Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón

Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón leal a S.A.R. el Duque de Aranjuez Don Sixto Enrique de Borbón y al ideario católico-monárquico.
DIOS-PATRIA-REY
Animamos a nuestros lectores a publicar comentarios, siempre que lo hagan desde el respeto a nuestra Santa Causa, al Abanderado de la Comunión Tradicionalista, a su Secretaría Política y a la dinastía legítima. Se borrará todo comentario irrespetuoso, derrotista o que no guarde relación alguna con nuestras publicaciones.

viernes, 22 de noviembre de 2019

Diferencias entre el usurpador Felipe “VI” y S. A. R. Don Sixto Enrique de Borbón

Felipe



—La mayoría de estudios históricos aseguran que no es Borbón, sino que desciende de un amante de Isabel “II”. [1]

—Simboliza el régimen liberal partitocrático de 1978.

—Ha realizado homenajes a enemigos históricos de España como José de San Martín [2] y el separatista cubano José Martí. [3]

—Es Caballero de la Orden Masónica [5] y suele usar la kipá judía en sus reuniones con el pueblo deicida. [6]

—Ha llevado una cómoda vida palaciega sin interferir en la política española.


—Habla de mantener meramente la «legalidad constitucional».

—Ha contraído matrimonio desigual y posiblemente nulo, al estar su mujer excomulgada por haber abortado. Su descendencia sería, por tanto, ilegítima. Jamás ha desmentido esta información. [10]

—No le interesan los asuntos de la Iglesia y nunca ha mencionado a Dios en ninguno de sus discursos públicos.

—Sanciona toda suerte de leyes inmorales y anticristianas.

—Promueve junto con su mujer el aberrosexualismo en España [12] y el "matrimonio" sodomita y el aborto fuera de España. [13]

—Su familia se ha entregado siempre a los liberales y ha sumido a España en los mayores desastres de su historia. Su bisabuelo Alfonso fue el responsable directo de la venida de la II República y su padre Juan Carlos, al que alaba, liquidó el régimen nacido del 18 de Julio y trajo el actual.

—Tiene sentidos recuerdos para los rojos perdedores de la Cruzada de 1936-1939. [15]
S. A. R. Don Sixto Enrique de Borbón



—Pruebas de ADN han demostrado que desciende sin rastro de ilegitimidad del Rey Felipe V de España. [1]


—Es el Abanderado de la Tradición Española.

—Habla literalmente de «reconquistar el Imperio Español». [4]


—Es enemigo declarado de la masonería y del judaísmo, así como del laicismo. [7]


—Durante la Transición se enfrentó a rojos y separatistas en Montejurra con un puñado de hombres. [8]

—Habla de mantener la unidad de España «a toda costa». [9]

—No se ha casado inválidamente ni ha contraído matrimonio desigual vulnerando las disposiciones de la Pragmática Sanción de 1776.


—Asistió en 1988 a las consagraciones episcopales del Arzobispo D. Marcel Lefebvre para salvar la Tradición Católica, en las que ocupó un puesto de honor como Príncipe cristiano. [11]

—Denuncia esas leyes inmorales y anticristianas.

—Ha participado en conferencias europeas en las que se ha debatido sobre cómo «salvar a Europa del liberalismo y del satánico lobby gay». [14]

—Su familia ha derramado sangre por España. Su abuelo D. Roberto luchó a las órdenes de Carlos VII en la III Guerra Carlista; su padre D. Javier participó activamente en los preparativos del Alzamiento Nacional de 1936 y su tío D. Cayetano fue combatiente requeté en la Cruzada.

—Tiene sentidos recuerdos para todos los que murieron por Dios y por España en la Cruzada de 1936-1939.


Notas:

[1] Véase la información proporcionada por el experto en casas reales europeas Ricardo Mateos en Extra Confidencial (20/10/2013)
[2] «Reyes de España: Ofrenda floral en Plaza San Martín», Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto de la República Argentina (25/3/2019)
[3] «Rindieron honores rey de España Felipe VI y su esposa Letizia al Héroe Nacional José Martí»Canal Caribe (12/11/2019)
[4] Discurso de S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón en la Festividad de los Mártires de la Tradición (marzo de 2019).
[5] «Los masones españoles conceden al rey su más alta distinción»La Vanguardia (11/3/2019)
[6] «La kipá del Rey» (2/10/2016)
[7] Véase, por ejemplo, su entrevista en 2016: El “sínodo de Grozni” contra la estrategia del choque de civilizaciones (original en francés aquí).
[8] La verdad de los sucesos de Montejurra 1976 (entrevista sonora con José Arturo Márquez de Prado)
[9] S.A.R. Don Sixto Enrique: La unidad de España debe mantenerse a toda costa (29/9/2017)
[10] Accedemos a las facturas del aborto. El primo de la princesa Leticia llega a decir que "estaba excomulgada" (diarioya.es)
[11] XXV aniversario de las consagraciones episcopales de Ecône, Agencia FARO.
[12] Los Reyes rompen su silencio y se posicionan a favor del colectivo gay, Vanitatis (16/3/2017)
[13] La Asociación Nacional de Abogados Cristianos pide a Letizia que rectifique su defensa del matrimonio gayVanitatis (13/12/2011)
[14] Shekhovtsov, Anton (2018). Russia and the Western Far Right: Tango Noir. Routledge. ISBN 978-1-138-65863-9. Pág. 199.
[15] «El Rey reivindica a los republicanos», El País (22/3/2016)

sábado, 9 de noviembre de 2019

El Carlismo ante las elecciones parlamentarias del 10 de noviembre

Tras menos de siete meses desde las elecciones generales anteriores, el régimen de facto y su Gobierno en funciones vuelven a llamar a los españoles a las urnas. Nada ha cambiado; con la nueva convocatoria sólo aumenta el derroche de dineros públicos, al tiempo que disminuye el número de ilusos que esperan algo de los procesos electorales.

Reproducimos, por lo tanto, la parte aplicable de nuestro comunicado de abril de este año. A las elecciones generales del 10 de noviembre de 2019 no concurre ninguna candidatura a la que los tradicionalistas puedan dar su apoyo. La única opción que, por desgracia, queda para el Carlismo es la opción cristiana y patriótica de la abstención, que pone de manifiesto el rechazo a este sistema corrupto y corruptor.

Como explicaba el Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista en un artículo del pasado mayo: «si nos atenemos a lo oficial, a la liza de partidos y a sus programas, quien vota a un partido favorable (más o menos) al aborto, a las leyes contra la familia, a la degeneración sexual, a la corrupción en la escuela, a la disolución de la Patria, a la esclavitud práctica del asalariado, al totalitarismo, al estatismo o a tantas otras infamias del sistema, peca. Peca, primero, por acatar la soberbia satánica del sistema mismo, y peca por hacerse cómplice de cuantos desmanes pueda cometer el partido votado. Y a ese votante no le vale escudarse en el principio del mal menor, a no ser que su voto favorezca a un partido cuyo programa coincida totalmente con los principios del orden social cristiano, lo cual supondría la desaparición del sistema liberal mismo. Y si tal cosa no existe, siempre le queda abstenerse».

Madrid, noviembre 2019.
Secretaría Política
Comunión Tradicionalista

miércoles, 30 de octubre de 2019

Ellos y nosotros (historia del carlismo y del liberalismo en pocas líneas)

ELLOS Y NOSOTROS 

HAGAMOS HISTORIA 

Calumnia que algo queda, era la máxima de Voltaire a sus secuaces. Y se conoce que los liberales son sus aprovechados discípulos; no olvidan nunca el consejo de su maestro. Un periódico ha preguntado al Gobierno:

«¿Sabe la autoridad algo de la organización militar que en Estella y otros centros donde domina el carlismo están llevando a cabo con el objeto de defender a un Dios que nadie ofende, a una Patria que no es la suya, y a un Rey que jamás lo será?»

Se necesita frescura para combatir todavía al carlismo los que nos han traído las siete plagas de Egipto elevadas a la quinta potencia. Analicemos el gracioso parrafito con la imparcialidad que el caso requiere. A Dios se le ofende en las calles, blasfemando su santo Nombre, sin que la autoridad lo prohiba; cinismo que agrava más y más la ofensa inferida: ya ve el periódico liberal que miente como un bellaco al afirmar que no se le ofende.

«Una Patria que no es la suya»; pues, alma mía, ¿acaso hemos nacido los carlistas en las Batuecas? Si mientras más tiempo se posee una cosa, mayor derecho hay a su posesión, veamos de quién es esta Patria.

Nacimos con Recaredo y asistimos a los concilios de Toledo, aquellas famosas asambleas religioso-políticas en las que se formaban leyes sabias y justas que constituyeron la verdadera nacionalidad española (589).
«Esta es la bandera heredada de mi padre».
Grabado de 1875 (fuente)

Sostuvimos la monarquía goda hasta que Rodrigo la hizo imposible, acompañándole después a la batalla del Guadalete (711): allí se determinó una división funesta e inevitable; los traidores y perjuros desertaron con el conde D. Julián y D. Opas, presentándose a Tarif para hundir el puñal agareno en las entrañas de la Patria...

Nosotros quedamos sin Rey ni Caudillo, pero agrupados en torno de nuestra gloriosa bandera marchamos a Asturias, y en las asperezas del monte Auseba alzamos un Príncipe y constituimos un reino: Pelayo nos dirigió en Covadonga, cuya gruta fue a la vez templo, alcázar y fuerte (718).

Vencimos en Roncesvalles a la flor y nata de los caballeros franceses; y en Clavijo nos batimos a las órdenes de Santiago el Mayor, aunque los autores liberales consideren su aparición fabulosa. A las órdenes de Alfonso VIII peleamos en las Navas de Tolosa, derrotando a los moros de España, que unidos a los leones africanos mandaba Miramamolín.

Nos apoderamos de Córdoba y Sevilla con san Fernando y Garci-Perez de Vargas. Y en la vega de Granada presenciamos el desafío de Atarfe, triunfando el Ave María colocada sobre la poderosa lanza de Garcilaso de la Vega, y entrando después en la Corte de Boabdil, la poética ciudad de los cármenes, llamada por nuestros historiadores la sultana de las mil torres.

Embarcados con Colón en frágiles embarcaciones descubrimos un mundo nuevo, conquistándolo después con Cortés en las batallas de Otumba y Tlascala, y con Pizarro y Almagro en las llanuras del Perú, o en la formidable cordillera de los Andes.

Bajo el imperio de Carlos I vencimos en Pavía, en cuya batalla aprisionamos al Monarca francés y dominamos a Italia. Y Felipe II nos admiró en Lepanto y en Flandes guiados por D. Juan de Austria y el duque de Alba.

Más tarde, en 1808, el coloso del siglo y dueño absoluto de Europa pretendió dominarnos, y ese gigante murió en la isla de Santa Elena, vencido y derrotado por unos cuantos paisanos, dispuestos siempre a luchar por su Dios, por su Patria y por su Rey.

Esta es nuestra historia. Veamos el origen del liberalismo.

