leyes jurídicas en las virtudes individuales; pues aun suponiendo, dice también el Papa, que cada uno de los hombres obtenga todo aquello a que tiene derecho, siempre queda para la caridad un campo dilatadísimo.

Así, pues, ya que el individuo voluntariamente no cumple las obligaciones de caridad y misericordia que debe al prójimo, es preciso que la sociedad se haga cargo de aquéllas, hasta donde lo permitan las posibilidades sociales y elevándolas a preceptos jurídicos las convierta en leyes del código social de cumplimiento obligatorio, sujetos a la sanción y coacción.

Es decir, la sociedad adoptará como cargas sociales las obligaciones de justicia que en este orden le incumban. 

Otros puntos de nuestro programa

¿Puede usted decirme qué entiende por cargas de justicia social?

Protección real y efectiva a la infancia en toda la variedad de sus necesidades. Protección especial a la mujer en su actividad maternal y además para que en todo momento encuentre garantizados los medios legítimos y honestos de subsistencia, instrucción, educación y facilidades para el cumplimiento de los deberes propios de su sexo.

Preparación del individuo, en su niñez y juventud, física, moral y cultural, hasta colocarlo en condiciones de igualdad para la lucha por la existencia, hasta que pueda ser un ciudadano digno y un trabajador capacitado para el ejercicio de su profesión; útil para sí y para la sociedad.

Subsidios familiares en proporción al número de hijos; subsidios a impedidos, inválidos, viejos y jubilados. Seguros de trabajo y de jornal.

¿Pero es posible cumplir este programa?

Posible y seguro; es la visión del futuro social. El mundo y, por consiguiente, la sociedad tiene hoy posibilidades económicas bastantes para cubrir todas las necesidades humanas. Las grandes crisis actuales son consecuencia de exceso de producción. Hoy a la humanidad le es más fácil producir que consumir. La capacidad compradora es inferior a la productora. ¿Qué razón hay para que las fábricas de zapatos estén paradas mientras millones de seres van descalzos?

Leo hoy en un periódico: «La gran cosecha de trigo en Texas forma montañas con las existencias de granos, expuestas a corrupción por falta de compradores». ¡Y los pobres mendigando un pedazo de pan... que no encuentran! Por consiguiente, se puede y se debe cumplir aquel programa.

No estamos acostumbrados a ofrecer sin seguridades de poder cumplir, ni hablamos a los obreros solamente de derechos para halagar sus pasiones y captar su voluntad. Por el contrario, estamos acostumbrados a enseñarles antes sus obligaciones.

Estamos bien seguros de que la sociedad puede y debe cumplir lo que estimamos cargas de justicia social y debe atender todas las vindicaciones del trabajo como factor de producción y como virtud moral, y en conformidad con este alto valor que el trabajo representa, debe corresponderle una mayor participación en la empresa productora y se ha de establecer una mayor equidad en la distribución
de las utilidades.

En este orden, el Tradicionalismo admite todas las reformas que sean necesarias para ajustar a las realidades las nuevas concepciones sociológicas.

¿Qué opinión tienen ustedes sobre la función social de la riqueza?

Esta función social exige que la riqueza se ponga en actividad, pues sólo es fecunda cuando se convierte en instrumentos de trabajo; exigiremos, pues, su transformación y circulación para que se aplique constantemente a la reproducción y llegaríamos, si necesario fuere, a poner remedio al mal de la riqueza improductiva.

Llegaríamos, si necesario fuese, a una prudente limitación de las rentas, si éstas fuesen abusivas, y a la mejora de la retribución del trabajo, compensado hoy solamente por el salario.

***

Hasta aquí las interesantes; e importantísimas declaraciones del excelentísimo señor Marqués de Villores que sin duda habrán leído con gusto nuestros lectores.

domingo, 1 de mayo de 2016

Montejurra de ayer y de mañana

por Rafael Gambra

Montejurra es uno de los más hermosos símbolos de la historia patria. Es el monte que domina a Estella, la que fue corte de la Legitimidad en las dos guerras carlistas y la posición-clave para la defensa de esa plaza. En sus laderas se cavaron las primeras trincheras de la historia militar (cuyos vestigios aún se conservan), y en ellas murieron cientos de los nuestros confesando al Rey y a la fe de sus antepasados. En su base, el monasterio románico de Irache fue el gran hospital de sangre de los carlistas donde innumerables heridos recibieron el cuidado maternal de aquella reina ya legendaria que fue Doña Margarita. De aquí que Montejurra haya podido ser llamada la Montaña Santa de la Tradición, y convertida en símbolo de la más generosa y espiritual de las resistencias.

Después de nuestra Cruzada de Liberación se erigió un pequeño altar cubierto en su cima, y un vía-crucis en el camino de ascensión con los Tercios de Requetés que en esa guerra aportaron su esfuerzo y su sangre a una ilusionada empresa común.

Durante mi permanencia en Pamplona (1944-55) cada primer domingo de mayo subía al Monte no más que un reducido grupo de leales, en su mayoría familiares de quienes perdieron su vida en aquellos Tercios. Recuerdo la invitación que anualmente me hacia don Joaquín Vitrián, Capellán de la Hermandad del Vía-Crucis de Montejurra y profesor conmigo en el Instituto Príncipe de Viana, para concurrir a aquella pequeña y entrañable romería penitencial.

Decenas de miles de carlistas en Montejurra (1966)
Fue a partir de ese último año cuando la romería casi familiar se transformó en gran concentración carlista con concurso de todas las regiones de España, hasta alcanzar gigantescas proporciones. Contribuyeron a esto dos circunstancias: de un lado que la paz espiritual de los quince años anteriores empezaba a mostrar fisuras: aires nuevos de europeísmo y de olvido de los motivos de 1936 empezaban a circular: la sangre leal presentía algo, volvía a hervir. De otro, que el Carlismo parecía salir de un interregno de divisiones y desaliento para ver a su cabeza la figura de un rey que —¡al fin!— se decidía a serlo. Dos años más tarde el heredero de ese ya casi anciano rey se presentaba ante la multitud reunida en Montejurra y abría con su presencia y su gesto un ancho campo a la esperanza. En la concentración de ese año parecía haberse liquidado la escisión que, por lo menos en cuatro fracciones, venía sufriendo el Carlismo.

