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martes, 31 de diciembre de 2019

Fray Luis de Granada, por Juan V. de Mella

Tal día como hoy, en 1588, moría Fray Luis de Granada, orgullo de nuestra ciudad y de nuestra Patria. También un 31 de diciembre, del año 1888, se estrenaba D. Juan Vázquez de Mella como redactor del diario madrileño que acababa de fundar Carlos VII para la difusión leal de la doctrina carlista, El Correo Español; y lo hacía con el artículo que reproducimos a continuación, en el que celebraba la figura de tan ilustre fraile en su tercer centenario:

Monumento a Fray Luis de Granada en
la ciudad de los cármenes, actualmente
ubicado frente a la iglesia de Sto. Domingo.
Fue construido por iniciativa del periódico
carlista granadino La Verdad.

Fray Luis De Granada 

Hoy hace 300 años que en Lisboa murió en la paz del Señor uno de los varones más insignes con que se enorgullece nuestra patria.

Hijo de una humilde lavandera, recogido y amparado por un prócer ilustre admirado del natural despejo que mostraba en medio de sus juegos infantiles el obscuro huérfano, de tal manera ascendió por la escala de la virtud y del saber, que su nombre brilla como estrella de primera magnitud en la Orden de Santo Domingo y en el cielo de nuestras letras.

No es difícil en siglos menguados que se eleve sobre el nivel común de las medianías el hombre de verdadero mérito; pero asombra y maravilla que, en centurias como la décimasexta, cuando del fecundo seno de nuestra patria surgía opulenta y magnífica la vida nacional, dilatándose las grandezas españolas por todos los términos de la tierra, y presenciando atónito el mundo la más pasmosa asociación que pudo ofrecer jamás nación alguna de esplendores literarios y ciencias y virtudes egregias, y hazañas sin cuento, se destacase con soberana majestad la figura de un pobre religioso y atrajese hacia sí la admiración de aquellas gentes, habituadas a contemplar gigantes y a presenciar como cosas ordinarias las mayores magnificencias.

Y, sin embargo, es lo cierto que el nombre de Fray Luis de Granada resplandece con fulgores inextinguibles allí donde lanzan lumbre inmortal las inteligencias y los corazones de los hombres excelsos que honran y engrandecen nuestra raza.

En esa edad de oro de nuestra cultura, que comprende, no sólo el siglo XVI, sino casi todo el XVII, la fe católica, causa primera y superior del espíritu nacional, y la épica cruzada de las centurias anteriores, comunicaron tan poderosos alientos y tal vigor y energía a aquellas generaciones, que la robusta y lozana vida que las animaba parece que, después de correr abundante y generosa difundiendo por todas partes la salud, tomó cuerpo y como que concentró en un hombre alguna de sus peculiares energías, representando así la más alta de las ciencias, la sublime Teología, Vitoria y Melchor Cano; la ciencia filosófica, Suárez y Luis Vives; el Derecho, Soto y Molina; la poesía dramática, Lope y Calderón; la lírica, Fray Luis de León y Herrera; y el fuego de los divinos amores que enciende las almas y arrebata las voluntades hasta unirlas por amorosos besos con el Bien Sumo, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús; como representaron la elocuencia que dispersa, con la luz de la verdad, las sombras del error y del pecado, el Venerable Juan de Avila y Fray Luis de Granada.

Si en las obras de Cervantes corre rica, abundante y armoniosa la prosa castellana, y en las de Saavedra Fajardo se muestra severa, concisa y enérgica, y en las de Solís florida y elocuente, con haber tan maravillosos escritores en aquella edad de gloria, en ninguno como en Fray Luis de Granada adquirió la lengua castellana tanta majestad y grandeza. Como río que se sale de su cauce y se desborda y todo lo inunda, así de los labios y de la pluma de Fray Luis de Granada sale el henchido raudal de la elocuencia, pareciendo que con el cadencioso sonar de sus palabras llegan hasta nosotros armonías de lo alto.

Al leer el Símbolo de la Fe, y principalmente sus sermones, y al contemplar la exigua, pobre y afrancesada prosa de estos tiempos, parecen aquellas páginas escritas en lengua diferente de la que de continuo resuena en nuestros oídos.

Y es que aquellos hombres de aquella edad levantaron el lenguaje a la altura de sus inteligencias y de sus corazones; y como estaban animados de fe poderosa y ardiente, comunicaron brillo y grandeza a la lengua castellana, mientras en este siglo se la rebaja al nivel de las concupiscencias de la carne y las impurezas del error, y por eso parece planta macilenta y agostada, a la que falta savia y vida.

Vuelva a encenderse la fe en las almas, y aquellas generaciones de gigantes aparecerán otra vez sobre el suelo de la patria, y las obras de Fray Luis de Granada tornarán a ser el deleite y el alimento de los espíritus, y, juntamente con la hermosura y gallardía del lenguaje, reaparecerá la pureza de las creencias, y reanudaremos la rota cadena de nuestras tradiciones nacionales.

(Artículo publicado en El Correo Español, el día 31 de diciembre de 1888.)

domingo, 15 de diciembre de 2019

Semblanza de Gabino Tejado (1819-1891), gloria del tradicionalismo español, en el bicentenario de su nacimiento

                         tomado de Juan Marín del Campo
                         (edición especial de EL SIGLO FUTURO, 19/3/1925)

Bajaba yo un día hacia la Carrera de San Jerónimo hacia aquella parte del Prado que antiguamente llamaban de San Fermín; bajaba en compañía de un mi amigo y pariente, muy dominico y muy cervantista, y ambos a dos, sin darnos de ojo ni de codo, nos quitamos el sombrero al pasar por delante de la estatua de nuestro Cide Homete Benengeli.

—Tú eres de los míos —me dijo mi compadre—. De Dios y de la Virgen y de los santos abajo, creo que no me quito el sombrero nada mas que ante la estatua de nuestro Cervantes.

—Pues yo me quitaré siempre el sombrero delante de las estatuas de algunos más.

—Separaos quiénes son, si no lo has par enojo.

—¿Por enojo dices? A gala y como gentileza lo tengo.

—Pues escucho y tiemblo.

—Escucha y regocíjate con estos nombres que hasta la muerte guardaré siempre en mi memoria y en mí corazón; y aun tengo para mí que si después de muerto los pronuncian delante de mi cadáver o de, mi tumba, me pasará lo que cantaba el Real Profeta, conviene a saber, que et exultabunt ossa mea humiliata.

—Que en romance significa...

—Que...

                         Mis huesos que el dolor quebrado había
                         De gozo saltarán.

—Vengan, pues, esos nombres.

—El Venerable Padre La Puente; el Venerable Padre Nieremberg; el Venerable Padre Don Bosco; Balmes; Augusto Nicolás; Luis Veuillot; el Padre Gago; Gabino Tejado; Monseñor Segur; el Padre Manjón; el Padre Solá; Sardá y Salvany, y el cinco veces navarro Don Francisco Navarro Villoslada...

Desde joven y aun desde niño me familiarizaron, por gran misericordia del Señor, con los nombres de oro y de luz de estos varones ilustres, con su vida y andanzas, y principalmente con sus libros; y esos nombres y esos libros han sido siempre luz y faro, camino y norte, aliento y consolación de mi vida. Y hablando luego de alguno de esos grandes hombres, he aquí lo que vine a contar de nuestro Don GABINO TEJADO.

Allá por los años de 1879 dirigía Valentín Gómez La Ilustración Católica, de felicísima recordación. Y habiendo querido honrar un día sus católicas y españolísimas páginas con el retrato y la semblanza del gran Don Gabino Tejado le pidió Valentín un retrato, y también le pidió que el mismo Don Gabino, a usanza del gran Rembrandt, trazase y escribiese y publicase en la Ilustración Católica su propia semblanza.

—Otorgo al consonante —dijo con su acoslumbrada gracia y sal y gentileza el ínclito extremeño.

Y requiriendo su fácil, castiza y gloriosa pluma, trazó en un santiamén la siguiente donosísima semblanza; joya literaria a cuya vista palpita siempre de gozo y con melancolía el corazón:

«Estudiante de Jurisprudencia en Salamanca, Sevilla y Madrid. Abogado que ejerció la profesión un año y averiguó que no servía para el negocio. 
Progresista muy exaltado en su primera juventud; racionalista moderado después, neo a los treinta años y lo que se sigue. 
Escritor desde la adolescencia; periodista casi siempre; poeta de vez en cuando, pobre jornalero de pluma siempre. 
Diputado suplente en 1843; diputado efectivo cuatro veces, dos por el distrito de Brozas (Extremadura), una por Mondoñedo y otra por Navarra; senador en 1870. 
Empleado y cesante sin cesantía desde 1858 por renuncia; jefe superior de Administración. 
Preso una vez, desterrado otra, internado muchas. 
No doctor en ninguna facultad; no académico; no condecorado de cinta ni placa ni medalla alguna. 
No está averiguado si es humildad u orgullo lo que le mueve a titularse en las portadas de libros pura y simplemente Gabino Tejado
Sus amigos le llaman escritor distinguido y hasta eminente; sus adversarios le han formado una reputación de feo, y no es la más injusta. Formalmente ignora él si acertarán a llamarle también tonto. Por lo menos es pobre y resuelto a seguir siéndolo, cosa que se conoce a la legua. 
Pero es muy rico de fe y de amor a su Dios y a su Patria.»

