Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón

Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón leal a S.A.R. el Duque de Aranjuez Don Sixto Enrique de Borbón y al ideario católico-monárquico.
DIOS-PATRIA-REY

domingo, 13 de diciembre de 2015

Ángel Ganivet: la tradición e hispanidad en su obra literaria

A los 150 años de Ángel Ganivet, reproducimos este interesante artículo de la Revista Verbo sobre su obra:

ÁNGEL GANIVET: LA TRADICIÓN E HISPANIDAD EN SU OBRA LITERARIA 
POR 
CRISTIÁN GARAY 

Ángel Ganivet y Siles (Granada, 1865 - Riga, 1898)

Virtualmente un desconocido, Ángel Ganivet y Siles (1865- 1898), es un escritor ameno y sugerente, que amaba con telúrica pasión su Granada y su España. Su obra literaria, si bien con las reservas doctrinales del caso, contiene innegables reflexiones que preceden a la generación de Acción Española, y aun al propio Maeztu en su Defensa de la Hispanidad. Desde esta perspectiva se nos hace evidente su vinculación a lo que más tarde se denominará Hispanidad.


PRESENTACIÓN

Nació Angel Ganivet en Granada el 13 de diciembre de 1865. Su familia, de panaderos y campesinos, vivía del molino familiar; Ganivet los recordará por su elevada cultura. A su padre dedicará su Idearium español y a su madre Granada la bella. Contrariamente a la costumbre familiar, el joven Ganivet preferirá el cultivo de las letras al negocio de sus padres. En una carrera brillante conquistará diversos grados académicos; en 1885 bachiller de Filosofía y Letras, en 1888 licenciado y en 1889 el doctorado, en Madrid. Ganará por oposición las plazas de archivero, arqueólogo y bibliotecario en 1889, y en 1892 concursará infructuosamente a la cátedra de griego, ganada por Unamuno. Sin embargo, conseguirá, por oposición, el puesto de vicecónsul en Amberes. En 1892 se licenciará en Derecho. Cerca de 1892, inspirado por su reciente amistad con Unamuno, concibió su personaje Pío García del Cid, o simplemente, Pío Cid,  reflejo caballeresco de sus propias convicciones. En 1895 comenzó a publicar sus cartas de viajes que serán el inicio de su breve obra literaria, en la que destacan su Idearium, La conquista del Reino de Maya, Los trabajos de Pío Cid, cartas y poemas diversos. Cónsul en Helsingfors y Riga (Finlandia), Ganivet entra en un período de intensa nostalgia y manía depresiva y persecutoria. Angustiado por un amor imposible, se lanzará a los 33 años al río Duina con fatídica determinación, falleciendo en ese acto el 29 de noviembre de 1898.

En 1895 Miguel de Unamuno publicó En torno al casticismo, conjunto de ensayos que dieron origen a cierta literatura regeneracionista en la cual encontramos a Ortega con su España invertebrada, al primer Maeztu de Hacia otra España y Debemos a Costa, a Giménez Caballero con Genio de España. Ganivet, angustiado por el destino de España, impulsado por aquello que él llamaba «el espíritu territorial» y que no era más que la vieja virtud del patriotismo, se enfrentará a la crisis de su país, despreciando las ideas liberales y socialistas tan en boga ayer como hoy... Ganivet se dio cuenta, reflexionando, sobre una política exterior adecuada a España, del sentido del hispanismo. Es célebre la anécdota, siendo cónsul en Amberes, que le sucedió en el Hospital Stuyvenber, a donde fue llamado de urgencia por el caso de un moribundo, enfermo de fiebre amarilla y que deseaba hablar con un compatriota. Ganivet relata así aquella postrera conversación:
«Yo no soy español; pero aquí no me entienden y al oirme hablar español han creído que era a usted a quien yo deseaba hablar.
—Pues si usted no es español lo parece y no tiene por qué apurarse.
Yo soy de Centroamérica, señor, de Managua, y mi familia era portuguesa; me llamo Agatón Tinoco.
Entonces —interrumpí yo— es usted español por tres veces...» (1). 
Impresionado por el aspecto demacrado de aquel hombre, Ganivet exaltó su ánimo, en especial cuando supo de su azarosa vida, construyendo primero el Canal de Panamá y luego yendo a colonizar el Congo, donde contrajo la fiebre amarilla fatalmente:
«eso que usted ha hecho revela que el temple de su alma es fortísimo, que lleva usted en sus venas sangre de una raza de luchadores y de triunfadores, postrada hoy y humillada por propias culpas, entre las cuales no es la menor la falta de espíritu fraternal, la desunión, que nos lleva a ser juguete de poderes extraños...» (2).

DECLINACIÓN Y DESVARÍO DE ESPAÑA

Mientras era estudiante en Madrid, Ganivet escribió España filosófica contemporánea. En este temprano escrito, Ganivet desarrolló sus ideas sobre las relaciones entre una filosofía «ambiental» y la proliferación de corrientes filosóficas, puramente académicas, lejanas al alma y al sentir español. Ganivet criticó, quizás con no entera justicia, la filosofía neoescolástica, teniéndola por excesivamente especulativa, en disonancia con las necesidades de España. El desprestigio de la filosofía, como modelo o norma de conducta social, llevó según Ganivét la desorientación y el escepticismo, dos caminos que transitados por largo tiempo se volvían irreversibles:
«Nace aquí (de su falta de relación con la vida), a la vez que el desprestigio de los estudios filosóficos un grave daño para la sociedad misma, porque van muy descaminados los que pretenden corregir los vicios sociales en su manifestación exterior y con medios puramente externos, olvidando que los individuos y las colectividades obran guiadas por una idea directiva, en la cual radica la causa de todos los males...» (3). 
España sufre a la sazón, según nuestro autor, una postración, fruto, entre otras causas, de la inexistencia de una filosofía vulgar capaz de imprimir «cierto sello de unidad a cada época histórica» (4). Ganivet percibe, en la España de la Restauración, cierta incomodidad e impostura, producto de la desnacionalización liberal.

