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miércoles, 20 de enero de 2021

Valores tradicionales: Crónica de una saga de maestros

Hemos recibido el interesante libro «Valores tradicionales: Crónica de una saga de maestros» (Penguin Random House, 2020, 449 págs.), por Carlos Font Guerrero, recientemente a la venta en papel y en formato digital. Su autor, maestro jubilado, ha tenido la amabilidad de regalarnos dos ejemplares, uno de ellos para uso y disfrute de los integrantes del Círculo Tradicionalista de Granada «General Carlos Calderón». 

Aunque su título no permita intuirlo, buena parte de la obra se dedica a narrar con todo detalle y en más de cien páginas (del capítulo 20 al 35) las andanzas carlistas del cordobés de nacimiento y granadino de adopción Carlos Cruz Rodríguez, bisabuelo del autor. Y lo hace de forma en parte novelada, pero bien documentada, con muchos textos originales y un rigor histórico que suele echarse en falta en no pocos historiadores que tocan el tema de la Santa Causa. Estas páginas darían perfectamente para un libro aparte, pero Carlos Font ha estimado oportuno incluirlas junto con la historia de sus otros ascendientes, íntimamente ligada a la de España y sus guerras intestinas, desde la de 1833-1840 hasta la de 1936-1939. 

A través de los textos que dejó escritos –y que se reproducen en el libro–, Font ha podido recrear la actuación política y militar de su bisabuelo, que es la parte que más nos interesa. Carlos Cruz estudiaba magisterio en Granada cuando sobrevino a España la desastrosa revolución de Septiembre de 1868, cuyos excesos permitieron el resurgir del carlismo. Él mismo cuenta cómo constituyó la Junta carlista de Belicena y cómo en 1872 colaboró al triunfo de la candidatura como diputado a Cortes por Santa Fe de su correligionario y amigo Carlos Calderón y Vasco, de quien tanto hemos hablado en otras ocasiones. Al igual que Calderón, Cruz tomó parte poco después en la tercera guerra carlista; en 1873 acaudilló incluso una de las tres partidas carlistas que se alzaron en la provincia de Granada y, tras esta peripecia tan poco conocida, marchó al Norte, combatiendo a las órdenes del General Ollo y padeciendo después la emigración. 

La lectura de este libro, especialmente de los fragmentos autobiográficos de Carlos Cruz Rodríguez, nos ha recordado mucho a otro titulado «Recuerdos de un carlista andaluz (un cruzado de la causa)» (1982) sobre los hechos no menos heroicos en esa misma guerra del alcalaíno Rufino Peinado, a cuyos descendientes tuvimos también ocasión de conocer hace cosa de año y medio. 

Como única nota negativa –sin desmerecer por ello el conjunto– hemos de advertir que en su epílogo Font hace un alegato en favor de la democracia liberal y pinta las guerras carlistas y la Cruzada de Liberación (que él no llama así, evidentemente) como luchas fratricidas causantes del retraso de España. Pero este análisis, que está en plena consonancia con la historiografía oficial, se olvida de Napoleón, de Bolívar, de Riego, de la acción de las logias masónicas, de las matanzas de frailes, de las desamortizaciones, de las quemas de iglesias, de los incesantes pronunciamientos liberales, de los cantonalistas, de los filibusteros, de los yankees, de Abd el-Krim, de la Semana Trágica, del terrorismo anarquista, de las huelgas violentas, de los separatismos, de la injerencia de Stalin en nuestra patria y de un largo etcétera en que nada tuvo que ver el carlismo, salvo por el hecho de querer poner remedio a todo ello. 

Y es que los carlistas, que amamos profundamente a España, la hemos deseado ver en todo momento próspera y en paz, alejada de las convulsiones que a la larga acarrea siempre el sistema demoliberal, pues éste, al negar la autoridad de Dios sobre la sociedad entera, elimina todo principio de orden y autoridad. Y aunque las nuevas pedagogías no incidan en ello, las consecuencias de esta pérdida de autoridad las sienten como nadie los maestros. 

miércoles, 23 de diciembre de 2020

Lectura para acabar el año: «La sociedad tradicional y sus enemigos» (2019), por José Miguel Gambra

En estas Pascuas de Navidad y para finalizar el año, queremos recomendar la lectura del libro La sociedad tradicional y sus enemigos, escrito por el Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista, D. José Miguel Gambra. Su primera edición fue en 2019, aunque se ha presentado este año 2020. Esta obra imprescindible para todo tradicionalista puede adquirirse por solo 14,25 € en cualquiera de los siguientes enlaces:

* La sociedad tradicional y sus enemigos en Guillermo Escobar Editor
La sociedad tradicional y sus enemigos en Librería Balmes
* La sociedad tradicional y sus enemigos en Casa del Libro
* La sociedad tradicional y sus enemigos en Marcial Pons
La sociedad tradicional y sus enemigos en FNAC
La sociedad tradicional y sus enemigos en El Corte Inglés



Descripción:

Los tiempos modernos han sido el escenario de las guerras más cruentas y sanguinarias de la historia. Aun con distintas máscaras, sus protagonistas han sido siempre los mismos, el liberalismo y el totalitarismo, enfrentados a muerte a raíz, justamente, de los comunes prejuicios filosóficos en que ambos se basan. Uno y otro, amén de teñir de sangre la historia, reducen la existencia humana, individual y colectiva, a la más desgraciada servidumbre. En el caso del totalitarismo, por principio. En el del liberalismo, como inevitable consecuencia de hecho.

