Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón

Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón leal a S.A.R. el Duque de Aranjuez Don Sixto Enrique de Borbón y al ideario católico-monárquico.
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lunes, 11 de abril de 2016

Historia del Carlismo de 1909 a la Dictadura de Primo de Rivera: El Jaimismo

ENCICLOPEDIA UNIVERSAL ILUSTRADA EUROPEO-AMERICANA. TOMO LXIII (1928)

Extraído de la voz Tradicionalismo (pp. 502-506). (Véase el fragmento anterior aquí).

2. El jaimismo.

Por fallecimiento de Don Carlos quedó al frente de la comunión carlista su único hijo varón, Don Jaime de Borbón, al que sus partidarios dieron el número de III, teniendo en cuenta los dos reyes aragoneses del mismo nombre, contra la costumbre de tener en cuenta sólo los de Castilla; y por haber también fallecido Matías Barrio y Mier (23 de junio d 1909), fue nombrado jefe delegado en España Bartolomé Feliu.

Encontró Don Jaime a su partido bien organizado en todas las regiones y provincias, con Juntas en casi todos los distritos y con numerosísimos círculos, juventudes y requetés en toda España, así como muchos diarios, semanarios y revistas, incluso dos rotativos (adquirida la maquinaria por subscripción popular), El Correo Español y El Correo Catalán.

Las elecciones de 1910 llevaron al Congreso ocho diputados y al Senado cuatro senadores del partido. Los carlistas emplearon su actividad principalmente en combatir el proyecto de la Ley del candado, contra las Órdenes religiosas, obra del Gobierno de Canalejas (organizando manifestaciones y dando mítines en toda España y llegando en el Congreso a la sesión permanente), y en luchar contra el republicanismo, aliado del Gobierno en la campaña anticlerical, menudeando las colisiones entre republicanos y carlistas, sobre todo en Cataluña, donde, habiendo los primeros atacado a los segundos en San Feliu de Llobregat, los requetés repelieron el ataque, produciendo a sus enemigos 4 muertos y 17 heridos (28 de mayo de 1911).

Redacción de El Correo Español (1912)

A principios de 1913 cesó Bartolomé Feliu en el cargo de jefe delegado, en el que fue substituido por el marqués de Cerralbo, constituyéndose, bajo la presidencia de éste, una Junta nacional, integrada por los jefes regionales y los representantes en Cortes, y en una reunión celebrada en Madrid el 30 y el 31 de enero del mismo año se designaron diez Comisiones (Propaganda, Organización, Círculos y Juventudes, Requetés, Tesoro de la Tradición, Prensa, Elecciones, Acción Social, Defensa del Clero y Defensa jurídica de los legitimistas perseguidos por delitos políticos) y se dictaron reglas para la reorganización del partido en toda España, fundándose nuevos círculos y volviendo a tomar algún incremento la propaganda.

Poco después comenzaron a brotar los primeros gérmenes de una honda escisión en el jaimismo. Don Jaime, a pesar de las peticiones constantes de sus adeptos, no se casaba, por lo que empezó a temerse que, no teniendo sucesión, quedaría sin jefe el partido, por ir entonces los derechos al jefe de la rama reinante, con lo que se terminaría la cuestión sobre la legitimidad de origen en la sucesión a la Corona.

Unido a esto existía el problema de la alianza en Cataluña con el catalanismo, que cada día extremaba más sus exigencias, hasta el punto de provocar serio disgusto entre significados jaimistas de dentro y fuera de aquella región.

Salvador Minguijón, en una serie de artículos y conferencias (recogidos en el folleto La Crisis del Tradicionalismo en España, Zaragoza, 1914) comenzó a sostener que era preciso la unión de los jaimistas con los católicos independientes y con Maura para implantar un programa mínimo, sin derrocar la dinastía reinante, y laborando para ir, poco a poco, por vía de evolución, cambiando el régimen liberal. El Correo Catalán y algunos otros periódicos apoyaron esta dirección, contra la que protestaron muchos jaimistas, a causa de que en ella se prescindía de los derechos de Don Jaime, y por entender que el programa mínimo y la alianza con los católicoliberales representaban una claudicación y el abandono del carácter militar del partido, viendo en lo que se llamó minguijonismo un nuevo nocedalismo, pero con una inclinación dinástica y liberal más acusada, que le aproximaba al pidalismo.