Hasta aquí la donosa y primorosísima semblanza de GABINO TEJADO, trazada tan gentilmente por él mismo. El cual fue hombre a quien Dios Nuestro Señor le dio no un talento ni cinco talentos, sino varios, como vamos a verlo.

Gabino Tejado y Rodríguez
(Badajoz, 1819-Madrid, 1891)
GABINO TEJADO fue el discípulo predilecto de su inmortal paisano Donoso Cortés, de cuyas obras fue el compilador y el editor. Fue periodista a nativitate; crítico literario; poeta lírico; poeta dramático; introductor de la estrofa manzoniana en la literatura española; buen teólogo; gran filósofo y escolástico a macha-martillo; redactor del Semanario y del Siglo Pintoresco, en amor y campaña de su fraternal amigo el gran Navarro Villoslada; redactor jefe de nuestro SIGLO FUTURO, como antes lo había sido de El Pensamiento Español cuando el propio Villoslada le dirigía, y, finalmente académico de la Española.

De política extranjera no hubo nadie en España que escribiese con tanto conocimiento de causa y con tanta amenidad, claridad y talento como Don Gabino. ¡Qué elogios hacía de él a cuento de esta materia mi amadísimo maestro Enrique Gil y Robles!

Fue escritor de costumbres y novelista. Sus cuadros sobre La España que se va y sus novelas de El Amigo de la familia fueron lectura familiar en infinitos hogares españoles allá en la segunda mitad del siglo XIX. ¿Quién no recuerda El ahorcado de palo, El médico de la aldea, Ni tú el solterón, Antes que te cases, Víctimas y verdugos? Fue, a mayor abundamiento, editor; y la católica imprenta de Tejado fue una de las instituciones más bienhechoras en los revueltos y para la religión nefastos días del pasado siglo XIX.

Allá por los años de cincuenta y tantos, el gran Duque de Rivas, en famosa carta enderezada a los primeros literatos españoles hablaba con palabras de muy justas alabanzas de las doctas prensas de Tejado. De ellas salió aquella inolvidable Biblioteca manual del cristiano ¡ay! ya completamente agotada, y para la cual escribió el gran González Pedroso uno de los más primorosos y sabrosísimos libros que por aquellas calendas se escribieron.

Entre los traductores de poetas extranjeros en versos castellanos, es Teodoro Llorente el que se lleva la prez y la palma; y entre los traductores en prosa el monarca y emperador es, sin recelo de engaño, el autor del Séñeri español, nuestro egregio Padre Solá; pero los príncipes que le siguen son el Padre Granada, el Padre Ribadeneyra, el Padre Zeballos (Don Francisco de Quevedo, con perdón sea dicho, fue pésimo traductor) y, finalmente, GABINO TEJADO, que fue el más fecundo de todos ellos. El cual dio carta de naturaleza en España y vistió con muy ricas vestimentas españolas a muchos varones ilustres de allende los Pirineos.

Del inglés tradujo al Padre Faber; del francés a Monseñor Segur, al nunca bien alabado Monseñor Gay, a Eugenio de Margerie y a muchos otros; del italiano a Prisco, al Padre Brescianí (mejorándole en tercio y quinto), a Taparelli en su incomparable Gobierno representativo, y sobre todo y ante todo, al gran Manzoni. Dos italianos ilustres, jesuita el uno y salesiano el otro, ambos muy duchos en achaques de literatura italiana y española, y ambos expertísimos in utraque lingua, conviene a saber, el Padre Digioia y el salesiano Padre Don Tomás Nervi, han confesado noblemente delante de mí que en varios pasos de la inmortal novela de Manzoni, GABINO TEJADO pasa de vuelo al inmortal milanés y le mejora en tercio y quinto.

Pero donde campea a maravilla y fulgura esplendorosamente el romanismo de GABINO TEJADO es en los innumerables artículos y disertaciones que en defensa y apología de la Cátedra de San Pedro, y mayormente de las perpetuas enseñanzas de Pío IX sobre el Catolicismo liberal, estuvo escribiendo durante casi medio siglo aquel insigne apologista. Tan insigne y tan sobresaliente, que en el estudio, en la meditación y rumia de las referidas enseñanzas de Roma en la ristra de verdades que su clarísimo entendimiento descubría, en lo mucho que ahondaba para sondear la herejía moderna, y en el ingenio y garbo español, lucidez, amenidad, brío y maestría con que declaraba el catálogo de verdades que su entendimiento tan perspicaz y agudo iba descubriendo..., no le aventajó nadie en España ni en Europa.

No; no le aventajaron ni Luis Veuillot, ni el Cardenal Pie, ni el primer obispo de Madrid Martínez Izquierdo, ni el gran Obispo de Cartagena Bryan y Livermoore, ni los Padres Liberatore, Taparelli y Ramiere, ni otros redactores sapientísimos de la Civiltá Catolica. ¡Cuántas enseñanzas de las que dio al mundo Pío IX a cuento del Catolicismo liberal las habían aprendido ya los españoles en los escritos de Gabino Tejado!
El Catolicismo liberal (1875)

Con parte muy principal (pero no la mayor, ni mucho menos), de estas magníficas disertaciones tejió, siendo ya redactor de EL SIGLO FUTURO, el mejor de todos sus libros: El Catolicismo liberal, el cual, que si acaso no es el mejor de todos los libros que en contra el maldito Liberalismo se han compuesto, no puede en ley de justicia ser pospuesto a ningún otro en que sabiamente se diserte sobre dicha materia.

¿Sabéis quién fue el apologista de este libro en Europa? Pues nada menos que el director de L'Univers; el glorioso autor de La fragancia de Roma y de Roma en los días de Concilio vaticano; el grande, el sublime atleta del Pontificado en Francia, el amadísimo, el inmortal Luis Veuillot.

Con oro y perlas y diamantes sacados de aquel libro del Catolicismo liberal y de otros cien artículos de Don Gabino, publicados en nuestro SIGLO FUTURO, fabricó, años andando, el ínclito Sardá y Salvany la joya de El Liberalismo es pecado; en cuyas áureas paginas casi no hay nada que no se encuentre en el referido libro y en los demás escritos de Tejado. Lo cual no empequeñece nada a la valía inestimable del incomparable libro de Sardá, como en nada se bastardean ni menoscaban las galas, las bizarrías, el arte, el valor de un aderezo ni la traza ni los talentos de su artífice porque el aderezo esté labrado con oro, perlas y diamantes de otros cotos.

Gabino Tejado y el Padre Gago fueron los dos únicos españoles que formaron parte de aquella famosa junta de periodistas católicos nombrada por Pío IX en Roma durante los días del Concilio Vaticano para que, bajo la dirección de Monseñor Mermillod, se ocupasen en propagar por doquiera la verdad de lo que en Roma, en el Vaticano y en el Concilio acontecía, y para desenmascarar todas las calumnias, mentiras, trapacerías y trampantojos que judíos y masones, liberales y galicanos urdían a cada instante con grave detrimento de la verdad, tirando siempre a que no se defiriese nunca el dogma de la Infalibilidad del Romano Pontífice.

Mas no se contentó Don Gabino con ser en Roma corresponsal de El Pensamiento Español, de Villoslada, durante los varios meses que duró el Concilio. Y para mejor servir al Papa en aquella Ciudad Eterna, en donde aquel año había tantos obispos y gentes de España y de la América española, fundó allí mismo un periódico católico. Se llamó El Eco de Roma, estaba escrito en castellano, y su primer número salió de las prensas el día primero de febrero de 1870. Fue, pues, nuestro romanísimo Don Gabino quien fundó en Europa y fuera de España el primer periódico escrito en lengua castellana y periódico dedicado, como un zuavo pontificio, a la guarda y defensa de los derechos y prerrogativas del Romano Pontífice.

Pero ya era conocido en la misma Roma (tres años por lo menos hacía) el nombre y el romanismo del insigne polígrafo extremeño. Tres años hacía, en efecto, que en la tipografía de Sinimberghi se había impreso en elegante volumen, cuya marca era la llamada de folio menor, el Omaggio cattólico (homenaje católico) in varie lingue ai Principi degli Apostoli PIETRO e PAOLO nel XVIII centenario dal loro martirio.

En medio de las composiciones o piezas en prosa y verso que forman y hacen este ya rarísimo libro, campea la oda famosa de nuestro Don Gabino Tejado, escrita en vibrantes estrofas manzonianas. Por epígrafe la puso su autor aquel romanísimo texto de San Juan unum ovile et unus Pastor; y a ese único redil y a ese único Pastor universal se refieren más que otra alguna las dos últimas estrofas en donde fulgura la más cierta esperanza en futuros gloriosísimos triunfos de la Iglesia, esperanza que nadie como el inmortal Pío IX sabía imprimir en el alma y en el corazón de todos los que lograban la dicha de oír cualquier discurso del Pontífice de la Inmaculada, de la Infalibilidad y del Syllabus.

                         Ya de victoria fúlgido
                         El estandarte ondea;
                         Con nuevo sol las márgenes
                         Florecen de Judea;
                         Tíñese en nueva púrpura
                         la cumbre del Tabor.