Ya en sus Cartas finlandesas reclama para los mecanismos políticos y pedagógicos un realismo nacional, porque lo que hay que hacer «es conocer el espíritu de cada nación y desembarazarle el camino» (5). El desvarío de España consiste en la adopción de esquemas extranjeros, lejanos a la tradición católica y a la actitud que él denomina el «senequismo español». El escepticismo reina, porque las creencias han sido disueltas, producto esto de los avatares dé la Reforma protestante y de la Revolución francesa:
«La Reforma no fue más que la manifestación de la rebeldía latente en espíritus que acaso nunca fueron verdaderamente cristianos, que no podían comprender el verdadero sentido del cristianismo, porque no tenían aún el convencimiento propio de la impotencia del esfuerzo racional, y que al proclamar el libre examen eran tan lógicos a su manera como lo eran los herederos del espíritu grecorromano al defender la sumisión ciega y absoluta a la fe» (6). 
La Reforma preparó el terreno a la acción de la Revolución, la cual fue más coherente en aquellos países ganados a la nueva concepción de la fe; de allí proviene la singularidad de la cultura española en su lucha contra el libre examen y la Ilustración:
«Esta es la causa originaria del estado anormal por que atraviesan hoy los pueblos europeos, especialmente los que no habían aceptado la reforma religiosa...» (7).  
Para España los principios revolucionarios, esto es, el liberalismo y el socialismo, significaban la inestabilidad, porque no existía en ella un fondo religioso e ideológico apto para aquellas ideas:
«El principio revolucionario, que a la vez que elementos destructores llevaba en su seno el germen de una nueva y completa organización, no podía llegar a constituir nada definitivo...» (8). 
«Si la tradición no pudo destruirlo ni contrarrestarlo, en cambio produjo una reacción que no fue bastante para borrarlo por completo, pero sí para impedir que continuara su marcha y para ahogar las consecuencias que de él nacían como de ovario inagotable, resultando de esta lucha unas veces la oposición entre las instituciones antiguas y la tendencia nueva, otras entre las instituciones nuevamente creadas y el espíritu tradicional». 
«Resultado de esta pequeña contracción, que llega hasta nuestros días y que amenaza prolongar su existencia por mucho tiempo, es el escepticismo social» (9). 
El papel de la Revolución francesa se reduce, para Ganivet, a haber perpetuado un estado de permanente inconsistencia, puesto que:
«removió también los hondos cimientos de la fe, sobre los cuales había sido edificado el gigantesco edificio de la Edad Media y las modernas nacionalidades, no pucftendo echar otros nuevos, fundó en el aire sus nuevas instituciones que por esto ofrecen también escasa estabilidad» (10). 
«Es España, donde cuanto llevamos dicho tiene aplicación exacta, el mal se infiltra, germina y se desenvuelve en el último tercio del pasado siglo, pero no se manifiesta claramente hasta nuestros días, merced a las circunstancias especiales porque ha atravesado nuestra patria» (11).  
A esto se suma la confusión babélica de las nuevas filosofías, oscuras tanto por su enrevesado lenguaje como por su irrealismo:
«capaces de producir un organismo armónico, un edificio de construcción sorprendente y maravilloso, pero falto de cimientos sólidos o completamente vacío en su interior, como acontecen los sistemas idealistas modernos que son producto de unas abstracciones, o en el positivismo y materialismo que, reducidos a la observación de los fenómenos y a la investigación de sus leyes, sólo pueden engendrar conocimientos particulares, nunca una verdadera filosofía» (12). 
Contra el escepticismo social se requiere, según Ganivet, la presencia de una filosofía vulgar y de una pedagogía nacional. El se irritaba con el neotomismo} puesto que en éste, nacido y desarrollado a la sombra de la encíclica de León XIII, Aeterni patris (1879), se embarcaron muchos católicos que no estaban en un nivel intelectual adecuado para la delicada tarea de la confrontación de ideas produciendo un tomismo «envasado», infantil, modesta copia del neotomismo romano o francés. En el fondo el español no era más que traducción de aquéllos, se caractizaba por su excesiva simpleza y muchas veces reeditaba los mismos errores revolucionarios:

«Una legislación, un arte cosmopolita, son nubes de verano; y una filosofía universal, como pretendió serlo la escolástica es contraproducente, Someter a la acción de una ideología invariable la vida de pueblos diversos, de diversos orígenes e historia, sólo puede conducir a que esa ideología se transforme en una etiqueta, en un rótulo, que den una unidad aparente...». «La filosofía más importante, pues, de cada nación es la suya propia, aunque sea inferior a las imitaciones de extrañas filosofías: lo extraño está sujeto a alternativas, es asunto de moda, mientras que lo propio es permanente...» (13). 
Lo peculiar de nuestra época —dice Ganivet— es la tendencia a la uniformidad y, veloces, los europeos se apresuran en construir unidades ficticias en el positivismo, en el materialismo, en el socialismo, que sin duda son el resultado final de este proceso (14). Si el escritor se queja del partidismo y de las consecuencias intrínsecas del sistema parlamentarista, no menos se queja del socialismo. En su parodia de La conquista del Reino de Maya, novela ubicada imaginariamente en Africa, continente cuyo simbolismo es patente en el regeneracionismo de Ganivet, cuenta la historia de Pío Cid, elegido consejero del rey de Maya y de las reformas que emprende con los salvajes. Pío Cid, para aumentar las rentas del rey considera toda la propiedad como del soberano, de la cual los habitantes de Maya son simples concesionarios:
 «y veía asomar por todas partes, rudimentariamente también, sus funestas consecuencias. El rey poseía más de lo que necesitaba para sus atenciones, y no estaba interesado en hacer prosperar sus haciendas; los concesionarios se limitaban a obtener lo preciso para el día...». «Existiendo un poder nivelador de la riqueza, y faltando estímulos permanentes para adquirir, los únicos móviles del trabajo eran el hambre y el amor» (15). 
Así se desarrolla un sentimiento de dependencia, que en realidad —en el pensamiento de Ganivet— retrata más a España que al imaginario reino de Maya; la vida se esfuma en el centralismo burocrático y la política cotidiana se transforma en unos rituales que «sólo merecen desprecio» (16). Se desarrolla una vida parasitaria, en la cual todo depende dél exterior; en las provincias toda iniciativa se espera de la capital, en la capital todo se anhela del exterior...

