Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón

Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón leal a S.A.R. el Duque de Aranjuez Don Sixto Enrique de Borbón y al ideario católico-monárquico.
DIOS-PATRIA-REY

miércoles, 9 de agosto de 2017

Disturbios en Granada durante la Primera Guerra Carlista

Desde que los franceses introdujeran el liberalismo en España, siempre ha habido contrarrevolucionarios en Granada. En entradas anteriores hemos hablado del Padre Osuna, religioso cruelmente asesinado por los constitucionalistas en 1823 y del que, a diferencia de la masona ajusticiada Mariana Pineda, nadie se acuerda en nuestra ciudad.

Al estallar la primera guerra carlista, tampoco faltaron partidas legitimistas en nuestra patria chica, de lo que da cuenta la obra del liberal Antonio Pirala, que sin embargo sostiene que el levantamiento fue sofocado pronto. Nos parece que no se ha hecho aun justicia histórica sobre la abundante y continua presencia carlista en Granada y Andalucía en todas las guerras civiles de España y en concreto durante la primera. Prueba de ello son los hechos relatados por Melchor Ferrer en su monumental obra Historia del Tradicionalismo Español, que reproducimos:


Ante la alarma de que han entrado los carlistas en Granada, la banda de bomberos suspende su tocata

[En 1835] no era quietud lo que reinaba en Andalucía. Tantas conspiraciones descubiertas, seguidas de sangrientas represiones y castigos, tanta invasión de partidas manchegas, tanto malestar en el fondo de la sociedad andaluza, y también la presencia de pequeñas partidas que hostilizaban al enemigo y que por su exigüidad escapaban a una obra general, pero que molestaban y excitaban el amor propio, el cada vez más decaído prestigio... y los nervios de los cristinos. Sólo así se comprenden los sucesos del 9 de agosto [de 1835] en la ciudad de Granada.

De ser cierta la paz octaviana y la unanimidad liberal que, al decir de Pirala y de sus seguidores, reinaba en Andalucía, sería incomprensible lo que allí ocurrió. En dicha fecha, a las once y media de la noche, estaba la banda de bomberos dando un concierto de música en la calle de Mesones. De pronto, aparece entre la gran concurrencia allí reunida un individuo con el uniforme de cazador de la Milicia Urbana, y grita:

«Compañeros, en la Puerta Real hay carlinos. A ellos...». 

Nos dice un periódico oficial: «El desorden que en aquel momento de pura diversión causaran tales expresiones, es de penetrar. La mayor parte del concurso, a la vez que los músicos, desapareció...» [1]. Se formaron patrullas que salieron para Puerta Real, pero prefirieron refugiarse pronto en el portal de la casa del Marqués de los Villares, en la que acababa de llegar el Capitán General [2], de retorno del teatro. «La hora, el sitio y las circunstancias del caso produjeron una confusión, y ésta un alboroto», dice el mismo periódico.

El Capitán General desciende a la calle y ve que un hombre iba corriendo. Sale detrás, seguido de los milicianos urbanos, que ahora han recobrado ardor a la vista del general y, después de dar el fugitivo las voces de alto y en vista de que no paraba en su carrera, disparan y cae herido. Este después dice que corría porque creyó que le perseguían los carlistas...

¿Es concebible que en una región en la que se dice que no existen carlistas armados, en una capital como Granada, la noticia de que los carlistas están dentro de la localidad pueda causar tal confusión hasta el extremo de que el Capitán General corra desaforado por las calles detrás de un individuo que se le conceptúa sospechoso? [...] Nada se ha hecho en España en relación a las guerrillas carlistas, y si algo puede presentarse con alguna proporción respecto de los hechos, son los períodos de Zumalacárregui y de Cabrera, o, generalmente, a las campañas del Norte, Maestrazgo y Cataluña; y lo poco que se presenta de otras partes hemos de recogerlo de los enemigos del carlismo, que han pintado la historia a su gusto y a su interés.




[1] Boletín Oficial de Granada del 12 de Agosto de 1835. 
[2] Lo era de la Capitanía general de Granada don Carlos Espinosa quien después de haberse distinguido en la guerra de la Independencia mandó en 1822 el ejército constitucionalista en Navarra contra los realistas, emigrando al triunfar las armas de los partidarios de Fernando VII. Volvió al servicio activo a la vuelta del régimen liberal, y fue gobernador de Cádiz y capitán general de Granada. Fue muy adicto al liberalismo y murió en edad avanzada en 1850. 


Historia del Tradicionalismo Español (tomo IX, p.248)

viernes, 4 de agosto de 2017

White Russians in the Requeté: Константин Константинович Семенов, Русская эмиграция и гражданская война в Испании 1936-1939 гг.

Publicamos hoy nuevamente una reseña bibliográfica en inglés de nuestro colaborador extranjero Arvo Jokela, en esta ocasión sobre el libro de Konstantin Semenov publicado en 2016 «Русская эмиграция и гражданская война в Испании 1936-1939 гг.» (Emigración rusa y la Guerra Civil Española de 1936-1939 / Russian Emigration and the Spanish Civil War of 1936 - 1939).


Константин Константинович Семенов, Русская эмиграция и гражданская война в Испании 1936-1939 гг., Москва 2016, ISBN 9785906842701. Hard cover, 256 pages, in-text photos

It is well known that there were tens of Russians who joined Requeté units and fought in the Civil War. The subject is flagged rather than discussed in a number of works, be it those focusing on the Carlist realm (Julio Aróstegui, Combatientes Requetés en la Guerra Civil española, 2013), on foreign volunteers to Nationalist ranks in general (Judith Keene, Fighting for Franco: International Volunteers in Nationalist Spain During the Spanish Civil War, 2001, Christopher Othen, Franco's International Brigades, 2008), or on Russian volunteers and the war (Roberto Palacios-Fernández, Русские добровольцы в испанской Гражданской войне, 1995). There are brief monographs on Russians volunteers in specific formations (Сергей Балмасов, Русские в бандерах Испанского иностранного легиона, 2003), yet there is no monograph on Russians in the Carlist ranks. The recent approximation to the issue is offered by Konstantin Semenov, the Russian historian specializing in recent military history; with no academic background, he is involved in the realm of museums and in editorial activities. Unfortunately, the work discussed is not a monograph on the Russians in Requeté either. Its objective is to present the position of Russian emigration towards the Spanish war; particular attention is paid to France and to flow of Russian volunteers to both sides of the conflict. The work contains no specific section on Carlist units, though the chapter dedicated to Russian volunteers to the Nationalist faction in general is heavily based on the Russian Carlist experience.

