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jueves, 2 de mayo de 2024

El Dos de Mayo

Había llegado al colmo el sufrimiento de los españoles. 

Sus reyes habían traspasado la frontera, víctimas de los engaños de un genio ambicioso, y gemían en el cautiverio del destierro. 

Estaba la Religión escarnecida por el desenfreno de la soldadesca extranjera, y humillada la patria bajo el despotismo de los progenitores de las libertades revolucionarias modernas. 

La ola del odio hacia los enemigos del lema querido Dios, Patria y Rеy, había ido creciendo por grados en el pecho de los heroicos hijos de esta indomable tierra. Una gota más la haría rebasar con estruendo, una chispa encendería aquella formidable mina de pólvora, una señal cualquiera llamaría millares de valientes a los campos del honor. 

Esa gota, esa señal y esa chispa, fue para España el Dos de Mayo. 

Fue el primer bostezo del león de Castilla, que despertaba rugiente para destrozar entre sus garras las águilas liberales de un Imperio aborrecido. Fue la aurora del día que vería renacer la libertad tradicional, sembrada entonces por la mano de los mártires con simiente de sangre. 

Y empezó la lucha, la santa lucha por la independencia española. Esa epopeya primera contra la irrupción del liberalismo extranjero, esa majestuosa guerra que iluminó con resplandores de gloria los campos de Bailén y de Arapiles, las montañas del Bruch y el puente Sampayo, las murallas de Gerona y Zaragoza. 

¡Vedla brillar en las páginas de nuestra historia, y arrancadla de allí o condenadla al menos, si podéis, amigos de la legalidad y las Constituciones! Hay sangre ahí, hay horrores; pero con esos horrores y esa sangre se han escrito las grandezas mayores dеl mundo. 

Por ese medio se manifestó espontánea y libremente la voluntad de un pueblo esclavizado; por ese medio no más se arrancaron los laureles de la victoria para ceñirlos en la frente de la España de nuestros padres. La obra del Dos de Mayo está por terminar aún. Falta el último acto a la tragedia; acto en que el genio del mal sea definitivamente expulsado y vencido. 

Pero el momento está próximo ya. De las tinieblas brotará la luz, y después del diluvio de la anarquía surgirán los nuevos héroes que espanten más allá de las fronteras a la bestia revolucionaria y enciendan con la llama de la tradición el arco iris de eterna paz sobre los cielos de la Península.

El Correo Español (2 de mayo de 1893)

martes, 31 de diciembre de 2019

Fray Luis de Granada, por Juan V. de Mella

Tal día como hoy, en 1588, moría Fray Luis de Granada, orgullo de nuestra ciudad y de nuestra Patria. También un 31 de diciembre, del año 1888, se estrenaba D. Juan Vázquez de Mella como redactor del diario madrileño que acababa de fundar Carlos VII para la difusión leal de la doctrina carlista, El Correo Español; y lo hacía con el artículo que reproducimos a continuación, en el que celebraba la figura de tan ilustre fraile en su tercer centenario:

Monumento a Fray Luis de Granada en
la ciudad de los cármenes, actualmente
ubicado frente a la iglesia de Sto. Domingo.
Fue construido por iniciativa del periódico
carlista granadino La Verdad.

Fray Luis De Granada 

Hoy hace 300 años que en Lisboa murió en la paz del Señor uno de los varones más insignes con que se enorgullece nuestra patria.

Hijo de una humilde lavandera, recogido y amparado por un prócer ilustre admirado del natural despejo que mostraba en medio de sus juegos infantiles el obscuro huérfano, de tal manera ascendió por la escala de la virtud y del saber, que su nombre brilla como estrella de primera magnitud en la Orden de Santo Domingo y en el cielo de nuestras letras.

No es difícil en siglos menguados que se eleve sobre el nivel común de las medianías el hombre de verdadero mérito; pero asombra y maravilla que, en centurias como la décimasexta, cuando del fecundo seno de nuestra patria surgía opulenta y magnífica la vida nacional, dilatándose las grandezas españolas por todos los términos de la tierra, y presenciando atónito el mundo la más pasmosa asociación que pudo ofrecer jamás nación alguna de esplendores literarios y ciencias y virtudes egregias, y hazañas sin cuento, se destacase con soberana majestad la figura de un pobre religioso y atrajese hacia sí la admiración de aquellas gentes, habituadas a contemplar gigantes y a presenciar como cosas ordinarias las mayores magnificencias.