A partir de ese momento la concentración política y la romería penitencial seguirían en aumento numérico. Sin embargo, en los años inmediatos Montejurra tuvo un tono domésticamente gubernamental. Se había nombrado Jefe-Delegado a don José María Valiente, de origen y mentalidad bastante extraños al Carlismo, y se trató entonces de ganar una oposición convocada para rey. Perdida ésta, el Sr. Valiente se sumó, como podía esperarse, al opositor triunfante. No hizo más que volver a su casa, y eso siempre está bien en un casado.

Este momento coincide, más o menos, con el Concilio y con la «apertura» europeística de España. A partir de entonces, lo que allí se dice y se oye es difícil de describir y aún más de creer. No difiere mucho de lo que oímos en algunos púlpitos o de lo que leemos en «Mundo Obrero». Santiago Carrillo y el Partido Comunista han enviado sus congratulaciones, y seguramente ni ellos mismos salen de su asombro.

La nube, sin embargo, pasará. Con la ayuda de Dios y por la intercesión de nuestros mártires. Porque, ¿a quién pertenece Montejurra? Sin duda a aquellos que yacen en sus trincheras o se conmemoran en sus cruces. Por ellos se va a aquel sitio, y ellos no mantuvieron, ciertamente, posturas confusas, traidoras ni vacilantes.


Rafael Gambra Ciudad
El Pensamiento Navarro (02/05/1971)

sábado, 23 de abril de 2016

Don Antonio Arrue, detenido en Granada durante la Cruzada

Antonio Arrue Zarauz (1903-1976)
Cuando el Príncipe Regente volvió a entrar en la «zona nacional» el 28 de noviembre [de 1937], una de sus primeras decisiones fue nombrar a Antonio Arrue su secretario personal. Y como tal le acompañó en su gira de casi 4.000 kilómetros por tierras vascas, castellanas, extremeñas y andaluzas, siendo recibidos de forma «triunfal» en todos los lugares donde había unidades del Requeté, un hecho que provocó no pocas suspicacias en la Junta Militar de Burgos ante el potencial político que podía alcanzar el carlismo en el «bando nacional».

Descansando en La Ventilla, cerca de Motril, tras haber visitado la Alpujarra granadina, recibieron el 21 de diciembre la orden de detención contra Arrue, orden que respondía a un requerimiento de la Auditoría de la VI Región Militar, con base en Burgos. Solo la mediación de personalidades cercanas a la comitiva hizo posible que el dirigente guipuzcoano se pudiera presentar voluntariamente, evitando así la sorprendente escena de que la Guardia Civil se llevara detenido a un miembro de la Junta Nacional Carlista de Guerra. Dos destacados integrantes de la delegación, Antonio Garzón y Rafael de Olazábal, fueron los encargados de acompañar en coche a Arrue hasta Granada, donde ingresó en la prisión provincial.

Todavía sin haberse recuperado de esta desagradable sorpresa, el propio Príncipe Regente se encontró, al regresar a su residencia en Granada, la carta en la que Franco le invitaba «por el bien de España» a que saliera cuanto antes de ella. Se la entregó personalmente el comandante Mazas, que se había desplazado expresamente a Granada con esta misión. Don Javier pidió al correo que solicitara «al generalísimo» una audiencia lo antes posible. Según relata el marqués de Valdespina, cuando el enviado de Franco abandonaba la casa, en las escaleras, se produjo un fuerte altercado entre el militar y Olazábal, quien «le cantó las cuarenta», echándole en cara que tanto la detención de Arrue como la expulsión de Don Javier eran una venganza por la fuerza que estaba adquiriendo el carlismo (Orbe y Vives, 1938).

Arrue quedó en situación de prisión incomunicada, siendo inútiles los intentos de verle, «en vista de lo cual, se le mandaron unos colchones y mantas, así como su maleta y la cena». Dolores Valero de Rojas, una de las responsables de la organización de las Margaritas en Granada, quedó encargada de que a Arrue no le faltara nada, mientras que la delegación carlista regresaba a Burgos para cumplimentar el encuentro con Franco.

El relato de esta expulsión no deja pasar por alto la coincidencia de que el 22 de diciembre se cumpliera exactamente un año de que Manuel Fal Conde, mano derecha de Don Javier, también «cumpliendo órdenes superiores», se viera obligado a pasar la frontera portuguesa camino de su destierro en Lisboa. «Justo al año –sigue el testimonio Ignacio de Orbe y Vives– el Señor (Don Javier) sale de Granada para atravesar los Pirineos, cumpliendo órdenes del Jefe del Estado». «A las 8 y cuarto de la mañana, emprendemos viaje a Sevilla, no sin antes haber testimoniado todo nuestro agradecimiento a la familia Contreras (en cuya casa se hospedaba) por las atenciones recibidas y trato dispensado a SAR. El Señor pidió a la familia Contreras que hicieran extensivo su agradecimiento a todo el pueblo de Granada. A Dolores (Valero) pidió se ocupara de que a Arrue nada le faltara y que las Margaritas hicieran lo posible para que, mientras estuviera en la cárcel, lo pasara lo mejor posible. Con el alma llena de tristeza por los últimos acontecimientos, salimos rumbo a Sevilla», para, después, ir a Burgos, desde donde, tras una tensa entrevista con Franco, Javier de Borbón-Parma se dirigió a San Sebastián y de aquí, el día 27 de diciembre, a la frontera de Hendaya (Orbe y Vives, 1938).


* Extracto del artículo de Manuel Martorell: Antonio Arrue, el carlista que colaboró en el relanzamiento de Euskaltzaindia en la revista Euskera, número 56.

Biografía de Antonio Arrue Zarauz en El Matiner Carlí.

martes, 12 de abril de 2016

La tumba del General Carlos Calderón y Vasco ha sido salvada

Gracias a nuestra campaña en pro de la salvación de la tumba del General carlista don Carlos Calderón y Vasco, podemos anunciar que la familia finalmente ha pagado la deuda de más de 10 años que tenía la sepultura.

Nos congratulamos de haber contribuido a evitar que el cuerpo momificado del que fuera diputado a Cortes electo por Granada y Brigadier de la campaña de 1872-1876 haya sido cremado y echado a una fosa común, como es la práctica habitual en caso de impago del vergonzosamente secularizado y privatizado cementerio de Granada.