The first chapters of the volume are of little value to readers interested in the war itself. One chapter provides a very basic account of run-up to the conflict and it might be interesting only for those willing to see how Russian historiography perceives the problem; the account starts – fairly typically – with the Napoleonic area (p. 24), though it might sound odd that pronunciamentos of the 19th century are systematically called „revolutions” (p. 25) and that summary of the republican period underlines political conflict with little attention paid to structural problems (pp. 29-35); few simplifications, natural in such a helicopter-view account, seem a bit excessive (e.g. Sanjurjo is named „nominal head” of the 1932 conspiracy, pp. 29-30). Another chapter offers a general overview of the war (pp. 36-49) and one more deals with the Russian emigration in general (pp. 50- 60). The following section discusses attitudes of the émigrés towards the conflict (pp. 61-72); it demonstrates that siding with the Nationalists was by no means obvious; some sympathized with the Republicans and some called to stay clear of foreign conflicts and save „Russian blood” for liberation of Russia. It is perhaps surprising to note that the decision to support the Nationalists, adopted by the émigré military organisation, was taken regardless of the mounting Soviet engagement; launch of the volunteering scheme was motivated rather as a joint fight against the revolution and as Christian solidarity. It seems that the Russians approached the Nationalists as homogeneous realm and that neither press pundits nor high officers engineering the volunteering scheme developed preference for any section of the Nationalist coalition.

Two key chapters of the work are these dealing with volunteers to the Nationalist (pp. 73-108) and to the Republican side (pp. 109-137). The latter will not be discussed here, though the undersigned must admit being shocked upon learning that there were 4 times more Russians volunteering to the latter than to the former. The section on Russians joining the rebels does not offer much new information on Requeté compared to what we know already; perhaps its key value is that it enables us to gauge Russian engagement in Carlist troops compared to other Nationalist units. Semenov’s work suggests that around a half of all Russians serving with the rebels ended up in Requeté tercios (47 individuals out of 98 cases when a unit or at least a formation could be identified). In particular, it was Tercio Maria de Molina which attracted some one third of all Russians among the Nationalists, with a few in Tercio de Navarra and single individuals in other tercios (pp. 142-151). Some 10 Russians moved to tercios either from the Falangist banderas or from the Foreign Legion, which remained key other formations where they served. Appendix containing a table with details of Nationalist volunteers (pp. 142-151, the Republican ones in table pp. 152-175) is among most valuable sections of the book, though the total of 684 names listed can hardly be reconciled with the claim that the number of Russian volunteers did not exceed 600 (p. 138).

Perhaps the key flaw of the book, at least from the Carlist perspective, is that it offers no information on mechanism of assignment to particular formations. The tendency to move to Requeté and not to other troops is clear yet we know no details how it came about. Negotiations among ROVS (organisation of Russian émigré military) and Francoist authorities do not reveal penchant for any formation and there is no information on would-be negotiations between ROVS and Junta Nacional Carlista de Guerra. One might speculate that perhaps Christian motivations, visible as key mobilization factor among the Russian military, was responsible, yet there is no proof of such a theory. Another theory might be that as the incoming Russians crossed the Spanish frontier mostly in Navarre (p. 79-80), they found it easiest to enlist to Requeté. One more option could be that ultraconservative Carlist outlook suited the Russian emigrants vey well (see p. 85). The Russian overrepresentation in Carlist units seems especially puzzling given Franco opposed clear O’Duffy preference for Requeté and finally managed to divert the Irish into a separate stand-alone brigade; perhaps the Russians were too few to pose a political problem and unlike the Irish, they were permitted to join the Carlists. It seems that Semenov’s focus on Russian rather that on Spanish documents (of which only two fonds of the Avila military archive were researched, p. 248) might be responsible for insufficient analysis of the issue.


Semenov’s volume provides abundant evidence that – at least from the Russian perspective – relations between the Russians and the Spanish Requetés were very good if not excellent. One might suspect that they were much better than in the socially-minded Falange or in the mercenary-like Foreign Legion; perhaps as the news spread, it prompted many Russians to seek re-assignment from banderas to tercios. The work contains numerous accounts pointing to very friendly relations and no account pointing to a conflict; one can even learn that the Russians attended Roman Catholic masses, and some Spanish Requetés were at least present at Orthodox liturgies (p. 233, 234). Some Russian documentary narratives attached as appendices, like Как дралась Наварра (Navarre in combat, account of Monterrubio fightings in January 1939, pp. 211-215), are in fact exalted homages to the Carlists; Carlist rule in towns re-taken by the Nationalists, like Caspe, prompted some Russians to imagine that their own rule in Russian towns re-taken from the Soviets would look very much the same (pp. 231-232). Apparently it was not a big problem that many Russians (most?) served in ranks far lower than their original ones (e.g. Владимир Двойченко raised to colonel in his native Tavricheskiy cavalry unit, but in Tercio de Navarra he was killed as a sargento, compare Semenov p. 144, Aróstegui p. 166). Semenov does not offer any explanation of this under-ranking phenomenon, interesting given permanent shortages of officers in Requeté (and political problems ensuing, see the Academia Militar issue) and given many Russians were competent enough to lead a battalion if not a regiment; perhaps their poor command of Spanish was an insurmountable obstacle.

Semenov’s volume only slightly broadens the list of Russian Requeté combatants known already from the requetes.com service, yet it provides more detail and names in original transcription. We can now determine that e.g. a Russian officer of Tercio Maria de Molina, referred to as „Peluquín” in Aróstegui (p. 546) is most likely Яков Полухин (Yakov Polukhin, born 1895 p. 148, in requetes.com listed as „Poluhin Jakob”), „Illin” (p. 548) is most likely Борис Ильин (Boris Illin, born 1910, p. 145) and „Fot”, is perhaps Анатолий Фок (Anatoliy Fok, born 1879, p. 150, in requetes.com listed as „Anatole Fock”). However, there are cases which still remain unclear: „Krivochensko” (Aróstegui p. 548) might be one of the Кривошея (Krivosheya) brothers (pp. 146-7), though other names also seem to be a close match. There is some additional detail on fightings in Biscay (Ochandiano, p. 89), Aragón (Quinto de Ebro, pp. 93-95) and Extremadura (Monterrubio, pp. 211-215) and on outstanding Russian personalities, like Анатолий Фок or Николай Шинкаренко. The volume provides also interesting though rather anecdotal evidence; it falsifies claims that the Carlists did not resort to „Arriba España” cries (p. 212), testifies that the Carlists were very much visible as far South as in Cádiz (pp. 205-206) and – which seems surprising – notes that also in the very heat of the battle the Spanish Requetés were addressing their Russian comrades „de usted” (p. 213). Some parallels drawn by the Russians are telling, even though they do not refer to the Carlist realm: Burgos as headquarters of the Nationalists is compared to Ekaterinodar during the Russian Civil War (p. 207) and the Nationalist rising itself is compared to Kornilov’s affair (p. 56).

