Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón

Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón leal a S.A.R. el Duque de Aranjuez Don Sixto Enrique de Borbón y al ideario católico-monárquico.
DIOS-PATRIA-REY
Animamos a nuestros lectores a publicar comentarios, siempre que lo hagan desde el respeto a nuestra Santa Causa, al Abanderado de la Comunión Tradicionalista, a su Secretaría Política y a la dinastía legítima. Se borrará todo comentario irrespetuoso, derrotista o que no guarde relación alguna con nuestras publicaciones.

sábado, 9 de noviembre de 2019

El Carlismo ante las elecciones parlamentarias del 10 de noviembre

Tras menos de siete meses desde las elecciones generales anteriores, el régimen de facto y su Gobierno en funciones vuelven a llamar a los españoles a las urnas. Nada ha cambiado; con la nueva convocatoria sólo aumenta el derroche de dineros públicos, al tiempo que disminuye el número de ilusos que esperan algo de los procesos electorales.

Reproducimos, por lo tanto, la parte aplicable de nuestro comunicado de abril de este año. A las elecciones generales del 10 de noviembre de 2019 no concurre ninguna candidatura a la que los tradicionalistas puedan dar su apoyo. La única opción que, por desgracia, queda para el Carlismo es la opción cristiana y patriótica de la abstención, que pone de manifiesto el rechazo a este sistema corrupto y corruptor.

Como explicaba el Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista en un artículo del pasado mayo: «si nos atenemos a lo oficial, a la liza de partidos y a sus programas, quien vota a un partido favorable (más o menos) al aborto, a las leyes contra la familia, a la degeneración sexual, a la corrupción en la escuela, a la disolución de la Patria, a la esclavitud práctica del asalariado, al totalitarismo, al estatismo o a tantas otras infamias del sistema, peca. Peca, primero, por acatar la soberbia satánica del sistema mismo, y peca por hacerse cómplice de cuantos desmanes pueda cometer el partido votado. Y a ese votante no le vale escudarse en el principio del mal menor, a no ser que su voto favorezca a un partido cuyo programa coincida totalmente con los principios del orden social cristiano, lo cual supondría la desaparición del sistema liberal mismo. Y si tal cosa no existe, siempre le queda abstenerse».

Madrid, noviembre 2019.
Secretaría Política
Comunión Tradicionalista

miércoles, 30 de octubre de 2019

Ellos y nosotros (historia del carlismo y del liberalismo en pocas líneas)

ELLOS Y NOSOTROS 

HAGAMOS HISTORIA 

Calumnia que algo queda, era la máxima de Voltaire a sus secuaces. Y se conoce que los liberales son sus aprovechados discípulos; no olvidan nunca el consejo de su maestro. Un periódico ha preguntado al Gobierno:

«¿Sabe la autoridad algo de la organización militar que en Estella y otros centros donde domina el carlismo están llevando a cabo con el objeto de defender a un Dios que nadie ofende, a una Patria que no es la suya, y a un Rey que jamás lo será?»

Se necesita frescura para combatir todavía al carlismo los que nos han traído las siete plagas de Egipto elevadas a la quinta potencia. Analicemos el gracioso parrafito con la imparcialidad que el caso requiere. A Dios se le ofende en las calles, blasfemando su santo Nombre, sin que la autoridad lo prohiba; cinismo que agrava más y más la ofensa inferida: ya ve el periódico liberal que miente como un bellaco al afirmar que no se le ofende.

«Una Patria que no es la suya»; pues, alma mía, ¿acaso hemos nacido los carlistas en las Batuecas? Si mientras más tiempo se posee una cosa, mayor derecho hay a su posesión, veamos de quién es esta Patria.

Nacimos con Recaredo y asistimos a los concilios de Toledo, aquellas famosas asambleas religioso-políticas en las que se formaban leyes sabias y justas que constituyeron la verdadera nacionalidad española (589).
«Esta es la bandera heredada de mi padre».
Grabado de 1875 (fuente)

Sostuvimos la monarquía goda hasta que Rodrigo la hizo imposible, acompañándole después a la batalla del Guadalete (711): allí se determinó una división funesta e inevitable; los traidores y perjuros desertaron con el conde D. Julián y D. Opas, presentándose a Tarif para hundir el puñal agareno en las entrañas de la Patria...

Nosotros quedamos sin Rey ni Caudillo, pero agrupados en torno de nuestra gloriosa bandera marchamos a Asturias, y en las asperezas del monte Auseba alzamos un Príncipe y constituimos un reino: Pelayo nos dirigió en Covadonga, cuya gruta fue a la vez templo, alcázar y fuerte (718).

Vencimos en Roncesvalles a la flor y nata de los caballeros franceses; y en Clavijo nos batimos a las órdenes de Santiago el Mayor, aunque los autores liberales consideren su aparición fabulosa. A las órdenes de Alfonso VIII peleamos en las Navas de Tolosa, derrotando a los moros de España, que unidos a los leones africanos mandaba Miramamolín.

Nos apoderamos de Córdoba y Sevilla con san Fernando y Garci-Perez de Vargas. Y en la vega de Granada presenciamos el desafío de Atarfe, triunfando el Ave María colocada sobre la poderosa lanza de Garcilaso de la Vega, y entrando después en la Corte de Boabdil, la poética ciudad de los cármenes, llamada por nuestros historiadores la sultana de las mil torres.

