Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón

Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón leal a S.A.R. el Duque de Aranjuez Don Sixto Enrique de Borbón y al ideario católico-monárquico.
DIOS-PATRIA-REY
Animamos a nuestros lectores a publicar comentarios, siempre que lo hagan desde el respeto a nuestra Santa Causa, al Abanderado de la Comunión Tradicionalista, a su Secretaría Política y a la dinastía legítima. Se borrará todo comentario irrespetuoso, derrotista o que no guarde relación alguna con nuestras publicaciones.

jueves, 19 de septiembre de 2019

La buena “escuela de Austria”: el abate Sebastian Brunner, enemigo del liberalismo y del judaísmo

Como es sabido, en la vertiente económica del liberalismo hay una corriente de pensamiento de origen decimonónico, rayana en el anarquismo y promotora de la usura, que recibe el nombre de Escuela Austriaca, de la que son exponentes personajes como el agnóstico filojudío Carl Menger, el aristócrata judío Ludwig von Mises, el agnóstico Friedrich von Hayek y el ateo de origen judío Murray Rothbard. Sobrado es decir que ningún interés puede tener esta escuela para un tradicionalista o para cualquier católico en general.

Sin embargo, en política también ha existido lo que podríamos llamar “la buena escuela de Austria”, escuela de pensadores, políticos y caudillos caracterizada por su defensa de la fe católica y la tradición, de la que son exponentes, por ejemplo, el emperador Fernando II de Habsburgo, el caudillo tirolés Andreas Hofer, el príncipe Metternich, el canciller Dolfuss o el abate Brunner, de quien hablaremos hoy.

Sebastian Brunner (Viena, 1814-1893)

La Austria de mediados del siglo XIX, víctima de la secularización iniciada un siglo antes por el “ilustrado” y regalista emperador José II, lidiaba con diferentes enemigos que amenazaban su propia existencia: los diversos nacionalismos, el protestantismo, la masonería y muy especialmente el judaísmo. Este último fue uno de los principales promotores de la revolución de 1848, que a punto estuvo de dar al traste con todo y que fue la que introdujo en aquel país la funesta libertad de prensa (esto es, la libertad para mentir y calumniar), de la que tanto provecho sacarían judíos y liberales para atacar a la odiada fe católica y a sus nobles defensores.

Pero hubo también por aquel entonces en Viena un poderoso agitador, un gran poeta satírico, un valiente e incorruptible periodista, fundador del periodismo católico vienés, enemigo jurado del josefismo y del judaísmo, sacerdote integérrimo a quien un día se llamó martillo de los obispos, y lo fue efectivamente de todos aquellos menguados prelados, víctimas del josefismo y atados al carro triunfal de la impiedad circuncisa e incircuncisa; un hombre providencial, como lo llamó uno de sus biógrafos, elegido por Dios para librar al Austria de la herejía josefista y preparar los caminos de un renacimiento católico verdadero. Este hombre se llamó en vida Sebastian Brunner.

En España se conoció la figura de Brunner especialmente a raíz de la publicación de la obra Judíos y católicos en Austria-Hungría (1896) —cuya lectura recomentamos vivamente— por el presbítero alsaciano Alphonse Kannengieser, (*) quien basándose en las propias memorias del abate Brunner, recogió algunos de los más salientes episodios de su vida que la retratan admirablemente, dando idea de sus luchas periodísticas contra judíos y burócratas josefistas.

En 1847, un vicario de los arrabales de Viena se presentó a su prelado pidiéndole autorización para fundar un periódico católico. Debía haber madurado su propósito el joven sacerdote, porque lo explicó con una sinceridad y una elocuencia tales, que el arzobispo de Viena se hubiera conmovido si fuera capaz de conmoverse: pintó con vivos colores la terrible campaña que los libre-pensadores habían emprendido contra la Religión, y la impotencia a que se veían reducidos los verdaderos creyentes por no poder salir a la defensa de la verdad ultrajada.

—Los ataques —acabó diciendo el joven sacerdote— se multiplican de día en día y en todas formas, y es preciso un periódico católico para contestar a esos ataques y concertar y unir a los defensores de la verdad.

El prelado, hombre dulce y melifluo, como su nombre —se llamaba Milde— escuchó con amable sonrisa el discurso del joven escritor, y dejó caer estas palabras:

—Consiento en que Vd. publique el periódico con la condición de que me envíe antes todos los originales que ha de publicar de aquí a tres años. 

Ante esta salida de tono el futuro periodista —que no era otro que Sebastian Brunner— se retiró sin insistir naturalmente en su pretensión, y bien convencido de que Dios que le inspiraba el propósito quería que lo realizase sin necesidad de consultar con el prelado, del cual monseñor hay que recordar que era meloso en todas las manifestaciones de su vida, porque hablando de Su Santidad decía cariñosamente: «mi querido compañero, el obispo de Roma». ¡Así hablaban los obispos austríacos sesenta años después de la muerte de José II!

Ya entonces era conocido Brunner por su ultramontanismo, pecado gravísimo en la corte de Austria, encima del cual tenia nuestro sacerdote otros dos más: una independencia de carácter encantadora y un amor por la verdad extremado.

Un día, con ocasión de la ordenación de varios compañeros, Brunner fue invitado a comer con ellos y con otros sacerdotes amigos suyos. Entre los invitados había un secretario de gobierno del ministerio de Cultos que hizo un acabado elogio de la teología (racionalista) de Herder, la cual, dijo, es la única teología posible en nuestros tiempos, acabando por hacer una profesión de fe completamente anti-cristiana.

Los muchos sacerdotes que oyeron al secretario permanecieron callados, habituados como estaban a inclinarse ante los burócratas; hasta que convencido Brunner de que nadie salía a la defensa de la buena doctrina, tomó la palabra y tronó contra el odioso sistema que había convertido la Iglesia de Dios en esclava de gentes ignorantes o impías; y una de dos, acabó diciendo:

—O este sistema acabará con la Iglesia en Austria, o es preciso que la Iglesia luche contra este sistema hasta exterminarlo.

El secretario quedó sorprendido de tan inusitado atrevimiento, y tomando aires de protector, dijo a Brunner que estaba en vísperas de ordenarse y estudiaba aún en el Seminario:

—Con esas ideas, hijo mío, no hará Vd. carrera, ¡y es lástima! porque tiene Vd. trazas de muchacho listo.  
—Señor mío, si yo hubiera querido hacer carrera hubiera elegido otra: en el estado eclesiástico donde hay necesidad hoy por hoy de estar supeditado a gentes ante las cuales yo no callaré jamás, es preciso tener el valor de no pensar en eso, sacrificando a Dios los años de esta miserable vida.

¡Magníficas palabras que le valieron la guerra sin cuartel que desde entonces le declaró la burocracia josefista!
Primer número del Wiener Kirchenzeitung
(15 de abril de 1848) 

El gran obispo de Maguncia Ketteler dijo una vez, y la frase hizo fortuna, que si San Pablo resucitara, sería periodista. Brunner conocía toda la importancia y necesidad del periodismo católico, y fundó el primer periódico católico de Viena, Wiener Kirchenzeitung, cuyo primer número apareció el 15 de Abril de 1848. El artículo-programa, terrible y acerada crítica de las reformas de José II y protesta viva, por lo tanto, contra la situación en que entonces se encontraba la Iglesia católica en Austria, era una maravilla por su fondo y por su forma. Después de hacer hincapié en las desdichadas reformas civiles del emperador-sacristán que había destruido la antigua organización social cristiana aniquilando las corporaciones, matando las libertadas municipales, destruyendo los gremios y oficios, el autor pintaba con vivos colores la influencia de estos trastornos en el orden religioso.

«El Estado no quiere que la Iglesia sea independiente; Sion no debe ser su propio defensor y ha creado para vigilar sobre ella un coloso semejante al que vio en sueños Nabucodonosor, y que formado de materiales diferentes, era asaz frágil. La cabeza de la estatua que vio el rey de Babilonia era de oro, su pecho y brazos de plata, su vientre y costados de bronce, sus piernas de hierro y sus pies de arcilla. Una piedrecita baja de la montaña, hiere los pies de la estatua y la derrumba... ¿La piedra temible lanzada por una mano misteriosa, respetará al coloso de la burocracia? Este gigante de papel se levanta terrible amenazando a la Iglesia. Su cabeza es un inmenso tintero, sus cabellos son las plumas, sus manos y sus pies los rollos de papel, su cuerpo una masa informe de legajos, sus nervios el engrudo y sus ojos están llenos de arena, por lo cual no puede descubrir lo porvenir. Este coloso se nutre de cuentos y chismes, no respira otro aire que el favor de los príncipes, gobierna por medio de decretos y sólo a una cosa teme: al espíritu vigilante de Sion, al león vigilante de Judá. Y nada más natural que este coloso se felicite de ver a Sion dormido y favorezca su sueño: es más fácil sujetar al que duerme que al que vigila. ¿Qué de extraño tiene que se felicite de tener aprisionado al león de Judá? De esta manera puede más fácilmente tenerle atado a sus cadenas de papel y envolverlo entre los hilos de sus rúbricas». 