Nació en las Cortes de Cádiz, aquella tumultuosa asamblea que aprisionó a su Rey cuando salía de las garras de Napoleón, teniendo que venir 100.000 franceses a libertarlo. Amargaron los últimos instantes de su vida, forzándole a quebrantar las leyes seculares de España y dejando a su patria sumida en una guerra civil, protegiendo al parecer los supuestos derechos de una niña, que después se encargaron de corromper para más fácil destronarla.

Ayudaron a Espartero (el héroe de Ayacucho) a expulsar a la regente M.ª Cristina de España, señora a quien el General y sus prosélitos debían cuanto eran. Y al poco tiempo estos mismos héroes arrojaban a Espartero de la regencia, marchando éste a Londres, donde pocos años antes habíase refugiado su augusta víctima.

Revoluciones sin cuento y motines sin fin ensangrentaron el suelo de la Patria cuando nos pronosticaron, al abrazarse en Vergara al traidor Maroto, que se abría un horizonte de paz y de ventura. Y vino la guerra de África que pudo ser gloriosa, como la llamamos todos por puro patriotismo, resultando mucha sangre vertida, perdido el terreno conquistado, y 400 millones de ochavos morunos pagados no sé en cuántos plazos.

Teniendo presente el testamento de Isabel la Católica y los patrióticos deseos de Cisneros, como asimismo la creencia y el derecho que asiste al pueblo español de extender su territorio por Marruecos, cuyas plazas conserva, el emperador Napoleón III, el conde de Montemolin seguido del partido carlista, algunos generales y ministros secundando las órdenes de Isabel II y su esposo, y la emperatriz Eugenia, que como española le halagaba el engrandecimiento de su patria, a la par que Napoleón veía en la posesión de España inutilizada la ambición de Inglaterra respecto del imperio Marroquí, se formó el proyecto de proclamar a Carlos VI rey de España, cuyo ánimo esforzado, auxiliado de su valiente partido, conquistaría el territorio que se extiende desde Ceuta al Atlas y desde las orillas de Argel al Atlántico.

Tan vasto pensamiento embargó por el pronto y entusiasmó a sus autores, pero se arrepintieron de hacer algo grande quienes no habían nacido más que para arrebatarse el presupuesto. Habiendo iniciado el movimiento en San Carlos de la Rápita el general Ortega, capitán general de las Baleares, creyóse preciso fusilarle para justificar que era una insurrección y no un golpe de Estado preparado por el mismo poder.

Tuvieron ocasión de hacer algo grande, y no lo hicieron. Pospusieron su ambición particular, mezcla de egoísmo y pequeñez, y España dejó sus hijos sacrificados cubriendo los campos de África, y quedamos todos tan satisfechos.

Al grito de Viva España con honra se hizo la revolución de Septiembre, arrojando del trono a Isabel II, derramando tanta sangre al destituirla como habían derramado al proclamarla, y acusándola de no sé qué crímenes, como no fuera el de haberles sostenido en el poder, como su desgraciada madre.

Esta es la historia del liberalismo, corta, pero aprovechada: imposible parece que en tan poco tiempo se haga tanto daño, como no se esté dispuesto a hacerlo. Después, la vergüenza de Melilla y los desaciertos de Cuba completan el cuadro de desventuras que llueve sobre esta Nación infortunada.

«En cuanto a un Rey que jamás lo será», si los carlistas no estuviesen convencidos del triunfo de ese Rey, bastaría apreciar el odio con que dan la noticia y el deseo de precipitar al Gobierno en el camino de las persecuciones, para convencernos de la certeza que abrigamos cada vez mayor del advenimiento del carlismo. Las causas perdidas y los enemigos débiles causan lástima o desprecio, pero nunca odio.

CARLOS CRUZ RODRÍGUEZ


Extraído de: «Ellos y nosotros». Biblioteca Popular Carlista. Tomo VIII, febrero de 1896, páginas 16-19.

domingo, 20 de octubre de 2019

La emigración: impresiones (por un carlista granadino exiliado en 1876)

LA EMIGRACIÓN

Impresiones
Cuadro: «Emigración carlista»
Por el emigrado José Rodriguez Gil. Orléans 1876. Fuente

Hay amarguras en la vida, crisis terribles que el hombre no podría soportar si Dios no viniese en su ayuda. Decía un compañero mío de destierro: «Oye la historia do un carlista, y verás en ella la de un mártir».

El político que se afilia a un partido, presta su influencia en bien de él, y toma parte en la acción legal solamente a cambio de la prosperidad y de los honores que pueda adquirir: ese hombre no sabe, ni puede tener idea del sacrificio.

Trasladaremos aquí el fin de mis Memorias de campaña, que ellas por sí solas patentizan el dolor que en aquellos momentos sentía.

Vi desvanecerse aquel ejército reunido a costa de tantos sacrificios; los batallones enteros entregarse al enemigo; vi de mi regimiento marchar los cuatro escuadrones enteros a Pamplona; la magnifica artillería, que tanto habíamos deseado, abandonada en el Pirineo, y a los mulos marchando solos en formación, acostumbrados a hacerlo en días más felices; busqué a mis compañeros de regimiento, me uní a ellos, y el 28 de Febrero de 1876 atravesábamos la frontera, no sin haber suspirado por la patria que perdíamos. En la línea vendimos los caballos, llegamos al primer pueblo francés, que es San Juan de Pie de Puerto, donde descansamos de nuestras últimas fatigas, y la segunda noche tomamos las diligencias que salían para Bayona, en cuya población nos presentamos al Prefecto y le pedimos nos internase en Nantes.

En esta inmensa población de 150.000 almas lo pasamos bien; obsequiados por los legitimistas, y respetados por los republicanos a causa del miedo, o mejor dicho, del respeto que el español sabe infundir en todas las naciones donde habita, solamente echábamos de menos la madre patria al oír el lenguaje gabacho, y sentir un frío glacial que helaba nuestros huesos: en la espaciosa ría del Loira andaban buques numerosos, y en sus mástiles ondeaban casi todos los pabellones del mundo: grandes fábricas de fundición, y el arsenal, donde miles de operarios se ocupaban en la construcción de buques, daban una animación extraordinaria a la ciudad. Tiene ésta una catedral gótica de poco mérito; las calles son espaciosas, particularmente la denominada Gran Calle, y la conocida por Notre Dame. También cuenta un jardín de plantas bastante extenso con numerosos invernáculos, y en el centro un laberinto en forma de montaña; unos cuantos lagos con ánades completan el adorno de aquel recreo de niñeras y solaz de soldados, pues en Francia casi no hay paseo; todo el mundo está entregado al trabajo, y el que no trabaja, rinde culto a toda clase de vicios, no dejándole tiempo de pasear. Los sábados, domingos y lunes se encontraban por las calles numerosos y civilizados franceses perdiendo el equilibrio y cayendo a impulsos del Burdeos. ¡Qué ciudadanos más dignos! merecedores son de tener derechos individuales y llamarse pueblo soberano: imagen de ese pueblo son los Gobiernos que tienen. Vivía yo con el físico del batallón de Marquina, que tenía un primo redactor de El Imparcial, y me decía: «Siempre está mi primo alabando a los franceses; ya le diré yo cuando vaya lo que he visto»; y le contesté: «Desengáñate, Manuel, los liberales alaban y alabarán siempre a los franceses a pesar de saber lo que son: de esa nación surgió el liberalismo, es su madre predilecta; lo amamantó con la sangre inocente de los infortunados monarcas Luis XVI y María Antonieta; lo educó en el crimen y en la crápula de Danton, Marat y Robespierre, aquellos ciudadanos tan liberales, que odiaban a los tiranos llevando a la guillotina a todo ciudadano sospechoso de no pensar como ellos, y privándoles hasta de la vida en uso de un derecho sumamente liberal, convirtiendo a París en un lago de sangre: después completó su educación prendiendo al Papa en tiempos de Napoleón I; después... vino Luis Felipe, el rey cochero, y lo dejó tan bien educado que surgió la Commune, y... resplandores siniestros iluminaron las calles de París; entonces los liberales se asustaban y decían: «¿Dónde vamos á parar?» Fue preciso decirles y se les dijo: «No se asusten Vds.; son los resplandores de la libertad que iluminan al mundo: deben estar orgullosos de su obra. ¡Ciudadanos canallas, en vez de hacerle frente al enemigo, se entretenían en su propia destrucción, satisfaciendo sus odios personales y manchando el poder con su ridículo mando!»

Los primeros que presentamos las solicitudes de indulto nos embarcamos el Viernes Santo a bordo del vapor Villa de París. Salimos dos jefes, trece oficiales y ciento veinte soldados; navegamos dos días y dos noches; sufrimos mucho el Sábado de Gloria; descansamos en la isla de Ré, mientras el vapor tomaba agua, y el primer día de Pascua entrábamos en la ría de Burdeos, uno de los mejores puertos de Europa. Esta ciudad, capital de la Gironda, es muy populosa; cuenta 250.000 almas, y tiene notabilidades de primer orden, entre las que descuella el gran puente sobre su ría. El ferrocarril nos trasladó de esta ciudad a Bayona, plaza fuerte de segundo orden, de allí a Irún, y por último a San Sebastián. En este punto permanecimos dos días: San Sebastián tiene buenos edificios, está en una situación deliciosa, recostada sobre el monte Jaizquivel, y lamen sus orillas las agitadas olas del Cantábrico. Provistos de hojas de embarque y pasaportes expedidos por el Brigadier Gobernador, viajamos por cuenta del Estado los jefes en 1.ª, los oficiales en 2.ª, y los soldados en 3.ª; llegamos a nuestras casas después de haber visto mucho, y tomado parte en una campaña que, si bien no proporcionó con su triunfo la paz de España, consiguió por lo menos contener al ejército que so disolvía, merced a las descabelladas teorías predicadas por hombres que hoy figuran como conservadores, y que no tendrían templos donde orar, cementerios donde conservar sus cenizas, ni derecho a los bienes que poseen, porque disuelto el ejército toda autoridad concluía, y quedábamos a merced de la canalla disfrazada de guardia nacional.

CARLOS CRUZ RODRÍGUEZ


Extraído de «La emigración», Biblioteca Popular Carlista; Tomo XXVI, agosto de 1897, páginas 44-48.

viernes, 4 de octubre de 2019

Luis Villanova Ratazzi, el granadino Jefe del Tercio de Navarra y mártir de la Tradición

Fotografía de Luis Villanova Ratazzi
como alumno de Caballería
(imagen tomada de la BNE)
Luis Villanova Ratazzi era natural de Gójar, donde su familia era propietaria de la mayor parte del término municipal, aunque en Gabia también tenía importantes propiedades: Montevive, San Saturnino, Pedro Verde y gran parte de Gabia Chica.

Militar de carrera, en el Ejército Español llegó a ostentar el grado de Comandante de Caballería.

Se afilió a la Comunión Tradicionalista durante la Segunda República y al estallar la Cruzada de Liberación fue Jefe del Tercio de Requetés de Navarra.

