Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón

Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón leal a S.A.R. el Duque de Aranjuez Don Sixto Enrique de Borbón y al ideario católico-monárquico.
DIOS-PATRIA-REY

domingo, 30 de marzo de 2014

Conferencia de Lamamié de Clairac en el Círculo Tradicionalista de Granada

En el Círculo Tradicionalista se celebró el sábado, a las siete y media de la tarde, la conferencia de don José María Lamamié de Clairac. El local se hallaba abarrotado de público, que ocupaba las distintas dependencias de la casa. En la mesa presidencial se colocó un micrófono, y tres altavoces en las restantes habitaciones. Ocupó la presidencia don Ramón Contreras y Pérez de Herrasti, presidente del partido en Granada, acompañado del señor Lamamié de Clairac, delegado del gobernador, presidenta de las Margaritas, señorita Antonia Barrada y Pérez de Herrasti; la señora de Amor y el señor Castaños.

D. José María Lamamié de Lairac

El señor Lamamié 

Empieza el señor Lamamié diciendo que ha llegado el momento por él deseado, de venir a Granada a dirigir la palabra a los tradicionalistas de nuestra ciudad. Agradece el entusiasta recibimiento de que ha sido objeto por todos, y se lamenta de las deficiencias del local, las que, dice, con buena voluntad, han procurado corregir con los medios con que han contado.



Estas estrecheces y circunstancias –dice– hacen que mi discurso sea más bien una charla, lo que para mí es mucho más agradable, dado que lo que hace falta en estos momentos es exponer nuestras claras doctrinas, a fin de que los nuestros se afiancen en ellas y los que no las conocen se decidan a abrazarlas. En primer lugar, voy a vindicar al Tradicionalismo de todas las ofensas e insultos que sobre él se han inferido. No es el nuestro un partido que quiera el absolutismo. No tratamos de dar el Gobierno a los curas ni de crear un Estado teocrático. Los que esto dicen están equivocados, pues no saben que nuestro partido lleva en su programa la única salvación para la Patria.

Buscamos en primer lugar a Dios y queremos impregnar todas las manifestaciones del Estado de un espíritu religioso, sin que esto quiera decir que queramos inmiscuir la Religión en la política. Iglesia y Estado son dos personas que tienen dos esferas de acción distintas: la una espiritual y material el otro. Con estas dos esferas distintas y limitadas, no puede haber choques entre ellas pero nosotros queremos que la vida política, la vida del Estado, esté basada en los principios católicos.

Implantación de la unidad católica

Para evitar choques entre ambas potestades, nosotros queremos que el Estado tenga su religión oficial, que ha de ser la Católica, porque ésta es la verdadera y porque es la que practican la inmensa mayoría de los españoles. Por eso nosotros pedimos todos los derechos y privilegios que a la Religión se deben, y no nos contentaremos con la libertad para nuestras creencias, sino que aspiramos a la reimplantación de la Unidad Católica, que fue la que elevó a España a la cumbre de su gloría y que precisamente se consumó en esta hermosa tierra.

Este es el ideal a que nosotros tendemos y al que debemos llegar sin que nos contentemos con la consecución de los distintos escalones que a él conduzcan. Si nosotros no llegamos, prepararemos el campo para que las generaciones futuras lo alcancen.

Eso es precisamente lo que hoy se niega; hasta el punto de querer desconocer la labor ingente de los Reyes Católicos, y pedir, como yo he oído en la Cámara, una ovación a los judíos que echaron de España aquellos monarcas para conseguir la implantación de la unidad española.

Esto, unido a la celebre visita del ministro de Instrucción Pública a los sefarditas de Tetuán, me hace exclamar, rememorando aquello de «cuanto va de Pedro a Pedro», «cuanto va de Fernando a Fernando»; y al oír lo del Congreso, miraba yo a las estatuas de los Reyes Católicos y me parecía que se habían de bajar de sus pedestales para desalojar la Cámara a latigazos.

