Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón

Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón leal a S.A.R. el Duque de Aranjuez Don Sixto Enrique de Borbón y al ideario católico-monárquico.
DIOS-PATRIA-REY

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Una solución tradicionalista: las huelgas de taxis del Prat y Barajas



Una solución tradicionalista: las huelgas de taxistas del Prat y Barajas.



Entre la segunda mitad de julio y la primera mitad de agosto hemos asistido a unas jornadas de huelgas de taxistas en diversos puntos de España como respuesta a la competencia ejercida por las internacionales de transporte Cabify y Uber y a la gran permisividad legal por parte del Gobierno liberal. Esto no es cuestión baladí, y mucho menos para los taxistas, que viven en una situación de total injusticia en la que las citadas empresas no pagan impuestos, cobran precios más altos por kilómetro recorrido, y las licencias por la que se rigen sus conductores tienen precios irrisorios en contra de los elevados precios que alcanzan las licencias para taxistas. Esto no es algo por lo que desde el carlismo, más amigo del pequeño propietario que de las grandes empresas internacionales extranjeras, seamos mudos, ciegos y sordos.

Bien es verdad que la doctrina tradicionalista no contempla un punto específico para el mundo del taxi, y que tampoco se lo espera; pero sí que se puede aplicar una situación que desde el carlismo sí que se ha prestado gran atención, y es lo relativo a la doctrina de los cuerpos intermedios, y con mayor atención a los cuerpos de oficio o gremios.

Los gremios son cuerpos intermedios de tipo profesional, y una de sus características es la capacidad de redactar sus ordenanzas, que en la práctica son las leyes por las que se rige su vida laboral, y juzgar todas sus infracciones. Al observador extraño esto le puede sonar un tanto a utópico o irrealizable; sin embargo, a un observador más versado en la cultura política española no se le debería escapar que esta realidad sí que es aplicable, y que incluso en la actualidad sigue existiendo un organismo que funciona con esa lógica y que ha alcanzado gran renombre en la esfera internacional por su gran eficiencia (e incluso que por su gran perfección podría constituirse en el modelo de los cuerpos intermedios una vez producida la Restauración del sistema tradicional): el Tribunal de las Aguas de Valencia.



El Tribunal de las Aguas es el órgano judicial de las Comunidades de Regantes de la Vega de Valencia. La Comunidad de Regantes es una especie de gremio de acequieros, esto es, de regantes y labradores de una acequia. Hay una Comunidad de Regantes por cada una de las ocho acequias de la Vega. Cada Comunidad tiene a su cabeza un síndico, encargado de labores de gobierno. Los ocho síndicos componen el Tribunal de los Acequieros de la Vega de Valencia, que se encarga del gobierno conjunto de las ocho acequias, y juzgan los pleitos en el Tribunal de las Aguas propiamente dicho. Las Comunidades se gobiernan por sus Ordenanzas consuetudinarias, si bien fueron plasmadas por escrito durante la Edad Moderna, y el Tribunal de las Aguas se encarga de juzgar las infracciones.

Los síndicos no cobran por su labor de jueces, pues forma parte de su trabajo de gobierno de las Acequias, y son conocedores de las Ordenanzas a pesar de que no son abogados, pues son las leyes que rigen la vida diaria de los regantes de las Acequias, y todos los regantes las conocen. El juicio tiene lugar todos los jueves en la Puerta de los Apóstoles de la Catedral de Valencia, a partir de las doce, con una puntualidad proverbial, y de forma pública. Todo el juicio es oral, y en lengua valenciana, muy rápido (siendo el tiempo máximo de duración de una semana) y apenas produce gastos, siendo éstos los gastos de desplazamiento de los Guardas para poner una denuncia y del Tribunal si debe desplazarse para realizar una “vista” in situ. La jurisdicción del tribunal de las Aguas, que goza de gran prestigio, se extiende a todas las personas físicas y jurídicas que labran en los territorios de la Vega de Valencia, o cuyas acciones puedan influir al curso del agua, empresas incluidas.

El profesor Víctor Fairén-Guillén, ha sido uno de los que más ha estudiado el proceso jurídico del Tribunal de las Aguas de Valencia, y ha señalado dos hechos: en primer lugar, que el hecho de que los juicios sean públicos ha sido una de las principales fuentes de auctoritas del tribunal, que se ve doblemente obligado a dictar una sentencia justa por obligación moral y por presión popular, y en segundo lugar, que las cuatro grandes ambiciones doctrinales de todos los tribunales del mundo son características propias de este tribunal: concentración (dispone de todo lo necesario en el momento del juicio), rapidez (el tiempo máximo de un juicio es de siete días, si bien se puede extender a tres semanas si un denunciado desoye las tres llamadas a juicio, tras lo que es juzgado por rebelión), economía (el proceso genera unos gastos mínimos) y oralidad (todo el juicio se realiza de forma oral).



