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miércoles, 7 de octubre de 2015

La batalla de Lepanto: la más grande ocasión que vieron los siglos


Por Rafael Gambra (7 de octubre 1971)

Cúmplese este 7 de octubre el cuarto centenario de la Victoría de Lepanto. En la hora que vivimos, sombría cual ninguna para la Cristiandad y para la conciencia nacional española, ningún contrapunto puede ofrecerse más estimulante que la evocación de esta fecha. Porque en ella culmina la gloria mayor de nuestra patria y la más alta plenitud de la Católica Cristiandad.

Mediado el siglo XVI la unidad interna de la Cristiandad empieza a cuartearse por la escisión protestante en la Europa Central, y, al mismo tiempo, los turcos —la última y más temible oleada de islamismo— acentuaba su presión en el Mediterráneo y en el corazón mismo de Hungría, a las puertas de una Europa escindida.

La batalla de Lepanto por Paolo Veronese
¿Qué habría sucedido si una postrera resistencia de la Cristiandad no hubiera conjurado el peligro deteniendo el lento avance otomano hacia Occidente? ¿Si un Pontífice en aquella coyuntura o el emperador en nombre de la Catolicidad se hubiera dirigido a Solimán el Magnífico para ofrecerle la paz basada en la "libertad religiosa" y la garantía de una "no resistencia armada" por tratarse de "motivos religiosos"?

La alternativa de aquella encrucijada histórica no hubiera sido otra que la de que hoy fuéramos musulmanes toda Europa, y América cuya colonización se estaba iniciando. O lo que es lo mismo: el definitivo triunfo del Islam y la completa extinción de la fe de Cristo sobre el Planeta. Hubo, sin embargo, un santo Pontífice que dedicó todo su empeño a la creación de una Liga Santa. Hubo un rey —el más occidental de Europa y, por lo mismo. el menos directamente amenazado— que comprendió la necesidad del común esfuerzo y lo secundó con su inmenso poderío. Hubo también un homo missus a Deo cui nomen erat Joannes. Hubo, en fin, un Dios en los Cielos reforzando con su providencia los designios humanos dignos de ella, y una Madre amantísima de los cristianos que, por su patente amparo en aquel trance, sería honrada en su fiesta del Santo Rosario y alabada como Auxilium Christianorum.

De esta gran conjunción nació Lepanto: obra portentosa de la santidad de un Papa, de la prudencia de un Rey, de la intrepidez de un General, de la fe de todo mi ejército, de la providencia de Dios... "Nunca los mares vieron en su seno, ni volverá a presenciar el mundo, conflicto tan obstinado ni mortandad más horrible, ni corazones de hombres tan animosos y esforzados." Y de la extraordinaria victoria —"la más alta ocasión que vieron los siglos"— resultó la definitiva ruina del poderío naval turco y la más cercana esperanza de alcanzar una Cristiandad unida y gloriosa en torno a la fe que le dio vida. Es la ocasión en que Hernando de Acuña puede dedicar a la Majestad de Felipe II el famoso soneto:

Ya se acerca, Señor, o ya es llegada 
la edad gloriosa en que promete el cielo: 
una grey y un pastor sólo en el suelo, 
por suerte a vuestros tiempos reservada.
Ya tan alto principio en tal jornada 
os muestra el fin de vuestro santo celo, 
y anuncia al mundo, para más consuelo, 
un Monarca, un Imperio y una Espada.
Ya el orbe de la tierra siente en parte 
y espera en toda vuestra Monarquía, 
conquistada por Vos en justa guerra, 
que a quien ha dado Cristo su estandarte, 
dará el segundo más dichoso día 
en que vencido el mar, venza la tierra. 

