domingo, 9 de noviembre de 2014

CXXIII ANIVERSARIO DE CARLOS CALDERÓN Y VASCO

Con motivo del aniversario de la muerte del célebre brigadier y general titular de nuestro granadino Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón, reproducimos diferentes noticias sobre su muerte aparecidas en la prensa a principios de 1892:

DON CARLOS CALDERÓN Y VASCO

«El general Calderón, el bravo militar que empezó su vida de soldado siendo un niño, batiéndose de alférez de Coraceros del Príncipe, a las órdenes del general Zabala, contra Prim, y que sabedor luego la revolución Setembrina se presentó a D. Carlos en París para ponerse por completo a sus órdenes, ha desaparecido de entre nosotros en el poco tiempo que ha necesitado una enfermedad aguda y traidora para matarle.

»Aun los enemigos de nuestras ideas proclaman muy a las claras las brillantes dotes del caballero y del soldado.

»Los oficiales del batallón de Cazadores de Segorbe, que cayeron prisioneros en la toma de Portugalete, pregonaron luego en su campo el trato caballeroso y exquisito que les dio el entonces Teniente coronel del 2.º batallón de Navarra, guardador de los prisioneros liberales.

»Lo mismo cuando se batía bizarramente en el campo de batalla, como ahora que dirigía los negocios de empresas importantísimas, siempre ha colocado muy alto su nombre, y es por eso intachable su reputación.»
(La Tradición).

«Ni en la prosperidad ni en la desgracia perdió nunca su buen nombre de perfecto caballero, cuya cualidad le ha sido reconocida siempre por amigos y enemigos, habiendo observado en todas ocasiones una conducta irreprochable, gozando de fama merecida, por su valor acreditado, por su honradez a toda prueba y por su inquebrantable constancia.

»Don Carlos Calderón ha bajado al sepulcro en la capital de Fancia, donde se encontraba últimamente, siendo honrado y respetado por cuantos le conocieron y trataron, y dejando un nombre exento de toda mancha y un vacío inmenso en el seno de su familia y en el vasto círculo de sus amigos y relaciones.»
(El Noticiero universal).


«Vedle ya fuera del mundo de los vivos, pero en cambio deja tras de sí la estela refulgente de su gloria al noble partido en que militó, aunque llenando de amarga pena el corazón de sus numerosos amigos. Porque los tenía buenos y en todas partes: desde el egregio Príncipe, a quien consagrara su fortuna, su porvenir y el peso de su potente espada, hasta sus compañeros de armas y sus amados voluntarios. Deja detrás de sí una envidiable memoria, porque valía tanto que hasta sus mismos contrarios le querían:… y hemos sabido también que hasta en el regio Alcázar de la Plaza de Oriente se han lamentado de la prematura muerte del sin par caballero, del lealísimo soldado de la legitimidad.

»Y es que en Calderón todo atraía; hasta su figura era arrogante y simpática: alto, moreno, de grandes ojos negros, de fisonomía dulce y franca, sin por ello dejar de ser enérgica a las veces, era del tipo árabe más puro, descrito en las leyendas de la Reconquista. De un corazón que no le cabía en el pecho, de una generosidad sin límites y de un valor rayano en la temeridad, ¿qué mucho que despertara cariño y afecciones por todas partes?

»La nostalgia de la paz no pudo, sin embargo, concluir con su genio emprendedor y activo. Se dedicó a empresas y negocios, cruzó los mares, y en América, lo mismo que en Navarra y en Madrid, era siempre el franco amigo y el camarada de todos. Hasta el mismo D. Alfonso XII apreciaba en su justo valor y respetaba la consecuencia política y la caballerosa lealtad de Carlos Calderón.»
(El Estandarte Real).

«Guardaba las tradiciones y los afectos de su familia como un culto; por eso fue carlista, por eso continuó con el actual marqués de Comillas la amistad que al mismo profesó su padre, decidido protector de aquel hombre laborioso e inteligente que se llamó D. Antonio López.

»Había que reconocer íntimamente a D. Carlos Calderón para saber lo que valía aquel corazón de oro, aquel tipo de caballero sin miedo y sin tacha, que llevó a los negocios un espíritu de rectitud y de nobleza que era uno de sus principales atractivos.

»Con él ha desaparecido uno de los tipos caballerescos que el inmortal D. Pedro Calderón de la Barca pintaba.

»Sobre su tumba puede ponerse este epitafio: Aquí yace un caballero español. »

(El Heraldo de Madrid).

lunes, 29 de septiembre de 2014

LXXIII Aniversario del periodista D. Francisco Guerrero Vílchez

Francisco Guerrero Vílchez (1854-1941)
El 29 de septiembre de 1941 fallecía en Granada, a los 87 años de edad, D. Francisco Guerrero Vílchez, obrero y periodista granadino, fundador del periódico La Verdad, que consagró su larga vida a la defensa de Dios, España y la legitimidad. Fue gran amigo y benefactor de los obreros, para los que dispuso una biblioteca, y por la defensa del ideal tradicionalista hubo de sufrir balazos en los montes de Navarra, puñaladas callejeras, traiciones y hasta un encierro en la cárcel por un artículo que no gustó a los militares: Duro y a la cabeza.