Este es, en pocas palabras, el diagnóstico tradicionalista sobre la modernidad. Las páginas de este libro desentrañan las premisas comunes de lo que en realidad es una gigantesca guerra intestina entre dos hermanos deudores de la misma ideología. Sin embargo, su planteamiento no es, al estilo moderno, el de una crítica formal, abstracta, externa... En La sociedad tradicional y sus enemigos, José Miguel Gambra expone cabalmente los rasgos definitorios del legado carlista y los caracteres de la única tradición, de origen divino, a la que según sus principios el hombre debe someterse. Solo a partir de la elucidación de esta tradición, que no es otra que la tradición de las Españas, le será dado al autor mostrar, en su verdadero alcance, la monstruosidad de aquellas premisas.

Presentación del libro en Murcia:

viernes, 20 de noviembre de 2020

El alpujarreño General Arévalo, al servicio del Altar y del Trono en cuatro guerras

Los lectores asiduos de nuestro cuaderno de bitácora habrán sin duda leído acerca del General carlista granadino Carlos Calderón y Vasco, del que tanto hemos hablado en otras ocasiones. Este bizarro caballero español, que da nombre al actual Círculo Tradicionalista de Granada “General Carlos Calderón”, no es, sin embargo, el único natural del reino de Granada que llegó a lo más alto del escalafón militar carlista.

En entradas anteriores hemos hablado del no menos heroico Brigadier carlista granadino Manuel Fernández de Prada, Marqués de las Torres de Orán y en esta ocasión nos disponemos a escribir sobre el General fernandino y carlista José María de Arévalo, que nació tal día como hoy, un 20 de noviembre del año 1791. Este pundonoroso militar combatió por la bandera sagrada de Dios, la Patria y el Rey en nada menos que cuatro cruentas guerras civiles, que mejor cabría definir como cruzadas. Murió en el exilio y casi en la indigencia, pero con el consuelo de recibir, poco antes de expirar, el cariño de la Familia Real proscrita en febrero de 1869.

En el mes de marzo de ese mismo año, se agolpaba la gente a una de las principales tiendas de la Puerta del Sol a contemplar con cierto sentimiento que se admiraba de encontrar dentro de sí un cuadro en ella expuesto. Representaba a un anciano moribundo en un pobre lecho de un modestísimo cuarto, y sobre el cual e inclinaban tristemente, silenciosos y visiblemente conmovidos, un apuesto joven y una elegantísima señora de la misma edad, cuyo noble porte daba claras muestras de la alteza de su cuna. El cuadro representaba la muerte del general Arévalo, visitado en aquellos supremos instantes por Don Carlos VII y su esposa, Doña Margarita.

El General Arévalo retratado en un
álbum de personalidades carlistas

José María de Arévalo nació en Capileira (reino de Granada) en 1791. A los 16 años, en octubre de 1808, obtuvo la gracia de cadete en el Colegio de Caballeros Cadetes de Granada, en el que en enero del año siguiente fue promovido a subteniente, pasando destinado al Regimiento de la Alpujarra.

Luchó en la Guerra de la Independencia, enfrentándose a los franceses en 1809 en Aranjuez, Almonacid y Ocaña, hallándose en 1811 en el reconocimiento de la Silla del Moro (Granada) e interviniendo en 1812 en la acción de Vélez Rubio (Almería), en la de las alturas de San Martín de Baza (Granada) y en la defensa del castillo de Caravaca (Murcia), haciéndolo en 1813 en el sitio de Murviedro (Valencia) y en el de Tarragona. En 1812 había sido ascendido a teniente.

Destinado en 1815 al Regimiento de Ultonia, tres años después fue trasladado al de Voluntarios de Castilla, pasando poco después a la situación de retirado en Murviedro.

Al producirse la revolución liberal de 1820 no se unió a ella, por lo que fue sometido a procedimiento sumarial, huyendo en 1823 y uniéndose, al mando de veinte hombres, a las fuerzas realistas del general Samper, quien le concedió el empleo de capitán y con el que intervino en la toma de Vinaroz y en los dos sitios de Valencia.

El 27 de abril de 1823, durante el primer sitio de la plaza de Valencia, los constitucionales se apoderaron del convento de Corpus Christi. Hallándose el comandante Arévalo de jefe de la línea avanzada del Quarte, logró penetrar el primero en dicho convento, desalojando de él a los enemigos que lo ocupaban, después de un reñido combate que duró más de diez horas y con sólo cuarenta hombres contra más de doscientos que tenazmente lo defendían, causándole la pérdida de catorce hombres e hiriendo a veinte más. Se destacó con igual valor y bizarría en la salida que hicieron los enemigos, en número de quinientos hombres, el día 29 de abril con el fin de destruir las obras del citado Cantón, a los que rechazó al mando de sólo ciento cincuenta hombres y consiguió encerrar en la plaza, sin que lograsen su intento.

También persiguió, al mando de una columna, a la partida del llamado “sastre Francisco”, a quien derrotó cerca de Turís (Valencia), participando seguidamente en el levantamiento del sitio de Murviedro y en el sitio y rendición de la plaza de Alicante.

Los años siguientes sirvió en el 1.er Regimiento de Tiradores y en el de Córdoba, solicitando en junio de 1825 la licencia ilimitada, que le fue concedida. Estando en esta situación recibió en el mes de septiembre de 1826 la Cruz de San Fernando de 2.ª clase, Laureada, en recompensa de las acciones realizadas durante el primer sitio de Valencia.
El General Arévalo retratado en la
obra Bocetos tradicionalistas.

Era ya comandante de Infantería en el Ejército isabelino cuando en el año 1835 solicitó y obtuvo su licencia absoluta para presentarse a principios del siguiente mes de junio al general carlista Cabrera.