Por otra parte, Don Jaime declaró que «no concebía nuevos partidos y que si bien podría el suyo reforzarse con elementos nuevos, nunca podría perder su carácter; que había heredado deberes y los deberes no eran renunciables» (Interview con el Mundial Magazine de París, en abril de 1914). A pesar de ello continuó El Correo Catalán apoyando las tendencias de Minguijón, y en un Congreso de Juventudes celebrado en Barcelona algún tiempo después, llegó a presentarse un tema consistente en que Don Jaime debía renunciar sus derechos, venir a España y constituirse en jefe de un nuevo partido conforme a las indicadas tendencias.

Era entonces jefe regional jaimista de Cataluña el director de El Correo Catalán, quien mantenía al propio tiempo una estrecha alianza con la Lliga regionalista, de tal manera que en las elecciones se acataba la dirección de ésta y sus orientaciones en materia regionalista. Tal confusión motivó seria protesta de los jaimistas opuestos a estas tendencias y que pedían la independencia política del partido, protestas que culminaron en un mensaje elevado a Don Jaime a principios de 1915, al que se adhirieron todos los Círculos de Barcelona (menos el central) y muchísimos de Cataluña, fundándose un periódico (El Legitimista Catalán) para sostener la tendencia del legitimismo puro.

La nueva orientación dada a las elecciones por la Junta nacional no fue acatada por la regional de Cataluña, lo que dio lugar al nombramiento de otra, que independizó al partido de la tutela de la Lliga; pronunciando Mella a últimos de junio de 1916, al discutirse en las Cortes el Mensaje regio, un discurso en que concretaba la diferencia entre el autonomismo de la Lliga (nacionalismo regionalista) y la autarquía (regionalismo nacional) que sostenían los jaimistas, puntualizando el programa de estos en tal materia.

Opúsose, sin embargo, El Correo Catalán a la nueva dirección, y para ver de llegar a la concordia se nombró un Comité de acción política que estableció como norma la de «ni siempre con la Lliga, ni siempre contra la Lliga», pero siempre con alianzas accidentales y partiendo de la base de un regionalismo confesional, católico y español. La Asamblea de Parlamentarios catalanes y los sucesos que con ella coincidieron en Barcelona (julio de 1917) acabaron de distanciar a los jaimistas y la Lliga, con excepción de El Correo Catalán.

También en las Vascongadas, y de acuerdo con los catalanistas, estallaron agitaciones de carácter nacionalista, por lo que el marqués de Cerralbo, en carta dirigida al marqués de Valdespina, jefe provincial legitimista de Guipúzcoa, dio la orientación de que, siendo el legitimismo un partido fuerista, era regionalista, pero español, «siendo su primera afirmación el de la Patria una e indivisible, incompatible con los regionalismos liberales, máscaras de egoísmos circunstanciales o quizá de la revolución, si es que no llegan al separatismo».

Esta tendencia fue afirmada de nuevo por Mella en el discurso resumen de la Semana regionalista celebrada en Santiago a últimos de julio de 1918; y de acuerdo con ella combatió Dalmacio Iglesias la tendencia liberal del Estatuto catalán elaborado por los autonomistas en 1918, que establecía para Cataluña un Estado cuya organización era una repetición de la establecida para España por la Constitución de 1876, pero más aconfesional todavía; siendo aprobada esta campaña contra el Estatuto por las autoridades y la prensa del partido, con excepción de El Correo Catalán y La Bandera (Berga), cuyos directores ostentaban cargos de elección popular obtenidos por el apoyo de la Lliga.

Coincidió con esto una instancia dirigida por los tradicionalistas al entonces obispo de Gerona contra la aconfesionalidad que se pretendía establecer, publicándose en noviembre del mismo año la Pastoral colectiva de los prelados de Cataluña, en la que se declaraba que «Jesucristo tiene derecho absoluto sobre los pueblos en el orden político» y se reprobaban las tendencias neutrales en cuanto a religión.