The book suggests that there were at least 8 Russians who died in combat when serving in Requeté units, which would make up for an extraordinarily high 17% KIA ratio. Unfortunately, there is no section on post-war fate of the survivors, even though it seems that for many the war changed their personal lot. The requetes.com site lists some 20 Russians who apparently remained in Spain and passed away there in the 1960s, 1970s or the 1980s; this would suggest that some 45% of all Russian Requeté combatants did not return to France or their original emigration country and opted for a new homeland. Unfortunately the author did not decide to track their fate, which after all was also part of the Russian emigration history. Following two key chapters on volunteers to both sides Semenov proceeds to offers a brief concluding section (pp. 138-141). His work consists also of some 100 pages of appendices (pp. 142-246). They contain already mentioned tables with lists of Nationalist and Republican volunteers, few articles from the Russian press, ROVS-related documents and excerpts from Russian letters and memoirs, some of them particularly interesting as containing unedited first-hand record on the Carlists as perceived by the Russians. The list of sources consulted reveals that the author was allowed access to Russian archives which usually remain out-of- reach for foreign scholars and that the secondary literature consulted contains only few titles printed beyond Russia or the USSR. Overall evaluation of the volume is not the objective of this review; contribution to the Carlist and Requeté history seems rather modest.

Arvo Jokela


domingo, 23 de julio de 2017

El heroico General Pérez de Herrasti y su ilustre familia, tradicionalistas de Granada

EL GENERAL PÉREZ DE HERRASTI, HÉROE DE CIUDAD RODRIGO

Andrés Pérez de Herrasti y Pulgar
(Granada, 1750 - Barcelona, 1818)
Andrés Víctor José Miguel Pérez de Herrasti Viedma y Aróstegui Pérez del Pulgar Fernández de Córdoba, descendiente de dos de las más ilustres y principales familias de la aristocracia andaluza, nació en Granada el día 6 de marzo de 1750. Por vía paterna, entre sus más remotos antepasados se encontraba Domingo Pérez de Herrasti –perteneciente a la antiquísima casa de Herrasti en Azcoitia (Guipúzcoa)– que fue uno de los caballeros que acompañaron a los Reyes Católicos en la conquista de Granada, obteniendo como premio un señorío en esas tierras: el del pueblo y campos de Baralaira, que recibirían el nuevo nombre de Señorío de Domingo Pérez y que se convertirían en su nuevo hogar.

Por vía materna, descendía también de otro capitán de los Reyes Católicos, el afamado Hernán Pérez del Pulgar, conocido como «el de las Grandes Hazañas». Con estos antecedentes de heroísmo militar y de nobleza, repetidos de una forma u otra generación tras generación, no es extraño que el joven Andrés ingresara en el ejército en el año de 1762, a la temprana edad de doce años, concretamente como cadete del Regimiento Provincial de Granada. Dos años después entró como cadete en el Regimiento de Reales Guardias Españolas, unidad en el seno de la cual pasaría por todos los empleos y grados que consignamos a continuación: Alférez (1776), Alférez de Granaderos (1777), 2.º Teniente de Fusileros (1779), 2.º Teniente de Granaderos (1783), 1.er Teniente de Fusileros (1785), 1.er Teniente de Granaderos (1791), Coronel (1791), Capitán (1793), Brigadier (1795) y Mariscal de Campo (1809). En su hoja de servicios aparece un escueto informe sobre su persona: «Valor, acreditado; aplicación, bastante; capacidad, bastante; conducta, buena; estado, casado. Este oficial está en estado de continuar, es casado, bizarro y a propósito para el mando». Siempre en tan alta estima, Herrasti sirvió en el ejército español durante cincuenta y dos años, hasta su muerte, que le sobrevino en 1818, ostentando el grado de Teniente General y el empleo de Gobernador Civil y Militar de Barcelona –honores concedidos en el año 1814, tras su vuelta del cautiverio en Francia–.

Herrasti participó, además, en las principales campañas y en algunas de las más memorables acciones llevadas a cabo durante los años anteriores a la Guerra de la Independencia. En el año 1775 participó en la expedición que Carlos III envió a Argel en contra de las tropas del emperador de Marruecos y de los piratas que operaban desde ese puerto, operación que terminó en un auténtico desastre para los españoles, con más de mil quinientos muertos y unos tres mil heridos, entre ellos el protagonista de esta semblanza; en el bloqueo y sitio de Gibraltar desde el primero de septiembre de 1779 hasta que se concluyó sin éxito; en el sitio de Orán desde el 28 de mayo de 1791 hasta su evacuación y abandono; en la guerra contra Francia, entrando en el Rosellón con las primeras tropas en abril de 1793 y cayendo prisionero en mayo del año siguiente, durante la precipitada retirada española ante el ataque del general Dugommier; en la Guerra de las Naranjas contra Portugal, tomando parte muy primordial en la ocupación del lugar de Jarde, en la toma de la plaza de Villaviciosa y en otras muchas acciones.