Estatuas de los Reyes Católicos en el Congreso de los diputados
Patria y regionalismo 

En nuestro programa figura en segundo lugar el concepto de Patria, que no lo entendemos como un término geográfico de una porción de terreno rodeada a trozos por el mar, y por los Pirineos en otra parte, sino que es algo más, es el activo espiritual de las generaciones pasadas, es nuestra historia llena de hechos gloriosos, y el deseo de que nuestra España sea grande; que es precisamente el concepto contrario de ese a quien se ha dado en llamar gran estadista, y que desconoce en absoluto nuestra historia.

Pero dentro del concepto de patria, nosotros admitimos el de regionalismo, dentro del cual creemos posible la existencia de Estatutos que reconociendo las autonomías regionales conserven, en cambio, intangible la unidad de la Patria. Ahora bien, ese sistema autónomo no puede existir en la República, porque ésta carece de un vínculo que una a todas las regiones, al par que cada una conserve su autonomía.

Sólo en la Monarquía, como ocurría en los tiempos gloriosos, puede darse esa variada unidad, que hacía a los reyes serlo de Aragón, de Cataluña, de Navarra y de Castilla, al par que lo eran de España.

Lo absurdo del régimen liberal parlamentario 

El Tradicionalismo detesta y abomina del régimen parlamentario liberal que hizo fracasar a personalidades tan competentes como don Antonio Maura, ante quién siempre estuvimos, y quien no pudo hacer nada beneficioso para España.

Se detiene el orador en consideraciones sobre los defectos del régimen liberal parlamentario, cuyo principio da a un hombre un voto, y el de que la mitad más uno lleva la razón en contra de la otra mitad, califica de absurdos. Aduce, en apoyo de su afirmación, palabras pronunciadas por Sánchez Román, quien en cierta ocasión dijo en la Cámara que a veces una opinión serenamente razonada no es tomada en consideración y, en cambio, una frase oportuna, aunque carezca de sentido, es aprobada por el entusiasmo que despierta.

Para dar personalidad al voto dentro de este sistema se ha tenido que recurrir a los partidos políticos, cuyos intereses se anteponen en muchas ocasiones a los de la Patria, como ocurrió en el caso de aquel ministro de Hacienda que todos los días estaba diciendo que no sabía una palabra y, sin embargo, no se le quitaba de su puesto porque con ello se desprestigiaría el partido socialista; igual que con Nicolau, que en vez de Agricultura lo que sabía era griego y que había de mantenerse en el ministerio por los compromisos con los catalanes.

En el régimen Tradicionalista no hay partidos

En contraposición con esto, en nuestro sistema no hay partidos políticos y sí un sufragio universal orgánico, en el que sólo votan los cabezas de familia, pues consideramos que es ésta la célula de la sociedad, ya que es anterior al Estado. Además, los votos se organizan por clases sociales y municipios.

En nuestras Cortes no ocurre lo que en las presentes, en las que los electores no saben lo que han de discutir sus representantes, sino que en la convocatoria a Cortes se pone el objeto de éstas, y así los electores pueden dar con su mandato la opinión sobre los asuntos que se han de discutir, resultando las Cortes un verdadero retrato de la nación.

Alguien pensará que nuestro programa es una ilusión, pero nosotros estimamos que es beneficioso para la Patria, pues en el tiempo que estuvo implantado dio días de gloria a España, ya que aquellas Cortes limitaban la soberanía del monarca, empezando por el juramento que éste había dé prestar de cumplir las leyes del reino, y en el que se ordenaba que, en caso de incumplimiento, no fuera obedecido. Y es que nosotros seguirnos aquel principio de que los pueblos no son para los reyes, sino los reyes para los pueblos.

Las Constituyentes, en vez de resolver los problemas, persiguen la Religión

En comprobación de esto tenemos el caso de unas Cortes Constituyentes de las que el pueblo esperaba la resolución de grandes problemas, que no han sido resueltos, sino que sólo se han dedicado a fomentar la persecución religiosa. Ejemplo de ello, el Cardenal Segura, y otras medidas que escarnecen nuestras más íntimas convicciones. Y recientemente, la sanción al Obispo de Segovia, por el cumplimiento de su pastoral deber.