                         Del antes yermo Gólgota
                         La falda ya florida
                         Pastos ofrece ubérrimos
                         A la grey escogida
                         Que guarda en redil único
                         El único Pastor.

Este fue nuestro maestro Don Gabino Tejado. A su amigo y amigo mío fraternal Don Antonio Quilez debe hoy EL SIGLO FUTURO la dicha de publicar el mejor y más gallardo retrato que existe del romanísimo autor de El Triunfo y de El Catolicismo liberal, de la Biblioteca manual del cristiano y de El Eco de Roma.

Hombre más salado, más alegre, más ingenioso, más simpático que aquel, y de más amena conversación y cariñoso trato no le hubo en Madrid en todo el siglo XIX. El soñador, el melancólico, el gran Aparisi y Guijarro, corazón de oro y corazón de niño, entendimiento excelso y naturalmente cristiano, confesaba que los mejores ratos de su vida eran los que pasaba en fraternal coloquio con Gabino, en cuyos fraternales brazos murió de repente, por cierto, en noche memorable.

Pero con qué enfermedad tan triste para todos los que le amaban le probó el Señor en los últimos años de su vida! Si mal no recuerdo una parálisis le quitó el uso recto de la palabra. No apagó aquella enfermedad ni menoscabó la inteligencia de Don Gabino; pero le hacía trocar lastimosamente las palabras y los hechos; pedía, por ejemplo, el sombrero y lo que verdaderamente pedía era el periódico; se ponía a limpiar un libro y creía que estaba escribiendo unas cuartillas. Pero ¡oh alegría en medio de tanta tristeza, desolación y ruina! aquel hombre, aquel anciano que tan devotísimo amante había sido siempre de la Santísima Virgen, lo único que no trocaba, y en lo único en que no tropezaba era en la recitación o rezo de la salutación angélica.

Siempre llevó consigo hasta la tumba esta gran señal de predestinación: el amor y la devoción a Aquélla a quien mandó el Señor echar raíces de amor inquebrantable en el corazón de sus predestinados: et in electis meis mitte radices.

viernes, 22 de noviembre de 2019

Diferencias entre el usurpador Felipe “VI” y S. A. R. Don Sixto Enrique de Borbón

Felipe



—La mayoría de estudios históricos aseguran que no es Borbón, sino que desciende de un amante de Isabel “II”. [1]

—Simboliza el régimen liberal partitocrático de 1978.

—Ha realizado homenajes a enemigos históricos de España como José de San Martín [2] y el separatista cubano José Martí. [3]

—Es Caballero de la Orden Masónica [5] y suele usar la kipá judía en sus reuniones con el pueblo deicida. [6]

—Ha llevado una cómoda vida palaciega sin interferir en la política española.


—Habla de mantener meramente la «legalidad constitucional».

—Ha contraído matrimonio desigual y posiblemente nulo, al estar su mujer excomulgada por haber abortado. Su descendencia sería, por tanto, ilegítima. Jamás ha desmentido esta información. [10]

—No le interesan los asuntos de la Iglesia y nunca ha mencionado a Dios en ninguno de sus discursos públicos.

—Sanciona toda suerte de leyes inmorales y anticristianas.

—Promueve junto con su mujer el aberrosexualismo en España [12] y el "matrimonio" sodomita y el aborto fuera de España. [13]

—Su familia se ha entregado siempre a los liberales y ha sumido a España en los mayores desastres de su historia. Su bisabuelo Alfonso fue el responsable directo de la venida de la II República y su padre Juan Carlos, al que alaba, liquidó el régimen nacido del 18 de Julio y trajo el actual.

—Tiene sentidos recuerdos para los rojos perdedores de la Cruzada de 1936-1939. [15]
S. A. R. Don Sixto Enrique de Borbón



—Pruebas de ADN han demostrado que desciende sin rastro de ilegitimidad del Rey Felipe V de España. [1]


—Es el Abanderado de la Tradición Española.

—Habla literalmente de «reconquistar el Imperio Español». [4]


—Es enemigo declarado de la masonería y del judaísmo, así como del laicismo. [7]


—Durante la Transición se enfrentó a rojos y separatistas en Montejurra con un puñado de hombres. [8]

—Habla de mantener la unidad de España «a toda costa». [9]

—No se ha casado inválidamente ni ha contraído matrimonio desigual vulnerando las disposiciones de la Pragmática Sanción de 1776.


—Asistió en 1988 a las consagraciones episcopales del Arzobispo D. Marcel Lefebvre para salvar la Tradición Católica, en las que ocupó un puesto de honor como Príncipe cristiano. [11]

—Denuncia esas leyes inmorales y anticristianas.

—Ha participado en conferencias europeas en las que se ha debatido sobre cómo «salvar a Europa del liberalismo y del satánico lobby gay». [14]

—Su familia ha derramado sangre por España. Su abuelo D. Roberto luchó a las órdenes de Carlos VII en la III Guerra Carlista; su padre D. Javier participó activamente en los preparativos del Alzamiento Nacional de 1936 y su tío D. Cayetano fue combatiente requeté en la Cruzada.

—Tiene sentidos recuerdos para todos los que murieron por Dios y por España en la Cruzada de 1936-1939.


Notas:

[1] Véase la información proporcionada por el experto en casas reales europeas Ricardo Mateos en Extra Confidencial (20/10/2013)
[2] «Reyes de España: Ofrenda floral en Plaza San Martín», Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto de la República Argentina (25/3/2019)
[3] «Rindieron honores rey de España Felipe VI y su esposa Letizia al Héroe Nacional José Martí»Canal Caribe (12/11/2019)
[4] Discurso de S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón en la Festividad de los Mártires de la Tradición (marzo de 2019).
[5] «Los masones españoles conceden al rey su más alta distinción»La Vanguardia (11/3/2019)
[6] «La kipá del Rey» (2/10/2016)
[7] Véase, por ejemplo, su entrevista en 2016: El “sínodo de Grozni” contra la estrategia del choque de civilizaciones (original en francés aquí).
[8] La verdad de los sucesos de Montejurra 1976 (entrevista sonora con José Arturo Márquez de Prado)
[9] S.A.R. Don Sixto Enrique: La unidad de España debe mantenerse a toda costa (29/9/2017)
[10] Accedemos a las facturas del aborto. El primo de la princesa Leticia llega a decir que "estaba excomulgada" (diarioya.es)
[11] XXV aniversario de las consagraciones episcopales de Ecône, Agencia FARO.
[12] Los Reyes rompen su silencio y se posicionan a favor del colectivo gay, Vanitatis (16/3/2017)
[13] La Asociación Nacional de Abogados Cristianos pide a Letizia que rectifique su defensa del matrimonio gayVanitatis (13/12/2011)
[14] Shekhovtsov, Anton (2018). Russia and the Western Far Right: Tango Noir. Routledge. ISBN 978-1-138-65863-9. Pág. 199.
[15] «El Rey reivindica a los republicanos», El País (22/3/2016)

sábado, 9 de noviembre de 2019

El Carlismo ante las elecciones parlamentarias del 10 de noviembre

Tras menos de siete meses desde las elecciones generales anteriores, el régimen de facto y su Gobierno en funciones vuelven a llamar a los españoles a las urnas. Nada ha cambiado; con la nueva convocatoria sólo aumenta el derroche de dineros públicos, al tiempo que disminuye el número de ilusos que esperan algo de los procesos electorales.

Reproducimos, por lo tanto, la parte aplicable de nuestro comunicado de abril de este año. A las elecciones generales del 10 de noviembre de 2019 no concurre ninguna candidatura a la que los tradicionalistas puedan dar su apoyo. La única opción que, por desgracia, queda para el Carlismo es la opción cristiana y patriótica de la abstención, que pone de manifiesto el rechazo a este sistema corrupto y corruptor.

Como explicaba el Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista en un artículo del pasado mayo: «si nos atenemos a lo oficial, a la liza de partidos y a sus programas, quien vota a un partido favorable (más o menos) al aborto, a las leyes contra la familia, a la degeneración sexual, a la corrupción en la escuela, a la disolución de la Patria, a la esclavitud práctica del asalariado, al totalitarismo, al estatismo o a tantas otras infamias del sistema, peca. Peca, primero, por acatar la soberbia satánica del sistema mismo, y peca por hacerse cómplice de cuantos desmanes pueda cometer el partido votado. Y a ese votante no le vale escudarse en el principio del mal menor, a no ser que su voto favorezca a un partido cuyo programa coincida totalmente con los principios del orden social cristiano, lo cual supondría la desaparición del sistema liberal mismo. Y si tal cosa no existe, siempre le queda abstenerse».

Madrid, noviembre 2019.
Secretaría Política
Comunión Tradicionalista

miércoles, 30 de octubre de 2019

Ellos y nosotros (historia del carlismo y del liberalismo en pocas líneas)

ELLOS Y NOSOTROS 

HAGAMOS HISTORIA 

Calumnia que algo queda, era la máxima de Voltaire a sus secuaces. Y se conoce que los liberales son sus aprovechados discípulos; no olvidan nunca el consejo de su maestro. Un periódico ha preguntado al Gobierno:

«¿Sabe la autoridad algo de la organización militar que en Estella y otros centros donde domina el carlismo están llevando a cabo con el objeto de defender a un Dios que nadie ofende, a una Patria que no es la suya, y a un Rey que jamás lo será?»