Aplicado al caso de los taxistas, se formaría en cada ciudad un gremio de taxistas que podría dividirse en Comunidades o sindicatos, con un síndico a la cabeza, que distribuyan entre los taxistas el territorio en que realizan su labor, de la misma forma en que las Comunidades de Regantes distribuyen el agua entre los acequieros. Estas Comunidades se agruparán en un Cuerpo mayor, el Gremio propiamente dicho, que redacte y haga cumplir las ordenanzas, que deberán incluir el método de cálculo de precios y normas para evitar cualquier tipo de fraude o de maniobra para aumentar el precio o la distancia del viaje realizado. Contará con un Consejo o una Junta de gobierno compuesta por todos los síndicos del gremio, igualmente cabezas de las respectivas juntas de gobierno de sus respectivos sindicatos, y dedicada a labores administrativas, entre ellas, la emisión de las licencias de taxis y la adjudicación de su precio, una cuestión de queja hoy entre los taxistas, y un Tribunal, que de la misma forma que el Tribunal de las Aguas, se reunirá en una Catedral o en una Parroquia de forma conjunta con la Junta de Gobierno, iniciando el Tribunal sus sesiones a toque de campana. Los juicios serán públicos y se realizarán de forma oral. El Tribunal juzgará infracciones a las Ordenanzas realizadas por cualquier persona física o jurídica relacionada con el transporte de personas, incluidas empresas internacionales de transporte (y aquí es dónde interesa a nuestros queridos amigos los taxistas) como Cabify y Uber.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Himno a la Virgen de las Angustias



HIMNO OFICIAL A LA SANTÍSIMA VIRGEN DE LAS ANGUSTIAS, PATRONA DE GRANADA

CORO 

Oh Virgen de las Angustias,
Reina y Madre de Granada,
que es, a tus plantas postrada,
hoguera de fe y de amor;

En la vida y en la muerte,
protégenos con tu manto,
y nos consiga tu llanto
el amparo del Señor.

ESTRIBILLO 

Hay una Madre de amores
que adora Granada entera;
La Virgen de las Angustias;
La que vive en la Carrera.

PRIMERA ESTROFA 

Desde las costas que el azul baña,
Hasta la sierra, cumbre de España,
donde es la nieve blanco fulgor;
Desde los riscos alpujarreños,
A los alegres campos lojeños,
Madre del alma, Tú eres el sol.

(ESTRIBILLO)

SEGUNDA ESTROFA 

De nuestra Alhambra los ruiseñores,
de nuestras fuentes los surtidores
bajo el bendito cielo andaluz,
cantan el himno de la esperanza
y los favores que de Ti alcanza
toda Granada junto a la Cruz.

(ESTRIBILLO)

martes, 12 de septiembre de 2017

domingo, 3 de septiembre de 2017

San Pío X y Carlos VII

Los hechos expuestos a continuación ponen en tela de juicio los argumentos de quienes sostienen que la Iglesia fue partidaria del sistema alfonsino y que para ser buenos católicos y complacer al Santo Padre, los españoles tenían la obligación acatar reverentemente los Poderes constituidos, cuestiones tan complejas y delicadas, que se resuelven mejor que con disquisiciones metafísicas, con hechos cuya elocuencia está al alcance de las inteligencias menos perspicuas.


San Pío X, Romano Pontífice entre 

No podían ser más cordiales las relaciones de Su Santidad el Papa Pío X y el Augusto Caudillo de la Comunión Tradicionalista, Carlos VII. Apenas elegido Pontífice el Cardenal Sarto, cruzáronse entre ambos afectuosos telegramas de felicitación y de gracias.

Dos visitas hizo Don Carlos al Papa en Roma, y las dos veces fue recibido con tanta ostentación como afecto, como sólo se recibe a los reyes verdaderamente católicos, que han prestado o prestan grandes servicios a la Iglesia.

A los regalos de Don Carlos correspondió el Papa con otros de incomparable valor moral y material, como un riquísimo medallón de oro, esmaltes y brillantes; un rosario de oro y cristal de roca, hábilmente tallado; un solideo, unas sandalias y una faja del uso personal del Romano Pontífice en circunstancias solemnes, etc.