La justa fama de jefe de claro talento y vasta ilustración, sobre todo en asuntos militares, de que el señor de Arévalo llegó precedido al campo carlista dio lugar a que el caudillo tortosino le nombrara secretario suyo y e confiriese poco después la dirección de las ''Academias'' que creó en las tropas de su mando a fin de que sus subordinados adquiriesen el mayor grado posible de cultura, especialmente en lo relativo al arte de la guerra, debiéndose, por lo tanto, muy en particular a José María de Arévalo la formación de aquella distinguida y bizarra oficialidad del Ejército carlista del Centro que, tan gallardamente dirigido por el General Conde de Morella, se cubrió de gloria militar en tantos y tan sangrientos combates, lo mismo en los días de los éxitos que en los de las retiradas.

La vida del jefe carlista Arévalo fue íntimamente unida a la historia de la primera guerra civil por Aragón, Valencia y Murcia; describir ésta sería preciso para detallar los servicios de aquél, porque en cuanto D. Ramón Cabrera recibió el nombramiento de Comandante General Carlista del Bajo Aragón, nombró Jefe de Estado Mayor de su División al señor de Arévalo; bástenos, pues, recordar que éste se distinguió más particularmente en las acciones de Chert, Prat de Compte, Azuara, Zurita, La Yesa, Muniesa, Alcanar, Terrer, Cantavieja, Puente de Alcance, Torrecilla, Cherta, Siete Aguas, Plá del Pau, Maella, Carboneras, Morella y, sobre todo, en Chulilla, la última victoria de los carlistas del Centro, que fue dirigida por el jefe Arévalo, cogiendo unos setecientos prisioneros al General Ortiz.

Cuando el General Cabrera salió del Centro con la expedición del General Gómez Damas, dejó al señor de Arévaol de Comandante General interino del Bajo Aragón, trasmitiéndole todas sus facultades; tal era la confianza que le inspiraba su Jefe de Estado-Mayor.

Al concluir la primera guerra civil era ya Mariscal de Campo carlista D. José M.ª de Arévalo, y honraba su pecho, entre otras varias condecoraciones, con la Gran Cruz de la Real y Americana Orden de Isabel la Católica y con la Cruz de primera clase de la Real y Militar Orden de San Fernando.

En Francia permaneció emigrado el General carlista Arévalo hasta que en 1847 fue a Gibraltar, desde donde se trasladó a su país natal, Las Alpujarras, con el cargo de Jefe de Estado-Mayor del Teniente General carlista Gómez Damas encargado por Carlos VI de promover un levantamiento en Andalucía; pero aquel proyecto fracasó y entonces aquellos dos bravos generales carlistas hubieron de trasladarse a Inglaterra para volver más tarde a Francia, pues ambos prefirieron morir en la expatriación antes que reconocer a la Reina cuyo trono habían combatido con las armas en la mano.
La visita de los Reyes al General Arévalo
narrada por el periódico parisino L'Union
y traducida por La Esperanza (9/2/1869).

Cuando fue destronada Doña Isabel, al reorganizar Don Carlos sus fuerzas, promovió a Teniente General al señor de Arévalo, y le destinó a su Consejo de París, capital en la que falleció cristianamente aquel bravo, entendido y leal veterano poco después, teniendo el consuelo de verse asistido en su última enfermedad por la augusta señora Doña Margarita de Borbón, el ''Angel de la Caridad'', como la apellidaron los enfermos y los heridos, tanto del campo liberal como del campo carlista.

El insigne Aparisi y Guijarro relató así sus últimos instantes:

Casi vivía de limosna el teniente general Arévalo; ya dije que doña Margarita le consoló y él la bendijo; ahora añado que cuando D. Carlos le abrazó moribundo, el valiente guerrero se echó a llorar.

Carlos VII presidió el funeral. En cementerio del P. Lachaise, según la pía y noble costumbre de España, no se pronunció ningún discurso. Pero ninguno de los leales servidores de Carlos VII pudo contenerse, y de todos los corazones después de las preces, salió el mismo grito, que pronto levantaría ecos por doquier: «¡Viva Carlos VII!»

Su fidelidad a nuestra bandera perduró en su descendencia a lo largo de generaciones. Un hijo suyo, José Arévalo Brugada, fue fusilado por los liberales en la primera guerra. Su yerno, el brigadier Antonio Santa-Pau Cardos, combatió por Carlos VII en la tercera junto a sus hijos (nietos del General Arévalo) Francisco, Antonio y José María Santa-Pau y Arévalo. Y varios nietos de este último (tataranietos del General Arévalo) lucharon en la última Cruzada: Luis Arturo y José María Angulo de Santa Pau murieron ambos por Dios y por España; y Jaime Angulo de Santa Pau se alistó al Tercio de Requetés María de Molina y sirvió después en diferentes unidades del Ejército nacional. Aquí puede verse, en una sola familia, la continuidad venerable de los principios salvadores de nuestra Patria, defendidos con la pluma y con las armas hasta en seis ocasiones, desde la guerra de Independencia hasta la Cruzada de Liberación.


Fuentes:

* Isabel Sánchez, José Luis: José María Arévalo en el Diccionario Biográfico Español.
* Barón de Artagan: José María Arévalo en Bocetos tradicionalistas (1912), pp. 109-111.
* Aparisi y Guijarro, Antonio: Opúsculos, tomo IV, p. 121.

lunes, 16 de noviembre de 2020

«Los conservadores», artículo escrito en 1875 por los carlistas en armas contra el conservadurismo liberal


Visión satírica del "pronunciamiento de Sagunto".