Se necesita frescura para combatir todavía al carlismo los que nos han traído las siete plagas de Egipto elevadas a la quinta potencia. Analicemos el gracioso parrafito con la imparcialidad que el caso requiere. A Dios se le ofende en las calles, blasfemando su santo Nombre, sin que la autoridad lo prohiba; cinismo que agrava más y más la ofensa inferida: ya ve el periódico liberal que miente como un bellaco al afirmar que no se le ofende.

«Una Patria que no es la suya»; pues, alma mía, ¿acaso hemos nacido los carlistas en las Batuecas? Si mientras más tiempo se posee una cosa, mayor derecho hay a su posesión, veamos de quién es esta Patria.

Nacimos con Recaredo y asistimos a los concilios de Toledo, aquellas famosas asambleas religioso-políticas en las que se formaban leyes sabias y justas que constituyeron la verdadera nacionalidad española (589).
«Esta es la bandera heredada de mi padre».
Grabado de 1875 (fuente)

Sostuvimos la monarquía goda hasta que Rodrigo la hizo imposible, acompañándole después a la batalla del Guadalete (711): allí se determinó una división funesta e inevitable; los traidores y perjuros desertaron con el conde D. Julián y D. Opas, presentándose a Tarif para hundir el puñal agareno en las entrañas de la Patria...

Nosotros quedamos sin Rey ni Caudillo, pero agrupados en torno de nuestra gloriosa bandera marchamos a Asturias, y en las asperezas del monte Auseba alzamos un Príncipe y constituimos un reino: Pelayo nos dirigió en Covadonga, cuya gruta fue a la vez templo, alcázar y fuerte (718).

Vencimos en Roncesvalles a la flor y nata de los caballeros franceses; y en Clavijo nos batimos a las órdenes de Santiago el Mayor, aunque los autores liberales consideren su aparición fabulosa. A las órdenes de Alfonso VIII peleamos en las Navas de Tolosa, derrotando a los moros de España, que unidos a los leones africanos mandaba Miramamolín.

Nos apoderamos de Córdoba y Sevilla con san Fernando y Garci-Perez de Vargas. Y en la vega de Granada presenciamos el desafío de Atarfe, triunfando el Ave María colocada sobre la poderosa lanza de Garcilaso de la Vega, y entrando después en la Corte de Boabdil, la poética ciudad de los cármenes, llamada por nuestros historiadores la sultana de las mil torres.

Embarcados con Colón en frágiles embarcaciones descubrimos un mundo nuevo, conquistándolo después con Cortés en las batallas de Otumba y Tlascala, y con Pizarro y Almagro en las llanuras del Perú, o en la formidable cordillera de los Andes.

Bajo el imperio de Carlos I vencimos en Pavía, en cuya batalla aprisionamos al Monarca francés y dominamos a Italia. Y Felipe II nos admiró en Lepanto y en Flandes guiados por D. Juan de Austria y el duque de Alba.

Más tarde, en 1808, el coloso del siglo y dueño absoluto de Europa pretendió dominarnos, y ese gigante murió en la isla de Santa Elena, vencido y derrotado por unos cuantos paisanos, dispuestos siempre a luchar por su Dios, por su Patria y por su Rey.

Esta es nuestra historia. Veamos el origen del liberalismo.

Nació en las Cortes de Cádiz, aquella tumultuosa asamblea que aprisionó a su Rey cuando salía de las garras de Napoleón, teniendo que venir 100.000 franceses a libertarlo. Amargaron los últimos instantes de su vida, forzándole a quebrantar las leyes seculares de España y dejando a su patria sumida en una guerra civil, protegiendo al parecer los supuestos derechos de una niña, que después se encargaron de corromper para más fácil destronarla.

Ayudaron a Espartero (el héroe de Ayacucho) a expulsar a la regente M.ª Cristina de España, señora a quien el General y sus prosélitos debían cuanto eran. Y al poco tiempo estos mismos héroes arrojaban a Espartero de la regencia, marchando éste a Londres, donde pocos años antes habíase refugiado su augusta víctima.

Revoluciones sin cuento y motines sin fin ensangrentaron el suelo de la Patria cuando nos pronosticaron, al abrazarse en Vergara al traidor Maroto, que se abría un horizonte de paz y de ventura. Y vino la guerra de África que pudo ser gloriosa, como la llamamos todos por puro patriotismo, resultando mucha sangre vertida, perdido el terreno conquistado, y 400 millones de ochavos morunos pagados no sé en cuántos plazos.

Teniendo presente el testamento de Isabel la Católica y los patrióticos deseos de Cisneros, como asimismo la creencia y el derecho que asiste al pueblo español de extender su territorio por Marruecos, cuyas plazas conserva, el emperador Napoleón III, el conde de Montemolin seguido del partido carlista, algunos generales y ministros secundando las órdenes de Isabel II y su esposo, y la emperatriz Eugenia, que como española le halagaba el engrandecimiento de su patria, a la par que Napoleón veía en la posesión de España inutilizada la ambición de Inglaterra respecto del imperio Marroquí, se formó el proyecto de proclamar a Carlos VI rey de España, cuyo ánimo esforzado, auxiliado de su valiente partido, conquistaría el territorio que se extiende desde Ceuta al Atlas y desde las orillas de Argel al Atlántico.

Tan vasto pensamiento embargó por el pronto y entusiasmó a sus autores, pero se arrepintieron de hacer algo grande quienes no habían nacido más que para arrebatarse el presupuesto. Habiendo iniciado el movimiento en San Carlos de la Rápita el general Ortega, capitán general de las Baleares, creyóse preciso fusilarle para justificar que era una insurrección y no un golpe de Estado preparado por el mismo poder.

Tuvieron ocasión de hacer algo grande, y no lo hicieron. Pospusieron su ambición particular, mezcla de egoísmo y pequeñez, y España dejó sus hijos sacrificados cubriendo los campos de África, y quedamos todos tan satisfechos.

Al grito de Viva España con honra se hizo la revolución de Septiembre, arrojando del trono a Isabel II, derramando tanta sangre al destituirla como habían derramado al proclamarla, y acusándola de no sé qué crímenes, como no fuera el de haberles sostenido en el poder, como su desgraciada madre.

Esta es la historia del liberalismo, corta, pero aprovechada: imposible parece que en tan poco tiempo se haga tanto daño, como no se esté dispuesto a hacerlo. Después, la vergüenza de Melilla y los desaciertos de Cuba completan el cuadro de desventuras que llueve sobre esta Nación infortunada.

«En cuanto a un Rey que jamás lo será», si los carlistas no estuviesen convencidos del triunfo de ese Rey, bastaría apreciar el odio con que dan la noticia y el deseo de precipitar al Gobierno en el camino de las persecuciones, para convencernos de la certeza que abrigamos cada vez mayor del advenimiento del carlismo. Las causas perdidas y los enemigos débiles causan lástima o desprecio, pero nunca odio.

CARLOS CRUZ RODRÍGUEZ


Extraído de: «Ellos y nosotros». Biblioteca Popular Carlista. Tomo VIII, febrero de 1896, páginas 16-19.

domingo, 20 de octubre de 2019

La emigración: impresiones (por un carlista granadino exiliado en 1876)

LA EMIGRACIÓN

Impresiones
Cuadro: «Emigración carlista»
Por el emigrado José Rodriguez Gil. Orléans 1876. Fuente

Hay amarguras en la vida, crisis terribles que el hombre no podría soportar si Dios no viniese en su ayuda. Decía un compañero mío de destierro: «Oye la historia do un carlista, y verás en ella la de un mártir».

El político que se afilia a un partido, presta su influencia en bien de él, y toma parte en la acción legal solamente a cambio de la prosperidad y de los honores que pueda adquirir: ese hombre no sabe, ni puede tener idea del sacrificio.

Trasladaremos aquí el fin de mis Memorias de campaña, que ellas por sí solas patentizan el dolor que en aquellos momentos sentía.

Vi desvanecerse aquel ejército reunido a costa de tantos sacrificios; los batallones enteros entregarse al enemigo; vi de mi regimiento marchar los cuatro escuadrones enteros a Pamplona; la magnifica artillería, que tanto habíamos deseado, abandonada en el Pirineo, y a los mulos marchando solos en formación, acostumbrados a hacerlo en días más felices; busqué a mis compañeros de regimiento, me uní a ellos, y el 28 de Febrero de 1876 atravesábamos la frontera, no sin haber suspirado por la patria que perdíamos. En la línea vendimos los caballos, llegamos al primer pueblo francés, que es San Juan de Pie de Puerto, donde descansamos de nuestras últimas fatigas, y la segunda noche tomamos las diligencias que salían para Bayona, en cuya población nos presentamos al Prefecto y le pedimos nos internase en Nantes.