Embarcados con Colón en frágiles embarcaciones descubrimos un mundo nuevo, conquistándolo después con Cortés en las batallas de Otumba y Tlascala, y con Pizarro y Almagro en las llanuras del Perú, o en la formidable cordillera de los Andes.

Bajo el imperio de Carlos I vencimos en Pavía, en cuya batalla aprisionamos al Monarca francés y dominamos a Italia. Y Felipe II nos admiró en Lepanto y en Flandes guiados por D. Juan de Austria y el duque de Alba.

Más tarde, en 1808, el coloso del siglo y dueño absoluto de Europa pretendió dominarnos, y ese gigante murió en la isla de Santa Elena, vencido y derrotado por unos cuantos paisanos, dispuestos siempre a luchar por su Dios, por su Patria y por su Rey.

Esta es nuestra historia. Veamos el origen del liberalismo.

Nació en las Cortes de Cádiz, aquella tumultuosa asamblea que aprisionó a su Rey cuando salía de las garras de Napoleón, teniendo que venir 100.000 franceses a libertarlo. Amargaron los últimos instantes de su vida, forzándole a quebrantar las leyes seculares de España y dejando a su patria sumida en una guerra civil, protegiendo al parecer los supuestos derechos de una niña, que después se encargaron de corromper para más fácil destronarla.

Ayudaron a Espartero (el héroe de Ayacucho) a expulsar a la regente M.ª Cristina de España, señora a quien el General y sus prosélitos debían cuanto eran. Y al poco tiempo estos mismos héroes arrojaban a Espartero de la regencia, marchando éste a Londres, donde pocos años antes habíase refugiado su augusta víctima.

Revoluciones sin cuento y motines sin fin ensangrentaron el suelo de la Patria cuando nos pronosticaron, al abrazarse en Vergara al traidor Maroto, que se abría un horizonte de paz y de ventura. Y vino la guerra de África que pudo ser gloriosa, como la llamamos todos por puro patriotismo, resultando mucha sangre vertida, perdido el terreno conquistado, y 400 millones de ochavos morunos pagados no sé en cuántos plazos.

Teniendo presente el testamento de Isabel la Católica y los patrióticos deseos de Cisneros, como asimismo la creencia y el derecho que asiste al pueblo español de extender su territorio por Marruecos, cuyas plazas conserva, el emperador Napoleón III, el conde de Montemolin seguido del partido carlista, algunos generales y ministros secundando las órdenes de Isabel II y su esposo, y la emperatriz Eugenia, que como española le halagaba el engrandecimiento de su patria, a la par que Napoleón veía en la posesión de España inutilizada la ambición de Inglaterra respecto del imperio Marroquí, se formó el proyecto de proclamar a Carlos VI rey de España, cuyo ánimo esforzado, auxiliado de su valiente partido, conquistaría el territorio que se extiende desde Ceuta al Atlas y desde las orillas de Argel al Atlántico.

Tan vasto pensamiento embargó por el pronto y entusiasmó a sus autores, pero se arrepintieron de hacer algo grande quienes no habían nacido más que para arrebatarse el presupuesto. Habiendo iniciado el movimiento en San Carlos de la Rápita el general Ortega, capitán general de las Baleares, creyóse preciso fusilarle para justificar que era una insurrección y no un golpe de Estado preparado por el mismo poder.

Tuvieron ocasión de hacer algo grande, y no lo hicieron. Pospusieron su ambición particular, mezcla de egoísmo y pequeñez, y España dejó sus hijos sacrificados cubriendo los campos de África, y quedamos todos tan satisfechos.

Al grito de Viva España con honra se hizo la revolución de Septiembre, arrojando del trono a Isabel II, derramando tanta sangre al destituirla como habían derramado al proclamarla, y acusándola de no sé qué crímenes, como no fuera el de haberles sostenido en el poder, como su desgraciada madre.

Esta es la historia del liberalismo, corta, pero aprovechada: imposible parece que en tan poco tiempo se haga tanto daño, como no se esté dispuesto a hacerlo. Después, la vergüenza de Melilla y los desaciertos de Cuba completan el cuadro de desventuras que llueve sobre esta Nación infortunada.

«En cuanto a un Rey que jamás lo será», si los carlistas no estuviesen convencidos del triunfo de ese Rey, bastaría apreciar el odio con que dan la noticia y el deseo de precipitar al Gobierno en el camino de las persecuciones, para convencernos de la certeza que abrigamos cada vez mayor del advenimiento del carlismo. Las causas perdidas y los enemigos débiles causan lástima o desprecio, pero nunca odio.

CARLOS CRUZ RODRÍGUEZ


Extraído de: «Ellos y nosotros». Biblioteca Popular Carlista. Tomo VIII, febrero de 1896, páginas 16-19.

domingo, 20 de octubre de 2019

La emigración: impresiones (por un carlista granadino exiliado en 1876)

LA EMIGRACIÓN

Impresiones
Cuadro: «Emigración carlista»
Por el emigrado José Rodriguez Gil. Orléans 1876. Fuente

Hay amarguras en la vida, crisis terribles que el hombre no podría soportar si Dios no viniese en su ayuda. Decía un compañero mío de destierro: «Oye la historia do un carlista, y verás en ella la de un mártir».

