Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón

Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón leal a S.A.R. el Duque de Aranjuez Don Sixto Enrique de Borbón y al ideario católico-monárquico.
DIOS-PATRIA-REY

domingo, 10 de abril de 2016

Historia del Carlismo de 1876 a 1909 según la Enciclopedia Espasa-Calpe

ENCICLOPEDIA UNIVERSAL ILUSTRADA EUROPEO-AMERICANA. TOMO LXIII (1928)

Extraído de la voz Tradicionalismo (pp. 502-506):


V. Cuarta época: Desde 1876 hasta nuestros días

Carlismo, pidalismo, nocedalismo o integrismo, jaimismo y mellismo

Hasta 1876 el liberalismo sólo tuvo enfrente suyo el carlismo, pudiendo decirse que éste y tradicionalismo eran una sola y misma cosa; pero, con la restauración alfonsina, se pensó en injerir en el liberalismo una dosis de tradicionalismo, de acuerdo con el lema: «católico como mis antepasados y liberal como mi siglo». Esta tendencia encarnó en el pidalismo formado por los elementos moderados, que no quisieron entrar en el partido liberal-conservador acaudillado por Cánovas, y que sostenían la unidad católica en el orden religioso, acaudillados por el marqués de Pidal y su hermano don Alejandro, que fundaron la revista La España Católica.

Poco después de la muerte de Cándido Nocedal, su hijo don Ramón se puso en disidencia con Don Carlos, y nació el nocedalismo o integrismo. Muchos carlistas fueron partidarios, en virtud de ciertas circunstancias, de Don Jaime, hijo de Don Carlos, apareciendo el jaimismo, que substituyó al carlismo al fallecer Don Carlos.

Algunos trataron e fundar el llamado catolicismo neutro, y no faltaron quienes quisieran hacer un tradicionalismo oficial encarnado en el maurismo.

Finalmente, después de la guerra de 1914-1918, estalló dentro del jaimismo una disidencia importante, a cuyo frente se puso Juan Vázquez de Mella.

Estas desintegraciones no han sido estériles, sin embargo, pues han quitado al tradicionalismo el carácter unilateral y anguloso que tenía, le han extendido y popularizado, y aun le han hecho encarnar en el sistema político. [*]

1. Don Carlos y el carlismo. 

Don Carlos publicó en Pau el 1.º de Marzo de 1876 un manifiesto manteniendo su actitud resuelta de siempre, por lo que tuvo que abandonar el territorio francés, pasando a Inglaterra y haciendo varios viajes por América, Europa, África y Asia, al regreso de los cuales se estableció en Venecia, en el palacio Loredán, que le fue regalado por su madre en 1881.

Manifiesto de Pau (1/3/1876).
Publicado en El Siglo Futuro
En medio de estos viajes no descuidó Don Carlos la reorganización de su partido, volviendo a encargar, inmediatamente después de la guerra, de la dirección del mismo en España a Cándido Nocedal, como delegado.

La primera batalla pacífica que libró fue contra el catolicismo liberal de La España Católica y contra la Constitución de 1876, sosteniendo desde El Siglo Futuro, periódico órgano entonces del carlismo (fundado por don Ramón, hijo de don Cándido), que los católicoliberales eran una aberración monstruosa, pues el liberalismo era inconciliable con el catolicismo y constituía una síntesis de todos los errores y herejías, por lo que los católicos sólo debían afiliarse en el partido diametralmente opuesto, o sea en el carlismo.

Dióse para ello a éste el carácter de organización católica para luchar contra todos los errores liberales, tomando como base el Syllabus «sin interpretaciones malévolas ni tergiversaciones capciosas», consiguiendo que se inscribiesen en sus filas la inmensa mayoría del clero y muchísimos católicos.

Los hijos de Pedro La Hoz (Vicente y su hermano político Juan Antonio Vildósola) resucitaron el diario La Fe, legitimista a la vieja usanza, que más adelante había de ponerse enfrente de El Siglo Futuro.