En esta inmensa población de 150.000 almas lo pasamos bien; obsequiados por los legitimistas, y respetados por los republicanos a causa del miedo, o mejor dicho, del respeto que el español sabe infundir en todas las naciones donde habita, solamente echábamos de menos la madre patria al oír el lenguaje gabacho, y sentir un frío glacial que helaba nuestros huesos: en la espaciosa ría del Loira andaban buques numerosos, y en sus mástiles ondeaban casi todos los pabellones del mundo: grandes fábricas de fundición, y el arsenal, donde miles de operarios se ocupaban en la construcción de buques, daban una animación extraordinaria a la ciudad. Tiene ésta una catedral gótica de poco mérito; las calles son espaciosas, particularmente la denominada Gran Calle, y la conocida por Notre Dame. También cuenta un jardín de plantas bastante extenso con numerosos invernáculos, y en el centro un laberinto en forma de montaña; unos cuantos lagos con ánades completan el adorno de aquel recreo de niñeras y solaz de soldados, pues en Francia casi no hay paseo; todo el mundo está entregado al trabajo, y el que no trabaja, rinde culto a toda clase de vicios, no dejándole tiempo de pasear. Los sábados, domingos y lunes se encontraban por las calles numerosos y civilizados franceses perdiendo el equilibrio y cayendo a impulsos del Burdeos. ¡Qué ciudadanos más dignos! merecedores son de tener derechos individuales y llamarse pueblo soberano: imagen de ese pueblo son los Gobiernos que tienen. Vivía yo con el físico del batallón de Marquina, que tenía un primo redactor de El Imparcial, y me decía: «Siempre está mi primo alabando a los franceses; ya le diré yo cuando vaya lo que he visto»; y le contesté: «Desengáñate, Manuel, los liberales alaban y alabarán siempre a los franceses a pesar de saber lo que son: de esa nación surgió el liberalismo, es su madre predilecta; lo amamantó con la sangre inocente de los infortunados monarcas Luis XVI y María Antonieta; lo educó en el crimen y en la crápula de Danton, Marat y Robespierre, aquellos ciudadanos tan liberales, que odiaban a los tiranos llevando a la guillotina a todo ciudadano sospechoso de no pensar como ellos, y privándoles hasta de la vida en uso de un derecho sumamente liberal, convirtiendo a París en un lago de sangre: después completó su educación prendiendo al Papa en tiempos de Napoleón I; después... vino Luis Felipe, el rey cochero, y lo dejó tan bien educado que surgió la Commune, y... resplandores siniestros iluminaron las calles de París; entonces los liberales se asustaban y decían: «¿Dónde vamos á parar?» Fue preciso decirles y se les dijo: «No se asusten Vds.; son los resplandores de la libertad que iluminan al mundo: deben estar orgullosos de su obra. ¡Ciudadanos canallas, en vez de hacerle frente al enemigo, se entretenían en su propia destrucción, satisfaciendo sus odios personales y manchando el poder con su ridículo mando!»

Los primeros que presentamos las solicitudes de indulto nos embarcamos el Viernes Santo a bordo del vapor Villa de París. Salimos dos jefes, trece oficiales y ciento veinte soldados; navegamos dos días y dos noches; sufrimos mucho el Sábado de Gloria; descansamos en la isla de Ré, mientras el vapor tomaba agua, y el primer día de Pascua entrábamos en la ría de Burdeos, uno de los mejores puertos de Europa. Esta ciudad, capital de la Gironda, es muy populosa; cuenta 250.000 almas, y tiene notabilidades de primer orden, entre las que descuella el gran puente sobre su ría. El ferrocarril nos trasladó de esta ciudad a Bayona, plaza fuerte de segundo orden, de allí a Irún, y por último a San Sebastián. En este punto permanecimos dos días: San Sebastián tiene buenos edificios, está en una situación deliciosa, recostada sobre el monte Jaizquivel, y lamen sus orillas las agitadas olas del Cantábrico. Provistos de hojas de embarque y pasaportes expedidos por el Brigadier Gobernador, viajamos por cuenta del Estado los jefes en 1.ª, los oficiales en 2.ª, y los soldados en 3.ª; llegamos a nuestras casas después de haber visto mucho, y tomado parte en una campaña que, si bien no proporcionó con su triunfo la paz de España, consiguió por lo menos contener al ejército que so disolvía, merced a las descabelladas teorías predicadas por hombres que hoy figuran como conservadores, y que no tendrían templos donde orar, cementerios donde conservar sus cenizas, ni derecho a los bienes que poseen, porque disuelto el ejército toda autoridad concluía, y quedábamos a merced de la canalla disfrazada de guardia nacional.

CARLOS CRUZ RODRÍGUEZ


Extraído de «La emigración», Biblioteca Popular Carlista; Tomo XXVI, agosto de 1897, páginas 44-48.

viernes, 4 de octubre de 2019

Luis Villanova Ratazzi, el granadino Jefe del Tercio de Navarra y mártir de la Tradición

Fotografía de Luis Villanova Ratazzi
como alumno de Caballería
(imagen tomada de la BNE)
Luis Villanova Ratazzi era natural de Gójar, donde su familia era propietaria de la mayor parte del término municipal, aunque en Gabia también tenía importantes propiedades: Montevive, San Saturnino, Pedro Verde y gran parte de Gabia Chica.

Militar de carrera, en el Ejército Español llegó a ostentar el grado de Comandante de Caballería.

Se afilió a la Comunión Tradicionalista durante la Segunda República y fue Delegado de Juventudes. Al estallar la Cruzada de Liberación, fue Jefe del Tercio de Requetés de Navarra.

El Comandante Villanova, amigo personal del augusto Abanderado de la Comunión Tradicionalista en aquel momento, Don Francisco Javier de Borbón Parma, acogió de incógnito, por petición de Don Javier, al hermano de éste, Don Cayetano, como un combatiente requeté más en el Tercio de Navarra.

Luis Villanova Ratazzi fue herido por un francotirador el septiembre de 1937 en tierras asturianas y entregó su vida por Dios y por España tal día como hoy, 4 de octubre, en el Hospital Valdecilla, donde había sido trasladado.

El pleno del Ayuntamiento de Gabia Grande, reunido el día 30 de noviembre de 1937, acordó lo siguiente:

«la celebración de un funeral en sufragio del heroico Comandante de Caballería, Jefe del Tercio de Navarra D. Luis Villanova Ratazzi, que dio su vida por Dios y por la Patria, en el frente de Asturias el día 4 del pasado mes de Octubre, cuyo funeral era patrocinado por el Ayuntamiento. También se acuerda colocar una lápida conmemorativa en la fachada de la casa de su propiedad, donde se crió y vivió, dando su nombre a la calle donde está situada» (*)

Aunque en la iglesia parroquial de Gójar su familia conserva todavía un panteón familiar, según el párroco actual, con quien hemos tenido ocasión de hablar recientemente, el cuerpo del Comandante Villanova recibió cristiana sepultura en Pamplona.

El Coronel Emilio Herrera, integrante del Tercio de Navarra, cuenta la siguiente historia cuyo protagonista es el Comandante Villanova:

«Se produce una escena que parece arrancada de las páginas del Romancero: un hombre de mediana edad y aspecto distinguido, pálido y macilento, que acaba de surgir del escondite en el que ha pasado los trece largos meses de dominación roja, se dirige al comandante Villanova, le saluda ceremoniosamente y le agradece con sentidas frases el haber liberado para España la ciudad de Garcilaso; luego toma de la rienda a la yegua del comandante y marcha llevándola a la antigua usanza. Las gentes lloran de alegría y al romper filas los requetés se ven rodeados, besados, apretujados y agasajados por los cientos de hombres, mujeres y niños, que los obsequian con vino, sidra, leche condensada; con lo único que tienen».

Y con motivo de su muerte, el Coronel Herrera le dedica las siguientes palabras:

«Bravo entre los bravos, leal entre los leales, cristiano de rancia estirpe, español
a lo siglo de oro, carlista por convicción y sentimiento, caballero por la nobleza de
su sangre y más aún por su alma prócer, capitán valerosísimo y prudente; sobre
todo, padre con sus requetés a los que amaba con cariño tal y de los que era correspondido con adhesión entrañable...»

(*) Los revanchistas izquierdistas renombraron esta calle como «Calle Molino». No obstante, en Gójar sigue habiendo una «Calle Villanova».

Véase: Izquierdo Rodríguez, Manuel (2012): Historias desenterradas - Las Gabias, 1936, pp. 216-217; Romero Raizábal, Ignacio (1966): El príncipe requeté, pp. 47-48; El Siglo Futuro, 29/11/1934.

viernes, 27 de septiembre de 2019

La imprenta de «La Esperanza», una fuente de conocimiento en la España del siglo XIX

El diario monárquico (carlista) La Esperanza (1844-1874) fue uno de los periódicos españoles más populares y leídos de su época. En su imprenta, a cargo del murciano Antonio Pérez Dubrull y situada en Madrid primero en la calle de Valverde, núm. 6, y luego en la calle del Pez, núm. 6, se editaron, además del periódico, numerosos libros que sirvieron para instruir a sus lectores y reforzar sus convicciones católico-monárquicas. Las siguientes obras, traducidas al castellano por la redacción del periódico, fueron incluidas en la llamada «Biblioteca de La Esperanza»:

* Historia evangélica, confirmada por la judaica y la romana (1852), en dos tomos, del P. Paul Pezron;
*​ Lord Palmerston, la Inglaterra y el Continente (1852), por el conde de Ficquelmont;
* El libro de los Reyes (1852),​ Genio de la monarquía (1852),​ República y monarquía (1852)​ y Derecho hereditario del poder (1852), por Alexandre Weill;
* Economía política cristiana (1852-1853), en cinco tomos, por el vizconde Alban de Villeneuve-Bargemont;

La Biblioteca de la Esperanza también anunció su intención de editar la obra Del Protestantismo y de todas las herejías en su relacion con el socialismo (1853), por Auguste Nicolas, si bien solo nos consta la edición que se hizo de la misma en Barcelona en la imprenta de Pablo Riera.


