Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón

Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón leal a S.A.R. el Duque de Aranjuez Don Sixto Enrique de Borbón y al ideario católico-monárquico.
DIOS-PATRIA-REY
Animamos a nuestros lectores a publicar comentarios, siempre que lo hagan desde el respeto a nuestra Santa Causa, al Abanderado de la Comunión Tradicionalista, a su Secretaría Política y a la dinastía legítima. Se borrará todo comentario irrespetuoso, derrotista o que no guarde relación alguna con nuestras publicaciones.

viernes, 4 de octubre de 2019

Luis Villanova Ratazzi, el granadino Jefe del Tercio de Navarra y mártir de la Tradición

Fotografía de Luis Villanova Ratazzi
como alumno de Caballería
(imagen tomada de la BNE)
Luis Villanova Ratazzi era natural de Gójar, donde su familia era propietaria de la mayor parte del término municipal, aunque en Gabia también tenía importantes propiedades: Montevive, San Saturnino, Pedro Verde y gran parte de Gabia Chica.

Militar de carrera, en el Ejército Español llegó a ostentar el grado de Comandante de Caballería.

Se afilió a la Comunión Tradicionalista durante la Segunda República y al estallar la Cruzada de Liberación fue Jefe del Tercio de Requetés de Navarra.

El Comandante Villanova, amigo personal del augusto Abanderado de la Comunión Tradicionalista en aquel momento, Don Francisco Javier de Borbón Parma, acogió de incógnito, por petición de Don Javier, al hermano de éste, Don Cayetano, como un combatiente requeté más en el Tercio de Navarra.

Luis Villanova Ratazzi fue herido por un francotirador el septiembre de 1937 en tierras asturianas y entregó su vida por Dios y por España tal día como hoy, 4 de octubre, en el Hospital Valdecilla, donde había sido trasladado.

El pleno del Ayuntamiento de Gabia Grande, reunido el día 30 de noviembre de 1937, acordó lo siguiente:

«la celebración de un funeral en sufragio del heroico Comandante de Caballería, Jefe del Tercio de Navarra D. Luis Villanova Ratazzi, que dio su vida por Dios y por la Patria, en el frente de Asturias el día 4 del pasado mes de Octubre, cuyo funeral era patrocinado por el Ayuntamiento. También se acuerda colocar una lápida conmemorativa en la fachada de la casa de su propiedad, donde se crió y vivió, dando su nombre a la calle donde está situada» (*)

Su cuerpo recibió cristiana sepultura en el Cementerio de Gójar, de donde era natural su familia.

El Coronel Emilio Herrera, integrante del Tercio de Navarra, cuenta la siguiente historia cuyo protagonista es el Comandante Villanova:

«Se produce una escena que parece arrancada de las páginas del Romancero: un hombre de mediana edad y aspecto distinguido, pálido y macilento, que acaba de surgir del escondite en el que ha pasado los trece largos meses de dominación roja, se dirige al comandante Villanova, le saluda ceremoniosamente y le agradece con sentidas frases el haber liberado para España la ciudad de Garcilaso; luego toma de la rienda a la yegua del comandante y marcha llevándola a la antigua usanza. Las gentes lloran de alegría y al romper filas los requetés se ven rodeados, besados, apretujados y agasajados por los cientos de hombres, mujeres y niños, que los obsequian con vino, sidra, leche condensada; con lo único que tienen».

Y con motivo de su muerte, el Coronel Herrera le dedica las siguientes palabras:

«Bravo entre los bravos, leal entre los leales, cristiano de rancia estirpe, español
a lo siglo de oro, carlista por convicción y sentimiento, caballero por la nobleza de
su sangre y más aún por su alma prócer, capitán valerosísimo y prudente; sobre
todo, padre con sus requetés a los que amaba con cariño tal y de los que era correspondido con adhesión entrañable...»

(*) Los revanchistas izquierdistas renombraron esta calle como «Calle Molino».

Véase: Izquierdo Rodríguez, Manuel (2012): Historias desenterradas - Las Gabias, 1936, pp. 216-217; Romero Raizábal, Ignacio (1966): El príncipe requeté, pp. 47-48.

viernes, 27 de septiembre de 2019

La imprenta de «La Esperanza», una fuente de conocimiento en la España del siglo XIX

El diario monárquico (carlista) La Esperanza (1844-1874) fue uno de los periódicos españoles más populares y leídos de su época. En su imprenta, a cargo del murciano Antonio Pérez Dubrull y situada en Madrid primero en la calle de Valverde, núm. 6, y luego en la calle del Pez, núm. 6, se editaron, además del periódico, numerosos libros que sirvieron para instruir a sus lectores y reforzar sus convicciones católico-monárquicas. Las siguientes obras, traducidas al castellano por la redacción del periódico, fueron incluidas en la llamada «Biblioteca de La Esperanza»:

* Historia evangélica, confirmada por la judaica y la romana (1852), en dos tomos, del P. Paul Pezron;
*​ Lord Palmerston, la Inglaterra y el Continente (1852), por el conde de Ficquelmont;
* El libro de los Reyes (1852),​ Genio de la monarquía (1852),​ República y monarquía (1852)​ y Derecho hereditario del poder (1852), por Alexandre Weill;
* Economía política cristiana (1852-1853), en cinco tomos, por el vizconde Alban de Villeneuve-Bargemont;

La Biblioteca de la Esperanza también anunció su intención de editar la obra Del Protestantismo y de todas las herejías en su relacion con el socialismo (1853), por Auguste Nicolas, si bien solo nos consta la edición que se hizo de la misma en Barcelona en la imprenta de Pablo Riera.


En la imprenta de A. Pérez Dubrull se publicaron asimismo libros como La realidad de la vida (1858), por Matilde Froment; Coleccion de los artículos de La Esperanza sobre la historia del reinado de Carlos III en España (1858), por Antonio Ferrer del Río; El perfume de Roma (1862), por Louis Veuillot; Vidas de los Mártires del Japon (1862), por Eustaquio María de Nenclares;​ La Revolucion (1863), por Monseñor Segur;​ Conferencias del Rdo. P. Félix, en la Santa Iglesia Metropolitana de Nuestra Señora de París durante la Cuaresma de 1866; El Paladín de Cristo (1865), por José Gras y Granollers;​ La dolorosa Pasion de N. S. Jesucristo, según las meditaciones de Sor Ana Catalina Emmerich (1865);​ o Advocaciones, virtudes y misterios de María Santísima (1866), por el presbítero Felipe Velázquez y Arroyo.​

Otras de las obras impresas en la imprenta de La Esperanza serían de carácter más marcadamente carlista, especialmente durante el Sexenio Revolucionario, como Tres escritos políticos de Pedro de la Hoz publicados en 1844 (1855);​ Biografía de D. Pedro de la Hoz (1866), por José María Carulla;​ La solución española en el Rey y en la Ley (1868) y Las apariencias y la realidad de la fusión dinástica (1869),​ por Antonio Juan de Vildósola; Peticion dirigida a las Cortes Constituyentes en favor de la unidad católica de España (1869), por la Junta Superior de la Asociación de Católicos de España;​ La cuestion dinástica (1869), por Fray Magín Ferrer; Los liberales sin máscara (1869), por Valentín Gómez;​ El Romancero español de Cárlos VII (1869) y El Romancero español de la Reina Margarita (1870).

El diario vendía además en su Administración obras de contenido histórico carlista, como Vida y hechos de Don Tomás Zumalacárregui (1845), por Juan Antonio de Zaratiegui;​ Recuerdos histórico-político-legales sobre la autoridad de los Reyes y Cortes de España, conforme a sus antiguas leyes fundamentales (1845), por el monárquico T. M.; o Historia de la emigracion carlista (1846), por Rafael González de la Cruz.

La imprenta de La Esperanza editó también otras publicaciones periódicas, como La España teatral (1856), el Semanario de los devotos de María (1865-1870) o la revista hispano-americana Altar y Trono (1869-1872).

jueves, 19 de septiembre de 2019

La buena “escuela de Austria”: el abate Sebastian Brunner, enemigo del liberalismo y del judaísmo

Como es sabido, en la vertiente económica del liberalismo hay una corriente de pensamiento de origen decimonónico, rayana en el anarquismo y promotora de la usura, que recibe el nombre de Escuela Austriaca, de la que son exponentes personajes como Carl Menger (agnóstico filojudío), Ludwig von Mises (aristócrata judío), Friedrich von Hayek (agnóstico) y Murray Rothbard (ateo de origen judío). Sobrado es decir que ningún interés puede tener esta escuela para un tradicionalista o para cualquier católico en general.

Sin embargo, en política también ha existido lo que podríamos llamar “la buena escuela de Austria”, escuela de pensadores, políticos y caudillos caracterizada por su defensa de la fe católica y la tradición, de la que son exponentes, por ejemplo, el emperador Fernando II de Habsburgo, el caudillo tirolés Andreas Hofer, el príncipe Metternich, el canciller Dolfuss o el abate Brunner, de quien hablaremos hoy.

Sebastian Brunner (Viena, 1814-1893)

La Austria de mediados del siglo XIX, víctima de la secularización iniciada un siglo antes por el “ilustrado” y regalista emperador José II, lidiaba con diferentes enemigos que amenazaban su propia existencia: los diversos nacionalismos, el protestantismo, la masonería y muy especialmente el judaísmo. Este último fue uno de los principales promotores de la revolución de 1848, que a punto estuvo de dar al traste con todo y que fue la que introdujo en aquel país la funesta libertad de prensa (esto es, la libertad para calumniar y difamar), de la que tanto provecho sacarían judíos y liberales para atacar a la odiada fe católica y a sus nobles defensores.

Pero hubo también por aquel entonces en Viena un poderoso agitador, un gran poeta satírico, un valiente e incorruptible periodista, fundador del periodismo católico vienés, enemigo jurado del josefismo y del judaísmo, sacerdote integérrimo a quien un día se llamó martillo de los obispos, y lo fue efectivamente de todos aquellos menguados prelados, víctimas del josefismo y atados al carro triunfal de la impiedad circuncisa e incircuncisa; un hombre providencial, como lo llamó uno de sus biógrafos, elegido por Dios para librar al Austria de la herejía josefista y preparar los caminos de un renacimiento católico verdadero. Este hombre se llamó en vida Sebastian Brunner.

En España se conoció la figura de Brunner especialmente a raíz de la publicación de la obra Judíos y católicos en Austria-Hungría (1896) —cuya lectura recomentamos vivamente— por el presbítero alsaciano Alphonse Kannengieser, (*) quien basándose en las propias memorias del abate Brunner, recogió algunos de los más salientes episodios de su vida que la retratan admirablemente, dando idea de sus luchas periodísticas contra judíos y burócratas josefistas.

En 1847, un vicario de los arrabales de Viena se presentó a su prelado pidiéndole autorización para fundar un periódico católico. Debía haber madurado su propósito el joven sacerdote, porque lo explicó con una sinceridad y una elocuencia tales, que el arzobispo de Viena se hubiera conmovido si fuera capaz de conmoverse: pintó con vivos colores la terrible campaña que los libre-pensadores habían emprendido contra la Religión, y la impotencia a que se veían reducidos los verdaderos creyentes por no poder salir a la defensa de la verdad ultrajada.

—Los ataques —acabó diciendo el joven sacerdote— se multiplican de día en día y en todas formas, y es preciso un periódico católico para contestar a esos ataques y concertar y unir a los defensores de la verdad.

El prelado, hombre dulce y melifluo, como su nombre —se llamaba Milde— escuchó con amable sonrisa el discurso del joven escritor, y dejó caer estas palabras:

—Consiento en que Vd. publique el periódico con la condición de que me envíe antes todos los originales que ha de publicar de aquí a tres años. 

Ante esta salida de tono el futuro periodista —que no era otro que Sebastian Brunner— se retiró sin insistir naturalmente en su pretensión, y bien convencido de que Dios que le inspiraba el propósito quería que lo realizase sin necesidad de consultar con el prelado, del cual monseñor hay que recordar que era meloso en todas las manifestaciones de su vida, porque hablando de Su Santidad decía cariñosamente: «mi querido compañero, el obispo de Roma». ¡Así hablaban los obispos austríacos sesenta años después de la muerte de José II!

Ya entonces era conocido Brunner por su ultramontanismo, pecado gravísimo en la corte de Austria, encima del cual tenia nuestro sacerdote otros dos más: una independencia de carácter encantadora y un amor por la verdad extremado.

Un día, con ocasión de la ordenación de varios compañeros, Brunner fue invitado a comer con ellos y con otros sacerdotes amigos suyos. Entre los invitados había un secretario de gobierno del ministerio de Cultos que hizo un acabado elogio de la teología (racionalista) de Herder, la cual, dijo, es la única teología posible en nuestros tiempos, acabando por hacer una profesión de fe completamente anti-cristiana.

Los muchos sacerdotes que oyeron al secretario permanecieron callados, habituados como estaban a inclinarse ante los burócratas; hasta que convencido Brunner de que nadie salía a la defensa de la buena doctrina, tomó la palabra y tronó contra el odioso sistema que había convertido la Iglesia de Dios en esclava de gentes ignorantes o impías; y una de dos, acabó diciendo:

—O este sistema acabará con la Iglesia en Austria, o es preciso que la Iglesia luche contra este sistema hasta exterminarlo.

