Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón

Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón leal a S.A.R. el Duque de Aranjuez Don Sixto Enrique de Borbón y al ideario católico-monárquico.
DIOS-PATRIA-REY

lunes, 19 de septiembre de 2016

La bandera inmaculada del Carlismo

La bandera inmaculada

No sé si ha sido Ramón y Cajal quien escribió que los cerebros mayores de cincuenta años son refractarios a recibir ideas nuevas.

Lo que sí puedo asegurar, por propia experiencia, es que sea por insuficiencia fisiológica, o por sobra de convicciones, no me entran en la cabeza ciertas tácticas y procedimientos políticos nuevos.

Así, por ejemplo, no acabo de entender por qué quieren silenciarse en vez de distinguirse, las relaciones entre la religión y la política.

Del mismo modo que no entiendo la novísima práctica que aconseja no hablar de aquello que especifica y distingue los infinitos grupos y grupillos que constituyen el actual archipiélago político.

Y no comprendo cómo pueden silenciarse las relaciones entre la religión y la política, porque aun pensadores tan alejados de nuestro campo como Proudhon, escribía así, en su Confesiones de un revolucionario: «Es cosa que admira el ver de qué manera en todas nuestras cuestiones políticas, tropezamos siempre con la teología».

Y Rousseau afirmaba «que jamás se fundó Estado ninguno sin que la Religión le sirviese de fundamento».

Y Voltaire observaba: «que allí donde hay una sociedad, la Religión es de todo punto necesaria».

Ahora bien: si la política es el arte de gobernar a los pueblos, mediante el régimen político más adecuado para que los ciudadanos encuentren el perfeccionamiento integral de la naturaleza humana, con relación al fin último, que es esencialmente teológico, síguese que en una política digna de este nombre, política y religión tienen que guardar estrecha e íntima relación, y aun trabazón, y no pueden silenciarse las relaciones substanciales existentes entre la religión y la política.

Por eso, Donoso Cortés una vez rotos los alambres de la jaula liberal que aprisionaban su poderoso ingenio, pudo escribir:

«Posee la verdad política el que conoce las leyes a que están sujetos los gobiernos; posee la verdad social el que conoce las leyes a que están sujetas las sociedades humanas; conoce estas leyes el que conoce a Dios; conoce a Dios el que oye lo que Él afirma de sí, y cree lo mismo que oye. La Teología es la ciencia que tiene por objeto estas afirmaciones. De donde se sigue que toda afirmación relativa a la sociedad o al gobierno supone una afirmación relativa a Dios, o lo que es lo mismo, que toda verdad política o social se convierte forzosamente en una verdad teológica.» 

Por tanto, nosotros nos explicamos, que ciertos partidos políticos traten de encerrar y silenciar su teología porque no es la teología católica, sino un conjunto de errores.

Pero nosotros no. Nosotros somos una Comunión política informada por la teología católica en toda su integridad. Nuestros dogmas y afirmaciones teológicas, éticas, jurídicas, políticas, económicas y sociales, toman su substancia sin quitar ni añadir una tilde, de las enseñanzas de la Iglesia, y esto en lo fundamental, como tesis, no como hipótesis.

Precisamente eso explica el milagro histórico de que nuestra Comunión, después de un siglo de persecuciones, de luchas, de ostracismo y con períodos de muerte aparente, viva y resurja en aquellos momentos de diluvio universal, donde no hay otra salvación en el orden político que el arca de la Comunión Católica, Monárquico-Tradicionalista.


Por eso, ahora como siempre, y aún más que nunca, cuando tantos elementos nuevos vienen a nuestras filas (y bienvenidos sean para que por la influencia de ideas antes profesadas y aun de completa buena fe, no surja un neo-tradicionalismo incompatible con nuestro antiliberalismo secular), debemos dar al aire nuestra bandera limpia, inmaculada, cevando a Dios como primera palabra de nuestra gloriosa trilogía.

Dios, que es decir Cristo, Rey y Señor nuestro, reinando, venciendo e imperando, en los individuos, familias, leyes, gobierno y Nación.

Y los partidos que no quieran admitir este reinado, nos encontrarán hoy como ayer, y mañana como hoy, frente a ellos, aunque con ellos nos aliemos circunstancialmente para fines determinados.

Cien años llevamos combatiendo las libertades de perdición, los liberalismos mansos o fieros, llámense monárquicos, republicanos, dictatoriales, democráticos mejor o peor bautizados, socialistas, comunistas, fascistas, etc., y seguiremos lo mismo porque creemos que si el catolicismo no informa la sociedad, no informa la política, España irá a la barbarie, desapareciendo la que fue la más gloriosa Nación del mundo.

Respecto a callar, lo que nos especifica y distingue de otros partidos políticos, jamás lo haremos y menos en estos tiempos de confusionismo.

Es moda hablar contra el demo-liberalismo. ¿Pero cuántos de éstos confiesan que la autoridad procede de Dios y únicamente de Dios?

Está muy en boga hablar de estado corporativo. ¿Pero estas corporaciones o gremios, tienen las notas específicas del gremio tradicional, o sea: religioso, profesional, cultural, económico, autárquico y con representación propia en concejos, diputaciones y cortes?

Se habla mucho de la tiranía demagógica, ¿pero es que es mejor y menos antiliberal la tiranía estatista, llámese socialista, sindicalista o fascista?

Se habla mucho de indiferencia de formas de gobierno y quieren que se prescinda de la tradicional española: la monárquica, católica, templada, representativa, federativa y hereditaria.

Se acentúa cada vez más el separatismo suicida o antipatriota, o el Estatutismo sectario y centralista, ¿y no hemos de hablar de nuestro regionalismo autárquico, tan distante de los nacionalismos separatistas como de los Estatutismos cantonales o de los centralismos liberales democráticos, y estatistas?

No. Tenemos una bandera que es preciso llevar inmaculada al triunfo, o conservar inmaculada en el ostracismo. Y para ello jamás desconoceremos la bienhechora influencia de la religión católica en nuestro régimen político, ya que aquello es la forma substancial de éste; ni callaremos los infinitos matices que separan a la Comunión Católica, Monárquico-Tradicionalista de los grupos y grupillos que forman el actual archipiélago político español.