El Comandante Villanova, amigo personal del augusto Abanderado de la Comunión Tradicionalista en aquel momento, Don Francisco Javier de Borbón Parma, acogió de incógnito, por petición de Don Javier, al hermano de éste, Don Cayetano, como un combatiente requeté más en el Tercio de Navarra.

Luis Villanova Ratazzi fue herido por un francotirador el septiembre de 1937 en tierras asturianas y entregó su vida por Dios y por España tal día como hoy, 4 de octubre, en el Hospital Valdecilla, donde había sido trasladado.

El pleno del Ayuntamiento de Gabia Grande, reunido el día 30 de noviembre de 1937, acordó lo siguiente:

«la celebración de un funeral en sufragio del heroico Comandante de Caballería, Jefe del Tercio de Navarra D. Luis Villanova Ratazzi, que dio su vida por Dios y por la Patria, en el frente de Asturias el día 4 del pasado mes de Octubre, cuyo funeral era patrocinado por el Ayuntamiento. También se acuerda colocar una lápida conmemorativa en la fachada de la casa de su propiedad, donde se crió y vivió, dando su nombre a la calle donde está situada» (*)

Su cuerpo recibió cristiana sepultura en el Cementerio de Gójar, de donde era natural su familia.

El Coronel Emilio Herrera, integrante del Tercio de Navarra, cuenta la siguiente historia cuyo protagonista es el Comandante Villanova:

«Se produce una escena que parece arrancada de las páginas del Romancero: un hombre de mediana edad y aspecto distinguido, pálido y macilento, que acaba de surgir del escondite en el que ha pasado los trece largos meses de dominación roja, se dirige al comandante Villanova, le saluda ceremoniosamente y le agradece con sentidas frases el haber liberado para España la ciudad de Garcilaso; luego toma de la rienda a la yegua del comandante y marcha llevándola a la antigua usanza. Las gentes lloran de alegría y al romper filas los requetés se ven rodeados, besados, apretujados y agasajados por los cientos de hombres, mujeres y niños, que los obsequian con vino, sidra, leche condensada; con lo único que tienen».

Y con motivo de su muerte, el Coronel Herrera le dedica las siguientes palabras:

«Bravo entre los bravos, leal entre los leales, cristiano de rancia estirpe, español
a lo siglo de oro, carlista por convicción y sentimiento, caballero por la nobleza de
su sangre y más aún por su alma prócer, capitán valerosísimo y prudente; sobre
todo, padre con sus requetés a los que amaba con cariño tal y de los que era correspondido con adhesión entrañable...»

(*) Los revanchistas izquierdistas renombraron esta calle como «Calle Molino».

Véase: Izquierdo Rodríguez, Manuel (2012): Historias desenterradas - Las Gabias, 1936, pp. 216-217; Romero Raizábal, Ignacio (1966): El príncipe requeté, pp. 47-48.

viernes, 27 de septiembre de 2019

La imprenta de «La Esperanza», una fuente de conocimiento en la España del siglo XIX

El diario monárquico (carlista) La Esperanza (1844-1874) fue uno de los periódicos españoles más populares y leídos de su época. En su imprenta, a cargo del murciano Antonio Pérez Dubrull y situada en Madrid primero en la calle de Valverde, núm. 6, y luego en la calle del Pez, núm. 6, se editaron, además del periódico, numerosos libros que sirvieron para instruir a sus lectores y reforzar sus convicciones católico-monárquicas. Las siguientes obras, traducidas al castellano por la redacción del periódico, fueron incluidas en la llamada «Biblioteca de La Esperanza»:

* Historia evangélica, confirmada por la judaica y la romana (1852), en dos tomos, del P. Paul Pezron;
*​ Lord Palmerston, la Inglaterra y el Continente (1852), por el conde de Ficquelmont;
* El libro de los Reyes (1852),​ Genio de la monarquía (1852),​ República y monarquía (1852)​ y Derecho hereditario del poder (1852), por Alexandre Weill;
* Economía política cristiana (1852-1853), en cinco tomos, por el vizconde Alban de Villeneuve-Bargemont;

La Biblioteca de la Esperanza también anunció su intención de editar la obra Del Protestantismo y de todas las herejías en su relacion con el socialismo (1853), por Auguste Nicolas, si bien solo nos consta la edición que se hizo de la misma en Barcelona en la imprenta de Pablo Riera.


En la imprenta de A. Pérez Dubrull se publicaron asimismo libros como La realidad de la vida (1858), por Matilde Froment; Coleccion de los artículos de La Esperanza sobre la historia del reinado de Carlos III en España (1858), por Antonio Ferrer del Río; El perfume de Roma (1862), por Louis Veuillot; Vidas de los Mártires del Japon (1862), por Eustaquio María de Nenclares;​ La Revolucion (1863), por Monseñor Segur;​ Conferencias del Rdo. P. Félix, en la Santa Iglesia Metropolitana de Nuestra Señora de París durante la Cuaresma de 1866; El Paladín de Cristo (1865), por José Gras y Granollers;​ La dolorosa Pasion de N. S. Jesucristo, según las meditaciones de Sor Ana Catalina Emmerich (1865);​ o Advocaciones, virtudes y misterios de María Santísima (1866), por el presbítero Felipe Velázquez y Arroyo.​

Otras de las obras impresas en la imprenta de La Esperanza serían de carácter más marcadamente carlista, especialmente durante el Sexenio Revolucionario, como Tres escritos políticos de Pedro de la Hoz publicados en 1844 (1855);​ Biografía de D. Pedro de la Hoz (1866), por José María Carulla;​ La solución española en el Rey y en la Ley (1868) y Las apariencias y la realidad de la fusión dinástica (1869),​ por Antonio Juan de Vildósola; Peticion dirigida a las Cortes Constituyentes en favor de la unidad católica de España (1869), por la Junta Superior de la Asociación de Católicos de España;​ La cuestion dinástica (1869), por Fray Magín Ferrer; Los liberales sin máscara (1869), por Valentín Gómez;​ El Romancero español de Cárlos VII (1869) y El Romancero español de la Reina Margarita (1870).

El diario vendía además en su Administración obras de contenido histórico carlista, como Vida y hechos de Don Tomás Zumalacárregui (1845), por Juan Antonio de Zaratiegui;​ Recuerdos histórico-político-legales sobre la autoridad de los Reyes y Cortes de España, conforme a sus antiguas leyes fundamentales (1845), por el monárquico T. M.; o Historia de la emigracion carlista (1846), por Rafael González de la Cruz.

La imprenta de La Esperanza editó también otras publicaciones periódicas, como La España teatral (1856), el Semanario de los devotos de María (1865-1870) o la revista hispano-americana Altar y Trono (1869-1872).

jueves, 19 de septiembre de 2019

La buena “escuela de Austria”: el abate Sebastian Brunner, enemigo del liberalismo y del judaísmo

Como es sabido, en la vertiente económica del liberalismo hay una corriente de pensamiento de origen decimonónico, rayana en el anarquismo y promotora de la usura, que recibe el nombre de Escuela Austriaca, de la que son exponentes personajes como Carl Menger (agnóstico filojudío), Ludwig von Mises (aristócrata judío), Friedrich von Hayek (agnóstico) y Murray Rothbard (ateo de origen judío). Sobrado es decir que ningún interés puede tener esta escuela para un tradicionalista o para cualquier católico en general.

Sin embargo, en política también ha existido lo que podríamos llamar “la buena escuela de Austria”, escuela de pensadores, políticos y caudillos caracterizada por su defensa de la fe católica y la tradición, de la que son exponentes, por ejemplo, el emperador Fernando II de Habsburgo, el caudillo tirolés Andreas Hofer, el príncipe Metternich, el canciller Dolfuss o el abate Brunner, de quien hablaremos hoy.

Sebastian Brunner (Viena, 1814-1893)

La Austria de mediados del siglo XIX, víctima de la secularización iniciada un siglo antes por el “ilustrado” y regalista emperador José II, lidiaba con diferentes enemigos que amenazaban su propia existencia: los diversos nacionalismos, el protestantismo, la masonería y muy especialmente el judaísmo. Este último fue uno de los principales promotores de la revolución de 1848, que a punto estuvo de dar al traste con todo y que fue la que introdujo en aquel país la funesta libertad de prensa (esto es, la libertad para calumniar y difamar), de la que tanto provecho sacarían judíos y liberales para atacar a la odiada fe católica y a sus nobles defensores.

Pero hubo también por aquel entonces en Viena un poderoso agitador, un gran poeta satírico, un valiente e incorruptible periodista, fundador del periodismo católico vienés, enemigo jurado del josefismo y del judaísmo, sacerdote integérrimo a quien un día se llamó martillo de los obispos, y lo fue efectivamente de todos aquellos menguados prelados, víctimas del josefismo y atados al carro triunfal de la impiedad circuncisa e incircuncisa; un hombre providencial, como lo llamó uno de sus biógrafos, elegido por Dios para librar al Austria de la herejía josefista y preparar los caminos de un renacimiento católico verdadero. Este hombre se llamó en vida Sebastian Brunner.

En España se conoció la figura de Brunner especialmente a raíz de la publicación de la obra Judíos y católicos en Austria-Hungría (1896) —cuya lectura recomentamos vivamente— por el presbítero alsaciano Alphonse Kannengieser, (*) quien basándose en las propias memorias del abate Brunner, recogió algunos de los más salientes episodios de su vida que la retratan admirablemente, dando idea de sus luchas periodísticas contra judíos y burócratas josefistas.

En 1847, un vicario de los arrabales de Viena se presentó a su prelado pidiéndole autorización para fundar un periódico católico. Debía haber madurado su propósito el joven sacerdote, porque lo explicó con una sinceridad y una elocuencia tales, que el arzobispo de Viena se hubiera conmovido si fuera capaz de conmoverse: pintó con vivos colores la terrible campaña que los libre-pensadores habían emprendido contra la Religión, y la impotencia a que se veían reducidos los verdaderos creyentes por no poder salir a la defensa de la verdad ultrajada.

—Los ataques —acabó diciendo el joven sacerdote— se multiplican de día en día y en todas formas, y es preciso un periódico católico para contestar a esos ataques y concertar y unir a los defensores de la verdad.

El prelado, hombre dulce y melifluo, como su nombre —se llamaba Milde— escuchó con amable sonrisa el discurso del joven escritor, y dejó caer estas palabras:

—Consiento en que Vd. publique el periódico con la condición de que me envíe antes todos los originales que ha de publicar de aquí a tres años. 

Ante esta salida de tono el futuro periodista —que no era otro que Sebastian Brunner— se retiró sin insistir naturalmente en su pretensión, y bien convencido de que Dios que le inspiraba el propósito quería que lo realizase sin necesidad de consultar con el prelado, del cual monseñor hay que recordar que era meloso en todas las manifestaciones de su vida, porque hablando de Su Santidad decía cariñosamente: «mi querido compañero, el obispo de Roma». ¡Así hablaban los obispos austríacos sesenta años después de la muerte de José II!

Ya entonces era conocido Brunner por su ultramontanismo, pecado gravísimo en la corte de Austria, encima del cual tenia nuestro sacerdote otros dos más: una independencia de carácter encantadora y un amor por la verdad extremado.