Fue maravilloso el efecto del Kirchenzeitung: los burócratas estaban consternados; los oficiales de la curia eclesiástica que creían haber encerrado el Espíritu Santo entre las hojas de sus registros; los guardas jurados con sobrepelliz que vigilaban la iglesia oficial con sus bandas de plata y sus flores de papel y zinc; todas las almas serviles que jamás entendieron ni toleraron una palabra libre, parecían acometidos de ataques de epilepsia cuando leían el periódico de Brunner. Por el contrario, los obispos y clérigos de corazón verdaderamente sacerdotal le acogieron con demostraciones de entusiasmo. «No todo estaba perdido; porque en medio del anonadamiento de la Iglesia de Cristo, surgía un defensor de la verdad al rededor del cual podían agruparse los buenos».

Entonces comenzó en Austria la verdadera reacción católica. El Kirchenzeitung se ganó las simpatías de todas las almas nobles, y si algunos timoratos acusaron a Brunner de emplear un lenguaje vivo y peligroso; si algunos descontentos le reprocharon su excesivo celo, la mayoría estuvo del lado del valiente escritor.

El josefismo había acarreado un espantoso descrédito sobre las personas y cosas eclesiásticas, y la causa de la Iglesia era antipática en Austria; pero Brunner cuidó de separar el josefismo del Catolicismo, presentando al primero como una odiosa caricatura de la verdadera Iglesia y entonces el pueblo vienés volvió a respetar y amar la Religión del Crucificado.

Pero sería una candidez creer que la burocracia josefista, convicta de falsedad, dejaba el campo libre a Brunner, y se rendía ante la verdad de sus razones, que eran la doctrina y el espíritu de la Iglesia católica. La revolución había estallado en Austria, y el comité de salud pública regía los destinos de Viena.

El arzobispo se había visto obligado a salir de la capital, y en su ausencia gobernaba la diócesis su vicario general y obispo auxiliar monseñor Politzer, el cual se entendía admirablemente con los revolucionarios, como antes se había entendido con sus enemigos. ¡Jamás le remordió la conciencia de haber tenido idea ni iniciativa propia! ¡Siempre había obedecido como un soldado las órdenes de sus legítimos superiores los ministros burócratas!

El comité de salud pública no podía sufrir la actividad apostólica que buena parte del clero inspirado por Brunner desplegaba en Viena, y fue con las quejas a monseñor Politzer. El obispo auxiliar cedió, como de costumbre, a sus deseos, y dirigió una circular conminatoria al clero vienes que materialmente ataba sus manos. Brunner se vio colocado entre la espada y la pared, porque aceptar sin protesta la circular del obispo equivalía —dice Kannengieser— a un suicidio moral, y tronar contra ella, era exponerse a las iras de sus superiores eclesiásticos. Brunner, después de encomendar el asunto a Dios y meditar concienzudamente cuál era su deber en aquellas circunstancias, entró abiertamente en lucha con monseñor Politzer, y en un hermoso artículo reivindicó noblemente para los sacerdotes la libertad de predicar y de obrar.

«No atacaremos a las personas sino al sistema —decía entre otras cosas el articulista—. Sabemos de buena tinta que recientemente un obispo austriaco te ha dirigido al ministro pidiéndole instrucciones acerca de la admisión de seminaristas. ¡Pobre ministro! ¡Pobre obispo! y sobre todo ¡pobre Iglesia! En Rusia parecida sumisión al cesaropapismo, merecería la cruz de Estanislao de primera clase con diamantes; entre nosotros esta manera de obediencia... merece tan solo que se saque a la pública vergüenza». 

Quince días después de publicar este artículo Brunner fue citado ante el tribunal del vicario general, que era a un mismo tiempo juez y parte. El obispo, que ardía en deseos de venganza, comenzó por las preguntas sacramentales.

—¿Quién es Vd.? 
—¿Cómo se llama Vd.?

A principios de siglo, un ilustre sacerdote que la Iglesia ha colocado en los altares, el Santo Presbítero Clemente Hofbaner, se encontró en las mismas circunstancias que Brunner. Los jueces burócratas comenzaron también pidiéndole su nombre y profesión como a un ladrón vulgar, y el Santo contesto con angelical dulzura:

—Es cosa sabida por todos en Viena que yo soy sacerdote católico.

Esta respuesta le valió una terrible reprimenda de parte de los jueces canónigos, en vista de lo cual el Santo, a quien acusaban de no sé qué desobediencia, respondió inclinándose:

—Aquí no tengo yo nada que hacer, y he resuelto marcharme.

Y se marchó.

Brunner no juzgó oportuno marcharse, y contestó a las palabras de rúbrica:

—Yo soy redactor del Kirchenzeitung
—No —le replicó el vicario general—. Usted es vicario de la parroquia de Altlerchenfeld. 
—Indudablemente; pero no como vicario, sino como periodista católico, me encuentro ahora ante este tribunal.

La sesión fue larga y borrascosa.

Brunner, con una lógica abrumadora, demostró todo lo que el proceder del vicario apostólico tenía de incorrecto y atentatorio al derecho eclesiástico; y Monseñor Pelitzer, que no estaba acostumbrado a tratar sino con pobres diablos que temblaban de miedo en su presencia, se desconcertó ante la firmeza y serenidad de Brunner y juzgó oportuno sobreseer, y el periodista ganó la causa.

¡Todavía la verdad imponía respeto hasta a sus más aterribles enemigos! pero no siempre Brunner fue tan afortunado en sus luchas con los burócratas, que de día en día se mostraban más fieros, y se resolvían desesperadamente contra los defensores de la libertad de la Iglesia.

Es imposible seguir paso a paso las campañas de Brunner: baste saber a este propósito que fue el instrumento elegido por Dios para derrocar aquel monstruo de cien cabezas, ante el cual el mismo Juliano el apóstata no hubiese tenido más remedio que declararse un niño de teta.

Algunos años después el josefismo se batía en retirada; pero todavía subsistía el antiguo personal de prelados con sus hábitos de servil obediencia. Brunner, cuando creyó llegado el caso, habló de esta situación con un gran respeto, pero también con gran libertad apostólica.

«Es una gran ventaja para un ministro, escribía el 15 de diciembre de 1849, el tener el derecho de nombrar los obispos: puede entonces hacer con la Iglesia lo que quiera teniendo a esos señores bajo su servidumbre; no tiene que temer incidentes desagradables en las diócesis; todo marcha a medida de su deseo y de sus caprichos, y en ninguna parte verá estrechamente unidos a los obispos y al clero, lo cual es un punto muy esencial, pues un obispo y un sacerdote que van de la mano, son cosa muy peligrosa». 
«Sin contar con que su vanidad —la del ministro— se halle dulcemente halagada cuando ve a sus pies a humildes sacerdotes que bajan los ojos; porque saben que en el gabinete ministerial hay mitras a granel, artículo por cierto muy solicitado».

Y acababa el artículo diciendo: «El ministro se dice, con razón: nosotros dispensamos las prebendas, y las damos tan sólo a quien nos ha servido fielmente. A todos aquellos que sean demasiado ultramontanos se les dejará morir de hambre en algún rincón ignorado, donde podrán reflexionar en su estupidez y servir de enseñanza a los imbéciles que tengan gana de imitarles».

Durante el año 1856, el Episcopado austriaco se encontraba reunido en Viena. Dos Prelados propusieron conceder pública y colectivamente una distinción al Abate Brunner por los inmensos servicios que había prestado a la Iglesia católica. Una gran parte de la Asamblea se adhirió al pensamiento, cuando un obispo muy conocido puso fin al debate, diciendo:

—¡Es un rebelde! 

Fue el grito de espasmo de la agonía josefista.

Veinte años más tarde la batalla contra el josefismo estaba ganada, y Brunner contaba entre sus entusiastas admiradores a casi todos los obispos de Austria.

El 26 de diciembre de 1893 fallecía el abate Brunner. Cuando se difundió la noticia de su muerte, todos los periódicos austriacos le dedicaron largos artículos; unos poniéndole sobre los cuernos de la luna, otros abatiéndole hasta los profundos abismos. Y no sólo la prensa austriaca, sino la alemana, se asoció también a aquellas manifestaciones, tomando partido en favor o en contra del difunto, y presentándole o como un héroe y un santo, o como un calumniador y un revolucionario que se pasó la vida rebelándose contra sus superiores, y encendiendo la tea de la discordia en Austria para debilitar y matar a su patria.

El día de los funerales se vio a una muchedumbre de todas edades y condiciones acompañando el cadáver del pobre viejo, formando entre ella cardenales, obispos, sacerdotes, hombres políticos, nobles y comerciantes, y gran número de gentes del pueblo, ansiosos de rendir este último homenaje de admiración y cariño.



(*) La obra Judíos y católicos en Austria-Hungría fue traducida al español por el carlista Modesto Hernández Villaescusa y publicada en el año 1900, lo que le valió al traductor la felicitación de S. E. el Cardenal Rampolla en nombre de S. S. el Papa León XIII. En el mismo año de la publicación original en francés, el diario tradicionalista El Siglo Futuro ya había sacado una serie de artículos con fragmentos de dicha obra, en los cuales nos hemos basado para la publicación de esta semblanza. Véase: ESF (27/7/1896) y ESF (4/8/1896).

domingo, 15 de septiembre de 2019

La 2.ª batalla de Somorrostro (1874) contada por un carlista granadino

Carlos Cruz Rodríguez. Nació en Córdoba
en 1846, pero se crio en Granada, donde,
durante el Sexenio Revolucionario, organizó
juntas carlistas, algunas públicas y otras secretas.
Se ocupó en trabajos militares que, por
entonces, consistían en procurar atraer las
simpatías del Ejército hacia el carlismo.
Tras participar en la Tercera Guerra Carlista,
permanecería siempre leal a la Causa y colaboró
notablemente en la prensa tradicionalista.
Reproducimos hoy una carta inédita, cuya copia ha llegado a nuestro correo y que no nos cabe duda de que captará la atención de todos los interesados en la historia de la Santa Causa. Se trata de la misiva que remitió D. Carlos Cruz Rodríguez (bajo el seudónimo de Climaco) a su padre, Cruz Vidal Écija, desde el Campamento de Somorrostro, el 6 de marzo de 1874.