El secretario quedó sorprendido de tan inusitado atrevimiento, y tomando aires de protector, dijo a Brunner que estaba en vísperas de ordenarse y estudiaba aún en el Seminario:

—Con esas ideas, hijo mío, no hará Vd. carrera, ¡y es lástima! porque tiene Vd. trazas de muchacho listo.  
—Señor mío, si yo hubiera querido hacer carrera hubiera elegido otra: en el estado eclesiástico donde hay necesidad hoy por hoy de estar supeditado a gentes ante las cuales yo no callaré jamás, es preciso tener el valor de no pensar en eso, sacrificando a Dios los años de esta miserable vida.

¡Magníficas palabras que le valieron la guerra sin cuartel que desde entonces le declaró la burocracia josefista!
Primer número del Wiener Kirchenzeitung
(15 de abril de 1848) 

El gran obispo de Maguncia Ketteler dijo una vez, y la frase hizo fortuna, que si San Pablo resucitara, sería periodista. Brunner conocía toda la importancia y necesidad del periodismo católico, y fundó el primer periódico católico de Viena, Wiener Kirchenzeitung, cuyo primer número apareció el 15 de Abril de 1848. El artículo-programa, terrible y acerada crítica de las reformas de José II y protesta viva, por lo tanto, contra la situación en que entonces se encontraba la Iglesia católica en Austria, era una maravilla por su fondo y por su forma. Después de hacer hincapié en las desdichadas reformas civiles del emperador-sacristán que había destruido la antigua organización social cristiana aniquilando las corporaciones, matando las libertadas municipales, destruyendo los gremios y oficios, el autor pintaba con vivos colores la influencia de estos trastornos en el orden religioso.

«El Estado no quiere que la Iglesia sea independiente; Sion no debe ser su propio defensor y ha creado para vigilar sobre ella un coloso semejante al que vio en sueños Nabucodonosor, y que formado de materiales diferentes, era asaz frágil. La cabeza de la estatua que vio el rey de Babilonia era de oro, su pecho y brazos de plata, su vientre y costados de bronce, sus piernas de hierro y sus pies de arcilla. Una piedrecita baja de la montaña, hiere los pies de la estatua y la derrumba... ¿La piedra temible lanzada por una mano misteriosa, respetará al coloso de la burocracia? Este gigante de papel se levanta terrible amenazando a la Iglesia. Su cabeza es un inmenso tintero, sus cabellos son las plumas, sus manos y sus pies los rollos de papel, su cuerpo una masa informe de legajos, sus nervios el engrudo y sus ojos están llenos de arena, por lo cual no puede descubrir lo porvenir. Este coloso se nutre de cuentos y chismes, no respira otro aire que el favor de los príncipes, gobierna por medio de decretos y sólo a una cosa teme: al espíritu vigilante de Sion, al león vigilante de Judá. Y nada más natural que este coloso se felicite de ver a Sion dormido y favorezca su sueño: es más fácil sujetar al que duerme que al que vigila. ¿Qué de extraño tiene que se felicite de tener aprisionado al león de Judá? De esta manera puede más fácilmente tenerle atado a sus cadenas de papel y envolverlo entre los hilos de sus rúbricas». 

Fue maravilloso el efecto del Kirchenzeitung: los burócratas estaban consternados; los oficiales de la curia eclesiástica que creían haber encerrado el Espíritu Santo entre las hojas de sus registros; los guardas jurados con sobrepelliz que vigilaban la iglesia oficial con sus bandas de plata y sus flores de papel y zinc; todas las almas serviles que jamás entendieron ni toleraron una palabra libre, parecían acometidos de ataques de epilepsia cuando leían el periódico de Brunner. Por el contrario, los obispos y clérigos de corazón verdaderamente sacerdotal le acogieron con demostraciones de entusiasmo. «No todo estaba perdido; porque en medio del anonadamiento de la Iglesia de Cristo, surgía un defensor de la verdad al rededor del cual podían agruparse los buenos».

Entonces comenzó en Austria la verdadera reacción católica. El Kirchenzeitung se ganó las simpatías de todas las almas nobles, y si algunos timoratos acusaron a Brunner de emplear un lenguaje vivo y peligroso; si algunos descontentos le reprocharon su excesivo celo, la mayoría estuvo del lado del valiente escritor.

El josefismo había acarreado un espantoso descrédito sobre las personas y cosas eclesiásticas, y la causa de la Iglesia era antipática en Austria; pero Brunner cuidó de separar el josefismo del Catolicismo, presentando al primero como una odiosa caricatura de la verdadera Iglesia y entonces el pueblo vienés volvió a respetar y amar la Religión del Crucificado.

Pero sería una candidez creer que la burocracia josefista, convicta de falsedad, dejaba el campo libre a Brunner, y se rendía ante la verdad de sus razones, que eran la doctrina y el espíritu de la Iglesia católica. La revolución había estallado en Austria, y el comité de salud pública regía los destinos de Viena.

El arzobispo se había visto obligado a salir de la capital, y en su ausencia gobernaba la diócesis su vicario general y obispo auxiliar monseñor Politzer, el cual se entendía admirablemente con los revolucionarios, como antes se había entendido con sus enemigos. ¡Jamás le remordió la conciencia de haber tenido idea ni iniciativa propia! ¡Siempre había obedecido como un soldado las órdenes de sus legítimos superiores los ministros burócratas!

El comité de salud pública no podía sufrir la actividad apostólica que buena parte del clero inspirado por Brunner desplegaba en Viena, y fue con las quejas a monseñor Politzer. El obispo auxiliar cedió, como de costumbre, a sus deseos, y dirigió una circular conminatoria al clero vienes que materialmente ataba sus manos. Brunner se vio colocado entre la espada y la pared, porque aceptar sin protesta la circular del obispo equivalía —dice Kannengieser— a un suicidio moral, y tronar contra ella, era exponerse a las iras de sus superiores eclesiásticos. Brunner, después de encomendar el asunto a Dios y meditar concienzudamente cuál era su deber en aquellas circunstancias, entró abiertamente en lucha con monseñor Politzer, y en un hermoso artículo reivindicó noblemente para los sacerdotes la libertad de predicar y de obrar.

«No atacaremos a las personas sino al sistema —decía entre otras cosas el articulista—. Sabemos de buena tinta que recientemente un obispo austriaco te ha dirigido al ministro pidiéndole instrucciones acerca de la admisión de seminaristas. ¡Pobre ministro! ¡Pobre obispo! y sobre todo ¡pobre Iglesia! En Rusia parecida sumisión al cesaropapismo, merecería la cruz de Estanislao de primera clase con diamantes; entre nosotros esta manera de obediencia... merece tan solo que se saque a la pública vergüenza». 

Quince días después de publicar este artículo Brunner fue citado ante el tribunal del vicario general, que era a un mismo tiempo juez y parte. El obispo, que ardía en deseos de venganza, comenzó por las preguntas sacramentales.

—¿Quién es Vd.? 
—¿Cómo se llama Vd.?

A principios de siglo, un ilustre sacerdote que la Iglesia ha colocado en los altares, el Santo Presbítero Clemente Hofbaner, se encontró en las mismas circunstancias que Brunner. Los jueces burócratas comenzaron también pidiéndole su nombre y profesión como a un ladrón vulgar, y el Santo contesto con angelical dulzura:

—Es cosa sabida por todos en Viena que yo soy sacerdote católico.

Esta respuesta le valió una terrible reprimenda de parte de los jueces canónigos, en vista de lo cual el Santo, a quien acusaban de no sé qué desobediencia, respondió inclinándose:

—Aquí no tengo yo nada que hacer, y he resuelto marcharme.

Y se marchó.

Brunner no juzgó oportuno marcharse, y contestó a las palabras de rúbrica:

—Yo soy redactor del Kirchenzeitung
—No —le replicó el vicario general—. Usted es vicario de la parroquia de Altlerchenfeld. 
—Indudablemente; pero no como vicario, sino como periodista católico, me encuentro ahora ante este tribunal.

La sesión fue larga y borrascosa.

Brunner, con una lógica abrumadora, demostró todo lo que el proceder del vicario apostólico tenía de incorrecto y atentatorio al derecho eclesiástico; y Monseñor Pelitzer, que no estaba acostumbrado a tratar sino con pobres diablos que temblaban de miedo en su presencia, se desconcertó ante la firmeza y serenidad de Brunner y juzgó oportuno sobreseer, y el periodista ganó la causa.

¡Todavía la verdad imponía respeto hasta a sus más aterribles enemigos! pero no siempre Brunner fue tan afortunado en sus luchas con los burócratas, que de día en día se mostraban más fieros, y se resolvían desesperadamente contra los defensores de la libertad de la Iglesia.

Es imposible seguir paso a paso las campañas de Brunner: baste saber a este propósito que fue el instrumento elegido por Dios para derrocar aquel monstruo de cien cabezas, ante el cual el mismo Juliano el apóstata no hubiese tenido más remedio que declararse un niño de teta.

Algunos años después el josefismo se batía en retirada; pero todavía subsistía el antiguo personal de prelados con sus hábitos de servil obediencia. Brunner, cuando creyó llegado el caso, habló de esta situación con un gran respeto, pero también con gran libertad apostólica.

«Es una gran ventaja para un ministro, escribía el 15 de diciembre de 1849, el tener el derecho de nombrar los obispos: puede entonces hacer con la Iglesia lo que quiera teniendo a esos señores bajo su servidumbre; no tiene que temer incidentes desagradables en las diócesis; todo marcha a medida de su deseo y de sus caprichos, y en ninguna parte verá estrechamente unidos a los obispos y al clero, lo cual es un punto muy esencial, pues un obispo y un sacerdote que van de la mano, son cosa muy peligrosa». 
«Sin contar con que su vanidad —la del ministro— se halle dulcemente halagada cuando ve a sus pies a humildes sacerdotes que bajan los ojos; porque saben que en el gabinete ministerial hay mitras a granel, artículo por cierto muy solicitado».

Y acababa el artículo diciendo: «El ministro se dice, con razón: nosotros dispensamos las prebendas, y las damos tan sólo a quien nos ha servido fielmente. A todos aquellos que sean demasiado ultramontanos se les dejará morir de hambre en algún rincón ignorado, donde podrán reflexionar en su estupidez y servir de enseñanza a los imbéciles que tengan gana de imitarles».

Durante el año 1856, el Episcopado austriaco se encontraba reunido en Viena. Dos Prelados propusieron conceder pública y colectivamente una distinción al Abate Brunner por los inmensos servicios que había prestado a la Iglesia católica. Una gran parte de la Asamblea se adhirió al pensamiento, cuando un obispo muy conocido puso fin al debate, diciendo:

—¡Es un rebelde! 

Fue el grito de espasmo de la agonía josefista.

Veinte años más tarde la batalla contra el josefismo estaba ganada, y Brunner contaba entre sus entusiastas admiradores a casi todos los obispos de Austria.

El 26 de diciembre de 1893 fallecía el abate Brunner. Cuando se difundió la noticia de su muerte, todos los periódicos austriacos le dedicaron largos artículos; unos poniéndole sobre los cuernos de la luna, otros abatiéndole hasta los profundos abismos. Y no sólo la prensa austriaca, sino la alemana, se asoció también a aquellas manifestaciones, tomando partido en favor o en contra del difunto, y presentándole o como un héroe y un santo, o como un calumniador y un revolucionario que se pasó la vida rebelándose contra sus superiores, y encendiendo la tea de la discordia en Austria para debilitar y matar a su patria.

El día de los funerales se vio a una muchedumbre de todas edades y condiciones acompañando el cadáver del pobre viejo, formando entre ella cardenales, obispos, sacerdotes, hombres políticos, nobles y comerciantes, y gran número de gentes del pueblo, ansiosos de rendir este último homenaje de admiración y cariño.



(*) La obra Judíos y católicos en Austria-Hungría fue traducida al español por el carlista Modesto Hernández Villaescusa y publicada en el año 1900, lo que le valió al traductor la felicitación de S. E. el Cardenal Rampolla en nombre de S. S. el Papa León XIII. En el mismo año de la publicación original en francés, el diario tradicionalista El Siglo Futuro ya había sacado una serie de artículos con fragmentos de dicha obra, en los cuales nos hemos basado para la publicación de esta semblanza. Véase: ESF (27/7/1896) y ESF (4/8/1896).

domingo, 15 de septiembre de 2019

La 2.ª batalla de Somorrostro (1874) contada por un carlista granadino

Carlos Cruz Rodríguez. Nació en Córdoba
en 1846, pero se crio en Granada, donde,
durante el Sexenio Revolucionario, organizó
juntas carlistas, algunas públicas y otras secretas.
Se ocupó en trabajos militares que, por
entonces, consistían en procurar atraer las
simpatías del Ejército hacia el carlismo.
Tras participar en la Tercera Guerra Carlista,
permanecería siempre leal a la Causa y colaboró
notablemente en la prensa tradicionalista.
Reproducimos hoy una carta inédita, cuya copia ha llegado a nuestro correo y que no nos cabe duda de que captará la atención de todos los interesados en la historia de la Santa Causa. Se trata de la misiva que remitió D. Carlos Cruz Rodríguez (bajo el seudónimo de Climaco) a su padre, Cruz Vidal Écija, desde el Campamento de Somorrostro, el 6 de marzo de 1874.