Un día, con ocasión de la ordenación de varios compañeros, Brunner fue invitado a comer con ellos y con otros sacerdotes amigos suyos. Entre los invitados había un secretario de gobierno del ministerio de Cultos que hizo un acabado elogio de la teología (racionalista) de Herder, la cual, dijo, es la única teología posible en nuestros tiempos, acabando por hacer una profesión de fe completamente anti-cristiana.

Los muchos sacerdotes que oyeron al secretario permanecieron callados, habituados como estaban a inclinarse ante los burócratas; hasta que convencido Brunner de que nadie salía a la defensa de la buena doctrina, tomó la palabra y tronó contra el odioso sistema que había convertido la Iglesia de Dios en esclava de gentes ignorantes o impías; y una de dos, acabó diciendo:

—O este sistema acabará con la Iglesia en Austria, o es preciso que la Iglesia luche contra este sistema hasta exterminarlo.

El secretario quedó sorprendido de tan inusitado atrevimiento, y tomando aires de protector, dijo a Brunner que estaba en vísperas de ordenarse y estudiaba aún en el Seminario:

—Con esas ideas, hijo mío, no hará Vd. carrera, ¡y es lástima! porque tiene Vd. trazas de muchacho listo.  
—Señor mío, si yo hubiera querido hacer carrera hubiera elegido otra: en el estado eclesiástico donde hay necesidad hoy por hoy de estar supeditado a gentes ante las cuales yo no callaré jamás, es preciso tener el valor de no pensar en eso, sacrificando a Dios los años de esta miserable vida.

¡Magníficas palabras que le valieron la guerra sin cuartel que desde entonces le declaró la burocracia josefista!
Primer número del Wiener Kirchenzeitung
(15 de abril de 1848) 

El gran obispo de Maguncia Ketteler dijo una vez, y la frase hizo fortuna, que si San Pablo resucitara, sería periodista. Brunner conocía toda la importancia y necesidad del periodismo católico, y fundó el primer periódico católico de Viena, Wiener Kirchenzeitung, cuyo primer número apareció el 15 de Abril de 1848. El artículo-programa, terrible y acerada crítica de las reformas de José II y protesta viva, por lo tanto, contra la situación en que entonces se encontraba la Iglesia católica en Austria, era una maravilla por su fondo y por su forma. Después de hacer hincapié en las desdichadas reformas civiles del emperador-sacristán que había destruido la antigua organización social cristiana aniquilando las corporaciones, matando las libertadas municipales, destruyendo los gremios y oficios, el autor pintaba con vivos colores la influencia de estos trastornos en el orden religioso.

«El Estado no quiere que la Iglesia sea independiente; Sion no debe ser su propio defensor y ha creado para vigilar sobre ella un coloso semejante al que vio en sueños Nabucodonosor, y que formado de materiales diferentes, era asaz frágil. La cabeza de la estatua que vio el rey de Babilonia era de oro, su pecho y brazos de plata, su vientre y costados de bronce, sus piernas de hierro y sus pies de arcilla. Una piedrecita baja de la montaña, hiere los pies de la estatua y la derrumba... ¿La piedra temible lanzada por una mano misteriosa, respetará al coloso de la burocracia? Este gigante de papel se levanta terrible amenazando a la Iglesia. Su cabeza es un inmenso tintero, sus cabellos son las plumas, sus manos y sus pies los rollos de papel, su cuerpo una masa informe de legajos, sus nervios el engrudo y sus ojos están llenos de arena, por lo cual no puede descubrir lo porvenir. Este coloso se nutre de cuentos y chismes, no respira otro aire que el favor de los príncipes, gobierna por medio de decretos y sólo a una cosa teme: al espíritu vigilante de Sion, al león vigilante de Judá. Y nada más natural que este coloso se felicite de ver a Sion dormido y favorezca su sueño: es más fácil sujetar al que duerme que al que vigila. ¿Qué de extraño tiene que se felicite de tener aprisionado al león de Judá? De esta manera puede más fácilmente tenerle atado a sus cadenas de papel y envolverlo entre los hilos de sus rúbricas». 

Fue maravilloso el efecto del Kirchenzeitung: los burócratas estaban consternados; los oficiales de la curia eclesiástica que creían haber encerrado el Espíritu Santo entre las hojas de sus registros; los guardas jurados con sobrepelliz que vigilaban la iglesia oficial con sus bandas de plata y sus flores de papel y zinc; todas las almas serviles que jamás entendieron ni toleraron una palabra libre, parecían acometidos de ataques de epilepsia cuando leían el periódico de Brunner. Por el contrario, los obispos y clérigos de corazón verdaderamente sacerdotal le acogieron con demostraciones de entusiasmo. «No todo estaba perdido; porque en medio del anonadamiento de la Iglesia de Cristo, surgía un defensor de la verdad al rededor del cual podían agruparse los buenos».

Entonces comenzó en Austria la verdadera reacción católica. El Kirchenzeitung se ganó las simpatías de todas las almas nobles, y si algunos timoratos acusaron a Brunner de emplear un lenguaje vivo y peligroso; si algunos descontentos le reprocharon su excesivo celo, la mayoría estuvo del lado del valiente escritor.

El josefismo había acarreado un espantoso descrédito sobre las personas y cosas eclesiásticas, y la causa de la Iglesia era antipática en Austria; pero Brunner cuidó de separar el josefismo del Catolicismo, presentando al primero como una odiosa caricatura de la verdadera Iglesia y entonces el pueblo vienés volvió a respetar y amar la Religión del Crucificado.

Pero sería una candidez creer que la burocracia josefista, convicta de falsedad, dejaba el campo libre a Brunner, y se rendía ante la verdad de sus razones, que eran la doctrina y el espíritu de la Iglesia católica. La revolución había estallado en Austria, y el comité de salud pública regía los destinos de Viena.

El arzobispo se había visto obligado a salir de la capital, y en su ausencia gobernaba la diócesis su vicario general y obispo auxiliar monseñor Politzer, el cual se entendía admirablemente con los revolucionarios, como antes se había entendido con sus enemigos. ¡Jamás le remordió la conciencia de haber tenido idea ni iniciativa propia! ¡Siempre había obedecido como un soldado las órdenes de sus legítimos superiores los ministros burócratas!

El comité de salud pública no podía sufrir la actividad apostólica que buena parte del clero inspirado por Brunner desplegaba en Viena, y fue con las quejas a monseñor Politzer. El obispo auxiliar cedió, como de costumbre, a sus deseos, y dirigió una circular conminatoria al clero vienes que materialmente ataba sus manos. Brunner se vio colocado entre la espada y la pared, porque aceptar sin protesta la circular del obispo equivalía —dice Kannengieser— a un suicidio moral, y tronar contra ella, era exponerse a las iras de sus superiores eclesiásticos. Brunner, después de encomendar el asunto a Dios y meditar concienzudamente cuál era su deber en aquellas circunstancias, entró abiertamente en lucha con monseñor Politzer, y en un hermoso artículo reivindicó noblemente para los sacerdotes la libertad de predicar y de obrar.

«No atacaremos a las personas sino al sistema —decía entre otras cosas el articulista—. Sabemos de buena tinta que recientemente un obispo austriaco te ha dirigido al ministro pidiéndole instrucciones acerca de la admisión de seminaristas. ¡Pobre ministro! ¡Pobre obispo! y sobre todo ¡pobre Iglesia! En Rusia parecida sumisión al cesaropapismo, merecería la cruz de Estanislao de primera clase con diamantes; entre nosotros esta manera de obediencia... merece tan solo que se saque a la pública vergüenza». 

Quince días después de publicar este artículo Brunner fue citado ante el tribunal del vicario general, que era a un mismo tiempo juez y parte. El obispo, que ardía en deseos de venganza, comenzó por las preguntas sacramentales.

—¿Quién es Vd.? 
—¿Cómo se llama Vd.?

A principios de siglo, un ilustre sacerdote que la Iglesia ha colocado en los altares, el Santo Presbítero Clemente Hofbaner, se encontró en las mismas circunstancias que Brunner. Los jueces burócratas comenzaron también pidiéndole su nombre y profesión como a un ladrón vulgar, y el Santo contesto con angelical dulzura:

—Es cosa sabida por todos en Viena que yo soy sacerdote católico.

Esta respuesta le valió una terrible reprimenda de parte de los jueces canónigos, en vista de lo cual el Santo, a quien acusaban de no sé qué desobediencia, respondió inclinándose:

—Aquí no tengo yo nada que hacer, y he resuelto marcharme.

Y se marchó.

Brunner no juzgó oportuno marcharse, y contestó a las palabras de rúbrica:

—Yo soy redactor del Kirchenzeitung
—No —le replicó el vicario general—. Usted es vicario de la parroquia de Altlerchenfeld. 
—Indudablemente; pero no como vicario, sino como periodista católico, me encuentro ahora ante este tribunal.

La sesión fue larga y borrascosa.

Brunner, con una lógica abrumadora, demostró todo lo que el proceder del vicario apostólico tenía de incorrecto y atentatorio al derecho eclesiástico; y Monseñor Pelitzer, que no estaba acostumbrado a tratar sino con pobres diablos que temblaban de miedo en su presencia, se desconcertó ante la firmeza y serenidad de Brunner y juzgó oportuno sobreseer, y el periodista ganó la causa.

¡Todavía la verdad imponía respeto hasta a sus más aterribles enemigos! pero no siempre Brunner fue tan afortunado en sus luchas con los burócratas, que de día en día se mostraban más fieros, y se resolvían desesperadamente contra los defensores de la libertad de la Iglesia.

Es imposible seguir paso a paso las campañas de Brunner: baste saber a este propósito que fue el instrumento elegido por Dios para derrocar aquel monstruo de cien cabezas, ante el cual el mismo Juliano el apóstata no hubiese tenido más remedio que declararse un niño de teta.

Algunos años después el josefismo se batía en retirada; pero todavía subsistía el antiguo personal de prelados con sus hábitos de servil obediencia. Brunner, cuando creyó llegado el caso, habló de esta situación con un gran respeto, pero también con gran libertad apostólica.

«Es una gran ventaja para un ministro, escribía el 15 de diciembre de 1849, el tener el derecho de nombrar los obispos: puede entonces hacer con la Iglesia lo que quiera teniendo a esos señores bajo su servidumbre; no tiene que temer incidentes desagradables en las diócesis; todo marcha a medida de su deseo y de sus caprichos, y en ninguna parte verá estrechamente unidos a los obispos y al clero, lo cual es un punto muy esencial, pues un obispo y un sacerdote que van de la mano, son cosa muy peligrosa». 
«Sin contar con que su vanidad —la del ministro— se halle dulcemente halagada cuando ve a sus pies a humildes sacerdotes que bajan los ojos; porque saben que en el gabinete ministerial hay mitras a granel, artículo por cierto muy solicitado».