Es preciso hacer constar que D. Carlos Cruz —un carlista ejemplar lamentablemente olvidado por casi todos, como tantos otros— no era un combatiente como otro cualquiera. Él fue nada menos que el organizador de una partida carlista que se alzó en Granada en el año 1873, cuando el grueso de las fuerzas carlistas luchaban en Cataluña y sobre todo en el Norte. Allí se trasladaría para continuar la campaña. No fue el único granadino que lo hizo: en este cuaderno de bitácora han aparecido en numerosas ocasiones los nombres del Brigadier Carlos Calderón y Vasco, del Coronel Manuel Fernández de Prada o del periodista Francisco Guerrero Vílchez, todos ellos notables carlistas de Granada y combatientes en la tercera carlistada.

La carta original obra en poder del bisnieto de D. Carlos Cruz Rodríguez, colaborador nuestro, quien ha tenido la amabilidad de transcribirla y remitirnos una copia de la misma, que dice así:


Mi querido papá: habiéndole hablado á V. en mis anteriores de asuntos de familia, esta va a ser una historia detallada de la segunda batalla de Somorrostro, en la primera todo se redujo á 1.100 pérdidas por nuestra parte, y 3 ó 4.000 por las de los republicanos; pero esta formará época en el cuadro de las grandes batallas europeas, los campos de S. Juan de Somorrostro destilarán sangre y ofrecerán hierro al caminante que lo atraviese mientras el mundo exista. 
Batalla de Somorrostro 2.ª 
El día 25 de Marzo á las cinco de la mañana y cuando los cañonazos de diana avisaban que el día llegaba, se rompía el fuego por 40 cañones Krup por parte de los republicanos apoyados en Somorrostro, terreno hondo, y han contestado desde nuestras alturas por 14 cañones de montaña y 5 cañones de á 24 reforzados, al poco rato los 30.000 hombres de la república trataban de asaltar nuestros parapetos, y eran bizarramente rechazados por 20.000 voluntarios de Dios, Patria y Rey, que ametrallados por la gran artillería republicana entonaban el aurrerá (andad) á bayoneta calada y les hacían huir á sus guaridas: la línea de batalla se extiende por parte nuestra desde el Montaño, cerro sobre el mar cerca de Portugalete, hasta Sopuerta, formando una herradura dentro de la cual está lo más florido de la República. El Exmo. Sr. General Ollo conde de Somorrostro guardaba con Radica y Bérriz brigadieres al Montaño, Sanfuentes y S. Pedro Abanto, los generales Lizarraga y Cevallos guardaban el centro en las alturas de Alonsótegui y Galdámez, Velasco y Mending con castellanos y alaveses las alturas de Sopuerta, mientras que el intrépido Navarrete guarda la retaguardia en Villaverde y á las inmediaciones de Castro Urdiales, retaguardia del ejército republicano 
El fuego horroroso duró tres días completos en los cuales hubo bajas: carlistas de 2.000 a 2.500 entre muertos y heridos, y el ejército republicano unas 6.000 proximamente, entre ellos Primo de Ribera, por los soldados parados, muerto, y Loma mal herido con dos brigadieres. Después cesó el fuego 3 días para recoger los muertos que en grandes hogueras han sido quemados, en estos días de parlamento han llamado Serrano y Topete á nuestros generales y han pasado algún rato juntos, Serrano le regaló a D. Diego Villadarias una caja de puros; estos parlamentos han durado miércoles, jueves y viernes santo sin tirar, el sábado y hoy domingo hemos seguido reunidos, y hoy á pesar de estar juntos han tirado 900 cañonazos y es poco, pues diariamente hacen 2.000 disparos, la cantinera del 3º de Navarra fue ayer a visitar a Andía que es navarro y la convidó á comer con Topete y Serrano, la cual se estuvo guaseando con ellos mucho: a Calderón lo atiende mucho y hasta un día que le dieron un abrazo, pero si se figura Serrano que con abrazos de patriotismo va a conseguir algo, se equivoca, porque nuestros corazones no respiran más que sangre, venganza y exterminio contra la canalla liberal, Serrano encuentra en cada corazón carlista un muro de bronce que no los vence ni las ametralladoras, ni los cañones Krup, ni los millones. 
El domingo de Ramos á las 3 de la tarde estaban nuestros generales en Sanfuentes sentados en la plaza, cuando llegué á llevar un parte de la munición que existía á mi cargo, entonces los generales Elío y Dorregaray se levantaron y marcharon, y yo detrás á ver lo que Dorregaray disponía que era á quien yo llevaba la nota, en este momento cayó una granada en medio e hirió a Ollo, Radica, el Auditor, el secretario de Ollo y otro coronel, el héroe santo, el desgraciado conde de Somorrostro espiraba en medio de las lágrimas de todos nosotros en S. Salvador del Valle diciendo “ánimo muchachos, ¡viva el rey!”, el miércoles santo espiraba el intrépido Radica, terror de los liberales y honra de España, los otros tres viven aún. 
A Ollo (QPD) le ha reemplazado el gral D. Ramón Argonz que salió con Ollo desde el primer día y es el que ha salvado á la columna Ollo Dorregaray de caer prisioneros cuando los célebres dos ángulos. 
Mi opinión es, según veo y según oigo que se dará otra acción, quizá mañana, tan reñida como la anterior, de la cual, si nos ganan las posiciones, tenemos otras en reserva antes de Bilbao, y si no ganan creo que Serrano vende a la República y á Alfonso, como Judas á Jesucristo y se cala la boina. 
Bilbao sigue bombardeándose por 9 morteros, no quedará piedra sobre piedra. 
Esta carta es la verdad de lo que ha sucedido, el que la lea puede estar satisfecho como si lo viese. 
Climaco






domingo, 28 de julio de 2019

Contra el “separatismo” de la laicidad (enseñanzas de D. Gabino Tejado acerca de la separación de la Iglesia y el Estado)

«Unión, pues, sin confusión; distinción sin separación»: tal es, en efecto, la fórmula compendiosa de la tesis que los católicos profesamos acerca de mutuas relaciones entre la Iglesia y el Estado; porque tal es, en efecto, la teoría que , junto con el principio de subordinación del Estado a la Iglesia en todo lo relativo a fe, costumbres y disciplina, nos enseñan la doctrina y la historia de nuestra santa madre y maestra infalible.

Nota y condición del orden, en esta materia como en todas, es que, guardada la debida relación y proporción entre los medios y los fines, ni se confunda lo que por naturaleza es distinto, ni se separe lo que está unido por naturaleza. Por error algunas veces, por malicia las más, desde el principio mismo de la Iglesia, están surgiendo contra ella en el orbe dos especies de adversarios, respectivamente dados a negar, de palabra y de obra, una de aquellas dos condiciones indispensables al libre ejercicio de su divina autoridad; y constantemente el procedimiento de esta deplorable tarea se ha fundado en una miserable tergiversación de palabras, que ha servido de pasaporte a una correspondiente perversión de ideas y conculcación de derechos.

Una España llena de mezquitas,
sueño de los liberales españoles desde el
siglo XIX, que exigía la previa separación
de la Iglesia y el Estado.
En efecto, del principio de unión entre las dos potestades, el cesarismo ha sacado la teoría y la práctica de confundirlas adjudicando al soberano civil los incomunicables derechos y las privativas atribuciones de la Iglesia; mientras, por opuesto lado, el Liberalismo ha sacado del principio de la distinción entre las mismas potestades la conclusión absurdísima de que deben coexistir totalmente separadas. A la teoría, y al sistema político-religioso que tiene por base esta conclusión, llamo yo Separatismo.

Los principios de este sistema son tan falsos como contradictoria es su última consecuencia, pues inevitablemente, más pronto o más tarde, según lo induce la razón y lo demuestra la historia, toda separación entre las dos potestades se termina en confusión, por el mismo procedimiento lógico que el liberalismo se termina inevitablemente, más pronto o más tarde, en cesarismo.

Mirado, efectivamente, en razón a sus principios, el separatismo no es menos opuesto á la naturaleza de la Iglesia que a la naturaleza del Estado, como lo es, y porque lo es a la naturaleza del hombre, y por consiguiente a la naturaleza de la sociedad. A la naturaleza del hombre es, en efecto, contrario que de cualquier modo se rompa la armonía entre la ley moral y los actos humanos, internos y externos, individuales o colectivos. Pero la ley moral es una palabra vacía de sentido en cuanto se deje de considerar al hombre como criatura, y por tanto dependiente de su Creador, que es el principio y el término de aquella ley; suponerle, pues, separado de la religion, equivale a romper ese su vínculo de dependencia, y por consiguiente a ponerle fuera de las condiciones naturales de su ser moral.—En cuanto criatura, el hombre es ser esencialmente limitado, y además, por el reato de la culpa original, es adventiciamente ser imperfecto: en cuanto ser limitado como criatura, y criatura inteligente y libre, debe por naturaleza sumisión explícita y constante a la voluntad de su creador, y por consiguiente, a todas las leyes que le ha dictado, o sea a todos los límites que le ha impuesto: truncar, pues, el vínculo de esa sumisión, es contradecir a las leyes de su naturaleza limitada. En cuanto ser adventiciamente imperfecto por el reato de la culpa original, ha menester el sobrenatural auxilio que tiene cabalmente por objeto reintegrar su naturaleza; y como quiera que sólo en la Iglesia y por la Iglesia católica pueda recibir ese auxilio, separarle de la Iglesia, equivale a impedirle que su naturaleza sea reintegrada.