Esperamos que los huesos y la boina —que se conserva intacta— de nuestro General vencedor en Eraúl sigan durmiendo el sueño de los justos en espera de la resurrección de la carne. Las donaciones recibidas serán empleadas para proporcionar una lápida digna a la tumba, en la que actualmente no figura ni su nombre.

Hasta la fecha hemos recibido 735 € [801 € (actualización 28/8/2019)]. Una lápida de mármol correspondiente al tamaño de la bóveda cuesta más de 2.000 euros. Cualquier nueva donación para este noble fin, desde 1 euro, es bien recibida y agradecida:

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lunes, 11 de abril de 2016

Historia del Carlismo de 1909 a la Dictadura de Primo de Rivera: El Jaimismo

ENCICLOPEDIA UNIVERSAL ILUSTRADA EUROPEO-AMERICANA. TOMO LXIII (1928)

Extraído de la voz Tradicionalismo (pp. 502-506). (Véase el fragmento anterior aquí).

2. El jaimismo.

Por fallecimiento de Don Carlos quedó al frente de la comunión carlista su único hijo varón, Don Jaime de Borbón, al que sus partidarios dieron el número de III, teniendo en cuenta los dos reyes aragoneses del mismo nombre, contra la costumbre de tener en cuenta sólo los de Castilla; y por haber también fallecido Matías Barrio y Mier (23 de junio d 1909), fue nombrado jefe delegado en España Bartolomé Feliu.

Encontró Don Jaime a su partido bien organizado en todas las regiones y provincias, con Juntas en casi todos los distritos y con numerosísimos círculos, juventudes y requetés en toda España, así como muchos diarios, semanarios y revistas, incluso dos rotativos (adquirida la maquinaria por subscripción popular), El Correo Español y El Correo Catalán.

Las elecciones de 1910 llevaron al Congreso ocho diputados y al Senado cuatro senadores del partido. Los carlistas emplearon su actividad principalmente en combatir el proyecto de la Ley del candado, contra las Órdenes religiosas, obra del Gobierno de Canalejas (organizando manifestaciones y dando mítines en toda España y llegando en el Congreso a la sesión permanente), y en luchar contra el republicanismo, aliado del Gobierno en la campaña anticlerical, menudeando las colisiones entre republicanos y carlistas, sobre todo en Cataluña, donde, habiendo los primeros atacado a los segundos en San Feliu de Llobregat, los requetés repelieron el ataque, produciendo a sus enemigos 4 muertos y 17 heridos (28 de mayo de 1911).

Redacción de El Correo Español (1912)

A principios de 1913 cesó Bartolomé Feliu en el cargo de jefe delegado, en el que fue substituido por el marqués de Cerralbo, constituyéndose, bajo la presidencia de éste, una Junta nacional, integrada por los jefes regionales y los representantes en Cortes, y en una reunión celebrada en Madrid el 30 y el 31 de enero del mismo año se designaron diez Comisiones (Propaganda, Organización, Círculos y Juventudes, Requetés, Tesoro de la Tradición, Prensa, Elecciones, Acción Social, Defensa del Clero y Defensa jurídica de los legitimistas perseguidos por delitos políticos) y se dictaron reglas para la reorganización del partido en toda España, fundándose nuevos círculos y volviendo a tomar algún incremento la propaganda.

Poco después comenzaron a brotar los primeros gérmenes de una honda escisión en el jaimismo. Don Jaime, a pesar de las peticiones constantes de sus adeptos, no se casaba, por lo que empezó a temerse que, no teniendo sucesión, quedaría sin jefe el partido, por ir entonces los derechos al jefe de la rama reinante, con lo que se terminaría la cuestión sobre la legitimidad de origen en la sucesión a la Corona.

Unido a esto existía el problema de la alianza en Cataluña con el catalanismo, que cada día extremaba más sus exigencias, hasta el punto de provocar serio disgusto entre significados jaimistas de dentro y fuera de aquella región.

Salvador Minguijón, en una serie de artículos y conferencias (recogidos en el folleto La Crisis del Tradicionalismo en España, Zaragoza, 1914) comenzó a sostener que era preciso la unión de los jaimistas con los católicos independientes y con Maura para implantar un programa mínimo, sin derrocar la dinastía reinante, y laborando para ir, poco a poco, por vía de evolución, cambiando el régimen liberal. El Correo Catalán y algunos otros periódicos apoyaron esta dirección, contra la que protestaron muchos jaimistas, a causa de que en ella se prescindía de los derechos de Don Jaime, y por entender que el programa mínimo y la alianza con los católicoliberales representaban una claudicación y el abandono del carácter militar del partido, viendo en lo que se llamó minguijonismo un nuevo nocedalismo, pero con una inclinación dinástica y liberal más acusada, que le aproximaba al pidalismo.

Por otra parte, Don Jaime declaró que «no concebía nuevos partidos y que si bien podría el suyo reforzarse con elementos nuevos, nunca podría perder su carácter; que había heredado deberes y los deberes no eran renunciables» (Interview con el Mundial Magazine de París, en abril de 1914). A pesar de ello continuó El Correo Catalán apoyando las tendencias de Minguijón, y en un Congreso de Juventudes celebrado en Barcelona algún tiempo después, llegó a presentarse un tema consistente en que Don Jaime debía renunciar sus derechos, venir a España y constituirse en jefe de un nuevo partido conforme a las indicadas tendencias.

Era entonces jefe regional jaimista de Cataluña el director de El Correo Catalán, quien mantenía al propio tiempo una estrecha alianza con la Lliga regionalista, de tal manera que en las elecciones se acataba la dirección de ésta y sus orientaciones en materia regionalista. Tal confusión motivó seria protesta de los jaimistas opuestos a estas tendencias y que pedían la independencia política del partido, protestas que culminaron en un mensaje elevado a Don Jaime a principios de 1915, al que se adhirieron todos los Círculos de Barcelona (menos el central) y muchísimos de Cataluña, fundándose un periódico (El Legitimista Catalán) para sostener la tendencia del legitimismo puro.