Y acababa el artículo diciendo: «El ministro se dice, con razón: nosotros dispensamos las prebendas, y las damos tan sólo a quien nos ha servido fielmente. A todos aquellos que sean demasiado ultramontanos se les dejará morir de hambre en algún rincón ignorado, donde podrán reflexionar en su estupidez y servir de enseñanza a los imbéciles que tengan gana de imitarles».

Durante el año 1856, el Episcopado austriaco se encontraba reunido en Viena. Dos Prelados propusieron conceder pública y colectivamente una distinción al Abate Brunner por los inmensos servicios que había prestado a la Iglesia católica. Una gran parte de la Asamblea se adhirió al pensamiento, cuando un obispo muy conocido puso fin al debate, diciendo:

—¡Es un rebelde! 

Fue el grito de espasmo de la agonía josefista.

Veinte años más tarde la batalla contra el josefismo estaba ganada, y Brunner contaba entre sus entusiastas admiradores a casi todos los obispos de Austria.

El 26 de diciembre de 1893 fallecía el abate Brunner. Cuando se difundió la noticia de su muerte, todos los periódicos austriacos le dedicaron largos artículos; unos poniéndole sobre los cuernos de la luna, otros abatiéndole hasta los profundos abismos. Y no sólo la prensa austriaca, sino la alemana, se asoció también a aquellas manifestaciones, tomando partido en favor o en contra del difunto, y presentándole o como un héroe y un santo, o como un calumniador y un revolucionario que se pasó la vida rebelándose contra sus superiores, y encendiendo la tea de la discordia en Austria para debilitar y matar a su patria.

El día de los funerales se vio a una muchedumbre de todas edades y condiciones acompañando el cadáver del pobre viejo, formando entre ella cardenales, obispos, sacerdotes, hombres políticos, nobles y comerciantes, y gran número de gentes del pueblo, ansiosos de rendir este último homenaje de admiración y cariño.



(*) La obra Judíos y católicos en Austria-Hungría fue traducida al español por el carlista Modesto Hernández Villaescusa y publicada en el año 1900, lo que le valió al traductor la felicitación de S. E. el Cardenal Rampolla en nombre de S. S. el Papa León XIII. En el mismo año de la publicación original en francés, el diario tradicionalista El Siglo Futuro ya había sacado una serie de artículos con fragmentos de dicha obra, en los cuales nos hemos basado para la publicación de esta semblanza. Véase: ESF (27/7/1896) y ESF (4/8/1896).

domingo, 15 de septiembre de 2019

La 2.ª batalla de Somorrostro (1874) contada por un carlista granadino

Carlos Cruz Rodríguez. Nació en Córdoba
en 1846, pero se crio en Granada, donde,
durante el Sexenio Revolucionario, organizó
juntas carlistas, algunas públicas y otras secretas.
Se ocupó en trabajos militares que, por
entonces, consistían en procurar atraer las
simpatías del Ejército hacia el carlismo.
Tras participar en la Tercera Guerra Carlista,
permanecería siempre leal a la Causa y colaboró
notablemente en la prensa tradicionalista.
Reproducimos hoy una carta inédita, cuya copia ha llegado a nuestro correo y que no nos cabe duda de que captará la atención de todos los interesados en la historia de la Santa Causa. Se trata de la misiva que remitió D. Carlos Cruz Rodríguez (bajo el seudónimo de Climaco) a su padre, Cruz Vidal Écija, desde el Campamento de Somorrostro, el 6 de marzo de 1874.

Es preciso hacer constar que D. Carlos Cruz —un carlista ejemplar lamentablemente olvidado por casi todos, como tantos otros— no era un combatiente como otro cualquiera. Él fue nada menos que el organizador de una partida carlista que se alzó en Granada en el año 1873, cuando el grueso de las fuerzas carlistas luchaban en Cataluña y sobre todo en el Norte. Allí se trasladaría para continuar la campaña. No fue el único granadino que lo hizo: en este cuaderno de bitácora han aparecido en numerosas ocasiones los nombres del Brigadier Carlos Calderón y Vasco, del Coronel Manuel Fernández de Prada o del periodista Francisco Guerrero Vílchez, todos ellos notables carlistas de Granada y combatientes en la tercera carlistada.

La carta original obra en poder del bisnieto de D. Carlos Cruz Rodríguez, colaborador nuestro, quien ha tenido la amabilidad de transcribirla y remitirnos una copia de la misma, que dice así:


Mi querido papá: habiéndole hablado á V. en mis anteriores de asuntos de familia, esta va a ser una historia detallada de la segunda batalla de Somorrostro, en la primera todo se redujo á 1.100 pérdidas por nuestra parte, y 3 ó 4.000 por las de los republicanos; pero esta formará época en el cuadro de las grandes batallas europeas, los campos de S. Juan de Somorrostro destilarán sangre y ofrecerán hierro al caminante que lo atraviese mientras el mundo exista. 
Batalla de Somorrostro 2.ª 
El día 25 de Marzo á las cinco de la mañana y cuando los cañonazos de diana avisaban que el día llegaba, se rompía el fuego por 40 cañones Krup por parte de los republicanos apoyados en Somorrostro, terreno hondo, y han contestado desde nuestras alturas por 14 cañones de montaña y 5 cañones de á 24 reforzados, al poco rato los 30.000 hombres de la república trataban de asaltar nuestros parapetos, y eran bizarramente rechazados por 20.000 voluntarios de Dios, Patria y Rey, que ametrallados por la gran artillería republicana entonaban el aurrerá (andad) á bayoneta calada y les hacían huir á sus guaridas: la línea de batalla se extiende por parte nuestra desde el Montaño, cerro sobre el mar cerca de Portugalete, hasta Sopuerta, formando una herradura dentro de la cual está lo más florido de la República. El Exmo. Sr. General Ollo conde de Somorrostro guardaba con Radica y Bérriz brigadieres al Montaño, Sanfuentes y S. Pedro Abanto, los generales Lizarraga y Cevallos guardaban el centro en las alturas de Alonsótegui y Galdámez, Velasco y Mending con castellanos y alaveses las alturas de Sopuerta, mientras que el intrépido Navarrete guarda la retaguardia en Villaverde y á las inmediaciones de Castro Urdiales, retaguardia del ejército republicano 
El fuego horroroso duró tres días completos en los cuales hubo bajas: carlistas de 2.000 a 2.500 entre muertos y heridos, y el ejército republicano unas 6.000 proximamente, entre ellos Primo de Ribera, por los soldados parados, muerto, y Loma mal herido con dos brigadieres. Después cesó el fuego 3 días para recoger los muertos que en grandes hogueras han sido quemados, en estos días de parlamento han llamado Serrano y Topete á nuestros generales y han pasado algún rato juntos, Serrano le regaló a D. Diego Villadarias una caja de puros; estos parlamentos han durado miércoles, jueves y viernes santo sin tirar, el sábado y hoy domingo hemos seguido reunidos, y hoy á pesar de estar juntos han tirado 900 cañonazos y es poco, pues diariamente hacen 2.000 disparos, la cantinera del 3º de Navarra fue ayer a visitar a Andía que es navarro y la convidó á comer con Topete y Serrano, la cual se estuvo guaseando con ellos mucho: a Calderón lo atiende mucho y hasta un día que le dieron un abrazo, pero si se figura Serrano que con abrazos de patriotismo va a conseguir algo, se equivoca, porque nuestros corazones no respiran más que sangre, venganza y exterminio contra la canalla liberal, Serrano encuentra en cada corazón carlista un muro de bronce que no los vence ni las ametralladoras, ni los cañones Krup, ni los millones. 
El domingo de Ramos á las 3 de la tarde estaban nuestros generales en Sanfuentes sentados en la plaza, cuando llegué á llevar un parte de la munición que existía á mi cargo, entonces los generales Elío y Dorregaray se levantaron y marcharon, y yo detrás á ver lo que Dorregaray disponía que era á quien yo llevaba la nota, en este momento cayó una granada en medio e hirió a Ollo, Radica, el Auditor, el secretario de Ollo y otro coronel, el héroe santo, el desgraciado conde de Somorrostro espiraba en medio de las lágrimas de todos nosotros en S. Salvador del Valle diciendo “ánimo muchachos, ¡viva el rey!”, el miércoles santo espiraba el intrépido Radica, terror de los liberales y honra de España, los otros tres viven aún. 
A Ollo (QPD) le ha reemplazado el gral D. Ramón Argonz que salió con Ollo desde el primer día y es el que ha salvado á la columna Ollo Dorregaray de caer prisioneros cuando los célebres dos ángulos. 
Mi opinión es, según veo y según oigo que se dará otra acción, quizá mañana, tan reñida como la anterior, de la cual, si nos ganan las posiciones, tenemos otras en reserva antes de Bilbao, y si no ganan creo que Serrano vende a la República y á Alfonso, como Judas á Jesucristo y se cala la boina. 
Bilbao sigue bombardeándose por 9 morteros, no quedará piedra sobre piedra. 
Esta carta es la verdad de lo que ha sucedido, el que la lea puede estar satisfecho como si lo viese. 
Climaco






domingo, 28 de julio de 2019

Contra el “separatismo” de la laicidad (enseñanzas de D. Gabino Tejado acerca de la separación de la Iglesia y el Estado)

«Unión, pues, sin confusión; distinción sin separación»: tal es, en efecto, la fórmula compendiosa de la tesis que los católicos profesamos acerca de mutuas relaciones entre la Iglesia y el Estado; porque tal es, en efecto, la teoría que , junto con el principio de subordinación del Estado a la Iglesia en todo lo relativo a fe, costumbres y disciplina, nos enseñan la doctrina y la historia de nuestra santa madre y maestra infalible.

Nota y condición del orden, en esta materia como en todas, es que, guardada la debida relación y proporción entre los medios y los fines, ni se confunda lo que por naturaleza es distinto, ni se separe lo que está unido por naturaleza. Por error algunas veces, por malicia las más, desde el principio mismo de la Iglesia, están surgiendo contra ella en el orbe dos especies de adversarios, respectivamente dados a negar, de palabra y de obra, una de aquellas dos condiciones indispensables al libre ejercicio de su divina autoridad; y constantemente el procedimiento de esta deplorable tarea se ha fundado en una miserable tergiversación de palabras, que ha servido de pasaporte a una correspondiente perversión de ideas y conculcación de derechos.

Una España llena de mezquitas,
sueño de los liberales españoles desde el
siglo XIX, que exigía la previa separación
de la Iglesia y el Estado.
En efecto, del principio de unión entre las dos potestades, el cesarismo ha sacado la teoría y la práctica de confundirlas adjudicando al soberano civil los incomunicables derechos y las privativas atribuciones de la Iglesia; mientras, por opuesto lado, el Liberalismo ha sacado del principio de la distinción entre las mismas potestades la conclusión absurdísima de que deben coexistir totalmente separadas. A la teoría, y al sistema político-religioso que tiene por base esta conclusión, llamo yo Separatismo.

Los principios de este sistema son tan falsos como contradictoria es su última consecuencia, pues inevitablemente, más pronto o más tarde, según lo induce la razón y lo demuestra la historia, toda separación entre las dos potestades se termina en confusión, por el mismo procedimiento lógico que el liberalismo se termina inevitablemente, más pronto o más tarde, en cesarismo.