Contra la leyenda negra sobre Rusia, Ganivet alaba la autonomía en que el zarismo deja a la dominada Finlandia. El régimen autonómico finladés se construye sobre Cortes estamentales que al cónsul le parecen útiles:
«lo que yo pienso es que hay muchos modos de servir a Dios, y que debemos desechar el concepto ridículo de que el buen Gobierno está vinculado en esta o en aquella forma (de gobierno), en este o en aquel régimen» (17). 
Nuestro escritor cree que las verdaderas y más útiles revoluciones son aquellas en que una filosofía logra constituirse como ambiente o sello de una época, dejando a sus habitantes y al tiempo su decantación. Es, en este sentido, un tradicionalista que desconfía de los apriorismos brillantes y que prefiere la opaca pero necesaria consistencia de lo tradicional. Los españoles, dice Ganivet, hemos perdido el respeto por nuestras instituciones a cambio de la «libertad». Pero un pueblo depende, precisamente, de su estado de salvajismo o de cultura; sin cultura (aunque sobre la libertad), los españoles retroceden y no avanzan:
«un pueblo culto es un pueblo libre; un pueblo salvaje es un pueblo esclavo, y un pueblo instruido a la ligera, a paso de carga, es un pueblo, ingobernable. Las libertades las tenemos dentro de nosotros mismos: no son graciosas concesiones de las leyes...». «A cambio de la libertad de las ideas, nos dejamos despojar de una libertad más bella y más noble, la de la forma; y nuestra aspiración parece hoy por cifrarse en que todos los hombres unidos en un coro inmenso y fraternal, entonen un himno a la libertad, puestos previamente de frac y corbata blanca» (18). 
El escritor granadino rechaza las revoluciones:
«la mayor parte de las revoluciones son engendros de la ambición o de la vanidad de los hombres que, no contentos con seguir la evolución natural de las cosas, se precipitan a dirigirlas para cargar con la gloria de haber salvado a la Humanidad. El verdadero revolucionario no es el hombre de acción: es el que tiene ideas más nobles y más justas que los otros, y las arroja en medio de la sociedad para que germinen y echen fruto, y las defiende, si el caso llega, no con la violencia, sino con el sacrificio» (19). 
En el Reino de Maya, pintado en el interior de África está representado el «salvajismo» de los españoles, o si se quiere el afán de absoluta libertad que predica el parlamentarismo:
«Estudiando de cerca estos pueblos más primitivos, se ve claro que el gobierno de las naciones no exige hombres de Estado, ni legistas, ni soldados, sino poetas, comediantes, músicos y sacerdotes» (20). 
Su novela es, pues, una parodia de la demagogia, que Ganivet considera connatural al parlamentarismo de su época. Los gobernantes españoles discuten sobre exterioridades, mientras las grandes cuestiones son postergadas incesantemente.