Entre las leyes puestas por Dios al hombre, está la ineludible que le constituye en sociedad. Pero la sociedad no es otra cosa sino el hombre mismo, en cuanto se le considera como parte integrante de una muchedumbre ligada con vínculo de recíprocos derechos y deberes. Este vínculo cabalmente es el que hace de la sociedad un ser moral, sujeto por consiguiente a leyes morales, y en este concepto, unido naturalmente a Dios por el necesario vinculo de dependencia que con el legislador liga al sujeto y al objeto de la ley. Separar, pues, de la sociedad a Dios, equivale a romper ese vínculo, y por consiguiente a poner al compuesto social fuera de sus condiciones naturales.

Lo que el separatismo tiene de contrario a la naturaleza de la sociedad, eso mismo tiene a la naturaleza del Estado, que no es otra cosa sino la sociedad misma en cuanto se la considera constituida políticamente, o sea según el modo, indefinidamente vario, con que en cada tiempo y lugar estén determinadas las relaciones absolutamente necesarias entre la muchedumbre, materia ordenable, y la autoridad, principio ordenante del compuesto social. Sin duda en el establecimiento y proceso de esas relaciones hay algo contingente, y por tanto variable, que pertenece a la jurisdicción propia de la libertad humana, como en general le pertenece la elección de los medios varios y contingentes adecuados a los fines necesarios de la humana vida; pero hay también algo invariable, y lo son cabalmente estos fines, cuya necesidad misma constituye los limites naturales de aquella libertad. La suma de estos limites constituye el código absolutamente fundamental y eternamente invariable de todo Estado, como de toda sociedad, como de todo acto humano; y aun por esto la Política no es sino una de las partes de la ley moral, que abraza al hombre todo entero, es decir, en todas sus condiciones y relaciones. Separar, pues, al Estado de esta ley moral, es contradecir á su naturaleza propia; y evidentemente se le separa de esa ley cuando se le separa de Dios, que es principio y término de ella; y evidentemente se le separa de Dios cuando se le separa de la Religión, que es el vinculo del orden humano con el orden divino. Es así que en punto a religión, ni hay ni puede haber sino una sola verdadera, que no es otra sino la Iglesia de Jesucristo: luego el separatismo tiene de repugnante a la naturaleza del Estado, lo que a la naturaleza del hombre tiene de repugnante el separarle de la ley moral, y lo que a la ley moral tiene de repugnante el separarla de Dios, principio absolutamente primero, y término absolutamente final de ella.

¿Necesitaré decir ahora lo que el separatismo tiene de repugnante a la naturaleza de la Iglesia? ¿de la Iglesia, erigida por Dios, no ya sólo en custodio e intérprete de la ley moral, sino en tribunal perpetuo encargado de aplicarla a los hombres, y judicatura tan excelsamente suprema que lo que ella atare y desatare en la tierra, ha de ser atado o desatado en el cielo? La potestad, no sólo de enseñar, sino de obrar todo lo necesario para la salvación de los hombres, fue conferida por Jesucristo Dios á la Iglesia para que la ejerciese sobre el hombre todo entero, es decir, no sólo sobre el individuo, sino sobre todas las relaciones y condiciones de la vida humana. En efecto, el Dios fundador de la Iglesia, no impera únicamente sobre el hombre considerado como elemento constitutivo de toda sociedad, sino también sobre toda sociedad constituida por ese elemento. Dios es Dios, no sólo del individuo, sino de la familia, y del Estado, y de las naciones, y de las razas, porque es el supremo autor, conservador, redentor, salvador y juez de todo el humano linaje: por consiguiente, la Iglesia, investida por Jesucristo Dios de toda la potestad que al mismo Jesucristo fue dada así en la tierra como en el cielo (a); la Iglesia, enviada a los hombres por Jesucristo como Jesucristo lo fue por Dios Padre (b), posee divina potestad, no sólo sobre el individuo, sino también sobre la familia, sobre los Estados, sobre las naciones y sobre las razas, porque la posee sobre todo el género humano. La universalidad de esta misión tan augusta constituye la naturaleza de la Iglesia, que por eso cabalmente se llama y es CATÓLICA, es decir, UNIVERSAL: por virtud de esa misión, el Estado es tan súbdito de la Iglesia como lo es toda especie y todo grado de sociedad, como lo es la familia, como lo es el individuo. Por consiguiente, separar de la Iglesia el Estado, es tan repugnante a la naturaleza de la Iglesia como repugnante es a la naturaleza de toda autoridad separar de ella la muchedumbre respecto de la cual es principio ordenante; como lo es a la naturaleza de todo derecho, separar de él la materia sobre que se ejerce.

Como quiera, pues, que el Estado se separe de la Iglesia, queda por ende violado el fundamental principio del orden moral, consistente en el necesario vinculo que liga con Dios al hombre.

(a) Data est mihi omnis potestas in coelo et in terra. (Matth., XXVIII, 18.)
(b) Sicut misit me Pater, et ego mitto vos. (Joan. XX, 21.)


Gabino Tejado: El catolicismo liberal (1875), pp. 315-319

jueves, 11 de julio de 2019

Los conceptos de nación y de Estado en el pensamiento de Juan Vázquez de Mella

Discurso de Juan Vázquez de Mella en Santander (16/9/1916)

«El Carlismo no quiere destruir el Estado, sino reconstruir la sociedad, que es cosa distinta». Eso afirmó en 1971 el Centro de Estudios Históricos y Políticos General Zumalacárregui, dirigido por el profesor Francisco Elías de Tejada, en su obra más señera, ¿Qué es el Carlismo?. (1)

Con esta conclusión, la citada obra —que vio la luz en un momento de confusión en el campo de la Tradición a causa del Vaticano II y las innovaciones/traiciones doctrinales de la camarilla de Carlos Hugo— no hacía sino recoger el principio regionalista de autarquía de Juan Vázquez de Mella. Sin embargo, en el terreno económico Mella era favorable a un Estado intervencionista. Eso manifestó la Junta del Homenaje a Mella en 1928, con las siguientes palabras:

Cuando todos los partidos estaban sumergidos en la charca del individualismo económico, él, con recia voz, defendía el intervencionalismo del Estado, que ya no hay quien se atreva a rechazar, e insertaba en el programa de su partido las normas directrices de la Encíclica Rerum Novarum, faro para no estrellarse en los rompientes del intervencionalismo socialista. (2)

En relación al concepto de nación, tan ligado al de Estado, Vázquez de Mella decía que lo que constituye una nación es la unidad de creencias, y que solo existe una nación cuando se revela por una historia común y a la vez independiente de otras historias. (3) Por eso, el tribuno asturiano concluía que España es una nación y que, por ejemplo, Cataluña, a pesar de su acentuada personalidad, no lo es. (4) Para Mella, el Estado es cosa diferente, pues donde quiera que haya una soberanía política independiente, existe un Estado, pero no necesariamente ha de constituir una nación. (5) Desde los Reyes Católicos se afirmaría en nuestra patria el principio de la unidad del Estado, bien distinto, según Mella, del de la llamada «unidad constitucional». Principio éste que, por implicar una concentración de poder uniforme para todas las regiones, es opuesto al verdadero regionalismo, el cual, afirmando la unidad política, no admite la uniformidad legislativa. (6)

Acerca de los conceptos de nación y Estado, tan susceptibles a discusión y debate, el Verbo de la Tradición nos legó las siguientes líneas, que consideramos de gran interés:

El concepto de nación
Una nación no es una raza; las grandes razas abarcan continentes enteros, y las subrazas no están puras en ninguna parte, porque se ha mezclado la sangre de todas. No coinciden la lengua y la raza, según todos los filólogos modernos, y por los labios de una raza pueden pasar varias lenguas. No la constituyen los límites naturales, porque los ríos y las cordilleras pueden ser el marco, pero no son el cuadro. ¿Qué es lo que constituye una nación? Yo podría sobre esto disertar largamente, porque, aunque no terminado, tengo sobre ello escrito un libro; mas no quiero abrumaros con todas las doctrinas que hay sobre este punto; como aparte de las representaciones abstractas están siempre los hechos concretos, yo, acerca de esos hechos, he de reclamar vuestra atención y he de formular brevemente el concepto de la nación tal como yo lo entiendo, porque es base de este debate y de él nacen las diferencias que separan de los regionalistas de la Liga a los que afirmamos el principio de la unidad nacional. Este es el punto culminante.