Pese a todas las dificultades, no cejó en su empeño de devolver a España su sagrada tradición. Su periódico, «La Verdad», vivió más de 40 años, hasta el día de su muerte.


«El Pensamiento Navarro» publicaba el siguiente artículo con motivo de su fallecimiento:

Ha muerto en Granada un gran amigo y gran batallador : D. Francisco Guerrero Vílchez, Veterano carlista y Director y propietario del semanario «La Verdad», en el que tanto combatió por nuestros ideales que fueron los suyos, los que él llevó en su sangre, que la dio en su defensa en la última guerra carlista; los que él ha sostenido con tesón y lealtad hasta el mismo momento de morir. Era además Caballero de la Legitimidad Proscripta y lo que se dice un valeroso soldado de la Causa, al que no desanimaron las defecciones, ni las amarguras de la vida, ni las contrariedades, ni las desgracias de familia. Hombre de gran carácter, contra todo lu­chó con aquel ánimo que aun conservaba de sus tiempos mozos, de cuando peleó por las banderas de Don Carlos en el Norte, en la batalla de Lácar, en la que gustó del plomo enemigo por su valentía en el combate, combate en el que ha permanecido porque su temple y su espíritu no decayeron hasta los últimos días de Septiembre en que quedó enfermo para no levantarse más.



Todos los que militábamos en la Comunión Tradicionalista y tuvimos un puesto en las trincheras de la Prensa, conocimos y amamos con cariño a aquel caballero del Ideal que podía ser padre abuelo de todos nosotros en el periodismo. En los tiempos anodinos en que parecía no pasaba nada, pero que eran los peores, los que fraguaban el mal, en aquellos días en que las gentes vivían alegremente, sin ideales, sin preocupaciones, sin tener en cuenta que la monarquía liberal se desmoronaba y detrás venía el caos, en aquellos tiempos en que los insensatos se reían de nues­tros avisos, como en otras épocas se rieron de los de Aparisi y Mella, Guerrero Vílchez, haciendo honor a su apellido y a su espíritu en la hermosa Granada, entre las nieves de la Alpujarra y los hielos de la indiferencia, sostenía el ba­luarte del tradicionalismo y allí publicaba su semanario que hasta estos momentos ha seguido saliendo llevando en la cabecera el trilema Dios, Patria, Rey, en el que defendía los ideales tradicionales con el mismo garbo y ardor con que los defendió en su juventud en otro terreno. ¿Quién pensaba entonces en aquellas cosas «del absolutismo», como decían los necios? Por eso, los más no le hacían caso y otros se reían diciendo benévolamente: «Cosas de ese simpáti­co, pero arcaico anciano». Sandeces. Él podía exclamar como Donoso cuando no le escuchaban : Ya llegará el día en qué me tocará reír a mí. Y le tocó. Porque vio llorar atolondrados a los que antes se reían; cuando se desplomó lo que ellos no querían creer que se podía hundir, y más tarde vio también desplomarse a la República, a la que tantos otros —que no son conservadores de la constancia— se habían pegado buscando un acomodo. Guerrero Vílchez, desde su baluarte in­conmovible, pregonando la verdadera doctrina y anunciando todas las catás­trofes que habían de acontecer, contem­pló todos los derrumbamientos, los cam­bios pólíticos y las mudanzas en las per­sonas y él siguió adelante, impertérrito en la profesión y defensa de sus ideales, que los estimaba más santos, más verdaderos, cuanto más patente era el fra­caso de todo lo demás.

Lápida de D. Francisco Guerrero en el cementerio de Granada
Ha desaparecido aquel caballero de la Causa, aquella fortaleza espiritual que no reconocía barreras que se opusieran al desarrollo de sus doctrinas. Ochenta y ocho años al servicio de un mismo ideario, sin flaquear por el desánimo ni por la tibieza, le habían dado un pres­tigio y una aureola que podía exhibirla como el mejor blasón. ¿Quién podrá de­cir otro tanto? Por eso, su venerable persona era respetada en Granada. Era el respeto a una vida larga y ejemplar en el sacrificio, el respeto hacia un gran luchador que podía ofrecer como nadie el ejemplo de una lealtad acrisolada a una misma bandera y a quienes fueron sus Abanderados. Desde los días de su juventud en que combatió a la revolu­ción en los invictos Ejércitos del Rey Carlos, hasta el momento de morir, había sido el mismo y no había cesado de pelear en la misma trinchera. ¿Qué me­jor ejecutoria para obtener el respeto y la admiración no sólo de los que pen­saban como él, sino de los que habían sido distintos a él, que jamás podrían decir otro tanto?