El conservador es el genio del mal en este mundo; es un monstruo anfibio, sin cola ni cabeza, porque ha abandonado aquella entre los demagogos, y ésta entre los católicos, para concentrar toda su vida en el estómago. Colocado entre los socialistas, que combaten par la verdad lógica derivada de la libre razón, y los católicos, que mueren por la verdad eterna, que es Dios, el conservador, incapaz de morir por nada, pretende defender el justo medio, y se cierne en el aire como el alma de Garibay, sin punto de apoyo donde fijarse. Vive de las desgracias de los que se baten por sus derechos y de los que luchan por sus deberes. No cree en Dios, pero se une á los católicos para indignarse contra los demagogos que lo niegan, y se reúne también á los demagogos para reírse de los católicos, que lo adoran. Dícese católico, y profesa la libertad de cultos; llámase monárquico, y proclama al pueblo rey. Si el católico le arguye en nombre de la Religión, responde que la Religión no tiene nada que ver con la política. Si el patriota saca las consecuencias de la libertad, se declara ante todo conservador del orden. Búrlase de los que defendemos el derecho divino y el divino origen de la autoridad, oponiéndonos el dogma infalible de la soberanía popular; pero al mismo tiempo lanza sus rayos contra los que gritan que el gobierno del pueblo es la república con todas sus consecuencias. Cuando el populacho exaltado pone en peligro su existencia, saluda al sacerdote y acoge á la Iglesia, dándose golpes de pecho para que la demagogia no triunfe. Cuando los católicos triunfan, únese al exaltado populacho, y quema iglesias y degüella frailes. 

El es el mismo que, tratándose de una manifestación contra los demócratas, se alía con los carlistas para iluminar por el Papa; el mismo que en las jornadas de Somorrostro, en que amenazaban los carlistas, reunía á las damas de la aristocracia para que fabricasen hilas para los soldados de la república; el mismo que ahora fabricará balas para aplastar á los republicanos y a los carlistas. No creyendo en Dios ni en el diablo, en la monarquía ni en la república, y uniéndose, ya a los carlistas para batir á los republicanos, ya a los republicanos para batir a los monárquicos, siempre está dispuesto a ser hipócrita en religión y traidor a la libertad, con tal de que el estómago esté satisfecho. Cujus Deus venter est

Es el tipo más siniestro, más odioso, más pérfido, más corrompido en política; pero el más hábil, toda vez que al egoísmo de esos miserables, incapaces de sentir y creer, se llama hoy habilidad. A estos argumentos que nosotros le dirigimos, y a otros que le puedan dirigir los defensores de la democracia, este cobarde, que a falta de armas nobles esgrime siempre su única arma, la mentira, responderá solapadamente que él es católico, pero no fanático; que es liberal, pero no demagogo. Y así seguirá su brillante carrera, prosperando, conservando siempre la fortuna que ha amasado con la sangre del pueblo que le deja vivir en sus entrañas. Y así, esos vampiros continuarán coadyuvando a que en la infeliz España medio pueblo se degüelle con el otro medio, por conservarse ellos en el poder. Y en el poderse mantendrán, pretextando, por un lado, que el tiempo de la monarquía legítima pasó para no volver, y, por otro, que el pueblo no está todavía bien educado para la libertad... ¡Y así lograrán su doble infernal objeto de explotar al pueblo y de corromperle; de matar su virilidad, pudriendo su alma, para mejor dominarle y manejarle! 

¡Oh, no! Eso no será siempre ni por mucho tiempo; no puede ser. Cuando España entera ha enviado lo más llorido de su juventud, lo más sano y honrado de su población, a morir por la santa idea de nuestros padres, y no ha tenido un solo pueblo, una voz sola que haya salido a los campos a aclamar y a derramar su sangre por el hijo de doña Isabel; cuando para desplegar al viento su bandera el alfonsismo ha aguardado al momento en que el carlismo triunfante amenazaba a la revolución impotente, para aprovecharse de un motín y hacer causa común con ella, es que está bien convencido de que solo por sorpresa, en última extremidad, y como remedio desesperado para prolongar la agonía de la desacreditada revolución, puede ser tolerado por la fatigada opinión pública. Su bandera, en efecto, es la misma bandera revolucionaria, reforzada de hipocresía y de maldad. 

Los carlistas de España entera la conocen bien desde ha cuarenta años. Aquello que cayó seis años ha por corrompido y funesto, no puede sostenerse hoy con los mismos hombres e iguales procedimientos. Solo puede servir para aumentar más y más la discordia en el campo enemigo, y bajo este punto de vista nos tenemos que felicitar de lo que está sucediendo estos días. 

Empezamos la guerra cuando reinaba D. Amadeo, y D. Amadeo cayó, y cayó la república, y ha caído la dictadura. Caerá también, y pronto, el hijo de doña Isabel, si por ventura llega a Madrid. Ellos son siempre los mismos hombres, con el mismo ejército y las mismas ideas, y con los mismos procedimientos. 

Nosotros también somos los de siempre, siempre leales, siempre honrados, siempre carlistas hasta morir. Ellos, o nosotros. No hay medio. Hasta aquí hemos dicho: ¡vencer ó morir! Desde hoy, seguros de que el enemigo, cambiando de postura y de careta, revela su impotencia incurable, haremos como los soldados de Fabio, que no juraron morir o vencer, sino volver vencedores, y vencieron en efecto.

El Cuartel Real, Tolosa 5 de enero de 1875

martes, 3 de noviembre de 2020

Reflexiones de primera ola (I). Los cimientos de la sociedad al descubierto

Hay quién dice que son las circunstancias de crisis y de mayor necesidad las que demuestran la casta de la que están hechas las personas. Quién, en un momento de necesidad, huiría cobardemente, se quedaría al pie del cañón, o permanecería paralizado del terror. Así pues, de la misma manera en que las antiguas oligarquías urbanas eran las primeras en huir de las ciudades cuando estallaba una epidemia de peste, otra epidemia (no tan grave) nos ha mostrado de qué madera está hecha nuestra sociedad. Nos ha enseñado cómo está hecha.