En efecto, a principios de 1881 los directores de La Fe se unieron con los católicoliberales y, dirigiendo un mensaje de felicitación a monseñor Freppel, que en la Cámara francesa estaba realizando una brillantísima campaña en favor de la Iglesia, constituyeron la llamada Unión Católica, para reunir a cuantos quisieran defender la influencia social y política de la Iglesia bajo la dirección de los obispos, sin perjuicio de continuar cada uno perteneciendo al partido en que viniese militando «respecto de las cuestiones puramente humanas o temporales», aceptando la presidencia de la nueva entidad el arzobispo de Toledo, bendiciéndola muchos obispos y fundándose el periódico La Unión Católica.

Uno de los objetivos que con esto se perseguía era que Nocedal, como director de un partido católico, aceptase la nueva organización y se sometiese a ella y a su Junta, con lo cual se le arrancaba la jefatura de los católicos en el orden político; pero, como era natural, no cayó en el lazo, y mantuvo la jefatura, por lo que estallaron graves polémicas, que adquirieron carácter personal, entre El Siglo Futuro, La Fe y La Unión, llegando la segunda a decir que Nocedal representaba «el neocatolicismo injerido en el viejo partido carlista para dominarlo y desnaturalizarlo».

La cuestión se agravó en el año siguiente, con motivo de una peregrinación a Roma, organizada por Nocedal, lográndose que se nombrase una nueva Junta de la misma, presidida por el arzobispo de Toledo. En este año fueron desautorizados públicamente por Don Carlos La Fe y El Cabecilla (semanario satírico publicado por los mismos redactores de La Fe), como rebeldes, sometiéndose finalmente.

A principios de 1884 entró Alejandro Pidal como ministro de Fomento en un Gabinete presidido por Cánovas, lo cual consolidó la posición de Nocedal y los carlistas, pues en tal hecho se vio la aceptación por Pidal del liberalismo político, acabándose de arraigar esta opinión cuando en Octubre de aquel año el mismo Pidal presidió el acto de la apertura de curso en la Universidad Central y dejó pasar sin protesta seria el discurso pronunciado por Miguel Morayta contra la Biblia y en favor de la más absoluta libertad de la cátedra.

El 18 de Julio de 1885 murió Cándido Nocedal. Esperábase que su hijo don Ramón sería nombrado por Don Carlos para sucederle en la dirección del partido, pero no fue así; después de consultar a los más conspicuos personajes de la comunión carlista, Don Carlos hizo público, en una carta dirigida por él a Francisco Navarro Villoslada, el 9 de Octubre, que asumía la dirección del partido.

Con motivo del nacimiento de Alfonso XIII publicó Don Carlos, el 20 de Mayo de 1886, un Manifiesto a los españoles reivindicando los derechos a la Corona. El 20 de Marzo de 1887, al emprender Don Carlos un segundo viaje a la América del Sur, dio nueva organización a su partido, dividiendo a España en cuatro grandes circunscripciones y nombrando un jefe para cada una.

Eran: 1.ª León, Asturias y Galicia, con León Martínez Fortún como jefe; 2.ª Andalucía y Extremadura, jefe Juan María Maestre; 3.ª Aragón, Cataluña, Murcia, Valencia y Castilla la Nueva, jefe Francisco Cavero, y 4.ª Vascongadas, Navarra y Castilla la Vieja, jefe el marqués de Valdespina.

Estos jefes recibirían de don Carlos las instrucciones que éste creyese conveniente darles, no pudiéndose realizar ningún acto importante para el partido (elecciones, fundación de centros o de periódicos, etc.) sin previa autorización del jefe respectivo, quien decidiría, además, las cuestiones públicas que pudiesen surgir; pero de sus decisiones podría recurrirse a Don Carlos, si bien sólo privadamente y sin publicidad.

Cada jefe podría nombrar subdelegados que por intermedio de aquél se comunicarían con Don Carlos, excepto en caso de reclamación. Con esto se volvió a dar a la organización cierto aspecto militar (todos los jefes lo eran) y se establecieron las bases de la disciplina carlista.


Manifiesto de Lucerna (20/5/1886)

En el año anterior (1886) los jóvenes carlistas de Madrid elevaron a Don Carlos un mensaje de adhesión en sentido militar, con más de 2.000 firmas. Por iniciativa de José María Nocedal (hermano menor de don Ramón) se organizó una Liga expiatoria de la juventud, para impetrar la curación de Don Jaime, enfermo por entonces, inscribiéndose en ella unos 20.000 jóvenes de toda España; y por la misma época se organizó en Madrid, bajo la presidencia de Reinaldo Brea, la primera Juventud carlista que hubo en España, a cuya imitación se crearon otras muchas.