Con esto está expuesto lo sustancial de nuestro programa, o sea: exaltación de la libertad supeditada a la autoridad.

En el aspecto social sostenemos las enseñanzas de la Iglesia, pero reconocemos que el causante de los males presentes es el liberalismo económico, cuyos dos principios fundamentales, el de la «libre concurrencia», por el que el judío se ha apoderado del capital, en cuyas manos no produce nunca; y el de la «oferta y demanda», por el que se considera al trabajador como una mercancía, que valdrá más o menos, según esté en el mercado, y que hace que el capitalista considere al obrero como un máquina y se dedique a los goces y placeres de la vida; y que el obrero, por otra parte, creyendo que no existen más que goces y placeres sin un Ser superior ordenador de la existencia, diga: Yo también tengo derecho a ello.

Cartel de la conferencia de Lamamié de 1934

El socialismo no hace más que cambiar de amo al obrero

De aquí que el socialismo ha en ganado al obrero y prometiéndole la socialización de los bienes, no le hará más que cambiar de amo, dándole precisamente un amo más cruel, cual es el Estado.

El Catolicismo afirma que el derecho de propiedad es inherente a la naturaleza humana, pero dice al propietario que no es más que el administrador de sus bienes, y que el obrero no es una mercancía sino un hombre con toda su personalidad; y aún más, un hermano a quien hay que amar, pues precisamente esa es la vida de Jesucristo, que vivió pobre y murió en la Cruz por la igualdad de los hombres.

Relación del Tradicionalismo con las otras fuerzas católicas 

Ahora quiero aclarar algunas dudas que se suscitan con respecto a nuestras relaciones con otras fuerzas católicas a las que consideramos como hermanas, pues vamos a construir un edificio en defensa de la Religión, y el Tradicionalismo no se ha de negar a aliarse con aquellas en las elecciones, con el fin de que los que tenemos una identidad de ideales no vayamos cada uno por nuestro lado.

Un directivo de Acción Popular ha dicho recientemente que desean la unión, pero sin deslindar los contornos. A ello nosotros accedemos, pues consideramos que las distintas organizaciones de los católicos son como los diversos cuerpos de un ejército del que el Tradicionalismo es la artillería, porque sus tiros tienen más longitud y no nos fijamos en la primera posición, sino en la última.

Momentos de prueba 

Nos hallamos en unos momentos críticos, momentos de prueba, en los que Dios nos ha enviado un castigo que, por nuestros yerros, merecemos; y es necesario que rectifiquemos nuestro proceder y aceptemos esta persecución como prueba, para que en un día no lejano obtengamos la victoria. Y cuando vemos la Religión perseguida, la Patria amenazada de disolución, la economía arruinada y el cataclismo social que se avecina, hemos de trabajar todos, cada uno lo que podamos, fomentando nuestra prensa y en general toda la católica, y ayudando a los comerciantes, industriales, etc., católicos, no por espíritu de venganza, sino por las lecciones que nos dan nuestros contrarios.

Pone fin a su discurso haciendo un llamamiento a las clases adineradas para que faciliten medios para la propaganda, y a todos para que presten su entusiasmo, principalmente a los jóvenes, que con su espíritu viril darán el triunfo a nuestra obra.

Una gran ovación coronó las últimas palabras del orador, que fue interrumpido numerosas veces en su discurso.

El Siglo Futuro, 20 de junio de 1932

* José María Lamamié de Lairac fue diputado a Cortes por la Comunión Tradicionalista durante la Segunda República

miércoles, 26 de marzo de 2014

NO IMPORTA

«No importa» fue la consigna y aún el grito de guerra– de nuestros antepasados en la lucha contra Napoleón. Todas las condiciones eran adversas. El enemigo invasor no era menos que el ejército más poderoso (proporcionalmente a su tiempo) que ha conocido la historia, el que dominó victorioso a toda Europa, el que no fue vencido por nadie, el que llegó hasta Moscú y sólo el frío y la propia desmoralización logró batir en retirada.