Ante el sufragio «universal», Ganivet se muestra escéptico. Si bien no lo cree completamente inútil agrega —con salero sin duda— un comentario:
«Hay una porción de gentes sin una idea en la cabeza ni en otra parte del cuerpo, que se morirían sin haber sido nada real y concreto en el mundo, si no existiese el sufragio» (21). 
Ganivet cree que sólo deben votar aquellos que estén capacitados para hacerlo y únicamente si es necesario:
«No nos queda más recurso que resignarnos y, a lo sumo, cuando vemos que un hombre es decididamente incapaz para constituirse en familia, aconsejarle que no lo haga y esforzarnos en persuadirle. Este es mi criterio en la cuestión del sufragio...» (22).
Para el escritor, la cuestión del parlamentarismo está limitada por las tendencias uniformadoras. Si hoy existen partidos de clase, sostiene, ¿por qué no terminar con la ficción e intentar unas Cortes estamentales como las medievales? Estas constituyen:
«un organismos basado sobre la realidad de los intereses colectivos», no en una «concepción arbitraria» (23). 
Es obvio que Ganivet considera que los prejuicios liberales y parlamentaristas no producen automáticamente un mejor gobierno, pese a los lugares comunes al respecto (24).
«Los que desean aún derramar su sangre generosa por introducir un cambio en las exterioridades del Gobierno, que tengan la bondad de reservarla para empresas más nobles, en las que se ventile el interés de "toda la Nación"; y si la sangre les bulle tanto que no pueden aguantar más, que llamen a un sangrador y que se sangren y dejen en paz a sus conciudadanos» (25). 
Su Pío Cid desiste de dar una Constitución escrita en el reino de Maya, trasuntando su propio parecer sobre la inutilidad de los textos escritos:
«en Maya, las leyes se establecen por medio de la acción, no de la palabra ni por escrito. Un decreto no significa nada si no le acompaña la ejecución inmediata de sus preceptos...». 
«Júzguese, pues, de lo aventurado que sería dictarles una Constitución que hasta aquí constaba de 117 artículos y que tendría probablemente el doble; era cosa de temer que ni los súbditos la leyeran...», «ni que las autoridades la aplicaran, lo cual era menos digno de disculpa. Dejando en suspenso mis trabajos de redacción para época más oportuna, decidí acomodarme a las costumbres mayas e implantar de una manera tangible reformas parciales bien combinadas, cuyo conjunto sería una Constitución de hecho...» (26). 
Por último, Ganivet se pronuncia contra el parlamentarismo, al que califica de estado patológico de la nación española:
«Cuando en el seno de las asambleas legislativas predomina el interés particular sobre el general; cuando las parcialidades que por necesidad y conveniencia se forman en los sistemas representativos están desunidas y excesivamente fraccionadas; cuando el tiempo debido al estudio y discusión de las leyes convenientes se dedica a los torneos de la palabra...» «surge un estado anormal que se llama parlamentarismo...» (27).
«¿Cuál es la causa del ateneísmo de los partidos? El escepticismo. Sólo por él se explican la inconsecuencia diaria, el cambio continuo de opinión y las perpetuas disidencias...», «la falta de una sólida educación filosófica afirmativa...» (28).
El espera que los jóvenes se lancen a un programa de ideas y que rechacen la política partidista, como un intermedio fatuo:
«Si alguna esperanza nos queda todavía, es por que confiamos en que estos hombres nuevos, que no han querido entrar en la política de partido, estarán en otra parte y se presentarán por otros caminos más anchos y mejor ventilados que los de la política al uso» (29).
Estamos, pues, en el umbral del regeneradonismo que Ganivet anhela. Y es que el granadino, al tratar la cuestión de los remedios de España, fija su atención en su política internacional, porque sabe que la crisis interna de España ha tenido como punto de referencia el panorama vecino. La ausencia de una política exterior sólida, expresa, está fundada sobre la ausencia de convicciones internas. Porque una nación que sabe cuál es su tradición, proyecta también con indeleble trazo su política exterior:
«La transformación psicológica de una nación por los hechos de su historia es tan inevitable como la evolución de las ideas del hombre, merced a las sensaciones que va ofreciéndole la vida. Y el principio fundamental del arte político ha de ser la fijación exacta del punto a que ha llegado el espíritu nacional. Esto es lo que se pregunta de cuando en cuando al pueblo en los comicios sin que el pueblo conteste nunca, por la razón ooncluyente de que no lo sabe ni es posible que lo sepa. Quién lo debe saber es quien gobierna...» (30).

ESENCIA Y CONTINUIDAD DE ESPAÑA.

Ganivet, que hace germinar la nación por el espíritu territorial, le otorga al tiempo, a la tradición, un papel fundamental en la verificación de una memoria colectiva, capaz de reconocerse idéntica pese a los cambios. Nuestro escritor explica que la fuerza más íntima de una nación es su vinculación a la tierra, aún más que la religión —dice—, porque los países temperan el rigor de las religiones con el carácter particular de cada pueblo. El divide a los pueblos en insulares, peninsulares y continentales. Los insulares, argumenta, desarrollan el sentido de la agresión, persuadidos de que el mantenimiento de su aislamiento depende de la rapidez de su ofensiva. Los continentales, en cambio, acostumbrados a las invasiones inscriben en su espíritu la regla de la resistencia. Los peninsulares desarrollan, ante todo, el espíritu de independencia. Fruto de esta curiosa clasificación psico-geográfica, Ganivet ve transcurrir la existencia de España como la típica de un pueblo sin previsión porque, debido a su espíritu de independencia, se ha impedido, asimismo, trabar relaciones con sus propios congéneres. Cada español es en sí una república, y la divisa que debiera llevar, dice, es que cada cual haga lo que le parezca conveniente (31). La política inglesa ha sido la de una nación agresiva, imperialista, cuyo más refinado arte es librar sus guerras ofensivas en cualquier punto del planeta que no sea la propia Albión. La de Francia, exhibe, en cambio, un inconmovible patriotismo, señal de su política de resistencia contra los demás países que la circundan, sin distinguir las épocas de paz o de guerra. Las guerras napoleónicas, agresivas, imperialistas, son, a su juicio, la expresión de la mentalidad de un insular (32). Coincidiendo con el juicio de Taine sobre la concepción «marítima» de estrategia napoleónica, «fue —dice— una isía que cayó en el continente» (3 3) . En cuanto a España, ésta se encuentra en el otro de dos caminos que deshacen la ilusión de su insularidad. Ella está encerrada entre dos obstáculos más aparentes que reales: los Pirineos, fáciles de atravesar y el Estrecho de Gibraltar, puerta que seduce a los conquistarores para intervenir en su territorio; por ello, la historia española constituye:
«una serie inacabable de invasiones y de expulsiones, una guerra permanente de independencia» (34).
Fue la esperanza de guardarse de estas invasiones, de continuar la guerra de independencia religiosa, la que llevó a los españoles a los cuatro puntos cardinales del mundo entonces conocido. Al norte, por presión de Roma contra Inglaterra; al sur y al oeste, hacia Africa y América, para anticiparse a los infieles; el este, aragoneses y catalanes que ejercitaron en el Oriente el primer impulso colonial. Cada reino—catalanes, aragoneses, castellanos, portugueses— se lanza a los cuatro puntos cardinales en competencia con sus vecinos. Ganivet sostiene que dichas empresas bélicas no tuvieron por causa la abundancia de fuerzas, sino, más bien, un impulso desesperado de adquirir fuerza y gloria en otras tierras.