¿Qué es la nación? ¿Cuáles son las relaciones de la región, del Estado y de la nación? ¿Cuáles son las tres nociones fundamentales? Hay dos maneras de tratar el concepto de nación: una abstracta, prescindiendo de los hechos, aunque descienda después a ellos; y otra la que se basa en los hechos concretos y visibles que son objeto de observación; y a ésa sí he de referirme, pues a esos hechos habrá que darles un nombre, y yo no discuto sobre los nombres, pero es fácil ponerse de acuerdo sobre ellos cuando los entendimientos, por la observación y la comparación, están de acuerdo acerca de los hechos. Yo entiendo, señores, que la nación, que no es ni la raza ni la lengua, ni la combinación de estos factores, aunque puede ser resultado de ellos, implica dos cosas: un principio que pudiéramos llamar psicológico, interno, y una nota externa, visible a todos, y que aparece de tal manera ante los ojos del observador no cegado por la pasión, que pronto puede ver por esa nota externa cuál es una nación y cuál no lo es. Hay un principio psicológico interno. La nación tiene, como los individuos, aunque en sentido diferente, un alma, un espíritu nacional. Donde no hay ese espíritu, no hay nación. ¿Cómo se forma? Es largo de explicar. Hay un fondo de ideas, de sentimientos, de aspiraciones fundamentales y de tradiciones que constituyen una nación y que se manifiestan en la nota de un carácter común que no excluye, antes bien los supone, variedad de caracteres subordinados. Cuando eso no existe, podrá haber la apariencia o el nombre de tal, pero no existe en realidad la nación. Aun aquellos que neguéis el principio religioso, aun aquellos que aborrezcáis la síntesis cristiana que ha cambiado la faz del mundo y dividido la Historia en dos hemisferios, no podréis negar esto: que allá, al otro lado del Calvario y de la Cruz, ha habido Estados, y congregaciones y federaciones de Estados; pero fuera del pueblo hebreo no ha habido ninguna nación, como no estuviese reducida a los límites, bien constreñidos, de la ciudad antigua.

Es necesario que en los comienzos, en el origen, por lo menos, haya una creencia común que funda los espíritus en un cierto decálogo y en un cierto símbolo, que impere sobre los entendimientos y sobre las voluntades y establezca una comunión espiritual que los congregue para que marchen unidos por la Historia. Pudiera suceder que esa unidad de creencias primitivas se hubiese mermado o se hubiese extinguido; pero no importa, que ella seguiría obrando por sus efectos trocados en causas, a semejanza de las estrellas de que hablan los astrónomos, que están moribundas o han muerto, y la luz que emitieron todavía llega a nuestras pupilas. Esa unidad de creencias aparece en los comienzos, en los orígenes, fundiendo las almas. Después, las combinaciones de las razas y las lenguas, el territorio y el tiempo llegan a constituir la nación cuando hay un carácter común general, que, por ser común y general, supone una variedad de caracteres, por encima de los cuales está el sello espiritual que a todos los distingue. Cuando además se revela por una historia general, por una historia común y a la vez independiente de otras historias, que es su nota externa, entonces la nación existe; cuando no hay esos caracteres, no existe la nación. 
Definición del Estado
El Estado es una cosa diferente. Una colección de emigrantes de diferentes creencias, de razas distintas, puede llegar un día en un buque náufrago a estrellarse en la costa de una isla desierta e inhospitalaria y erigir un Poder público e independiente, constituir un Estado; dondequiera que haya una soberanía política independiente existe un Estado, pero no constituirá una nación. Un Estado se puede constituir en una batalla, sobre una espada vencedora, cuando una provincia se destaca, o una colonia se emancipa; pero una nación, no; una nación no se improvisa. 
Es necesario en el cauce de la Historia que gentes, que pueden proceder de fuentes diversas, marchen juntas, y sólo después de haber filtrado su vida común al través de los siglos pueden adquirir las notas de un todo sucesivo e independiente. Fijaos bien en una nación cualquiera de las que así se llaman en la Europa moderna, y observaréis que su historia tiene trazos de conjunto general que constituyen una unidad, y que esa unidad puede subsistir, aun cuando se rompan los lazos que las unen, con influencias recibidas de otras naciones. 
España, por ejemplo, ha tenido influencias evidentes de Francia sobre nuestro territorio; de Inglaterra, de Italia, de todos los que han estado más próximos a ella. Francia influyó sobre nosotros en la Edad Media, hasta con la importancia que tuviera aquí el elemento cluniacense que alteró nuestra disciplina; con la ayuda, aunque momentánea, fugaz, que prestó a nuestra Reconquista, y por la que tuvo, ya en la plenitud de su poderío, en el siglo XVII; pero nosotros también hemos influído sobre Francia en las horas de nuestra grandeza, no sólo cuando Francisco I venía a Madrid y Farnesio iba a París, sino cuando nuestros oradores sagrados y nuestros místicos influían en los suyos, como lo revelan las famosas discusiones de Fenelón y Bossuet. Nosotros hemos influido sobre Inglaterra, tanto acaso, en los siglos de nuestra grandeza, como ella influyó sobre nuestros destinos; nosotros hemos recibido la influencia de Italia, que llegó a ejercer la soberanía sobre nuestro arte, que recibe a través de ella la influencia clásica, que después se asimila nuestro espíritu hasta señalarla con caracteres de originalidad nativa española; pero nosotros hemos ejercido durante más de tres siglos el dominio sobre el mediodía de Italia, y un siglo entero sobre el Milanesado; y nuestra influencia fué tal que durante algún tiempo parecía feudo nuestro; y si ella nos comunicó algo del espíritu del Renacimiento, nosotros le hemos comunicado el nuestro que moderaba la reacción pagana con la fuerza que desplegamos en el siglo XVI. 
Y suprimid la influencia que ejerció Alemania, como hoy está demostrado contra lo que se creía recientemente, en los orígenes de nuestras gestas y de nuestra épica, y veréis que nosotros, con nuestro teatro, que influyó en el suyo, y con la acción de nuestra política y de nuestros Tercios, hemos compensado la influencia que ella ejerció. De modo que Inglaterra, Francia, Italia, Alemania, han ejercido influencia sobre nosotros; pero, cercenada esa influencia y puesta en la balanza la que nosotros ejercimos sobre ellas, no se puede por menos de afirmar la existencia de ese todo que se llama España. 
Pero ¿sucede eso con las regiones de España, aun aquellas que tienen más acentuada su personalidad? No. Pocas tienen tanta como Cataluña; pero Cataluña, aunque os asombre y esto contradiga vuestros principios, no es nación. No es nación, porque no tiene todos aquellos caracteres de historia común, general e independiente y externa que se necesitan para serlo. 
La unidad de la Patria 
Yo no concibo la historia de Cataluña, sin la historia de Aragón; no concibo la historia de Aragón, sin la historia de Navarra; no concibo las dos, sin la historia de Castilla. Todas las naciones están separadas y aisladas, pero en el conjunto compensan la influencia recíproca de todas las demás naciones. No sucede esto con ninguna región de España; todas ellas juntas forman una personalidad histórica con caracteres admirables, profundamente vigorosa. (7)


Notas:

(1) Centro de Estudios Históricos y Políticos General Zumalacárregui, ¿Qué es el Carlismo?, Madrid, 1971 (edición digital), p. 81
(2) Obras completas de Juan Vázquez de Mella, tomo I, Madrid, 1928. Prólogo, p. XIII
(3) Obras completas de Juan Vázquez de Mella, tomo X, Madrid, 1932, p. 299.
(4) Ibid.: p. 303.
(5) Ibid.: p. 300.
(6) Obras completas de Juan Vázquez de Mella, tomo VII, Madrid, 1932, pp. 210-211.
(7) Obras completas de Juan Vázquez de Mella, tomo X, Madrid, 1932, pp. 296-303.

martes, 25 de junio de 2019

La visita del príncipe Don Jaime a Granada en 1894

Tal día como hoy, un 25 de junio del año 1894, el Príncipe Don Jaime, primogénito de S.M.C. Carlos VII que recorría de incógnito España, llegaba en tren a Granada procedente de Málaga. Así es como relató su acompañante, el guipuzcoano Tirso de Olazábal, la visita a nuestra ciudad del que años después se convertiría en el agusto caudillo de la Comunión Tradicionalista:

El príncipe Don Jaime, sentado en la fuente
del Patio de los Leones durante su visita a
Granada (julio de 1894)

Al acercarnos á Granada, y antes de llegar á la estación de Atarfe, divisamos la histórica Santa Fe, último Real contra el moro, y prueba esplendente de lo que puede la constancia y el entusiasmo por la causa de Dios.

La Santa Fe inició la Reconquista y al concluirse esa gloriosa epopeya se levantó la ciudad de Santa Fe.

La Virgen de las Angustias 

Al llegar á Granada, D. Jaime se hallaba muy desazonado. Molestábame, á mí, además, una fuerte jaqueca. Sin perder momento nos dirigimos al Hotel de Roma, situado en la Alhambra; este hotel es conocido, asimismo, con el nombre de Siete Suelos, que lleva una torre contigua á él.

Muy corto era el número de viajeros que se hospedaban allí aquel día, por cuyo motivo nos atendieron inmediatamente y poco después pudimos acostarnos. En esta habitación estuvo la Emperatriz Eugenia—oí decir al que nos acompañaba:—en esta otra vivió Fortuny—añadió poco después.

Bueno, bueno, mañana nos enteraremos—decía D. Jaime.

Mi jaqueca había tomado tales proporciones que yo no sabía ya por dónde andaba, contentándome con seguir, maquinalmente, al que marchaba por delante. Tal fué nuestra brillante entrada en la ciudad de Boabdil, en la poética Granada.

                    ———————

En la estación de Granada nos anunciaron la muerte del Presidente Carnot; por cierto que nos costó dar crédito á la noticia.