La victoria de Lepanto tocó las entrañas del pueblo español en momentos dichosos en que su fe, su fervor y su esperanza —en compenetración con su monarca— formaban un solo canto a la gloria del Señor. El feliz suceso fue musa de nuestros mejores poetas. Es el canto magnífico que Fernando de Acuña dedica a le gran victoria:

En sonando los clarines
de las soberbias armadas,
una de la gran Turquía
y otra de la noble España...
El valiente Juan de Austria,
teniendo en entrambas manos
un crucifijo y su espada,
anima d'esta manera:
Muramos por la fe, ganemos fama,
al arma, guerra, guerra! ...
Escurecióse el sol, tembló la tierra,
embistiéronse las galeras,
tiñeron de sangre el agua,
que a la pólvora y al plomo
no resiste fuerza humana... 

Han pasado cuatro siglos y, con ellos, muchos y muy extraños eventos: Quizá ninguna época pueda contraponerse con tantos acentos tan dramáticos a "aquella edad de prestigios y maravillas" como la inmensa crisis moral y religiosa que vivimos en el presente.

¿Dónde está ya aquella esperanza cierta en "la edad gloriosa" que promete el cielo? ¿Dónde ''nuestra Monarquía a quien ha dado Cristo su estandarte"? ¿Dónde la comunión de fe y de empresas que alcanzara sobrehumanas victorias? ¿Dónde la España que era a la vez cruz, enseña y arma?

A cuatro siglos de San Pío V y de la Liga Santa, de todo un ejército que recibe del Santo Pontífice la Sagrada Comunión y la bula de Cruzada, se reniega públicamente, en el mismo seno de la Iglesia, de lo que despectivamente se llama Era Constantiniana —dieciocho siglos de historia de la Cristiandad— cuyo ápice fue Lepanto. Una doctrina sospechosa, resabio del protestantismo, y germen de toda disolución —el maritenismo— sustituye en la Iglesia a los grandes sistemas clásico-cristianos de la Escolástica. Se abjura de la tradición de Trento, se luteraniza el culto, se elimina la piedad mariana, el latín, el gregoriano... Se niega el principio religioso como fundamento del orden civil, se afirma la "indiscriminación" y el "pluralismo" religiosos, se desautoriza la armonía del Pontificado y el Imperio (Iglesia-Estado), se ultraja a cuantos lucharon y murieron por la Fe, se proclama la laicidad y la democracia universal como únicos cimientos políticos y morales... Y un pontificado se abre con el acto —de inverosímil simbolismo— de devolver al Turco la enseña gloriosa de Lepanto, en Roma depositada por los cruzados vencedores.

¿Hemos llegado en esta extrema mutación histórica —con este vacuo "humanismo"— a la vaticinada herejía de los últimos tiempos en los que el hombre "se adorará a sí mismo"?

Mas por encima de los hombres, de sus mudanzas y apostasías, está el Cielo, el Señor de los Ejércitos y la Madre amantísima de los cristianos —Auxilium Christianorum—, recursos supremos. Allá viven, con todos los mártires de le Fe, los héroes de Lepanto, intercediendo por nuestra unidad y nuestra esperanza.

Símbolo sobrenatural de cuanto ellos representan es el Santo Rosario como devoción popular y como advocación mariana. Nacido el Rosario de una aparición de la Virgen al español Santo Domingo de Guzmán, fue a su rezo en las solemnes rogativas públicas que presidió San Pío V a lo que en su tiempo se atribuyó la victoria de Lepanto. Y por lo mismo el día 7 de octubre quedó consagrado el por el santo Pontífice como fiesta litúrgica de Nuestra Señora del Rosario o de las Victorias.

Y —obsérvese bien— en todas las apariciones de María en los últimos tiempos, desde Lourdes y la Salette hasta Fátima —únicos lazos milagrosos con el Más Allá— ha sido elemento común el recuerdo insistente del Santo Rosario como áncora de salvación para una humanidad desviada, en camino vertiginoso de perdición. Devoción de las Victorias, símbolo de Lepanto, el Rosario será para siempre para nosotros —católicos y españoles— la confirmación divina de nuestra Fe y de lo mejor de nuestra historia.

Rafael Gambra Ciudad
El Pensamiento Navarro (10/10/1971)

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