El político que se afilia a un partido, presta su influencia en bien de él, y toma parte en la acción legal solamente a cambio de la prosperidad y de los honores que pueda adquirir: ese hombre no sabe, ni puede tener idea del sacrificio.

Trasladaremos aquí el fin de mis Memorias de campaña, que ellas por sí solas patentizan el dolor que en aquellos momentos sentía.

Vi desvanecerse aquel ejército reunido a costa de tantos sacrificios; los batallones enteros entregarse al enemigo; vi de mi regimiento marchar los cuatro escuadrones enteros a Pamplona; la magnifica artillería, que tanto habíamos deseado, abandonada en el Pirineo, y a los mulos marchando solos en formación, acostumbrados a hacerlo en días más felices; busqué a mis compañeros de regimiento, me uní a ellos, y el 28 de Febrero de 1876 atravesábamos la frontera, no sin haber suspirado por la patria que perdíamos. En la línea vendimos los caballos, llegamos al primer pueblo francés, que es San Juan de Pie de Puerto, donde descansamos de nuestras últimas fatigas, y la segunda noche tomamos las diligencias que salían para Bayona, en cuya población nos presentamos al Prefecto y le pedimos nos internase en Nantes.

En esta inmensa población de 150.000 almas lo pasamos bien; obsequiados por los legitimistas, y respetados por los republicanos a causa del miedo, o mejor dicho, del respeto que el español sabe infundir en todas las naciones donde habita, solamente echábamos de menos la madre patria al oír el lenguaje gabacho, y sentir un frío glacial que helaba nuestros huesos: en la espaciosa ría del Loira andaban buques numerosos, y en sus mástiles ondeaban casi todos los pabellones del mundo: grandes fábricas de fundición, y el arsenal, donde miles de operarios se ocupaban en la construcción de buques, daban una animación extraordinaria a la ciudad. Tiene ésta una catedral gótica de poco mérito; las calles son espaciosas, particularmente la denominada Gran Calle, y la conocida por Notre Dame. También cuenta un jardín de plantas bastante extenso con numerosos invernáculos, y en el centro un laberinto en forma de montaña; unos cuantos lagos con ánades completan el adorno de aquel recreo de niñeras y solaz de soldados, pues en Francia casi no hay paseo; todo el mundo está entregado al trabajo, y el que no trabaja, rinde culto a toda clase de vicios, no dejándole tiempo de pasear. Los sábados, domingos y lunes se encontraban por las calles numerosos y civilizados franceses perdiendo el equilibrio y cayendo a impulsos del Burdeos. ¡Qué ciudadanos más dignos! merecedores son de tener derechos individuales y llamarse pueblo soberano: imagen de ese pueblo son los Gobiernos que tienen. Vivía yo con el físico del batallón de Marquina, que tenía un primo redactor de El Imparcial, y me decía: «Siempre está mi primo alabando a los franceses; ya le diré yo cuando vaya lo que he visto»; y le contesté: «Desengáñate, Manuel, los liberales alaban y alabarán siempre a los franceses a pesar de saber lo que son: de esa nación surgió el liberalismo, es su madre predilecta; lo amamantó con la sangre inocente de los infortunados monarcas Luis XVI y María Antonieta; lo educó en el crimen y en la crápula de Danton, Marat y Robespierre, aquellos ciudadanos tan liberales, que odiaban a los tiranos llevando a la guillotina a todo ciudadano sospechoso de no pensar como ellos, y privándoles hasta de la vida en uso de un derecho sumamente liberal, convirtiendo a París en un lago de sangre: después completó su educación prendiendo al Papa en tiempos de Napoleón I; después... vino Luis Felipe, el rey cochero, y lo dejó tan bien educado que surgió la Commune, y... resplandores siniestros iluminaron las calles de París; entonces los liberales se asustaban y decían: «¿Dónde vamos á parar?» Fue preciso decirles y se les dijo: «No se asusten Vds.; son los resplandores de la libertad que iluminan al mundo: deben estar orgullosos de su obra. ¡Ciudadanos canallas, en vez de hacerle frente al enemigo, se entretenían en su propia destrucción, satisfaciendo sus odios personales y manchando el poder con su ridículo mando!»

Los primeros que presentamos las solicitudes de indulto nos embarcamos el Viernes Santo a bordo del vapor Villa de París. Salimos dos jefes, trece oficiales y ciento veinte soldados; navegamos dos días y dos noches; sufrimos mucho el Sábado de Gloria; descansamos en la isla de Ré, mientras el vapor tomaba agua, y el primer día de Pascua entrábamos en la ría de Burdeos, uno de los mejores puertos de Europa. Esta ciudad, capital de la Gironda, es muy populosa; cuenta 250.000 almas, y tiene notabilidades de primer orden, entre las que descuella el gran puente sobre su ría. El ferrocarril nos trasladó de esta ciudad a Bayona, plaza fuerte de segundo orden, de allí a Irún, y por último a San Sebastián. En este punto permanecimos dos días: San Sebastián tiene buenos edificios, está en una situación deliciosa, recostada sobre el monte Jaizquivel, y lamen sus orillas las agitadas olas del Cantábrico. Provistos de hojas de embarque y pasaportes expedidos por el Brigadier Gobernador, viajamos por cuenta del Estado los jefes en 1.ª, los oficiales en 2.ª, y los soldados en 3.ª; llegamos a nuestras casas después de haber visto mucho, y tomado parte en una campaña que, si bien no proporcionó con su triunfo la paz de España, consiguió por lo menos contener al ejército que so disolvía, merced a las descabelladas teorías predicadas por hombres que hoy figuran como conservadores, y que no tendrían templos donde orar, cementerios donde conservar sus cenizas, ni derecho a los bienes que poseen, porque disuelto el ejército toda autoridad concluía, y quedábamos a merced de la canalla disfrazada de guardia nacional.