El Papa enriqueció generosamente la capilla del Palacio Loredán, residencia de Don Carlos, con indulgencias plenarias y parciales, como no lo hizo con ninguna otra capilla de los reyes reinantes y Poderes constituidos.

Carlos VII,
Duque de Madrid, Rey legítimo de España 

El 4 de noviembre de 1905, fiesta onomástica de Don Carlos, el Rvdo. Sr. Vicario de la Iglesia del Espíritu Santo, que casi diariamente celebraba el Santo Sacrificio del Altar en el oratorio de Palacio, con asistencia de sus Augustos moradores, entregó al Sr. Duque de Madrid un rescripto, en el cual Su Santidad concedía que se pudiese celebrar en la capilla doméstica de nuestros Augustos Señores la Santa Misa, según el orden prescrito por el calendario de la Diócesis de Madrid, figurando al pie, de puño y letra del Romano Pontífice, estas hermosas palabras:

Justa preces precipitae in favorem magnimorum Principum quorum in Sancta Sedem Apostolicam obervatia magno facimas.— Ex aedibus Vaticanis die 16 Octobris 1905.— Pius PP X.

Lo cual significa que Su Santidad concedía especialmente esa gracia en favor de los magnánimos Príncipes, cuya devoción a la Santa Sede Apostólica tenían en grande estima.

No contento con tan afectuoso privilegio, por medio de carta autógrafa, fechada en el Vaticano el día 3, felicitó a Don Carlos con motivo de su fiesta onomástica, y en ella le deseaba, por la intercesión de San Carlos, las mejores prosperidades el día de su Santo y mandaba con efusión, tanto a Él como a la Señora, la bendición apostólica.

Por último, apenas Pío X tuvo noticia del fallecimiento del ayudante de campo de Don Carlos, el general Saсаnell, aplicó la Misa en sufragio del alma del difunto, mandó decir por él oraciones especiales y por telégrafo dio el pésame a nuestros Augustos Señores.

¿Que todo esto petenecía al orden privado y amistoso? Claro que sí. Pero resultaba elocuente en grado sumo para poner una mordaza en los labios de quienes eran nuestros detractores sistemáticos, conservadores embolados, mestizos y reconocementeros, más o menos vergonzantes, enamorados del mal menor, y que, no contentos con eso, formaban juicios temerarios respecto a la catolicidad de los carlistas y de su incomparable Jefe, deslizando en las Cofradías frases que, si no deshonraban, empañaban al menos nuestra reputación religiosa, y sostenían en serio que con los carlistas no se puede contar para ninguna empresa verdaderamente católica... alfonsina, se les olvidaba decir.

Decía proféticamente Eseverri (seudónimo de Manuel Polo y Peyrolón) en EL CORREO ESPAÑOL, que si nos dejábamos seducir por los que, con pretextos religiosos, se proponían por toda finalidad matar al partido carlista, anulándole a los pies de las instituciones liberales, debíamos prepararnos para llorar sobre la tumba de la Religión y de la Patria.

Información obtenida de El Correo Español (11 de enero 1906)

miércoles, 9 de agosto de 2017

Disturbios en Granada durante la Primera Guerra Carlista

Desde que los franceses introdujeran el liberalismo en España, siempre ha habido contrarrevolucionarios en Granada. En entradas anteriores hemos hablado del Padre Osuna, religioso cruelmente asesinado por los constitucionalistas en 1823 y del que, a diferencia de la masona ajusticiada Mariana Pineda, nadie se acuerda en nuestra ciudad.

Al estallar la primera guerra carlista, tampoco faltaron partidas legitimistas en nuestra patria chica, de lo que da cuenta la obra del liberal Antonio Pirala, que sin embargo sostiene que el levantamiento fue sofocado pronto. Nos parece que no se ha hecho aun justicia histórica sobre la abundante y continua presencia carlista en Granada y Andalucía en todas las guerras civiles de España y en concreto durante la primera. Prueba de ello son los hechos relatados por Melchor Ferrer en su monumental obra Historia del Tradicionalismo Español, que reproducimos:


Ante la alarma de que han entrado los carlistas en Granada, la banda de bomberos suspende su tocata

[En 1835] no era quietud lo que reinaba en Andalucía. Tantas conspiraciones descubiertas, seguidas de sangrientas represiones y castigos, tanta invasión de partidas manchegas, tanto malestar en el fondo de la sociedad andaluza, y también la presencia de pequeñas partidas que hostilizaban al enemigo y que por su exigüidad escapaban a una obra general, pero que molestaban y excitaban el amor propio, el cada vez más decaído prestigio... y los nervios de los cristinos. Sólo así se comprenden los sucesos del 9 de agosto [de 1835] en la ciudad de Granada.