Pero además ese ejército estaba ya dentro de España. Había ocupado plazas fuertes, los nudos de comunicaciones, los arsenales el partido «afrancesado» o «renegado». ¿Quien podría enfrentarse a tal enemigo, quien afrontar tan tremendo naufragio? La prudencia más elemental aconsejaba aceptar los hechos, tratar de convivir con los nuevos dueños. Sin embargo ¡no importa!, nada de esto importó. Se luchó, se sufrió hasta lo inaudito, se acosó a las tropas invasoras aun sin la menor esperanza de victoria cercana, exponiendo vidas, familias, haciendas. Y se llegó a formar ejércitos que ofrecieron al invasor batalla en campo abierto. Y se venció, y el enemigo mordió el polvo y acabó abandonando el campo. Desde el punto de vista de la prudencia humana, quizá ninguna lucha más temeraria y empecinada que nuestra Guerra de la Independencia.


Madrid: 2 de mayo de 1808, por Justo Jimeno Bazaga

Hoy, quien se siente católico, tradicionalista español y carlista se encuentra en condiciones muy semejantes a la de aquellos hombres, pero en ámbito mundial. Su enemigo ocupa todos los gobiernos del mundo y sus resortes de poder. Dividido en dos bloques –el de Manhattan y el soviético– ambos coinciden en su enemiga a la fe católica y a la sociedad cristiana. Los unos propugnan –e imponen– Estados laicos en los que el catolicismo debe verse reducido al ámbito de lo privado; los otros tratan de erradicar la fe cristiana –y toda religión– de sus dominios. Ya no existen Estados católicos y nadie en el mundo parece reivindicarlos. Pero aún más: como en aquella guerra, el enemigo está dentro de nuestros reductos. Se ha tratado de crear, desde dentro, un carlismo socialista, y la Iglesia progresista, postconciliar, parece a menudo alienada con el enemigo, empeñada en sus mismas batallas; por supuesto sin plantarle cara jamás. Un nuncio pontificio se empleó durante casi una década en cubrir las sedes episcopales de nuestra patria con los clérigos más izquierdistas, más enemigos de nuestra tradición patria.

Ante la suprema aberración del aborto sólo uno alzó su voz hablando de quienes automáticamente incurrían en las más graves penas canónicas. Pero como respuesta, la Nunciatura Apostólica invita a un almuerzo de amigos –contra todo protocolo– a los máximos responsables de esas leyes, en unión del Primado y del arzobispo de Madrid, con lo que desautoriza tácitamente aquella enérgica protesta.

¿Habrá ante todo esto que amoldarse, aceptar la democracia laicista y los pactos de Roma, arriar la bandera en definitiva?

Nuestros mayores nos dieron el ejemplo y la consigna: NO IMPORTA. Lo que se nos exige no es vencer sino luchar. Los 
«sin Dios» parecen tenerlo todo, e incluso estar infiltrados en nuestros propios bastiones. Y nosotros nos vemos en la indigencia. Pero lo que ellos no tienen es a Dios; Dios no está de su parte. Y sea que nuestro esfuerzo porfiado lo merezca o que Él se canse de tanta secularización y apostasía, la victoria final –estemos seguros– será suya.

RAFAEL GAMBRA.
Boletín Fal Conde, 1986.

sábado, 22 de marzo de 2014

LA FE DE NUESTROS PADRES

Los realistas fueron, como se sabe, el antecedente inmediato de los carlistas. Durante el reinado de Fernando VII, cuando todavía no existía pleito dinástico, los realistas se alzaron en armas contra los primeros liberales que, tras la sublevación de Riego, implantaron de nuevo la Constitución de Cádiz. Ellos lucharon por la antigua monarquía católica contra el primer intento de fundar el Estado y la sociedad sobre bases puramente humanas, contractuales.