Y, sin embargo, es lo cierto que el nombre de Fray Luis de Granada resplandece con fulgores inextinguibles allí donde lanzan lumbre inmortal las inteligencias y los corazones de los hombres excelsos que honran y engrandecen nuestra raza.

En esa edad de oro de nuestra cultura, que comprende, no sólo el siglo XVI, sino casi todo el XVII, la fe católica, causa primera y superior del espíritu nacional, y la épica cruzada de las centurias anteriores, comunicaron tan poderosos alientos y tal vigor y energía a aquellas generaciones, que la robusta y lozana vida que las animaba parece que, después de correr abundante y generosa difundiendo por todas partes la salud, tomó cuerpo y como que concentró en un hombre alguna de sus peculiares energías, representando así la más alta de las ciencias, la sublime Teología, Vitoria y Melchor Cano; la ciencia filosófica, Suárez y Luis Vives; el Derecho, Soto y Molina; la poesía dramática, Lope y Calderón; la lírica, Fray Luis de León y Herrera; y el fuego de los divinos amores que enciende las almas y arrebata las voluntades hasta unirlas por amorosos besos con el Bien Sumo, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús; como representaron la elocuencia que dispersa, con la luz de la verdad, las sombras del error y del pecado, el Venerable Juan de Avila y Fray Luis de Granada.

Si en las obras de Cervantes corre rica, abundante y armoniosa la prosa castellana, y en las de Saavedra Fajardo se muestra severa, concisa y enérgica, y en las de Solís florida y elocuente, con haber tan maravillosos escritores en aquella edad de gloria, en ninguno como en Fray Luis de Granada adquirió la lengua castellana tanta majestad y grandeza. Como río que se sale de su cauce y se desborda y todo lo inunda, así de los labios y de la pluma de Fray Luis de Granada sale el henchido raudal de la elocuencia, pareciendo que con el cadencioso sonar de sus palabras llegan hasta nosotros armonías de lo alto.

Al leer el Símbolo de la Fe, y principalmente sus sermones, y al contemplar la exigua, pobre y afrancesada prosa de estos tiempos, parecen aquellas páginas escritas en lengua diferente de la que de continuo resuena en nuestros oídos.

Y es que aquellos hombres de aquella edad levantaron el lenguaje a la altura de sus inteligencias y de sus corazones; y como estaban animados de fe poderosa y ardiente, comunicaron brillo y grandeza a la lengua castellana, mientras en este siglo se la rebaja al nivel de las concupiscencias de la carne y las impurezas del error, y por eso parece planta macilenta y agostada, a la que falta savia y vida.

Vuelva a encenderse la fe en las almas, y aquellas generaciones de gigantes aparecerán otra vez sobre el suelo de la patria, y las obras de Fray Luis de Granada tornarán a ser el deleite y el alimento de los espíritus, y, juntamente con la hermosura y gallardía del lenguaje, reaparecerá la pureza de las creencias, y reanudaremos la rota cadena de nuestras tradiciones nacionales.

(Artículo publicado en El Correo Español, el día 31 de diciembre de 1888.)

martes, 7 de noviembre de 2017

La Batalla de Montejurra (1873)



El día de hoy, y los de mañana y pasado, nos recuerdan los de iguales fechas del año 1873, por haberse librado la primer gran batalla entre el Ejército carlista, mandado por el general Elío, y el liberal, mandado por el general Moriones.

Sabíamos, ciertamente, que el objetivo principal del general Moriones era entrar en Estella por el valle de Azqueta, para lo cual disponía de un numeroso Ejército compuesto de todas las armas, y sabíamos, también, que abrigaba una completa seguridad en el triunfo.

Aunque en el ánimo del general Elío estaba dejar avanzar a nuestros adversarios hasta el mismo valle de Azqueta para librar allí la batalla, es lo cierto que el general Moriones, sea por lo que fuere, no se permitió más que quedar en Luquín, Barbarín y Urbiola, pueblos que ignominiosamente fueron desolados por las fuerzas a sus órdenes. Suponemos, buenamente, que la actitud en que se presentaron nuestros valientes voluntarios desde la madrugada del 7 que comenzó el fuego harían desistir de sus propósitos al citado general. Hizo perfectamente, aun cayendo, como cayó, en el mayor de los ridículos, porque de otro modo el desastre era inevitable.

