Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón

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viernes, 15 de mayo de 2015

La Jerarquía de la Iglesia y el tradicionalismo político

Aunque la Jerarquía de la Iglesia Católica no admitió jamás conciliación alguna con las distintas corrientes liberales en materia doctrinal hasta, al menos, el pastoral Concilio Vaticano II, no cabe duda de que buena parte de los obispos españoles, ya desde la primera derrota militar carlista, se avino a componendas en materia política.

El tiempo y la actual crisis sin paliativos de la Iglesia y de la Civilización han dado la razón a quienes hace un siglo seguían empeñados en que la fe, la moral y las buenas costumbres no podrían sobrevivir a la larga en un sistema hijo de la Revolución de 1789.

Quién sabe cuál sería hoy la situación de España, de la Iglesia y de toda la antigua Cristiandad si, desde el principio, la Jerarquía católica, consciente de que contaba con el apoyo sin fisuras de la mayor parte del pueblo fiel, hubiese sido más previsora del colosal desastre que se avecinaba (y padecemos hoy) y no hubiese abandonado jamás el espíritu de Cruzada.

Nos parece apropiado a este respecto incorporar un breve texto de Francisco José Fernánez de la Cigoña sobre la relación entre los obispos y los dos partidos tradicionalistas antiliberales –carlista e integrista– a finales del siglo XIX. Después del artículo insertamos también la grabación de una interesante conferencia de este mismo autor sobre la Iglesia y el Carlismo durante el siglo XIX que tuvo lugar con motivo de los 175 años del Carlismo.

Fco. José Fdez. de la Cigoña

Extracto de LOS OBISPOS ESPAÑOLES DEL SIGLO XIX 
por Fco. José Fernández de la Cigoña

El catolicismo hispano estuvo dividido en los dos últimos tercios del siglo XIX. Al principio entre carlistas e isabelinos. No cabe duda de que al iniciarse la contienda la inmensa mayoría de los católicos, es decir, del pueblo español, simpatizaba con las ideas de don Carlos. Pero la localización en pequeñas áreas del territorio nacional del dominio carlista, la prolongación de la guerra, la necesidad de vivir como católicos en unos lugares que pronto se vio que el Pretendiente no iba a conquistar, el advenimiento de los moderados que firmaron el Concordato de 1851 con la Santa Sede, nombraron obispos y cicatrizaron espantosas heridas que la Iglesia habían recibido, el indudable catolicismo de la reina, el P. Claret, sor Patrocinio y hasta el P. Fulgencio y otras causas que sería prolijo enumerar, hicieron que con el tiempo muchos buenos católicos se sintieran cómodos, o no demasiado a disgusto, con Isabel II. Y el Papa, que era nada menos que Pío IX, también. Y en ocasiones hasta agradecido. Al menos con los gobiernos moderados. El ejército español ayudándole a recuperar los Estados Pontificios, la Rosa de oro, papales apadrinamientos..., contribuían a hacer más fluidas las relaciones de un importante sector del catolicismo español, más importante sobre todo por la calidad que por la cantidad, con Isabel II.

La revolución de 1868 cambió la situación e hizo renacer las esperanzas carlistas que entonces personificaba el rey de la barba florida, Carlos VII, nieto de Don Carlos, que de nuevo se lanzó al combate por una causa que seguía teniendo, como la de su abuelo, profundas connotaciones religiosas. La situación revolucionaria y anticatólica hizo que se pasaran al carlismo notables personalidades que habían estado con Isabel II: Cándido Nocedal, Aparisi y Guijarro, González Bravo... Pero una vez más la suerte de las armas les fue adversa y otras concausas hicieron imposible el triunfo. Muchos católicos se sintieron aliviados con la restauración alfonsina y se desentendieron del nuevo Pretendiente. Y la mayor parte de los obispos, nombrados por Isabel II y por Alfonso XII, también.

Sin embargo, la mayoría del catolicismo español seguía viendo en el nuevo régimen la consolidación de los principios liberales, reprobados por Pío IX en el Syllabus y se mantenía alejada de las disputas políticas, dejando en precaria situación a los moderados que ahora se habían convertido en conservadores. La ruptura de la unidad católica por Cánovas en la Constitución de 1876 no contribuyó a acercar a esos sectores, todavía mayoritarios, a la situación, aunque tal vez permitiera la integración en el sistema de los más moderados de los progresistas, acaudillados por Sagasta.