CARLOS CRUZ RODRÍGUEZ


Extraído de «La emigración», Biblioteca Popular Carlista; Tomo XXVI, agosto de 1897, páginas 44-48.

viernes, 4 de octubre de 2019

Luis Villanova Ratazzi, el granadino Jefe del Tercio de Navarra y mártir de la Tradición

Fotografía de Luis Villanova Ratazzi
como alumno de Caballería
(imagen tomada de la BNE)
Luis Villanova Ratazzi era natural de Gójar, donde su familia era propietaria de la mayor parte del término municipal, aunque en Gabia también tenía importantes propiedades: Montevive, San Saturnino, Pedro Verde y gran parte de Gabia Chica.

Militar de carrera, en el Ejército Español llegó a ostentar el grado de Comandante de Caballería.

Se afilió a la Comunión Tradicionalista durante la Segunda República y al estallar la Cruzada de Liberación fue Jefe del Tercio de Requetés de Navarra.

El Comandante Villanova, amigo personal del augusto Abanderado de la Comunión Tradicionalista en aquel momento, Don Francisco Javier de Borbón Parma, acogió de incógnito, por petición de Don Javier, al hermano de éste, Don Cayetano, como un combatiente requeté más en el Tercio de Navarra.

Luis Villanova Ratazzi fue herido por un francotirador el septiembre de 1937 en tierras asturianas y entregó su vida por Dios y por España tal día como hoy, 4 de octubre, en el Hospital Valdecilla, donde había sido trasladado.

El pleno del Ayuntamiento de Gabia Grande, reunido el día 30 de noviembre de 1937, acordó lo siguiente:

«la celebración de un funeral en sufragio del heroico Comandante de Caballería, Jefe del Tercio de Navarra D. Luis Villanova Ratazzi, que dio su vida por Dios y por la Patria, en el frente de Asturias el día 4 del pasado mes de Octubre, cuyo funeral era patrocinado por el Ayuntamiento. También se acuerda colocar una lápida conmemorativa en la fachada de la casa de su propiedad, donde se crió y vivió, dando su nombre a la calle donde está situada» (*)

Su cuerpo recibió cristiana sepultura en el Cementerio de Gójar, de donde era natural su familia.

El Coronel Emilio Herrera, integrante del Tercio de Navarra, cuenta la siguiente historia cuyo protagonista es el Comandante Villanova:

«Se produce una escena que parece arrancada de las páginas del Romancero: un hombre de mediana edad y aspecto distinguido, pálido y macilento, que acaba de surgir del escondite en el que ha pasado los trece largos meses de dominación roja, se dirige al comandante Villanova, le saluda ceremoniosamente y le agradece con sentidas frases el haber liberado para España la ciudad de Garcilaso; luego toma de la rienda a la yegua del comandante y marcha llevándola a la antigua usanza. Las gentes lloran de alegría y al romper filas los requetés se ven rodeados, besados, apretujados y agasajados por los cientos de hombres, mujeres y niños, que los obsequian con vino, sidra, leche condensada; con lo único que tienen».

Y con motivo de su muerte, el Coronel Herrera le dedica las siguientes palabras:

«Bravo entre los bravos, leal entre los leales, cristiano de rancia estirpe, español
a lo siglo de oro, carlista por convicción y sentimiento, caballero por la nobleza de
su sangre y más aún por su alma prócer, capitán valerosísimo y prudente; sobre
todo, padre con sus requetés a los que amaba con cariño tal y de los que era correspondido con adhesión entrañable...»

(*) Los revanchistas izquierdistas renombraron esta calle como «Calle Molino».

Véase: Izquierdo Rodríguez, Manuel (2012): Historias desenterradas - Las Gabias, 1936, pp. 216-217; Romero Raizábal, Ignacio (1966): El príncipe requeté, pp. 47-48.

viernes, 27 de septiembre de 2019

La imprenta de «La Esperanza», una fuente de conocimiento en la España del siglo XIX

El diario monárquico (carlista) La Esperanza (1844-1874) fue uno de los periódicos españoles más populares y leídos de su época. En su imprenta, a cargo del murciano Antonio Pérez Dubrull y situada en Madrid primero en la calle de Valverde, núm. 6, y luego en la calle del Pez, núm. 6, se editaron, además del periódico, numerosos libros que sirvieron para instruir a sus lectores y reforzar sus convicciones católico-monárquicas. Las siguientes obras, traducidas al castellano por la redacción del periódico, fueron incluidas en la llamada «Biblioteca de La Esperanza»:

* Historia evangélica, confirmada por la judaica y la romana (1852), en dos tomos, del P. Paul Pezron;
*​ Lord Palmerston, la Inglaterra y el Continente (1852), por el conde de Ficquelmont;
* El libro de los Reyes (1852),​ Genio de la monarquía (1852),​ República y monarquía (1852)​ y Derecho hereditario del poder (1852), por Alexandre Weill;
* Economía política cristiana (1852-1853), en cinco tomos, por el vizconde Alban de Villeneuve-Bargemont;

La Biblioteca de la Esperanza también anunció su intención de editar la obra Del Protestantismo y de todas las herejías en su relacion con el socialismo (1853), por Auguste Nicolas, si bien solo nos consta la edición que se hizo de la misma en Barcelona en la imprenta de Pablo Riera.