En los dos primeros días que sostuvimos el fuego incesantemente, jugando principal papel la artillería, hubo que lamentar sensibles y numerosas pérdidas por ambas partes; pero el día tercero, al emprender el enemigo su vergonzosa retirada, cayeron en nuestro poder muchos prisioneros, y tuvimos la satisfacción de que un numeroso pelotón de fuerzas de Caballería se pasara a nuestras filas.

Como dato curioso y del que indudablemente recordarán algunos, jefes hoy, del Real Cuerpo de Artillería, podemos decir con orgullo que a nuestro Augusto Jefe, a quien siempre se le vio en las guerrillas animando con su valor a sus heroicos voluntarios, le conocieron perfectamente y saludaron con no pocos disparos, cayendo una de las granadas (que reventó) a muy pocos metros de distancia; y volviéndose el Rey al brigadier Bérriz, le dijo:

«Mira qué regalo me mandan tus compañeros de arma». 

Un enorme casco del proyectil a que aludimos ordenó el Rey lo recogieran, y mandó hacer en Eibar una purera, que conserva entre los muchos recuerdos que se hallan en el Palacio de Loredán.

I. de G.

El Correo Español (7 de noviembre 1901)

domingo, 30 de abril de 2017

Lutero pintado por los suyos

Martín Lutero

«Yo no me admiro, ¡oh Lutero!, de que verdaderamente no tengas vergüenza y te atrevas a levantar los ojos ante Dios y ante los hombres, por haber sido tan ligero y voluble que te dejaras llevar por instigación del demonio a tus más insensatas concupiscencias. Tú, fraile de San Agustín, has abusado, en primer lugar, de una virgen sagrada, que en otros tiempos habría expiado su delito con ser sepultada viva, y tú con ser azotado hasta morir. Y lejos de arrepentirte, ¡cosa execrable!, la has tomado públicamente por mujer, contrayendo con ella nupcias incestuosas, y abusando de la pobre y miserable doncella con escándalo del mundo, con reprobación y oprobio de tu nación, con desprecio del santo matrimonio, y con injuria y vilipendio de los votos hechos a Dios. Finalmente, ¡y es lo más execrable!, en vez de sentirte abatido y lleno de sentimiento y de vergüenza por tu incestuoso matrimonio, tú, ¡miserable!, haces alarde de eso, y en vez de implorar el perdón de tus miserables delitos, provocas con tus cartas y escritos a todos los religiosos a que hagan otro tanto.
ENRIQUE VIII DE INGLATERRA
Enrique VIII

«Dios, para castigar el orgullo y la soberbia que descubre en todos los escritos de Lutero, ha retirado de él tu Espíritu, y le ha entregado al espíritu del error y de la mentira, que siempre poseerá a los que siguen sus opiniones mientras que no se retracten de ellas.
CONRADO REISS, SACRAMENTARIO

«Ved cómo se esfuerza Satanás por apoderarse por completo de Lutero. No es raro el verle contradecirse de una página a la otra. Al verle entre los suyos lo creeríais poseído de una falange de demonios.
ZUINGLIO
Zuinglio

«Las gentes de bien no pueden menos de lamentarse del cisma funesto que has introducido en el mundo con tu arrogancia desenfrenada y sediciosa. —Lutero empieza a perder las simpatías de sus discípulos, hasta el punto que muchos de ellos le tratan de hereje, y afirman que, despojado del espíritu del Evangelio, ha sido abandonado a los delirios del espíritu humano.
ERASMO
Erasmo de Róterdam

«Verdaderamente, Lutero es en extremo vicioso. ¡Pluguiese a Dios que se hubiera cuidado de refrenar la intemperancia que trasciende de toda su persona! ¡Pluguiese a Dios que se hubiera parado un poco a reconocer sus vicios! —Lutero no ha hecho cosa que valga. —No conviene entretenerse en seguir sus huellas siendo papista a medias... Vale más fundar una Iglesia enteramente nueva. —Tu escuela —decía Calvino al luterano Westfal— no es más que una hedionda porquera. ¿Lo oyes, perro? ¿Lo oyes, frenético? ¿Lo oyes, bestia?
CALVINO
Juan Calvino