España es un país guerrero, y por guerrero entiende Ganivet algo totalmente distinto del militar, debido al contenido heroico e individual del guerrero, arquetipo nacional de una misión, de una identidad, antes que de una simple profesión mecánica:
«A primera vista se descubre que el espíritu guerrero es espontáneo y el espíritu militar reflejó: que el uno está en el hombre y el otro en la sociedad; que el uno es un esfuerzo contra la organización y el otro un esfuerzo de organización...», «un país que confía en sus fuerzas propias desdeña el militarismo, y una nación que teme, que no se siente segura pone toda su fe en los cuarteles. España es, por esencia, porque así lo exige el espíritu de su territorio, un pueblo guerrero, no un pueblo militar» (35).
Del mismo modo, Ganivet poseía una visión romántica de la guerra, y se pronunciaba contra la creciente deshumanización de la misma:
«un ejército que lucha con armas de mucho alcance, con ametralladoras de tiro rápido y con cañones de grueso calibre, aunque deje el campo sembrado de cadáveres, es un ejército glorioso; y si los cadáveres son de raza negra, entonces se dice que no hay tales cadáveres. Un soldado que lucha cuerpo a cuerpo y que mata a su enemigo de un bayonetazo, empieza a parecemos brutal...». «No nos fijamos en el hecho, nos fijamos en la apariencia...» (36).
Aquí, Ganivet nos presenta la figura del guerrero o guerrillero como prototípica del alma nacional española, reflejo del espíritu de independencia, que se contrapone al mercenario, para el cual la Patria y la honra nada significan. Aun más, el guerrero español es representante del heroísmo individual, contraponiéndose así a la fría imagen del soldado moderno. Este es el sentido del caudillo en la historia española: de un Viriato, un Cid Campeador, un Cortés o del sentido militar de la Compañía de Jesús en el siglo XVI...
«Así, la guerra civilizada, que parece más noble por que coloca a gran distancia a los que matan y a los que mueren, es una guerra profundamente egoísta y salvaje, porque impide que se muestre piedad; el que ludia desde lejos, mata siempre que acierta a matar; el que lucha cuerpo a cuerpo, unas veces mata y otras veces se compadece y perdona. Los españoles son tenidos por guerreros duros y crueles y acaso sean los que han ofrecido más ejemplos de piedad y de magnanimidad...», «porque han peleado siempre muy cerca del enemigo» (37).
Para Ganivet, la evidencia del carácter estoico del español consistía básicamente en su inalterable dignidad y en la persistencia de su individualidad, ajena a los azares de la fortuna, que no añade —como dirá en otro lugar— a la derrota, la vergüenza de la traición.

Indisoluble al espíritu territorial se halla el catolicismo, religión que modera los restos bárbaros y paganos que existen en los españoles, heredados de las múltiples invasiones. Ganivet defiende esa herencia católica porque «España se halla fundida con su ideal religioso» (38).
«Uno de los errores que con más apariencia de verdad recorren por el mundo es que las naciones adheridas a la Reforma hatí llegado a adquirir mayor cultura, mayor prosperidad, mayor influencia política que las que han permanecido fieles al catolicismo Yo he vivido varios años en Bélgica y puedo decir que es una nación tan adelantada como la que más en todos esos órdenes de cosas en que hoy se hace consistir la civilización (en que por desgracia se concede más importancia a los kilómetros de ferrocarril que a las obras de arte)» (39).
Lo que se requiere para reunificar espiritualmente a España es la restitución del Catolicismo español, universal como Catolicismo pero español en tanto aclimatado y encarnado en una historia particular, con sus derrotas y victorias contenidas en inescrutables signos por el gobierno de la Providencia. Repetidamente Ganivet solicita una pedagogía católica para restaurar España. Ganivet posee, por así decirlo, tina visión cervantina, quijotesca, de la misión apostólica de los españoles, y así se imagina frente a un comerciante —no español, por supuesto— en el corazón del reino de Maya discutiendo acerca de la conveniencia de evangelizar o no a sus habitantes:
«aunque hubiera que lamentar la pérdida de tantas vidas humanas no vacilaría en darlas, y les daría gustoso, en cambio de las del último y más despreciable antropófago, sacrificado en nombre de la civilización...», «aquel que blasone de apóstol y se lance resueltamente a la predicación de su fe, cuide más de probarla con su propio sacrificio que con la conquista de gran número de adeptos, y no esperé que éstos sean leales, si los ha catequizado desde una fortaleza» (40).
Y, párrafos antes, ha recordado, imaginariamente por cierto, cómo Pío Cid ha emprendido su aventura en el reino de Maya sin retroceder, porque le resguarda el ejemplo de su sangre:
«Justo será que los mercaderes, que no buscan más que su ganancia material, cuiden de salir a salvo con la vida, sin la cual sería poco apetitosa la riqueza...» (pero el héroe debe) «concebir una empresa de tal modo ligada con su vida que o ambas sean glorificadas en la victoria o perezcan juntas en el vencimiento» (41).
En Las doctrinas varias sobre el concepto de causa que han tenido los filósofos, escrito en 1890 para el premio extraordinario de doctorado, Ganivet sostiene que la filosofía cristiana se corona en el realismo tomista, dando origen a la Escolástica. Curiosamente, si bien es antieoescolástico, Ganivet ve, a final de cuentas, el valor del pensamiento aristotélico-tomista.
«La doctrina de Aristóteles tiene su feliz coronamiento en la filosofía escolástica, que poseyendo, con la firmeza que inspira la palabra revelada, el dogma de la creación ex nihilo, destruyó el dualismo para siempre (entre la matería y el primer motor inmóvil), alcanzando una noción exacta de la causa...» (42).
Nuestro escritor pide que la dirección de las gimas, la verdadera y más profunda educación sea dada a la Iglesia en razón del cuidado solícito que establece con los fieles. Porque no basta, como dice en España filosófica, la simple instrucción del maestro para ensenar.