En la imprenta de A. Pérez Dubrull se publicaron asimismo libros como La realidad de la vida (1858), por Matilde Froment; Coleccion de los artículos de La Esperanza sobre la historia del reinado de Carlos III en España (1858), por Antonio Ferrer del Río; El perfume de Roma (1862), por Louis Veuillot; Vidas de los Mártires del Japon (1862), por Eustaquio María de Nenclares;​ La Revolucion (1863), por Monseñor Segur;​ Conferencias del Rdo. P. Félix, en la Santa Iglesia Metropolitana de Nuestra Señora de París durante la Cuaresma de 1866; El Paladín de Cristo (1865), por José Gras y Granollers;​ La dolorosa Pasion de N. S. Jesucristo, según las meditaciones de Sor Ana Catalina Emmerich (1865);​ o Advocaciones, virtudes y misterios de María Santísima (1866), por el presbítero Felipe Velázquez y Arroyo.​

Otras de las obras impresas en la imprenta de La Esperanza serían de carácter más marcadamente carlista, especialmente durante el Sexenio Revolucionario, como Tres escritos políticos de Pedro de la Hoz publicados en 1844 (1855);​ Biografía de D. Pedro de la Hoz (1866), por José María Carulla;​ La solución española en el Rey y en la Ley (1868) y Las apariencias y la realidad de la fusión dinástica (1869),​ por Antonio Juan de Vildósola; Peticion dirigida a las Cortes Constituyentes en favor de la unidad católica de España (1869), por la Junta Superior de la Asociación de Católicos de España;​ La cuestion dinástica (1869), por Fray Magín Ferrer; Los liberales sin máscara (1869), por Valentín Gómez;​ El Romancero español de Cárlos VII (1869) y El Romancero español de la Reina Margarita (1870).

El diario vendía además en su Administración obras de contenido histórico carlista, como Vida y hechos de Don Tomás Zumalacárregui (1845), por Juan Antonio de Zaratiegui;​ Recuerdos histórico-político-legales sobre la autoridad de los Reyes y Cortes de España, conforme a sus antiguas leyes fundamentales (1845), por el monárquico T. M.; o Historia de la emigracion carlista (1846), por Rafael González de la Cruz.

La imprenta de La Esperanza editó también otras publicaciones periódicas, como La España teatral (1856), el Semanario de los devotos de María (1865-1870) o la revista hispano-americana Altar y Trono (1869-1872).

jueves, 19 de septiembre de 2019

La buena “escuela de Austria”: el abate Sebastian Brunner, enemigo del liberalismo y del judaísmo

Como es sabido, en la vertiente económica del liberalismo hay una corriente de pensamiento de origen decimonónico, rayana en el anarquismo y promotora de la usura, que recibe el nombre de Escuela Austriaca, de la que son exponentes personajes como Carl Menger (agnóstico filojudío), Ludwig von Mises (aristócrata judío), Friedrich von Hayek (agnóstico) y Murray Rothbard (ateo de origen judío). Sobrado es decir que ningún interés puede tener esta escuela para un tradicionalista o para cualquier católico en general.

Sin embargo, en política también ha existido lo que podríamos llamar “la buena escuela de Austria”, escuela de pensadores, políticos y caudillos caracterizada por su defensa de la fe católica y la tradición, de la que son exponentes, por ejemplo, el emperador Fernando II de Habsburgo, el caudillo tirolés Andreas Hofer, el príncipe Metternich, el canciller Dolfuss o el abate Brunner, de quien hablaremos hoy.

Sebastian Brunner (Viena, 1814-1893)

La Austria de mediados del siglo XIX, víctima de la secularización iniciada un siglo antes por el “ilustrado” y regalista emperador José II, lidiaba con diferentes enemigos que amenazaban su propia existencia: los diversos nacionalismos, el protestantismo, la masonería y muy especialmente el judaísmo. Este último fue uno de los principales promotores de la revolución de 1848, que a punto estuvo de dar al traste con todo y que fue la que introdujo en aquel país la funesta libertad de prensa (esto es, la libertad para calumniar y difamar), de la que tanto provecho sacarían judíos y liberales para atacar a la odiada fe católica y a sus nobles defensores.

Pero hubo también por aquel entonces en Viena un poderoso agitador, un gran poeta satírico, un valiente e incorruptible periodista, fundador del periodismo católico vienés, enemigo jurado del josefismo y del judaísmo, sacerdote integérrimo a quien un día se llamó martillo de los obispos, y lo fue efectivamente de todos aquellos menguados prelados, víctimas del josefismo y atados al carro triunfal de la impiedad circuncisa e incircuncisa; un hombre providencial, como lo llamó uno de sus biógrafos, elegido por Dios para librar al Austria de la herejía josefista y preparar los caminos de un renacimiento católico verdadero. Este hombre se llamó en vida Sebastian Brunner.