F. DE CONTRERAS

El Siglo Futuro (26 de abril de 1933)

viernes, 9 de septiembre de 2016

El combate doctrinal del carlismo en los últimos tiempos

[A partir de la década de 1970] el tradicionalismo carlista hubo de enfrentarse a otro tipo de problemas (...) Como consecuencia del desarrollo económico de los años sesenta, la sociedad agraria tradicional acabó disgregándose; y la modernización social llevó a la secularización cultural y a la progresiva deslegitimización de la tradición católica, que fue erosionada de manera radical. A ello se unieron las repercusiones del Concilio Vaticano II, que fueron igualmente determinantes. Su contenido doctrinal —nuevo concepto de Iglesia y del papel de los laicos, nueva forma de ver la relación del catolicismo con la modernidad, declaración de libertad religiosa, etc.— deslegitimó la teología política tradicional. Como señaló el tradicionalista Miguel Ayuso:

«solamente a la crisis de la Iglesia en la segunda mitad del siglo XX no ha podido resistir el carlismo, porque no le afecta solo accidentalmente, sino que toca esencialmente a su soporte, que es la cosmovisión de la cristiandad».

El profesor Miguel Ayuso Torres

En ese contexto, se desarrollaron las obras de los últimos doctrinarios del tradicionalismo carlista: Rafael Gambra Ciudad y Francisco Elías de Tejada. El «socialismo autogestionario» [del mal llamado Partido Carlista] careció de doctrinarios; fue tan sólo una veleidad oportunista, que rompía, de hecho, con la trayectoria histórica del legitimismo español.

El pensamiento de Rafael Gambra fue fundamentalmente tomista, si bien estuvo influido por Henri Bergson y por la reacción antirracionalista y antipositivista representada por Albert Camus y Antoine de Saint-Exupéry, Gustave Thibon, etc. Desde sus primeros escritos se mostró adverso al falangismo, y sobre todo, a las tendencias democristianas, que asociaba con el modernismo. Igualmente, rechazó el nacionalismo integral de Charles Maurras, por su tendencia secular; a su modo de ver, era «un tradicionalismo de izquierdas».

Su enemigo fundamental fue, sin embargo, el progresivo aggiornamento de la Iglesia católica, cristalizado en el contenido del Vaticano II; y que concluiría en las leyes de libertad religiosa del franquismo. Contra ello, publicó su libro La unidad religiosa y el derrotismo católico, en defensa de la unidad católica y la confesionalidad del Estado español. Su doctrina política era básicamente una renovación de los supuestos de Vázquez de Mella. Gambra concibe la vida humana, no como autorrealización o liberación de trabas, sino como entrega o compromiso e intercambio con algo superior que se asimila espiritualmente. Ligado a esto se encuentra la concepción de la sociedad como una organización en el espacio y en el tiempo. La sociedad es una proyección de las potencialidades humanas, incluida la individualidad; y que tiene igualmente una fundamentación religiosa, ya que sus orígenes se encuentran en unas creencias y en una cosmovisión colectivas. Si el hombre es un compuesto de alma y cuerpo llamado por la gracia al orden sobrenatural y, por otra parte, la sociedad emerge como eclosión de la misma naturaleza humana, también la de un poder en alguna manera santo y sagrado, es decir, elevado sobre el orden puramente natural de las convenciones o de la técnica de los hombres.

Rafael Gambra Ciudad (Madrid, 1920-2004)

A partir de tales planteamientos, Gambra defiende una concepción organicista de la sociedad y el régimen monárquico tradicional y federativo. El principio representativo se encuentra encarnado en la corporación. El proceso federativo consiste en la progresiva superposición y espiritualización de los vínculos unitarios, contrapunto del Estado liberal o de la nación sacralizada de los fascismos y de los separatismos nacionalistas. El federalismo es, según Gambra, algo radicado en la misma historia de España, porque en su seno perviven y coexisten  en su superposición mutua regiones de carácter étnico, como la vasca; gegráficas, como la riojana; políticas, como la aragonesa o la Navarra. El vínculo superior que las une es la catolicidad y la Monarquía. A partir de tales supuestos, Gambra criticó, en su obra Tradición o mimetismo, el centralismo franquista, lo mismo que su aceptación de los principios laicistas y tecnocráticos, sintetizados en su reconocimiento de la libertad religiosa.

(...)

La tradición política española se manifiesta, para Elías de Tejada, en dos cuestiones fundamentales: la concepción católica de la vida y la Monarquía federativa de «las Españas». En su opinión, la causa diferenciadora de las comunidades políticas no la constituye ningún factor físico, ni la raza, ni la lengua, ni la cultura, ni el espíritu, ni motivos psicológicos; esta causa diferenciadora radica en la tradición y en la nación. Las comunidades políticas tienen una finalidad que cumplir en la historia. Por nación se entiende aquella nota característica de un pueblo a lo largo de un periodo de la Historia. La tradición es el sustrato que cada uno de esos períodos deja, el alma de las gentes forjadas en el fraguar de esas empresas colectivas.

Francisco Elías de Tejada y Spínola (Madrid, 1917-1978)

Para Elías de Tejada, la tradición política española se forja durante la Edad Media, con la Reconquista, y alcanza su punto culminante en el reinado de Felipe II. España se forja en el catolicismo y considera esencial a esa identidad el «federalismo histórico»:

«el federalismo de nuestra tradicional monarquía orgánica, hija de la historia y de las necesidades nacionales, españolísima y foral, magnífica y patriota; es la organización clásica de los fueros». 

(...) Así, pues, los tres conceptos principales de la tradición española son la religión católica, cuya traducción política se plasma en la unidad católica; la Monarquía federativa y misionera; y los fueros, «conjunto de normas peculiares por las que se rige cada uno de los pueblos españoles basados en la concepción del hombre como ser concreto histórico».


* Tomado de El Régimen de Franco: 5. La crisis del tradicionalismo carlista: Rafael Gambra, Francisco Elías de Tejada, por Pedro Carlos González Cuevas, en  Historia del pensamiento político español. Del Renacimiento a nuestros días, pp. 453-456 (varios autores, 2016). El libro en conjunto no es nada favorable al Tradicionalismo, lo que añade mérito al testimonio que arriba reproducimos, en el sentido de reconocer el verdadero Carlismo y sus más importantes (que no únicos) pensadores de la segunda mitad del siglo XX, aunque los llame «doctrinarios» y quiera hacerlos «los últimos».

domingo, 4 de septiembre de 2016

Emilio Ruiz Muñoz «Fabio»

Tal día como hoy, hace exactamente 80 años, era brutalmente asesinado por los rojos el célebre Fabio, redactor almeriense del diario EL SIGLO FUTURO, antiguo periódico integrista fundado por Ramón Nocedal que se convertiría en el órgano de la Comunión Tradicionalista durante la Segunda República. Transcribimos a continuación el artículo que en 1942 le dedicara su compañero Chafarote en El Alcázar, que fue reproducido por El Pan del Rosario y La Avalancha:


Emilio Ruiz Muñoz «Fabio»
Nuestro ilustre colaborador Chafarote dedicó en LA AVALANCHA unos interesantes artículos al ejemplar sacerdote M. I. Sr. D. Emilio Ruiz Muñoz, horriblemente martirizado por los rojos en Madrid, en el mes de septiembre del año 1936.