Calle Periodista Francisco Guerrero Vílchez en Granada
Se nos va la pluma movida por la vehemencia y el cariño que sentíamos ha­cia el gran luchador al que no habrá quien le sustituya. Son hombres de otro tiempo, hombres de verdad, caracteres indomables que no debieran faltar, ro­bles de fortaleza espiritual y física que viven largos años, sin caer en la clau­dicación, para dar ejemplo de conse­cuencia y de fidelidad. Ya no veremos sus artículos entre los nuestros, que tan­tas veces los honró dándoles entrada en su brillante hoja de combate, porque don Francisco Guerrero Vílchez, Excelentísimo Señor Caballero de la Legitimidad Proscripta, Veterano Carlista y maestro de periodistas y de luchadores, que toda su vida ha estado en guerra contra la mentira revolucionaria, ha empezado a gozar de la paz eterna. Que Dios se la conceda y que nosotros no olvidemos a aquel gran amigo ni en nuestras ora­ciones, ni en nuestra vida para ajustarla con arreglo a la suya tan benemérita, tan cristiana, tan tradicionalista.


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Placeta Triviño en Granada, donde tuvo sus oficinas el periódico La Verdad.

La Verdad. Granada, diciembre de 1941

martes, 24 de junio de 2014

Recordando a Don Tomás Zumalacárregui



Tal día como hoy, en 1835, caía el más grande caudillo carlista de todos los tiempos: el general Don Tomás Antonio de Zumalacárregui e Imaz, apodado el tigre de las Améscoas. Mucho se ha escrito sobre este paladín vascongado, cuyas virtudes y genio militar eran tan admiradas por sus amigos como temidas por sus enemigos.

Rasgos personales de Zumalacárregui

Don Tomás Zumalacárregui era de estatura de cinco pies y dos pulgadas: tenía la espalda un poco ancha y algo torcida. De ordinario no llevaba la cabeza muy erguida, y antes por el contrario, cuando caminaba a pie, marchaba con la vista fija en el suelo, como si le fuese ocupado de una profunda meditación. 

Sus ojos eran claros y castaños; el mirar penetrante, profundo como el águila; su tez clara, la nariz regular, el cabello castaño oscuro y áspero; en sus últimos años principiaba ya a encanecerse, y lo llevaba por lo común muy corto. La patilla unida al bigote favorecía en extremo a su fisonomía, mostrándola tan singular como belicosa.: nunca se veía en sus acciones ni públicas ni privadas, cosa que desmintiese aquel aire de imperio con que la naturaleza le había dotado. 


Zumalacárregui hablaba poco y no reía mucho: escuchaba con particular atención a cuantos le dirigían la palabra, y cuando daba audiencia, era tan enemigo de dejar negocios pendientes y de hacer esperar a las personas (especialmente desgraciadas), que se olvidaba hasta de comer. Jamás sentó a la mesa hasta no haber oído al último de los que deseaban hablarle. Así, con frecuencia sucedía que la comida dispuesta para el mediodía, le aguardaba todavía por la noche: esto acontecía todas las veces que pasaba veinte y cuatro horas en un pueblo. 

Sin embargo de haber residido en las principales capitales de España ocupando el lugar brillante que pertenece al jefe principal de un regimiento, Zumalacárregui frecuentaba poco la sociedad. De él puede decirse, lo que Voltaire escribe de Carlos XII de Suecia, «que este retraimiento era efecto de que todo entero se entregaba a los trabajos de la guerra.»

Mas no se crea por esto que, cuando llegaba el caso, no sabía conducirse con aquella galantería tan propia de la oficialidad española: al contrario, era sumamente atento y urbano, y por lo mismo que no hacía alarde de ello, resaltaban más aun sus obsequios. Profesaba un odio implacable al juego y a la mentira. Su mayor diversión era la caza, siendo tal su pasión por ésta, que dedicaba siempre a ella todo el tiempo que le dejaban libre sus obligaciones. De este ejercicio le provino, sin duda, aquella soltura y agilidad de miembros que se le notaba, pues algunas veces, especialmente en invierno, hacía a pie jornadas enteras. 

El carácter de Zumalacárregui se resentía con facilidad de su temperamento bilioso, y como el gran Condé llevaba a mal se le contradijese. No obstante, tan pronto como era fácil en calmarse: los testimonios que podríamos citar, aumentarían considerablemente este volumen. Arrogante con los soberbios mientras daban muestras de altivez, se abatía hasta ponerse a su nivel, con los modestos para infundirles el vigor que parecía habían perdido. Celoso por la religión de sus abuelos, estaba muy lejos del fanatismo y de la hipocresía. Trataba a todos según la moral de su conducta y ni aún los eclesiásticos si estaban faltos de virtudes, hallaban en él consideraciones particulares. 

Los talentos y la calidad de las personas eran tenidos en grande aprecio por Zumalacárregui. Como su afán le conducía a ser el primer autor de sus disposiciones, nada hay que extrañar que fuese el artillero que daba fuego al cañón, el ingeniero que hacía los reconocimientos, el polvorista que pintaba los mixtos, y hasta el cabo, sargento, capitán o coronel en sus funciones respectivas; los más minuciosos detalles le llamaban la atención.