No soportando Ramón Nocedal el papel a que había quedado reducido, no cesaba de atacar a La Fe, que había vuelto a la gracia de Don Carlos y representaba la tendencia belicosa. Deseando Don Carlos la paz entre sus partidarios, hizo indicaciones que no fueron atendidas.

En Marzo de 1888 publicó Llauder, por indicación de él, su famoso escrito El pensamiento del duque de Madrid, que fué atacado de momento por todos; pero no tardó Nocedal en ponerse frente a él, diciendo desde El Siglo Futuro que en la comunión tradicionalista lo primero es Dios, después la Patria y lo último el Rey, frase que si en sí era exacta, se aplicaba en sentido de que Don Carlos mandaba o sostenía cosas contrarias a Dios y a la Patria.

Indignado Don Carlos, expulsó del partido a Nocedal (9 de Julio), quien sostuvo que con él se expulsaba al puro y neto antiliberalismo y que era Don Carlos el que se había liberalizado. Sardá y Salvany combatió punto por punto el Pensamiento, y el último día de Julio publicó El Siglo Futuro, y reprodujeron muchos periódicos de provincias que seguían sus inspiraciones, el programa del nuevo partido que, acaudillado por Nocedal, sostenía «la íntegra verdad católica» (nocedalismo o integrismo), datando desde entonces la lucha entre carlistas e integristas, no menos enconada que la sostenida antes entre carlistas y mestizos, como los primeros llamaban a los pidalistas.

Don Carlos, para tener en la prensa un órgano fiel, fundó, por medio de Llauder, y en Madrid, El Correo Español, y a principios de 1890 nombró delegado suyo para toda España al marqués de Cerralbo. Fue éste un gran organizador del partido, recorriendo toda España con tal objeto, nombrando jefes y Juntas regionales y provinciales, y fundando numerosos círculos y juventudes.



El Pensamiento del Duque de Madrid (14/3/1888)


Con su delegación coincidieron dos series de hechos que se rozaron muy de lleno con el carlismo: los Congresos católicos y el nacimiento del catolicismo político militante. Estaban los primeros destinados a unir a todos los católicos en la defensa de la Iglesia en el orden político y bajo la jefatura de los obispos, pero sin antidinastismo de clase alguna, y venían, por tanto, a ser continuación de la idea de la antigua Unión católica.

Los carlistas tuvieron con respecto a ellos una conducta más bien de abstención, pues la voz cantante la llevaron los integristas. En el primero de estos Congresos, celebrado en Madrid (Abril de 1889), en San Jerónimo del Prado, bajo la presidencia del cardenal Benavides, arzobispo de Zaragoza, con asistencia de otros 14 prelados, pronunció Menéndez y Pelayo un discurso calificando de estúpidas las cuestiones que venían sosteniendo desde hace tiempo los católicos españoles sobre interpretación del Syllabus, grados de liberalismo, tesis y antítesis, integrismo y mesticismo, etc.; mas no por eso dejaron de existir, apareciendo claramente la discordia entre íntegros y mestizos en el segundo de estos Congresos, celebrado en Zaragoza en los primeros días de Octubre de 1890.

Los carlistas, no queriendo abdicar de su legitimismo, sostenían que el triunfo total de la Iglesia sólo podía obtenerse mediante el de Don Carlos, y a la doctrina del mal menor oponían la del bien mayor, negándose a transigencias de ninguna clase.

Hasta entonces era el carlismo el único partido regionalista organizado en España; pero era el suyo (y lo fue siempre) un regionalismo templado, que no atacaba en lo más mínimo la unidad nacional, concretándolo Don Carlos, en una interview que tuvo con El Independiente, de Chile, en estas palabras: «centralización política, descentralización administrativa», llevando ésta a sus últimos límites y reconociendo los fueros de las distintas regiones en los órdenes social, civil, financiero y administrativo.