Mirado, efectivamente, en razón a sus principios, el separatismo no es menos opuesto á la naturaleza de la Iglesia que a la naturaleza del Estado, como lo es, y porque lo es a la naturaleza del hombre, y por consiguiente a la naturaleza de la sociedad. A la naturaleza del hombre es, en efecto, contrario que de cualquier modo se rompa la armonía entre la ley moral y los actos humanos, internos y externos, individuales o colectivos. Pero la ley moral es una palabra vacía de sentido en cuanto se deje de considerar al hombre como criatura, y por tanto dependiente de su Creador, que es el principio y el término de aquella ley; suponerle, pues, separado de la religion, equivale a romper ese su vínculo de dependencia, y por consiguiente a ponerle fuera de las condiciones naturales de su ser moral.—En cuanto criatura, el hombre es ser esencialmente limitado, y además, por el reato de la culpa original, es adventiciamente ser imperfecto: en cuanto ser limitado como criatura, y criatura inteligente y libre, debe por naturaleza sumisión explícita y constante a la voluntad de su creador, y por consiguiente, a todas las leyes que le ha dictado, o sea a todos los límites que le ha impuesto: truncar, pues, el vínculo de esa sumisión, es contradecir a las leyes de su naturaleza limitada. En cuanto ser adventiciamente imperfecto por el reato de la culpa original, ha menester el sobrenatural auxilio que tiene cabalmente por objeto reintegrar su naturaleza; y como quiera que sólo en la Iglesia y por la Iglesia católica pueda recibir ese auxilio, separarle de la Iglesia, equivale a impedirle que su naturaleza sea reintegrada.

Entre las leyes puestas por Dios al hombre, está la ineludible que le constituye en sociedad. Pero la sociedad no es otra cosa sino el hombre mismo, en cuanto se le considera como parte integrante de una muchedumbre ligada con vínculo de recíprocos derechos y deberes. Este vínculo cabalmente es el que hace de la sociedad un ser moral, sujeto por consiguiente a leyes morales, y en este concepto, unido naturalmente a Dios por el necesario vinculo de dependencia que con el legislador liga al sujeto y al objeto de la ley. Separar, pues, de la sociedad a Dios, equivale a romper ese vínculo, y por consiguiente a poner al compuesto social fuera de sus condiciones naturales.

Lo que el separatismo tiene de contrario a la naturaleza de la sociedad, eso mismo tiene a la naturaleza del Estado, que no es otra cosa sino la sociedad misma en cuanto se la considera constituida políticamente, o sea según el modo, indefinidamente vario, con que en cada tiempo y lugar estén determinadas las relaciones absolutamente necesarias entre la muchedumbre, materia ordenable, y la autoridad, principio ordenante del compuesto social. Sin duda en el establecimiento y proceso de esas relaciones hay algo contingente, y por tanto variable, que pertenece a la jurisdicción propia de la libertad humana, como en general le pertenece la elección de los medios varios y contingentes adecuados a los fines necesarios de la humana vida; pero hay también algo invariable, y lo son cabalmente estos fines, cuya necesidad misma constituye los limites naturales de aquella libertad. La suma de estos limites constituye el código absolutamente fundamental y eternamente invariable de todo Estado, como de toda sociedad, como de todo acto humano; y aun por esto la Política no es sino una de las partes de la ley moral, que abraza al hombre todo entero, es decir, en todas sus condiciones y relaciones. Separar, pues, al Estado de esta ley moral, es contradecir á su naturaleza propia; y evidentemente se le separa de esa ley cuando se le separa de Dios, que es principio y término de ella; y evidentemente se le separa de Dios cuando se le separa de la Religión, que es el vinculo del orden humano con el orden divino. Es así que en punto a religión, ni hay ni puede haber sino una sola verdadera, que no es otra sino la Iglesia de Jesucristo: luego el separatismo tiene de repugnante a la naturaleza del Estado, lo que a la naturaleza del hombre tiene de repugnante el separarle de la ley moral, y lo que a la ley moral tiene de repugnante el separarla de Dios, principio absolutamente primero, y término absolutamente final de ella.

¿Necesitaré decir ahora lo que el separatismo tiene de repugnante a la naturaleza de la Iglesia? ¿de la Iglesia, erigida por Dios, no ya sólo en custodio e intérprete de la ley moral, sino en tribunal perpetuo encargado de aplicarla a los hombres, y judicatura tan excelsamente suprema que lo que ella atare y desatare en la tierra, ha de ser atado o desatado en el cielo? La potestad, no sólo de enseñar, sino de obrar todo lo necesario para la salvación de los hombres, fue conferida por Jesucristo Dios á la Iglesia para que la ejerciese sobre el hombre todo entero, es decir, no sólo sobre el individuo, sino sobre todas las relaciones y condiciones de la vida humana. En efecto, el Dios fundador de la Iglesia, no impera únicamente sobre el hombre considerado como elemento constitutivo de toda sociedad, sino también sobre toda sociedad constituida por ese elemento. Dios es Dios, no sólo del individuo, sino de la familia, y del Estado, y de las naciones, y de las razas, porque es el supremo autor, conservador, redentor, salvador y juez de todo el humano linaje: por consiguiente, la Iglesia, investida por Jesucristo Dios de toda la potestad que al mismo Jesucristo fue dada así en la tierra como en el cielo (a); la Iglesia, enviada a los hombres por Jesucristo como Jesucristo lo fue por Dios Padre (b), posee divina potestad, no sólo sobre el individuo, sino también sobre la familia, sobre los Estados, sobre las naciones y sobre las razas, porque la posee sobre todo el género humano. La universalidad de esta misión tan augusta constituye la naturaleza de la Iglesia, que por eso cabalmente se llama y es CATÓLICA, es decir, UNIVERSAL: por virtud de esa misión, el Estado es tan súbdito de la Iglesia como lo es toda especie y todo grado de sociedad, como lo es la familia, como lo es el individuo. Por consiguiente, separar de la Iglesia el Estado, es tan repugnante a la naturaleza de la Iglesia como repugnante es a la naturaleza de toda autoridad separar de ella la muchedumbre respecto de la cual es principio ordenante; como lo es a la naturaleza de todo derecho, separar de él la materia sobre que se ejerce.

Como quiera, pues, que el Estado se separe de la Iglesia, queda por ende violado el fundamental principio del orden moral, consistente en el necesario vinculo que liga con Dios al hombre.

(a) Data est mihi omnis potestas in coelo et in terra. (Matth., XXVIII, 18.)
(b) Sicut misit me Pater, et ego mitto vos. (Joan. XX, 21.)


Gabino Tejado: El catolicismo liberal (1875), pp. 315-319

jueves, 11 de julio de 2019

Los conceptos de nación y de Estado en el pensamiento de Juan Vázquez de Mella

Discurso de Juan Vázquez de Mella en Santander (16/9/1916)

«El Carlismo no quiere destruir el Estado, sino reconstruir la sociedad, que es cosa distinta». Eso afirmó en 1971 el Centro de Estudios Históricos y Políticos General Zumalacárregui, dirigido por el profesor Francisco Elías de Tejada, en su obra más señera, ¿Qué es el Carlismo?. (1)

Con esta conclusión, la citada obra —que vio la luz en un momento de confusión en el campo de la Tradición a causa del Vaticano II y las innovaciones/traiciones doctrinales de la camarilla de Carlos Hugo— no hacía sino recoger el principio regionalista de autarquía de Juan Vázquez de Mella. Sin embargo, en el terreno económico Mella era favorable a un Estado intervencionista. Eso manifestó la Junta del Homenaje a Mella en 1928, con las siguientes palabras:

Cuando todos los partidos estaban sumergidos en la charca del individualismo económico, él, con recia voz, defendía el intervencionalismo del Estado, que ya no hay quien se atreva a rechazar, e insertaba en el programa de su partido las normas directrices de la Encíclica Rerum Novarum, faro para no estrellarse en los rompientes del intervencionalismo socialista. (2)

En relación al concepto de nación, tan ligado al de Estado, Vázquez de Mella decía que lo que constituye una nación es la unidad de creencias, y que solo existe una nación cuando se revela por una historia común y a la vez independiente de otras historias. (3) Por eso, el tribuno asturiano concluía que España es una nación y que, por ejemplo, Cataluña, a pesar de su acentuada personalidad, no lo es. (4) Para Mella, el Estado es cosa diferente, pues donde quiera que haya una soberanía política independiente, existe un Estado, pero no necesariamente ha de constituir una nación. (5) Desde los Reyes Católicos se afirmaría en nuestra patria el principio de la unidad del Estado, bien distinto, según Mella, del de la llamada «unidad constitucional». Principio éste que, por implicar una concentración de poder uniforme para todas las regiones, es opuesto al verdadero regionalismo, el cual, afirmando la unidad política, no admite la uniformidad legislativa. (6)

Acerca de los conceptos de nación y Estado, tan susceptibles a discusión y debate, el Verbo de la Tradición nos legó las siguientes líneas, que consideramos de gran interés:

El concepto de nación
Una nación no es una raza; las grandes razas abarcan continentes enteros, y las subrazas no están puras en ninguna parte, porque se ha mezclado la sangre de todas. No coinciden la lengua y la raza, según todos los filólogos modernos, y por los labios de una raza pueden pasar varias lenguas. No la constituyen los límites naturales, porque los ríos y las cordilleras pueden ser el marco, pero no son el cuadro. ¿Qué es lo que constituye una nación? Yo podría sobre esto disertar largamente, porque, aunque no terminado, tengo sobre ello escrito un libro; mas no quiero abrumaros con todas las doctrinas que hay sobre este punto; como aparte de las representaciones abstractas están siempre los hechos concretos, yo, acerca de esos hechos, he de reclamar vuestra atención y he de formular brevemente el concepto de la nación tal como yo lo entiendo, porque es base de este debate y de él nacen las diferencias que separan de los regionalistas de la Liga a los que afirmamos el principio de la unidad nacional. Este es el punto culminante.

¿Qué es la nación? ¿Cuáles son las relaciones de la región, del Estado y de la nación? ¿Cuáles son las tres nociones fundamentales? Hay dos maneras de tratar el concepto de nación: una abstracta, prescindiendo de los hechos, aunque descienda después a ellos; y otra la que se basa en los hechos concretos y visibles que son objeto de observación; y a ésa sí he de referirme, pues a esos hechos habrá que darles un nombre, y yo no discuto sobre los nombres, pero es fácil ponerse de acuerdo sobre ellos cuando los entendimientos, por la observación y la comparación, están de acuerdo acerca de los hechos. Yo entiendo, señores, que la nación, que no es ni la raza ni la lengua, ni la combinación de estos factores, aunque puede ser resultado de ellos, implica dos cosas: un principio que pudiéramos llamar psicológico, interno, y una nota externa, visible a todos, y que aparece de tal manera ante los ojos del observador no cegado por la pasión, que pronto puede ver por esa nota externa cuál es una nación y cuál no lo es. Hay un principio psicológico interno. La nación tiene, como los individuos, aunque en sentido diferente, un alma, un espíritu nacional. Donde no hay ese espíritu, no hay nación. ¿Cómo se forma? Es largo de explicar. Hay un fondo de ideas, de sentimientos, de aspiraciones fundamentales y de tradiciones que constituyen una nación y que se manifiestan en la nota de un carácter común que no excluye, antes bien los supone, variedad de caracteres subordinados. Cuando eso no existe, podrá haber la apariencia o el nombre de tal, pero no existe en realidad la nación. Aun aquellos que neguéis el principio religioso, aun aquellos que aborrezcáis la síntesis cristiana que ha cambiado la faz del mundo y dividido la Historia en dos hemisferios, no podréis negar esto: que allá, al otro lado del Calvario y de la Cruz, ha habido Estados, y congregaciones y federaciones de Estados; pero fuera del pueblo hebreo no ha habido ninguna nación, como no estuviese reducida a los límites, bien constreñidos, de la ciudad antigua.