Jamás expidió una orden u oficio por escrito sin entregarlo por su propia mano y examinar antes la inteligencia o capacidad del conductor, obligándole a repetir, palabra por palabra, lo mismo que acababa de decir. Con tal observador ningún hombre de mérito podía estar largo tiempo confundido, ningún criminal impune, ningún adulador bajo otro disfraz. Al contrario de lo que generalmente sucede, Zumalacárregui conforme crecía en gloria y reputación, iba deponiendo la gravedad de su aspecto; y no sólo al último soldado sino al mendigo más miserable, se mostraba a toda hora accesible. La generosidad era en él una virtud innata, y la energía la cualidad más sublime de su carácter.

(Vida y hechos de D.Tomás Zumalacárregui, por el General carlista D. Juan Antonio Zaratiegui, capítulo VIII, páginas 392-395.)


Zumalacárregui en Huarte Araquil

Una lluviosa mañana de octubre de 1833 salió de Pamplona un oficial de elevada talla, envuelto en holgado capote militar. Este oficial que al pasar frente a los centinelas recató el rostro con el embozo del capote, no bien se halló a distancia de la muralla, marchó con aire resuelto camino de Irurzun, y como a un tiro de cañón de la plaza, montó en un caballo que allí encontró preparado, dirigiéndose a todo galope hacia el pueblo de Huarte Araquil, en el que se hallaban reunidas algunas fuerzas realistas. 

Descendió, una vez llegado al pueblo, frente a una casa de buena apariencia, y penetró en ella no sin que su presencia excitara la curiosidad de los transeúntes. Todos se preguntaban quién sería aquel personaje de imponente figura y rostro severo, en cuyo uniforme se veían brillar las divisas de coronel. Empero, la ansiedad general no tardó en verse satisfecha, y el nombre de Zumalacárregui comenzó a dejarse oir en todas las bocas. Este apellido era entonces poco conocido aún, pero las cualidades y antecedentes que se atribuían al que lo llevaba, satisficieron a los más entusiastas por la causa de Don Carlos. No es pues de extrañar, que el personaje recién llegado al pueblo fuera acogido con respeto por las fuerzas en él reunidas, y cuyo mando iba a tomar; pero lo que desde luego admira, es que un jefe sin arraigo y sin renombre, comience por dirigir a sus soldados arengas como ésta:

 
Zumalacárregui en Huarte-Araquil
           «Desde mañana es imposible daros los dos reales de prest como se ha hecho hasta hoy. La escasez que tenemos de fondos no permite hacer por vosotros todo aquello que quisiéramos. Los únicos recursos con que contamos para proseguir la guerra, son los que ofrece el país, y éstos, la mayor parte se han consumido ya. Por lo tanto, os hago saber que en lo sucesivo no se os dará de paga más que un real de vellón diario en vez de los dos que os tenían prometidos, y en esta misma proporción se satisfará el sueldo a todas las otras clases. Si después del arreglo que procuraremos introducir y de nuestras diligencias, adquiriésemos mayores fondos, debéis esperar que se os aumentará la paga; mas por ahora es preciso renunciar a los dos reales diarios.»



El que así se expresó, demostraba tener gran corazón, y los soldados que le oyeron en silencio y aceptaron tales condiciones, necesariamente tenían que ser soldados modelos.

(La vida militar en España, cuadros y dibujos de Cusachs, texto de Barado, pág. 221.)

Zumalacárregui en Elizondo

Entrevista de Don Carlos con Zumalacárregui

La primera entrevista de Don Carlos con Zumalacárregui fue muy tierna y debió halagar extraordinariamente el amor propio del general. 

Al considerar el Príncipe que este hombre, sólo con la fuerza de su genio había sabido aunar elementos opuestos y heterogéneos, sobreponerse a rivalidades mezquinas y desbaratar a la cabeza de noveles soldados a cuerpos enteros de tropas veteranas aguerridas, eclipsando la gloria de hábiles y entendidos capitanes, no pudo dominar su emoción y se arrojó en brazos del bizarro caudillo, manifestándole de la manera más cordial, lo altamente satisfecho que se hallaba de su comportamiento, pericia y denuedo.
 


(Galería militarcontemporánea, tomo 2.º, pág. 70. – Madrid 1846.)


Zumalacárregui herido

El sol hacía sentir muy fuertemente su acción, se incomodaba bastante al general, a quien se colocó en una cama de sofá, cubriéndola con un toldo blanco. Llevaban la cama doce granaderos, e iban de reserva veinte y ocho para relevarse de trecho en trecho. Una tristeza sombría y profunda se hallaba retratada en la fisonomía de los que acompañaban al general, y en cuantos sabían la fatal nueva, pero procuraban reprimir esta expresión de dolor. 

Zumalacárregui herido

Los habitantes de los pueblos, impelidos de una solicitud tierna y cariñosa, acudían en tropel a enterarse del estado del caudillo guipuzcoano; alguno de aquellos soldados, acostumbrados a desafiar la muerte con frente serena y ánimo esforzado en cien combates, dejaban correr furtivamente algunas lágrimas y contestaban con un movimiento de cabeza a cuantas preguntas se les dirigían.

(Galería militarcontemporánea, tomo 2.º, págs.. 75-76. – Madrid 1846.)