Comprendo que los anarquistas odien de muerte á los Reyes, Emperadores ó Gobiernos, que luchan por librar á sus Estados de esa terrible plaga,— decía D. Jaime,—pero no se concibe que se ensañen contra el Jefe de una República, en la cual se concede al socialismo, hermano carnal del anarquismo, los honores de uno de tantos partidos militantes. 

Muy atinada me pareció esta observación, pero es lo cierto que los revolucionarios han seguido siempre esa táctica. ¿Quién ó quiénes fueron los que acribillaron á balazos en la calle del Turco el coche en que iba el general Prim? ¿Quién llevó al patíbulo á casi todos los fautores de la sangrienta revolución del 93? Los amigos de la víspera. La frase de Gambetta—ou couper la queue—encierra una gran enseñanza para los que en épocas turbulentas halagan y enardecen las pasiones de la canalla que les sirve de escalera. Suben ellos, pero la escalera queda en pie y por ella aspiran á subir otros muchos.

Pero dejémonos de filosofías; estamos en Granada, en la ciudad del Darro y del Genil, y todo evoca recuerdos de épocas gloriosas, de grandes hazañas acometidas por ilustres guerreros y cantadas por nuestros mejores poetas...

¿Quién no ha oído hablar del poema de Zorrilla?

                    ———————

Merced á su posición elevada, á los arroyos cuyo constante murmullo mece á los huéspedes del Hotel y á los bosquecillos que á uno y otro lado de la carretera trepan por el angosto valle hasata la torre de Siete Suelos, no se hace sentir allí el calor.

Mi jaqueca no me dejó pensar en las angustias de Boabdil, ni en la poética ciudad que dormía á nuestros pies, bañada por la misteriosa claridad de la luna. En cuanto me acosté se apoderó de mí un sueño reparador.

Desgraciadamente no sucedió lo mismo á mi querido Príncipe. No es cierto, como ha dicho algún periódico, que saliera yo, á altas horas de la noche, á buscar un médico. Sabía Su Alteza que la víspera había pasado una tarde muy angustiosa, y no me llamó hasta la mañana siguiente, á pesar de lo molestadísimo que estuvo. Cuando le vi entrar en mi cuarto, pálido, descompuesto, quejándose de lo mucho que había padecido durante aquellas horas, dije al Príncipe que, teniendo que poner yo á cubierto una grandísima responsabilidad, le suplicaba me dejara ir, sin tardanza, á buscar un facultativo. Accedió S. A. á mi deseo y me dirigí á la próxima casa de un amigo mío muy querido, don Antonio Pérez Herrasti, hermano del Conde de Antillón y de la Marquesa de Flores-Dávila.

Eran poco más de las ocho de la mañana. El portero que se asomo á la cancela del patio y á quien pregunté si podía ver á su amo, me contesto: Voy á ver si puede recibir á usted. Pero en aquel momento oí la voz de mi amigo y le llamé. Corrió á abrirme, manifestándome su asombro y alegría de verme en Granada.

Escucha,—le dije,—luego hablaremos de otras cosas; por ahora lo que quiero es que me guíes á casa de vuestro médico, porque tengo un compañero de viaje que se ha puesto enfermo. 

Al oír estas palabras la mujer de mi amigo, doña Maravillas Barraute y Elío, á quien ocultaban las palmeras y flores del patio, exclamo:

—Ya sé yo quién es tu compañero. 

—¡Qué has de saberlo! 

—¿Quieres que te lo diga? 

—Sí. 

Acercóse entonces, y en voz baja pronunció:

—Don Jaime. 

—¿Qué motivos tienes para sospechar semejante cosa?—la dije admirado.

—Sabía el ardentísimo deseo de ver á España que tenia S. A., y por otra parte ¿quién sino él podía decirte que lo acompañaras á Granada en esta época del año, dejando á toda tu familia? 

Después de este diálogo, tuve que confesar á aquellos excelentes amigos, probados católicos y legitimistas, que, efectivamente, el enfermo era D. Jaime, pero recomendándoles guardaran la mayor reserva. Llego enseguida el médico,—D. Enrique Pérez Andrés— que examino detenidamente al Príncipe, y dijo que mediante un par de días de régimen, sin necesidad de potingues, desaparecería la irritación que tanta molestia le había causado. Observó rigurosa dieta todo aquel día y parte del inmediato. La medicación no pudo ser más sencilla, pues consistió en unos cuantos vasos de horchata de arroz.

Afortunadamente, el doctor dio de alta á S. A. al tercer día y empezamos á admirar las joyas de arte que encierra aquella encantadora ciudad.

                    ———————

No se equivoco el médico; lo que D. Jaime tenía era una fuerte irritación, que empezó á ceder desde el momento en que, siguiendo las prescripciones facultativas, dejo de tomar bismuto, crema de bismuto, láudano, etc., etc., y se contento con beber agua de arroz en pequeñas dosis, pero á cortos intervalos.

Día y medio estuvo el Príncipe sin comer absolutamente nada; juzgó entonces el médico que S. A. podía empezar á tomar alimentos sólidos y fué tan rápida la convalecencia que el 1.° de Julio le dió de alta.

No llegó aquel á sospechar, ni remotamente, quién era el enfermo.

—¿Cómo va, pollo?—decía todos los días al entrar en la habitación de don Jaime.

—¿Es usted casado o soltero?—preguntó al Príncipe el primer día que le vió.

Con toda mi alma dí gracias á Dios y á Nuestra Señora de las Angustias, á quien encomendé las mías, porque el peligro de complicaciones había desaparecido.

                    ———————

Libre ya de tan terrible preocupación salí del Hotel, muy de mañana, dejando al Príncipe profundamente dormido, con ánimo de recorrer las inmediaciones de la Alhambra.

Los que nunca llegaron á la ciudad del Darro, se imaginan, que la Alhambra era sólo un soberbio palacio, morada de aquellos poderosos reyes cuya expulsión costo tanta sangre cristiana; pero la Alhambra era más que un palacio, era, como la Alcazaba, un gran recinto fortificado y situado, como ella dentro de la ciudad.

El muro exterior de esta, flanqueado de mil torres, era sumamente extenso y tan sólidamente construido que aún se ven sus restos á larga distancia de la población.

Tenía la Alhambra varias puertas; la de las Granadas, que aún se conserva en buen estado, es la que conduce directamente al Hotel de Roma.

Me dirigí á lo alto de la colina para disfrutar el magnífico panorama de la vega, una de las más fértiles y hermosas de Andalucía. Toda ella está cubierta de viñas, moreras, olivos, naranjos y limoneros, y regada por una infinidad de fuentes y canales. En la parte culminante de la colina hay ahora una escuela. Es uno de los puntos de vista más admirables que conozco, desde allí parece la vega una inmensa alfombra que se extiende hasta las primeras estribaciones de Sierra Nevada. Esta celebrada sierra, la más elevada de la Península, recibe su nombre de las nieves y hielos que perpetuamente coronan sus cimas. Sierra Nevada es el abanico de Granada. Cuando el sol abrasa la llanura, sus brisas, perfumadas por las flores de la vega, convierten á la ciudad, y muy particularmente á la Alhambra, en un verdadero oasis.

Largo rato admiré aquel incomparable cuadro; luego, por un estrecho barranco, bajé á campo traviesa, para volver á subir á las torres Bermejas y al Hotel.

Hallé á D. Jaime muy animado y dispuesto á salir, por lo que poco después bajábamos ambos en coche á la población y nuestra primera visita fué á la parroquia de las Angustias, situada en la carrera del Genil y en donde se venera á la Patrona de los granadinos.

Es un edificio gracioso con dos torres y de mucho gusto.

Son tantos los gloriosos recuerdos que traen á la memoria los preciosos monumentos que aún quedan en pie que no intentaré siquiera hacer de ellos una ligera reseña.

La Alhambra descuella entre todos, por su magnitud, por su elegancia, y por su estado de conservación.

Por la cuesta de Gomeles bajó don Jaime á la playa de donde arranca el paseo del Darro, uno de los más frescos y deliciosos de Granada. Sus contornos ofrecen admirables perspectivas; allí están situados aquellos pintorescos Cármenes, cuyos jardines llegan hasta el río. (1) Su aspecto risueño contrasta, por cierto, con las severas torres de la Alhambra y los vetustos muros del recinto, que sirven de fondo al paisaje. A poca distancia está la encañada por donde sube el camino de los muertos. El Generalife y el Sacro-Monte decoran las dos colinas que se extienden á la mano izquierda de la encañada.

Recorrió el Príncipe la célebre plaza de Bib-Rambla, teatro de las justas y torneos de los caballeros musulmanes, zegríes y abencerrages, y fué á ver el monumento que Granada ha dedicado á Colón.

Muchos son los que se han elevado estos últimos años para perpetuar la gloria de aquel insigne marino, pero dudo que ninguno de ellos aventaje á éste en gracia y elegancia.

Situada en un precioso sillón gótico recibe la Reina de manos de Colón un plano que cae graciosamente desde sus rodillas, revasando el coronamiento del pedestal en que descansa el precioso grupo de bronce.

