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martes, 25 de junio de 2019

La visita del príncipe Don Jaime a Granada en 1894

Tal día como hoy, un 25 de junio del año 1894, el Príncipe Don Jaime, primogénito de S.M.C. Carlos VII que recorría de incógnito España, llegaba en tren a Granada procedente de Málaga. Así es como relató su acompañante, el guipuzcoano Tirso de Olazábal, la visita a nuestra ciudad del que años después se convertiría en el agusto caudillo de la Comunión Tradicionalista:

El príncipe Don Jaime, sentado en la fuente
del Patio de los Leones durante su visita a
Granada (julio de 1894)

Al acercarnos á Granada, y antes de llegar á la estación de Atarfe, divisamos la histórica Santa Fe, último Real contra el moro, y prueba esplendente de lo que puede la constancia y el entusiasmo por la causa de Dios.

La Santa Fe inició la Reconquista y al concluirse esa gloriosa epopeya se levantó la ciudad de Santa Fe.

La Virgen de las Angustias 

Al llegar á Granada, D. Jaime se hallaba muy desazonado. Molestábame, á mí, además, una fuerte jaqueca. Sin perder momento nos dirigimos al Hotel de Roma, situado en la Alhambra; este hotel es conocido, asimismo, con el nombre de Siete Suelos, que lleva una torre contigua á él.

Muy corto era el número de viajeros que se hospedaban allí aquel día, por cuyo motivo nos atendieron inmediatamente y poco después pudimos acostarnos. En esta habitación estuvo la Emperatriz Eugenia—oí decir al que nos acompañaba:—en esta otra vivió Fortuny—añadió poco después.

Bueno, bueno, mañana nos enteraremos—decía D. Jaime.

Mi jaqueca había tomado tales proporciones que yo no sabía ya por dónde andaba, contentándome con seguir, maquinalmente, al que marchaba por delante. Tal fué nuestra brillante entrada en la ciudad de Boabdil, en la poética Granada.

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En la estación de Granada nos anunciaron la muerte del Presidente Carnot; por cierto que nos costó dar crédito á la noticia.

Comprendo que los anarquistas odien de muerte á los Reyes, Emperadores ó Gobiernos, que luchan por librar á sus Estados de esa terrible plaga,— decía D. Jaime,—pero no se concibe que se ensañen contra el Jefe de una República, en la cual se concede al socialismo, hermano carnal del anarquismo, los honores de uno de tantos partidos militantes. 

Muy atinada me pareció esta observación, pero es lo cierto que los revolucionarios han seguido siempre esa táctica. ¿Quién ó quiénes fueron los que acribillaron á balazos en la calle del Turco el coche en que iba el general Prim? ¿Quién llevó al patíbulo á casi todos los fautores de la sangrienta revolución del 93? Los amigos de la víspera. La frase de Gambetta—ou couper la queue—encierra una gran enseñanza para los que en épocas turbulentas halagan y enardecen las pasiones de la canalla que les sirve de escalera. Suben ellos, pero la escalera queda en pie y por ella aspiran á subir otros muchos.

Pero dejémonos de filosofías; estamos en Granada, en la ciudad del Darro y del Genil, y todo evoca recuerdos de épocas gloriosas, de grandes hazañas acometidas por ilustres guerreros y cantadas por nuestros mejores poetas...

¿Quién no ha oído hablar del poema de Zorrilla?

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Merced á su posición elevada, á los arroyos cuyo constante murmullo mece á los huéspedes del Hotel y á los bosquecillos que á uno y otro lado de la carretera trepan por el angosto valle hasata la torre de Siete Suelos, no se hace sentir allí el calor.

Mi jaqueca no me dejó pensar en las angustias de Boabdil, ni en la poética ciudad que dormía á nuestros pies, bañada por la misteriosa claridad de la luna. En cuanto me acosté se apoderó de mí un sueño reparador.