Mas esto pareció insuficiente a ciertos catalanes, que fundaron la Unión catalanista (no afiliada al carlismo e indiferente al principio religioso), cuyos delegados se reunieron en Manresa en un Congreso o Asamblea general (25 de Marzo de 1892) y elaboraron 17 bases (Programa de Manresa) no ya descentralizadoras, sino autonómicas, por virtud de las cuales vendría Cataluña a ser como un Estado dentro del Estado español; y para excogitar los medios de realización de este programa se celebró en Reus otra Asamblea en Mayo de 1893.

También los carlistas se mantuvieron apartados y aun fueron hostiles a tal tendencia, que pugnaba, por exagerada, con su programa. Mayor adhesión presentaron a la campaña que en favor de sus fueros realizaron por entonces los vascongados.

El 29 de Enero de 1893 falleció en Viarreggio, repentinamente, Doña Margarita de Borbón, esposa de Don Carlos, celebrando los carlistas españoles solemnes funerales en San Jerónimo el Real de Madrid, a los que asistió toda la plana mayor del partido (7 de Febrero). Don Carlos contrajo el 28 de Abril del siguiente año nuevo matrimonio con doña María Berta de Rohán.

Antes de romper España las relaciones con los Estados Unidos dirigió Don Carlos una carta a Antonio de Brea (24 de Febrero de 1898) haciéndose eco del sentir general, y, rotas las hostilidades, ordenó desde Bruselas a todos los carlistas que no hiciesen nada que pudiera comprometer el éxito de la guerra y que ayudasen con todas sus fuerzas a los encargados de defender la integridad nacional; y en otra carta dirigida a Vázquez de Mella (2 de Abril del mismo año) amenazó formalmente con la guerra civil si no se luchaba para defender el honor nacional, diciendo que no podía asumir la responsabilidad ante la Historia de la pérdida de Cuba, por lo que esperaría hasta el último límite; pero si no se luchaba por evitarla, entraría en España «solo o acompañado», y repetía que cuando la viese irremisiblemente perdida, España y él cumplirían con su deber.

Era entonces creencia general que la pérdida de Cuba ocasionaría en España una revolución que produciría el derrocamiento de la dinastía, a la manera de lo que había ocurrido en Francia por la pérdida de Alsacia y Lorena en 1870. De aquí que firmado el Tratado de París, considerado como una deshonra nacional, fuera unánime la opinión de que los carlistas se lanzarían a una nueva guerra civil, aprovechándose del descontento del ejército y del pueblo.



Carta de Don Carlos a Juan Vázquez de Mella (2/4/1898)


Parece que, en efecto, se realizaron trabajos para el alzamiento y que algunos generales y unidades militares tuvieron tratos para ello con los carlistas, comenzándose gestiones para contratar un empréstito y pidiéndose la firma de los principales capitalistas del partido; pero fuese porque el empréstito no pudiese realizarse, fuese por otra causa (quizá porque el Gobierno llegó a conocer la conspiración, pues se descubrió un depósito de armas en Sardañola (Barcelona) y se detuvo en Arcachón un barco cargado de ellas), el movimiento no se realizó, saliendo de España Cerralbo, que presentó su dimisión, siendo substituido por Matías Barrio y Mier (Diciembre de 1899).

Este desistimiento disgustó profundamente al elemento militar y a las juventudes del carlismo, que atribuyeron la contraorden a la oposición de doña Berta, que se dijo había detenido a Don Carlos cuando éste había salido ya para España; mas tal cosa no ha podido probarse, siendo más cierto que las potencias europeas mostraron su oposición al movimiento.

De todos modos, hubo algunos carlistas que creyeron que era aquella la mejor ocasión para triunfar, y, a pesar de la contraorden, intentaron realizar por sí el alzamiento. Soliva tramó una conspiración en Barcelona, que por la poca reserva con que se llevó fracasó, y aparecieron algunas pequeñas partidas en Badalona (donde 60 hombres atacaron el cuartel de la guardia civil), Igualada, Berga y Piera, y también en Jijona (Alicante) y Jaén, lo cual prueba las ramificaciones que el movimiento tenía, siendo estas partidas deshechas en el momento de aparecer, y desautorizando Don Carlos, en carta dirigida al general carlista Moore, a los que tomaron las armas, calificándoles de traidores, lo que produjo nuevo disgusto entre sus filas, pensando muchos carlistas que debía proclamarse jefe a Don Jaime, en el cual se cifraron desde entonces todas las esperanzas.