El último número de «El Pan del Rosario», piadosa revista que fundó el señor Ruiz Muñoz, le dedica el siguiente artículo con el título «Del martirio de nuestro fundador», que leerán con emoción nuestros amigos que mucho admiraban al insigne sacerdote.

«En mayo de 1939 llegaba a nosotros la triste nueva del asesinato por las hordas marxistas de nuestro respetable y querido fundador y director el M. I. Sr. D. Emilio Ruiz Muñoz, canónigo archivero de esta S. I. C, y en nuestro número de junio siguiente, el culto beneficiado, también de esta S. I. C., don Cándido Rodríguez Martín, íntimo amigo del martirizado, dedicaba sentido y bien escrito artículo necrológico a la memoria del señor Ruiz Muñoz.

Llegó nuestra modesta publicación a manos de un ilustre purpurado Príncipe de la Iglesia, el Emmo. Cardenal Segura, que sentía gran predilección de antiguo por el ilustre canónigo de Málaga, a quien dispensó su protección de manera decidida y manifiesta, y escribió laudatoria carta al señor Rodríguez Martín elogiando su artículo, si bien lamentando que no se hubieran indagado datos de tamaño asesinato.

Hicimos averiguaciones que, si bien al principio resultaron infructuosas, hace un par de meses, un buen amigo del señor Ruiz Muñoz y nuestro, que reside en Madrid, prometió facilitarlos, envíándonos hace unos días el diario «Alcázar», fecha 1 de septiembre, en el que el notabilísimo periodista católico don Juan Marín del Campo, compañero en «El Siglo Futuro» de nuestro fundador, le dedica, con motivo del aniversario, sentida e informativa necrología, que a continuación reproducimos.

Dice así el diario «Alcázar»:

«Para los antiguos amigos o admiradores del muy ilustre señor don Emilio Ruiz Muñoz (a) «Fabio», anunciamos hoy el funeral que en sufragio de este mártir insigne se celebrará el venidero viernes (día 4 de los corrientes) a las nueve de la mañana, en la capilla de las religiosas de Cristo Rey, colegio sito en la calle de Jordán, junto a la plaza de Olavide.

Nuestro inolvidable amigo era sacerdote y canónigo archivero (por oposición) de la catedral de Málaga y académico de la Historia; gran humanista, gran tomista, literato, poeta y fecundísimo escritor, gentil traductor de uno de los libros más clásicos del Renacimiento, el libro del clásico Alvar Gómez sobre el cardenal Cisneros (De rebus gestis). Y era sociólogo tan profundo, que por orden a miento de Su Santidad, estuvo encargado de la sección sociológica de «El Siglo Futuro» durante más de veinte años seguidos, para lo cual, el nuncio Ragonesi, en nombre del Papa, tuvo que dispensarle de la residencia. En Málaga fundó una revista popular, «El Pan del Rosario», por ser devotísimo del salterio de Nuestra Señora. Y por ser tan rosariano y tan tomista, era fervoroso terciario dominico, y todos los días rezaba, no ya una parte del rosario, sino el rosario entero. Era también capellán palatino, cargo con el que le honraron sin él pretenderlo y por recomendaciones que hizo el secretario de Alfonso XIII don Emilio Torres, que era sabedor de la ciencia, de la virtud y de la escasa fortuna de aquel varón ilustre, tan virtuoso y tan sabio.

El día 4 de septiembre de 1936, y después de haberle robado la copiosa biblioteca que tenía (la casa la saquearon luego) le apresaron los rojos y le llevaron a la horroroso checa del «Campesino», sita en el antiguo convento de las Salesas de la calle de San Bernardo, en donde cabalmente decía misa todos los días que no tenía que celebrarla en el Palacio Real. Allí le serraron los dos pies, allí le cortaron la lengua y allí finalmente le fusilaron. Pero antes de fusilarle y a pesar de tener serrados los dos píes y cortada la lengua, todavía tuvo alientos para hincarse valerosamente de rodillas, y con el pedazo de lengua que le quedaba (o quizá milagrosamente, ¡quién sabe!) dijo claramente esta confesión de fe:

¡Viva Cristo Rey, única verdad que existe en la tierra y en el cielo! 

Así lo declaró el propio asesino de «Fabío», Aquilino Férvoles, antes de ser éste fusilado por los nacionales después de la liberación, y así lo declaró el policía nacional señor Palacios, que en la referida checa del «Campesino» había sido compañero de prisión de nuestro mártir, pero que, más afortunado que él (de tejas para abajo), logró escaparse de la terrible checa.

Justa cosa es, por tanto, que en la referida capilla de Cristo Rey se celebren los funerales del que perpetuamente vivió y tan gloriosamente murió predicando y alabando y cantando la realeza de Jesucristo, qui est super omnia Deus, benedictus in saecula. Amen

J. M . DEL C. [Juan Marín del Campo]

LA AVALANCHA (Pamplona, 23 de enero de 1943)

viernes, 2 de septiembre de 2016

«¡Yo no disparo contra España!». Luis Huelín Vallejo, mártir de la Tradición

Tal día como hoy, 2 de septiembre, en 1936, era asesinado por los rojos el jefe del requeté malagueño, el joven Luis María Huelín Vallejo.


Luis Huelín, «de palabra fogosa y vibrante, que entusiasma a las gentes» —como diría su compañero José María Vallejo— había fundado la Agrupación Escolar Tradicionalista (AET) de Málaga y era jefe del Requeté.

De familia tradicionalista, sus dotes oratorias se apreciaron pronto. El 25 de julio de 1934, día de Santiago, los tradicionalistas malagueños realizaron diversos actos, según daba cuenta El Siglo Futuro. Por la tarde tuvo lugar una velada, durante el transcurso de la cual el joven Luis hizo uso de la palabra, en nombre del Requeté, en un admirable discurso que fue interrumpido constantemente por las ovaciones entusiásticas del público. En él hizo un llamamiento a todos los jóvenes, ya obreros o de otra clase diferente, a ingresar en las fuerzas de nuestra Comunión, de las que hizo un cumplido elogio, así como de la bandera gloriosa que defienden.