Es preciso hacer constar que D. Carlos Cruz —un carlista ejemplar lamentablemente olvidado por casi todos, como tantos otros— no era un combatiente como otro cualquiera. Él fue nada menos que el organizador de una partida carlista que se alzó en Granada en el año 1873, cuando el grueso de las fuerzas carlistas luchaban en Cataluña y sobre todo en el Norte. Allí se trasladaría para continuar la campaña. No fue el único granadino que lo hizo: en este cuaderno de bitácora han aparecido en numerosas ocasiones los nombres del Brigadier Carlos Calderón y Vasco, del Coronel Manuel Fernández de Prada o del periodista Francisco Guerrero Vílchez, todos ellos notables carlistas de Granada y combatientes en la tercera carlistada.

La carta original obra en poder del bisnieto de D. Carlos Cruz Rodríguez, colaborador nuestro, quien ha tenido la amabilidad de transcribirla y remitirnos una copia de la misma, que dice así:


Mi querido papá: habiéndole hablado á V. en mis anteriores de asuntos de familia, esta va a ser una historia detallada de la segunda batalla de Somorrostro, en la primera todo se redujo á 1.100 pérdidas por nuestra parte, y 3 ó 4.000 por las de los republicanos; pero esta formará época en el cuadro de las grandes batallas europeas, los campos de S. Juan de Somorrostro destilarán sangre y ofrecerán hierro al caminante que lo atraviese mientras el mundo exista. 
Batalla de Somorrostro 2.ª 
El día 25 de Marzo á las cinco de la mañana y cuando los cañonazos de diana avisaban que el día llegaba, se rompía el fuego por 40 cañones Krup por parte de los republicanos apoyados en Somorrostro, terreno hondo, y han contestado desde nuestras alturas por 14 cañones de montaña y 5 cañones de á 24 reforzados, al poco rato los 30.000 hombres de la república trataban de asaltar nuestros parapetos, y eran bizarramente rechazados por 20.000 voluntarios de Dios, Patria y Rey, que ametrallados por la gran artillería republicana entonaban el aurrerá (andad) á bayoneta calada y les hacían huir á sus guaridas: la línea de batalla se extiende por parte nuestra desde el Montaño, cerro sobre el mar cerca de Portugalete, hasta Sopuerta, formando una herradura dentro de la cual está lo más florido de la República. El Exmo. Sr. General Ollo conde de Somorrostro guardaba con Radica y Bérriz brigadieres al Montaño, Sanfuentes y S. Pedro Abanto, los generales Lizarraga y Cevallos guardaban el centro en las alturas de Alonsótegui y Galdámez, Velasco y Mending con castellanos y alaveses las alturas de Sopuerta, mientras que el intrépido Navarrete guarda la retaguardia en Villaverde y á las inmediaciones de Castro Urdiales, retaguardia del ejército republicano 
El fuego horroroso duró tres días completos en los cuales hubo bajas: carlistas de 2.000 a 2.500 entre muertos y heridos, y el ejército republicano unas 6.000 proximamente, entre ellos Primo de Ribera, por los soldados parados, muerto, y Loma mal herido con dos brigadieres. Después cesó el fuego 3 días para recoger los muertos que en grandes hogueras han sido quemados, en estos días de parlamento han llamado Serrano y Topete á nuestros generales y han pasado algún rato juntos, Serrano le regaló a D. Diego Villadarias una caja de puros; estos parlamentos han durado miércoles, jueves y viernes santo sin tirar, el sábado y hoy domingo hemos seguido reunidos, y hoy á pesar de estar juntos han tirado 900 cañonazos y es poco, pues diariamente hacen 2.000 disparos, la cantinera del 3º de Navarra fue ayer a visitar a Andía que es navarro y la convidó á comer con Topete y Serrano, la cual se estuvo guaseando con ellos mucho: a Calderón lo atiende mucho y hasta un día que le dieron un abrazo, pero si se figura Serrano que con abrazos de patriotismo va a conseguir algo, se equivoca, porque nuestros corazones no respiran más que sangre, venganza y exterminio contra la canalla liberal, Serrano encuentra en cada corazón carlista un muro de bronce que no los vence ni las ametralladoras, ni los cañones Krup, ni los millones. 
El domingo de Ramos á las 3 de la tarde estaban nuestros generales en Sanfuentes sentados en la plaza, cuando llegué á llevar un parte de la munición que existía á mi cargo, entonces los generales Elío y Dorregaray se levantaron y marcharon, y yo detrás á ver lo que Dorregaray disponía que era á quien yo llevaba la nota, en este momento cayó una granada en medio e hirió a Ollo, Radica, el Auditor, el secretario de Ollo y otro coronel, el héroe santo, el desgraciado conde de Somorrostro espiraba en medio de las lágrimas de todos nosotros en S. Salvador del Valle diciendo “ánimo muchachos, ¡viva el rey!”, el miércoles santo espiraba el intrépido Radica, terror de los liberales y honra de España, los otros tres viven aún. 
A Ollo (QPD) le ha reemplazado el gral D. Ramón Argonz que salió con Ollo desde el primer día y es el que ha salvado á la columna Ollo Dorregaray de caer prisioneros cuando los célebres dos ángulos. 
Mi opinión es, según veo y según oigo que se dará otra acción, quizá mañana, tan reñida como la anterior, de la cual, si nos ganan las posiciones, tenemos otras en reserva antes de Bilbao, y si no ganan creo que Serrano vende a la República y á Alfonso, como Judas á Jesucristo y se cala la boina. 
Bilbao sigue bombardeándose por 9 morteros, no quedará piedra sobre piedra. 
Esta carta es la verdad de lo que ha sucedido, el que la lea puede estar satisfecho como si lo viese. 
Climaco






domingo, 28 de julio de 2019

Contra el “separatismo” de la laicidad (enseñanzas de D. Gabino Tejado acerca de la separación de la Iglesia y el Estado)

«Unión, pues, sin confusión; distinción sin separación»: tal es, en efecto, la fórmula compendiosa de la tesis que los católicos profesamos acerca de mutuas relaciones entre la Iglesia y el Estado; porque tal es, en efecto, la teoría que , junto con el principio de subordinación del Estado a la Iglesia en todo lo relativo a fe, costumbres y disciplina, nos enseñan la doctrina y la historia de nuestra santa madre y maestra infalible.

Nota y condición del orden, en esta materia como en todas, es que, guardada la debida relación y proporción entre los medios y los fines, ni se confunda lo que por naturaleza es distinto, ni se separe lo que está unido por naturaleza. Por error algunas veces, por malicia las más, desde el principio mismo de la Iglesia, están surgiendo contra ella en el orbe dos especies de adversarios, respectivamente dados a negar, de palabra y de obra, una de aquellas dos condiciones indispensables al libre ejercicio de su divina autoridad; y constantemente el procedimiento de esta deplorable tarea se ha fundado en una miserable tergiversación de palabras, que ha servido de pasaporte a una correspondiente perversión de ideas y conculcación de derechos.

Una España llena de mezquitas,
sueño de los liberales españoles desde el
siglo XIX, que exigía la previa separación
de la Iglesia y el Estado.
En efecto, del principio de unión entre las dos potestades, el cesarismo ha sacado la teoría y la práctica de confundirlas adjudicando al soberano civil los incomunicables derechos y las privativas atribuciones de la Iglesia; mientras, por opuesto lado, el Liberalismo ha sacado del principio de la distinción entre las mismas potestades la conclusión absurdísima de que deben coexistir totalmente separadas. A la teoría, y al sistema político-religioso que tiene por base esta conclusión, llamo yo Separatismo.

Los principios de este sistema son tan falsos como contradictoria es su última consecuencia, pues inevitablemente, más pronto o más tarde, según lo induce la razón y lo demuestra la historia, toda separación entre las dos potestades se termina en confusión, por el mismo procedimiento lógico que el liberalismo se termina inevitablemente, más pronto o más tarde, en cesarismo.

Mirado, efectivamente, en razón a sus principios, el separatismo no es menos opuesto á la naturaleza de la Iglesia que a la naturaleza del Estado, como lo es, y porque lo es a la naturaleza del hombre, y por consiguiente a la naturaleza de la sociedad. A la naturaleza del hombre es, en efecto, contrario que de cualquier modo se rompa la armonía entre la ley moral y los actos humanos, internos y externos, individuales o colectivos. Pero la ley moral es una palabra vacía de sentido en cuanto se deje de considerar al hombre como criatura, y por tanto dependiente de su Creador, que es el principio y el término de aquella ley; suponerle, pues, separado de la religion, equivale a romper ese su vínculo de dependencia, y por consiguiente a ponerle fuera de las condiciones naturales de su ser moral.—En cuanto criatura, el hombre es ser esencialmente limitado, y además, por el reato de la culpa original, es adventiciamente ser imperfecto: en cuanto ser limitado como criatura, y criatura inteligente y libre, debe por naturaleza sumisión explícita y constante a la voluntad de su creador, y por consiguiente, a todas las leyes que le ha dictado, o sea a todos los límites que le ha impuesto: truncar, pues, el vínculo de esa sumisión, es contradecir a las leyes de su naturaleza limitada. En cuanto ser adventiciamente imperfecto por el reato de la culpa original, ha menester el sobrenatural auxilio que tiene cabalmente por objeto reintegrar su naturaleza; y como quiera que sólo en la Iglesia y por la Iglesia católica pueda recibir ese auxilio, separarle de la Iglesia, equivale a impedirle que su naturaleza sea reintegrada.

Entre las leyes puestas por Dios al hombre, está la ineludible que le constituye en sociedad. Pero la sociedad no es otra cosa sino el hombre mismo, en cuanto se le considera como parte integrante de una muchedumbre ligada con vínculo de recíprocos derechos y deberes. Este vínculo cabalmente es el que hace de la sociedad un ser moral, sujeto por consiguiente a leyes morales, y en este concepto, unido naturalmente a Dios por el necesario vinculo de dependencia que con el legislador liga al sujeto y al objeto de la ley. Separar, pues, de la sociedad a Dios, equivale a romper ese vínculo, y por consiguiente a poner al compuesto social fuera de sus condiciones naturales.

Lo que el separatismo tiene de contrario a la naturaleza de la sociedad, eso mismo tiene a la naturaleza del Estado, que no es otra cosa sino la sociedad misma en cuanto se la considera constituida políticamente, o sea según el modo, indefinidamente vario, con que en cada tiempo y lugar estén determinadas las relaciones absolutamente necesarias entre la muchedumbre, materia ordenable, y la autoridad, principio ordenante del compuesto social. Sin duda en el establecimiento y proceso de esas relaciones hay algo contingente, y por tanto variable, que pertenece a la jurisdicción propia de la libertad humana, como en general le pertenece la elección de los medios varios y contingentes adecuados a los fines necesarios de la humana vida; pero hay también algo invariable, y lo son cabalmente estos fines, cuya necesidad misma constituye los limites naturales de aquella libertad. La suma de estos limites constituye el código absolutamente fundamental y eternamente invariable de todo Estado, como de toda sociedad, como de todo acto humano; y aun por esto la Política no es sino una de las partes de la ley moral, que abraza al hombre todo entero, es decir, en todas sus condiciones y relaciones. Separar, pues, al Estado de esta ley moral, es contradecir á su naturaleza propia; y evidentemente se le separa de esa ley cuando se le separa de Dios, que es principio y término de ella; y evidentemente se le separa de Dios cuando se le separa de la Religión, que es el vinculo del orden humano con el orden divino. Es así que en punto a religión, ni hay ni puede haber sino una sola verdadera, que no es otra sino la Iglesia de Jesucristo: luego el separatismo tiene de repugnante a la naturaleza del Estado, lo que a la naturaleza del hombre tiene de repugnante el separarle de la ley moral, y lo que a la ley moral tiene de repugnante el separarla de Dios, principio absolutamente primero, y término absolutamente final de ella.

¿Necesitaré decir ahora lo que el separatismo tiene de repugnante a la naturaleza de la Iglesia? ¿de la Iglesia, erigida por Dios, no ya sólo en custodio e intérprete de la ley moral, sino en tribunal perpetuo encargado de aplicarla a los hombres, y judicatura tan excelsamente suprema que lo que ella atare y desatare en la tierra, ha de ser atado o desatado en el cielo? La potestad, no sólo de enseñar, sino de obrar todo lo necesario para la salvación de los hombres, fue conferida por Jesucristo Dios á la Iglesia para que la ejerciese sobre el hombre todo entero, es decir, no sólo sobre el individuo, sino sobre todas las relaciones y condiciones de la vida humana. En efecto, el Dios fundador de la Iglesia, no impera únicamente sobre el hombre considerado como elemento constitutivo de toda sociedad, sino también sobre toda sociedad constituida por ese elemento. Dios es Dios, no sólo del individuo, sino de la familia, y del Estado, y de las naciones, y de las razas, porque es el supremo autor, conservador, redentor, salvador y juez de todo el humano linaje: por consiguiente, la Iglesia, investida por Jesucristo Dios de toda la potestad que al mismo Jesucristo fue dada así en la tierra como en el cielo (a); la Iglesia, enviada a los hombres por Jesucristo como Jesucristo lo fue por Dios Padre (b), posee divina potestad, no sólo sobre el individuo, sino también sobre la familia, sobre los Estados, sobre las naciones y sobre las razas, porque la posee sobre todo el género humano. La universalidad de esta misión tan augusta constituye la naturaleza de la Iglesia, que por eso cabalmente se llama y es CATÓLICA, es decir, UNIVERSAL: por virtud de esa misión, el Estado es tan súbdito de la Iglesia como lo es toda especie y todo grado de sociedad, como lo es la familia, como lo es el individuo. Por consiguiente, separar de la Iglesia el Estado, es tan repugnante a la naturaleza de la Iglesia como repugnante es a la naturaleza de toda autoridad separar de ella la muchedumbre respecto de la cual es principio ordenante; como lo es a la naturaleza de todo derecho, separar de él la materia sobre que se ejerce.