Ante esta situación, Alejandro Pidal y Mon, hijo y sobrino de dos personalidades del régimen isabelino, que se había opuesto denodadamente a la ruptura de la unidad católica, pensó que si esa gran mayoría de españoles, incondicionales sobre todo de su religión, se integrasen en el sistema, el poder estaba garantizado, la Iglesia segura y la patria salvada. E hizo su famoso llamamiento a las honradas masas carlistas (125). Todo terminó en una espantosa división en la que todos tuvieron su parte de culpa.

Carlistas y pidalistas primero y después, escindido el carlismo por la marcha de Ramón Nocedal, que tenía tras sí a una gran mayoría del clero español, carlistas, pidalistas e integristas, perdieron, en feroces luchas fratricidas, unos esfuerzos que, dirigidos contra los enemigos de la Iglesia, hubieran obtenido resonantes triunfos. A nuestro modo de ver todos tenían razón en parte y ninguno por entero. Si a eso se añade que la fórmula de Pidal era muy grata al nuevo Pontífice León XIII, pues reproducía su famoso ralliement pero con una situación política muchos menos adversa a la Iglesia, es fácilmente comprensible que Ramón Nocedal, el implacable enemigo de la componenda y el defensor de los derechos maximalistas de la Iglesia, fuera un molesto compañero de viaje. Bizarro paladín del catolicismo fue abandonado por la jerarquía de una Iglesia a la que había entregado todo y a la que quería colocar por encima de todo. Y decimos de la jerarquía porque una gran parte del clero le fue fiel hasta el final, pese a reiteradas advertencias de los obispos. [...] Tal vez fuera un personaje de cruzadas en época en que se querían componendas. Y él no sabía de ellas aunque esas componendas pudieran ser buenas para la religión.

Roma multiplicaba recomendaciones, primero privadas y luego públicas y todas sesgadas en favor de una de las opciones que tenía en León XIII y Rampolla, este último, tanto como nuncio en Madrid como después en su cargo de cardenal Secretario de Estado, dos firmes valedores. Nocedal desvirtuaba las advertencias con habilidades de notabilísima inteligencia. Pero los obispos estaban ya hartos de este seglar que mandaba en sus diócesis más que ellos pues la mayor parte del clero le seguía, a través de su periódico El Siglo Futuro, como a un oráculo. [...]

La prensa de cada una de las tres tendencias había sido el palenque donde habían competido, más que contra los adversarios de la religión contra los católicos de otro bando, quienes representaban las diversas tendencias del catolicismo español. Para los integristas, los católicos alfonsinos eran liberales y por tanto, en base a lecturas maximalistas de textos de Pío IX, no eran católicos. Para los pidalistas, que se veían expulsados de la Iglesia por obispos de levita, Nocedal y los suyos eran cismáticos que no obedecían al Papa. Aunque ellos tampoco obedecieran cuando el Papa ordenaba silencio y caridad. Y para los carlistas, que veían en los integristas unos traidores y en los mestizos unos enemigos dinásticos, era fácil regocijarse con las heridas que los otros se causaban entre sí y contribuir a su vez a repartir mandobles a diestro y siniestro. Los obispos decidieron tomar la iniciativa y llevaron al Congreso Católico de Burgos una propuesta de actuación que, asumiendo prácticamente todos los postulados integristas los desvinculaban del partido. [...]

Las Bases estaban en el más puro espíritu del ralliement. Unámonos para defender la religión y dejemos las preferencias políticas para cuando los intereses de la Iglesia no estén comprometidos (128), aunque en ellas se contenía otra andanada antiintegrista, en la que no carecían de cierta razón los obispos (129). El Programa, en cambio, satisfaría las reivindicaciones de Nocedal (130), al menos en gran parte.

(125) FERNÁNDEZ DE LA CIGOÑA, FRANCISCO JOSÉ: «El pensamiento contrarrevolucionario español: La Unión Católica», en Verbo, núm. 193 - 194, 1981; passim.
(126) Revista Eclesiástica, V, Valladolid, 1899, pág. 194.
(127) Revista Eclesiástica, V, Valladolid, 1899, pág. 194.
(128) Revista Eclesiástica, V, Valladolid, 1899, pág. 195.
(129) Revista Eclesiástica, V, Valladolid, 1899, pág. 196.
(130) Revista Eclesiástica, V, Valladolid, 1899, págs. 197-198.


FERNÁNDEZ DE LA CIGOÑA, FRANCISCO JOSÉ: «Los obispos españoles del siglo XIX. Diócesis de Almería», en Verbo, núm. 347 - 348; págs 783-810.



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