Desgraciadamente no sucedió lo mismo á mi querido Príncipe. No es cierto, como ha dicho algún periódico, que saliera yo, á altas horas de la noche, á buscar un médico. Sabía Su Alteza que la víspera había pasado una tarde muy angustiosa, y no me llamó hasta la mañana siguiente, á pesar de lo molestadísimo que estuvo. Cuando le vi entrar en mi cuarto, pálido, descompuesto, quejándose de lo mucho que había padecido durante aquellas horas, dije al Príncipe que, teniendo que poner yo á cubierto una grandísima responsabilidad, le suplicaba me dejara ir, sin tardanza, á buscar un facultativo. Accedió S. A. á mi deseo y me dirigí á la próxima casa de un amigo mío muy querido, don Antonio Pérez Herrasti, hermano del Conde de Antillón y de la Marquesa de Flores-Dávila.

Eran poco más de las ocho de la mañana. El portero que se asomo á la cancela del patio y á quien pregunté si podía ver á su amo, me contesto: Voy á ver si puede recibir á usted. Pero en aquel momento oí la voz de mi amigo y le llamé. Corrió á abrirme, manifestándome su asombro y alegría de verme en Granada.

Escucha,—le dije,—luego hablaremos de otras cosas; por ahora lo que quiero es que me guíes á casa de vuestro médico, porque tengo un compañero de viaje que se ha puesto enfermo. 

Al oír estas palabras la mujer de mi amigo, doña Maravillas Barraute y Elío, á quien ocultaban las palmeras y flores del patio, exclamo:

—Ya sé yo quién es tu compañero. 

—¡Qué has de saberlo! 

—¿Quieres que te lo diga? 

—Sí. 

Acercóse entonces, y en voz baja pronunció:

—Don Jaime. 

—¿Qué motivos tienes para sospechar semejante cosa?—la dije admirado.

—Sabía el ardentísimo deseo de ver á España que tenia S. A., y por otra parte ¿quién sino él podía decirte que lo acompañaras á Granada en esta época del año, dejando á toda tu familia? 

Después de este diálogo, tuve que confesar á aquellos excelentes amigos, probados católicos y legitimistas, que, efectivamente, el enfermo era D. Jaime, pero recomendándoles guardaran la mayor reserva. Llego enseguida el médico,—D. Enrique Pérez Andrés— que examino detenidamente al Príncipe, y dijo que mediante un par de días de régimen, sin necesidad de potingues, desaparecería la irritación que tanta molestia le había causado. Observó rigurosa dieta todo aquel día y parte del inmediato. La medicación no pudo ser más sencilla, pues consistió en unos cuantos vasos de horchata de arroz.

Afortunadamente, el doctor dio de alta á S. A. al tercer día y empezamos á admirar las joyas de arte que encierra aquella encantadora ciudad.

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No se equivoco el médico; lo que D. Jaime tenía era una fuerte irritación, que empezó á ceder desde el momento en que, siguiendo las prescripciones facultativas, dejo de tomar bismuto, crema de bismuto, láudano, etc., etc., y se contento con beber agua de arroz en pequeñas dosis, pero á cortos intervalos.

Día y medio estuvo el Príncipe sin comer absolutamente nada; juzgó entonces el médico que S. A. podía empezar á tomar alimentos sólidos y fué tan rápida la convalecencia que el 1.° de Julio le dió de alta.

No llegó aquel á sospechar, ni remotamente, quién era el enfermo.

—¿Cómo va, pollo?—decía todos los días al entrar en la habitación de don Jaime.

—¿Es usted casado o soltero?—preguntó al Príncipe el primer día que le vió.

Con toda mi alma dí gracias á Dios y á Nuestra Señora de las Angustias, á quien encomendé las mías, porque el peligro de complicaciones había desaparecido.

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Libre ya de tan terrible preocupación salí del Hotel, muy de mañana, dejando al Príncipe profundamente dormido, con ánimo de recorrer las inmediaciones de la Alhambra.

Los que nunca llegaron á la ciudad del Darro, se imaginan, que la Alhambra era sólo un soberbio palacio, morada de aquellos poderosos reyes cuya expulsión costo tanta sangre cristiana; pero la Alhambra era más que un palacio, era, como la Alcazaba, un gran recinto fortificado y situado, como ella dentro de la ciudad.

El muro exterior de esta, flanqueado de mil torres, era sumamente extenso y tan sólidamente construido que aún se ven sus restos á larga distancia de la población.