El 19 de marzo de 1935 se constituía en Málaga la Agrupación Escolar Tradicionalista en los locales de la Juventud Tradicionalista, siendo Luis Huelín nombrado presidente de la agrupación (véase nota de prensa).

Como muestra de su actividad propagandística en pro de los ideales de la gloriosa Comunión Tradicionalista, podemos contar que el domingo 14 de abril de 1935, salió de Málaga en viaje de propaganda, acompañado por el obrero Juan Luque, con el propósito de visitar varios pueblos y ultimar en ellos la organización de Juventud y de Sección Obrera de la Comunión (véase nota de prensa).

En julio de 1935, el presidente de la AET granadina, Jacinto Martín Rodríguez, al ser preguntado por la mejor AET de su distrito en una entrevista a El Siglo Futuro (periódico de mayor tirada de la Comunión Tradicionalista), contestaba:

La de Málaga, gracias a su insustituible presidente, Luis Huelín Vallejo. Este es un muchacho muy trabajador, entusiasta y competentísimo. En la A. E. T. malagueña funcionan admirablemente la sección deportiva, que tiene frecuentes y afortunados encuentros con otros equipos, y la Delegación de Cultura, que hace poco organizó una conferencia a cargo del catedrático don Feliciano González Ruiz.

Cuenta con más de 200 afiliados. Además, Huelín Vallejo, siguiendo las instrucciones que le di cuando me visitó, ha fundado una A. E. T. en Antequera, presidida por Ramírez Moreno, y muy pronto fundará otra en Ronda. Por ley de justicia he de destacar que estos éxitos corresponden a Huelín, pues sin él nada o muy poco hubiéramos logrado en la ciudad hermana y su provincia.

El 2 de septiembre de 1935, justo un año antes de su asesinato, el joven estudiante y requeté escribía el siguiente artículo, aparecido en las columnas de El Siglo Futuro, en el que narraba el encuentro de los requetés malagueños con los de Burriana, Reinosa y Gijón:

ESTANCIA DE LOS REQUETÉS DE BURRIANA Y REINOSA EN MÁLAGA

Málaga, 2 de septiembre de 1935
El domingo, a las diez y media de la mañana, procedentes del vecino pueblo de Antequera, llegaron a nuestro Centro los valientes requetés burrianenses, que tan famosos se van haciendo en su atrevida vuelta a España. 
Por no haber noticia alguna de su llegada, no había en ese momento ningún directivo en el Círculo: solamente se hallaban los simpáticos «Pelayos» celebrando sus ruidosas sesiones semanales, que recibieron a los expedicionarios con el consiguiente entusiasmo y alboroto.
Después de ser obsequiados y recorrer los diversos departamentos del Secretariado, marcharon en compañía del presidente de la A. E. T. a la Catedral a cumplir los deberes religiosos, admirando de paso la grandiosidad de la Basílica. 
Antes del almuerzo tuvieron un cambio de impresiones con dicho presidente de la A. E. T., con el jefe de los requetés y con el presidente de la Juventud.
La tarde la dedicaron a contemplar las bellezas de la capital y sus alrededores, pasando después a entrevistarse con la Directiva de la Comunión.
A la mañana siguiente, y estando ultimando los preparativos de la marcha, nos vimos agradablemente sorprendidos con la también inesperada llegada de los no menos animosos y entusiastas requetés de Gijón y Reinosa, procedentes de Almería.
Fue realmente emocionante el encuentro de estos muchachos, que con tanto cariño por la Idea van sembrando el espíritu de sacrificio, tan necesario para nuestra organización.
Fueron asimismo atendidos debidamente por los socios que en ese momento se hallaban en el Centro. Allí acordaron marchar reunidos, y acompañados por varios directivos y numerosos jóvenes, hasta la carretera de Cádiz, emprendiendo de nuevo la penosa marcha, que sólo el Ideal bien sentido puede hacer agradable. Varios vivas alusivos fueron el adiós a estos queridos compañeros, que en su breve estancia en ésta han sabido de tal manera captarse nuestras simpatías.
Luis Huelín

Cabecera del diario tradicionalista de Málaga: Boinas Rojas (1937)

Al producirse el Movimiento Nacional del 18 de julio de 1936, los requetés de Málaga lo tenían todo preparado. Su misión inicial era ocupar el Ayuntamiento, Correos y Telégrafos. Luis Huelín actuó como enlace en los trabajos preparatorios entre Gra­nada y Málaga. Estuvieron esperando la orden de los mandos militares, pero la orden no llegó, así es que, dueños los rojos de la ciudad, vino la dispersión y cada uno hizo lo que pudo por su cuenta.

Luis se hospedó en la fonda de Valeriano Sanz, en Colmenar, según relata el libro República y Guerra Civil en la Axarquía. La mala fortuna quiso que el 25 de agosto los rojos registraran la casa, hallando en ella al joven requeté. El 2 de septiembre sería asesinado por negarse a disparar contra el ejército liberador de España.

Con motivo de su muerte, la publicación tradicionalista Boinas Rojas, de Málaga, dedicaba el siguiente artículo nuestro joven requeté, narrando su heroica muerte:

Hoy que los restos de Luis María Huelín Vallejo van a recibir cristiana sepultura en el panteón de su familia, en el cementerio de San Miguel de esta ciudad, queremos destacar el rasgo heroico que fue causa de su muerte.
Prisionero de los rojos, se hallaba en la mañana del 2 de septiembre del próximo pasado año en la avanzadilla del frente de Villanueva de Cauche, cuando los nuestros atacaron aquella posición.
Los milicianos que la guarnecían intentaron defenderla, y el jefe que los mandaba llamó a Luis y, entregándole un fusil, le ordenó hiciera fuego contra los soldados que avanzaban por la carretera de Antequera.
Luisito (era un muchacho de cara aniñada que acababa de cumplir los diecinueve años) no dudó ni un momento; miró a los nacionales, que se acercaban, y arrojando lejos de sí el fusil, gritó: «¡Yo no disparo contra España!»
Instantes después caía al suelo herido de dos balazos que le dispararon los rojos y moría como más de una vez había dicho a sus íntimos que deseaba morir: gritando ¡Viva Cristo Rey! y besando la medalla de congregante de la Santísima Virgen y de San Luis Gonzaga.
¡Hermosa y cristiana muerte, que nos complacemos en presentar, como modelo digno de ser imitado, a todos los malagueños, y de un modo especial a los amigos y compañeros del heroico Luis Huelín! 
Reproducido por La Guinea Española (27/06/1937)

Un hermano de Luis, Guillermo María Huelín Vallejo, luchó valientemente como requeté desde que se liberó Málaga. Después se hizo Alférez provisional de infantería, y en la primavera de 1938 murió en las filas del Tercio Virgen de las Nieves. Siempre llevaba en sus bolsillos una tarjeta postal de aquel célebre dibujo de «Ante Dios nunca serás héroe anónimo», y en ella había escrito: «¡Viva la muerte pensando en Dios y en la Pa­tria! ¡Viva el Requete! ¡España por Santa María!».