Como quiera, pues, que el Estado se separe de la Iglesia, queda por ende violado el fundamental principio del orden moral, consistente en el necesario vinculo que liga con Dios al hombre.

(a) Data est mihi omnis potestas in coelo et in terra. (Matth., XXVIII, 18.)
(b) Sicut misit me Pater, et ego mitto vos. (Joan. XX, 21.)


Gabino Tejado: El catolicismo liberal (1875), pp. 315-319

jueves, 11 de julio de 2019

Los conceptos de nación y de Estado en el pensamiento de Juan Vázquez de Mella

Discurso de Juan Vázquez de Mella en Santander (16/9/1916)

«El Carlismo no quiere destruir el Estado, sino reconstruir la sociedad, que es cosa distinta». Eso afirmó en 1971 el Centro de Estudios Históricos y Políticos General Zumalacárregui, dirigido por el profesor Francisco Elías de Tejada, en su obra más señera, ¿Qué es el Carlismo?. (1)

Con esta conclusión, la citada obra —que vio la luz en un momento de confusión en el campo de la Tradición a causa del Vaticano II y las innovaciones/traiciones doctrinales de la camarilla de Carlos Hugo— no hacía sino recoger el principio regionalista de autarquía de Juan Vázquez de Mella. Sin embargo, en el terreno económico Mella era favorable a un Estado intervencionista. Eso manifestó la Junta del Homenaje a Mella en 1928, con las siguientes palabras:

Cuando todos los partidos estaban sumergidos en la charca del individualismo económico, él, con recia voz, defendía el intervencionalismo del Estado, que ya no hay quien se atreva a rechazar, e insertaba en el programa de su partido las normas directrices de la Encíclica Rerum Novarum, faro para no estrellarse en los rompientes del intervencionalismo socialista. (2)

En relación al concepto de nación, tan ligado al de Estado, Vázquez de Mella decía que lo que constituye una nación es la unidad de creencias, y que solo existe una nación cuando se revela por una historia común y a la vez independiente de otras historias. (3) Por eso, el tribuno asturiano concluía que España es una nación y que, por ejemplo, Cataluña, a pesar de su acentuada personalidad, no lo es. (4) Para Mella, el Estado es cosa diferente, pues donde quiera que haya una soberanía política independiente, existe un Estado, pero no necesariamente ha de constituir una nación. (5) Desde los Reyes Católicos se afirmaría en nuestra patria el principio de la unidad del Estado, bien distinto, según Mella, del de la llamada «unidad constitucional». Principio éste que, por implicar una concentración de poder uniforme para todas las regiones, es opuesto al verdadero regionalismo, el cual, afirmando la unidad política, no admite la uniformidad legislativa. (6)

Acerca de los conceptos de nación y Estado, tan susceptibles a discusión y debate, el Verbo de la Tradición nos legó las siguientes líneas, que consideramos de gran interés:

El concepto de nación
Una nación no es una raza; las grandes razas abarcan continentes enteros, y las subrazas no están puras en ninguna parte, porque se ha mezclado la sangre de todas. No coinciden la lengua y la raza, según todos los filólogos modernos, y por los labios de una raza pueden pasar varias lenguas. No la constituyen los límites naturales, porque los ríos y las cordilleras pueden ser el marco, pero no son el cuadro. ¿Qué es lo que constituye una nación? Yo podría sobre esto disertar largamente, porque, aunque no terminado, tengo sobre ello escrito un libro; mas no quiero abrumaros con todas las doctrinas que hay sobre este punto; como aparte de las representaciones abstractas están siempre los hechos concretos, yo, acerca de esos hechos, he de reclamar vuestra atención y he de formular brevemente el concepto de la nación tal como yo lo entiendo, porque es base de este debate y de él nacen las diferencias que separan de los regionalistas de la Liga a los que afirmamos el principio de la unidad nacional. Este es el punto culminante.

¿Qué es la nación? ¿Cuáles son las relaciones de la región, del Estado y de la nación? ¿Cuáles son las tres nociones fundamentales? Hay dos maneras de tratar el concepto de nación: una abstracta, prescindiendo de los hechos, aunque descienda después a ellos; y otra la que se basa en los hechos concretos y visibles que son objeto de observación; y a ésa sí he de referirme, pues a esos hechos habrá que darles un nombre, y yo no discuto sobre los nombres, pero es fácil ponerse de acuerdo sobre ellos cuando los entendimientos, por la observación y la comparación, están de acuerdo acerca de los hechos. Yo entiendo, señores, que la nación, que no es ni la raza ni la lengua, ni la combinación de estos factores, aunque puede ser resultado de ellos, implica dos cosas: un principio que pudiéramos llamar psicológico, interno, y una nota externa, visible a todos, y que aparece de tal manera ante los ojos del observador no cegado por la pasión, que pronto puede ver por esa nota externa cuál es una nación y cuál no lo es. Hay un principio psicológico interno. La nación tiene, como los individuos, aunque en sentido diferente, un alma, un espíritu nacional. Donde no hay ese espíritu, no hay nación. ¿Cómo se forma? Es largo de explicar. Hay un fondo de ideas, de sentimientos, de aspiraciones fundamentales y de tradiciones que constituyen una nación y que se manifiestan en la nota de un carácter común que no excluye, antes bien los supone, variedad de caracteres subordinados. Cuando eso no existe, podrá haber la apariencia o el nombre de tal, pero no existe en realidad la nación. Aun aquellos que neguéis el principio religioso, aun aquellos que aborrezcáis la síntesis cristiana que ha cambiado la faz del mundo y dividido la Historia en dos hemisferios, no podréis negar esto: que allá, al otro lado del Calvario y de la Cruz, ha habido Estados, y congregaciones y federaciones de Estados; pero fuera del pueblo hebreo no ha habido ninguna nación, como no estuviese reducida a los límites, bien constreñidos, de la ciudad antigua.

Es necesario que en los comienzos, en el origen, por lo menos, haya una creencia común que funda los espíritus en un cierto decálogo y en un cierto símbolo, que impere sobre los entendimientos y sobre las voluntades y establezca una comunión espiritual que los congregue para que marchen unidos por la Historia. Pudiera suceder que esa unidad de creencias primitivas se hubiese mermado o se hubiese extinguido; pero no importa, que ella seguiría obrando por sus efectos trocados en causas, a semejanza de las estrellas de que hablan los astrónomos, que están moribundas o han muerto, y la luz que emitieron todavía llega a nuestras pupilas. Esa unidad de creencias aparece en los comienzos, en los orígenes, fundiendo las almas. Después, las combinaciones de las razas y las lenguas, el territorio y el tiempo llegan a constituir la nación cuando hay un carácter común general, que, por ser común y general, supone una variedad de caracteres, por encima de los cuales está el sello espiritual que a todos los distingue. Cuando además se revela por una historia general, por una historia común y a la vez independiente de otras historias, que es su nota externa, entonces la nación existe; cuando no hay esos caracteres, no existe la nación. 
Definición del Estado
El Estado es una cosa diferente. Una colección de emigrantes de diferentes creencias, de razas distintas, puede llegar un día en un buque náufrago a estrellarse en la costa de una isla desierta e inhospitalaria y erigir un Poder público e independiente, constituir un Estado; dondequiera que haya una soberanía política independiente existe un Estado, pero no constituirá una nación. Un Estado se puede constituir en una batalla, sobre una espada vencedora, cuando una provincia se destaca, o una colonia se emancipa; pero una nación, no; una nación no se improvisa. 
Es necesario en el cauce de la Historia que gentes, que pueden proceder de fuentes diversas, marchen juntas, y sólo después de haber filtrado su vida común al través de los siglos pueden adquirir las notas de un todo sucesivo e independiente. Fijaos bien en una nación cualquiera de las que así se llaman en la Europa moderna, y observaréis que su historia tiene trazos de conjunto general que constituyen una unidad, y que esa unidad puede subsistir, aun cuando se rompan los lazos que las unen, con influencias recibidas de otras naciones. 
España, por ejemplo, ha tenido influencias evidentes de Francia sobre nuestro territorio; de Inglaterra, de Italia, de todos los que han estado más próximos a ella. Francia influyó sobre nosotros en la Edad Media, hasta con la importancia que tuviera aquí el elemento cluniacense que alteró nuestra disciplina; con la ayuda, aunque momentánea, fugaz, que prestó a nuestra Reconquista, y por la que tuvo, ya en la plenitud de su poderío, en el siglo XVII; pero nosotros también hemos influído sobre Francia en las horas de nuestra grandeza, no sólo cuando Francisco I venía a Madrid y Farnesio iba a París, sino cuando nuestros oradores sagrados y nuestros místicos influían en los suyos, como lo revelan las famosas discusiones de Fenelón y Bossuet. Nosotros hemos influido sobre Inglaterra, tanto acaso, en los siglos de nuestra grandeza, como ella influyó sobre nuestros destinos; nosotros hemos recibido la influencia de Italia, que llegó a ejercer la soberanía sobre nuestro arte, que recibe a través de ella la influencia clásica, que después se asimila nuestro espíritu hasta señalarla con caracteres de originalidad nativa española; pero nosotros hemos ejercido durante más de tres siglos el dominio sobre el mediodía de Italia, y un siglo entero sobre el Milanesado; y nuestra influencia fué tal que durante algún tiempo parecía feudo nuestro; y si ella nos comunicó algo del espíritu del Renacimiento, nosotros le hemos comunicado el nuestro que moderaba la reacción pagana con la fuerza que desplegamos en el siglo XVI. 
Y suprimid la influencia que ejerció Alemania, como hoy está demostrado contra lo que se creía recientemente, en los orígenes de nuestras gestas y de nuestra épica, y veréis que nosotros, con nuestro teatro, que influyó en el suyo, y con la acción de nuestra política y de nuestros Tercios, hemos compensado la influencia que ella ejerció. De modo que Inglaterra, Francia, Italia, Alemania, han ejercido influencia sobre nosotros; pero, cercenada esa influencia y puesta en la balanza la que nosotros ejercimos sobre ellas, no se puede por menos de afirmar la existencia de ese todo que se llama España. 
Pero ¿sucede eso con las regiones de España, aun aquellas que tienen más acentuada su personalidad? No. Pocas tienen tanta como Cataluña; pero Cataluña, aunque os asombre y esto contradiga vuestros principios, no es nación. No es nación, porque no tiene todos aquellos caracteres de historia común, general e independiente y externa que se necesitan para serlo. 
La unidad de la Patria 
Yo no concibo la historia de Cataluña, sin la historia de Aragón; no concibo la historia de Aragón, sin la historia de Navarra; no concibo las dos, sin la historia de Castilla. Todas las naciones están separadas y aisladas, pero en el conjunto compensan la influencia recíproca de todas las demás naciones. No sucede esto con ninguna región de España; todas ellas juntas forman una personalidad histórica con caracteres admirables, profundamente vigorosa. (7)


Notas:

(1) Centro de Estudios Históricos y Políticos General Zumalacárregui, ¿Qué es el Carlismo?, Madrid, 1971 (edición digital), p. 81
(2) Obras completas de Juan Vázquez de Mella, tomo I, Madrid, 1928. Prólogo, p. XIII
(3) Obras completas de Juan Vázquez de Mella, tomo X, Madrid, 1932, p. 299.
(4) Ibid.: p. 303.
(5) Ibid.: p. 300.
(6) Obras completas de Juan Vázquez de Mella, tomo VII, Madrid, 1932, pp. 210-211.
(7) Obras completas de Juan Vázquez de Mella, tomo X, Madrid, 1932, pp. 296-303.

martes, 25 de junio de 2019

La visita del príncipe Don Jaime a Granada en 1894

Tal día como hoy, un 25 de junio del año 1894, el Príncipe Don Jaime, primogénito de S.M.C. Carlos VII que recorría de incógnito España, llegaba en tren a Granada procedente de Málaga. Así es como relató su acompañante, el guipuzcoano Tirso de Olazábal, la visita a nuestra ciudad del que años después se convertiría en el agusto caudillo de la Comunión Tradicionalista:

El príncipe Don Jaime, sentado en la fuente
del Patio de los Leones durante su visita a
Granada (julio de 1894)

Al acercarnos á Granada, y antes de llegar á la estación de Atarfe, divisamos la histórica Santa Fe, último Real contra el moro, y prueba esplendente de lo que puede la constancia y el entusiasmo por la causa de Dios.

La Santa Fe inició la Reconquista y al concluirse esa gloriosa epopeya se levantó la ciudad de Santa Fe.

La Virgen de las Angustias 

Al llegar á Granada, D. Jaime se hallaba muy desazonado. Molestábame, á mí, además, una fuerte jaqueca. Sin perder momento nos dirigimos al Hotel de Roma, situado en la Alhambra; este hotel es conocido, asimismo, con el nombre de Siete Suelos, que lleva una torre contigua á él.

Muy corto era el número de viajeros que se hospedaban allí aquel día, por cuyo motivo nos atendieron inmediatamente y poco después pudimos acostarnos. En esta habitación estuvo la Emperatriz Eugenia—oí decir al que nos acompañaba:—en esta otra vivió Fortuny—añadió poco después.