La nueva orientación dada a las elecciones por la Junta nacional no fue acatada por la regional de Cataluña, lo que dio lugar al nombramiento de otra, que independizó al partido de la tutela de la Lliga; pronunciando Mella a últimos de junio de 1916, al discutirse en las Cortes el Mensaje regio, un discurso en que concretaba la diferencia entre el autonomismo de la Lliga (nacionalismo regionalista) y la autarquía (regionalismo nacional) que sostenían los jaimistas, puntualizando el programa de estos en tal materia.

Opúsose, sin embargo, El Correo Catalán a la nueva dirección, y para ver de llegar a la concordia se nombró un Comité de acción política que estableció como norma la de «ni siempre con la Lliga, ni siempre contra la Lliga», pero siempre con alianzas accidentales y partiendo de la base de un regionalismo confesional, católico y español. La Asamblea de Parlamentarios catalanes y los sucesos que con ella coincidieron en Barcelona (julio de 1917) acabaron de distanciar a los jaimistas y la Lliga, con excepción de El Correo Catalán.

También en las Vascongadas, y de acuerdo con los catalanistas, estallaron agitaciones de carácter nacionalista, por lo que el marqués de Cerralbo, en carta dirigida al marqués de Valdespina, jefe provincial legitimista de Guipúzcoa, dio la orientación de que, siendo el legitimismo un partido fuerista, era regionalista, pero español, «siendo su primera afirmación el de la Patria una e indivisible, incompatible con los regionalismos liberales, máscaras de egoísmos circunstanciales o quizá de la revolución, si es que no llegan al separatismo».

Esta tendencia fue afirmada de nuevo por Mella en el discurso resumen de la Semana regionalista celebrada en Santiago a últimos de julio de 1918; y de acuerdo con ella combatió Dalmacio Iglesias la tendencia liberal del Estatuto catalán elaborado por los autonomistas en 1918, que establecía para Cataluña un Estado cuya organización era una repetición de la establecida para España por la Constitución de 1876, pero más aconfesional todavía; siendo aprobada esta campaña contra el Estatuto por las autoridades y la prensa del partido, con excepción de El Correo Catalán y La Bandera (Berga), cuyos directores ostentaban cargos de elección popular obtenidos por el apoyo de la Lliga.

Coincidió con esto una instancia dirigida por los tradicionalistas al entonces obispo de Gerona contra la aconfesionalidad que se pretendía establecer, publicándose en noviembre del mismo año la Pastoral colectiva de los prelados de Cataluña, en la que se declaraba que «Jesucristo tiene derecho absoluto sobre los pueblos en el orden político» y se reprobaban las tendencias neutrales en cuanto a religión.

Juan Vázquez de Mella durante un discurso (1912)

A todas estas luchas internas del tradicionalismo vino a unirse otra que produjo, merced a tales precedentes, la rotura del jaimismo. Estallada la guerra de 1914-1918, los jaimistas, con perfecta unanimidad (pues si hubo alguna excepción no se atrevió a mostrarse durante la lucha), se pusieron de parte de los Imperios Centrales, por creer que Inglaterra y Francia habían sido los fautores de la revolución y los adversarios del poderío español, realizando aquellos una activa propaganda para mantener la neutralidad de España en la terrible contienda, contra los que pretendían arrojarla en ésta al lado de los aliados.

Don Jaime alentó y aplaudió esta conducta en cartas dirigidas al marqués de Cerralbo, y aplaudió también la política internacional preconizada por Mella; pero terminada la guerra y habiendo vuelto a Francia, publicó, inducido por Melgar (a la sazón su secretario y francófilo ardiente) un manifiesto, fechado en París el 30 de enero de 1919, en el cual afirmaba que no habían sido obedecidas sus órdenes; que contra su voluntad, se había arrastrado a las masas; que esperaba se le rindieran cuentas de la conducta observada y que iba a proceder a la completa reorganización el partido, demostrando paladinamente desaprobar la conducta seguida por Mella, por Cerralbo y por todo el partido.

Este manifiesto fue traído a España por Gustavo Sánchez (que antes se había puesto, por cuestiones administrativas de El Correo Español, en disidencia con el marqués de Cerralbo y con Mella, publicando un folleto en que atacaba a éstos) que había ido a París a entrevistarse con Don Jaime y con Melgar. Al tener conocimiento de él la Junta nacional, acordó, el día 5 de febrero de 1919, que procedía suspender su publicación en tanto que una Comisión de la misma Junta no se entrevistase con Don Jaime; pero a dicha comisión le fue negado el visado de los pasaportes, merced a gestiones de Melgar, y Don Jaime ordenó que se publicara el manifiesto, lo que realizó Sánchez en El Correo Español, sin avisarlo a la Junta, siendo expulsados de la redacción de dicho periódico todos los redactores que simpatizaban con Mella.

En un segundo manifiesto, fechado en Biarritz el 15 de febrero, insistía Don Jaime en los mismos puntos de vista del primero (que había venido acompañado de una carta conteniendo una orden que repugnaba al jaimismo español) y añadió que en cuanto a los principios y a la conducta de los que le reconocían como jefe, «era el único juez competente», afirmación que se miró como un dechado de absolutismo cesarista.

Ante estos hechos se reunió en el Senado la Junta nacional (que por enfermedad del marqués de Cerralbo venía presidiendo Cesáreo Sanz) y acordó por unanimidad que no podía aceptarse la conducta y los principios expuestos por Don Jaime, por ser opuestos al programa del partido, por lo que procedía seguir manteniendo éste prescindiendo de aquél. Por su parte, Mella publicó en El Debate un artículo sincerándose y atacando a Don Jaime.

Todavía se intentó evitar el rompimiento definitivo, para lo cual escribió Dalmacio Iglesias una carta a Doña Beatriz, hermana de Don Jaime, rogándole que explicase a éste la actitud del partido, pidiendo la separación de Melgar y proponiendo una solución; y en conferencia tenida en Barcelona en el mismo mes de febrero con dicha señora y doña Blanca, llegóse en principio a un plan que solucionase el conflicto; mas a ello se opusieron los elementos de El Correo Catalán que, al propio tiempo que aparentaban llamar a la concordia, realizaban incesantes trabajos para que Don Jaime no rectificase su conducta y no accediese a la conferencia que se quería tuviese lugar para el arreglo del asunto. Triunfaron, con el apoyo de Melgar, y el nombramiento de nuevo jefe-delegado (Pascual Comín) y de una Junta para Cataluña, integrada por los elementos citados, acabó de realizar el rompimiento, que se hizo definitivo, volviendo El Correo Catalán a su alianza con los catalanistas y condenando ahora a Minguijón.

