Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón

Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón leal a S.A.R. el Duque de Aranjuez Don Sixto Enrique de Borbón y al ideario católico-monárquico.
DIOS-PATRIA-REY

lunes, 29 de septiembre de 2014

LXXIII Aniversario del periodista D. Francisco Guerrero Vílchez

Francisco Guerrero Vílchez (1854-1941)
El 29 de septiembre de 1941 fallecía en Granada, a los 87 años de edad, D. Francisco Guerrero Vílchez, obrero y periodista granadino, fundador del periódico La Verdad, que consagró su larga vida a la defensa de Dios, España y la legitimidad. Fue gran amigo y benefactor de los obreros, para los que dispuso una biblioteca, y por la defensa del ideal tradicionalista hubo de sufrir balazos en los montes de Navarra, puñaladas callejeras, traiciones y hasta un encierro en la cárcel por un artículo que no gustó a los militares: Duro y a la cabeza.

Pese a todas las dificultades, no cejó en su empeño de devolver a España su sagrada tradición. Su periódico, «La Verdad», vivió más de 40 años, hasta el día de su muerte.


«El Pensamiento Navarro» publicaba el siguiente artículo con motivo de su fallecimiento:

Ha muerto en Granada un gran amigo y gran batallador : D. Francisco Guerrero Vílchez, Veterano carlista y Director y propietario del semanario «La Verdad», en el que tanto combatió por nuestros ideales que fueron los suyos, los que él llevó en su sangre, que la dio en su defensa en la última guerra carlista; los que él ha sostenido con tesón y lealtad hasta el mismo momento de morir. Era además Caballero de la Legitimidad Proscripta y lo que se dice un valeroso soldado de la Causa, al que no desanimaron las defecciones, ni las amarguras de la vida, ni las contrariedades, ni las desgracias de familia. Hombre de gran carácter, contra todo lu­chó con aquel ánimo que aun conservaba de sus tiempos mozos, de cuando peleó por las banderas de Don Carlos en el Norte, en la batalla de Lácar, en la que gustó del plomo enemigo por su valentía en el combate, combate en el que ha permanecido porque su temple y su espíritu no decayeron hasta los últimos días de Septiembre en que quedó enfermo para no levantarse más.



Todos los que militábamos en la Comunión Tradicionalista y tuvimos un puesto en las trincheras de la Prensa, conocimos y amamos con cariño a aquel caballero del Ideal que podía ser padre abuelo de todos nosotros en el periodismo. En los tiempos anodinos en que parecía no pasaba nada, pero que eran los peores, los que fraguaban el mal, en aquellos días en que las gentes vivían alegremente, sin ideales, sin preocupaciones, sin tener en cuenta que la monarquía liberal se desmoronaba y detrás venía el caos, en aquellos tiempos en que los insensatos se reían de nues­tros avisos, como en otras épocas se rieron de los de Aparisi y Mella, Guerrero Vílchez, haciendo honor a su apellido y a su espíritu en la hermosa Granada, entre las nieves de la Alpujarra y los hielos de la indiferencia, sostenía el ba­luarte del tradicionalismo y allí publicaba su semanario que hasta estos momentos ha seguido saliendo llevando en la cabecera el trilema Dios, Patria, Rey, en el que defendía los ideales tradicionales con el mismo garbo y ardor con que los defendió en su juventud en otro terreno. ¿Quién pensaba entonces en aquellas cosas «del absolutismo», como decían los necios? Por eso, los más no le hacían caso y otros se reían diciendo benévolamente: «Cosas de ese simpáti­co, pero arcaico anciano». Sandeces. Él podía exclamar como Donoso cuando no le escuchaban : Ya llegará el día en qué me tocará reír a mí. Y le tocó. Porque vio llorar atolondrados a los que antes se reían; cuando se desplomó lo que ellos no querían creer que se podía hundir, y más tarde vio también desplomarse a la República, a la que tantos otros —que no son conservadores de la constancia— se habían pegado buscando un acomodo. Guerrero Vílchez, desde su baluarte in­conmovible, pregonando la verdadera doctrina y anunciando todas las catás­trofes que habían de acontecer, contem­pló todos los derrumbamientos, los cam­bios pólíticos y las mudanzas en las per­sonas y él siguió adelante, impertérrito en la profesión y defensa de sus ideales, que los estimaba más santos, más verdaderos, cuanto más patente era el fra­caso de todo lo demás.

Lápida de D. Francisco Guerrero en el cementerio de Granada
Ha desaparecido aquel caballero de la Causa, aquella fortaleza espiritual que no reconocía barreras que se opusieran al desarrollo de sus doctrinas. Ochenta y ocho años al servicio de un mismo ideario, sin flaquear por el desánimo ni por la tibieza, le habían dado un pres­tigio y una aureola que podía exhibirla como el mejor blasón. ¿Quién podrá de­cir otro tanto? Por eso, su venerable persona era respetada en Granada. Era el respeto a una vida larga y ejemplar en el sacrificio, el respeto hacia un gran luchador que podía ofrecer como nadie el ejemplo de una lealtad acrisolada a una misma bandera y a quienes fueron sus Abanderados. Desde los días de su juventud en que combatió a la revolu­ción en los invictos Ejércitos del Rey Carlos, hasta el momento de morir, había sido el mismo y no había cesado de pelear en la misma trinchera. ¿Qué me­jor ejecutoria para obtener el respeto y la admiración no sólo de los que pen­saban como él, sino de los que habían sido distintos a él, que jamás podrían decir otro tanto?

Calle Periodista Francisco Guerrero Vílchez en Granada
Se nos va la pluma movida por la vehemencia y el cariño que sentíamos ha­cia el gran luchador al que no habrá quien le sustituya. Son hombres de otro tiempo, hombres de verdad, caracteres indomables que no debieran faltar, ro­bles de fortaleza espiritual y física que viven largos años, sin caer en la clau­dicación, para dar ejemplo de conse­cuencia y de fidelidad. Ya no veremos sus artículos entre los nuestros, que tan­tas veces los honró dándoles entrada en su brillante hoja de combate, porque don Francisco Guerrero Vílchez, Excelentísimo Señor Caballero de la Legitimidad Proscripta, Veterano Carlista y maestro de periodistas y de luchadores, que toda su vida ha estado en guerra contra la mentira revolucionaria, ha empezado a gozar de la paz eterna. Que Dios se la conceda y que nosotros no olvidemos a aquel gran amigo ni en nuestras ora­ciones, ni en nuestra vida para ajustarla con arreglo a la suya tan benemérita, tan cristiana, tan tradicionalista.


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Placeta Triviño en Granada, donde tuvo sus oficinas el periódico La Verdad.

La Verdad. Granada, diciembre de 1941

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