Calle Alférez Huelín Vallejo en Málaga
imagen tomada de http://mosaicosdemalaga.blogspot.com.es/

miércoles, 31 de agosto de 2016

Vergarismo

Tal día como hoy, 31 de agosto, en 1839, se consumaba la traición de Maroto en Vergara. El vergarismo, término acuñado por Pablo López Castellote en la revista Cristiandad, había existido antes en nuestra patria y seguiría existiendo después, con tan funestas consecuencias. El artículo que reproducimos de López Castellote en 1957 es realmente premonitorio del nuevo vergarismo que se produciría en 1978, que ha acabado por devastar la España católica contra la que no pudieron las bombas y arsenales de Napoleón y de Stalin.


VERGARISMO

Nadie se moleste en buscar la palabra que encabeza estas líneas en ningún diccionario, porque, de seguro, no la hallará. Mas no por eso podrá nadie negar el derecho que me asiste a usar del privilegio de los "ismos", tan generalizado hoy, para formar la exótica palabra.

Y digo exótica no tanto por el engendro mismo que resulta de la adición del tan traído y llevado sufijo a la otra palabra, cuanto por esa otra palabra: Vergara. Porque "Vergara", que en un tiempo dijo mucho a muchos españoles, hoy, desgraciadamente, apenas dice nada a nadie.

Vergara fue el fin de la primera guerra carlista, fue la primera unificación oficial entre aquellas dos Españas de que nos habla Menéndez Pidal, fue el efusivo abrazo que ahogó en una "dichosa paz" los generosos intentos de un pueblo, fue la pincelada que impermeabilizó a la historia contemporánea española contra la "borrascosa" religiosidad de los "serviles".

Por eso resulta exótico traer a colación tal nombre con tal sufijo; porque Vergara ha sido siempre considerado como un hecho muy concreto, del cual apenas merece la pena acordarse, si no es para glorificarlo como pacífico fin de un cruento fratricidio. Y para expresar esto ya tenemos muchos otros términos más usados y más modernos.

Pero si aquí, en vez de "Vergara" decimos "vergarismo", es porque lo que allí sucedió lo consideramos más como una táctica que como un hecho, y porque ese nombre, considerado como táctica, derrama mucha luz sobre toda la historia contemporánea de España.

Vergarismo fue la Ilustración del siglo XVIII que, en nombre del progreso, nos llevó a pactar con la Revolución y a hundir los restos de nuestra escuadra en Gibraltar defendiendo a la diosa Razón. Vergarismo también el afrancesamiento que, con el velo de la "oportunidad", y de la "resignación" ante los hechos consumados, y de la "conveniencia" del oreo, se avino no sólo a pactar, sino a servir a la Revolución personificada en José Bonaparte. También el patriotismo de las Cortes de Cádiz fue en definitiva vergarismo, porque, mientras la mayoría de los españoles derramaban su sangre por Dios, por la Patria y por su Rey, ellas se abrazaban con los principios de la Revolución, hasta implantar en nuestra patria una Constitución calcada sobre la primera que tuvo la nación vecina.


Vergarismo fue también, a pesar de toda la historiografía liberal, la llamada "ominosa década", pues basta leer las "Memorias del Alcalde de Roa", un pobre hombre del pueblo, para darse cuenta de que en esa década no fueron los liberales los "mártires" —como siempre se ha dicho—, sino el pueblo de la guerra carlista y del desengaño de Vergara; y esto porque la Corte de Fernando VII fue centro del más avanzado vergarismo —del que no entendía el pueblo—; vergarismo que se realizó bajo la égida del "Deseado" con la comunión de despotismo ilustrado, afrancesamiento, constitucionalismo al estilo de la "Carta" francesa, absolutismo personal, liberalismo y masonería. Todo lo cual desembocó en la monarquía liberal, cuyos orígenes no son tan claros como han supuesto la mayoría de los historiadores. Basta para darse cuenta de ello ojear las obras de Suárez Verdaguer.

Mas ni el siglo XVIII, ni las Cortes de Cádiz, ni el fernandismo, ni la tramoya de la instauración isabelina pudieron acabar con la santa intransigencia de un pueblo que sólo con dolosos abrazos ha sido reducido a silencio.

Por eso, cuando consumada ya la división entre los españoles por la cuestión dinástica, apareció, con el matrimonio de Isabel II, una seria posibilidad de arreglo con el enlace de las dos ramas, como quería Balmes, el partido moderado propone un nuevo Vergara con la unificación de la "reina de los carlistas" y el "consorte de los isabelinos". El plan no fue aceptado, y se consumó el desgraciado matrimonio de la reina con su primo Francisco de Asís.

Y de tumbo en tumbo, y de debilidad en debilidad, se llegó al año 1868, en que la Revolución, sintiéndose ya con fuerzas suficientes, se atrevió a echar por la borda a su antigua aliada, la monarquía liberal. Después el caos.

Mas los "abrazados" de Vergara no habían muerto; y en medio del caos levantaron de nuevo su recia voz; fue la segunda guerra carlista, a la que dio la estocada mortal el sagaz Cánovas del Castillo con la Restauración del hijo de Isabel, que tantas esperanzas fallidas había de despertar en muchos corazones. Esta vez el vergarismo permitió que se levantase sobre todos los españoles el artículo 11 de la Constitución, y que fuesen regidos los destinos de España por masones públicamente conocidos.

Las consecuencias no podían ser otras que las del 14 de abril: La monarquía alfonsina acabó con el nuevo y espantoso abrazo entre el Conde de Romanones y Alcalá Zamora en casa del doctor Marañón. Con él se entregaba España a la II República, de tan tristes recuerdos para todos, porque con ese nombre está indisolublemente unido en horroroso abrazo el millón de muertos de la Cruzada.