El motín de Aranjuez (1808)

Pero fue la Guerra de la Independencia la que marcó el destino de Herrasti, le convirtió en un personaje para la historia y le ofreció la oportunidad de demostrar su pundonor de militar hasta el límite de sus fuerzas y de su deber. El 17 de marzo de 1808, el por entonces brigadier Pérez de Herrasti, en ese momento destinado al frente del 1.er Batallón del Regimiento de Reales Guardias Españolas –que se encontraba acantonado en Vicálvaro– recibió la orden del coronel del Regimiento, el duque del Infantado –un fiel fernandino y, por lo tanto, enemigo acérrimo de Godoy– de asaltar el palacio del valido en Aranjuez y proceder a su captura. Este episodio provocó la abdicación de Carlos IV y el acceso al trono de Fernando VII aunque, como es bien sabido, el asunto no acabó ahí, sino con Napoleón interviniendo como árbitro del litigio entre el monarca y el heredero. De este modo, atrayendo con artimañas a padre e hijo a territorio francés –con la excusa de celebrar una reunión para solventar el problema de la legalidad de la abdicación de Carlos IV– Napoleón secuestró a la familia real española y desplegó sus tropas por España con el objetivo de lograr un cambio de dinastía –de los Borbones a los Bonaparte–, algo que hacía tiempo que ansiaba el Emperador. Poco tiempo después España se convertía en un campo de batalla sobre el que Francia y Gran Bretaña dirimirían quién iba a ser la primera potencia mundial del siglo XIX. Mientras tanto, el pueblo español luchaba por su rey legítimo, Fernando VII, que regresaría a España en 1814.

El día 2 de mayo, el brigadier Pérez de Herrasti puso a su batallón y demás tropas de la comarca, así como a varios pueblos, sobre las armas para socorrer Madrid, sublevado contra los franceses. El auxilio no se hizo efectivo, ya que desde instancias superiores se recibió la orden de no intervenir en los sucesos de la capital. Desesperado por luchar contra el invasor, Herrasti marchó, con su batallón de Reales Guardias Españolas y el Ejército del Centro al mando del general Castaños, a La Rioja, hallándose en todas las diferentes posiciones que allí se tomaron: socorro de Lodosa, expedición de Autol y apostadero de Ausajo, hasta la batalla de Tudela, librada el 23 de noviembre de 1808, debacle española tras la cual el Ejército del Centro inició una penosa retirada hacia el sur, en busca de nuevas órdenes por parte de la Junta Central –en ese momento también en plena huída y por lo tanto difícil de localizar–. Durante esa retirada, Herrasti tendría ocasión de destacarse en la acción de Tarancón (Cuenca) del 25 de diciembre, en la que rechazó, por dos veces, con trescientos hombres de su batallón, a una fuerza de caballería compuesta por ochocientos Dragones de la Brigada del general Perreimond. El valor y la tenacidad demostrados en este combate le valieron el ascenso a mariscal de campo –aunque quizá este fulgurante ascenso fuera más bien una recompensa por su actuación en favor de Fernando VII en Aranjuez– y el empleo como Comandante General del Cantón de Santa Cruz de Mudela (Ciudad Real). Tras unos pocos meses, ya iniciado el año de 1809, fue llamado a Sevilla –la nueva sede de la Junta Central Gubernativa del Reino– que le destinó, el 15 de marzo de 1809, al Ejército de la Izquierda, que en ese momento se encontraba al mando del teniente general Marqués de la Romana. El lugar donde debía incorporarse a su nuevo empleo era Gijón, ciudad a la que, al estar el centro y el norte peninsular ocupados por los imperiales, solamente podía llegar por mar. El día 19 salió del puerto de Cádiz acompañado por su nuevo edecán, el por entonces teniente Joaquín de Zayas. La travesía transcurrió tranquila hasta que, habiendo ya llegado a aguas del Cabo de Peña el día 20 de mayo, y a menos de una jornada del puerto de Gijón, se cruzaron con un bergantín cuyo capitán les advirtió de que la ciudad asturiana había caído en poder de los franceses. El día 17 de junio de 1809, un desesperado y agotado Herrasti estaba de vuelta en Cádiz, tras treinta días de penosa navegación bajo terribles borrascas, y sin haber podido incorporarse a su destino. Ansioso por entrar en combate, Herrasti solicitó un nuevo destino en el Ejército de Aragón, comandado por el general Blake y, si esto no era posible, al de Extremadura, con el general Gregorio García de la Cuesta al frente. Ninguno de los dos destinos le fue otorgado. Fue enviado de nuevo al Ejército de la Izquierda, ahora al mando del Duque del Parque, con el que combatió en la batalla de Tamames (Salamanca), librada el 18 de octubre de 1809, y que se saldó con una victoria de los españoles. Apenas un par de días después, Herrasti recibió el empleo que le enfrentaría a dos de los más afamados mariscales del Imperio, Masséna y Ney, y que le consagraría como héroe olvidado de la Guerra de la Independencia: gobernador militar de la cercana plaza de Ciudad Rodrigo, convertida en uno de los focos de resistencia más importantes al constituirse como sede de la Junta Superior de Castilla la Vieja, de la cual Herrasti sería presidente.

Rendición de Ciudad Rodrigo tras la heroica defensa española (1810)

El 10 de julio de 1810, tras un asedio de dos meses y medio, Herrasti, un militar que ha de pasar a la historia por su aprecio por la vida humana, supo rendir la plaza de la que era gobernador en el momento preciso, sin faltar en absoluto a su deber como soldado, para así evitar una matanza por parte de los imperiales como represalia. Dos días después de la capitulación, Herrasti marchaba al cautiverio en Francia junto a toda su guarnición.

Como los demás deportados españoles, Herrasti recuperó su libertad en 1814, tras la abdicación de Napoleón. Un decreto del Gobierno Provisional de Luis XVIII dispuso que «para poner fin al flagelo de la guerra y reparar en lo posible sus terribles resultados, todos los prisioneros de guerra serán puestos a disposición de sus potencias respectivas». En un lamentable estado físico y moral, Herrasti aún tuvo que enfrentarse en Madrid al Consejo de Guerra de Purificación, que afortunadamente no encontró en él el más mínimo atisbo de traición a los Borbones y que determinó su limpieza y le recomendó para ser empleado por el rey «en el destino y clase que tenga S.M. a bien». El rey tuvo a bien ascenderle a teniente general el 28 de julio del año 1814 con la antigüedad del día de la rendición de la plaza de Ciudad Rodrigo; es decir, el 10 de julio de 1810. Ese mismo año le llegaría la concesión de la condecoración de la Orden de Lis por parte del restaurado rey francés Luis XVIII «para acreditar su adhesión a la causa de los Borbones» y en 1816 el nombramiento de caballero de la Gran Cruz Laureada de San Fernando, que luce con todos sus atributos en el retrato con uniforme de teniente general que se exhibe en el Ayuntamiento de Ciudad Rodrigo. En el mismo año de su ascenso a teniente general, Herrasti fue destinado a Barcelona como gobernador militar y político, ciudad donde el clima húmedo agravaría su dolencia reumática. Hasta la capital catalana se trasladaría Herrasti con la que era su esposa desde el año 1792 –la también noble María Antonia de Luca y Timmermans– y allí moriría el día 24 de enero de 1818, tras una vida enteramente dedicada al servicio de su Patria y tras emplear sus últimos años en emprender esenciales mejoras urbanísticas en la ciudad de Barcelona, tales como la construcción del primer cementerio extramuros.