En la imprenta de A. Pérez Dubrull se publicaron asimismo libros como La realidad de la vida (1858), por Matilde Froment; Coleccion de los artículos de La Esperanza sobre la historia del reinado de Carlos III en España (1858), por Antonio Ferrer del Río; El perfume de Roma (1862), por Louis Veuillot; Vidas de los Mártires del Japon (1862), por Eustaquio María de Nenclares;​ La Revolucion (1863), por Monseñor Segur;​ Conferencias del Rdo. P. Félix, en la Santa Iglesia Metropolitana de Nuestra Señora de París durante la Cuaresma de 1866; El Paladín de Cristo (1865), por José Gras y Granollers;​ La dolorosa Pasion de N. S. Jesucristo, según las meditaciones de Sor Ana Catalina Emmerich (1865);​ o Advocaciones, virtudes y misterios de María Santísima (1866), por el presbítero Felipe Velázquez y Arroyo.​

Otras de las obras impresas en la imprenta de La Esperanza serían de carácter más marcadamente carlista, especialmente durante el Sexenio Revolucionario, como Tres escritos políticos de Pedro de la Hoz publicados en 1844 (1855);​ Biografía de D. Pedro de la Hoz (1866), por José María Carulla;​ La solución española en el Rey y en la Ley (1868) y Las apariencias y la realidad de la fusión dinástica (1869),​ por Antonio Juan de Vildósola; Peticion dirigida a las Cortes Constituyentes en favor de la unidad católica de España (1869), por la Junta Superior de la Asociación de Católicos de España;​ La cuestion dinástica (1869), por Fray Magín Ferrer; Los liberales sin máscara (1869), por Valentín Gómez;​ El Romancero español de Cárlos VII (1869) y El Romancero español de la Reina Margarita (1870).

El diario vendía además en su Administración obras de contenido histórico carlista, como Vida y hechos de Don Tomás Zumalacárregui (1845), por Juan Antonio de Zaratiegui;​ Recuerdos histórico-político-legales sobre la autoridad de los Reyes y Cortes de España, conforme a sus antiguas leyes fundamentales (1845), por el monárquico T. M.; o Historia de la emigracion carlista (1846), por Rafael González de la Cruz.

La imprenta de La Esperanza editó también otras publicaciones periódicas, como La España teatral (1856), el Semanario de los devotos de María (1865-1870) o la revista hispano-americana Altar y Trono (1869-1872).

jueves, 19 de septiembre de 2019

La buena “escuela de Austria”: el abate Sebastian Brunner, enemigo del liberalismo y del judaísmo

Como es sabido, en la vertiente económica del liberalismo hay una corriente de pensamiento de origen decimonónico, rayana en el anarquismo y promotora de la usura, que recibe el nombre de Escuela Austriaca, de la que son exponentes personajes como Carl Menger (agnóstico filojudío), Ludwig von Mises (aristócrata judío), Friedrich von Hayek (agnóstico) y Murray Rothbard (ateo de origen judío). Sobrado es decir que ningún interés puede tener esta escuela para un tradicionalista o para cualquier católico en general.

Sin embargo, en política también ha existido lo que podríamos llamar “la buena escuela de Austria”, escuela de pensadores, políticos y caudillos caracterizada por su defensa de la fe católica y la tradición, de la que son exponentes, por ejemplo, el emperador Fernando II de Habsburgo, el caudillo tirolés Andreas Hofer, el príncipe Metternich, el canciller Dolfuss o el abate Brunner, de quien hablaremos hoy.

Sebastian Brunner (Viena, 1814-1893)

La Austria de mediados del siglo XIX, víctima de la secularización iniciada un siglo antes por el “ilustrado” y regalista emperador José II, lidiaba con diferentes enemigos que amenazaban su propia existencia: los diversos nacionalismos, el protestantismo, la masonería y muy especialmente el judaísmo. Este último fue uno de los principales promotores de la revolución de 1848, que a punto estuvo de dar al traste con todo y que fue la que introdujo en aquel país la funesta libertad de prensa (esto es, la libertad para calumniar y difamar), de la que tanto provecho sacarían judíos y liberales para atacar a la odiada fe católica y a sus nobles defensores.

Pero hubo también por aquel entonces en Viena un poderoso agitador, un gran poeta satírico, un valiente e incorruptible periodista, fundador del periodismo católico vienés, enemigo jurado del josefismo y del judaísmo, sacerdote integérrimo a quien un día se llamó martillo de los obispos, y lo fue efectivamente de todos aquellos menguados prelados, víctimas del josefismo y atados al carro triunfal de la impiedad circuncisa e incircuncisa; un hombre providencial, como lo llamó uno de sus biógrafos, elegido por Dios para librar al Austria de la herejía josefista y preparar los caminos de un renacimiento católico verdadero. Este hombre se llamó en vida Sebastian Brunner.

En España se conoció la figura de Brunner especialmente a raíz de la publicación de la obra Judíos y católicos en Austria-Hungría (1896) —cuya lectura recomentamos vivamente— por el presbítero alsaciano Alphonse Kannengieser, (*) quien basándose en las propias memorias del abate Brunner, recogió algunos de los más salientes episodios de su vida que la retratan admirablemente, dando idea de sus luchas periodísticas contra judíos y burócratas josefistas.

En 1847, un vicario de los arrabales de Viena se presentó a su prelado pidiéndole autorización para fundar un periódico católico. Debía haber madurado su propósito el joven sacerdote, porque lo explicó con una sinceridad y una elocuencia tales, que el arzobispo de Viena se hubiera conmovido si fuera capaz de conmoverse: pintó con vivos colores la terrible campaña que los libre-pensadores habían emprendido contra la Religión, y la impotencia a que se veían reducidos los verdaderos creyentes por no poder salir a la defensa de la verdad ultrajada.

—Los ataques —acabó diciendo el joven sacerdote— se multiplican de día en día y en todas formas, y es preciso un periódico católico para contestar a esos ataques y concertar y unir a los defensores de la verdad.

El prelado, hombre dulce y melifluo, como su nombre —se llamaba Milde— escuchó con amable sonrisa el discurso del joven escritor, y dejó caer estas palabras:

—Consiento en que Vd. publique el periódico con la condición de que me envíe antes todos los originales que ha de publicar de aquí a tres años. 

Ante esta salida de tono el futuro periodista —que no era otro que Sebastian Brunner— se retiró sin insistir naturalmente en su pretensión, y bien convencido de que Dios que le inspiraba el propósito quería que lo realizase sin necesidad de consultar con el prelado, del cual monseñor hay que recordar que era meloso en todas las manifestaciones de su vida, porque hablando de Su Santidad decía cariñosamente: «mi querido compañero, el obispo de Roma». ¡Así hablaban los obispos austríacos sesenta años después de la muerte de José II!

Ya entonces era conocido Brunner por su ultramontanismo, pecado gravísimo en la corte de Austria, encima del cual tenia nuestro sacerdote otros dos más: una independencia de carácter encantadora y un amor por la verdad extremado.

Un día, con ocasión de la ordenación de varios compañeros, Brunner fue invitado a comer con ellos y con otros sacerdotes amigos suyos. Entre los invitados había un secretario de gobierno del ministerio de Cultos que hizo un acabado elogio de la teología (racionalista) de Herder, la cual, dijo, es la única teología posible en nuestros tiempos, acabando por hacer una profesión de fe completamente anti-cristiana.

Los muchos sacerdotes que oyeron al secretario permanecieron callados, habituados como estaban a inclinarse ante los burócratas; hasta que convencido Brunner de que nadie salía a la defensa de la buena doctrina, tomó la palabra y tronó contra el odioso sistema que había convertido la Iglesia de Dios en esclava de gentes ignorantes o impías; y una de dos, acabó diciendo:

—O este sistema acabará con la Iglesia en Austria, o es preciso que la Iglesia luche contra este sistema hasta exterminarlo.

El secretario quedó sorprendido de tan inusitado atrevimiento, y tomando aires de protector, dijo a Brunner que estaba en vísperas de ordenarse y estudiaba aún en el Seminario:

—Con esas ideas, hijo mío, no hará Vd. carrera, ¡y es lástima! porque tiene Vd. trazas de muchacho listo.  
—Señor mío, si yo hubiera querido hacer carrera hubiera elegido otra: en el estado eclesiástico donde hay necesidad hoy por hoy de estar supeditado a gentes ante las cuales yo no callaré jamás, es preciso tener el valor de no pensar en eso, sacrificando a Dios los años de esta miserable vida.