De ser cierta la paz octaviana y la unanimidad liberal que, al decir de Pirala y de sus seguidores, reinaba en Andalucía, sería incomprensible lo que allí ocurrió. En dicha fecha, a las once y media de la noche, estaba la banda de bomberos dando un concierto de música en la calle de Mesones. De pronto, aparece entre la gran concurrencia allí reunida un individuo con el uniforme de cazador de la Milicia Urbana, y grita:

«Compañeros, en la Puerta Real hay carlinos. A ellos...». 

Nos dice un periódico oficial: «El desorden que en aquel momento de pura diversión causaran tales expresiones, es de penetrar. La mayor parte del concurso, a la vez que los músicos, desapareció...» [1]. Se formaron patrullas que salieron para Puerta Real, pero prefirieron refugiarse pronto en el portal de la casa del Marqués de los Villares, en la que acababa de llegar el Capitán General [2], de retorno del teatro. «La hora, el sitio y las circunstancias del caso produjeron una confusión, y ésta un alboroto», dice el mismo periódico.

El Capitán General desciende a la calle y ve que un hombre iba corriendo. Sale detrás, seguido de los milicianos urbanos, que ahora han recobrado ardor a la vista del general y, después de dar el fugitivo las voces de alto y en vista de que no paraba en su carrera, disparan y cae herido. Este después dice que corría porque creyó que le perseguían los carlistas...

¿Es concebible que en una región en la que se dice que no existen carlistas armados, en una capital como Granada, la noticia de que los carlistas están dentro de la localidad pueda causar tal confusión hasta el extremo de que el Capitán General corra desaforado por las calles detrás de un individuo que se le conceptúa sospechoso? [...] Nada se ha hecho en España en relación a las guerrillas carlistas, y si algo puede presentarse con alguna proporción respecto de los hechos, son los períodos de Zumalacárregui y de Cabrera, o, generalmente, a las campañas del Norte, Maestrazgo y Cataluña; y lo poco que se presenta de otras partes hemos de recogerlo de los enemigos del carlismo, que han pintado la historia a su gusto y a su interés.




[1] Boletín Oficial de Granada del 12 de Agosto de 1835. 
[2] Lo era de la Capitanía general de Granada don Carlos Espinosa quien después de haberse distinguido en la guerra de la Independencia mandó en 1822 el ejército constitucionalista en Navarra contra los realistas, emigrando al triunfar las armas de los partidarios de Fernando VII. Volvió al servicio activo a la vuelta del régimen liberal, y fue gobernador de Cádiz y capitán general de Granada. Fue muy adicto al liberalismo y murió en edad avanzada en 1850. 


Historia del Tradicionalismo Español (tomo IX, p.248)

viernes, 4 de agosto de 2017

White Russians in the Requeté: Константин Константинович Семенов, Русская эмиграция и гражданская война в Испании 1936-1939 гг.

Publicamos hoy nuevamente una reseña bibliográfica en inglés de nuestro colaborador extranjero Arvo Jokela, en esta ocasión sobre el libro de Konstantin Semenov publicado en 2016 «Русская эмиграция и гражданская война в Испании 1936-1939 гг.» (Emigración rusa y la Guerra Civil Española de 1936-1939 / Russian Emigration and the Spanish Civil War of 1936 - 1939).


Константин Константинович Семенов, Русская эмиграция и гражданская война в Испании 1936-1939 гг., Москва 2016, ISBN 9785906842701. Hard cover, 256 pages, in-text photos

It is well known that there were tens of Russians who joined Requeté units and fought in the Civil War. The subject is flagged rather than discussed in a number of works, be it those focusing on the Carlist realm (Julio Aróstegui, Combatientes Requetés en la Guerra Civil española, 2013), on foreign volunteers to Nationalist ranks in general (Judith Keene, Fighting for Franco: International Volunteers in Nationalist Spain During the Spanish Civil War, 2001, Christopher Othen, Franco's International Brigades, 2008), or on Russian volunteers and the war (Roberto Palacios-Fernández, Русские добровольцы в испанской Гражданской войне, 1995). There are brief monographs on Russians volunteers in specific formations (Сергей Балмасов, Русские в бандерах Испанского иностранного легиона, 2003), yet there is no monograph on Russians in the Carlist ranks. The recent approximation to the issue is offered by Konstantin Semenov, the Russian historian specializing in recent military history; with no academic background, he is involved in the realm of museums and in editorial activities. Unfortunately, the work discussed is not a monograph on the Russians in Requeté either. Its objective is to present the position of Russian emigration towards the Spanish war; particular attention is paid to France and to flow of Russian volunteers to both sides of the conflict. The work contains no specific section on Carlist units, though the chapter dedicated to Russian volunteers to the Nationalist faction in general is heavily based on the Russian Carlist experience.