Es necesario que en los comienzos, en el origen, por lo menos, haya una creencia común que funda los espíritus en un cierto decálogo y en un cierto símbolo, que impere sobre los entendimientos y sobre las voluntades y establezca una comunión espiritual que los congregue para que marchen unidos por la Historia. Pudiera suceder que esa unidad de creencias primitivas se hubiese mermado o se hubiese extinguido; pero no importa, que ella seguiría obrando por sus efectos trocados en causas, a semejanza de las estrellas de que hablan los astrónomos, que están moribundas o han muerto, y la luz que emitieron todavía llega a nuestras pupilas. Esa unidad de creencias aparece en los comienzos, en los orígenes, fundiendo las almas. Después, las combinaciones de las razas y las lenguas, el territorio y el tiempo llegan a constituir la nación cuando hay un carácter común general, que, por ser común y general, supone una variedad de caracteres, por encima de los cuales está el sello espiritual que a todos los distingue. Cuando además se revela por una historia general, por una historia común y a la vez independiente de otras historias, que es su nota externa, entonces la nación existe; cuando no hay esos caracteres, no existe la nación. 
Definición del Estado
El Estado es una cosa diferente. Una colección de emigrantes de diferentes creencias, de razas distintas, puede llegar un día en un buque náufrago a estrellarse en la costa de una isla desierta e inhospitalaria y erigir un Poder público e independiente, constituir un Estado; dondequiera que haya una soberanía política independiente existe un Estado, pero no constituirá una nación. Un Estado se puede constituir en una batalla, sobre una espada vencedora, cuando una provincia se destaca, o una colonia se emancipa; pero una nación, no; una nación no se improvisa. 
Es necesario en el cauce de la Historia que gentes, que pueden proceder de fuentes diversas, marchen juntas, y sólo después de haber filtrado su vida común al través de los siglos pueden adquirir las notas de un todo sucesivo e independiente. Fijaos bien en una nación cualquiera de las que así se llaman en la Europa moderna, y observaréis que su historia tiene trazos de conjunto general que constituyen una unidad, y que esa unidad puede subsistir, aun cuando se rompan los lazos que las unen, con influencias recibidas de otras naciones. 
España, por ejemplo, ha tenido influencias evidentes de Francia sobre nuestro territorio; de Inglaterra, de Italia, de todos los que han estado más próximos a ella. Francia influyó sobre nosotros en la Edad Media, hasta con la importancia que tuviera aquí el elemento cluniacense que alteró nuestra disciplina; con la ayuda, aunque momentánea, fugaz, que prestó a nuestra Reconquista, y por la que tuvo, ya en la plenitud de su poderío, en el siglo XVII; pero nosotros también hemos influído sobre Francia en las horas de nuestra grandeza, no sólo cuando Francisco I venía a Madrid y Farnesio iba a París, sino cuando nuestros oradores sagrados y nuestros místicos influían en los suyos, como lo revelan las famosas discusiones de Fenelón y Bossuet. Nosotros hemos influido sobre Inglaterra, tanto acaso, en los siglos de nuestra grandeza, como ella influyó sobre nuestros destinos; nosotros hemos recibido la influencia de Italia, que llegó a ejercer la soberanía sobre nuestro arte, que recibe a través de ella la influencia clásica, que después se asimila nuestro espíritu hasta señalarla con caracteres de originalidad nativa española; pero nosotros hemos ejercido durante más de tres siglos el dominio sobre el mediodía de Italia, y un siglo entero sobre el Milanesado; y nuestra influencia fué tal que durante algún tiempo parecía feudo nuestro; y si ella nos comunicó algo del espíritu del Renacimiento, nosotros le hemos comunicado el nuestro que moderaba la reacción pagana con la fuerza que desplegamos en el siglo XVI. 
Y suprimid la influencia que ejerció Alemania, como hoy está demostrado contra lo que se creía recientemente, en los orígenes de nuestras gestas y de nuestra épica, y veréis que nosotros, con nuestro teatro, que influyó en el suyo, y con la acción de nuestra política y de nuestros Tercios, hemos compensado la influencia que ella ejerció. De modo que Inglaterra, Francia, Italia, Alemania, han ejercido influencia sobre nosotros; pero, cercenada esa influencia y puesta en la balanza la que nosotros ejercimos sobre ellas, no se puede por menos de afirmar la existencia de ese todo que se llama España. 
Pero ¿sucede eso con las regiones de España, aun aquellas que tienen más acentuada su personalidad? No. Pocas tienen tanta como Cataluña; pero Cataluña, aunque os asombre y esto contradiga vuestros principios, no es nación. No es nación, porque no tiene todos aquellos caracteres de historia común, general e independiente y externa que se necesitan para serlo. 
La unidad de la Patria 
Yo no concibo la historia de Cataluña, sin la historia de Aragón; no concibo la historia de Aragón, sin la historia de Navarra; no concibo las dos, sin la historia de Castilla. Todas las naciones están separadas y aisladas, pero en el conjunto compensan la influencia recíproca de todas las demás naciones. No sucede esto con ninguna región de España; todas ellas juntas forman una personalidad histórica con caracteres admirables, profundamente vigorosa. (7)


Notas:

(1) Centro de Estudios Históricos y Políticos General Zumalacárregui, ¿Qué es el Carlismo?, Madrid, 1971 (edición digital), p. 81
(2) Obras completas de Juan Vázquez de Mella, tomo I, Madrid, 1928. Prólogo, p. XIII
(3) Obras completas de Juan Vázquez de Mella, tomo X, Madrid, 1932, p. 299.
(4) Ibid.: p. 303.
(5) Ibid.: p. 300.
(6) Obras completas de Juan Vázquez de Mella, tomo VII, Madrid, 1932, pp. 210-211.
(7) Obras completas de Juan Vázquez de Mella, tomo X, Madrid, 1932, pp. 296-303.

martes, 25 de junio de 2019

La visita del príncipe Don Jaime a Granada en 1894

Tal día como hoy, un 25 de junio del año 1894, el Príncipe Don Jaime, primogénito de S.M.C. Carlos VII que recorría de incógnito España, llegaba en tren a Granada procedente de Málaga. Así es como relató su acompañante, el guipuzcoano Tirso de Olazábal, la visita a nuestra ciudad del que años después se convertiría en el agusto caudillo de la Comunión Tradicionalista:

El príncipe Don Jaime, sentado en la fuente
del Patio de los Leones durante su visita a
Granada (julio de 1894)

Al acercarnos á Granada, y antes de llegar á la estación de Atarfe, divisamos la histórica Santa Fe, último Real contra el moro, y prueba esplendente de lo que puede la constancia y el entusiasmo por la causa de Dios.

La Santa Fe inició la Reconquista y al concluirse esa gloriosa epopeya se levantó la ciudad de Santa Fe.

La Virgen de las Angustias 

Al llegar á Granada, D. Jaime se hallaba muy desazonado. Molestábame, á mí, además, una fuerte jaqueca. Sin perder momento nos dirigimos al Hotel de Roma, situado en la Alhambra; este hotel es conocido, asimismo, con el nombre de Siete Suelos, que lleva una torre contigua á él.

Muy corto era el número de viajeros que se hospedaban allí aquel día, por cuyo motivo nos atendieron inmediatamente y poco después pudimos acostarnos. En esta habitación estuvo la Emperatriz Eugenia—oí decir al que nos acompañaba:—en esta otra vivió Fortuny—añadió poco después.

Bueno, bueno, mañana nos enteraremos—decía D. Jaime.

Mi jaqueca había tomado tales proporciones que yo no sabía ya por dónde andaba, contentándome con seguir, maquinalmente, al que marchaba por delante. Tal fué nuestra brillante entrada en la ciudad de Boabdil, en la poética Granada.

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En la estación de Granada nos anunciaron la muerte del Presidente Carnot; por cierto que nos costó dar crédito á la noticia.

Comprendo que los anarquistas odien de muerte á los Reyes, Emperadores ó Gobiernos, que luchan por librar á sus Estados de esa terrible plaga,— decía D. Jaime,—pero no se concibe que se ensañen contra el Jefe de una República, en la cual se concede al socialismo, hermano carnal del anarquismo, los honores de uno de tantos partidos militantes. 

Muy atinada me pareció esta observación, pero es lo cierto que los revolucionarios han seguido siempre esa táctica. ¿Quién ó quiénes fueron los que acribillaron á balazos en la calle del Turco el coche en que iba el general Prim? ¿Quién llevó al patíbulo á casi todos los fautores de la sangrienta revolución del 93? Los amigos de la víspera. La frase de Gambetta—ou couper la queue—encierra una gran enseñanza para los que en épocas turbulentas halagan y enardecen las pasiones de la canalla que les sirve de escalera. Suben ellos, pero la escalera queda en pie y por ella aspiran á subir otros muchos.

Pero dejémonos de filosofías; estamos en Granada, en la ciudad del Darro y del Genil, y todo evoca recuerdos de épocas gloriosas, de grandes hazañas acometidas por ilustres guerreros y cantadas por nuestros mejores poetas...

¿Quién no ha oído hablar del poema de Zorrilla?

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Merced á su posición elevada, á los arroyos cuyo constante murmullo mece á los huéspedes del Hotel y á los bosquecillos que á uno y otro lado de la carretera trepan por el angosto valle hasata la torre de Siete Suelos, no se hace sentir allí el calor.

Mi jaqueca no me dejó pensar en las angustias de Boabdil, ni en la poética ciudad que dormía á nuestros pies, bañada por la misteriosa claridad de la luna. En cuanto me acosté se apoderó de mí un sueño reparador.

Desgraciadamente no sucedió lo mismo á mi querido Príncipe. No es cierto, como ha dicho algún periódico, que saliera yo, á altas horas de la noche, á buscar un médico. Sabía Su Alteza que la víspera había pasado una tarde muy angustiosa, y no me llamó hasta la mañana siguiente, á pesar de lo molestadísimo que estuvo. Cuando le vi entrar en mi cuarto, pálido, descompuesto, quejándose de lo mucho que había padecido durante aquellas horas, dije al Príncipe que, teniendo que poner yo á cubierto una grandísima responsabilidad, le suplicaba me dejara ir, sin tardanza, á buscar un facultativo. Accedió S. A. á mi deseo y me dirigí á la próxima casa de un amigo mío muy querido, don Antonio Pérez Herrasti, hermano del Conde de Antillón y de la Marquesa de Flores-Dávila.