Lo primero que nos ha enseñado, o más bien recordado, la epidemia, ha sido la reiteración de que la naturaleza humana es una naturaleza social, y que la sociedad se basa en nuestra dependencia mutua. El confinamiento nos ha reducido a un aislamiento y una soledad que nos ha pasado factura a nivel psicológico, y nos ha mostrado la importancia de nuestras amistades y nuestras relaciones con nuestros semejantes. En particular, la ola más dura de la epidemia nos ha vuelto a demostrar la importancia que tiene la familia: muchas veces dispersa y con padres o abuelos de gran edad, y otros familiares de salud vulnerable, los más afortunados hemos estado pendientes durante el confinamiento del estado de salud de nuestros parientes, y los más desafortunados han experimentado en sus propias carnes el dolor y el suplicio por la separación.

A su vez, el aislamiento a nivel económico nos ha mostrado la dependencia que tenemos los unos a los otros en todos los niveles: tanto la incapacidad de trabajar en confinamiento y ganar dinero, como la incapacidad de salir a comprar, o de tener un fontanero u otros servicios a mano en situaciones imprevistas. En esto, cabe mencionar las profesiones esenciales, las profesiones verdaderamente indispensables para el funcionamiento de la sociedad y que ni en una situación de confinamiento se ha podido renunciar: sector alimenticio, transportes, policía, sector médico, encargados de la electricidad y el agua… De igual manera, la Iglesia Católica ha demostrado cumplir una importante funcionalidad social para frenar los efectos económicos del confinamiento y la interrupción total de los ingresos, y el Ejército y las Fuerzas Armadas, además de ser unidades complementarias en cualquier situación de emergencia, han demostrado su necesidad de defensa militar ante las diversas noticias de los movimientos militares de Marruecos o la invasión por otros países de aguas territoriales españolas.

De la propia naturaleza humana, también hemos visto cómo es verdad eso de que «no sólo de pan vive el hombre»: que el hombre no sólo necesita seguir respirando y poder alimentarse para seguir vivo. Con todo el confinamiento, hemos vivido no sólo el clima de angustia de vernos encerrados en nuestras casas –mucho más grave para aquellos que sólo pueden llamar “casa” a un espacio de unos pocos metros cuadrados—, sino también por la monotonía: no salir, no poder hacer nada o hacer siempre lo mismo. Es en este contexto, en que muchos se han entusiasmado por la lectura, el deporte o incluso la televisión; y es que (y forzoso es reconocerlo), los que llevan los medios de comunicación han ocupado una función clave para tener a muchos entretenidos y que no saltasen (literalmente) por la ventana. También es necesario mencionar la importancia de la asistencia religiosa durante la epidemia, especialmente a los miles de familias que se han enfrentado a lo peor en los momentos más duros, y en los que los capellanes de hospital y los religiosos que han prestado en general su asistencia han sido fundamentales. No sólo de pan vive el hombre. El ser humano también necesita las condiciones para sentirse plenamente realizado a nivel psicológico, religioso, físico y cultural aparte de los alimentos y de las condiciones materiales, aunque tanto el sentido común como las circunstancias nos demuestran que son fundamentales. La familia como célula de la sociedad y la realización no sólo material de la vida humana –pero también material, que conste— son los elementos claves que debe tener en cuenta una sociedad bien organizada.

En estos momentos, también hemos sido testigos como de la grandísima maldad y estupidez presentes en el ser humano. Adolescentes (y no tan adolescentes) que se van a fiestas multitudinarias a pesar del riesgo de contagio (y estoy hablando de la primera ola), turistas que se creen que el estado de emergencia son unas vacaciones que puedes pasar en la playa o en el pueblo –y de eso en la costa sabemos bastante—, okupas que aprovechan la situación para pegarse la fiesta madre en un chalet de lujo, empresarios, estafadores y usureros que se aprovechan del mal común para hacer fortuna, instituciones que aprovechan la incapacidad de reacción para introducir medidas a favor de sus propios intereses –esto en la Universidad de Granada ha pasado— y así un largo etcétera. Esto nos reafirma la naturaleza caída del hombre. Pero también nos da una importante lección en política, y es que no siempre es conveniente dejar las cosas a libre elección de las personas: tanto por parte de un solo imprudente que puede contagiar a miles, como una empresa libre de poner sus precios y condiciones que ante una situación de urgencia pone precios elevadísimos a un producto de alta necesidad, o condiciones draconianas para ganar ingresos, como obligar a trabajar a enfermos graves. Una sociedad libertaria o anarquista se vendrá abajo en el mismo momento en que estalle una situación que requiera disciplina social y capacidad de coacción hacia sus elementos más indeseables.

jueves, 20 de agosto de 2020

Reseña: «Fracasología. España y sus élites: de los afrancesados a nuestros días», de Elvira Roca Barea

 

Fracasología. España y sus élites: de los afrancesados a nuestros días. María Elvira Roca Barea. Espasa (Barcelona). 2019. 526 pp.

Fracasología. España y sus élites: de los afrancesados a nuestros días. 
María Elvira Roca Barea. Espas a(Barcelona). 2019. 526 pp.




Hace un par de años, reseñamos en este blog Imperiofobia y Leyenda Negra. Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio español, de María Elvira Roca Barea. Para refrescarles la memoria, el concepto de «imperiofobia» hace referencia a la propaganda negativa que sufren los imperios o potencias hegemónicas por parte de pueblos dominados, rebeldes y rivales como una reacción a su posición predominante: es en este marco dónde se enmarca la Leyenda Negra contra España. Pues bien, el año pasado (2019) salió la continuación natural de este ensayo, «Fracasología, España y sus élites: de los afrancesados a nuestros días», de la mano de la editorial Espasa; y, ahora, es hora de hacer nuestra correspondiente reseña.