Y no acabó todavía con la Cruzada el vergarismo. En nuestros días son muchos los que lo propugnan como única salvación de España. Y no sólo en el plano político, sino en el religioso, y no sólo en el plano social, sino en el individual, de modo que en cada español se realice un "abrazo de Vergara" entre las tendencias que le llevan a Dios y las que le llevan al diablo.

Así sin duda nos libraríamos de otro 14 de abril, porque para las nuevas circunstancias el 14 de abril quedaría muy atrás.

PABLO LÓPEZ CASTELLOTE


Nota: Rogamos a los habitantes de Vergara que perdonen el uso que del nombre hacemos, y que de ningún modo supone sentimientos menos amigables hacia ellos.

CRISTIANDAD (1/5/1957)

jueves, 25 de agosto de 2016

La prensa carlista en Buenos Aires

Artículo de Bernardo Lozier Almazán (Buenos Aires, Argentina), 
publicado en el nº 119 de El Babazorro, 
Boletín del Círculo Tradicionalista Cultural "San Prudencio" de Álava

Antecedentes históricos

Nuestra historia tiene su lejano comienzo cuando el muy voluble rey de España, Fernando VII, se dejó seducir por las ideas liberales que la revolución francesa había propagado por el mundo, mientras su hermano y legítimo heredero, Don Carlos María Isidro de Borbón Borbón Parma (1788-1855) acaudillaba el tradicionalismo español y católico.

Sabemos que aquella esperanza que el pueblo español había puesto en Don Carlos se vio abruptamente frustrada por Fernando VII, cuando quebró la legítima sucesión al Trono, mediante aquella desgraciada Pragmática que signara el 29 de marzo de 1830,escamoteándole arbitrariamente la corona a su augusto hermano, recordado como Carlos V, primero de la línea Carlista.

De tal manera, Fernando VII suscitó las tres sangrientas guerras (1833 a 1840, 1846 a 1849 y 1872 a 1876) emprendidas por los legitimistas en defensa de sus derechos dinásticos tan aviesamente usurpados y de las mejores tradiciones españolas y cristianas comprendidas en el trilema «Dios, Patria y Rey».

Guerra civil española de 1872-76 (tercera guerra carlista)
cuadro de Augusto Ferrer Dalmau
La última de aquellas guerras, recordada como la Tercera Guerra Carlista, concluyó el 27 de febrero de 1876, tras cuatro años de épica contienda, alternada por triunfos y derrotas, esperanzas y frustraciones, con la victoria liberal sobre las fuerzas legitimistas.

Durante el mes de febrero el Ejército carlista se había diezmado (1) a tal punto que Don Carlos María de los Dolores de Borbón Austria-Este, Carlos VII (1848-1909), a la sazón el carismático pretendiente de la línea legitimista, consideró que era inútil prolongar la guerra y determinó poner fin a la contienda.

Consecuentemente, aquel día 27, Don Carlos pasó revista a sus tropas por última vez en el pueblo navarro de Valcarlos bajo una persistente lluvia, que hacía más patética la triste circunstancia. Al amanecer del día siguiente, Carlos VII, acompañado por el príncipe Alfonso de Borbón-Dos Sicilias, Conde de Caserta, cruzó la frontera con Francia a los acordes de la Marcha Real encabezando el camino al exilio seguido por el resto del Ejército carlista.

Concluida aquella infortunada guerra, miles de carlistas debieron buscar refugio en otras partes del mundo, llevando consigo el nostálgico amor a su patria y a su Rey, con la confianza en un futuro victorioso puesto en la Divina Providencia.

Buenos Aires fue el destino de muchos de aquellos desterrados que arribaron paulatinamente a estas tierras confiados en la hospitalidad de sus hermanos de raza.

Resulta difícil -casi imposible- estimar la cantidad de carlistas llegados a Buenos Aires a partir de 1867, sin embargo la actividad política que emprendieron al servicio de sus ideales legitimistas nos permiten inferir una presencia significativa, según veremos seguidamente.

Si bien la vida política de Carlos VII, a partir del exilio, entró en un cono de sombra, supo conservar hasta el fin de sus días con inalterable dignidad su condición de monarca desterrado. No obstante nunca renunció a sus derechos dinásticos , reclamando siempre y conspirando en momentos propicios para urdir un alzamiento a su favor.

Fue por aquella época que Don Carlos emprendió un largo periplo por la América española, visitando la isla de Jamaica, Panamá, remontando el Pacífico hasta Perú, Chile y, cruzando por el estrecho de Magallanes, para arribar a Montevideo el 5 de agosto de 1887, donde fue recibido por gran cantidad de emigrados carlistas que lo acompañaron a la Iglesia Matriz para cantar el Salve y luego instalarse en el Hotel Oriente. Don Carlos permaneció varios días en la capital de la República Oriental del Uruguay siendo objeto de numerosos agasajos y demostraciones de simpatía.

Puerto de Buenos Aires (segunda mitad del siglo XIX)

En la madrugada del 9 de agosto hacía su arribo al muelle de Santa Catalina de la ciudad de Buenos Aires el vapor Saturno, conduciendo a bordo a Don Carlos VII acompañado de un pequeño séquito, integrado por su Secretario y Consejero don Francisco Martín de Melgar y Rodríguez Carmona, conde de Melgar, con Grandeza de España, el Oficial de órdenes teniente coronel José María de Orbe y Gaytan de Ayala, vizconde de Orbe y el teniente coronel, médico militar, con Clemente de Coma y Forgas, conde de Coma Prat.

A poco de amarrar, fue recibido a bordo del vapor por el rector del Seminario Conciliar, Pbro. José Saderra, el padre Chapo, superior de la Compañía de Jesús, y los señores Pedro de Iniesta y Urbano Valdés Pajares, excombatientes que habían luchado bajo su bandera, por Dios por la Patria y el Rey. La comitiva se encontró ante un personaje de elevada estatura, recia cabeza que lucía soberbia barba y ojos de penetrante mirada. Su señorío y porte marcial, uniformado de capitán general, le conferían un especial aire de autoridad que, sumado a una buena dosis de energía y excepcional manejo del diálogo, en su conjunto, configuraban su atrayente personalidad.

Una vez en tierra, saludado por unos quinientos carlistas españoles emigrados, Don Carlos tomó un carruaje de alquiler que, acompañado por sus asistentes, lo condujo hasta el Grand Hotel, ubicado en la esquina de las actuales calles Rivadavia y Florida. Poco después se dirigió caminando hasta la cercana Iglesia Catedral, donde fue saludado por el arzobispo de Buenos Aires, mientras el templo se veía invadido por gran cantidad de simpatizantes que, al enterarse de su presencia, acudían a cumplimentarlo. El resto del día lo dedicó a recorrer la ciudad y por la noche concurrió a una velada en el Teatro Colón para presenciar la opera La Gioconda de Ponchielli.