Tenía la Alhambra varias puertas; la de las Granadas, que aún se conserva en buen estado, es la que conduce directamente al Hotel de Roma.

Me dirigí á lo alto de la colina para disfrutar el magnífico panorama de la vega, una de las más fértiles y hermosas de Andalucía. Toda ella está cubierta de viñas, moreras, olivos, naranjos y limoneros, y regada por una infinidad de fuentes y canales. En la parte culminante de la colina hay ahora una escuela. Es uno de los puntos de vista más admirables que conozco, desde allí parece la vega una inmensa alfombra que se extiende hasta las primeras estribaciones de Sierra Nevada. Esta celebrada sierra, la más elevada de la Península, recibe su nombre de las nieves y hielos que perpetuamente coronan sus cimas. Sierra Nevada es el abanico de Granada. Cuando el sol abrasa la llanura, sus brisas, perfumadas por las flores de la vega, convierten á la ciudad, y muy particularmente á la Alhambra, en un verdadero oasis.

Largo rato admiré aquel incomparable cuadro; luego, por un estrecho barranco, bajé á campo traviesa, para volver á subir á las torres Bermejas y al Hotel.

Hallé á D. Jaime muy animado y dispuesto á salir, por lo que poco después bajábamos ambos en coche á la población y nuestra primera visita fué á la parroquia de las Angustias, situada en la carrera del Genil y en donde se venera á la Patrona de los granadinos.

Es un edificio gracioso con dos torres y de mucho gusto.

Son tantos los gloriosos recuerdos que traen á la memoria los preciosos monumentos que aún quedan en pie que no intentaré siquiera hacer de ellos una ligera reseña.

La Alhambra descuella entre todos, por su magnitud, por su elegancia, y por su estado de conservación.

Por la cuesta de Gomeles bajó don Jaime á la playa de donde arranca el paseo del Darro, uno de los más frescos y deliciosos de Granada. Sus contornos ofrecen admirables perspectivas; allí están situados aquellos pintorescos Cármenes, cuyos jardines llegan hasta el río. (1) Su aspecto risueño contrasta, por cierto, con las severas torres de la Alhambra y los vetustos muros del recinto, que sirven de fondo al paisaje. A poca distancia está la encañada por donde sube el camino de los muertos. El Generalife y el Sacro-Monte decoran las dos colinas que se extienden á la mano izquierda de la encañada.

Recorrió el Príncipe la célebre plaza de Bib-Rambla, teatro de las justas y torneos de los caballeros musulmanes, zegríes y abencerrages, y fué á ver el monumento que Granada ha dedicado á Colón.

Muchos son los que se han elevado estos últimos años para perpetuar la gloria de aquel insigne marino, pero dudo que ninguno de ellos aventaje á éste en gracia y elegancia.

Situada en un precioso sillón gótico recibe la Reina de manos de Colón un plano que cae graciosamente desde sus rodillas, revasando el coronamiento del pedestal en que descansa el precioso grupo de bronce.

S. A. se detuvo largo rato á examinarlo y lo pondero muchísimo.


(1) En uno de estos deliciosos Cármenes—quintas, casas de campo, fincas de recreo, torres, cigarrales ó villas—tal vez en la mejor, los Mártires, propiedad del malogrado General nuestro Carlos Calderón (q. e. p. d.) se hospedó el gran Zorrilla cuando la fiesta de su coronación. Coronó al insigne poeta, el hijo de otro poeta no menos insigne, y poeta también él, el actual Duque de Rivas, enviado especialmente para ese objeto por la Augusta Señora que ocupa el Trono del Rey.

En este Carmen, ó hacienda de Calderón, se conserva un cedro del Líbano, plantado por S. Juan de la Cruz.

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Granada debía ser ciudad importante al empezar la era cristiana, puesto que la fundación de su silla episcopal remonta á la época en que los Apóstoles empezaron á predicar la doctrina del Evangelio. Por eso, sin duda, se llama apostólica su Iglesia.

La Catedral se empezó el 15 de Marzo de 1529; se inauguro, sin estar concluida el 17 de Agosto de 1570; se terminó en 1639.

Diego de Siloe, el restaurador de la arquitectura greco-romana en España, fué quien hizo los planos de este soberbio monumento y comenzó á levantarle, sucediéndole su discípulo Maeda y á éste Juan de Orea.