Como hemos adelantado, Fracasología. España y sus élites: de los afrancesados a nuestros días es la continuación natural de Imperiofobia y Leyenda Negra…, y explora el hecho insólito más conocido de la Leyenda Negra: su aceptación por los propios españoles. Como reza el subtítulo, «España y sus élites: de los afrancesados a nuestros días», se da mayor atención por parte de este ensayo a las élites españolas y su aceptación  de la Leyenda Negra, partiendo de la figura del intelectual, tal y como se va perfilando en la Ilustración como un moldeador de la opinión pública, el cual va expresando una serie de ideas que se va a repitiendo a lo largo de obras, novelas y artículos de prensa, generando un ambiente intelectual que va introduciéndose en las clases medias, y finalmente a las masas como resultado de la extensión de sus ideas y prejuicios a la enseñanza pública, pasando así a la cultura popular.

La tesis general de esta obra es que a partir del Tratado de Westfalia se va constituyendo una especie de Nuevo Orden Cultural en Europa, en el que la cultura francesa adquiere primacía, y, con ella, se impone la hispanofobia francesa, alimentada a su vez por la derrota hispana en la Guerra de los Treinta Años y por la debilidad de la Monarquía de Carlos II; como resultado, se va configurando una nueva cultura europea, en la que España y su aportación a la civilización es ninguneada o incluso convertida en un tabú para las élites europeas. Sin embargo, esto no es suficiente para asumir los postulados hispanófobos franceses: Inglaterra, por ejemplo, llevó a cabo medidas para blindarse de la influencia cultural francesa, como la creación de sus propias Academias y su propia masonería. Para que la hispanofobia entre en España será fundamental la introducción de una dinastía francesa en el trono español: los Borbones. La consecuencia de la subida de los Borbones al trono español será que también se trasladarán los cánones y políticas culturales franceses al mundo hispano, trayendo una disociación entre la cultura popular, con un importante componente oral, y la cultura erudita, que se adoptará a los moldes franceses y europeos. De esta manera, se produce una situación de subordinación cultural de las élites españolas a las francesas: hay una predilección por obras del extranjero (con más autoridad), e incluso se consumen “Historias de España” escritas en Francia –con sus consiguientes prejuicios—, y se adopta acríticamente las doctrinas procedentes del extranjero. Como resultado, en España se asumen los prejuicios extranjeros sobre España, e incluso se adoptan medidas contraproducentes, como las relativas al Libre Comercio –copiadas de Inglaterra, que en cambio tenía unos aranceles altísimos— que dieron un golpe decisivo a la proto-industrialización de España en el XVIII. A esto se añade el tópico dieciochesco de la reforma, que presume un estado desorden en el país (y una visión pesimista-destructiva del mismo), y que se extenderá posteriormente durante los siglos XIX y XX (regeneracionismo). De igual manera, desde la esfera política se cultivarán determinadas críticas negativas, como las realizadas contra los Habsburgo por los Borbones, que según Barea será fundamentar para desprestigiar y silenciar este período (propiamente imperial), o de Franco sobre la época liberal hasta 1939, reforzando la idea de que «todo era un desorden hasta que llegó él», y todo esto para acabar en las tendencias auto-destructivas de la Transición y la Democracia.

El libro da o sugiere hipótesis muy interesantes, pero en general se puede decir que su calidad es bastante inferior a su predecesor. Adolece del victimismo o “pesimismo nacional” –tipo «estas cosas sólo pasan en este país»— que en principio pretende evitar. Su metodología no siempre es la más adecuada: en una ocasión, por ejemplo, al comparar el tratamiento de la expulsión de los judíos de España con la expulsión y persecución de los hugonotes en Francia hace una comparación de resultados de ambos temas en Dialnet, que es una página que ofrece el trabajo producido en el entorno universitario español, y no sería el más adecuado para comparar trabajos producidos en Francia con los producidos en España; igualmente, a la hora de hacer valoraciones generales, no estoy muy seguro de que búsqueda realizada sea lo más exhaustiva posible. Realiza afirmaciones bastante gratuitas o interpretaciones que atribuyen a otras causas las que no son sino causas políticas. Por ejemplo, se atribuye al imperio otomano su supervivencia hasta la Primera Guerra Mundial la inercia de sus estructuras imperiales, obviando –sin dejar de ser una causa posible— el interés geopolítico de Reino Unido en su supervivencia para evitar que Rusia u otra potencia se hiciera con el Bósforo; y se relaciona con la Leyenda Negra el hecho de que no se impusiera la idea de decadencia en Francia pero sí en España, a pesar de que Francia cuenta en su haber más desastres, obviando el hecho de que un país con tantos recursos demográficos y económicos como Francia está en mejor disposición de rehacerse de un desastre como Waterloo y lanzar una nueva campaña descabellada como las aventuras napoleónicas o el II Imperio, mientras que en España un desastre como Westfalia o el del 98 será irremediablemente más demoledor.

Otros aspectos que me resultan bastante negativos de la obra son el tratamiento a los Borbones y a los liberales. En primer lugar, se hace gala de un anti-borbonismo casi patológico, que constituye un verdadero peligro a la hora de asentar el tópico de Austrias buenos/Borbones malos, y más teniendo en cuenta el predicamento y la repercusión de las opiniones de Roca Barea. La autora achaca a los Borbones no sólo el afrancesamiento, la extranjerización y la ruptura con las prácticas tradicionales de los Habsburgo –hasta dónde su crítica es legítima—, sino la denigración y minusvaloración consciente del reinado de los Habsburgo, alimentando la Leyenda Negra dentro de España, y la transformación de España en una colonia francesa durante el reinado de Felipe V –no voy a ahondar en esta cuestión para evitar hacer la reseña demasiado larga, aunque tal vez lo trate en otra entrada en el futuro. En segundo lugar, cabe destacar el hecho de que la crítica a las élites liberales es bastante menos dura que a los afrancesados, incluso a pesar del interés que ofrecería el hacer un repaso de los efectos de múltiples medidas liberales e incluso la subordinación ya no cultural sino política de estas élites a los intereses extranjeros. El repaso a la época liberal se limita al breve período de sustitución de lo francés como modelo al que imitar servilmente por lo alemán (krausismo, kantismo…, en lo que sí hay críticas interesantes), el regeneracionismo y la adopción de las doctrinas racistas, como una ruptura del modelo internacional imperial y un modelo adoptado por los secesionismos. Pero lo que más me ha dolido en mi orgullo ha sido la consideración de los liberales de 1812 como una clase más nacional o castiza que los afrancesados, al ser clases medias (medias-altas, diría yo) alejadas del primer plano de la vida política y cultural, y por lo tanto de los moldes de la vida cortesana y afrancesada, reivindicando así la Constitución de 1812, aún a pesar de que la influencia extranjera en los moldes de ese pensamiento –las referencias a la constitución tradicional de la Monarquía nunca dejarán de ser máscaras para justificar la adopción de un modelo de pensamiento revolucionario,