Información tomada de: Ramón Laca, Julio de (1967): El General Pérez de Herrasti. Héroe de Ciudad Rodrigo


Escudo de armas de los Pérez de Herrasti

GENEALOGÍA DESCENDENTE DE LA FAMILIA PÉREZ DE HERRASTI

Domingo Pérez de Herrasti, participó en la Toma de Granada. Fue uno de sus descendientes agnados Antonio Pérez de Herrasti y Viedma, señor de Domingo Pérez, que sigue. (Genealogía anterior aquí)

I .- Antonio Perez de Herrasti y Viedma, VII. Regidor perpetuo de Guadix y Alcalá la Real, patrono del Convento de Agustinos de Granada. Casó en Granada el 29 de mayo de 1747 con Angela Pérez del Pulgar y Fernández de Córdoba. Tuvieron por hijos a:

A .- Juan de Dios Pérez de Herrasti y Pulgar, que sigue.
B .- ANDRÉS PÉREZ DE HERRASTI Y PULGAR, héroe de Ciudad Rodrigo. Nació en Granada el 6 de marzo de 1750 y murió en Barcelona el 24 de enero de 1818. Casó el 27 de diciembre de 1792 en Barcelona con María Antonia de Luca y Timmermans (nacida en Rialp el 28 de diciembre de 1756), con la que no consta que tuviese descendencia.

II .- Juan de Dios Pérez de Herrasti y Pérez del Pulgar, Señor de Padul. Fue bautizado el 16 de marzo de 1748. Casó el 14 de junio 1771 con Maria Luisa Henríquez de Navarra y Carreño. Tuvieron por hijo a Antonio Pérez de Herrasti y Enríquez de Navarra, que sigue.

III.- Antonio Pérez de Herrasti y Enríquez de Navarra, Señor del Padul. Nació en Granada en febrero de 1778. Casó con María Josefa Recio-Chacón y Valverde (nacida hacia 1778 en Arjona, Jaén). Tuvieron por hijos a:

A .- Antonio Pérez de Herrasti y Recio-Chacón, que sigue (IV a).
B .- Juan Pérez de Herrasti y Recio-Chacón, que sigue (IV b).
C .- Rita Pérez de Herrasti y Recio-Chacón. Nació el 27 de junio de 1819 en Arjona y falleció el 8 de julio de 1855. Casó el 19 de marzo de 1843 en Granada con Fernando de Contreras y Aranda (1817-?), Caballero de la Orden Militar de Santiago. Tuvieron por hijos a José (1845-?), Francisco (†1881), Isabel (1850-1919) y Fernando de Contreras y Pérez de Herrasti (†1908) (sigue en V b).

IV a .- Antonio Pérez de Herrasti y Recio-Chacón, Señor del Padul y de Domingo Pérez. Maestrante de Granada. Nació hacia 1806 en Arjona (Jaén) y falleció en 1870. Fue fiscal del Tribunal Supremo de Cuentas del Reino. Casó el 10 de diciembre de 1837 con María del Carmen Fuensanta Antillón y Piles, II Condesa de Antillón, nacida en Palma de Mallorca el 16 de julio de 1811. Tuvieron por hijos a:

A .- Isidoro Pérez de Herrasti y Antillón, que sigue.
B .- Antonio Pérez de Herrasti y Antillón. Nació el 24 de diciembre de 1839 y murió en Granada en 1900. Fue Caballero de la Orden de San Estanislao de Rusia, Oficial de la del Salvador de Grecia y Maestrante de Granada. Siguió la carrera diplomática. Tras la Revolución de Septiembre se adhirió al carlismo. Llegó a presidir la Junta carlista regional. Casó el 10 de mayo de 1871 en Valcarlos (Navarra) con Maravillas Bachoué de Barraute Elío (†1917), nombrada por Carlos VII tras la muerte de su esposo Condesa de Barraute-Herrasti.
C .- María de la Esperanza Pérez de Herrasti Antillón. Nació el 30 de noviembre de 1848 en Madrid. Casó el 20 de mayo de 1875 con Manuel de Aguilera y Gamboa, marqués de Flores Dávila (1848-1899) y hermano del Marqués de Cerralbo, Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista con Carlos VII y Jaime III. Tuvieron por hijos a María de la Esperanza de Aguilera y Pérez de Herrasti (1876-1939), condesa de Peñalva (casada con Celedonio Febrel y Contreras) y a Manuel de Aguilera y Pérez de Herrasti (1877-1925), conde de Alcudia y Maestrante de Granada.

V a .-  Isidoro Pérez de Herrasti y Antillón, III Conde de Antillón, Señor de Domingo Pérez, de los Campos de Baraila, de Pérez de Herrasti y de Aróstegui. Maestrante de Granada. Nació en Madrid el 31 de julio de 1838 y murió en Granada el 17 de septiembre de 1903. Licenciado en Derecho. Formó parte de la Junta provincial carlista de Granada durante el Sexenio Revolucionario. En 1888 se adhirió al Partido Integrista. Residió en la calle Tablas. Casó el 6 de enero de 1860 en Granada con su prima María Josefa Perez de Herrasti y Vasco. Tuvieron por hijos a:

A .- Antonio Pérez de Herrasti y Pérez de Herrasti (1860-1902). Casó el 2 de mayo de 1894 con María de la Concepción Orellana-Pizarro Maldonado, marquesa de Albayda (1864-1927). Tuvieron por hijos a María, María del Rosario y Antonio Pérez de Herrasti y Orellana (Madrid, 1898-1974).
B .- María Joaquina Pérez de Herrasti y Pérez de Herrasti (1862). Casó el 24 de septiembre de 1893 en Granada con Antonio Díez de Rivera y Muro, marqués de Casablanca (1857-1930).
C .- María del Carmen Pérez de Herrasti y Pérez de Herrasti (1864 -?).
D .- Isidoro Pérez de Herrasti y Pérez de Herrasti. Nació en Granada el 1 de septiembre de 1866 y fue bautizado el 5 en la Iglesia de San Salvador. Murió el 6 de junio de 1935. Le fue concedido el titulo de Conde de Padul por Alfonso (XIII) el 16 de julio de 1924. Militó en el Partido Integrista y posteriormente en la Comunión Tradicionalista. Casó con Maria del Rosario Solís y Desmaissiers. Sin descendencia. Le sucedió en el título de Conde de Padul su sobrino Antonio por carta de 14 de mayo 1956.
E .- Josefa Pérez de Herrasti y Pérez de Herrasti.