The first chapters of the volume are of little value to readers interested in the war itself. One chapter provides a very basic account of run-up to the conflict and it might be interesting only for those willing to see how Russian historiography perceives the problem; the account starts – fairly typically – with the Napoleonic area (p. 24), though it might sound odd that pronunciamentos of the 19th century are systematically called „revolutions” (p. 25) and that summary of the republican period underlines political conflict with little attention paid to structural problems (pp. 29-35); few simplifications, natural in such a helicopter-view account, seem a bit excessive (e.g. Sanjurjo is named „nominal head” of the 1932 conspiracy, pp. 29-30). Another chapter offers a general overview of the war (pp. 36-49) and one more deals with the Russian emigration in general (pp. 50- 60). The following section discusses attitudes of the émigrés towards the conflict (pp. 61-72); it demonstrates that siding with the Nationalists was by no means obvious; some sympathized with the Republicans and some called to stay clear of foreign conflicts and save „Russian blood” for liberation of Russia. It is perhaps surprising to note that the decision to support the Nationalists, adopted by the émigré military organisation, was taken regardless of the mounting Soviet engagement; launch of the volunteering scheme was motivated rather as a joint fight against the revolution and as Christian solidarity. It seems that the Russians approached the Nationalists as homogeneous realm and that neither press pundits nor high officers engineering the volunteering scheme developed preference for any section of the Nationalist coalition.

Two key chapters of the work are these dealing with volunteers to the Nationalist (pp. 73-108) and to the Republican side (pp. 109-137). The latter will not be discussed here, though the undersigned must admit being shocked upon learning that there were 4 times more Russians volunteering to the latter than to the former. The section on Russians joining the rebels does not offer much new information on Requeté compared to what we know already; perhaps its key value is that it enables us to gauge Russian engagement in Carlist troops compared to other Nationalist units. Semenov’s work suggests that around a half of all Russians serving with the rebels ended up in Requeté tercios (47 individuals out of 98 cases when a unit or at least a formation could be identified). In particular, it was Tercio Maria de Molina which attracted some one third of all Russians among the Nationalists, with a few in Tercio de Navarra and single individuals in other tercios (pp. 142-151). Some 10 Russians moved to tercios either from the Falangist banderas or from the Foreign Legion, which remained key other formations where they served. Appendix containing a table with details of Nationalist volunteers (pp. 142-151, the Republican ones in table pp. 152-175) is among most valuable sections of the book, though the total of 684 names listed can hardly be reconciled with the claim that the number of Russian volunteers did not exceed 600 (p. 138).

Perhaps the key flaw of the book, at least from the Carlist perspective, is that it offers no information on mechanism of assignment to particular formations. The tendency to move to Requeté and not to other troops is clear yet we know no details how it came about. Negotiations among ROVS (organisation of Russian émigré military) and Francoist authorities do not reveal penchant for any formation and there is no information on would-be negotiations between ROVS and Junta Nacional Carlista de Guerra. One might speculate that perhaps Christian motivations, visible as key mobilization factor among the Russian military, was responsible, yet there is no proof of such a theory. Another theory might be that as the incoming Russians crossed the Spanish frontier mostly in Navarre (p. 79-80), they found it easiest to enlist to Requeté. One more option could be that ultraconservative Carlist outlook suited the Russian emigrants vey well (see p. 85). The Russian overrepresentation in Carlist units seems especially puzzling given Franco opposed clear O’Duffy preference for Requeté and finally managed to divert the Irish into a separate stand-alone brigade; perhaps the Russians were too few to pose a political problem and unlike the Irish, they were permitted to join the Carlists. It seems that Semenov’s focus on Russian rather that on Spanish documents (of which only two fonds of the Avila military archive were researched, p. 248) might be responsible for insufficient analysis of the issue.