EL DESTINO DE ESPAÑA.

a) América.

Para Ganivet es un hecho que la diferencia que separa a la anglo-América de la América española se debe a su proceso de colonización. Los españoles, dice, llegaron a América para colonizarla e integrarse, para cumplir un papel ecuménico de evangelización —a veces por la fuerza, es cierto— y como elemento integrador a la plurimonarquía hispánica. Como bien dice un historiador chileno, Chile (y toda América) entró a Occidente por el verbo imperial de España. Y he aquí que Ganivet escruta esta forma de colonización y la enfrenta a las «modernas» emprendidas por Bélgica, Francia e Inglaterra. Ellas son factorías, y los colonizadores se repliegan sobre su fe, sobre sus creencias, sectarios, decididos a trabajar por sí mismos, para lo cual lo nativo estorba. Y dado que la colonización se produjo sembrando la simiente de la cultura española, Ganivet concluye que los colonizadores se han fundido al territorio que ocupan y han dado origen a las diferentes naciones hispanoamericanas: Chile, Argelina, Brasil, México, Perú, etc., son producto de las determinaciones geográficas en que se desarrolló la colonización:
«Una nación no es como un hombre; necesita varios siglos para desarrollarse. Las naciones hispanoamericanas no han pasado de la infancia, en tanto que los Estados Unidos han comenzado por la edad viril, ¿por qué? Porque las unas, al recibir la influencia de sus territorios han retrocedido y han comenzado la evolución como pueblos jóvenes « y la otra ha continuado viviendo con vida artificial, importada de Europa, como pudiera vivir en cualquier otro territorio, por ejemplo, en Australia» (43).
' Para nuestro escritor es significativo que el gentilicio de estadounidense —comúnmente americano— carezca de determinación, sea puramente externo y no defina una personalidad territorial: es que no pasa de ser un injerto de Europa en.América...

Ganivet no se desalienta por las continuas luchas fronterizas ni por revoluciones ni golpes palaciegos; él cree que es difícil el parto de los pueblos que han decidido constituir una fisonomía propia y que dan tanteos inexpertos sobre el acontecer. Además, se complica «por el espíritu de rebelión» que los españoles infunden a sus relaciones, de modo que si la América hispana se desintegró después del proceso independentista americano, dio estaba, en cierto modo, contenido en el individualismo español; simplemente, el acontecimiento se apresuró.

Establecida esta realidad de la colonización española y de su asentamiento en América, cabe preguntarse qué tarea ella impone a las políticas exteriores de los nuevos y viejos países hispanos. Ganivet rechaza las uniones iberoamericanas, puramente jurídicas y sumatorias. La unión iberoamericana posible, expresa, surgirá de un lazo espiritual, sin coacción o ritualidad alguna:
«ésta exige: primero, que nosotros tengamos ideas propias para imprimir unidad a 1 á obra y, segundo, que las demos gratuitamente para facilitar su propagación» (44).
El papel de España ha de ser el de volverse sobre sí misma, de replegarse para tomar fuerzas y difundir la unidad hispanoamericana:
«Necesitamos reconstruir nuestras fuerzas materiales para resolver nuestros asuntos interiores, y nuestra fuerza ideal para influir en la esfera de nuestros legítimos intereses externos, para fortificar nuestro prestigio en los pueblos de origen hispánico» (45).
«Hay quien espera aún la herencia milagrosa, como si tuviéramos muchos tíos en las Indias» (46).
La peculiaridad de la colonización española en América, es que ella responde, para Ganivet, a la idea de que colonizar es misión:
«Hay quien confía en las colonias, como si no supiéramos que con nuestro sistema de colonización las colonias nos cuestan más que nos dan; y esto no admite reforma, no necesita reforma tampoco. La verdadera colonia debe costar algo a la metrópoli, puesto que colonizar no es ir al negocio, sino civilizar pueblos y dar expansión a las ideas. Dejemos a otros pueblos practicar la colonización utilitaria...» (47).
En su esencia, esta forma de colonizar es parte de la tradición española y copiar otra, dice Ganivet, sería actuar «sin discernimiento» (48), porque:
«No hemos podido formar un concepto propio sobre la colonización a la moderna; atengámonos al antiguo, prosigámoslo con tenacidad, aunque choque con las ideas corrientes; porque si nosotros no tenemos fe en las obras que creamos, ¿quién la tendrá por nosotros y cuál será nuestra misión en la historia futura?» (49)
La misión de España pasa por «cerrar con cerrojos, llaves y candados todas las puertas por donde el espíritu español se escapó de España» (50) y ensimismada construir su regeneración.
«Nuestro pasado y nuestro presente nos ligan a la América española; al pensar y trabajar, debemos saber que no pensamos ni trabajamos sólo por la Península e islas adyacentes, sino para la gran demarcación en que rigen nuestro espíritu y nuestro idioma» (51).
Por último, Ganivet disentía de la interpretación dada por Unamuno. Porque las naciones que hacen las políticas exteriores se mueven por ideales, a veces nada nobles, pero —en todo caso— superiores a los intereses de los individuos. Confundir el interés pecuniario de los colonos con el fin trazado por la nación es un grave error. España se movió por un ideal, un ideal católico:
«Durante la Reconquista se formó en España ese ideal, fundiéndose las aspiraciones del Estado y la Iglesia y tomando cuerpo la fe en la vida política. La fe activa, militante, conquistadora, fue nuestro móvil, la cual creó en breve sus propios instrumentos de acción; ejércitos y armadas, grandes políticos y diplomáticos; todo esto apareció sin saber cómo en una nación oscura y desorganizada, que algunos años antes, en el reinado de Enrique IV, era un semillero de bajas intrigas» (52).
b) El simbolismo de Africa en la futura política exterior de España

Dice Ganivet que cuando España estaba dispuesta a proseguir la guerra religiosa contra los musulmanes en Africa, apareció la noticia del descubrimiento de América desviando las fuerzas impetuosas del suelo ibérico hacia otros derroteros. Este hecho marca para el granadino una permanente interrogante sobre el destino «africano» de España; ese camino futuro no es otro que el de la regenración de España, es decir, Africa encarnaría el repliegue español sobre sus propias fuerzas.