El diario La Nación de aquel día, luego de anunciar la llegada del ilustre visitante, exteriorizaba su preocupación por la presencia de Don Carlos VII, advirtiendo que

«los amigos y correligionarios del Duque de Madrid le harán agasajos que tengan por convenientes, sin olvidar los deberes que les impone su residencia en un país extranjero, y los que por una u otra causa, dentro de la misma familia española, no abriguen simpatías por el hombre, recordarán que su libertad para manifestar sus sentimientos termina donde empieza la de los primeros.» 

Carlos VII de España
De tal manera La Nación dejaba entrever la poca simpatía que le guardaba al ilustre visitante.

Pocos días después, invitado por don Leonardo Pereyra a su estancia “San Juan”, Carlos VII se trasladó a la misma en un tren especial, arribando el jueves 11, siempre acompañado por su séquito y un grupo de amigos, entre los que se encontraba el doctor Carlos Pellegrini, a la sazón, vicepresidente de la Nación. Al día siguiente, aprovechando la cercanía, visitó la flamante ciudad de La Plata, almorzando en la estancia del Gobernador de la provincia de Buenos Aires, don Máximo Paz, para luego regresar a la Capital Federal en horas de la noche.

Su permanencia en Buenos Aires estuvo alternada entre visitas a los distintos lugares de la ciudad y sus alrededores, carreras de caballos, y numerosos agasajos ofrecidos en su homenaje. Rescatamos de uno de aquellos discursos de bienvenida, las palabras del capellán de Santa Lucía, el padre Manuel Lamas, cuando en extensa alocución decía:

«Se bienvenido, Serenísimo Señor, a este país generoso, que sabe dar hospitalidad no solo a los afortunados extranjeros que le traen algún provecho material o moral, sino también a los proscriptos y desterrados como Vuestra Real Majestad, a los emigrados por la desgracia y la injustísima persecución, por haber defendido la Causa tres veces santa…» 

Sin duda, además de las expresiones de afecto, las palabras del padre Lamas se referían a la presencia de los carlistas refugiados en Buenos Aires.

Según relata el conde de Melgar, con motivo de un deseo personal, Don Carlos manifestó especial interés en visitar la ciudad de Córdoba, razón por la cual, el jueves 18 de agosto hacía su arribo a dicha capital de la provincia homónima.

De regreso en Buenos Aires, el ilustre visitante permaneció hasta el miércoles 24 de agosto, día en que se embarcó en el vapor Senegal con destino a Europa. El mismo día de su partida un grupo de exiliados carlistas le obsequió un álbum de fotografías con una dedicatoria, que define con notable claridad el ideario político y religioso que mantenían inalterables, transcurridos ya once años desde que finalizara la Tercera Guerra Carlista:

«Siendo católicos por convicción y españoles por nacimiento somos carlistas por consecuencia. Para nosotros, en el orden religioso, no hay más autoridad que el mismo Dios, ejercida en el mundo por el magisterio infalible de su Iglesia; ni en el orden político, reconocemos otra soberanía legítima que la de Usted tan dignamente representada.» (2) 

Don Carlos VII partió de Buenos Aires el 24 de agosto de 1887 llevándose un imborrable recuerdo de estas tierras que habían integrado el imperio español en América y dejando tras si a sus leales partidarios con la esperanza renovada de que algún día regresarían a su Patria haciendo flamear victoriosa la bandera de su legítimo Rey.

Poco después, Carlos VII le escribía al marqués de Valdespina una carta, fechada el 8 de octubre de 1887, en la que le refería las impresiones recogidas en Hispanoamérica, expresándole que

«en el Uruguay y la república Argentina la más inaudita prosperidad que registran nuestros tiempos, convierten el Paraná, el Plata y todas las grandes vías fluviales que surcan el país en verdaderos ríos de oro…» (3) 

La prensa carlista en Buenos Aires

Francisco de P. Oller
(Barcelona, 1860 - Buenos Aires, 1941)
Expiraba el siglo XIX, cuando en 1892 llegaba a Buenos Aires don Francisco de Paula Oller (4) influyente refugiado legitimista reconocido por Don Carlos como su representante en esta ciudad, que rápidamente lideró a los carlistas porteños haciendo que mantuvieran encendido su fervor por la causa de su Rey. Fue por ello que, en 1898, por iniciativa de Francisco de Paula Oller, se fundara una revista mensual con el emblemático nombre de El Legitimista Español (5) Publicación ilustrada de excelente impresión, cuyas páginas se nutrieron con la colaboración de los más destacados pensadores del tradicionalismo monárquico español, artículos referentes a la marcha del movimiento carlista en España y a la actividad política desarrollada en Buenos Aires por los refugiados.

Este mensuario, que llevaba como subtítulo «Periódico Carlista» en la nota de presentación de su primer número, decía entre otras cosas, que

«Cien mil voluntarios en armas defendieron del 72 al 76 la bandera de la legitimidad; vendidos, que no vencidos, no por esto cejó el Partido carlista en sus trabajos de organización y de propaganda, y hoy, fuerte como siempre […] se siente capaz de derribar, si a ello fuese requerido, instituciones usurpadoras y gobiernos traidores…» 

Indudablemente el belicoso tono de la presentación pone al descubierto la euforia triunfalista de los carlistas residentes en Buenos Aires. La edición de este medio periodístico al servicio de su causa también nos revela el elevado número de españoles desterrados. Tan importante fue la actividad desarrollada por los carlistas en Buenos Aires que dispusieron de una sede en plena city porteña, en cuya puerta de entrada exhibía un vistoso cartel que decía «Comisión de Propaganda Carlista». (6)

De más está decir que aquella actividad desarrollada por los carlistas en Buenos Aires suscitó una fuerte oposición de los disidentes españoles también radicados en ésta, cuyo órgano periodístico El Correo Español los combatió sin cuartel hasta su cierre ocurrido en 1905. En tal ocasión, El Legitimista Español publicó en sus páginas un irónico comentario titulado «El enterrador enterrado» en el que anunciaba festivamente que

«Dejó de existir, después de treinticuatro años de vida por lo general mal aprovechada, El Correo Español, de ésta Capital. Entre todos le matamos, y él solo se murió. ¡Gracias a Dios!» 