Iglesia de Nuestra Señora de Begoña y casa en que fue herido Zumalacárregui

Para que nuestros lectores puedan tener una cabal idea de tan memorable sitio, acompañamos la vista de la célebre casa denominada de Quintana, en cuyo balcón del centro recibió Zumalacárregui la herida.

Iglesia de Nuestra Señora de Begoña y casa en que fue herido Zumalacárregui

Dicha casa, inmediata a la iglesia de Begoña, se comunicaba con ésta por medio de un camino cubierto que en la misma vista se demuestra y por el cual fue retirado Zumalacárregui después de herido.

Mucho lamentaron su pérdida aquellos heroicos voluntarios que tantas veces guió Zumalacárregui a la victoria. Este último grabado representa una emboscada de las fuerzas carlistas al mando de Zumalacárregui contra un destacamento enemigo.

Emboscada carlista

Extraído de la revista El Estandarte Real (1891)


jueves, 5 de junio de 2014

El levantamiento carlista en el Reino de Granada

Exceptuando la expedición del General Gómez, poca conocida es la presencia carlista durante la primera guerra civil (1833 - 1840) en los reinos de Andalucía y Granada. Sin embargo, desde el principio hubo legitimistas en estas tierras, como demuestra Antonio Pirala en su Historia de la guerra civil y de los partidos liberal y carlista. Así narraba el autor liberal el levantamiento carlista de la Alpujarra y Granada, en el que las autoridades cristinas llegaron a temer la propia conquista de la capital del reino granadino:


LXXXVIII – La Alpujarra y Granada

De distinta índole que la rebelión de los moriscos se preparó otra en la Alpujarra, esa región que partiendo desde las eternas nieves de Sierra Nevada, la circunda en toda su extensión meridional hasta enlazarse con la Contraviesa, que empieza en otra serie de cordilleras que termina en el mar. El terreno y los habitantes se prestaban perfectamente a levantar el pendón carlista, y a emprender una lucha ruda como aquellas montañas y valiente como sus pobladores.

Solazándose estaba el capitán general de Granada, Palarea, en la posesión de Dandella, cuando recibió la primera noticia del levantamiento de los carlistas, y por enfermedad de Aranda capitán de la compañía franca de Seguridad envió al teniente don Joaquín Siman, a apagar aquel incendio. A marchas forzadas llegó diligente a Polopos, donde se hicieron fuertes sus enemigos; peleóse con tesón, y muerto su jefe don Matías de Castro y herido su segundo Arratia, que quedó prisionero, se dispersó fugitivo el resto de la fuerza, hallando en el país la protección que necesitaba su cuita, se recogieron las armas que abandonaron, un obús de campaña enterrado, y otros efectos, y se vio ahogada en su cuna aquella insurrección que habría sido imponente a no ser tan pronto reprimida (1).

Fotografía del pueblo alpujarreño de Polopos, donde cayó el caudillo carlista D. Matías de Castro

Según la declaración de Arratia resultó complicado el obispo de Guadix, su secretario el señor Cedrun, don José Enríquez y Campo vecino de Granada, y otros: se detuvo al Prelado en su palacio y en la cárcel a su secretario y al joven Enríquez, que emparentado con las principales familias de la ciudad era simpático a todos: temióse por su vida y se halló medio de que se le trasladara al hospital, de donde se fugó narcotizando a los nacionales de la Guardia y vigilantes.

Palacio episcopal de Guadix, donde fue detenido el Ilmo. Sr.
D. José Uraga, cuya implicación carlista motivó que a su muerte el
gobierno liberal dejase vacante la diócesis de Guadix entre 1840 y 1848

Pasó el proceso al juzgado de Albuñol, decidida a su favor la competencia, desempeñado entonces por don Francisco de los Ríos Rosas, y no tuvo más consecuencias notables el plan de insurreccionar la Alpujarra, que habría sido grave para la causa liberal, a la que dieron que hacer los carlistas que en la provincia de Jaén invadían los partidos de Cazorla y Segura de la Sierra, y especialmente la que capitaneó Isidro Ruiz (a) el Monjero; y en la misma Provincia de Granada no fueron insignificantes las partidas que recorrían los territorios de Baza y Huéscar, atacando a la villa de Benamaurel, cuya iglesia incendiaron; debiendo citarse la conspiración descubierta en las Albaidas, y aún la que antes descubrió por una criada, el auditor señor Andreu Dampierre, que fraguaban los presos de la cárcel de Granada, y costó la vida a nueve de ellos.

No faltaban entonces carlistas en Andalucía, y les alentaba en sus empresas la división tan profunda que introdujeran en Granada los Jovellanos, en los que estaban afiliadas personas de valer como Martínez de la Rosa, Castro y Orozco, Velluti, el marqués de Falces, duque de Gor, Cónque, Egaña y otros. Produciéndose lamentables divisiones entre moderados y exaltados, y poco cuerdo o mal aconsejado Palarea, aunque tenía fama de astuto su consejero, no dejaban de aprovecharlas los partidarios de don Carlos; conspiraban, abundaba el dinero, y sólo una persona, cuya familia aún vivía, no ha mucho, sacrificó toda su fortuna, de algunos millones adquiridos en las minas de Almería (2).