En España se conoció la figura de Brunner especialmente a raíz de la publicación de la obra Judíos y católicos en Austria-Hungría (1896) —cuya lectura recomentamos vivamente— por el presbítero alsaciano Alphonse Kannengieser, (*) quien basándose en las propias memorias del abate Brunner, recogió algunos de los más salientes episodios de su vida que la retratan admirablemente, dando idea de sus luchas periodísticas contra judíos y burócratas josefistas.

En 1847, un vicario de los arrabales de Viena se presentó a su prelado pidiéndole autorización para fundar un periódico católico. Debía haber madurado su propósito el joven sacerdote, porque lo explicó con una sinceridad y una elocuencia tales, que el arzobispo de Viena se hubiera conmovido si fuera capaz de conmoverse: pintó con vivos colores la terrible campaña que los libre-pensadores habían emprendido contra la Religión, y la impotencia a que se veían reducidos los verdaderos creyentes por no poder salir a la defensa de la verdad ultrajada.

—Los ataques —acabó diciendo el joven sacerdote— se multiplican de día en día y en todas formas, y es preciso un periódico católico para contestar a esos ataques y concertar y unir a los defensores de la verdad.

El prelado, hombre dulce y melifluo, como su nombre —se llamaba Milde— escuchó con amable sonrisa el discurso del joven escritor, y dejó caer estas palabras:

—Consiento en que Vd. publique el periódico con la condición de que me envíe antes todos los originales que ha de publicar de aquí a tres años. 

Ante esta salida de tono el futuro periodista —que no era otro que Sebastian Brunner— se retiró sin insistir naturalmente en su pretensión, y bien convencido de que Dios que le inspiraba el propósito quería que lo realizase sin necesidad de consultar con el prelado, del cual monseñor hay que recordar que era meloso en todas las manifestaciones de su vida, porque hablando de Su Santidad decía cariñosamente: «mi querido compañero, el obispo de Roma». ¡Así hablaban los obispos austríacos sesenta años después de la muerte de José II!

Ya entonces era conocido Brunner por su ultramontanismo, pecado gravísimo en la corte de Austria, encima del cual tenia nuestro sacerdote otros dos más: una independencia de carácter encantadora y un amor por la verdad extremado.

Un día, con ocasión de la ordenación de varios compañeros, Brunner fue invitado a comer con ellos y con otros sacerdotes amigos suyos. Entre los invitados había un secretario de gobierno del ministerio de Cultos que hizo un acabado elogio de la teología (racionalista) de Herder, la cual, dijo, es la única teología posible en nuestros tiempos, acabando por hacer una profesión de fe completamente anti-cristiana.

Los muchos sacerdotes que oyeron al secretario permanecieron callados, habituados como estaban a inclinarse ante los burócratas; hasta que convencido Brunner de que nadie salía a la defensa de la buena doctrina, tomó la palabra y tronó contra el odioso sistema que había convertido la Iglesia de Dios en esclava de gentes ignorantes o impías; y una de dos, acabó diciendo:

—O este sistema acabará con la Iglesia en Austria, o es preciso que la Iglesia luche contra este sistema hasta exterminarlo.

El secretario quedó sorprendido de tan inusitado atrevimiento, y tomando aires de protector, dijo a Brunner que estaba en vísperas de ordenarse y estudiaba aún en el Seminario:

—Con esas ideas, hijo mío, no hará Vd. carrera, ¡y es lástima! porque tiene Vd. trazas de muchacho listo.  
—Señor mío, si yo hubiera querido hacer carrera hubiera elegido otra: en el estado eclesiástico donde hay necesidad hoy por hoy de estar supeditado a gentes ante las cuales yo no callaré jamás, es preciso tener el valor de no pensar en eso, sacrificando a Dios los años de esta miserable vida.

¡Magníficas palabras que le valieron la guerra sin cuartel que desde entonces le declaró la burocracia josefista!
Primer número del Wiener Kirchenzeitung
(15 de abril de 1848) 

El gran obispo de Maguncia Ketteler dijo una vez, y la frase hizo fortuna, que si San Pablo resucitara, sería periodista. Brunner conocía toda la importancia y necesidad del periodismo católico, y fundó el primer periódico católico de Viena, Wiener Kirchenzeitung, cuyo primer número apareció el 15 de Abril de 1848. El artículo-programa, terrible y acerada crítica de las reformas de José II y protesta viva, por lo tanto, contra la situación en que entonces se encontraba la Iglesia católica en Austria, era una maravilla por su fondo y por su forma. Después de hacer hincapié en las desdichadas reformas civiles del emperador-sacristán que había destruido la antigua organización social cristiana aniquilando las corporaciones, matando las libertadas municipales, destruyendo los gremios y oficios, el autor pintaba con vivos colores la influencia de estos trastornos en el orden religioso.