Bueno, bueno, mañana nos enteraremos—decía D. Jaime.

Mi jaqueca había tomado tales proporciones que yo no sabía ya por dónde andaba, contentándome con seguir, maquinalmente, al que marchaba por delante. Tal fué nuestra brillante entrada en la ciudad de Boabdil, en la poética Granada.

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En la estación de Granada nos anunciaron la muerte del Presidente Carnot; por cierto que nos costó dar crédito á la noticia.

Comprendo que los anarquistas odien de muerte á los Reyes, Emperadores ó Gobiernos, que luchan por librar á sus Estados de esa terrible plaga,— decía D. Jaime,—pero no se concibe que se ensañen contra el Jefe de una República, en la cual se concede al socialismo, hermano carnal del anarquismo, los honores de uno de tantos partidos militantes. 

Muy atinada me pareció esta observación, pero es lo cierto que los revolucionarios han seguido siempre esa táctica. ¿Quién ó quiénes fueron los que acribillaron á balazos en la calle del Turco el coche en que iba el general Prim? ¿Quién llevó al patíbulo á casi todos los fautores de la sangrienta revolución del 93? Los amigos de la víspera. La frase de Gambetta—ou couper la queue—encierra una gran enseñanza para los que en épocas turbulentas halagan y enardecen las pasiones de la canalla que les sirve de escalera. Suben ellos, pero la escalera queda en pie y por ella aspiran á subir otros muchos.

Pero dejémonos de filosofías; estamos en Granada, en la ciudad del Darro y del Genil, y todo evoca recuerdos de épocas gloriosas, de grandes hazañas acometidas por ilustres guerreros y cantadas por nuestros mejores poetas...

¿Quién no ha oído hablar del poema de Zorrilla?

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Merced á su posición elevada, á los arroyos cuyo constante murmullo mece á los huéspedes del Hotel y á los bosquecillos que á uno y otro lado de la carretera trepan por el angosto valle hasata la torre de Siete Suelos, no se hace sentir allí el calor.

Mi jaqueca no me dejó pensar en las angustias de Boabdil, ni en la poética ciudad que dormía á nuestros pies, bañada por la misteriosa claridad de la luna. En cuanto me acosté se apoderó de mí un sueño reparador.

Desgraciadamente no sucedió lo mismo á mi querido Príncipe. No es cierto, como ha dicho algún periódico, que saliera yo, á altas horas de la noche, á buscar un médico. Sabía Su Alteza que la víspera había pasado una tarde muy angustiosa, y no me llamó hasta la mañana siguiente, á pesar de lo molestadísimo que estuvo. Cuando le vi entrar en mi cuarto, pálido, descompuesto, quejándose de lo mucho que había padecido durante aquellas horas, dije al Príncipe que, teniendo que poner yo á cubierto una grandísima responsabilidad, le suplicaba me dejara ir, sin tardanza, á buscar un facultativo. Accedió S. A. á mi deseo y me dirigí á la próxima casa de un amigo mío muy querido, don Antonio Pérez Herrasti, hermano del Conde de Antillón y de la Marquesa de Flores-Dávila.

Eran poco más de las ocho de la mañana. El portero que se asomo á la cancela del patio y á quien pregunté si podía ver á su amo, me contesto: Voy á ver si puede recibir á usted. Pero en aquel momento oí la voz de mi amigo y le llamé. Corrió á abrirme, manifestándome su asombro y alegría de verme en Granada.

Escucha,—le dije,—luego hablaremos de otras cosas; por ahora lo que quiero es que me guíes á casa de vuestro médico, porque tengo un compañero de viaje que se ha puesto enfermo. 

Al oír estas palabras la mujer de mi amigo, doña Maravillas Barraute y Elío, á quien ocultaban las palmeras y flores del patio, exclamo:

—Ya sé yo quién es tu compañero. 

—¡Qué has de saberlo! 

—¿Quieres que te lo diga? 

—Sí. 

Acercóse entonces, y en voz baja pronunció:

—Don Jaime. 

—¿Qué motivos tienes para sospechar semejante cosa?—la dije admirado.

—Sabía el ardentísimo deseo de ver á España que tenia S. A., y por otra parte ¿quién sino él podía decirte que lo acompañaras á Granada en esta época del año, dejando á toda tu familia? 

Después de este diálogo, tuve que confesar á aquellos excelentes amigos, probados católicos y legitimistas, que, efectivamente, el enfermo era D. Jaime, pero recomendándoles guardaran la mayor reserva. Llego enseguida el médico,—D. Enrique Pérez Andrés— que examino detenidamente al Príncipe, y dijo que mediante un par de días de régimen, sin necesidad de potingues, desaparecería la irritación que tanta molestia le había causado. Observó rigurosa dieta todo aquel día y parte del inmediato. La medicación no pudo ser más sencilla, pues consistió en unos cuantos vasos de horchata de arroz.

Afortunadamente, el doctor dio de alta á S. A. al tercer día y empezamos á admirar las joyas de arte que encierra aquella encantadora ciudad.

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No se equivoco el médico; lo que D. Jaime tenía era una fuerte irritación, que empezó á ceder desde el momento en que, siguiendo las prescripciones facultativas, dejo de tomar bismuto, crema de bismuto, láudano, etc., etc., y se contento con beber agua de arroz en pequeñas dosis, pero á cortos intervalos.

Día y medio estuvo el Príncipe sin comer absolutamente nada; juzgó entonces el médico que S. A. podía empezar á tomar alimentos sólidos y fué tan rápida la convalecencia que el 1.° de Julio le dió de alta.

No llegó aquel á sospechar, ni remotamente, quién era el enfermo.

—¿Cómo va, pollo?—decía todos los días al entrar en la habitación de don Jaime.

—¿Es usted casado o soltero?—preguntó al Príncipe el primer día que le vió.

Con toda mi alma dí gracias á Dios y á Nuestra Señora de las Angustias, á quien encomendé las mías, porque el peligro de complicaciones había desaparecido.

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Libre ya de tan terrible preocupación salí del Hotel, muy de mañana, dejando al Príncipe profundamente dormido, con ánimo de recorrer las inmediaciones de la Alhambra.

Los que nunca llegaron á la ciudad del Darro, se imaginan, que la Alhambra era sólo un soberbio palacio, morada de aquellos poderosos reyes cuya expulsión costo tanta sangre cristiana; pero la Alhambra era más que un palacio, era, como la Alcazaba, un gran recinto fortificado y situado, como ella dentro de la ciudad.

El muro exterior de esta, flanqueado de mil torres, era sumamente extenso y tan sólidamente construido que aún se ven sus restos á larga distancia de la población.

Tenía la Alhambra varias puertas; la de las Granadas, que aún se conserva en buen estado, es la que conduce directamente al Hotel de Roma.

Me dirigí á lo alto de la colina para disfrutar el magnífico panorama de la vega, una de las más fértiles y hermosas de Andalucía. Toda ella está cubierta de viñas, moreras, olivos, naranjos y limoneros, y regada por una infinidad de fuentes y canales. En la parte culminante de la colina hay ahora una escuela. Es uno de los puntos de vista más admirables que conozco, desde allí parece la vega una inmensa alfombra que se extiende hasta las primeras estribaciones de Sierra Nevada. Esta celebrada sierra, la más elevada de la Península, recibe su nombre de las nieves y hielos que perpetuamente coronan sus cimas. Sierra Nevada es el abanico de Granada. Cuando el sol abrasa la llanura, sus brisas, perfumadas por las flores de la vega, convierten á la ciudad, y muy particularmente á la Alhambra, en un verdadero oasis.

Largo rato admiré aquel incomparable cuadro; luego, por un estrecho barranco, bajé á campo traviesa, para volver á subir á las torres Bermejas y al Hotel.

Hallé á D. Jaime muy animado y dispuesto á salir, por lo que poco después bajábamos ambos en coche á la población y nuestra primera visita fué á la parroquia de las Angustias, situada en la carrera del Genil y en donde se venera á la Patrona de los granadinos.

Es un edificio gracioso con dos torres y de mucho gusto.

Son tantos los gloriosos recuerdos que traen á la memoria los preciosos monumentos que aún quedan en pie que no intentaré siquiera hacer de ellos una ligera reseña.

La Alhambra descuella entre todos, por su magnitud, por su elegancia, y por su estado de conservación.

Por la cuesta de Gomeles bajó don Jaime á la playa de donde arranca el paseo del Darro, uno de los más frescos y deliciosos de Granada. Sus contornos ofrecen admirables perspectivas; allí están situados aquellos pintorescos Cármenes, cuyos jardines llegan hasta el río. (1) Su aspecto risueño contrasta, por cierto, con las severas torres de la Alhambra y los vetustos muros del recinto, que sirven de fondo al paisaje. A poca distancia está la encañada por donde sube el camino de los muertos. El Generalife y el Sacro-Monte decoran las dos colinas que se extienden á la mano izquierda de la encañada.

Recorrió el Príncipe la célebre plaza de Bib-Rambla, teatro de las justas y torneos de los caballeros musulmanes, zegríes y abencerrages, y fué á ver el monumento que Granada ha dedicado á Colón.

Muchos son los que se han elevado estos últimos años para perpetuar la gloria de aquel insigne marino, pero dudo que ninguno de ellos aventaje á éste en gracia y elegancia.

Situada en un precioso sillón gótico recibe la Reina de manos de Colón un plano que cae graciosamente desde sus rodillas, revasando el coronamiento del pedestal en que descansa el precioso grupo de bronce.

S. A. se detuvo largo rato á examinarlo y lo pondero muchísimo.


(1) En uno de estos deliciosos Cármenes—quintas, casas de campo, fincas de recreo, torres, cigarrales ó villas—tal vez en la mejor, los Mártires, propiedad del malogrado General nuestro Carlos Calderón (q. e. p. d.) se hospedó el gran Zorrilla cuando la fiesta de su coronación. Coronó al insigne poeta, el hijo de otro poeta no menos insigne, y poeta también él, el actual Duque de Rivas, enviado especialmente para ese objeto por la Augusta Señora que ocupa el Trono del Rey.

En este Carmen, ó hacienda de Calderón, se conserva un cedro del Líbano, plantado por S. Juan de la Cruz.

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Granada debía ser ciudad importante al empezar la era cristiana, puesto que la fundación de su silla episcopal remonta á la época en que los Apóstoles empezaron á predicar la doctrina del Evangelio. Por eso, sin duda, se llama apostólica su Iglesia.

La Catedral se empezó el 15 de Marzo de 1529; se inauguro, sin estar concluida el 17 de Agosto de 1570; se terminó en 1639.

Diego de Siloe, el restaurador de la arquitectura greco-romana en España, fué quien hizo los planos de este soberbio monumento y comenzó á levantarle, sucediéndole su discípulo Maeda y á éste Juan de Orea.

Hay en él magníficas pinturas de Casco, de Bocanegra y otros artistas andaluces, un grupo de la Caridad, obra del célebre escultor florentino Pedro Torrigiano y otras mil maravillas.

La Catedral tiene anejo otro templo, que llaman El Sagrario, construido en el sitio que ocupaba la gran mezquita de los moros; allí fué donde Hernán Pérez de Pulgar, el de las Hazañas, clavó con su daga el «Ave María.»

Aquel héroe está enterrado en un pasadizo obscuro que llaman capilla del Pulgar.

En el sitio que hoy ocupa este papasadizo estaba la puerta de la mezquita.

Los sepulcros de los Reyes Católicos, D. Fernando y Doña Isabel, son otras de las maravillas que encierra la Catedral; aunque no tan notables, son también magníficos los sepulcros de Doña Juana y Don Felipe el Hermoso.

En la Iglesia de San Juan de Dios vimos el templete en que se conservan los restos de aquel gran Santo; por cierto que acababan de encontrarse doce preciosas estatuas, de plata repujada, que representan los doce apostóles y constituyen el adorno principal de la base sobre la cual descansa el templete.

Los frailes ocultaron estas estatuas para librarlas del saqueo y no se sabía á punto fijo do'nde estaban. En esta misma Iglesia hay una de las obras más admirables de Alonso Cano; una cabeza de San Juan Bautista.

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Pero volvamos á la Alhambra que es el monumento que más llamó la atención del Príncipe. Cuentan que su construcción duró cien años.

La Alhambra debía presentar por fuera un carácter de fuerza y una apariencia guerrera; por dentro todo estaba ideado para el reposo, la molicie y el placer.

Don Jaime recorrió aquellos patios embalsamados, aquellos ligeros pórticos, cuyos calados arabescos descansan sobre preciosas columnas de mármol, y miraba después las altísimas murallas del recinto, guarnecidas de amenazadoras almenas y flanqueadas de formidables torres.

¡Qué contraste! ¡Cuan poco fiaban aquellos poderosos monarcas en el amor de sus pueblos! ¡Cuánta zozobra debían causarles las constantes revueltas que agitaban á la ciudad!

Bajó D. Jaime maravillado de lo que había visto durante su visita á aquel encantado palacio.

¿No podríamos retratarnos en una de estas torres? preguntó el Príncipe.

Eran las cinco y media de la tarde y acostumbrado á la pálida luz de nuestras montañas, contesté á Su Alteza que me parecía demasiado tarde; uno de los dos fotógrafos que constantemente trabajan en la Alhambra, se encargó de probar lo contrario.