Cabecera de El Correo Catalán

Al frente de los elementos separados del jaimismo quedó Mella, quien, primero en una publicación intermitente titulada Hoja tradicionalista, y después en un semanario llamado España Tradicionalista, y en el diario El Pensamiento Español, fundado por él, puntualizó todos los motivos de su divergencia con Don Jaime y tuvo a su lado a muchos tradicionalistas.

Propúsose convocar una Asamblea nacional del Tradicionalismo español, para formular un programa concreto que sirviese de unión a todos, prescindiendo de Don Jaime y reuniendo incluso a los integristas y a los católicosociales. También reivindicó la propiedad de El Correo Español, que no pudo obtener, y del cual fue nombrado director administrativo Sánchez Márquez, si bien este diario, falto de subscripción y de elementos, no tardó en desaparecer.

Los tradicionalistas catalanes celebraron en Badalona una Asamblea (mayo de 1920), en la que nombraron una Junta regional y las provinciales; pero bien pronto comenzaron nuevas disidencias. La tardanza en celebrarse la Asamblea nacional y en publicarse el programa, fue causa de que algunos elementos intentasen celebrarla por sí, y otros unirse a un nuevo partido que Osorio Gallardo y Minguijón intentaban formar conforme a las teorías del segundo. Ambas cosas fracasaron, y algunos tradicionalistas que se reunieron en Zaragoza prescindiendo de Mella, no hicieron nada práctico ni tuvieron autoridad suficiente para trazar una norma, ni elementos para lo que se proponían.

La mayor parte, viendo que se había perdido por Mella la ocasión para formar un gran partido, se retiraron a sus casas, abandonando la política, y sobrevino poco a poco la desorganización total. La mayoría de los círculos jaimistas y periódicos desaparecieron y la muerte de Mella acabó con el movimiento de renovación del partido. Sólo contados círculos en algunos puntos de las Vascongadas, Navarra y Cataluña dan muestra de su existencia, sin esperanza de mejores tiempos para ellos, a causa de que, no habiendo Don Jaime contraído matrimonio, es segura ya la extinción de la línea de varón dimanante de Don Carlos de Borbón, hermano de Fernando VII.

El advenimiento del Directorio militar y de la dictadura de Primo de Rivera y el derrocamiento del antiguo régimen liberal-parlamentario, así como el reconocimiento de la libertad de la Iglesia y la protección a ésta en el cumplimiento de su misión; el restablecimiento de los principios de orden y de autoridad y la inscripción de la Religión como lema al lado de las de Patria y Monarquía en el programa de la Unión Patriótica, fundada por aquel, ha puesto al lado del nuevo régimen a la mayoría de los tradicionalistas españoles de todos los matices, incluso muchos que en un principio permanecieron fieles a Don Jaime.

De este modo, después de un siglo de lucha, ha visto el Tradicionalismo aceptados en gran parte sus principios fundamentales, prescindiendo de la cuestión dinástica; por lo que no puede decirse que el Tradicionalismo haya desaparecido, en cuanto constituye una tendencia a mantener esos principios religiosocatólicos, patrióticos y monárquicos, que forman caracteres del pueblo español en el transcurso de su historia, y la eliminación del régimen liberal-parlamentario a base del sufragio universal, que caracterizaba el sistema desaparecido. [*]


[*] Nota: No compartimos las apreciaciones del autor sobre la naturaleza de la dictadura de Primo de Rivera ni creemos que la Unión Patriótica ni el posterior Movimiento Nacional (meros altos en el camino del liberalismo español) asumieran nuestros principios fundamentales; si bien entendemos que su mera existencia habría sido imposible sin el desprestigio del sistema demoliberal y la pujanza de los ideales tradicionalistas en el pueblo español los años previos a la implantación de ambas dictaduras.

El artículo reproducido fue publicado en 1928. Para el posterior y tremendo auge del carlismo en toda España durante la Segunda República y Guerra Civil, véase la Historia del Tradicionalismo Español (tomo 30), de Melchor Ferrer.

domingo, 10 de abril de 2016

Historia del Carlismo de 1876 a 1909 según la Enciclopedia Espasa-Calpe

ENCICLOPEDIA UNIVERSAL ILUSTRADA EUROPEO-AMERICANA. TOMO LXIII (1928)

Extraído de la voz Tradicionalismo (pp. 502-506):


V. Cuarta época: Desde 1876 hasta nuestros días

Carlismo, pidalismo, nocedalismo o integrismo, jaimismo y mellismo

Hasta 1876 el liberalismo sólo tuvo enfrente suyo el carlismo, pudiendo decirse que éste y tradicionalismo eran una sola y misma cosa; pero, con la restauración alfonsina, se pensó en injerir en el liberalismo una dosis de tradicionalismo, de acuerdo con el lema: «católico como mis antepasados y liberal como mi siglo». Esta tendencia encarnó en el pidalismo formado por los elementos moderados, que no quisieron entrar en el partido liberal-conservador acaudillado por Cánovas, y que sostenían la unidad católica en el orden religioso, acaudillados por el marqués de Pidal y su hermano don Alejandro, que fundaron la revista La España Católica.

Poco después de la muerte de Cándido Nocedal, su hijo don Ramón se puso en disidencia con Don Carlos, y nació el nocedalismo o integrismo. Muchos carlistas fueron partidarios, en virtud de ciertas circunstancias, de Don Jaime, hijo de Don Carlos, apareciendo el jaimismo, que substituyó al carlismo al fallecer Don Carlos.

Algunos trataron e fundar el llamado catolicismo neutro, y no faltaron quienes quisieran hacer un tradicionalismo oficial encarnado en el maurismo.

Finalmente, después de la guerra de 1914-1918, estalló dentro del jaimismo una disidencia importante, a cuyo frente se puso Juan Vázquez de Mella.