«El Estado no quiere que la Iglesia sea independiente; Sion no debe ser su propio defensor y ha creado para vigilar sobre ella un coloso semejante al que vio en sueños Nabucodonosor, y que formado de materiales diferentes, era asaz frágil. La cabeza de la estatua que vio el rey de Babilonia era de oro, su pecho y brazos de plata, su vientre y costados de bronce, sus piernas de hierro y sus pies de arcilla. Una piedrecita baja de la montaña, hiere los pies de la estatua y la derrumba... ¿La piedra temible lanzada por una mano misteriosa, respetará al coloso de la burocracia? Este gigante de papel se levanta terrible amenazando a la Iglesia. Su cabeza es un inmenso tintero, sus cabellos son las plumas, sus manos y sus pies los rollos de papel, su cuerpo una masa informe de legajos, sus nervios el engrudo y sus ojos están llenos de arena, por lo cual no puede descubrir lo porvenir. Este coloso se nutre de cuentos y chismes, no respira otro aire que el favor de los príncipes, gobierna por medio de decretos y sólo a una cosa teme: al espíritu vigilante de Sion, al león vigilante de Judá. Y nada más natural que este coloso se felicite de ver a Sion dormido y favorezca su sueño: es más fácil sujetar al que duerme que al que vigila. ¿Qué de extraño tiene que se felicite de tener aprisionado al león de Judá? De esta manera puede más fácilmente tenerle atado a sus cadenas de papel y envolverlo entre los hilos de sus rúbricas». 

Fue maravilloso el efecto del Kirchenzeitung: los burócratas estaban consternados; los oficiales de la curia eclesiástica que creían haber encerrado el Espíritu Santo entre las hojas de sus registros; los guardas jurados con sobrepelliz que vigilaban la iglesia oficial con sus bandas de plata y sus flores de papel y zinc; todas las almas serviles que jamás entendieron ni toleraron una palabra libre, parecían acometidos de ataques de epilepsia cuando leían el periódico de Brunner. Por el contrario, los obispos y clérigos de corazón verdaderamente sacerdotal le acogieron con demostraciones de entusiasmo. «No todo estaba perdido; porque en medio del anonadamiento de la Iglesia de Cristo, surgía un defensor de la verdad al rededor del cual podían agruparse los buenos».

Entonces comenzó en Austria la verdadera reacción católica. El Kirchenzeitung se ganó las simpatías de todas las almas nobles, y si algunos timoratos acusaron a Brunner de emplear un lenguaje vivo y peligroso; si algunos descontentos le reprocharon su excesivo celo, la mayoría estuvo del lado del valiente escritor.

El josefismo había acarreado un espantoso descrédito sobre las personas y cosas eclesiásticas, y la causa de la Iglesia era antipática en Austria; pero Brunner cuidó de separar el josefismo del Catolicismo, presentando al primero como una odiosa caricatura de la verdadera Iglesia y entonces el pueblo vienés volvió a respetar y amar la Religión del Crucificado.

Pero sería una candidez creer que la burocracia josefista, convicta de falsedad, dejaba el campo libre a Brunner, y se rendía ante la verdad de sus razones, que eran la doctrina y el espíritu de la Iglesia católica. La revolución había estallado en Austria, y el comité de salud pública regía los destinos de Viena.

El arzobispo se había visto obligado a salir de la capital, y en su ausencia gobernaba la diócesis su vicario general y obispo auxiliar monseñor Politzer, el cual se entendía admirablemente con los revolucionarios, como antes se había entendido con sus enemigos. ¡Jamás le remordió la conciencia de haber tenido idea ni iniciativa propia! ¡Siempre había obedecido como un soldado las órdenes de sus legítimos superiores los ministros burócratas!

El comité de salud pública no podía sufrir la actividad apostólica que buena parte del clero inspirado por Brunner desplegaba en Viena, y fue con las quejas a monseñor Politzer. El obispo auxiliar cedió, como de costumbre, a sus deseos, y dirigió una circular conminatoria al clero vienes que materialmente ataba sus manos. Brunner se vio colocado entre la espada y la pared, porque aceptar sin protesta la circular del obispo equivalía —dice Kannengieser— a un suicidio moral, y tronar contra ella, era exponerse a las iras de sus superiores eclesiásticos. Brunner, después de encomendar el asunto a Dios y meditar concienzudamente cuál era su deber en aquellas circunstancias, entró abiertamente en lucha con monseñor Politzer, y en un hermoso artículo reivindicó noblemente para los sacerdotes la libertad de predicar y de obrar.

«No atacaremos a las personas sino al sistema —decía entre otras cosas el articulista—. Sabemos de buena tinta que recientemente un obispo austriaco te ha dirigido al ministro pidiéndole instrucciones acerca de la admisión de seminaristas. ¡Pobre ministro! ¡Pobre obispo! y sobre todo ¡pobre Iglesia! En Rusia parecida sumisión al cesaropapismo, merecería la cruz de Estanislao de primera clase con diamantes; entre nosotros esta manera de obediencia... merece tan solo que se saque a la pública vergüenza». 

Quince días después de publicar este artículo Brunner fue citado ante el tribunal del vicario general, que era a un mismo tiempo juez y parte. El obispo, que ardía en deseos de venganza, comenzó por las preguntas sacramentales.

—¿Quién es Vd.? 
—¿Cómo se llama Vd.?

A principios de siglo, un ilustre sacerdote que la Iglesia ha colocado en los altares, el Santo Presbítero Clemente Hofbaner, se encontró en las mismas circunstancias que Brunner. Los jueces burócratas comenzaron también pidiéndole su nombre y profesión como a un ladrón vulgar, y el Santo contesto con angelical dulzura:

—Es cosa sabida por todos en Viena que yo soy sacerdote católico.