¡Magníficas palabras que le valieron la guerra sin cuartel que desde entonces le declaró la burocracia josefista!
Primer número del Wiener Kirchenzeitung
(15 de abril de 1848) 

El gran obispo de Maguncia Ketteler dijo una vez, y la frase hizo fortuna, que si San Pablo resucitara, sería periodista. Brunner conocía toda la importancia y necesidad del periodismo católico, y fundó el primer periódico católico de Viena, Wiener Kirchenzeitung, cuyo primer número apareció el 15 de Abril de 1848. El artículo-programa, terrible y acerada crítica de las reformas de José II y protesta viva, por lo tanto, contra la situación en que entonces se encontraba la Iglesia católica en Austria, era una maravilla por su fondo y por su forma. Después de hacer hincapié en las desdichadas reformas civiles del emperador-sacristán que había destruido la antigua organización social cristiana aniquilando las corporaciones, matando las libertadas municipales, destruyendo los gremios y oficios, el autor pintaba con vivos colores la influencia de estos trastornos en el orden religioso.

«El Estado no quiere que la Iglesia sea independiente; Sion no debe ser su propio defensor y ha creado para vigilar sobre ella un coloso semejante al que vio en sueños Nabucodonosor, y que formado de materiales diferentes, era asaz frágil. La cabeza de la estatua que vio el rey de Babilonia era de oro, su pecho y brazos de plata, su vientre y costados de bronce, sus piernas de hierro y sus pies de arcilla. Una piedrecita baja de la montaña, hiere los pies de la estatua y la derrumba... ¿La piedra temible lanzada por una mano misteriosa, respetará al coloso de la burocracia? Este gigante de papel se levanta terrible amenazando a la Iglesia. Su cabeza es un inmenso tintero, sus cabellos son las plumas, sus manos y sus pies los rollos de papel, su cuerpo una masa informe de legajos, sus nervios el engrudo y sus ojos están llenos de arena, por lo cual no puede descubrir lo porvenir. Este coloso se nutre de cuentos y chismes, no respira otro aire que el favor de los príncipes, gobierna por medio de decretos y sólo a una cosa teme: al espíritu vigilante de Sion, al león vigilante de Judá. Y nada más natural que este coloso se felicite de ver a Sion dormido y favorezca su sueño: es más fácil sujetar al que duerme que al que vigila. ¿Qué de extraño tiene que se felicite de tener aprisionado al león de Judá? De esta manera puede más fácilmente tenerle atado a sus cadenas de papel y envolverlo entre los hilos de sus rúbricas». 

Fue maravilloso el efecto del Kirchenzeitung: los burócratas estaban consternados; los oficiales de la curia eclesiástica que creían haber encerrado el Espíritu Santo entre las hojas de sus registros; los guardas jurados con sobrepelliz que vigilaban la iglesia oficial con sus bandas de plata y sus flores de papel y zinc; todas las almas serviles que jamás entendieron ni toleraron una palabra libre, parecían acometidos de ataques de epilepsia cuando leían el periódico de Brunner. Por el contrario, los obispos y clérigos de corazón verdaderamente sacerdotal le acogieron con demostraciones de entusiasmo. «No todo estaba perdido; porque en medio del anonadamiento de la Iglesia de Cristo, surgía un defensor de la verdad al rededor del cual podían agruparse los buenos».

Entonces comenzó en Austria la verdadera reacción católica. El Kirchenzeitung se ganó las simpatías de todas las almas nobles, y si algunos timoratos acusaron a Brunner de emplear un lenguaje vivo y peligroso; si algunos descontentos le reprocharon su excesivo celo, la mayoría estuvo del lado del valiente escritor.

El josefismo había acarreado un espantoso descrédito sobre las personas y cosas eclesiásticas, y la causa de la Iglesia era antipática en Austria; pero Brunner cuidó de separar el josefismo del Catolicismo, presentando al primero como una odiosa caricatura de la verdadera Iglesia y entonces el pueblo vienés volvió a respetar y amar la Religión del Crucificado.

Pero sería una candidez creer que la burocracia josefista, convicta de falsedad, dejaba el campo libre a Brunner, y se rendía ante la verdad de sus razones, que eran la doctrina y el espíritu de la Iglesia católica. La revolución había estallado en Austria, y el comité de salud pública regía los destinos de Viena.

El arzobispo se había visto obligado a salir de la capital, y en su ausencia gobernaba la diócesis su vicario general y obispo auxiliar monseñor Politzer, el cual se entendía admirablemente con los revolucionarios, como antes se había entendido con sus enemigos. ¡Jamás le remordió la conciencia de haber tenido idea ni iniciativa propia! ¡Siempre había obedecido como un soldado las órdenes de sus legítimos superiores los ministros burócratas!

El comité de salud pública no podía sufrir la actividad apostólica que buena parte del clero inspirado por Brunner desplegaba en Viena, y fue con las quejas a monseñor Politzer. El obispo auxiliar cedió, como de costumbre, a sus deseos, y dirigió una circular conminatoria al clero vienes que materialmente ataba sus manos. Brunner se vio colocado entre la espada y la pared, porque aceptar sin protesta la circular del obispo equivalía —dice Kannengieser— a un suicidio moral, y tronar contra ella, era exponerse a las iras de sus superiores eclesiásticos. Brunner, después de encomendar el asunto a Dios y meditar concienzudamente cuál era su deber en aquellas circunstancias, entró abiertamente en lucha con monseñor Politzer, y en un hermoso artículo reivindicó noblemente para los sacerdotes la libertad de predicar y de obrar.

«No atacaremos a las personas sino al sistema —decía entre otras cosas el articulista—. Sabemos de buena tinta que recientemente un obispo austriaco te ha dirigido al ministro pidiéndole instrucciones acerca de la admisión de seminaristas. ¡Pobre ministro! ¡Pobre obispo! y sobre todo ¡pobre Iglesia! En Rusia parecida sumisión al cesaropapismo, merecería la cruz de Estanislao de primera clase con diamantes; entre nosotros esta manera de obediencia... merece tan solo que se saque a la pública vergüenza». 

Quince días después de publicar este artículo Brunner fue citado ante el tribunal del vicario general, que era a un mismo tiempo juez y parte. El obispo, que ardía en deseos de venganza, comenzó por las preguntas sacramentales.

—¿Quién es Vd.? 
—¿Cómo se llama Vd.?

A principios de siglo, un ilustre sacerdote que la Iglesia ha colocado en los altares, el Santo Presbítero Clemente Hofbaner, se encontró en las mismas circunstancias que Brunner. Los jueces burócratas comenzaron también pidiéndole su nombre y profesión como a un ladrón vulgar, y el Santo contesto con angelical dulzura:

—Es cosa sabida por todos en Viena que yo soy sacerdote católico.

Esta respuesta le valió una terrible reprimenda de parte de los jueces canónigos, en vista de lo cual el Santo, a quien acusaban de no sé qué desobediencia, respondió inclinándose:

—Aquí no tengo yo nada que hacer, y he resuelto marcharme.

Y se marchó.

Brunner no juzgó oportuno marcharse, y contestó a las palabras de rúbrica:

—Yo soy redactor del Kirchenzeitung
—No —le replicó el vicario general—. Usted es vicario de la parroquia de Altlerchenfeld. 
—Indudablemente; pero no como vicario, sino como periodista católico, me encuentro ahora ante este tribunal.

La sesión fue larga y borrascosa.

Brunner, con una lógica abrumadora, demostró todo lo que el proceder del vicario apostólico tenía de incorrecto y atentatorio al derecho eclesiástico; y Monseñor Pelitzer, que no estaba acostumbrado a tratar sino con pobres diablos que temblaban de miedo en su presencia, se desconcertó ante la firmeza y serenidad de Brunner y juzgó oportuno sobreseer, y el periodista ganó la causa.

¡Todavía la verdad imponía respeto hasta a sus más aterribles enemigos! pero no siempre Brunner fue tan afortunado en sus luchas con los burócratas, que de día en día se mostraban más fieros, y se resolvían desesperadamente contra los defensores de la libertad de la Iglesia.

Es imposible seguir paso a paso las campañas de Brunner: baste saber a este propósito que fue el instrumento elegido por Dios para derrocar aquel monstruo de cien cabezas, ante el cual el mismo Juliano el apóstata no hubiese tenido más remedio que declararse un niño de teta.

Algunos años después el josefismo se batía en retirada; pero todavía subsistía el antiguo personal de prelados con sus hábitos de servil obediencia. Brunner, cuando creyó llegado el caso, habló de esta situación con un gran respeto, pero también con gran libertad apostólica.

«Es una gran ventaja para un ministro, escribía el 15 de diciembre de 1849, el tener el derecho de nombrar los obispos: puede entonces hacer con la Iglesia lo que quiera teniendo a esos señores bajo su servidumbre; no tiene que temer incidentes desagradables en las diócesis; todo marcha a medida de su deseo y de sus caprichos, y en ninguna parte verá estrechamente unidos a los obispos y al clero, lo cual es un punto muy esencial, pues un obispo y un sacerdote que van de la mano, son cosa muy peligrosa». 
«Sin contar con que su vanidad —la del ministro— se halle dulcemente halagada cuando ve a sus pies a humildes sacerdotes que bajan los ojos; porque saben que en el gabinete ministerial hay mitras a granel, artículo por cierto muy solicitado».