Estas desintegraciones no han sido estériles, sin embargo, pues han quitado al tradicionalismo el carácter unilateral y anguloso que tenía, le han extendido y popularizado, y aun le han hecho encarnar en el sistema político. [*]

1. Don Carlos y el carlismo. 

Don Carlos publicó en Pau el 1.º de Marzo de 1876 un manifiesto manteniendo su actitud resuelta de siempre, por lo que tuvo que abandonar el territorio francés, pasando a Inglaterra y haciendo varios viajes por América, Europa, África y Asia, al regreso de los cuales se estableció en Venecia, en el palacio Loredán, que le fue regalado por su madre en 1881.

Manifiesto de Pau (1/3/1876).
Publicado en El Siglo Futuro
En medio de estos viajes no descuidó Don Carlos la reorganización de su partido, volviendo a encargar, inmediatamente después de la guerra, de la dirección del mismo en España a Cándido Nocedal, como delegado.

La primera batalla pacífica que libró fue contra el catolicismo liberal de La España Católica y contra la Constitución de 1876, sosteniendo desde El Siglo Futuro, periódico órgano entonces del carlismo (fundado por don Ramón, hijo de don Cándido), que los católicoliberales eran una aberración monstruosa, pues el liberalismo era inconciliable con el catolicismo y constituía una síntesis de todos los errores y herejías, por lo que los católicos sólo debían afiliarse en el partido diametralmente opuesto, o sea en el carlismo.

Dióse para ello a éste el carácter de organización católica para luchar contra todos los errores liberales, tomando como base el Syllabus «sin interpretaciones malévolas ni tergiversaciones capciosas», consiguiendo que se inscribiesen en sus filas la inmensa mayoría del clero y muchísimos católicos.

Los hijos de Pedro La Hoz (Vicente y su hermano político Juan Antonio Vildósola) resucitaron el diario La Fe, legitimista a la vieja usanza, que más adelante había de ponerse enfrente de El Siglo Futuro.

En efecto, a principios de 1881 los directores de La Fe se unieron con los católicoliberales y, dirigiendo un mensaje de felicitación a monseñor Freppel, que en la Cámara francesa estaba realizando una brillantísima campaña en favor de la Iglesia, constituyeron la llamada Unión Católica, para reunir a cuantos quisieran defender la influencia social y política de la Iglesia bajo la dirección de los obispos, sin perjuicio de continuar cada uno perteneciendo al partido en que viniese militando «respecto de las cuestiones puramente humanas o temporales», aceptando la presidencia de la nueva entidad el arzobispo de Toledo, bendiciéndola muchos obispos y fundándose el periódico La Unión Católica.

Uno de los objetivos que con esto se perseguía era que Nocedal, como director de un partido católico, aceptase la nueva organización y se sometiese a ella y a su Junta, con lo cual se le arrancaba la jefatura de los católicos en el orden político; pero, como era natural, no cayó en el lazo, y mantuvo la jefatura, por lo que estallaron graves polémicas, que adquirieron carácter personal, entre El Siglo Futuro, La Fe y La Unión, llegando la segunda a decir que Nocedal representaba «el neocatolicismo injerido en el viejo partido carlista para dominarlo y desnaturalizarlo».

La cuestión se agravó en el año siguiente, con motivo de una peregrinación a Roma, organizada por Nocedal, lográndose que se nombrase una nueva Junta de la misma, presidida por el arzobispo de Toledo. En este año fueron desautorizados públicamente por Don Carlos La Fe y El Cabecilla (semanario satírico publicado por los mismos redactores de La Fe), como rebeldes, sometiéndose finalmente.

A principios de 1884 entró Alejandro Pidal como ministro de Fomento en un Gabinete presidido por Cánovas, lo cual consolidó la posición de Nocedal y los carlistas, pues en tal hecho se vio la aceptación por Pidal del liberalismo político, acabándose de arraigar esta opinión cuando en Octubre de aquel año el mismo Pidal presidió el acto de la apertura de curso en la Universidad Central y dejó pasar sin protesta seria el discurso pronunciado por Miguel Morayta contra la Biblia y en favor de la más absoluta libertad de la cátedra.

El 18 de Julio de 1885 murió Cándido Nocedal. Esperábase que su hijo don Ramón sería nombrado por Don Carlos para sucederle en la dirección del partido, pero no fue así; después de consultar a los más conspicuos personajes de la comunión carlista, Don Carlos hizo público, en una carta dirigida por él a Francisco Navarro Villoslada, el 9 de Octubre, que asumía la dirección del partido.

Con motivo del nacimiento de Alfonso XIII publicó Don Carlos, el 20 de Mayo de 1886, un Manifiesto a los españoles reivindicando los derechos a la Corona. El 20 de Marzo de 1887, al emprender Don Carlos un segundo viaje a la América del Sur, dio nueva organización a su partido, dividiendo a España en cuatro grandes circunscripciones y nombrando un jefe para cada una.

Eran: 1.ª León, Asturias y Galicia, con León Martínez Fortún como jefe; 2.ª Andalucía y Extremadura, jefe Juan María Maestre; 3.ª Aragón, Cataluña, Murcia, Valencia y Castilla la Nueva, jefe Francisco Cavero, y 4.ª Vascongadas, Navarra y Castilla la Vieja, jefe el marqués de Valdespina.

Estos jefes recibirían de don Carlos las instrucciones que éste creyese conveniente darles, no pudiéndose realizar ningún acto importante para el partido (elecciones, fundación de centros o de periódicos, etc.) sin previa autorización del jefe respectivo, quien decidiría, además, las cuestiones públicas que pudiesen surgir; pero de sus decisiones podría recurrirse a Don Carlos, si bien sólo privadamente y sin publicidad.

Cada jefe podría nombrar subdelegados que por intermedio de aquél se comunicarían con Don Carlos, excepto en caso de reclamación. Con esto se volvió a dar a la organización cierto aspecto militar (todos los jefes lo eran) y se establecieron las bases de la disciplina carlista.


Manifiesto de Lucerna (20/5/1886)

En el año anterior (1886) los jóvenes carlistas de Madrid elevaron a Don Carlos un mensaje de adhesión en sentido militar, con más de 2.000 firmas. Por iniciativa de José María Nocedal (hermano menor de don Ramón) se organizó una Liga expiatoria de la juventud, para impetrar la curación de Don Jaime, enfermo por entonces, inscribiéndose en ella unos 20.000 jóvenes de toda España; y por la misma época se organizó en Madrid, bajo la presidencia de Reinaldo Brea, la primera Juventud carlista que hubo en España, a cuya imitación se crearon otras muchas.