Aquella noche comió D. Jaime en casa de los señores de Pérez Herrasti y con ellos fué luego á un teatro de verano en que representaba una compañía de zarzuela, no del todo mala; por cierto que el Gobernador Civil vino á colocarse cabalmente frente al palco que ocupábamos y D. Jaime contestó al cortés saludo que el gobernador dirigió á los dueños del palco y á les que con ellos íbamos.


Olazábal, Tirso (1895): Don Jaime en España, pp. 132-146

jueves, 30 de mayo de 2019

Novena al Rey San Fernando

Secundando el llamamiento de nuestros correligionarios de Galicia, en Granada varios tradicionalistas hemos rezado las oraciones de la preciosa Novena al Rey San Fernando del Padre Fray Diego José de Cádiz (impresa en Sevilla en 1796), y lo hemos hecho ante una imagen suya que se encuentra en una capilla lateral de la iglesia de San Ildefonso.


Tras las consideraciones y puntos de cada día de la Novena, hemos dicho las siguientes oraciones para todos los días:

Amabilísimo, poderosísimo y benignísimo Criador mío; mi Dios en quien creo, mi Padre a quien amo, y mi Señor en quien espero; Vos sois nuestro único bien, nuestra vida verdadera, y nuestra eterna felicidad; la virtud de los justos, la justicia de los santos, y la santidad de los escogidos; la perseverancia de los buenos, la bienaventuranza de los que perseveran, y la corona de los bienaventurados. Yo humilde criatura vuestra formado a vuestra imagen y semejanza, os adoro en espíritu y verdad, os alabo con toda la verdad de mi corazón, y os doy gracias por los innumerables beneficios que os habéis dignado hacerme; y os suplico por los méritos infinitos de vuestro Unigénito mi Redentor, y por los de vuestro amado Siervo San Fernando, que pues lo hicisteis Rey de España, y lo dotasteis del espíritu de la prudiencia, y del celo militar y religioso, que a los Santos Josué, Matatías, y sus hijos los macabeos, para que pelease vuestras batallas contra los enemigos de vuestro augusto Nombre, como aquellos lo hicieron, me concedáis la imitación de sus virtudes, y el hacerme digno con ellas de su protección, y de vuestra misericordia en la vida y en la muerte, para cantarlas después eternamente en el Cielo. Amén. 

Seguida a esta se dirá la siguiente 

ORACION. 

Fidelísimo, piísimo, y catolicísimo Rey San Fernando, ilustre macabeo de la Ley de gracia, fortísimo debelador del Imperio Mahometano: Invictísimo conquistador de los Reinos Católicos, Columna de la Fe, perseguidor de sus enemigos, y exterminador de los herejes: gloria, honor, y felicidad de nuestra España, protector de sus Monarcas, defensor de sus dominios, y conservador de su Religión y de su Fe. Por la altísima perfección con que ejercitasteis esta virtud, y por el espíritu y fervor con que la defendisteis conforme a la voluntad de Dios, y a vuestra grande obligación, os suplico que le pidáis nos conceda la conservación de la Santa Fe en este Reino; que en ella imite yo vuestros ejemplos, que me conceda su Majestad lo que por vuestra intercesión le pido en esta Novena, si fuere de su divino agrado; y que después de una muerte santa le goce para siempre en la eterna bienaventuranza. Amén.

Ahora se rezarán tres Padre nuestros y Ave Marías gloriados en honor de la Santísima Trinidad, pidiendo por la intercesión de San Femando el remedio de las necesidades de la Santa Iglesia de nuestro Católico Reino, de este este Pueblo, y cada uno por el de las suyas propias, y se hará por este orden. 

COPLAS. 

   Fernando, pues vuestra espada
Hizo a la España feliz:
Haz, que en ella la raíz
Del error no tenga entrada.
   Padre nuestro, &c. 

   Venciste los enemigos
De Dios, y de tu Reinado:
Haz, que muertos al pecado,
De Dios vivamos amigos.
   Padre nuestro, &c. 

   Os confió el Rey del Cielo
La defensa de su honor:
Consigue a todos su amor,
Y el imitar vuestro celo.
   Padre nuestro, &c. 

   Toda España con fe pía
Os implora en su aflicción:
No niegues tu protección
A quien en ella confia,

V. Ruega por nosotros, Fenando bendito y Santo,
R. Para que de Cristo Jesus las promesas consigamos.

PARA TODOS LOS DÍAS 

ORACION.

Inmortal Rey de los siglos, clementísimo Jesús, Salvador, Redentor y Abogado mío: Cabeza de las Potestades, y de los Principados del Cielo; Rey de los Reyes, Señor de los Señores, y Dueño absoluto de todo cuanto tiene ser sobre la tierra; Dominador del universo: Justicia, Santificación, y Redención de los hombres; Santo de los Santos, y Santísimo Santificador de los escogidos, entre los cuales habéis condecorado a vuestro Siervo San Fernando con las sublimes virtudes, prerrogativas, y excelencias que a los Santos Reyes David, Josías y Ezequías, reuniendo en él los dones, y las gracias de los demás caudillos Santos de vuestro antiguo escogido Pueblo, y lo hallasteis tan a medida de vuestro corazón, que cumplió en todo vuestra santísima voluntad, y llenó enteramente vuestros Soberanos designios: yo os ruego humildemente, que por su intercesión y sus méritos conservéis siempre la Religión y la Piedad en este Reino Católico, preservándolo de la impiedad y del error; que prosperéis a nuestros Católicos Monarcas, con su Real Familia, y valeroso ejército; y que a imitación del mismo Santo vivamos en santidad y justicia todos los días de nuestra vida, para que después consigamos el veros y gozaros para siempre en el Reino de la gloria. Amén.

Conclúyase con una Salve a María Santísima nuestra Señora en sufragio de las Benditas Ánimas del Purgatorio, consuelo de los agonizantes, y para que nos asista a todos en la hora de la muerte.

lunes, 20 de mayo de 2019

Crítica del artículo de Javier Ugarte “Fal Conde: Carlismo y modernismo”

Nuestro colaborador extranjero Arvo Jokela nos ha enviado la siguiente crítica de un artículo del profesor Javier Ugarte Tellería sobre Fal Conde y su supuesta relación con el modernismo artístico. En esta ocasión, su aportación a nuestro cuaderno de bitácora, escrita en inglés, ha podido ser traducida al español con el objetivo de ampliar el número de lectores.

Los administradores de Reino de Granada nos vemos en la necesidad de señalar que, aunque coincidimos en buena medida con la crítica, no necesariamente compartimos todas las afirmaciones vertidas en la misma. En la parte inferior de esta entrada publicamos también la versión original en inglés.

Manuel Fal Conde (1894-1975),
Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista
entre 1935 y 1955. 

Javier Ugarte Tellería, “Fal Conde: Carlismo y modernismo”, en la Revista Universitaria de Historia Militar 7/13 (2018), pp. 482-513

Le presentamos a Herr Fal Conde, el modernista antimoderno.

¿Sabía usted que Manuel Fal Conde era un modernista antimoderno, formado por el espíritu que dio origen al fascismo genérico? No se preocupe, yo tampoco. Ah, que no me entiende... No se preocupe tampoco, intentaré explicárselo.

La historia comienza con un historiador británico llamado Roger Griffin. Según este autor, a finales del siglo XIX había cada vez más jóvenes enajenados por lo que él llama “la modernidad”, es decir, la cultura occidental, que iba perdiendo más y más un sistema de valores homogéneos, convirtiéndose en decadente debido a “la secularización y las fuerzas disolventes de la modernización”. Para estos jóvenes, esta “modernidad” se tradujo simplemente en mezquindad, un aburrido utilitarismo, “el triunfo de lo prosaico en la sociedad burguesa”. Anhelaban un nuevo orden, un tipo diferente de modernización, definido por un espíritu trascendente y una nueva sensación común del propósito vital. A su vez, este sentimiento dio lugar a un nuevo nacionalismo totalitario y, más tarde, al fascismo, que era parte del “modernismo político antimoderno”.

Bien, eso es todo en cuanto a Griffin y otros tipos listos. Y ahora es cuando entra en escena un historiador español, Javier Ugarte Tellería. En una revista bastante especializada, este señor publicó el año pasado un artículo que decía: sí, todo eso es verdad y Manuel Fal Conde también seguía esa misma corriente.

¿Ofrece acaso Ugarte alguna prueba de ello? Oh, sí, unas cuantas. Voy a tratar de enumerarlas. Así que tome asiento, pero se lo advierto: el viaje está lleno de baches. Fal Conde fue un modernista antimoderno porque:

1) tuvo por maestro al Padre Gabino Márquez;
2) frecuentaba los ambientes jesuitas, que eran “extraordinarios agentes de movilización”;
3) en la universidad se relacionó con Sánchez de Castro;
4) estuvo entre los jóvenes formados en teorías apocalípticas y místicas sobre la historia de España, concebidas por autores como Balmes y encauzadas por Menéndez Pelayo;
5) su mentor político era Manuel Senante, que predicaba el derrocamiento de la República;
6) editó “El Observador”, folleto en el que llamó a la defensa de la Religión y de la Patria;
7) formó parte de una élite de jóvenes católicos profesionalmente modernos;
8) despreciaba la política parlamentaria y era intransigente;
9) era seguidor de Vázquez de Mella y Víctor Pradera;
10) en su vía insurreccional organizó el acto del Quintillo;
11) era una figura carismática;
12) tiene aspecto vehemente en las fotos;
13) se rebeló contra su época;
14) formó el Requeté, una milicia muy al estilo genérico fascista;
15) representó una de las corrientes teóricas que finalmente convergieron y desembocaron en el franquismo.

¿Está claro? ¿Alguna pregunta?

Leches, hace mucho tiempo que no leía tantas tonterías juntas sobre el carlismo.
La nueva Covadonga insurgente (1998)

Ugarte Tellería no aspira a un doctorado de posgrado, pero su estilo se parece mucho a la estrategia de los doctorandos de abrumar con detalles y tecnicismos. Su obra más importante, para gloria de la historiografía, es La nueva Covadonga insurgente, un estudio sobre los orígenes del alzamiento antirrepublicano en la región vasco-navarra en 1936. Uno de los críticos de este libro alabó a Ugarte por su “estilo original” y “facilidad de escritura”, y otro elogió su “poderoso marco comparativo”. El libro realmente es divertido de leer, aunque quizá, en lugar de “original”, el calificativo debería ser “extravagante”. Combina el estudio antropológico, el ensayo cultural, el relato familiar, el análisis en teoría política comparada, la arrogancia de la erudición propia y la mera especulación. No obstante, tras leer algunos centenares de páginas, empecé a desear que Ugarte tuviese un poco menos de “facilidad de escritura” y algo menos de “poderoso marco comparativo”. Su problema principal es que no consigue resistir la tentación de explorar todas y cada una de las asociaciones que le vienen a la mente, de manera que el lector se ve obligado a seguir todas las correlaciones, relaciones, emparejamientos o vínculos que Ugarte pueda imaginar, y puesto que, según parece, pasó algún tiempo en Alemania con una beca, la mayoría de estas asociaciones van en esa dirección. Sin embargo, lo que era una molestia menor y quizás divertida en su Covadonga, se convierte en el rasgo principal de su artículo sobre Fal Conde.

¿Sabía que Fal Conde tenía cosas en común con Paul Althaus, Karl-Otto Apel, Hannah Arent, Peter L. Berger, Karl-Dietrich Bracher, Martin Broszat, Ernst Cassirer, Engelbert Dollfuss, Johann Droysen, Hans-Georg Gadamer, Jurgen Habermas, Martin Heidegger, August Andreas Hillgruber, Adolf Hitler, Emanuel Hirsch, Clemens Maria Hofbauer, Karl Jaspers, Ernst Kantorowicz, Gerhard Kittel, Siegfried Kracauer, Frank-Lothar Krol, August Lehmkuhl, Karl Lueger, Niklas Luhmann, Hermann Lübbe, Theodor Mommsen, Ernst Nolte, Friedrich Nietzsche, Hieronymus Noldin, Joachim Ritter, Friedrich Schlegel, Carl Schmitt, Paul Schultze-Naumburg, Georg Simmel, Albert Speer, Eric Voegelin y Max Weber? Yo tampoco, incluso habiendo leído el artículo de Ugarte, en el que se enumera a todos ellos (por no mencionar unos veinte otros nombres en las notas a pie de página). Ninguno de ellos escribió jamás una sola frase sobre Fal Conde, ninguno de ellos conoció a Fal Conde y probablemente ninguno de ellos oyera hablar de Fal Conde, sin embargo, se alude a ellos en el texto para demostrar que Fal era un tradicionalista modernista antimoderno. Solo porque Ugarte ofrece un “poderoso marco comparativo”. Quizá sea esta también la razón por la que en las ocho primeras páginas del artículo de 31 páginas no habla en absoluto de Fal Conde. ¿Sería tan amable de darnos marcos comparativos un poco menos poderosos la próxima vez?
Estética del modernismo
nacionalsocialista alemán

Al revisar la lista de argumentos que se supone respaldan la teoría del modernismo antimoderno de Fal, no podemos dejar de hacernos preguntas sobre las audaces asociaciones que ofrece Ugarte. ¿Qué diantres tenían que ver Gabino Márquez, Sánchez de Castro, Menéndez Pelayo o Senante, tradicionalistas carcas que miraban al siglo XVI como la edad de oro, con el modernismo (ya sea antimoderno, promoderno o lo que sea, y mucho menos con el “fascismo genérico”)? Habrá que imaginárselo. ¿Que para ellos la política “era la prolongación de la religión”? Caramba, el integrismo en su mejor momento, la reacción contra el liberalismo decimonónico, contra la restauración alfonsina, contra el pidalismo, contra el vacilante Carlos VII. Esa doctrina, considerada anticuada y paleo-reaccionaria ya en la época de la escisión nocedalista en 1888, afirmaba que la política y la religión eran una sola pieza; sin embargo, Ugarte no menciona a los líderes integristas Nocedal y Olazábal ni una sola vez, y menciona la palabra “integrismo” tan solo dos veces y solamente de pasada. ¿Que los jesuitas fueron los tutores de Fal? Pues bien, desde principios del siglo XX muchos de ellos fueron el blanco de la virulenta propaganda integrista. En realidad, podrían haber estar vinculados a la ACNP y al Opus Dei, pero eso no los convertía en aliados, sino en enemigos del tradicionalismo, ya que la orden quedó mancillada por el malminorismo, el accidentalismo y, en general, la idea demócrata-cristiana de la política. ¿Vázquez de Mella y Víctor Pradera los mentores políticos de Fal? De ninguna manera. Tanto Mella como Pradera fueron partidarios de una estrategia de grandes pactos de derechas, el primero en la década de 1910 y el segundo en la década de 1930, y ambos estaban dispuestos a negociar. No así Fal Conde que, firme e intransigente, alejó a la Comunión Tradicionalista de cualquier compromiso político. Él no era su “fiel seguidor”, sino realmente todo lo contrario. Mientras Pradera intentaba montar una gran alianza monárquica, fue Fal quien deshizo esos planes en 1934/1935. Si Fal colocó a Pradera a la cabeza del Consejo de Cultura y lo citó en una carta a Franco, lo hizo simplemente por razones tácticas (parece ser que al propio Franco le impresionó el Estado Nuevo).