Dibujo del cuartel de Badalona atacado por la partida de José Torrents (28/10/1900)

La política antirreligiosa del Gobierno, concretada en la persecución de las Órdenes religiosas, dio mayor incremento al carlismo, que se alió con el integrismo y aun con los silvelistas, para combatir los proyectos del Gobierno, defendidos por Canalejas, que se propuso imitar a Waldeck-Rosseau, diciendo todos los periódicos liberales que no hay verdadero liberalismo sin anticlericalismo. Al propio tiempo aumentaba el catalanismo y aparecía un nacionalismo vasco con matices separatistas, como los había dentro del catalanismo, poniéndose los carlistas enfrente de él, como sus más encarnizados enemigos.

En Cataluña el republicanismo lerrouxista se presentaba, con el apoyo oficioso de los gobiernos, como el valladar contra el catalanismo; pero sus excesos hicieron que se constituyera la llamada Solidaridad catalana, iniciada en un mitin dado en Gerona el 11 de Febrero de 1906. Fue motivo ocasional de ella el proyecto de la llamada Ley de jurisdicciones, represiva de los delitos contra la Patria y el Ejército, cuyo conocimiento se confiaba a la jurisdicción militar; pero en el fondo se trataba de una conjunción de todos los partidos para ir contra el lerrouxismo y ganar las elecciones.

Honda divergencia hubo entre los carlistas catalanes acerca de si ellos debían aliarse con los catalanistas, opinando muchos que esta unión repugnaba a los principios, a la historia y al carácter del partido, que siendo siempre amante de la Patria y del Ejército, y no siendo organización para la lucha electoral, no tenía por qué sumarse al movimiento, máxime dada la tendencia antirreligiosa de alguno de los partidos que había de integrar la coalición; pero El Correo Catalán, diario carlista de Barcelona, o, mejor dicho, su director y algunos políticos carlistas, como Llosas, atraídos por el reparto de actas de diputados y senadores, lograron que se dejara en libertad a los carlistas para sumarse o no al movimiento, que tal fue el acuerdo tomado por el jefe regional carlista después de consultado con Don Carlos (que en principio era opuesto a tal coalición), presentándose, sin embargo, este acuerdo por aquellos como si se hubiese mandado entrar en ella.

Esto produjo el retraimiento de algunos carlistas catalanes; pero coincidiendo todo ello con nuevos proyectos anticlericales del Gobierno en pro del matrimonio civil y del laicismo en la enseñanza y de persecución de las Órdenes religiosas, y menudeando los motines y la propaganda republicana en este sentido, las juventudes carlistas y los requetés (rama de las juventudes formada por los menores de diez y ocho años) fueron empleados contra unos y otros; y esta derivación hizo que el solidarismo triunfase sin oposición, tanto más, cuanto que habiendo obtenido los carlistas nueve actas de diputado en las elecciones, produjo ello entusiasmo entre las masas, que llegaron a creer que la Solidaridad acabaría con el régimen y facilitaría el triunfo de Don Carlos. Sin embargo, en el resto de España la opinión de los carlistas fue siempre contraria a la entrada y la permanencia del carlismo en la Solidaridad.

El 17 de Julio de 1909 falleció Don Carlos en Varesse, siendo enterrado en Trieste el 24 del mismo mes en la catedral de San Justo. Este fallecimiento coincidió con la Semana trágica de Barcelona, organizada y realizada por la masonería mundial y por los revolucionarios para derrocar a Maura, que se oponía, desde el Gobierno, al triunfo de los proyectos anticlericales. Los carlistas se pusieron en esta ocasión al lado del Gobierno.

Continuación: Historia del Carlismo de 1909 a la Dictadura de Primo de Rivera: el Jaimismo

[*] Nota: No compartimos las apreciaciones del autor sobre la naturaleza de la dictadura de Primo de Rivera ni creemos que la Unión Patriótica ni el posterior Movimiento Nacional (meros altos en el camino del liberalismo español) asumieran nuestros principios fundamentales; si bien entendemos que su mera existencia habría sido imposible sin el desprestigio del sistema demoliberal y la pujanza de los ideales tradicionalistas en el pueblo español los años previos a la implantación de ambas dictaduras.

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