Llegaron a temer las autoridades, se adoptaron grandes precauciones y hasta bajóse en rogativa la efigie de San Miguel desde su elevado santuario a la iglesia de la Virgen de las Angustias y de aquí con dicha imagen a la catedral, ondeando el estandarte de los reyes católicos en la Torre de la Vela. Se temía que don Basilio y Tallada atacaran la Ciudad, y se apeló a la astucia para evitarlo. Encomendóse al teniente Siman marchar con la compañía franca de seguridad pública, y al llegar a Purullena pidiese al alcalde de Guadix un crecidísimo número de raciones, suponiéndose jefe de la avanzada de un ejército numeroso; y a propósito para el jovial carácter de aquel hijo de Vélez Málaga el cometido que llevaba, que comprendió perfectamente, obró y expidió comunicaciones aún al mismo capitán general de Granada, como si mandara un grande ejército, cuando sólo llevaba 30 hombres; al hacer el pedido de raciones a Guadix, a donde acababan de llegar las avanzadas carlistas pidiéndolas también, se sorprendió el alcalde, lo manifestó a los enviados de Tallada y don Basilio, creyeron estos que se había improvisado en Andalucía y reunido en Granada un numeroso ejército y levantaron el campo que ya tenían a unas tres leguas de Guadix, retrocedieron a Castril y Baeza para ser batidos por Sanz, y respiró Granada.


El General carlista D. Basilio

(1) En Granada se descubrió una fábrica de municiones de armas en uno de los sótanos de San Diego de Alcalá.

(2) Viéronse estos desgraciados en una boardilla en Madrid, por la caridad del señor Bonell y Orbe, y fue tan consecuente en su opinión el dignísimo sujeto de que tratamos, que al saber la muerte del conde de Montemolín, volvió a su casa despavorido y abrazándose a su lecho falleció de repente, exclamando: ¡ya no queda esperanza alguna! ¡nuestro rey ha muerto! Tan profunda convicción es grande, noble, sublime. Digno recuerdo merecía de sus correligionarios tanta virtud y heroísmo.

Extraído de Historia de la guerra civil y de los partidos liberal y carlista, por Antonio Pirala (1869).

domingo, 1 de junio de 2014

Carlistas célebres de Granada: Dr. Juan Creus y Manso

El día 1 de junio de 1897 fallecía en Granada uno de los más conspicuos cirujanos españoles, el ilustre D. Juan Creus y Manso. 

Dr. Juan Creus y Manso (Guadalajara, 1828 - Granada, 1897)

Catedrático de Anatomía topográfica y Operaciones en la Facultad de Medicina de Granada, y luego de Clínica quirúrgica, no se limitaba a explicar la asignatura, sino que la inculcaba prácticamente a sus alumnos. Sobrio de palabras, describía con admirable precisión una enfermedad en los términos más concisos, dejando grabados en la memoria de los oyentes los principales rasgos de la misma; y en operaciones, a medida que iba disecando los tejidos exponía la anatomía de la región y dibujaba con suma limpieza los cortes y manipulaciones estrictamente necesarios al acto operatorio.

Al par que diestro era pulquérrimo en las operaciones; así es que antes de emplearse los procedimientos de antisepsia con todos sus detalles, ya la reunión inmediata era la regla en sus operados. Y no se crea que se limitase á la Cirugía clásica, sino que practicaba las operaciones mas arriesgadas: ovariotomías, enterorrafias, nefrectomías, autoplastias, extirpación de la parótida, suturas intestinales, trepanaciones, etc., etc. Con su serenidad de ánimo, decisión pronta para cambiar de rumbo en frente de hechos inesperados, y juicio rápido para tomar determinaciones inmediatas, salvaba sin vacilaciones, cualquier accidente operatorio, cualidad la más característica quizás de las que adornaba al eminente cirujano. En cátedra no pasaba lista ni obligaba la asistencia a clase, y, sin embargo, la concurrencia de alumnos que iban a aprender sus lecciones demostrativas era siempre extraordinario.

Trasladado al Colegio de San Carlos, desempeñó, más tarde, con general aplauso, el difícil cargo de Rector de la Universidad Central. Amante del progreso, estaba al corriente de todos los adelantos científicos que estudiaba con entusiasmo, y tan pronto como el estado de su vista no le permitió leer todo cuanto entendía que le era necesario, pidió la jubilación, retirándose á tiempo, en la casi plenitud de su facultades. En artículos periodísticos y Memorias escribió sobre las varias ramas que abarcan las Ciencias médicas.

Calle Doctor Creus en Granada

Su tolerancia con todas las ideas científicas no le impidió militar en las filas de la Tradición, habiendo figurado en la Junta carlista de Granada. Una vez jubilado, retirose a su patria, consagrándose exclusivamente a sus dos grandes ideales: la ciencia y la caridad, muriendo tal vez víctima de su excesivo celo por esta última. ¡Descanse en paz el inolvidable maestro, honra de la cirugía patria!