En esta perspectiva Ganivet juzga errónea la política de Felipe II, estimándola superior a las fuerzas reales, pero separando en ella lo bueno de lo poco conveniente. Y si Felipe II cayó, dice, no fue por sostener ideas católicas, sino por estar ligado a otros intereses. España tiene, pues, frente a Europa, África y Asia un interés mediterráneo, y dos vertientes, una referida a la cuestión romana y otra referida a la cuestión, turca.

No se trata, pues, de considerar que España debe pensar en África como una nueva posesión; al contrario, Ganivet cree que esto es pesimista porque radica la «grandeza» del país en añadir nuevos territorios. Nuestro autor espera el futuro en Africa, pero un futuro de ensimismamiento, de contemplación y de mesura frente a lo que debería ser una política remozada en la tradición para España.
«En materia de colonización africana, España no ha podido hacer más materia de colonización africana, España no ha podido hacer más que reservarse el dominio de aquella parte del litoral africano que, en manos extranjeras, pudiera ser un vecinazgo peligroso para nuestras posesiones tradicionales. No estaba en su mano acometer nuevos trabajos de colonización, máxime si había de colonizar por el sistema absurdo y censurable empleado hoy en África» (53).
En vez de acometer conquistas invocando el testamento de Isabel la Católica, Ganivet propone fundar un centro activo de estudios africanistas en su natal Granada. Y aunque Ganivet deje cerrada las puertas al. ánimo de aventura de los españoles en su Idearium, en su Porvenir de España (título bien significativo por lo demás), escribe que la deja entornada hacia África. Alguna escondida misión proyectaba o anhelaba Ganivet con un «escudero árabe» para un nuevo tipo de política exterior hacia África. España, escribe en el Porvenir..., necesita soñar y preparar nuevas empresas, pero no despertar apetitos extraños sobre sí mismas y, en ese incógnito «destino» africano, Ganivet cree hallar algún punto de apoyo.
«para mantener ante Europa nuestra personalidad y nuestra independencia» (54).
Respecto de la unidad ibérica, Ganivet explica que él mismo ha dudado, a la vista de tantas uniones forzadas, si conviene o no unificar la Península, habida cuenta que. el origen real de la separación entre España y Portugal no radica más que en la antipatía lusitano-castellana. La unidad ibérica, dice, pasa por la convergencia entre los intereses castellanos y los portugueses en paz y por el acuerdo, que no hay otro método para reunificar a los peninsulares.

La política felipista consistió en derramar a España sobre territorios lejanos y defenderlos todos a la vez; Ganivet, con el peso del fracaso, propone mirar desde casa y de reojo a África. Alguna nueva misión espera a España..., claro está, el «fracaso» de Felipe II es relativo, ya que Ganivet se refiere únicamente al equilibrio europeo; pero la obra hispana se perpetuó.

c) Reflexiones fútales sobre el Hispanismo y la Tradición.

Quizás más de alguno se preguntará, revolviéndose sobre el asiento y frunciendo el ceño: ¿Qué importancia tiene Ganivet para el pensamiento tradicional? Desde luego —y separando las razones puramente históricas que dejaré para el final, porque son accidentales—, lo esencial del legado de Ganivet, que pasa a través de Maeztu a Acción Española (1931-36), es la revalorización del mundo hispánico. Ganivet, al meditar acerca de qué había sucedido' para que España cayera en los tristes acontecimientos por todos conocidos —decadencia, invasiónes, guerras civiles y extranjerización— percibió que su país era mucho más que la España metropolitana. Que era también esa gran competidora, Portugal; que eran sus hijos, los países de habla española y lusitana en América; que era Filipinas en el Asia sudoriental; e incluso, el reino de las dos Sirilias (aunque nuestro autor no lo cite expresamente) en el ámbito mediterráneo.

Ganivet, y Vázquez de Mella (55), que formuló sus Tres ideales entre 1897 y 1921, en el cual llama a formar los Estados Unidos Españoles, son los dos intelectuales que, reflexionando sobre el sentido de la historia de España, acertaron a considerar lo americano como un hecho macizo y futurista, y no como una simple aventura de desheredados. Ni el docto Mercelino Menéndez y Pelayo se atrevió a traspasar los límites de su España peninsular, cuando redactó su monumental Historia de los heterodoxos españoles. Algo hizo Unamuno, siempre contradictorio y genial, y nada (excepto algunos artificios verbales) Ortega y Gasset, que no se arrugó en lo más mínimo cuando el El espectador, tomo VII, en el ensayo «Hegel y América», concuerda con las aseveraciones del enrevesado filósofo germano que relega a América a un accidente geográfico y que debe ser eliminada del cuadro histórico porque «el Espíritu» no se manifiesta en las jóvenes repúblicas. «Un primer capítulo tenebroso o libido», dice Ortega, siguiendo a Hegel (56).