Ugarte no ofrece un solo dato nuevo sobre Fal y todo lo que dice de él es ya conocido; no hay nada que haya descubierto él mismo. Causa desazón, ya que hay algunos huecos en lo que sabemos de la vida de Fal. No conocemos casi nada acerca de su posición política durante la Dictadura de Primo de Rivera, ¿estuvo en la Unión Patriótica? ¿En el Somatén? ¿En cualquier otro organismo? No, Ugarte no se molesta en indagarlo. ¿Cuándo se afilió Fal al integrismo? En 1930 ya era el dirigente de este partido en Sevilla, lo que apunta a alguna vinculación anterior, pero en lugar de investigar el tema, Ugarte prefiere fantasear con los filósofos alemanes. ¿Cuál fue realmente el papel de Fal Conde en la Sanjurjada? ¿Participó en una conspiración previa a estos sucesos, ocupó algún cargo organizativo en Sevilla durante el golpe? A Ugarte no le importa, se complace en comparar la Sanjurjada con el Putsch de la Cervecería de Hitler, que está claro que es más fácil y más divertido. Para empeorar más las cosas, Ugarte nos sale con ciertos hechos biográficos que generan confusión: que su padre era un tal “Juan Fal” (y no, como se creía anteriormente, Domingo Fal Sánchez); que en 1930 Fal se unió a una “Comunión Integrista-Tradicionalista” y que esta agrupación era una amalgama conjunta jaimista-integrista de “savia nueva” (no fue así, pues la fusión de los integristas con los jaimistas llegaría 2 años después). Peor aún, aunque la bibliografía existente sobre Fal es escasa, Ugarte no parece conocer estas pocas obras publicadas; su fuente de datos principal parece ser el folleto de Poole y Valdés de 1935, y no sabe nada del trabajo de Marín y Burgueño de 1975. Es posible que ni siquiera sea consciente de que sus especulaciones sobre la supuesta modernidad tradicionalista ni siquiera son originales; ya en 2012 Caspistegui redactó un artículo titulado “Paradójicos reaccionarios” y se centró en la modernidad carlista enfrentada a la República, aunque no de manera tan obsesiva como el artículo de Ugarte y tratando más bien de la organización y los aspectos técnicos, si bien en algunos párrafos también especuló sobre los vínculos percibidos entre el carlismo de los años 30 y el espíritu modernizador de la época. En tal caso, supongo que sería demasiado esperar que Ugarte reconociese asimismo anteriores trabajos que plantean el carlismo como el partido español más moderno, como los referidos al Marqués de Cerralbo por Jordi Canal (2006) o Fernández Escudero (2012).

Aparte de los vacíos fácticos que a Ugarte no le interesa explorar, hay otras cuestiones relacionadas con Fal Conde que suplican una investigación y que Ugarte ha ignorado por completo. Para mí, la clave es la opinión de Fal sobre, ejem, el carlismo. ¿Cómo es que llegando con su herencia integrista, tibia respecto a los asuntos monárquicos y dinásticos, fue tan firme e intransigente, si no sectario, al forjar la estrategia de alianzas de la Comunión entre 1934 y 1936? ¿Cómo es que Fal, y para el caso, también otros antiguos integristas, se convirtieron en la columna vertebral del javierismo, y en los tiempos de caos y fragmentación de las décadas de 1940 y 1950 fueron, por así decirlo, la mayoría de los carlistas militantes? ¿Qué estaba en la mente de Fal cuando se opuso a la petición de Don Javier de asumir el título de rey y por qué, de repente, cambió de opinión a principios de la década de 1950? ¿Por qué se mantuvo firmemente con Don Javier en los años 60 y 70, a pesar de que los Borbón-Parma ya parecían claramente distanciados de la ortodoxia tradicionalista? Cualquier intento de biografía política de Fal Conde debe abordar estos temas como cuestiones fundamentales, condición sine que non para entender al hombre y al político. Sin embargo, Ugarte ha preferido seguir su inclinación por la especulación, el “marco comparativo” y las argucias eruditas y desorganizadas.

Ugarte ha concebido su artículo como un análisis de los fenómenos culturales y sociales de masas, pero su razonamiento también fracasa aquí estrepitosamente. Sí, probablemente haya que convenir que las condiciones locales y familiares están sobrevaloradas en lo que respecta al atractivo del carlismo, y sí, la pregunta de por qué en la década de 1930 Andalucía, de repente, presenció un renacimiento tan imponente del carlismo, es realmente fascinante. Ugarte lo notó, y tiene la respuesta: fue “un modo de rebeldía y contestación” con el propósito de “épater le bourgeois”, el estado de ánimo personificado por Jean des Esseintes en la novela de Huysman “A rebours”. ¿Entendido? Sí, según Ugarte, en el Quintillo de 1934 había 650 Jeans de Esseintes que anhelaban la perfección estética, disgustados con el utilitarismo mezquino, atrapados en el misticismo, educados por jesuitas y con un lavado de cerebro de los profesores de la Hispalense. Realmente me ha sorprendido que Ugarte, que presenta el Quintillo como una “nueva forma de concebir la política”, no haya logrado poner los puntos sobre las íes y escribir que el Quintillo era como los desfiles de Núremberg, con antorchas encendidas, incontables pancartas y toda la liturgia del estilo nazi. Al parecer, ya tenía bastante con comparar la Sanjurjada con el Putsch de la Cervecería y las concentraciones de requetés con Hitler volando en un Ju-52 en su campaña electoral. Sin embargo, no se priva de comparar el estilo público de Fal con el de Mussolini. Nunca he visto un vídeo de Fal Conde pronunciando un discurso, pero todos los relatos disponibles presentan la figura de un orador equilibrado, más bien alegre, lógico, firme, pero de tono suave y sereno. No me parece que la reserva sobre la ausencia de “histrionismos” sea suficiente como para justificar la comparación con un bufón, un estrafalario comediante como Mussolini.

Sería preciso un nuevo artículo para enumerar todas las afirmaciones de Ugarte que podrían no ser pura basura, pero que caen simplemente en la categoría de lo “discutible”, aunque se presenten como hechos probados. De hecho, algunos autores afirman que Herrera Oria o José María Gil Robles eran tradicionalistas, pero también hay pruebas suficientes para ponerlo en duda. Rafael Gambra siguió a Víctor Pradera en la línea de los grandes teóricos tradicionalistas, pero eso parece insuficiente para justificar la afirmación de que era “el discípulo de Pradera”; su maestro era claramente Vázquez de Mella. Pero, según Ugarte, Mella y Pradera son una especie de gemelos ideológicos. No debe conocer o se niega a reconocer que Mella consideraba a Pradera un traidor que abandonó la idea de gran alianza ultraderechista en favor de una coalición minimalista, del más bajo común denominador. Por cierto que calificar a Pradera como un firme partidario de la vía insurreccional no coincide con su aparente afición por los pactos entre bambalinas y coaliciones de partidos. Luego, Ugarte atribuye a Fal Conde un gran cálculo realista al referirse a su estrategia contra la República, y es verdad que las excelentes aptitudes de Fal en términos de organización parecen confirmar esta opinión. Sin embargo, uno no puede dejar de preguntarse cómo podría haber sobrevivido a la comprobación de la realidad más elemental el utópico plan de alzamiento solo con carlistas ideado por Fal en la primavera de 1936, y cómo es posible que un político razonable llegase a creer que en la tremendamente movilizada sociedad española de mediados de los años 30, unos cinco mil requetés podían llevar a cabo con éxito un golpe de Estado. Y, por cierto, el Requeté tenía poco que ver con otros tipos de formaciones paramilitares urbanas que proliferaban rápidamente en Europa, puesto que era predominantemente una organización rural.

Ugarte ha dicho que su artículo es solo un primer esbozo de la biografía. La idea de que vaya a escribir una monografía de tamaño completo me hace temblar. Cruzo los dedos para que renuncie a esa idea. De lo contrario, en algún momento nos toparemos con otra enciclopedia de filosofía alemana y teoría política salpicada aquí y allí de asociaciones más o menos absurdas con Fal Conde. El artículo de marras demuestra su amplia cobertura, supuestamente para demostrar la teoría sobre el modernismo antimoderno de Fal; ¡Gabino Márquez especializado en filosofía alemana! ¡Las diatribas de Senante oponiéndose al Estado tiránico correspondían al Kulturpessimismus alemán! ¡“El Observador” se parecía mucho al “magma cultural católico” en Baviera! ¡Las élites católicas españolas profesionalmente modernas produjeron un clima comparable al del ambiente völkisch de Múnich! ¡Las teorías de Víctor Pradera evocan el concepto de Belagerungszustand de Carl Schmidt! ¡La organización perfecta del Quintillo fue como la de Hitler haciendo uso de la tecnología al volar en un Ju-52 durante su campaña electoral! ¡Rebelarse contra el espíritu predominante de la época se encuentra en el marco del fascismo genérico! ¡Ser carismático apostando por el espíritu de los símbolos y mitos, como señaló Casirrer! ¡El Requeté era una milicia urbana muy al estilo del fascismo genérico! El tradicionalismo español finalmente convergió y produjo el franquismo, como en el caso de los pensadores católicos alemanes Kittel, Althaus y Hirsch, ¡que acabaron apoyando el nazismo!

Admito que me incomoda algo el lenguaje agresivo y virulento que estoy empleando, sin duda muy distinto del de las revisiones académicas. Pero aún así pienso que es procedente. Una revisión historiográfica al uso haría honor al artículo de Ugarte y le permitiría salirse con la suya con su palabrería científica. En realidad, lo que ha hecho y lo que supuestamente pretende continuar es la desfiguración del arte historiográfico. Al no ofrecer ninguna información objetiva nueva, lo que hace Ugarte es anegarnos con innumerables asociaciones no verificables y sueltas que sirven a su aparente gusto por mostrar lo erudito que es. Me doy cuenta de que la Revista Universitaria de Historia Militar es un periódico especializado capaz de aceptar artículos que nada tienen que ver con la “historia militar” y con un abstract en inglés que es un desastre lingüístico que hay que tratar de imaginarse para entenderlo. Pero cuando Ugarte haya terminado la gran biografía de Fal Conde que planea, probablemente todos estemos condenados a imaginarnos qué otra cosa más absurda será capaz de producir la historiografía española sobre el carlismo.


Arvo Jokela


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Javier Ugarte Tellería, “Fal Conde: Carlismo y modernismo”, [in:] “Revista Universitaria de Historia Militar” 7/13 (2018), pp. 482-513

Meet herr Fal Conde, der anti-modern Modernist 

Did you know that Manuel Fal Conde was an anti-modern modernist, formatted by the spirit which gave rise to generic fascism? Do not worry, neither did I. Ah, you do not understand… Do not worry either, will try to explain.

The story begins with a British historian named Roger Griffin. According to him, in the late 19th century there were more and more young people alienated by what he names “modernity”, i.e. Western culture increasingly deprived of a homogeneous value system, the culture decadent due to “secularizing and disembedding forces of modernization”. For these young people, this “modernity” translated simply into pettiness, dull utilitarianism, “triunfo de lo prosaico en la sociedad burguesa”. They were longing for a new order, a different type of modernization, the one defined by a transcendent spirit and a new common sense of purpose. In turn, this sentiment gave rise to new totalitarian nationalism and later, to fascism, which was part of “anti-modern political modernism”.

Well, this is all Griffin and few others smart fellows. And now comes a Spanish historian, Javier Ugarte Tellería; in a rather niche periodical he published an article which says: yes, this is all true, and Manuel Fal Conde was riding the same wave.