Extraído, en parte, de la Revista Balear de Ciencias Médicas, 1897

martes, 20 de mayo de 2014

XXXIX Aniversario de D. Manuel Fal Conde

IN MEMORIAM

Hace 39 años fallecía el insigne Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista en tiempos de la República y la Guerra de Liberación, D. Manuel Fal Conde (Higuera de la Sierra, 1894 - Sevilla, 1975), quien después de contribuir de manera generosa a la triunfo de la Cruzada se opondría a la unificación del Tradicionalismo con la Falange en un partido único totalitario bajo el mando del General Franco, cosa que le valdría el destierro por parte del régimen que debía la victoria en gran parte a él y a los requetés. 

"El partido político -diría Fal Conde- es contrario al verdadero fin del Estado y, de manera especial en España en las presentes circunstancias, es necesaria su desaparición para la salvación de la Patria (...) el régimen del partido oficial acumula los males de la pluralidad de los partidos liberales".

El Boletín Fal Conde, órgano de información y formación del Círculo Fal Conde de Granada, publicaba la siguiente carta póstuma, a modo de homenaje, con motivo del XVII aniversario del fallecimiento este gran caballero cristiano y español.

CARTA A D. MANUEL

Mi querido D. Manuel:


Desde el 20 de Mayo -Mes de María en el que Ella quiso llevarte a gozar del Padre- de 1.975, no he dejado de rezarte ni un sólo día implorando tu ayuda en mis avatares personales y sobre todo y ante todo, en mi cotidiano quehacer Carlista.

Con mi familia nació la idea de fundar el círculo con tu nombre y su Boletín para honrarte, mantener tu recuerdo y lo que tú nos enseñaste doctrinalmente: VIVIR EN CARLISTA.

¡Qué difícil conseguirlo en estos tiempos! Pero te recuerdo en tus varias decenas de cartas, tantas veces releídas, en las que Capitán Araña o Capitán Veneno me llamabas y en tus reprimendas cariñosas siempre instructivas. En aquella noche semipenumbra en la Capilla Real de Granada frente al sepulcro de los Reyes Católicos y con la presencia del Rvd. Padre y yo (Antonio Rojas y Dolores Valero ya están contigo ahí arriba).

D. Manuel Fal Conde (1894 - 1975)
Y te recuerdo en Quintillos, Montserrat y Montejurras, en Cruz 1 de Madrid y en las Bailén y San Roque y Alvareda de Sevilla donde los Requetés te entregamos los pergaminos de todos los Tercios -¡Cuántos de los fotografiados en aquel bonito patio se fueron para siempre de esta vida o mudaron de ideales! ¡Qué pena! Y rememoro mis salidas de agrio tono, junto a Barrau (también gozando de Dios), defendiendo las intrigas contra el Requeté de aquellos puritanos que terminaron casi todos en Estoril.

Pero hoy, en este caos de Sodoma, Gomorra y Babel, mi querido D. Manuel, yo te pido ayuda para que lo poco o mucho que quede de mi vida lo dedique a convencer a los demás de lo que tú hiciste siempre: VIVIR EN CARLISTA; mantener los Principios "sin pactos ni sacrificios del ideal; ser roca berroqueña en la que se estrellen las tempestades del materialismo, la inmoralidad, el agnosticismo, el "si pero no" y las claudicaciones de nuestros hermanos carlistas.

¡Ardua tarea en este caos que tú ya profetizaste! Por eso todos los días te rezo implorando tu ayuda para que el Carlismo vuelva a ser lo que siempre fue; una gran familia defensora del Reinado de Cristo y del Bien Común de las Españas, sin regateos de sacrificios y entregas totales, sin contaminaciones materialistas, modernistas y sin tergiversaciones de la suprema verdad del Carlismo: Dios.

Habría que ser "la estatua misma del honor", "intransigente en la Santa intransigencia", "lección del honor y de la Fé", "heroicidad de renuncias y silencios", "ejemplo de caballero cristiano y patriota sin tacha"... como dijeron de ti la Prensa y los amigos a tu muerte... para conseguir todo ello... pero somos débiles, personalistas, materialistas, de poca fe; ponemos el yo delante del vosotros, el Becerro de Oro frente a Dios, la transigencia y el mal menor frente a lo inmutable y luchamos desilusionados... por todos estos imposibles te rezamos para que nos ilumines, nos guíes, nos quites presunciones y personalismos, nos des ánimos y esperanzas, nos alientes y des fé y fuerzas para hacer comprender a los demás que "los hombres pasan y sólo las ideas permanecen" y "con el deseo de imitarte, que no es el privilegio de los grandes de la tierra ni de los triunfadores ocasionales de aquí abajo; pero es el privilegio de los Santos y los Heroes" aunque esto sólo será posible por el milagro de tu intercesión. Hasta siempre, D. Manuel.