S. A. se detuvo largo rato á examinarlo y lo pondero muchísimo.


(1) En uno de estos deliciosos Cármenes—quintas, casas de campo, fincas de recreo, torres, cigarrales ó villas—tal vez en la mejor, los Mártires, propiedad del malogrado General nuestro Carlos Calderón (q. e. p. d.) se hospedó el gran Zorrilla cuando la fiesta de su coronación. Coronó al insigne poeta, el hijo de otro poeta no menos insigne, y poeta también él, el actual Duque de Rivas, enviado especialmente para ese objeto por la Augusta Señora que ocupa el Trono del Rey.

En este Carmen, ó hacienda de Calderón, se conserva un cedro del Líbano, plantado por S. Juan de la Cruz.

                    ———————

Granada debía ser ciudad importante al empezar la era cristiana, puesto que la fundación de su silla episcopal remonta á la época en que los Apóstoles empezaron á predicar la doctrina del Evangelio. Por eso, sin duda, se llama apostólica su Iglesia.

La Catedral se empezó el 15 de Marzo de 1529; se inauguro, sin estar concluida el 17 de Agosto de 1570; se terminó en 1639.

Diego de Siloe, el restaurador de la arquitectura greco-romana en España, fué quien hizo los planos de este soberbio monumento y comenzó á levantarle, sucediéndole su discípulo Maeda y á éste Juan de Orea.

Hay en él magníficas pinturas de Casco, de Bocanegra y otros artistas andaluces, un grupo de la Caridad, obra del célebre escultor florentino Pedro Torrigiano y otras mil maravillas.

La Catedral tiene anejo otro templo, que llaman El Sagrario, construido en el sitio que ocupaba la gran mezquita de los moros; allí fué donde Hernán Pérez de Pulgar, el de las Hazañas, clavó con su daga el «Ave María.»

Aquel héroe está enterrado en un pasadizo obscuro que llaman capilla del Pulgar.

En el sitio que hoy ocupa este papasadizo estaba la puerta de la mezquita.

Los sepulcros de los Reyes Católicos, D. Fernando y Doña Isabel, son otras de las maravillas que encierra la Catedral; aunque no tan notables, son también magníficos los sepulcros de Doña Juana y Don Felipe el Hermoso.

En la Iglesia de San Juan de Dios vimos el templete en que se conservan los restos de aquel gran Santo; por cierto que acababan de encontrarse doce preciosas estatuas, de plata repujada, que representan los doce apostóles y constituyen el adorno principal de la base sobre la cual descansa el templete.

Los frailes ocultaron estas estatuas para librarlas del saqueo y no se sabía á punto fijo do'nde estaban. En esta misma Iglesia hay una de las obras más admirables de Alonso Cano; una cabeza de San Juan Bautista.

                    ———————

Pero volvamos á la Alhambra que es el monumento que más llamó la atención del Príncipe. Cuentan que su construcción duró cien años.

La Alhambra debía presentar por fuera un carácter de fuerza y una apariencia guerrera; por dentro todo estaba ideado para el reposo, la molicie y el placer.

Don Jaime recorrió aquellos patios embalsamados, aquellos ligeros pórticos, cuyos calados arabescos descansan sobre preciosas columnas de mármol, y miraba después las altísimas murallas del recinto, guarnecidas de amenazadoras almenas y flanqueadas de formidables torres.

¡Qué contraste! ¡Cuan poco fiaban aquellos poderosos monarcas en el amor de sus pueblos! ¡Cuánta zozobra debían causarles las constantes revueltas que agitaban á la ciudad!

Bajó D. Jaime maravillado de lo que había visto durante su visita á aquel encantado palacio.

¿No podríamos retratarnos en una de estas torres? preguntó el Príncipe.

Eran las cinco y media de la tarde y acostumbrado á la pálida luz de nuestras montañas, contesté á Su Alteza que me parecía demasiado tarde; uno de los dos fotógrafos que constantemente trabajan en la Alhambra, se encargó de probar lo contrario.

Aquella noche comió D. Jaime en casa de los señores de Pérez Herrasti y con ellos fué luego á un teatro de verano en que representaba una compañía de zarzuela, no del todo mala; por cierto que el Gobernador Civil vino á colocarse cabalmente frente al palco que ocupábamos y D. Jaime contestó al cortés saludo que el gobernador dirigió á los dueños del palco y á les que con ellos íbamos.


Olazábal, Tirso (1895): Don Jaime en España, pp. 132-146

jueves, 30 de mayo de 2019

Novena al Rey San Fernando

Secundando el llamamiento de nuestros correligionarios de Galicia, en Granada varios tradicionalistas hemos rezado las oraciones de la preciosa Novena al Rey San Fernando del Padre Fray Diego José de Cádiz (impresa en Sevilla en 1796), y lo hemos hecho ante una imagen suya que se encuentra en una capilla lateral de la iglesia de San Ildefonso.


Tras las consideraciones y puntos de cada día de la Novena, hemos dicho las siguientes oraciones para todos los días:

Amabilísimo, poderosísimo y benignísimo Criador mío; mi Dios en quien creo, mi Padre a quien amo, y mi Señor en quien espero; Vos sois nuestro único bien, nuestra vida verdadera, y nuestra eterna felicidad; la virtud de los justos, la justicia de los santos, y la santidad de los escogidos; la perseverancia de los buenos, la bienaventuranza de los que perseveran, y la corona de los bienaventurados. Yo humilde criatura vuestra formado a vuestra imagen y semejanza, os adoro en espíritu y verdad, os alabo con toda la verdad de mi corazón, y os doy gracias por los innumerables beneficios que os habéis dignado hacerme; y os suplico por los méritos infinitos de vuestro Unigénito mi Redentor, y por los de vuestro amado Siervo San Fernando, que pues lo hicisteis Rey de España, y lo dotasteis del espíritu de la prudiencia, y del celo militar y religioso, que a los Santos Josué, Matatías, y sus hijos los macabeos, para que pelease vuestras batallas contra los enemigos de vuestro augusto Nombre, como aquellos lo hicieron, me concedáis la imitación de sus virtudes, y el hacerme digno con ellas de su protección, y de vuestra misericordia en la vida y en la muerte, para cantarlas después eternamente en el Cielo. Amén. 

Seguida a esta se dirá la siguiente 

ORACION. 

Fidelísimo, piísimo, y catolicísimo Rey San Fernando, ilustre macabeo de la Ley de gracia, fortísimo debelador del Imperio Mahometano: Invictísimo conquistador de los Reinos Católicos, Columna de la Fe, perseguidor de sus enemigos, y exterminador de los herejes: gloria, honor, y felicidad de nuestra España, protector de sus Monarcas, defensor de sus dominios, y conservador de su Religión y de su Fe. Por la altísima perfección con que ejercitasteis esta virtud, y por el espíritu y fervor con que la defendisteis conforme a la voluntad de Dios, y a vuestra grande obligación, os suplico que le pidáis nos conceda la conservación de la Santa Fe en este Reino; que en ella imite yo vuestros ejemplos, que me conceda su Majestad lo que por vuestra intercesión le pido en esta Novena, si fuere de su divino agrado; y que después de una muerte santa le goce para siempre en la eterna bienaventuranza. Amén.

Ahora se rezarán tres Padre nuestros y Ave Marías gloriados en honor de la Santísima Trinidad, pidiendo por la intercesión de San Femando el remedio de las necesidades de la Santa Iglesia de nuestro Católico Reino, de este este Pueblo, y cada uno por el de las suyas propias, y se hará por este orden. 

COPLAS. 

   Fernando, pues vuestra espada
Hizo a la España feliz:
Haz, que en ella la raíz
Del error no tenga entrada.
   Padre nuestro, &c. 

   Venciste los enemigos
De Dios, y de tu Reinado:
Haz, que muertos al pecado,
De Dios vivamos amigos.
   Padre nuestro, &c. 

   Os confió el Rey del Cielo
La defensa de su honor:
Consigue a todos su amor,
Y el imitar vuestro celo.
   Padre nuestro, &c. 

   Toda España con fe pía
Os implora en su aflicción:
No niegues tu protección
A quien en ella confia,

V. Ruega por nosotros, Fenando bendito y Santo,
R. Para que de Cristo Jesus las promesas consigamos.

PARA TODOS LOS DÍAS 

ORACION.

Inmortal Rey de los siglos, clementísimo Jesús, Salvador, Redentor y Abogado mío: Cabeza de las Potestades, y de los Principados del Cielo; Rey de los Reyes, Señor de los Señores, y Dueño absoluto de todo cuanto tiene ser sobre la tierra; Dominador del universo: Justicia, Santificación, y Redención de los hombres; Santo de los Santos, y Santísimo Santificador de los escogidos, entre los cuales habéis condecorado a vuestro Siervo San Fernando con las sublimes virtudes, prerrogativas, y excelencias que a los Santos Reyes David, Josías y Ezequías, reuniendo en él los dones, y las gracias de los demás caudillos Santos de vuestro antiguo escogido Pueblo, y lo hallasteis tan a medida de vuestro corazón, que cumplió en todo vuestra santísima voluntad, y llenó enteramente vuestros Soberanos designios: yo os ruego humildemente, que por su intercesión y sus méritos conservéis siempre la Religión y la Piedad en este Reino Católico, preservándolo de la impiedad y del error; que prosperéis a nuestros Católicos Monarcas, con su Real Familia, y valeroso ejército; y que a imitación del mismo Santo vivamos en santidad y justicia todos los días de nuestra vida, para que después consigamos el veros y gozaros para siempre en el Reino de la gloria. Amén.

Conclúyase con una Salve a María Santísima nuestra Señora en sufragio de las Benditas Ánimas del Purgatorio, consuelo de los agonizantes, y para que nos asista a todos en la hora de la muerte.