IV b .- Juan Pérez de Herrasti y Recio-Chacón. Nació hacia 1816. Casó con Joaquína Vasco y Vasco. Murió en Granada el 2 de febrero de 1848. Tuvieron por hijas a María Josefa (Granada, aprox. 1843 - ?), Antonia (1851-1935) (sigue en V c) y Francisca Pérez de Herrasti y Vasco, que sigue.

V b .- Francisca Pérez de Herrasti y Vasco (1852-?). Casó el 4 de abril de 1874 en Granada con su primo Fernando de Contreras y Pérez de Herrasti (†1908). Tuvieron por hijos a:

A .- José de Contreras y Pérez de Herrasti, Maestrante de de Granada. Casó con Paz González de Anleó y González del Pino (1881-1967), Dama de la Real Maestranza de Granada. Tuvieron por hijos a Antonia (Granada, 1910 - Sevilla, 1991) y José de Contreras y González Anleo (Jaén, 1917 - Granada, 1993), combatiente Requeté.
B .- Fernando de Contreras y Pérez de Herrasti (1874-1940), Maestrante de Granada. Fue un destacado articulista del diario tradicionalista El Siglo Futuro. Casó el 26 de noviembre de 1900 en Sevilla con María de Gracia de Solís-Beaumont y Desmaissieres (1876-1952). Tuvieron por hijos a Antonia (†1991), Concepción (†2003) y Matilde de Contreras y Solís-Beaumont.
C .- Ramón de Contreras y Pérez de Herrasti (Arjona, 1886 - Granada, 1952). Fue jefe de la Comunión Tradicionalista en Andalucía Oriental en la década de 1930. Casó con Manuela Gómez de las Cortinas y Atienza. Residió en el Palacio de los Condes de Luque —que donó a la Universidad— y posteriormente en la calle Gran Capitán.
D .- Joaquín de Contreras y Pérez de Herrasti. Fue Archivero de la Real Maestranza de Caballería de Granada. Residió en la calle Puentezuelas, 35.

V c .- Antonia Pérez de Herrasti y Vasco. Nació en Granada el 1 de mayo de 1851 y murió en la misma ciudad el 18 de octubre de 1935. Casó en Granada el 24 de noviembre de 1873 con Luis Andrada-Vanderwilde y Pérez de Vargas (Sevilla, 1844 - San Sebastián, 1932), Teniente de la Real Maestranza de Caballería de Granada. Tuvieron por hijos a:

A .- María del Carmen Andrada-Vanderwilde y Pérez de Herrasti. Nació en Granada el 5 de abril de 1875.
B .- José Luis Andrada-Vanderwilde y Pérez de Herrasti, marqués de Cartagena y Maestrante de Granada. Murió en Granada el 12 de junio de 1961. Casó con Blanca Bachoué de Barraute y Mira-Perceval, con quien tuvo por hijos a Luis Javier, Dolores, Fernando, Antonia, José María, Francisco, Juan, Joaquín y Alfonso Carlos Andrada-Vanderwilde y Bachoué de Barraute.
C .- María de los Dolores Andrada-Vanderwilde y Pérez de Herrasti. Nació en Granada el 20 de marzo de 1879 y murió en la misma ciudad el 13 de abril 1965. Casó con Joaquín Pérez del Pulgar y Campos (Granada, 1870-1957), conde de las Infantas.
D .- Joaquina Andrada-Vanderwilde y Pérez de Herrasti. Nació en Granada en 1891 y murió en la misma ciudad en 1978. Casó con Mariano Gómez de las Cortinas y Atienza (Ronda, 1881 - ?). Tuvieron por hijos a María Antonia, Ramón, Mariano, Blanca y Rafael Gómez de las Cortinas y Andrada-Vanderwilde.

Información obtenida en su mayor parte de Condes de PadulGeneanet y FamilySearch

jueves, 20 de julio de 2017

El Alzamiento Nacional de 1936 fue obra del Carlismo. III - La muerte de Sanjurjo

LA MUERTE DE SANJURJO 

La muerte trágica del general Sanjurjo se debió a una debilidad del general Mola para con el aviador Ansaldo, quien, por haber salvado el año 32 al general Barrera en su avioneta y haber llevado el día del Movimiento a Pamplona al señor Fal Conde, aterrizando en el campo de Noain después de varias peripecias y algunos peligros, se creía con el derecho de llevar al futuro Jete del Estado Español, general don José Sanjurjo, desde Lisboa.

Juan Antonio Ansaldo Vejarano (1901-1954)

Se habían convenido dos contraseñas, y también en esto está confundido el señor Iribarne en la obra aludida anteriormente; una que tenía por mitad y debía mandar el general Mola, si el Ejército se decidía a iniciar el Movimiento, y era parte de un recordatorio fúnebre de la señora de Carranza, de Cádiz, y otra que tenía el señor Fal Conde, también por mitad con el general Sanjurjo, y ésta era efectivamente un recordatorio del asesinado Canciller de Austria, Dollfuss, que el Rey mismo le había dado al señor Fal, y el envío de cuya mitad significaba que los Requetés empezaban el movimiento, al que luego, por el prestigio del general Sanjurjo, el Ejército se plegaría; pues el general, hijo de capitán carlista, muerto al frente de su escuadrón en la guerra del 72-76, y sobrino del general carlista Joaquín Sacanell, que fuera Secretario de Carlos VII en Venecia, quería siempre mandar requetés.

El señor Fal Conde había contratado los servicios del que pasaba por ser uno de los mejores aviadores europeos, el francés Lacombe, quien poseía varios records, y el bimotor de la entonces esposa Mollisson, en el cual acababa de batir el record de Inglaterra a la Ciudad del Cabo en África.