Contra esa corriente de desprecio o de cegamiento, reacciona nuestro escritor. Ganivet, que amaba a su patria, se da cuenta que el desprecio a las. naciones hispanoamericanas es el suicidio, porque éstas —México, Perú, Argentina o Chile— son también, a su manera, partes de España. Partes diversas, pero también lo diverso conforma unidades y ésta no lo es menos porque carezca de homogeneidad política directa y se base en sentimientos, herencias culturales y rasgos históricos comunes. Y si lo americano constituye parte fundamental de la dimensión existencial de España, no se puede arrancar de este papel ecuménico de los pueblos hispanos el acendrado sentido católico de su historia; verificado que el Catolicismo no es sólo un rito sino una forma existencial distinta. Ganivet explicaba esta dimensión del Hispanismo de la siguiente manera; cada pueblo engendra, debido a sus peculiaridades, expresiones diversas sobre una misma cosa. Dos pintores que trabajen con el mismo ardor y piedad en un cuadro de la Virgen, pintarán dos cuadros distintos de la Virgen. Tal como en el arte, en política y en toda actividad donde el sello personal o colectivo deja su huella, en política el «fondo del arte» (la raza) vivirá el Catolicismo de cierta manera, que diferirá en sus manifestaciones accidentales, adjetivas, circunstanciales. El instrumento de este sentido nacional está condicionado por el espíritu territorial. En suma, el Catolicismo hispano es, por tanto, el producto de una manera específica de radicar el ejercicio del Catolicismo, y encello consiste la peculiriaridad de la misión de España en el mundo.

Por cierto, Ganivet no recogió plenamente el sentido católico de la Hispanidad, ni tampoco fue capaz de darle un nombre propio, ya que su texto más significativo se denomina, todavía, Idearium español. Dentro de la revisión impulsada por la Generación del 98, fue Ganivet quien concentró su atención que se trasmite —por aquél— al Maeztu postrero de 1936. Este último, lo mismo que Ganivet, sostendrá que las únicas ideas españolas que poseen valor universal son aquellas que parten de la Tradición (57).


Extraído de la Revista Verbo, Fundación Speiro


(1) Idearium Español, I, págs. 253-254. Las citas provienen de la edición Aguilar de sus Obras Completas, Madrid, 1961, dos tomos, con prólogo de Melchor Fernández Almagro.
(2) Idearium..., I, pág. 255.
(3) España filosófica contemporánea, II, págs. 580-581.
(4) España..., II, pág. 581.
(5) Cartas finlandesas, I, carta III, pág. 683.
(6) Idearium..., I, pág. 168.
(7) España..., II, pág. 640.
(8) España..., II, pág. 640.
(9) Cfr. España.
(10) Cfr., págs. 639-640.
(11) Cfr., págs. 640-641.
(12) Cfr., pág. 643. Ganivet apoya, sin embargo, a Balmes en su crítica a Kant y se manifiesta tomista.
(13) Idearium..., I, pág. 167.
(14) Ibid., pág. 167: «faltos de dama para encomendar esta obra al tiempo nos apresuramos a construir unidades aparentes...» (El subrayado es nuestro).
(15) La conquista del Reino Maya, I, págs. 504, 505.
(16) Idearium..., I, pág. 282.
(17) Cartas finlandesas, I, carta 4, pág. 691.
(18) Cartas..., I, carta IV, pág. 692.
(19) Cartas..., I, carta IV, pág. 693.
(20) La conquista..., I, pág. 345.
(21) Cartas..., I, carta IV, pág. 695.
(22) Cartas..., I, carta IV, pág. 696.
(23) Ibíd., pág. 698.
(24) Ibíd., pág. 698.
(25) Ibíd., pág. 699.
(26) La conquista..., I, págs. 462-463.
(27) España..., II, pág. 600.
(28) España..., II, pág. 600.
(29) El porvenir de España, II, pág. 1.080.
(30) El porvenir..., II, pág. 1.062.
(31) Véase Idearium..., I, págs. 176 y sigs.
(32) Se refiere, lógicamente, al origen corso de Bonaparte.
(33) Idearium..., I, pág. 180.
(34) Idearium..., I, pág. 181. (35) Idéarium..., I, pág. 187.
(36) Idearium..., I, pág. 191.
(37) Idearium..., I, pág. 193. (38) Idearium..., I, pág. 171.
(39) Idearium..., I, pág. 171.
(40) La conquista..., I, pág. 639.
(41) La conquista..., I, pág. 638.
(42) Ideariam..., I, pág. 246.
(43) Idearium..., I, pág. 246.
(44) Idearium..., I, pág. 249.
(45) Idearium..., I, págs. 266-267.
(46) Idearium..., I, pág. 67.
(47) Idearium..., I, pág. 267.
(48) Idearium..., I, pág. 268.
(49) Idearium..., I, pág. 268.
(50) Idearium..., I, pág. 276.
(51) Porvenir..., II, pág. 1.081.
(52) Porvenir..., II, pág. 1.093.
(53) Idearium..., I, pág. 274.
(54) Porvenir..., II, pág. 1.079.
(55) Remito a mi tesis de grado, cap. IV: «La ventura de un concepto: el Hispanismo», págs. 112 y sigs. de El grupo de Acción Española y los orígenes del Franquismo (1927-1937). Tradicionalismo y Nacionalismo a comienzos del siglo XX, Universidad de Chile, Lic. en Historia, 1984, Santiago. En ese trabajo no toqué de lleno la herencia de Ganivet, pero sí el aporte de Vázquez de Mella y Maeztu.
(56) Página 26. El subrayado es nuestro. En general, Ortega en este período —hasta 1936— no se ocupa del tema americano. Mucho más provechoso es leer a Unamuno.
(57) Defensa de la Hispanidad, Ramiro de Maeztu: «Desde que España dejó de creer en sí, en su misión histórica, no ha dado al mundo de las ideas generales más pensamientos valederos que los que han tendido a hacer recuperar su propio ser. Ni su Salmerán, ni su Pi y Margall, ni su Giner, ni su Pablo Iglesias, han aportado a la filosofía del mundo un solo pensamiento nuevo que el mundo estime válido», págs. 15-16. Editorial Gabriela Mistral, Santiago, 1975.


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