Ell grito de unos y otros en aquella guerra de 1821 al 23 fue: ¡Viva la Religión! y ¡Viva la Constitución! Gritos clarividentes del sentido profundo de las guerras que se desarrollarían desde aquellos comienzos hasta la última Cruzada de 1936. Para unos –los realistas la sociedad y las leyes se fundaban sobre la Religión, sobre la Ley de Dios. Para los otros –los liberales– la sociedad y las leyes se fundamentan en la voluntad humana, en un pacto social, contrato o Constituciones revolucionarias, era la Declaración de Derechos Humanos.


Voluntarios Realistas haciendo su entrada en Barcelona.

Era lo que ya San Agustín llamó en remotos tiempos la Ciudad de Dios y la Ciudad terrenal o del Diablo, la del hombre rebelde y desvinculado de Dios. Nuestra patria tuvo su sólido fundamento en la religión desde que el rey Recaredo en el Tercer Concilio de Toledo abrazó la fe católica, afinales del siglo VI. ¡Hace mil cuatrocientos años! Esta unidad religiosa, avalada por casi ocho siglos de Reconquista contra el Islam, es lo que permitió a nuestros mayores vivir en paz interior y realizar las mayores empresas que el mundo ha visto, desde la civilización de América hasta Lepanto.

Ella ha llegado hasta nuestros días. Incluso las Constituciones liberales del siglo pasado la reconocieron, aunque fuera como resultado del pacto constitucional y no de los derechos mismos de Dios. Y tras el breve paréntesis de la Segunda República, fue restaurada por nuestra Cruzada de Liberación durante cuarenta años de "régimen de cristiandad". Fueron precisos los siniestros pactos masónicos realizado a espaldas del pueblo español para que, con el advenimiento de la actual democracia liberal, se borrara hasta el mismo nombre de Dios de la alta legislación española. Ha sido precisa también la inverosímil actitud liberalizante de la Iglesia postconciliar para que la conciencia católica e anestesiara en España hasta no producirse ya una nueva reacción católica en el pueblo español.

Pero la Providencia no puede olvidar los inmensos sacrificios de este pueblo desde la Reconquista hasta nuestros días ni dejará sin respuesta la apostasía de quienes más obligación tenían de defender la fe heredada.

Rafael GAMBRA

(Boletín Fal Conde)


Rafael Gambra

miércoles, 12 de marzo de 2014

Fiesta de los Mártires de la Tradición 2014 en Granada

Con motivo de la Fiesta de los Mártires, varios integrantes del Círculo Tradicionalista de Granada General Calderón acudimos al cementerio de San José de nuestra ciudad para rendir merecido homenaje a los mártires de nuestra Causa tres veces santa.

Frente a la Cruz de los caídos por Dios y por España.



¡Mártires gloriosos de la Tradición, vosotros que gozáis ya del Altísimo, interceded porque Él nos de fe, fuerza y coraje para ofreceros por Dios, la Patria y el Rey Legítimo nuestras más generosas entregas, para que un mañana podamos gozar de la Santísima Trinidad para siempre junto con vosotros!




Elevamos nuestras preces al Dios de los Ejércitos frente a la actual
tumba, aun sin lápida, del ilustre titular de nuestro círculo, el General
Carlos Calderón, cuyos restos fueron trasladados al cementerio
en 1980 de la finca familiar Jesús del Valle, donde fue enterrado.

Frente a la tumba del periodista Francisco Guerrero Vílchez, director y
fundador del periódico tradicionalista granadino La Verdad (1899-1941),
combatiente en la Tercera Guerra Carlista y la Cruzada de Liberación y
caballero de la Orden de la Legitimidad Proscrita.

Frente a la tumba del requeté D. Juan Bertos Ruiz, cofundador
de la Cofradía Nuestra Señora de los Dolores y presidente del
Círculo Carlista de Granada Manuel Fal Conde, que estuvo
activo hasta los años 90 del pasado siglo.

Con motivo de la Festividad de los Mártires,
el día 8 de marzo tuvimos el gran honor de
compartir mesa en la madrileña localidad
de El Pardo junto al actual regente de la
Comunión Tradicionalista, S.A.R. el Duque
de Aranjuez, Don Sixto Enrique de Borbón.

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