A modo de conclusión, las tesis del libro son interesantes. Dan luz a la cuestión de la aceptación de la Leyenda Negra, la oposición entre España y Europa, y la decadencia del Imperio como resultado de la pérdida de la idea de que es posible civilizar y evangelizar a todos los pueblos al aceptar las doctrinas racistas fruto de la misma subordinación cultural que lleva a aceptar la Leyenda Negra. Pero la obra también tiene trabas, tanto a nivel de discurso como en su metodología, con múltiples afirmaciones fortuitas, y tal vez demasiado gusto por un relativo victimismo. El mayor problema radica en el anti-borbonismo excesivo que hemos mencionado, no tanto por su integración en la hipótesis del libro como en el desarrollo de un peligroso tópico como es el de «Austrias buenos, Borbones malos». De igual manera, el trato de los liberales revela las limitaciones del fenómeno Imperiofobia, que se reduce a la reivindicación del “Imperio” y de los Austrias y a la reacción contra el legado de la Ilustración, pero por lo demás se encuadra dentro de la cultura democrático-constitucional liberal.


lunes, 17 de agosto de 2020

Conmemoración de los mártires de La Garrofa

El pasado 15 de agosto, día de la Asunción de la Santísima Virgen, los carlistas hemos conmemorado en Almería los luctuosos hechos acaecidos hace 84 años en ese preciso día, en que fueron salvajemente asesinados por los rojos y arrojados al mar en la playa de La Garrofa los ejemplares católicos y patriotas Juan José Vivas-Pérez Bustos y Fructuoso Pérez Márquez, directores del diario tradicionalista LA INDEPENDENCIA, junto con otros muchos católicos almerienses. 

A las 10 de la mañana se celebró el santo sacrificio de la misa, por el rito romano tradicional, en la parroquia de Santiago Apóstol, en cuya homilía, el sacerdote oficiante, D. Francisco José Escámez Mañas, recordó a nuestros correligionarios martirizados, destacando sus virtudes cristianas y su disposición generosa a entregar sus vidas por Cristo.

Como pudimos comprobar, en la iglesia se halla un retrato del recientemente beatificado Juan José Vivas-Pérez, dirigente tradicionalista. Este mártir y católico intachable, lejos de ser un mero espectador pasivo de los acontecimientos (como desean presentarlo algunos para que coincida con su versión adulterada de la fe), se implicó plenamente en la conspiración contra la República marxista, facilitando un coche y dinero para ultimar los preparativos del glorioso Alzamiento Nacional, cosa que desconocían sin duda sus verdugos, quienes lo asesinaron sin juicio simplemente por su condición de católico consecuente.

Una imagen del beato Juan José Vivas-Pérez se halla en una de las capillas lateral de la iglesia

Concluida la santa misa, acudimos al cementerio de San José, donde reposan sus restos mortales, y procedimos a depositar un ramo de flores junto al panteón de la familia Vivas-Pérez, en la que se encuentra una lápida con la lista de los almerienses vilmente asesinados la madrugada del 15 de agosto de 1936, y que recibieron sepultura cristiana el 1 de junio de 1939, tras la liberación de la ciudad. 

La lista menciona los nombres de Juan José Vivas-Pérez Bustos, Luis Belda Soriano de Montoya, Antonio Bascuñana Jiménez, Julián González Bueso, Ángel Alcaraz Carretero, Eusebio Toranzo Martínez, Diego Ruiz Morata, José Díaz Aguilar, Ricardo Díaz Aguilar, Miguel Díaz Aguilar, Francisco Oliveros del Trell, Indalecio Palenzuela Palenzuela, Miguel Maldonado Matienzo, José Guirado Román, Antonio Lao Martínez, Alfredo Márquez Martínez, Juan Sáez Mirón, Francisco Ruano Úbeda, Francisco González Vera, Pastor Puig Peña, Fructuoso Pérez Márquez, José Fornieles Navarro, Rogelio Pomares Velázquez, Juan Gallardo del Rey, Andrés Santos Martínez, Juan Abella Mastrat y Mariano Ameta León, muertos todos ellos por Dios y por España.

Tras depositar el ramo y rezar el Ángelus, uno de nuestros correligionarios almerienses leyó las siguientes líneas cargadas de sentimiento:


Hoy hemos venido a hacer memoria de unos hechos que sucedieron en las vísperas del día de la asunción de la Santísima Virgen María del año 1936 en el paraje de la Garrofa, a las afueras de Almería, junto a la Carretera Nacional dirección a Málaga en el que fueron asesinados 27 personas, por “peligrosos derechistas” pero sobre todo por defensa de la Fe católica.