Does Ugarte offer any proof? Oh yes, quite a lot. I will try to list them. So, take a seat and be warned, the ride will be bumpy. Fal Conde was an anti-modern modernist because: 1) his juvenile master was Gabino Márquez; 2) he frequented the Jesuits, who were “extraordinary agents of mobilization”; 3) at the university he listened to Sánchez de Castro; 4) he was among the youth educated on apocalyptic and mystical theories on Spanish history, produced by the likes of Balmes and channelled by Menéndez Pelayo; 5) his political mentor was Senante, who preached toppling the republic; 6) he edited “El Observador”, where he called for defence of religion and fatherland; 7) he formed part of the young professionally modern Catholic elites; 8) he dismissed parliamentary politics and was intransigent; 9) he was the follower of Vazquéz de Mella and Pradera; 10) on his insurrectional path he organized Quintillo; 11) he was a charismatic figure; 12) he looks dominant on photos; 13) he rebelled against his era; 14) he built requeté, amilitiavery much in generic fascist style; 15) he represented one of the theoretical flows which ultimately converged and produced Francoism.

Clear? Any questions?

Gosh, it is long time since I have read so much nonsense on Carlism in one go.

Ugarte Tellería is not a postgraduate doctorate hopeful, yet his style very much resembles their trademark strategy of blinding with science. His major title to historiographic glory is La nueva Covadonga insurgente, astudy on roots of anti-republican rising in the vasco-navarrese area in 1936. One of the reviewers of this book applauded Ugarte for “original style” and “ease of writing”; another one praised his “powerful comparative framework”. The volume is indeed fun to read, though perhaps instead of “original” it should rather be named “extravagant”; it combines anthropologic study, cultural essay, family tale, analysis in comparative political theory, swaggeringof own erudition and pure speculation. However, after few hundred pages of reading I have started to wish that Ugarte had slightly less “ease of writing” and slightly less “powerful comparative background”. His key problem is that he cannot resist the temptation to explore every association which appears in his mind; the result is that the reader has to follow every correlation, relation, pairing or linkage Ugarte can think of, and because he apparently spent some time on a grant in Germany, most of these associations go in this direction. However, what was a minor and perhaps amusing nuisance in Covadongabecomes the key feature of his article on Fal Conde.

Do you know what Fal Conde had in common with Paul Althaus, Karl-Otto Apel, Hannah Arent, Peter L. Berger, Karl-Dietrich Bracher, Martin Broszat, Ernst Cassirer, Engelbert Dollfuss, Johann Droysen, Hans-Georg Gadamer, Jurgen Habermas, Martin Heidegger, August Andreas Hillgruber, Adolf Hitler, Emanuel Hirsch, Clemens Maria Hofbauer, Karl Jaspers, Ernst Kantorowicz, Gerhard Kittel, Siegfried Kracauer, Frank-Lothar Krol, August Lehmkuhl, Karl Lueger, Niklas Luhmann, Hermann Lübbe, Theodor Mommsen, Ernst Nolte, Friedrich Nietzsche, Hieronymus Noldin, Joachim Ritter, Friedrich Schlegel, Carl Schmitt, Paul Schultze-Naumburg, Georg Simmel, Albert Speer, Eric Voegelin and Max Weber? Neither do I, even having read the Ugarte article, where they are all listed in the text (not to mention further 20 or so names in footnotes). None of them has ever written a single sentence about Fal Conde, none of them has ever met Fal Conde and probably none of them has ever heard about Fal Conde, yet they are referred in the text to prove that he was a modern anti-modernist Traditionalist. Just because Ugarte offers a “powerful comparative background”. Perhaps this is also the reason why on the first 8 pages of the 31-page article he does not elaborate on Fal Conde at all. Could I please ask for somewhat less powerful comparative background next time?

Reviewing the list of arguments supposed to back the theory of Fal’s anti-modern modernism one cannot stop wondering about audacious associations that Ugarte offers. What on earth Gabino Márquez, Sánchez de Castro, Menéndez Pelayo or Senante, die-hard traditionalists who pointed to the 16th century as to the golden era, had to do with modernism (be it anti-modern, pro-modern or whatever, let alone with “generic fascism”)?One can only guess. That to them “politics was extension of religion”? Gosh, this is Integrism at its best, the reaction against 19th-century Liberalism, against Alfonsist restauration, against Pidalismo, against vacillating Carlos VII. Considered antiquated and paleo-reactionary already at the Integrist breakup in 1888, the doctrine claimed that politics and religion were one and integral piece; however, Ugarte does not mention Integrist leaders Nocedal and Olazábal a single time, and actually he names Integrism only twice and only in passing. Jesuits as Fal’s tutors? Well, since the early 20th century they became the target of virulent Integrist propaganda; they indeed might be linked to ACNP and Opus Dei, but this renders them not the allies but the enemies of Traditionalism, asthe order got tarnished with malmenorismo, accidentalism and in general the Christian-democratic format of politics. Vázquez de Mella and Pradera as political masters of Fal? No way. Both de Mella and Pradera preached grand right-wing alliances, the former in the 1910s and the latter in the 1930s, and both were keen to negotiate. Fal was not; adamant and intransigent, he steered Comunión away from any political compromise. He was not their “fiel seguidor” but in fact exactly the opposite. While Pradera tried to mount a generic monarchist alliance, it was Fal who smashed these plans in 1934-1935. If Fal placed Pradera on top of Concejo de Cultura and quoted him in a letter to Franco it was merely because of tactical reasons (Franco was apparently impressed with Estado Nuevo).

Ugarte does not offer a single new piece of data on Fal and all he refers is known already; there is nothing he found himself. It hurts since there are some gaps in our knowledge about Fal. We know close to nothing about his political stand during primoderiverismo; was he engaged in Unión Patriótica? In Somatén? In any other structures? No, Ugarte does not bother. When Fal got engaged in Integrism? In 1930 he was already the leader of its Seville branch, which suggests some earlier ties, yet instead of inspecting the issue Ugarte prefers to fantasize about German philosophers. What was actually Fal’s involvement in Sanjurjada, did he engage in conspiracy before the coup, did he hold any admin position in Sevilleduring the rebellion? To Ugarte it does not matter, he rather indulges in comparing Sanjurjada to Hitler’s Beer Putsch, which is definitely easier and more fun. To make it worse, Ugarte coins some factual info which seems to confuse: that his father was a certain “Juan Fal” (not, as previously believed, Domingo Fal Sánchez); that in 1930 Fal joined a “Comunión Integrista-Tradicionalista” (while in fact the party name was Partido Tradicionalista Integrista) or that this grouping was a joint Jaimista-Integrista “new-blood-type” amalgam (it was not, the merger with the Jaimistas came 2 years later). Still worse, even though existing literature on Fal is scarce, Ugarte does not seem to know all of these very few pieces published; his key source of data appears to be the 1935 booklet by Poole and Valdés, and he knows nothing about the 1975 work of Marín and Burgueño. Perhaps he is not even aware that his speculations on alleged Traditionalist modernity are by no means innovative; already in 2012 Caspistegui produced a piece titled “Paradójicos reaccionarios” and focused on Carlist modernity pitted against the Republic; though not equally obsessive as Ugarte’s piece and dealing rather with organization and technicalities, in few paragraphs it also speculated about perceived links between Carlism of the 1930s and the modernizing spirit of the era. In this case it is perhaps too much to expect that Ugarte would also acknowledge earlier works on Carlism as the most modern Spanish party, produced with reference to Cerralbo by Canal (2006) or Fernández Escudero (2012).

Apart from factual gaps which Ugarte is not interested to explore, there are other issues related to Fal which beg investigation and which Ugarte ignored altogether. To me, the key one is Fal’s view on, well, Carlism. How come that arriving with the Integrist heritage – lukewarm about monarchical and dynastic issues – he was so firm, intransigent if not sectarian when forging Comunión’s alliance strategy in 1934-1936? How come that Fal – and for that matter, also other former Integrists – became the backbone of the Javieristas, and in times of chaos and fragmentation of the 1940s and 1950s they were, so to say, most Carlist of all the Carlists? What was in Fal’s mind when he opposed the calls for Don Javier to assume the monarchical title, and why out of the sudden he changed his mind in the early 1950s? Why he stood firmly by Don Javier in the 1960s and 1970s even though the Borbón-Parmas were already clearly at odds with Traditionalist orthodoxy? Any attempt at political biography of Fal must tackle these questions as fundamental, conditio sine que non to understand the man and the politician. However, Ugarte prefers to follows his penchant for speculation, “comparative background” and erudite, disorganized gimmick.

Ugarte formatted his article as an analysis of massive cultural and social phenomena, yet his reasoning fails miserably also here. Yes, probably one has to agree that local and family conditions are overvalued when it comes to the Carlist appeal and yes, the question how come that in the 1930s Andalusia out of the sudden witnessed such an imposing renaissance of Carlism is indeed fascinating. Ugarte noted it, and he has the answer. It was “un modo de rebeldía y contestación” with the purpose to “épater le bourgeois”, the mood epitomized by Jean des Esseintes from the Huysman’s novel “A rebours”. Understand? Yes, according to Ugarte at Quintillo there were 650 Jeans de Esseintes longing for aesthetic perfection, disgusted with petty utilitarism, trapped in mysticism, educated by Jesuits and brainwashed by Hispalense professors. I was actually surprised that Ugarte, who presented Quintillo as “nueva forma de concebir la política”, failed to dot the i’s and cross the t’s by writing that Quintillo was like the Nürnberg parades, with burning torches, countless banners and all the Nazi-style liturgy.He apparently felt satisfied comparing Sanjurjada to Beer Hall Putsch and requeté rallies to Hitler flying Ju-52 on his electoral trail. He does not fail, however, to compare the public style of Fal to this of Mussolini. I have never seen a footage of Fal speaking, yet all accounts available present a figure of a balanced, rather amiable, logical, firm but soft-tone and serene speaker; it does not seem to me that the reservation about missing “histrionismos” is enough to warrant comparison to the buffoon, clownish, extravagant comedian like Mussolini.

It would take a new article to list all Ugarte’s claims which may not be pure rubbish but fall merely into the “debatable” rubric, even though they are presented as proven facts. Indeed some scholars claim that Herrera Oria or José-María Gil Robles were Traditionalists, but there is also enough evidence to doubt it. Rafael Gambra did follow after Pradera in line of great Traditionalist theorists, but this seems insufficient to substantiate the claim that he was “the disciple of Pradera”; his master was clearly de Mella. Then, according to Ugarte, de Mella and Pradera are some sort of ideological twins; he either does not know or refuses to acknowledge that de Mella considered Pradera a traitor, who abandoned the concept of grand ultra-right alliance in favour of a minimalist, lowest-common-denomination coalition. By the way of Pradera, dubbing him a firm supporter of insurrectional path does not match his apparent penchant for back-stage haggling and party coalitions. Then, Ugarte attributes to Fal a great deal of realistic calculation when referring his anti-Republican schemes, and indeed Fal’s excellence in terms of organization seems to confirm this view. However, the Carlist-only rising, planned by Fal in the spring of 1936, makes one wonder how such Ruritanian plans might have survived a simplest reality check and how come any reasonable politician could have believed that in the extremely mobilized Spanish society of the mid-1930s some 5,000 requetés can successfully carry out a coup d’etat. And by the way, requeté had little to do with various types of urban paramilitary formations mushrooming across Europe, as it was predominantly a rural organization.

Ugarte wrote that his article was just a first sketch of the biography, which makes me tremble that he is going to write a full-size monograph. I keep my fingers crossed he abandons the idea. Otherwise in some time we shall get another encyclopaedia of German philosophy and political theory, here and there dotted with more or less nonsensical associations to Fal Conde. The article in question demonstrates their wide range, supposed to prove the point about Fal’s anti-modern modernism; Gabino Márquez specialized in German philosophy! Senante’s diatribes about opposing tyrannical state corresponded to the German Kultur pessimismus!“El Observador” was very much like “magma cultural Católico” in Bavaria! professionally modern Spanish Catholic elites produced the climate comparable to the Völkisch ambience of Munich! theories of Pradera evoke the Belagerungszustandes concept of Carl Schmidt! perfect organization of Quintillo was like Hitler’s taking advantage of technology when he flew Ju-52 during his electoral campaign! rebelling against the predominant spirit of the time was within the framework of generic fascism! being charismatic banked on the spirit of symbols and myths, as pointed out by Casirrer! requeté was urban militia very much in generic fascist style! Spanish Traditionalism ultimately converged and produced Francoism, just like in case of Germany Catholic thinkers Kittel, Althaus and Hirsch, who eventually supported Nazism!

Yes, I am somewhat uneasy about the hawkish and virulent language I am using, definitely far from the language of academic reviews. However, I still think it is appropriate. A usual historiographic review would do the honour to Ugarte’s article and let him get away with his scientific claim. In fact, what he did and what he apparently intends to continue is disfigurement of historiographic craft; having offered no new factual information at all, Ugarte indulges in an inundation of non-verifiable, loose associations serving his apparent predilection for showing off how erudite he is. I realize that Revista Universitaria de Historia Militar is a niche periodical, that they might accept articles which have nothing to do with “historia militar” and that their English abstract is such a linguistic disaster that it takes guessing to understand. However, with Ugarte’s full-scale Fal’s biography finished, we shall be probablyall condemned to guessing how much more absurd the Spanish historiography on Carlism is able to produce.


Arvo Jokela

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