Los dos, Lacombe con su bimotor y Ansaldo con su avioneta, llegaron al mismo tiempo a Lisboa, aunque a distintos campos de aterrizaje, ya que, el bimotor no podía aterrizar en el reducido y deficiente campo de La Alberca.

(No es todavía llegado el momento de levantar el velo sobre él modo como se solventaron las dificultades surgidas por las reclamaciones del embajador del Gobierno republicano, el mismo que fuera ministro náufrago, según frase de Azaña, precisamente cuando regresaba de Buenos Aires a España para hacerse cargo de una cartera ministerial).

El general Sanjurjo se despide de su esposa y amigos antes de subir a la Puss

En atención a que el bimocor de Lacombe no podía aterrizar en el reducido campo de Noain, cerca de Pamplona, se decidió que lo haría en uno de los aeródromos del sur de Francia, posiblemente en Biarritz, donde estaba todo preparado para los inconvenientes que pudiesen surgir e incluso el guía que debía pasar al general Sanjurjo a través de la frontera franco-española.

Ansaldo, muy conocido de la colonia española, que hacía la contrarrevolución desde las hermosas y frescas playas de Estoril, pudo fácilmente lograr del general Sanjurjo que se confiase a su avioneta, en la que debía amarrarse, ya del primer momento, en un angostísimo sitio.

El entonces Director General de Seguridad en Madrid, Ángel Galarza, se alabó más tarde de haber dañado en alguna forma la avioneta; pero quien presenció la catástrofe aseguraba que, conociendo el pobre campo de aterrizaje de Cascaes y la más pobre avioneta de Ansaldo, aun reconociendo su destreza y capacidad, no necesita agentes extraños para explicarse el desastre ocurrido.

Estado en que quedó la avioneta después del accidente

La avioneta, sea por el estado del campo, sea por el exceso de peso, levantó vuelo con dificultad, de modo que pareció iba a estrellarse contra unos árboles por no ganar altura. Sorteó el obstáculo penosamente, y apenas transpuestos los árboles capotó, desplomándose e incendiándose el depósito de la nafta, sin que le fuera posible a Ansaldo vaciarlo antes por falta de tiempo, aunque hubiese atinado, y sin que le fuese posible al general deshacerse de las correas que lo aprisionaban, pereciendo abrasado entre gritos desgarradores.

Ansaldo tuvo que ser hospitalizado, tal vez más por la conmoción nerviosa y dolor, que por las quemaduras, que fueron leves, por fortuna.

Entretanto el bimotor con el gran Lacombe se morían de asco en un campo de aterrizaje, no lejano, se había torcido la dirección del Movimiento y se había hecho posible una guerra que todavía perdura.


EL REQUETÉ (Buenos Aires, 1 de marzo de 1939)

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El Alzamiento Nacional de 1936 fue obra del Carlismo. I - El plan
El Alzamiento Nacional de 1936 fue obra del Carlismo. II - La defección del General Barrera
El Alzamiento Nacional de 1936 fue obra del Carlismo. III - La muerte de Sanjurjo

martes, 18 de julio de 2017

El Alzamiento Nacional de 1936 fue obra del Carlismo. II - La defección del General Barrera

Como fenómeno extraño es curioso el hecho de que, después de muerto el general Mola, último representante del general Sanjurjo, no existe actualmente en el Gobierno de Burgos y Salamanca ninguno de los hombres que trabajaron eficazmente en la preparación del movimiento. 

No es una excepción el Conde de Rodezno, el hombre más político, es decir, más enemigo de la acción, o sea, el menos carlista, de todos los prohombres carlistas, aunque es de justicia acreditar un tanto en su haber. Pues al resultar por pura casualidad y algo de presunción, presidente de la Junta Suprema Carlista, se empezó el envío de jóvenes del Requeté a Italia, para que se ejercitasen en el conocimiento y manejo de las armas modernas. En cartas, cuyos originales se conservan y se publicarán en su día, llamaba despectivamente musulmanes a quienes conspiraban contra la República y jugaban a los Requetés... [...]

Consecuencia de una acción concertada entre el general Barrera, un representante de la Comunión Tradicionalista y otro de Renovación Española con el señor Mussolini, fue el envío de los jóvenes a Italia. Por cierto que últimamente dieron los periódicos la noticia de haber llegado el hecho a conocimiento de los rojos, quienes probablemente simularon el documento firmado, aunque el fondo es rigurosamente verídico.

El general Emilio Barrera Luyando (1869-1943)

En realidad, el envío de jóvenes se intensificó desde el momento en que empezó a dirigir los destinos de la Comunión Tradicionalista el verdadero forjador de los Requetés y alma de toda la preparación del movimiento, D. Manuel Fal Conde, como documentalmente lo probará la historia, ya que un carlista tuvo la fortuna de encontrar y salvar las notas y documentos originales, de todos los cuales se han sacado copias y fotocopias, que están guardadas en distintas naciones de Europa.

Los jóvenes Requetés, en grupos de treinta, de todas las regiones de España y singularmente de Navarra, se juramentaban, incluso con juramentos execratorios, a guardar el secreto, que fue tan bien guardado, que ni la policía española, ni las familias de los interesados, ni los mismos elementos oficiales italianos, llegaron a develarlo.

Salían por distintas fronteras con motivos diversos, generalmente de trabajo, y llegados a Italia eran recibidos por el que fue más tarde embajador en Buenos Aires, Coronel Longo, y presentados, como peruanos, a los oficiales que debían enseñarles el manejo de las armas, los cuales desconocían el español. La enseñanza duraba un mes aproximadamente, y con algunos que fueron a Libia, al principiar el movimiento, eran unos quinientos los que habían adquirido el conocimiento de las más interesantes armas modernas. [...]

Al libertarse finalmente, después de horas trágico-cómicas, el general Barrera se encontró ante una situación de hecho, en la que otros estaban trillando, lo que él había ayudado a sembrar; pero ya ni el general Barrera tenía parecido con el hombre de 1932, ni les fue difícil contentarle con la Presidencia del Tribunal Supremo de Guerra y Marina, recientemente restablecido, si no lo fue expresamente para él. Muerto Sanjurjo, era el único Teniente General de actividad contrarrevolucionaria, desde el año 32. [...]