Estos hechos fueron una de las primeras sacas de la guerra civil en Almería. En los primeros días de la guerra fue tanto el número de personas detenidas que quedó desbordado  para su internamiento la prisión provincial, donde recurrieron para prisión el convento de Las Adoratrices, el colegio de La Salle, la fábrica de azúcar conocida como "El Ingenio" y los mercantes anclados en el puerto Astoy Mendi y Capitán Segarra. 

En esa madrugada del 15 de Agosto, fueron sacados del barco Astoy Mendi 27 detenidos  y trasladados a la Garrofa, donde fueron arrastrados por barcas para ahogarlos y hacerlos desaparecer en el fondo del mar; pero al final las mareas arrojaron algunos cuerpos a las playas del Zapillo.

A esta, siguieron otras muchas, en los que se recurrió a lugares más discretos como el barranco del Chisme (Vícar), el Pozo de La Lagarta (Tabernas) o el Pozo de Cantavieja (Tahal). Todos estos asesinatos de forma vil y con mucha saña se llevaron a cabo.

En total, en la provincia, incluidos los del Campo de "Trabajo" de Turón, fueron asesinados durante la guerra 687 almerienses sin condena previa, mientras que sólo 12 lo fueron en cumplimiento de sentencias judiciales.

La muerte de Juan José Vivas-Pérez Bustos y sus últimas palabras nos llenan especialmente de emoción. Tras haber sido torturado y obligado a limpiar inmundicias a principios de agosto en el barco Capitán Segarra, fue martirizado en la víspera de la Asunción en la playa de la Garrofa a sus treinta y cinco años. Cerró sus labios dirigiéndose a sus verdugos: «He vivido como cristiano y por cristiano me matáis. Para Dios nací y para Dios muero. ¡Viva Cristo Rey!» 


Seguidamente y como estaba programado, nos dirigimos a la playa de La Garrofa, donde la margarita navarra Carmen Ímaz (hija de otro mártir, el comandante Joaquín Ímaz Azcona, carlista asesinado por ETA) depositó también algunas flores ante el monumento en recuerdo de los 27 muertos por Dios y por España, que aún se conserva con las aspas de Borgoña del carlismo junto al sagrado símbolo de la Redención y el yugo y las flechas.



El delegado de la Comunión Tradicionalista en el Reino de Granada, Rodrigo Bueno, leyó allí mismo a los asistentes las palabras que los mismos directores de LA INDEPENDENCIA habían dedicado a los mártires de la Tradición en un artículo publicado tan solo un año antes, sin intuir siquiera que ellos mismos iban a acabar engrosando las filas de los numerosos mártires de la Santa Causa:

Los Mártires de la Tradición 
(10 de marzo) 

El recuerdo del héroe anónimo, del mártir ignorado, no es obra del sentimentalismo moderno, aunque sí es modernista su tendencia laica o irreligiosa. Antes que el soldado desconocido o la vejez del marino, vg., o el día del trabajo, de la madre o de la flor, flores todas de paganía o de entusiasmo sin Dios, el Cristianismo celebró sus fiestas piadosas por los ocultos héroes del santoral o del martirologio, honrándose la Iglesia española con los innumerables mártires de Zaragoza. Culmina el pío recuerdo al fiel desconocido, en los días de noviembre que conmemora a los Santos, y a los fieles difuntos...
El Tradicionalismo español del siglo XIX lo formara el grupo de españoles disconformes con la revolución liberal truncadora de nuestra historia, grupo fidelísímo a Dios, a la Patria y a la Legitimidad. Algo de selección, dicho sin modestia, como la familia de Noé, como los justos de la Pentápolis. 

Y con aires de lucha y reconquista, hijos de Covadonga y S. Juan de la Peña, los carlistas levantan bandera contra la Revolución enseñoreada de España y de Europa. Tres guerras civiles, es decir, tres cruzadas religiosas, no agotan ni pueden agotar las energías de la Tradición. Que si D. Carlos, al abandonar España, grita Volveré, no es una palabra vana, jactancia inútil de vencido, sino la esperanza en el providencialismo de la historia: pasan los siglos y las cruces de Asturias y Sobrarbe se clavan en las almenes de la Alhambra granadina. 
Y como al cruzar D. Carlos de Borbón la frontera francesa deja tras si las huellas imborrables de sacrificios, de abnegaciones y de martirios, no quiere el Señor que se borren de la memoria de los fieles, e instituye años adelante la fiesta de los Mártires de la Tradición el diez de marzo, aniversario de la muerte de su abuelo Carlos V, el Conde de Molina, primer monarca de la dinastía insobornable. 

Es fiesta cristiana, en que se reza por los caballeros del ideal, caballería española en donde caben los poderosos y los humildes, Zumalacárregui y el último voluntario, el soldado del Bruch y el vaquero de Bailén, los que murieron fusilados o regando con sangre el campo de batalla, los que sufrieron persecución de hambre, desprecio y abandono por su fidelidad a la España grande. 

Bendita sea esta fiesta cristiana de solidaridad española, en que los que rezan y luchan pueden ser los mártires del mañana... para que estos recen por ellos en ininterrumpida cadena de amor a España, pedestal de la patria del Cielo.

Después de estas palabras sumamente emotivas por quienes las escribieron (a quienes Dios sabe si algún día tendremos la gloria de imitar) y tras los cánticos de rigor, fuimos a almorzar a un restaurante costero y concluimos finalmente la jornada con la visita de la hermosa e imponente imagen del Sagrado Corazón de Jesús que se alza en el Cerro de San Cristóbal, la cual se encuentra en un estado de abandono del todo lamentable, con repugnantes grafitis en su base que nos llenan de dolor. 

Afortunadamente la enorme altura de este conjunto escultórico (construido en 1930, destruido por los rojos en 1936 y reconstruido por el régimen del 18 de julio) impide que la imagen en sí pueda ser profanada. Desde allí pudimos gritar a los cuatro vientos... 

¡VIVA CRISTO REY!


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