No soportando Ramón Nocedal el papel a que había quedado reducido, no cesaba de atacar a La Fe, que había vuelto a la gracia de Don Carlos y representaba la tendencia belicosa. Deseando Don Carlos la paz entre sus partidarios, hizo indicaciones que no fueron atendidas.

En Marzo de 1888 publicó Llauder, por indicación de él, su famoso escrito El pensamiento del duque de Madrid, que fué atacado de momento por todos; pero no tardó Nocedal en ponerse frente a él, diciendo desde El Siglo Futuro que en la comunión tradicionalista lo primero es Dios, después la Patria y lo último el Rey, frase que si en sí era exacta, se aplicaba en sentido de que Don Carlos mandaba o sostenía cosas contrarias a Dios y a la Patria.

Indignado Don Carlos, expulsó del partido a Nocedal (9 de Julio), quien sostuvo que con él se expulsaba al puro y neto antiliberalismo y que era Don Carlos el que se había liberalizado. Sardá y Salvany combatió punto por punto el Pensamiento, y el último día de Julio publicó El Siglo Futuro, y reprodujeron muchos periódicos de provincias que seguían sus inspiraciones, el programa del nuevo partido que, acaudillado por Nocedal, sostenía «la íntegra verdad católica» (nocedalismo o integrismo), datando desde entonces la lucha entre carlistas e integristas, no menos enconada que la sostenida antes entre carlistas y mestizos, como los primeros llamaban a los pidalistas.

Don Carlos, para tener en la prensa un órgano fiel, fundó, por medio de Llauder, y en Madrid, El Correo Español, y a principios de 1890 nombró delegado suyo para toda España al marqués de Cerralbo. Fue éste un gran organizador del partido, recorriendo toda España con tal objeto, nombrando jefes y Juntas regionales y provinciales, y fundando numerosos círculos y juventudes.



El Pensamiento del Duque de Madrid (14/3/1888)


Con su delegación coincidieron dos series de hechos que se rozaron muy de lleno con el carlismo: los Congresos católicos y el nacimiento del catolicismo político militante. Estaban los primeros destinados a unir a todos los católicos en la defensa de la Iglesia en el orden político y bajo la jefatura de los obispos, pero sin antidinastismo de clase alguna, y venían, por tanto, a ser continuación de la idea de la antigua Unión católica.

Los carlistas tuvieron con respecto a ellos una conducta más bien de abstención, pues la voz cantante la llevaron los integristas. En el primero de estos Congresos, celebrado en Madrid (Abril de 1889), en San Jerónimo del Prado, bajo la presidencia del cardenal Benavides, arzobispo de Zaragoza, con asistencia de otros 14 prelados, pronunció Menéndez y Pelayo un discurso calificando de estúpidas las cuestiones que venían sosteniendo desde hace tiempo los católicos españoles sobre interpretación del Syllabus, grados de liberalismo, tesis y antítesis, integrismo y mesticismo, etc.; mas no por eso dejaron de existir, apareciendo claramente la discordia entre íntegros y mestizos en el segundo de estos Congresos, celebrado en Zaragoza en los primeros días de Octubre de 1890.

Los carlistas, no queriendo abdicar de su legitimismo, sostenían que el triunfo total de la Iglesia sólo podía obtenerse mediante el de Don Carlos, y a la doctrina del mal menor oponían la del bien mayor, negándose a transigencias de ninguna clase.

Hasta entonces era el carlismo el único partido regionalista organizado en España; pero era el suyo (y lo fue siempre) un regionalismo templado, que no atacaba en lo más mínimo la unidad nacional, concretándolo Don Carlos, en una interview que tuvo con El Independiente, de Chile, en estas palabras: «centralización política, descentralización administrativa», llevando ésta a sus últimos límites y reconociendo los fueros de las distintas regiones en los órdenes social, civil, financiero y administrativo.

Mas esto pareció insuficiente a ciertos catalanes, que fundaron la Unión catalanista (no afiliada al carlismo e indiferente al principio religioso), cuyos delegados se reunieron en Manresa en un Congreso o Asamblea general (25 de Marzo de 1892) y elaboraron 17 bases (Programa de Manresa) no ya descentralizadoras, sino autonómicas, por virtud de las cuales vendría Cataluña a ser como un Estado dentro del Estado español; y para excogitar los medios de realización de este programa se celebró en Reus otra Asamblea en Mayo de 1893.

También los carlistas se mantuvieron apartados y aun fueron hostiles a tal tendencia, que pugnaba, por exagerada, con su programa. Mayor adhesión presentaron a la campaña que en favor de sus fueros realizaron por entonces los vascongados.

El 29 de Enero de 1893 falleció en Viarreggio, repentinamente, Doña Margarita de Borbón, esposa de Don Carlos, celebrando los carlistas españoles solemnes funerales en San Jerónimo el Real de Madrid, a los que asistió toda la plana mayor del partido (7 de Febrero). Don Carlos contrajo el 28 de Abril del siguiente año nuevo matrimonio con doña María Berta de Rohán.

Antes de romper España las relaciones con los Estados Unidos dirigió Don Carlos una carta a Antonio de Brea (24 de Febrero de 1898) haciéndose eco del sentir general, y, rotas las hostilidades, ordenó desde Bruselas a todos los carlistas que no hiciesen nada que pudiera comprometer el éxito de la guerra y que ayudasen con todas sus fuerzas a los encargados de defender la integridad nacional; y en otra carta dirigida a Vázquez de Mella (2 de Abril del mismo año) amenazó formalmente con la guerra civil si no se luchaba para defender el honor nacional, diciendo que no podía asumir la responsabilidad ante la Historia de la pérdida de Cuba, por lo que esperaría hasta el último límite; pero si no se luchaba por evitarla, entraría en España «solo o acompañado», y repetía que cuando la viese irremisiblemente perdida, España y él cumplirían con su deber.

Era entonces creencia general que la pérdida de Cuba ocasionaría en España una revolución que produciría el derrocamiento de la dinastía, a la manera de lo que había ocurrido en Francia por la pérdida de Alsacia y Lorena en 1870. De aquí que firmado el Tratado de París, considerado como una deshonra nacional, fuera unánime la opinión de que los carlistas se lanzarían a una nueva guerra civil, aprovechándose del descontento del ejército y del pueblo.