El Correo Español (18 de marzo 1893)

miércoles, 12 de octubre de 2016

La Fiesta de la Raza



Nuestra Santa Madre la Iglesia, única Maestra infalible, proponiéndonos diariamente la consideración de las vidas gloriosas que realizaron los que declaró su sabiduría dignos del honor de los Altares, nos enseña lo conveniente que es la constante remembranza de los hechos dignos de loa. Y como pocos hay que puedan compararse con el que inmortalizó el día 12 de Octubre, festividad de Nuestra Se­ñora del Pilar, justo es que de esa fiesta [...] nos aprovechemos para estrechar los lazos que deben unirnos, ya que tanto empeño hay en romper esos fraternales vínculos, presentándonos separados y hasta en oposición.

El bendito IDEAL DE ESPAÑA, lo que forma la aspiración de su alma colectiva, comprende lo que llamó Vázquez de Mella los tres dogmas nacionales, y el tercero, complemento de los tres anteriores, cima y cúspide de ellos, es la Confederación tácita con los Estados hispanoamericanos: con esos Estados, sangre de nuestra sangre, huesos de nuestros huesos, vida de la vida española. Es indispensable llegar a constituir los Estados Unidos del Sur de América, que contrapesarían la acción sajona de los Estados Unidos del Norte. La cruz que llevó Colón al Nuevo Mundo no puede dejar de levantarse sobre todas las concupiscencias. Tiene que ser cada vez más y mejor ensalzada en la lengua que el gran Emperador Carlos V empleaba para hablar a Dios Nuestro Se­ñor y con su Madre.

Oportunísima es la celebración de la llamada Fiesta de la Raza. Como el Catecismo, debían aprender y repetir los escolares la gran hazaña del gran terciario franciscano, a quien Cavanilles apellida “el mayor de los bienhechores de la Humanidad”.

Repitamos las palabaras del mismo historiador:

“Una noche, el 11 de Octubre, a los setenta días de viaje, descubre Cotón desde el castillo de popa una luz a lo lejos; vuelve a observar... No había duda; llama a alguno de los suyos, a Pedro Gutiérrez, repostero de estrados del Rey, y a Rodrigo Sánchez de Segovia, veedor de la Armada; uno la veía; otro, no; y Colón esperó adquirir más certidumbre antes de publicar su descubrimiento.

La gente estaba inquieta y alarmada; si anunciaba la tierra y desgraciadamente no lo era ¿qué dirían los suyos? Perderían por completo el ánimo, se declararían en abierta rebelión, y peligraría la empresa. Mas el almirante había sido el primero que descubrió la codiciada tierra: así debía ser y así fue.

A las dos horas después de media noche pareció la tierra, de la cual estarían dos leguas; anuncióla primero Rodrigo, de Triana, marinero de la Pinta... Postrá­ronse todos, dieron gracias a Dios, y ¡quién podrá expresar el júbilo que inundaría el corazón del almirante! Este gran día fue el viernes, 12 de Octubre de 1492.”

[...] El descubrimiento, la colonización de América, fue empresa española y, por ende, católica. y monárquica, en servicio del Altar y del Trono. El mismo Colón lo declaró en su testamento, y un noble poeta español, a pesar de su liberalismo, hubo de reconocerlo así, proclamando, y precisamente a raíz del movimiento arteramente iniciado y protegido por nuestros seculares enemigos, que no será posible se rompan los fraternales, los filiales lazos que nos unen con los traídos por nosotros a las apacibles vías de la civilización. Hágase lo que se haga; intríguese lo que se intrigue, siémbrese la cizaña que se quiera, será una verdad axiomática la cantada por el simpático Conde de Haro, Duque de Frías:

“¡Españoles seréis, no americanos!
porque ahora y siempre el argonauta
                                               [osado,
que del mar arrostrare los furores,
al arrojar el áncora pesada
en las playas antípodas distantes,
verá la Cruz del Gólgota plantada
y escuchará la lengua de Cervantes.”


EL CONDE DE DOÑA-MARINA



EL CORREO ESPAÑOL (11 de octubre de 1917)

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