Juan Vázquez de Mella durante un discurso (1912)

A todas estas luchas internas del tradicionalismo vino a unirse otra que produjo, merced a tales precedentes, la rotura del jaimismo. Estallada la guerra de 1914-1918, los jaimistas, con perfecta unanimidad (pues si hubo alguna excepción no se atrevió a mostrarse durante la lucha), se pusieron de parte de los Imperios Centrales, por creer que Inglaterra y Francia habían sido los fautores de la revolución y los adversarios del poderío español, realizando aquellos una activa propaganda para mantener la neutralidad de España en la terrible contienda, contra los que pretendían arrojarla en ésta al lado de los aliados.

Don Jaime alentó y aplaudió esta conducta en cartas dirigidas al marqués de Cerralbo, y aplaudió también la política internacional preconizada por Mella; pero terminada la guerra y habiendo vuelto a Francia, publicó, inducido por Melgar (a la sazón su secretario y francófilo ardiente) un manifiesto, fechado en París el 30 de enero de 1919, en el cual afirmaba que no habían sido obedecidas sus órdenes; que contra su voluntad, se había arrastrado a las masas; que esperaba se le rindieran cuentas de la conducta observada y que iba a proceder a la completa reorganización el partido, demostrando paladinamente desaprobar la conducta seguida por Mella, por Cerralbo y por todo el partido.

Este manifiesto fue traído a España por Gustavo Sánchez (que antes se había puesto, por cuestiones administrativas de El Correo Español, en disidencia con el marqués de Cerralbo y con Mella, publicando un folleto en que atacaba a éstos) que había ido a París a entrevistarse con Don Jaime y con Melgar. Al tener conocimiento de él la Junta nacional, acordó, el día 5 de febrero de 1919, que procedía suspender su publicación en tanto que una Comisión de la misma Junta no se entrevistase con Don Jaime; pero a dicha comisión le fue negado el visado de los pasaportes, merced a gestiones de Melgar, y Don Jaime ordenó que se publicara el manifiesto, lo que realizó Sánchez en El Correo Español, sin avisarlo a la Junta, siendo expulsados de la redacción de dicho periódico todos los redactores que simpatizaban con Mella.

En un segundo manifiesto, fechado en Biarritz el 15 de febrero, insistía Don Jaime en los mismos puntos de vista del primero (que había venido acompañado de una carta conteniendo una orden que repugnaba al jaimismo español) y añadió que en cuanto a los principios y a la conducta de los que le reconocían como jefe, «era el único juez competente», afirmación que se miró como un dechado de absolutismo cesarista.

Ante estos hechos se reunió en el Senado la Junta nacional (que por enfermedad del marqués de Cerralbo venía presidiendo Cesáreo Sanz) y acordó por unanimidad que no podía aceptarse la conducta y los principios expuestos por Don Jaime, por ser opuestos al programa del partido, por lo que procedía seguir manteniendo éste prescindiendo de aquél. Por su parte, Mella publicó en El Debate un artículo sincerándose y atacando a Don Jaime.

Todavía se intentó evitar el rompimiento definitivo, para lo cual escribió Dalmacio Iglesias una carta a Doña Beatriz, hermana de Don Jaime, rogándole que explicase a éste la actitud del partido, pidiendo la separación de Melgar y proponiendo una solución; y en conferencia tenida en Barcelona en el mismo mes de febrero con dicha señora y doña Blanca, llegóse en principio a un plan que solucionase el conflicto; mas a ello se opusieron los elementos de El Correo Catalán que, al propio tiempo que aparentaban llamar a la concordia, realizaban incesantes trabajos para que Don Jaime no rectificase su conducta y no accediese a la conferencia que se quería tuviese lugar para el arreglo del asunto. Triunfaron, con el apoyo de Melgar, y el nombramiento de nuevo jefe-delegado (Pascual Comín) y de una Junta para Cataluña, integrada por los elementos citados, acabó de realizar el rompimiento, que se hizo definitivo, volviendo El Correo Catalán a su alianza con los catalanistas y condenando ahora a Minguijón.