JUAN BERTOS RUIZ
Presidente del Círculo Fal Conde
Granada, Mayo de 1992

lunes, 19 de mayo de 2014

Historia del Tercio Isabel la Católica III

El 6.º Batallón-Bandera de FET de las JONS de Granada

En esta nueva situación, en noviembre de 1937 el tercio se componía de un comandante, veintitrés oficiales, cuarenta y dos suboficiales, tres médicos, cuatro practicantes y setecientos dieciséis hombres de tropa.176 Por la unidad pasan nuevos oficiales: Francisco Tovar, Pedro Morilla, Francisco Andrade Vanderwilde, Villanueva, Álvarez Lara y otros. El 29 de noviembre hay un desplazamiento rápido del tercio a Motril, donde rechaza un intento republicano, para volver en diciembre a las posiciones de «Cortijo de San Rafael». En 1938 sigue siendo la misma la base de actuación, en especial la posición de «Las Ventillas», con desplazamientos de algunas compañías a Motril, Capileira y Bubión. En abril la unidad ocuparía posiciones en Soportújar en situación de reserva de la 2.ª Brigada de la División, y el 13 de mayo volvería a Órgiva, ocupando posiciones sobre el río Guadalfeo. Solo el día 26 de este mes se registra una acción de guerra, al ser atacada la posición de «El Paquetillo», con un saldo de tres heridos propios. A fines de mayo, el comandante Rubio Moscoso es sustituído por el del mismo grado de Infantería Carlos Fernández de Córdoba y Vicent. En desplazamiento a Bubión en agosto, la unidad sufre la baja de un muerto, el día 4. Más grave fue el incidente del día 6 de octubre, en que en las posiciones de «El Barranco de la Sangre» entre Bubión y Capileira, una granada produce cuatro muertos y tres heridos. En los meses siguientes, hasta el final del año, el grueso de la unidad no abandonará el sector. Pero, de hecho, pequeños destacamentos, al menos, realizan durante el año desplazamientos a otros lugares. De enero a abril los hay en Montefrío, y después pasan por Alcalá la Real para ocupar Cornicabras y Ayos. El 20 de septiembre había elementos destacados en Alcalá la Real y el 10 de octubre en Pinos Puente y Puerto López.177

El requeté granadino José Fernández Pérez,
herido en «El Barranco de la Sangre»
http://www.requetes.com/isabel.html
Los efectivos del tercio sufren pocas variaciones a lo largo del año, en el que la estructura es de cuatro compañías de fusiles y una de ametralladoras. En enero suman seiscientos cincuenta y tres hombres, que en abril ascienden a setecientos veintinueve, con veinte oficiales, cuarenta suboficiales y seiscientos sesenta y nueve de tropa.178 En el mes de agosto ascienden a setecientos ochenta y dos hombres. El año acabaría con efectivos de setecientos setenta y cinco hombres. No cambia el encuadramiento divisionario, en la 33.ª División, aunque sí el relativo a unidades inferiores, puesto que en noviembre de 1938 pasa al primero de los tres regimientos de infantería existentes en la división, al quedar suprimida la organización en brigadas y medias brigadas.179

Comienza el año 1939 con la unidad en el mismo sector, en el de Bubión, hasta el 8 de marzo en que lo abandona definitivamente para trasladarse a Motril, donde el día 28 embarcaría para Almería. En esta provincia, el tercio sería destinado al sector de Míjar, en el que ocuparía varios pueblos una vez desmoronada la resistencia republicana. En estas fechas abandona el mando el comandante Fernández de Córdoba y pasa a desempeñarlo el comandante habilitado de Infantería Enrique Pascual de Pobil Castro, que permanecerá hasta mayo, en que le sustituye uno de los capitanes de la unidad, Manuel Rodríguez Requena. Hecho más notable es el cambio casi completo de la oficialidad, sustituida por otra de procedencia falangista mayoritariamente. El capitán Gutiérrez Requena, tenientes Sánchez Yaguas, Estévez, Morcillo Herrera y Quintana, alféreces Rodríguez Molero, Escudero y Casinello, entre otros. Trece tenientes y doce alféreces en total. La unidad fue perdiendo efectivos por licenciamiento, siendo en abril setecientos cincuenta y cinco hombres, cuatrocientos treinta y cinco en julio y trescientos noventa y cuatro en octubre, poco antes de la disolución. El 25 de abril la unidad pasaba de guarnición a Viator (Almería). En agosto a Benahadux, disolviéndose el 20 de octubre.

Las bajas de la unidad no fueron muchas, dada la escasa intervención en acciones de combate de envergadura. Francisco García señala que «su 2.ª Compañía» sufrió cuatro muertos y dieciocho heridos. Un recordatorio, editado en Granada en noviembre de 1939, cita por sus nombres a dos alféreces, tres cabos y dieciséis requetés muertos en campaña, lo que resulta una cifra bastante fiable. Pero desconocemos el número total de heridos. La relación del Archivo de Milicias, publicada por Resa, contabiliza veintinueve muertos y cuarenta y un heridos.

  • Extraído del libro Combatientes requetés en la Guerra Civil española (1936-1939) por Julio Aróstegui.

176. AGM, 41/1. Diversas carpetas por meses y AGM.MN. Arch. 8.
177. Todo ello se deduce del itinerario seguido por Juan Bertos Ruiz, practicante de medicina, según hemos dicho, en el tercio.
178. AGM, 41/5/30, estado-ficha.
179. Orden del III Cuerpo del Ejército (Granada), de 31 de octubre de 1938. AGM 41/6/20


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