Esta respuesta le valió una terrible reprimenda de parte de los jueces canónigos, en vista de lo cual el Santo, a quien acusaban de no sé qué desobediencia, respondió inclinándose:

—Aquí no tengo yo nada que hacer, y he resuelto marcharme.

Y se marchó.

Brunner no juzgó oportuno marcharse, y contestó a las palabras de rúbrica:

—Yo soy redactor del Kirchenzeitung
—No —le replicó el vicario general—. Usted es vicario de la parroquia de Altlerchenfeld. 
—Indudablemente; pero no como vicario, sino como periodista católico, me encuentro ahora ante este tribunal.

La sesión fue larga y borrascosa.

Brunner, con una lógica abrumadora, demostró todo lo que el proceder del vicario apostólico tenía de incorrecto y atentatorio al derecho eclesiástico; y Monseñor Pelitzer, que no estaba acostumbrado a tratar sino con pobres diablos que temblaban de miedo en su presencia, se desconcertó ante la firmeza y serenidad de Brunner y juzgó oportuno sobreseer, y el periodista ganó la causa.

¡Todavía la verdad imponía respeto hasta a sus más aterribles enemigos! pero no siempre Brunner fue tan afortunado en sus luchas con los burócratas, que de día en día se mostraban más fieros, y se resolvían desesperadamente contra los defensores de la libertad de la Iglesia.

Es imposible seguir paso a paso las campañas de Brunner: baste saber a este propósito que fue el instrumento elegido por Dios para derrocar aquel monstruo de cien cabezas, ante el cual el mismo Juliano el apóstata no hubiese tenido más remedio que declararse un niño de teta.

Algunos años después el josefismo se batía en retirada; pero todavía subsistía el antiguo personal de prelados con sus hábitos de servil obediencia. Brunner, cuando creyó llegado el caso, habló de esta situación con un gran respeto, pero también con gran libertad apostólica.

«Es una gran ventaja para un ministro, escribía el 15 de diciembre de 1849, el tener el derecho de nombrar los obispos: puede entonces hacer con la Iglesia lo que quiera teniendo a esos señores bajo su servidumbre; no tiene que temer incidentes desagradables en las diócesis; todo marcha a medida de su deseo y de sus caprichos, y en ninguna parte verá estrechamente unidos a los obispos y al clero, lo cual es un punto muy esencial, pues un obispo y un sacerdote que van de la mano, son cosa muy peligrosa». 
«Sin contar con que su vanidad —la del ministro— se halle dulcemente halagada cuando ve a sus pies a humildes sacerdotes que bajan los ojos; porque saben que en el gabinete ministerial hay mitras a granel, artículo por cierto muy solicitado».

Y acababa el artículo diciendo: «El ministro se dice, con razón: nosotros dispensamos las prebendas, y las damos tan sólo a quien nos ha servido fielmente. A todos aquellos que sean demasiado ultramontanos se les dejará morir de hambre en algún rincón ignorado, donde podrán reflexionar en su estupidez y servir de enseñanza a los imbéciles que tengan gana de imitarles».

Durante el año 1856, el Episcopado austriaco se encontraba reunido en Viena. Dos Prelados propusieron conceder pública y colectivamente una distinción al Abate Brunner por los inmensos servicios que había prestado a la Iglesia católica. Una gran parte de la Asamblea se adhirió al pensamiento, cuando un obispo muy conocido puso fin al debate, diciendo:

—¡Es un rebelde! 

Fue el grito de espasmo de la agonía josefista.

Veinte años más tarde la batalla contra el josefismo estaba ganada, y Brunner contaba entre sus entusiastas admiradores a casi todos los obispos de Austria.

El 26 de diciembre de 1893 fallecía el abate Brunner. Cuando se difundió la noticia de su muerte, todos los periódicos austriacos le dedicaron largos artículos; unos poniéndole sobre los cuernos de la luna, otros abatiéndole hasta los profundos abismos. Y no sólo la prensa austriaca, sino la alemana, se asoció también a aquellas manifestaciones, tomando partido en favor o en contra del difunto, y presentándole o como un héroe y un santo, o como un calumniador y un revolucionario que se pasó la vida rebelándose contra sus superiores, y encendiendo la tea de la discordia en Austria para debilitar y matar a su patria.

El día de los funerales se vio a una muchedumbre de todas edades y condiciones acompañando el cadáver del pobre viejo, formando entre ella cardenales, obispos, sacerdotes, hombres políticos, nobles y comerciantes, y gran número de gentes del pueblo, ansiosos de rendir este último homenaje de admiración y cariño.



(*) La obra Judíos y católicos en Austria-Hungría fue traducida al español por el carlista Modesto Hernández Villaescusa y publicada en el año 1900, lo que le valió al traductor la felicitación de S. E. el Cardenal Rampolla en nombre de S. S. el Papa León XIII. En el mismo año de la publicación original en francés, el diario tradicionalista El Siglo Futuro ya había sacado una serie de artículos con fragmentos de dicha obra, en los cuales nos hemos basado para la publicación de esta semblanza. Véase: ESF (27/7/1896) y ESF (4/8/1896).

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