Muy concurridas fueron sus reuniones conmemorativas, especialmente las llevadas a cabo el día del onomástico del Rey, en las que hacían uso de la palabra los más distinguidos carlistas y simpatizantes de la causa, como lo fuera aquella celebrada el domingo 4 de noviembre de 1905 en la que, como invitado especial, pronunció un encendido discurso el eminente historiador argentino Rómulo D. Carbia (1885-1944), quien concluyó su brillante alocución manifestando que:

«Si hay algo que mueve mi espíritu rebelde siempre como la marejada oceánica, hacia vuestra causa, españoles carlistas, es, no hay duda, la cruz de vuestro programa, la legitimidad de vuestra bandera y la consecuencia que profesáis a vuestros ideales. […] Y bien carlistas; aunque extranjero en esta festividad de vuestro dogma, permitidme que deposite también, al igual vuestro, la flor fragante de mis reverencias a los pies de vuestro Rey; y que incline mi cabeza, que quiere mirar siempre de frente al sol de la Verdad, ante las reivindicaciones de vuestro programa político…» 

Aquella reunión fue comentada en la revista porteña Caras y Caretas, (7) destacando que

«los numerosos carlistas residentes en Buenos Aires celebraron el domingo los días de su rey Don Carlos, con una interesante fiesta realizada en los salones de El Legitimista Español. En el local, adornado con banderas americanas y españolas, se sirvió un lunch a la concurrencia. El representante de Don Carlos en América y a la vez presidente de la Comisión de Propaganda Carlista, señor Francisco de P. Oller, pronunció elocuentes frases en honor del pretendiente a la corona de España. Hablaron además el señor Rómulo D.Carbia y el doctor C. Goyena.» 

Reunión carlista comentada en la revista Caras y Caretas (véase aquí)

El Legitimista Español desarrolló su labor periodística durante catorce años, editándose su último número el 31 de enero de 1912, alcanzando 174 números.

Tres años después, en 1915, Francisco de Paula Oller, en su carácter de representante del príncipe D. Jaime de Borbón, por aquel entonces sucesor de Don Carlos VII, fundaba la revista España, órgano del partido jaimista en Buenos Aires, publicación esta de vida efímera. [nota nuestra: en realidad, la revista «España» se publicó hasta 1929 y desapareció debido a graves problemas de salud de Oller ese año (véase la siguiente nota de prensa) si bien creemos que se habría mantenido leal a Don Jaime solo hasta 1919 debido al mellismo de Oller]

Cabecera del periódico bonaerense El Requeté (1938-1943)

Los carlistas porteños, con algunas interrupciones, contaron con varias publicaciones nutridas en su amor por la causa legitimista, como lo fueron Boina Roja aparecida entre los años 1934 y 1936, el Boletín Tradicionalista, también fundada por Francisco de Paula Oller, editada por los años 1938 a 1940, seguida por El Requeté que, sin mención de sus editores, se difundió entre los años 1938 a 1943. A partir de la desaparición de esta publicación debieron pasar muchos años sin que el Carlismo contara con un medio de difusión, hasta que, desde el 10 de marzo de 1997, la Hermandad Tradicionalista Carlos VII (8) comenzara la edición de las Publicaciones de la Sociedad de Estudios Tradicionalistas Don Juan Vázquez de Mella y Cuadernos de Divulgación, difundiendo el ideal carlista y la doctrina de sus grandes pensadores. Esta publicación se editó hasta junio de 2001. Animada por el éxito alcanzado por esta publicación la Hermandad Carlos VII encaró la edición de una nueva revista de mejorada presentación, continuadora de la anterior, con el sugestivo nombre de Custodia de la Tradición Hispánica cuyo primer número se publicó en junio de 2002, con un mayor formato, tapa ilustrada a todo color y de mayor tirada. Al mismo tiempo la Hermandad continúa editando los Cuadernos de Divulgación que, como suplementos extraordinarios de la revista Custodia, están destinados a la difusión de trabajos de mayor envergadura.

Así, en apretada síntesis, relatamos las circunstancias históricas y políticas que originaron la aparición de una prensa carlista en el Río de la Plata, registrando seguidamente las distintas publicaciones que, a partir de El Legitimista Español, fundado en 1898 por don Francisco de Paula Oller, vienen difundiendo en nuestro medio los ideales de la monarquía legitimista española y los fundamentos de la verdadera tradición hispánica y católica.

Bernardo Lozier Almazán 

Notas 

1) Por aquella época, una vez concluidas las hostilidades en la región del Este, Alfonso (XII) concentró unos 150.000 hombres en el Norte, mientras que las fuerzas carlistas apenas sumaban 35.000 efectivos en la región vasconavarra agotadas económicamente. 
2) La dedicatoria estaba fechada en Buenos Aires el mismo 24 de agosto de 1887 y está registrada en el “Ramillete de Flores Republicanas ofrecido a Don Carlos en su reciente viaje a las Américas”, obra de Francisco de Paula Oller, páginas 326 y 327. 
3) Alférez, Gabriel.: Historia del Carlismo. Editorial Actas. Colección Hernando de Larramendi. Madrid, 1995, p.180. 
4) Diario La Nación. Número especial en el Centenario de la Proclamación de la Independencia. 1816 -9 de julio – 1916. “El periodismo español en la Argentina”, p.257 y 258. 
5) Roldán González, Enrique. Prensa Tradicionalista Carlista. Existente en la Hemeroteca Municipal de Sevilla. Recopilada e investigada por … Sevilla 1889. 
Lozier Almazán, Bernardo. Presencia Carlista en Buenos Aires. Buenos Aires, 2002, Editorial Santiago Apóstol, 87 páginas. 
6) El Legitimista Español tuvo su primera sede en la calle Tacuarí 83, hasta que en 1899 se trasladó a la calle San Martín 417, en 1901 a Reconquista 476 y por último desde 1902 en Belgrano 1658. 
7) Revista “Caras y Caretas”, año VIII, 11 de diciembre de 1905, N° 371. La nota está ilustrada con dos fotografías, una de ellas es un retrato de “Don Carlos, pretendiente a la corona de España”; la otra muestra a “Don Francisco de P. Oller, representante en Sud América de Don Carlos, y concurrentes a la fiesta”, según sus respectivos epígrafes. 
8) Fundada en Buenos Aires el 25 de julio de 1996, para estudiar y difundir el pensamiento Carlista y formar un movimiento de opinión acorde con su ideario socio político. [web y página de Facebook]