Semenov’s volume provides abundant evidence that – at least from the Russian perspective – relations between the Russians and the Spanish Requetés were very good if not excellent. One might suspect that they were much better than in the socially-minded Falange or in the mercenary-like Foreign Legion; perhaps as the news spread, it prompted many Russians to seek re-assignment from banderas to tercios. The work contains numerous accounts pointing to very friendly relations and no account pointing to a conflict; one can even learn that the Russians attended Roman Catholic masses, and some Spanish Requetés were at least present at Orthodox liturgies (p. 233, 234). Some Russian documentary narratives attached as appendices, like Как дралась Наварра (Navarre in combat, account of Monterrubio fightings in January 1939, pp. 211-215), are in fact exalted homages to the Carlists; Carlist rule in towns re-taken by the Nationalists, like Caspe, prompted some Russians to imagine that their own rule in Russian towns re-taken from the Soviets would look very much the same (pp. 231-232). Apparently it was not a big problem that many Russians (most?) served in ranks far lower than their original ones (e.g. Владимир Двойченко raised to colonel in his native Tavricheskiy cavalry unit, but in Tercio de Navarra he was killed as a sargento, compare Semenov p. 144, Aróstegui p. 166). Semenov does not offer any explanation of this under-ranking phenomenon, interesting given permanent shortages of officers in Requeté (and political problems ensuing, see the Academia Militar issue) and given many Russians were competent enough to lead a battalion if not a regiment; perhaps their poor command of Spanish was an insurmountable obstacle.

Semenov’s volume only slightly broadens the list of Russian Requeté combatants known already from the requetes.com service, yet it provides more detail and names in original transcription. We can now determine that e.g. a Russian officer of Tercio Maria de Molina, referred to as „Peluquín” in Aróstegui (p. 546) is most likely Яков Полухин (Yakov Polukhin, born 1895 p. 148, in requetes.com listed as „Poluhin Jakob”), „Illin” (p. 548) is most likely Борис Ильин (Boris Illin, born 1910, p. 145) and „Fot”, is perhaps Анатолий Фок (Anatoliy Fok, born 1879, p. 150, in requetes.com listed as „Anatole Fock”). However, there are cases which still remain unclear: „Krivochensko” (Aróstegui p. 548) might be one of the Кривошея (Krivosheya) brothers (pp. 146-7), though other names also seem to be a close match. There is some additional detail on fightings in Biscay (Ochandiano, p. 89), Aragón (Quinto de Ebro, pp. 93-95) and Extremadura (Monterrubio, pp. 211-215) and on outstanding Russian personalities, like Анатолий Фок or Николай Шинкаренко. The volume provides also interesting though rather anecdotal evidence; it falsifies claims that the Carlists did not resort to „Arriba España” cries (p. 212), testifies that the Carlists were very much visible as far South as in Cádiz (pp. 205-206) and – which seems surprising – notes that also in the very heat of the battle the Spanish Requetés were addressing their Russian comrades „de usted” (p. 213). Some parallels drawn by the Russians are telling, even though they do not refer to the Carlist realm: Burgos as headquarters of the Nationalists is compared to Ekaterinodar during the Russian Civil War (p. 207) and the Nationalist rising itself is compared to Kornilov’s affair (p. 56).

The book suggests that there were at least 8 Russians who died in combat when serving in Requeté units, which would make up for an extraordinarily high 17% KIA ratio. Unfortunately, there is no section on post-war fate of the survivors, even though it seems that for many the war changed their personal lot. The requetes.com site lists some 20 Russians who apparently remained in Spain and passed away there in the 1960s, 1970s or the 1980s; this would suggest that some 45% of all Russian Requeté combatants did not return to France or their original emigration country and opted for a new homeland. Unfortunately the author did not decide to track their fate, which after all was also part of the Russian emigration history. Following two key chapters on volunteers to both sides Semenov proceeds to offers a brief concluding section (pp. 138-141). His work consists also of some 100 pages of appendices (pp. 142-246). They contain already mentioned tables with lists of Nationalist and Republican volunteers, few articles from the Russian press, ROVS-related documents and excerpts from Russian letters and memoirs, some of them particularly interesting as containing unedited first-hand record on the Carlists as perceived by the Russians. The list of sources consulted reveals that the author was allowed access to Russian archives which usually remain out-of- reach for foreign scholars and that the secondary literature consulted contains only few titles printed beyond Russia or the USSR. Overall evaluation of the volume is not the objective of this review; contribution to the Carlist and Requeté history seems rather modest.

Arvo Jokela


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