Categorías del blog

Tradicionalismo granadino (58) Tradicionalismo en nuestro tiempo (42) Carlistas de Granada (30) Comunión Tradicionalista durante el periodo alfonsino (28) Guerra Civil Española (24) Requetés (23) Comunión Tradicionalista durante la Segunda República (22) Comunión Tradicionalista durante el gobierno de Franco (21) Cruzada de Liberación (19) Tercera guerra carlista (17) Historia del carlismo (13) Poemas (13) Prensa tradicionalista (13) S.A.R. Don Sixto (13) Juan Vázquez de Mella (12) Mártires de la Tradición (12) Tercio de Requetés Isabel la Católica (12) El Siglo Futuro (9) Familia Real proscrita (9) Primera guerra carlista (9) Militares carlistas (8) Rafael Gambra (8) Doctrina carlista (7) Familia Borbón Parma (7) Familia Pérez de Herrasti (7) General Carlos Calderón (7) 18 de julio (6) Círculo Fal Conde (6) Guerra Civil en Granada (6) Guerra de la independencia (6) Obispos íntegros (6) Toma de Granada (6) Tradicionalismo malagueño (6) Carlos VII (5) Cofradía Nuestra Señora de los Dolores de Granada (5) Fiesta de Cristo Rey (5) Guerra realista (5) Manuel Fal Conde (5) himnos tradicionalistas (5) Agrupación Escolar Tradicionalista (4) Alzamiento Nacional (4) Arvo Jokela (4) Carlistas célebres (4) Carlos Hugo de Borbón Parma (4) Francisco Guerrero Vílchez (4) Miguel Ayuso (4) Montejurra (4) Virgen de las Angustias (4) Agencia FARO (3) Arzobispos de Granada (3) Boletín Fal Conde (3) Carlismo en Andalucía (3) Carlos Cruz Rodríguez (3) Comunión Tradicionalista (3) Crímenes liberales (3) ETA (3) El Correo Español (3) Fabio (3) Francisco José Fernández de la Cigoña (3) Jaime III (3) Javier de Borbón Parma (3) José Miguel Gambra (3) Juan Bertos Ruiz (3) Juan Marín del Campo (3) Julio Muñoz Chápuli (3) Liturgia católica (3) Partido Integrista (3) Partido carlista (3) Periodistas carlistas (3) Víctimas de ETA (3) Víctimas del terrorismo (3) Andrés Manjón (2) Balbino Rubio Robla (2) Carlismo en Hispanoamérica (2) Carlistas de Almería (2) Carlistas de Málaga (2) Conde de Rodezno (2) Contra-revolución (2) Cristóbal Colón (2) Descubrimiento de América (2) Día de la Hispanidad (2) Emilio Ruiz Muñoz (2) Francisco Elías de Tejada (2) Francisco de Paula Oller (2) G. K. Chesterton (2) Gabino Tejado (2) General Sanjurjo (2) Gran Capitán (2) Historia de España (2) Integristas de Granada (2) Jaimismo (2) José Gras y Granollers (2) José María Lamamié de Clairac (2) José Sanjurjo (2) Juan Creus y Manso (2) Juan Manuel de Prada (2) León XIII (2) Liberalismo (2) Maestrantes de Granada (2) Manuel María Fernández de Prada (2) Manuel Senante (2) Marqués de Villores (2) Masonería (2) Melchor Ferrer Dalmau (2) Revista Cristiandad (2) Reyes Católicos (2) San Fernando (2) Siglo de Oro español (2) Una resistencia olvidada. Tradicionalistas mártires del terrorismo (2) A los 175 años del Carlismo (1) Abadía del Sacromonte (1) Abrazo de Vergara (1) Academia y Corte de Cristo (1) Acción Católica (1) Alejandro Utrilla (1) Alphonse Kannengieser (1) Andrés Pérez de Herrasti y Pulgar (1) Antonio Aparisi y Guijarro (1) Antonio Iturmendi (1) Antonio Molle Lazo (1) Asociación Víctimas del Terrorismo (1) Balbino Santos Olivera (1) Bandera de Andalucía (1) Batalla de Lepanto (1) Batalla de Montejurra (1) Batalla de Somorrostro (1) Carlism (1) Carlismo (1) Carlismo en Jaén (1) Carlismo en Navarra (1) Carlistas de Córdoba (1) Catolicismo liberal (1) Cayetano de Borbón Parma (1) Cerro Muriano (1) Chafarote (1) Cien Mil Hijos de San Luis (1) Club de tertulia Secondo Venerdi (1) Cofradía Nuestro Padre Jesús del Rescate (1) Comunismo (1) Conde de Arana (1) Conde de Padul (1) Conrado Reiss (1) Coronel Longo (1) Corpus Christi en Granada (1) Cruzadas (1) Crímenes comunistas (1) Crímenes nazis (1) Dalmacio Iglesias (1) Devociones (1) Dinastía carlista (1) Dinastía usurpadora (1) Dionisio Bolívar (1) Don Quijote de la Mancha (1) Dos de mayo (1) Edad Media (1) Editorial Católica Española S. A. (1) Editorial Tradicionalista (1) Eduardo Baselga Recarte (1) El Cruzado Español (1) El Pensamiento Navarro (1) El final de una ilusión. Auge y declive del tradicionalismo carlista (1) Emilia Pardo Bazán (1) Emilio Barrera Luyando (1) Enrique VIII de Inglaterra (1) Erasmo de Rotterdam (1) Estado y Nación (1) Fernando III el Santo (1) Francisco Javier Mier y Campillo (1) Francisco Javier Simonet (1) Francisco Navarro Villoslada (1) Francisco Suárez (1) Fray Leopoldo de Alpandeire (1) Friedrich Engels (1) Félix Sardá y Salvany (1) General Barrera (1) General Elío (1) Hermandad Sacerdotal San Pío X (1) Hijas de Cristo Rey (1) Historia de Andalucía (1) Historia del Tradicionalismo Español (1) Homilías (1) Ignacio Baleztena Ascárate (1) Isabel la Católica (1) Isidoro Pérez de Herrasti y Pérez de Herrasti (1) Jaime Balmes (1) Jaime de Carlos Gómez-Rodulfo (1) Jean-Jacques Rousseau (1) Jesuitas (1) Jesús Evaristo Casariego (1) Joaquín Ímaz Martínez (1) Josefismo (1) Josep Carles Clemente (1) Josep Miralles Climent (1) José Carlos Clemente (1) José Luis Zamanillo (1) José Manuel Baena Martín (1) José María Arauz de Robles (1) José María Valiente (1) José María de Pereda (1) José Meseguer y Costa (1) José Moreno Mazón (1) Juan Antonio Ansaldo (1) Juan Calvino (1) Juan Donoso Cortés (1) Juan María Roma (1) Juan Sáenz-Díez (1) Judaísmo (1) Judíos y católicos en Austria-Hungría (1) Julio Nombela (1) Karl Marx (1) La Hormiga de Oro (1) La rebeldía carlista. Memoria de una represión silenciada (1) Leonardo Castellani (1) Leopoldo Eguilaz Yanguas (1) Literatura (1) Lorenzo Sáenz y Fernández Cortina (1) Los últimos de Filipinas (1) Maite Araluce Letamendia (1) Manifiesto de los Persas (1) Manuel Fernández de Prada (1) Manuel Polo y Peyrolón (1) Manuel Sola Rodríguez-Bolívar (1) Marcelino Menéndez Pelayo (1) Marián Vayreda (1) Marqués de las Torres de Orán (1) Martin Luther (1) Martín Lutero (1) Mauricio de Sivatte (1) Mercedes Vázquez de Prada (1) Miguel de Cervantes (1) Misa tradicional (1) Misa tridentina (1) Muertos por Dios y por España (1) Médicos de Granada (1) Navidad (1) Obispos de Almería (1) Padre Manjón (1) Papa Pío XII (1) Pedro Calderón de la Barca (1) Pensadores tradicionalistas (1) Periodista José Fernández Martínez (1) Periódico El Triunfo (1) Programa tradicionalista (1) Protestantes (1) Protestantismo (1) Príncipe heroico y soldados leales (1) Quintillo (1) Ramón María del Valle-Inclán (1) Ramón Nocedal (1) Reforma protestante (1) Revista Montejurra (1) Revolución francesa (1) Reynaldo Brea (1) Rufino Peinado (1) Salvador Morales Marcén (1) San Agustín (1) San José (1) San José de Calasanz (1) San Pío X (1) Sanfermines (1) Santiago Apóstol (1) Sebastian Brunner (1) Separatismo (1) Sitio de Ciudad Rodrigo (1) Sixto Enrique de Borbón (1) Sylvia Baleztena Abarrategui (1) Terciarios franciscanos (1) Tercio Nuestra Señora de la Merced (1) Tercio de Requetés Nuestra Señora de las Angustias (1) Tirso de Olazábal (1) Tolkien (1) Tomás Domínguez Arévalo (1) Tradicionalismo francés (1) Ulrich Zwingli (1) Ulrico Zuinglio (1) Unidad católica (1) Viena (1) Wiener Kirchenzeitung (1) mal menor (1) marxismo (1) piloto Lacombe (1) Ángel David Martín Rubio (1) Ángel Ganivet (1) Órgiva (1) Константин Константинович Семенов (1) Русская эмиграция и гражданская война в Испании 1936-1939 гг. (1)