La muerte trágica de Sanjurjo, ocasionada por una debilidad de Mola, ante una pretensión vanidosa del aviador Ansaldo, torció completamente el curso del movimiento.

El que fuera secretario de Mola, señor Iribarne, escribió una seudo-historia plagada de inexactitudes e injusticias. Después, recogida tal obra; pero no por las injusticias que se cometen en el afán de ensalzar la acción del héroe, sino por querellas personales y celos ridículos e injustos de quien no representa en el libro ningún papel en la preparación del movimiento, sencillamente porque no la tuvo; y todo el poder, ni hará desaparecer los documentos que lo comprueban, ni hará enmudecer la historia que lo proclamará paladinamente, a pesar de las pretensiones de los panegiristas áulicos.

lunes, 17 de julio de 2017

El Alzamiento Nacional de 1936 fue obra del Carlismo. I - El plan

Descontado se tiene que todos los fariseos se llevarán las manos a la cabeza, aun sin llenársela de ceniza, y se aprestarán a rasgarse moderadamente sus vestiduras. También será motivo de estupefacción o escándalo lo que se irá refiriendo para cuantos, nacidos para avestruces, creen que en cerrando los ojos a la luz, como aquéllos ocultando sus cabecitas en el hoyo abierto en la arena para no ver al león, ya el peligro no existe. Y gritan ¡escándalo!, ¡escándalo!, cuando hay quien se atreve a proclamar bien alto lo que es sabiduría de clavo pasado, o verdades escuetas de la historia austera.

Aunque principalmente se tratará el problema político de España, como éste se roza con el problema militar y parece que algunos militares, mal aconsejados, han querido convertir el glorioso Movimiento Nacional en una cuartelada o pronunciamiento estilo siglo XIX, desvirtuando su carácter popular, base y fundamento jurídico de su legitimidad, accidentalmente se tratará de los mayúsculos yerros militares; porque las guerras se ganan alcanzando victorias y no repitiendo tontamente las palabras: victoria, invicto, derrota aplastante del enemigo, descalabro tremendo, etcétera, etc. Resulta soberanamente ridículo leer la prensa nacionalista española, convertida en un inmenso botafumeiro por obra y gracia de politiquillos de la más vieja escuela, como Serrano Suñer, que, al remedar los métodos fascistas e hitlerianos, los han dejado tamañitos. Se publicará a su hora una colección de las órdenes emanadas de la Dirección de Prensa y Propaganda de Salamanca, que resulta el monumento máximo de la adulación, del servilismo y de la incomprensión del carácter y psicología españoles.

Dejados de la mano de Dios han olvidado que en el fondo del español está siempre el espíritu de aquellos claros varones que, monárquicos ferventísimos, se dirigían a la Autoridad con las frases sabidas: Nos que somos tanto como vos y juntos más que vos; Rey serás, si ficieres derecho, e si no, non lo serás. Y la figura gigante del Alcalde de Zalamea será siempre el modelo representativo del verdadero carácter español, que se pretende convertir en el rebaño de Panurgo o en autómatas marcando el paso de ganso, sin ideas y sin voluntad propias.

Las necesidades de la guerra imponen muchas obligaciones y restricciones, cierto, ciertísimo; pero lo que jamás imponen es el ridículo, y menos todavía aprovecharlas para hacerse una plataforma y convertir a todos los periódicos en un diario y repetido anuncio gratis. ¡Qué mala debe ser la mercancía cuando necesita tanto bombo! [...]

Aunque se han visto los originales y fotografías de los documentos que se citarán, es inútil pedir, antes de finir la guerra, las tales fotocopias y documentos, celosamente guardados en lugar seguro. [...]

José Sanjurjo Sacanell (1872-1936)

En la preparación del Movimiento que debía acaudillar el glorioso, doble laureado, general Sanjurjo, tuvieron poca intervención los generales que luego, por efecto de las circunstancias, han resultado primeras figuras.

El Movimiento fue preparado por la Comunión Tradicionalista —el viejo Carlismo, luchador de siempre y siempre por los mismos ideales—, en combinación con algunos elementos de Renovación Española, con algunos de José Antonio, quien estaba en la cárcel cuando se enteró, con el conocimiento de Gil Robles a última hora y siempre bajo la jefatura de Sanjurjo. Los representantes de éste fueron, primero, un general que se rajó en Madrid; luego el doble laureado, entonces coronel Varela, y cuando éste no podía ya moverse por pisarle los talones la policía de Azaña, quien lo tenía en el castillo de Santa Catalina en Cádiz al estallar el Movimiento, fue el postrer representante el general Mola, Gobernador Militar de Pamplona.

El general Franco se comprometió a sublevarse en África mucho después que el actual Príncipe-Regente de la Comunión Tradicionalista-Carlista se entrevistase en Lisboa, por orden del difunto Rey Don Alfonso Carlos (q. s. g. h.), con el general Sanjurjo y se conviniesen los postreros detalles del Movimiento que sustancialmente fueron:

Los Requetés cooperarían, desde el primer instante, al Movimiento, si lo iniciaba el Ejército; pero si éste no podía, los Requetés empezarían, siempre mandados por el general Sanjurjo, y para ello, el teniente coronel de E. M. Baselga formó el plan del alzamiento, constituido en principio por dos fuertes grupos de Requetés que aparecerían en la Sierra de Huelva y en la Sierra de Gata, en el sudoeste de España, sobre la frontera de Portugal, por razones obvias y fáciles de comprender.

Eduardo Baselga Recarte (1879-1936)

Al atraer las fuerzas del Gobierno, debían actuar inmediatamente los Requetés navarros y vascos, al par que los catalanes y aragoneses, en un doble movimiento sobre Madrid. El general Sanjurjo no era partidario de la guerra de carreteras, sino que pretendía dar una batalla, pero una verdadera batalla decisiva, tan pronto hubiese reunido los elementos que se hubieran plegado a su nombre glorioso.

Si bien es cierto que él había reservado su pensamiento, no es difícil adivinar que hubiera tenido lugar por el norte de Madrid, y aun es probable que hubiera sido algún Guadalajara, pero glorioso. Desde las estribaciones del Guadarrama por Sigüenza y hasta Medinaceli existe, en dirección a Madrid, un vasto terreno para dar una batalla, o una serie de combates que abrieran las puertas de la Capital por el único camino que se pueden abrir, según lo aprendieron Felipe V y Napoleón.


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