Y acababa el artículo diciendo: «El ministro se dice, con razón: nosotros dispensamos las prebendas, y las damos tan sólo a quien nos ha servido fielmente. A todos aquellos que sean demasiado ultramontanos se les dejará morir de hambre en algún rincón ignorado, donde podrán reflexionar en su estupidez y servir de enseñanza a los imbéciles que tengan gana de imitarles».

Durante el año 1856, el Episcopado austriaco se encontraba reunido en Viena. Dos Prelados propusieron conceder pública y colectivamente una distinción al Abate Brunner por los inmensos servicios que había prestado a la Iglesia católica. Una gran parte de la Asamblea se adhirió al pensamiento, cuando un obispo muy conocido puso fin al debate, diciendo:

—¡Es un rebelde! 

Fue el grito de espasmo de la agonía josefista.

Veinte años más tarde la batalla contra el josefismo estaba ganada, y Brunner contaba entre sus entusiastas admiradores a casi todos los obispos de Austria.

El 26 de diciembre de 1893 fallecía el abate Brunner. Cuando se difundió la noticia de su muerte, todos los periódicos austriacos le dedicaron largos artículos; unos poniéndole sobre los cuernos de la luna, otros abatiéndole hasta los profundos abismos. Y no sólo la prensa austriaca, sino la alemana, se asoció también a aquellas manifestaciones, tomando partido en favor o en contra del difunto, y presentándole o como un héroe y un santo, o como un calumniador y un revolucionario que se pasó la vida rebelándose contra sus superiores, y encendiendo la tea de la discordia en Austria para debilitar y matar a su patria.

El día de los funerales se vio a una muchedumbre de todas edades y condiciones acompañando el cadáver del pobre viejo, formando entre ella cardenales, obispos, sacerdotes, hombres políticos, nobles y comerciantes, y gran número de gentes del pueblo, ansiosos de rendir este último homenaje de admiración y cariño.



(*) La obra Judíos y católicos en Austria-Hungría fue traducida al español por el carlista Modesto Hernández Villaescusa y publicada en el año 1900, lo que le valió al traductor la felicitación de S. E. el Cardenal Rampolla en nombre de S. S. el Papa León XIII. En el mismo año de la publicación original en francés, el diario tradicionalista El Siglo Futuro ya había sacado una serie de artículos con fragmentos de dicha obra, en los cuales nos hemos basado para la publicación de esta semblanza. Véase: ESF (27/7/1896) y ESF (4/8/1896).

domingo, 15 de septiembre de 2019

La 2.ª batalla de Somorrostro (1874) contada por un carlista granadino

Carlos Cruz Rodríguez. Nació en Córdoba
en 1846, pero se crio en Granada, donde,
durante el Sexenio Revolucionario, organizó
juntas carlistas, algunas públicas y otras secretas.
Se ocupó en trabajos militares que, por
entonces, consistían en procurar atraer las
simpatías del Ejército hacia el carlismo.
Tras participar en la Tercera Guerra Carlista,
permanecería siempre leal a la Causa y colaboró
notablemente en la prensa tradicionalista.
Reproducimos hoy una carta inédita, cuya copia ha llegado a nuestro correo y que no nos cabe duda de que captará la atención de todos los interesados en la historia de la Santa Causa. Se trata de la misiva que remitió D. Carlos Cruz Rodríguez (bajo el seudónimo de Climaco) a su padre, Cruz Vidal Écija, desde el Campamento de Somorrostro, el 6 de marzo de 1874.

Es preciso hacer constar que D. Carlos Cruz —un carlista ejemplar lamentablemente olvidado por casi todos, como tantos otros— no era un combatiente como otro cualquiera. Él fue nada menos que el organizador de una partida carlista que se alzó en Granada en el año 1873, cuando el grueso de las fuerzas carlistas luchaban en Cataluña y sobre todo en el Norte. Allí se trasladaría para continuar la campaña. No fue el único granadino que lo hizo: en este cuaderno de bitácora han aparecido en numerosas ocasiones los nombres del Brigadier Carlos Calderón y Vasco, del Coronel Manuel Fernández de Prada o del periodista Francisco Guerrero Vílchez, todos ellos notables carlistas de Granada y combatientes en la tercera carlistada.

La carta original obra en poder del bisnieto de D. Carlos Cruz Rodríguez, colaborador nuestro, quien ha tenido la amabilidad de transcribirla y remitirnos una copia de la misma, que dice así:


Mi querido papá: habiéndole hablado á V. en mis anteriores de asuntos de familia, esta va a ser una historia detallada de la segunda batalla de Somorrostro, en la primera todo se redujo á 1.100 pérdidas por nuestra parte, y 3 ó 4.000 por las de los republicanos; pero esta formará época en el cuadro de las grandes batallas europeas, los campos de S. Juan de Somorrostro destilarán sangre y ofrecerán hierro al caminante que lo atraviese mientras el mundo exista. 
Batalla de Somorrostro 2.ª 
El día 25 de Marzo á las cinco de la mañana y cuando los cañonazos de diana avisaban que el día llegaba, se rompía el fuego por 40 cañones Krup por parte de los republicanos apoyados en Somorrostro, terreno hondo, y han contestado desde nuestras alturas por 14 cañones de montaña y 5 cañones de á 24 reforzados, al poco rato los 30.000 hombres de la república trataban de asaltar nuestros parapetos, y eran bizarramente rechazados por 20.000 voluntarios de Dios, Patria y Rey, que ametrallados por la gran artillería republicana entonaban el aurrerá (andad) á bayoneta calada y les hacían huir á sus guaridas: la línea de batalla se extiende por parte nuestra desde el Montaño, cerro sobre el mar cerca de Portugalete, hasta Sopuerta, formando una herradura dentro de la cual está lo más florido de la República. El Exmo. Sr. General Ollo conde de Somorrostro guardaba con Radica y Bérriz brigadieres al Montaño, Sanfuentes y S. Pedro Abanto, los generales Lizarraga y Cevallos guardaban el centro en las alturas de Alonsótegui y Galdámez, Velasco y Mending con castellanos y alaveses las alturas de Sopuerta, mientras que el intrépido Navarrete guarda la retaguardia en Villaverde y á las inmediaciones de Castro Urdiales, retaguardia del ejército republicano 
El fuego horroroso duró tres días completos en los cuales hubo bajas: carlistas de 2.000 a 2.500 entre muertos y heridos, y el ejército republicano unas 6.000 proximamente, entre ellos Primo de Ribera, por los soldados parados, muerto, y Loma mal herido con dos brigadieres. Después cesó el fuego 3 días para recoger los muertos que en grandes hogueras han sido quemados, en estos días de parlamento han llamado Serrano y Topete á nuestros generales y han pasado algún rato juntos, Serrano le regaló a D. Diego Villadarias una caja de puros; estos parlamentos han durado miércoles, jueves y viernes santo sin tirar, el sábado y hoy domingo hemos seguido reunidos, y hoy á pesar de estar juntos han tirado 900 cañonazos y es poco, pues diariamente hacen 2.000 disparos, la cantinera del 3º de Navarra fue ayer a visitar a Andía que es navarro y la convidó á comer con Topete y Serrano, la cual se estuvo guaseando con ellos mucho: a Calderón lo atiende mucho y hasta un día que le dieron un abrazo, pero si se figura Serrano que con abrazos de patriotismo va a conseguir algo, se equivoca, porque nuestros corazones no respiran más que sangre, venganza y exterminio contra la canalla liberal, Serrano encuentra en cada corazón carlista un muro de bronce que no los vence ni las ametralladoras, ni los cañones Krup, ni los millones. 
El domingo de Ramos á las 3 de la tarde estaban nuestros generales en Sanfuentes sentados en la plaza, cuando llegué á llevar un parte de la munición que existía á mi cargo, entonces los generales Elío y Dorregaray se levantaron y marcharon, y yo detrás á ver lo que Dorregaray disponía que era á quien yo llevaba la nota, en este momento cayó una granada en medio e hirió a Ollo, Radica, el Auditor, el secretario de Ollo y otro coronel, el héroe santo, el desgraciado conde de Somorrostro espiraba en medio de las lágrimas de todos nosotros en S. Salvador del Valle diciendo “ánimo muchachos, ¡viva el rey!”, el miércoles santo espiraba el intrépido Radica, terror de los liberales y honra de España, los otros tres viven aún. 
A Ollo (QPD) le ha reemplazado el gral D. Ramón Argonz que salió con Ollo desde el primer día y es el que ha salvado á la columna Ollo Dorregaray de caer prisioneros cuando los célebres dos ángulos. 
Mi opinión es, según veo y según oigo que se dará otra acción, quizá mañana, tan reñida como la anterior, de la cual, si nos ganan las posiciones, tenemos otras en reserva antes de Bilbao, y si no ganan creo que Serrano vende a la República y á Alfonso, como Judas á Jesucristo y se cala la boina. 
Bilbao sigue bombardeándose por 9 morteros, no quedará piedra sobre piedra. 
Esta carta es la verdad de lo que ha sucedido, el que la lea puede estar satisfecho como si lo viese. 
Climaco






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