Eran poco más de las ocho de la mañana. El portero que se asomo á la cancela del patio y á quien pregunté si podía ver á su amo, me contesto: Voy á ver si puede recibir á usted. Pero en aquel momento oí la voz de mi amigo y le llamé. Corrió á abrirme, manifestándome su asombro y alegría de verme en Granada.

Escucha,—le dije,—luego hablaremos de otras cosas; por ahora lo que quiero es que me guíes á casa de vuestro médico, porque tengo un compañero de viaje que se ha puesto enfermo. 

Al oír estas palabras la mujer de mi amigo, doña Maravillas Barraute y Elío, á quien ocultaban las palmeras y flores del patio, exclamo:

—Ya sé yo quién es tu compañero. 

—¡Qué has de saberlo! 

—¿Quieres que te lo diga? 

—Sí. 

Acercóse entonces, y en voz baja pronunció:

—Don Jaime. 

—¿Qué motivos tienes para sospechar semejante cosa?—la dije admirado.

—Sabía el ardentísimo deseo de ver á España que tenia S. A., y por otra parte ¿quién sino él podía decirte que lo acompañaras á Granada en esta época del año, dejando á toda tu familia? 

Después de este diálogo, tuve que confesar á aquellos excelentes amigos, probados católicos y legitimistas, que, efectivamente, el enfermo era D. Jaime, pero recomendándoles guardaran la mayor reserva. Llego enseguida el médico,—D. Enrique Pérez Andrés— que examino detenidamente al Príncipe, y dijo que mediante un par de días de régimen, sin necesidad de potingues, desaparecería la irritación que tanta molestia le había causado. Observó rigurosa dieta todo aquel día y parte del inmediato. La medicación no pudo ser más sencilla, pues consistió en unos cuantos vasos de horchata de arroz.

Afortunadamente, el doctor dio de alta á S. A. al tercer día y empezamos á admirar las joyas de arte que encierra aquella encantadora ciudad.

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No se equivoco el médico; lo que D. Jaime tenía era una fuerte irritación, que empezó á ceder desde el momento en que, siguiendo las prescripciones facultativas, dejo de tomar bismuto, crema de bismuto, láudano, etc., etc., y se contento con beber agua de arroz en pequeñas dosis, pero á cortos intervalos.

Día y medio estuvo el Príncipe sin comer absolutamente nada; juzgó entonces el médico que S. A. podía empezar á tomar alimentos sólidos y fué tan rápida la convalecencia que el 1.° de Julio le dió de alta.

No llegó aquel á sospechar, ni remotamente, quién era el enfermo.

—¿Cómo va, pollo?—decía todos los días al entrar en la habitación de don Jaime.

—¿Es usted casado o soltero?—preguntó al Príncipe el primer día que le vió.

Con toda mi alma dí gracias á Dios y á Nuestra Señora de las Angustias, á quien encomendé las mías, porque el peligro de complicaciones había desaparecido.

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Libre ya de tan terrible preocupación salí del Hotel, muy de mañana, dejando al Príncipe profundamente dormido, con ánimo de recorrer las inmediaciones de la Alhambra.

Los que nunca llegaron á la ciudad del Darro, se imaginan, que la Alhambra era sólo un soberbio palacio, morada de aquellos poderosos reyes cuya expulsión costo tanta sangre cristiana; pero la Alhambra era más que un palacio, era, como la Alcazaba, un gran recinto fortificado y situado, como ella dentro de la ciudad.

El muro exterior de esta, flanqueado de mil torres, era sumamente extenso y tan sólidamente construido que aún se ven sus restos á larga distancia de la población.

Tenía la Alhambra varias puertas; la de las Granadas, que aún se conserva en buen estado, es la que conduce directamente al Hotel de Roma.

Me dirigí á lo alto de la colina para disfrutar el magnífico panorama de la vega, una de las más fértiles y hermosas de Andalucía. Toda ella está cubierta de viñas, moreras, olivos, naranjos y limoneros, y regada por una infinidad de fuentes y canales. En la parte culminante de la colina hay ahora una escuela. Es uno de los puntos de vista más admirables que conozco, desde allí parece la vega una inmensa alfombra que se extiende hasta las primeras estribaciones de Sierra Nevada. Esta celebrada sierra, la más elevada de la Península, recibe su nombre de las nieves y hielos que perpetuamente coronan sus cimas. Sierra Nevada es el abanico de Granada. Cuando el sol abrasa la llanura, sus brisas, perfumadas por las flores de la vega, convierten á la ciudad, y muy particularmente á la Alhambra, en un verdadero oasis.

Largo rato admiré aquel incomparable cuadro; luego, por un estrecho barranco, bajé á campo traviesa, para volver á subir á las torres Bermejas y al Hotel.

Hallé á D. Jaime muy animado y dispuesto á salir, por lo que poco después bajábamos ambos en coche á la población y nuestra primera visita fué á la parroquia de las Angustias, situada en la carrera del Genil y en donde se venera á la Patrona de los granadinos.

Es un edificio gracioso con dos torres y de mucho gusto.

Son tantos los gloriosos recuerdos que traen á la memoria los preciosos monumentos que aún quedan en pie que no intentaré siquiera hacer de ellos una ligera reseña.

La Alhambra descuella entre todos, por su magnitud, por su elegancia, y por su estado de conservación.

Por la cuesta de Gomeles bajó don Jaime á la playa de donde arranca el paseo del Darro, uno de los más frescos y deliciosos de Granada. Sus contornos ofrecen admirables perspectivas; allí están situados aquellos pintorescos Cármenes, cuyos jardines llegan hasta el río. (1) Su aspecto risueño contrasta, por cierto, con las severas torres de la Alhambra y los vetustos muros del recinto, que sirven de fondo al paisaje. A poca distancia está la encañada por donde sube el camino de los muertos. El Generalife y el Sacro-Monte decoran las dos colinas que se extienden á la mano izquierda de la encañada.

Recorrió el Príncipe la célebre plaza de Bib-Rambla, teatro de las justas y torneos de los caballeros musulmanes, zegríes y abencerrages, y fué á ver el monumento que Granada ha dedicado á Colón.

Muchos son los que se han elevado estos últimos años para perpetuar la gloria de aquel insigne marino, pero dudo que ninguno de ellos aventaje á éste en gracia y elegancia.

Situada en un precioso sillón gótico recibe la Reina de manos de Colón un plano que cae graciosamente desde sus rodillas, revasando el coronamiento del pedestal en que descansa el precioso grupo de bronce.

S. A. se detuvo largo rato á examinarlo y lo pondero muchísimo.


(1) En uno de estos deliciosos Cármenes—quintas, casas de campo, fincas de recreo, torres, cigarrales ó villas—tal vez en la mejor, los Mártires, propiedad del malogrado General nuestro Carlos Calderón (q. e. p. d.) se hospedó el gran Zorrilla cuando la fiesta de su coronación. Coronó al insigne poeta, el hijo de otro poeta no menos insigne, y poeta también él, el actual Duque de Rivas, enviado especialmente para ese objeto por la Augusta Señora que ocupa el Trono del Rey.

En este Carmen, ó hacienda de Calderón, se conserva un cedro del Líbano, plantado por S. Juan de la Cruz.

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Granada debía ser ciudad importante al empezar la era cristiana, puesto que la fundación de su silla episcopal remonta á la época en que los Apóstoles empezaron á predicar la doctrina del Evangelio. Por eso, sin duda, se llama apostólica su Iglesia.

La Catedral se empezó el 15 de Marzo de 1529; se inauguro, sin estar concluida el 17 de Agosto de 1570; se terminó en 1639.

Diego de Siloe, el restaurador de la arquitectura greco-romana en España, fué quien hizo los planos de este soberbio monumento y comenzó á levantarle, sucediéndole su discípulo Maeda y á éste Juan de Orea.

Hay en él magníficas pinturas de Casco, de Bocanegra y otros artistas andaluces, un grupo de la Caridad, obra del célebre escultor florentino Pedro Torrigiano y otras mil maravillas.

La Catedral tiene anejo otro templo, que llaman El Sagrario, construido en el sitio que ocupaba la gran mezquita de los moros; allí fué donde Hernán Pérez de Pulgar, el de las Hazañas, clavó con su daga el «Ave María.»

Aquel héroe está enterrado en un pasadizo obscuro que llaman capilla del Pulgar.

En el sitio que hoy ocupa este papasadizo estaba la puerta de la mezquita.

Los sepulcros de los Reyes Católicos, D. Fernando y Doña Isabel, son otras de las maravillas que encierra la Catedral; aunque no tan notables, son también magníficos los sepulcros de Doña Juana y Don Felipe el Hermoso.

En la Iglesia de San Juan de Dios vimos el templete en que se conservan los restos de aquel gran Santo; por cierto que acababan de encontrarse doce preciosas estatuas, de plata repujada, que representan los doce apostóles y constituyen el adorno principal de la base sobre la cual descansa el templete.

Los frailes ocultaron estas estatuas para librarlas del saqueo y no se sabía á punto fijo do'nde estaban. En esta misma Iglesia hay una de las obras más admirables de Alonso Cano; una cabeza de San Juan Bautista.

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Pero volvamos á la Alhambra que es el monumento que más llamó la atención del Príncipe. Cuentan que su construcción duró cien años.

La Alhambra debía presentar por fuera un carácter de fuerza y una apariencia guerrera; por dentro todo estaba ideado para el reposo, la molicie y el placer.

Don Jaime recorrió aquellos patios embalsamados, aquellos ligeros pórticos, cuyos calados arabescos descansan sobre preciosas columnas de mármol, y miraba después las altísimas murallas del recinto, guarnecidas de amenazadoras almenas y flanqueadas de formidables torres.

¡Qué contraste! ¡Cuan poco fiaban aquellos poderosos monarcas en el amor de sus pueblos! ¡Cuánta zozobra debían causarles las constantes revueltas que agitaban á la ciudad!

Bajó D. Jaime maravillado de lo que había visto durante su visita á aquel encantado palacio.

¿No podríamos retratarnos en una de estas torres? preguntó el Príncipe.

Eran las cinco y media de la tarde y acostumbrado á la pálida luz de nuestras montañas, contesté á Su Alteza que me parecía demasiado tarde; uno de los dos fotógrafos que constantemente trabajan en la Alhambra, se encargó de probar lo contrario.

Aquella noche comió D. Jaime en casa de los señores de Pérez Herrasti y con ellos fué luego á un teatro de verano en que representaba una compañía de zarzuela, no del todo mala; por cierto que el Gobernador Civil vino á colocarse cabalmente frente al palco que ocupábamos y D. Jaime contestó al cortés saludo que el gobernador dirigió á los dueños del palco y á les que con ellos íbamos.


Olazábal, Tirso (1895): Don Jaime en España, pp. 132-146

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