Carta de Don Carlos a Juan Vázquez de Mella (2/4/1898)


Parece que, en efecto, se realizaron trabajos para el alzamiento y que algunos generales y unidades militares tuvieron tratos para ello con los carlistas, comenzándose gestiones para contratar un empréstito y pidiéndose la firma de los principales capitalistas del partido; pero fuese porque el empréstito no pudiese realizarse, fuese por otra causa (quizá porque el Gobierno llegó a conocer la conspiración, pues se descubrió un depósito de armas en Sardañola (Barcelona) y se detuvo en Arcachón un barco cargado de ellas), el movimiento no se realizó, saliendo de España Cerralbo, que presentó su dimisión, siendo substituido por Matías Barrio y Mier (Diciembre de 1899).

Este desistimiento disgustó profundamente al elemento militar y a las juventudes del carlismo, que atribuyeron la contraorden a la oposición de doña Berta, que se dijo había detenido a Don Carlos cuando éste había salido ya para España; mas tal cosa no ha podido probarse, siendo más cierto que las potencias europeas mostraron su oposición al movimiento.

De todos modos, hubo algunos carlistas que creyeron que era aquella la mejor ocasión para triunfar, y, a pesar de la contraorden, intentaron realizar por sí el alzamiento. Soliva tramó una conspiración en Barcelona, que por la poca reserva con que se llevó fracasó, y aparecieron algunas pequeñas partidas en Badalona (donde 60 hombres atacaron el cuartel de la guardia civil), Igualada, Berga y Piera, y también en Jijona (Alicante) y Jaén, lo cual prueba las ramificaciones que el movimiento tenía, siendo estas partidas deshechas en el momento de aparecer, y desautorizando Don Carlos, en carta dirigida al general carlista Moore, a los que tomaron las armas, calificándoles de traidores, lo que produjo nuevo disgusto entre sus filas, pensando muchos carlistas que debía proclamarse jefe a Don Jaime, en el cual se cifraron desde entonces todas las esperanzas.

Dibujo del cuartel de Badalona atacado por la partida de José Torrents (28/10/1900)

La política antirreligiosa del Gobierno, concretada en la persecución de las Órdenes religiosas, dio mayor incremento al carlismo, que se alió con el integrismo y aun con los silvelistas, para combatir los proyectos del Gobierno, defendidos por Canalejas, que se propuso imitar a Waldeck-Rosseau, diciendo todos los periódicos liberales que no hay verdadero liberalismo sin anticlericalismo. Al propio tiempo aumentaba el catalanismo y aparecía un nacionalismo vasco con matices separatistas, como los había dentro del catalanismo, poniéndose los carlistas enfrente de él, como sus más encarnizados enemigos.

En Cataluña el republicanismo lerrouxista se presentaba, con el apoyo oficioso de los gobiernos, como el valladar contra el catalanismo; pero sus excesos hicieron que se constituyera la llamada Solidaridad catalana, iniciada en un mitin dado en Gerona el 11 de Febrero de 1906. Fue motivo ocasional de ella el proyecto de la llamada Ley de jurisdicciones, represiva de los delitos contra la Patria y el Ejército, cuyo conocimiento se confiaba a la jurisdicción militar; pero en el fondo se trataba de una conjunción de todos los partidos para ir contra el lerrouxismo y ganar las elecciones.

Honda divergencia hubo entre los carlistas catalanes acerca de si ellos debían aliarse con los catalanistas, opinando muchos que esta unión repugnaba a los principios, a la historia y al carácter del partido, que siendo siempre amante de la Patria y del Ejército, y no siendo organización para la lucha electoral, no tenía por qué sumarse al movimiento, máxime dada la tendencia antirreligiosa de alguno de los partidos que había de integrar la coalición; pero El Correo Catalán, diario carlista de Barcelona, o, mejor dicho, su director y algunos políticos carlistas, como Llosas, atraídos por el reparto de actas de diputados y senadores, lograron que se dejara en libertad a los carlistas para sumarse o no al movimiento, que tal fue el acuerdo tomado por el jefe regional carlista después de consultado con Don Carlos (que en principio era opuesto a tal coalición), presentándose, sin embargo, este acuerdo por aquellos como si se hubiese mandado entrar en ella.

Esto produjo el retraimiento de algunos carlistas catalanes; pero coincidiendo todo ello con nuevos proyectos anticlericales del Gobierno en pro del matrimonio civil y del laicismo en la enseñanza y de persecución de las Órdenes religiosas, y menudeando los motines y la propaganda republicana en este sentido, las juventudes carlistas y los requetés (rama de las juventudes formada por los menores de diez y ocho años) fueron empleados contra unos y otros; y esta derivación hizo que el solidarismo triunfase sin oposición, tanto más, cuanto que habiendo obtenido los carlistas nueve actas de diputado en las elecciones, produjo ello entusiasmo entre las masas, que llegaron a creer que la Solidaridad acabaría con el régimen y facilitaría el triunfo de Don Carlos. Sin embargo, en el resto de España la opinión de los carlistas fue siempre contraria a la entrada y la permanencia del carlismo en la Solidaridad.

El 17 de Julio de 1909 falleció Don Carlos en Varesse, siendo enterrado en Trieste el 24 del mismo mes en la catedral de San Justo. Este fallecimiento coincidió con la Semana trágica de Barcelona, organizada y realizada por la masonería mundial y por los revolucionarios para derrocar a Maura, que se oponía, desde el Gobierno, al triunfo de los proyectos anticlericales. Los carlistas se pusieron en esta ocasión al lado del Gobierno.

Continuación: Historia del Carlismo de 1909 a la Dictadura de Primo de Rivera: el Jaimismo

[*] Nota: No compartimos las apreciaciones del autor sobre la naturaleza de la dictadura de Primo de Rivera ni creemos que la Unión Patriótica ni el posterior Movimiento Nacional (meros altos en el camino del liberalismo español) asumieran nuestros principios fundamentales; si bien entendemos que su mera existencia habría sido imposible sin el desprestigio del sistema demoliberal y la pujanza de los ideales tradicionalistas en el pueblo español los años previos a la implantación de ambas dictaduras.

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