Cabecera de El Correo Catalán

Al frente de los elementos separados del jaimismo quedó Mella, quien, primero en una publicación intermitente titulada Hoja tradicionalista, y después en un semanario llamado España Tradicionalista, y en el diario El Pensamiento Español, fundado por él, puntualizó todos los motivos de su divergencia con Don Jaime y tuvo a su lado a muchos tradicionalistas.

Propúsose convocar una Asamblea nacional del Tradicionalismo español, para formular un programa concreto que sirviese de unión a todos, prescindiendo de Don Jaime y reuniendo incluso a los integristas y a los católicosociales. También reivindicó la propiedad de El Correo Español, que no pudo obtener, y del cual fue nombrado director administrativo Sánchez Márquez, si bien este diario, falto de subscripción y de elementos, no tardó en desaparecer.

Los tradicionalistas catalanes celebraron en Badalona una Asamblea (mayo de 1920), en la que nombraron una Junta regional y las provinciales; pero bien pronto comenzaron nuevas disidencias. La tardanza en celebrarse la Asamblea nacional y en publicarse el programa, fue causa de que algunos elementos intentasen celebrarla por sí, y otros unirse a un nuevo partido que Osorio Gallardo y Minguijón intentaban formar conforme a las teorías del segundo. Ambas cosas fracasaron, y algunos tradicionalistas que se reunieron en Zaragoza prescindiendo de Mella, no hicieron nada práctico ni tuvieron autoridad suficiente para trazar una norma, ni elementos para lo que se proponían.

La mayor parte, viendo que se había perdido por Mella la ocasión para formar un gran partido, se retiraron a sus casas, abandonando la política, y sobrevino poco a poco la desorganización total. La mayoría de los círculos jaimistas y periódicos desaparecieron y la muerte de Mella acabó con el movimiento de renovación del partido. Sólo contados círculos en algunos puntos de las Vascongadas, Navarra y Cataluña dan muestra de su existencia, sin esperanza de mejores tiempos para ellos, a causa de que, no habiendo Don Jaime contraído matrimonio, es segura ya la extinción de la línea de varón dimanante de Don Carlos de Borbón, hermano de Fernando VII.

El advenimiento del Directorio militar y de la dictadura de Primo de Rivera y el derrocamiento del antiguo régimen liberal-parlamentario, así como el reconocimiento de la libertad de la Iglesia y la protección a ésta en el cumplimiento de su misión; el restablecimiento de los principios de orden y de autoridad y la inscripción de la Religión como lema al lado de las de Patria y Monarquía en el programa de la Unión Patriótica, fundada por aquel, ha puesto al lado del nuevo régimen a la mayoría de los tradicionalistas españoles de todos los matices, incluso muchos que en un principio permanecieron fieles a Don Jaime.

De este modo, después de un siglo de lucha, ha visto el Tradicionalismo aceptados en gran parte sus principios fundamentales, prescindiendo de la cuestión dinástica; por lo que no puede decirse que el Tradicionalismo haya desaparecido, en cuanto constituye una tendencia a mantener esos principios religiosocatólicos, patrióticos y monárquicos, que forman caracteres del pueblo español en el transcurso de su historia, y la eliminación del régimen liberal-parlamentario a base del sufragio universal, que caracterizaba el sistema desaparecido. [*]


[*] Nota: No compartimos las apreciaciones del autor sobre la naturaleza de la dictadura de Primo de Rivera ni creemos que la Unión Patriótica ni el posterior Movimiento Nacional (meros altos en el camino del liberalismo español) asumieran nuestros principios fundamentales; si bien entendemos que su mera existencia habría sido imposible sin el desprestigio del sistema demoliberal y la pujanza de los ideales tradicionalistas en el pueblo español los años previos a la implantación de ambas dictaduras.

El artículo reproducido fue publicado en 1928. Para el posterior y tremendo auge del carlismo en toda España durante la Segunda República y Guerra Civil, véase la Historia del Tradicionalismo Español (tomo 30), de Melchor Ferrer.

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