Hay en él magníficas pinturas de Casco, de Bocanegra y otros artistas andaluces, un grupo de la Caridad, obra del célebre escultor florentino Pedro Torrigiano y otras mil maravillas.

La Catedral tiene anejo otro templo, que llaman El Sagrario, construido en el sitio que ocupaba la gran mezquita de los moros; allí fué donde Hernán Pérez de Pulgar, el de las Hazañas, clavó con su daga el «Ave María.»

Aquel héroe está enterrado en un pasadizo obscuro que llaman capilla del Pulgar.

En el sitio que hoy ocupa este papasadizo estaba la puerta de la mezquita.

Los sepulcros de los Reyes Católicos, D. Fernando y Doña Isabel, son otras de las maravillas que encierra la Catedral; aunque no tan notables, son también magníficos los sepulcros de Doña Juana y Don Felipe el Hermoso.

En la Iglesia de San Juan de Dios vimos el templete en que se conservan los restos de aquel gran Santo; por cierto que acababan de encontrarse doce preciosas estatuas, de plata repujada, que representan los doce apostóles y constituyen el adorno principal de la base sobre la cual descansa el templete.

Los frailes ocultaron estas estatuas para librarlas del saqueo y no se sabía á punto fijo do'nde estaban. En esta misma Iglesia hay una de las obras más admirables de Alonso Cano; una cabeza de San Juan Bautista.

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Pero volvamos á la Alhambra que es el monumento que más llamó la atención del Príncipe. Cuentan que su construcción duró cien años.

La Alhambra debía presentar por fuera un carácter de fuerza y una apariencia guerrera; por dentro todo estaba ideado para el reposo, la molicie y el placer.

Don Jaime recorrió aquellos patios embalsamados, aquellos ligeros pórticos, cuyos calados arabescos descansan sobre preciosas columnas de mármol, y miraba después las altísimas murallas del recinto, guarnecidas de amenazadoras almenas y flanqueadas de formidables torres.

¡Qué contraste! ¡Cuan poco fiaban aquellos poderosos monarcas en el amor de sus pueblos! ¡Cuánta zozobra debían causarles las constantes revueltas que agitaban á la ciudad!

Bajó D. Jaime maravillado de lo que había visto durante su visita á aquel encantado palacio.

¿No podríamos retratarnos en una de estas torres? preguntó el Príncipe.

Eran las cinco y media de la tarde y acostumbrado á la pálida luz de nuestras montañas, contesté á Su Alteza que me parecía demasiado tarde; uno de los dos fotógrafos que constantemente trabajan en la Alhambra, se encargó de probar lo contrario.

Aquella noche comió D. Jaime en casa de los señores de Pérez Herrasti y con ellos fué luego á un teatro de verano en que representaba una compañía de zarzuela, no del todo mala; por cierto que el Gobernador Civil vino á colocarse cabalmente frente al palco que ocupábamos y D. Jaime contestó al cortés saludo que el gobernador dirigió á los dueños del palco y á les que con ellos íbamos.


Olazábal, Tirso (1895): Don Jaime en España, pp. 132-146

lunes, 11 de abril de 2016

Historia del Carlismo de 1909 a la Dictadura de Primo de Rivera: El Jaimismo

ENCICLOPEDIA UNIVERSAL ILUSTRADA EUROPEO-AMERICANA. TOMO LXIII (1928)

Extraído de la voz Tradicionalismo (pp. 502-506). (Véase el fragmento anterior aquí).

2. El jaimismo.

Por fallecimiento de Don Carlos quedó al frente de la comunión carlista su único hijo varón, Don Jaime de Borbón, al que sus partidarios dieron el número de III, teniendo en cuenta los dos reyes aragoneses del mismo nombre, contra la costumbre de tener en cuenta sólo los de Castilla; y por haber también fallecido Matías Barrio y Mier (23 de junio d 1909), fue nombrado jefe delegado en España Bartolomé Feliu.

Encontró Don Jaime a su partido bien organizado en todas las regiones y provincias, con Juntas en casi todos los distritos y con numerosísimos círculos, juventudes y requetés en toda España, así como muchos diarios, semanarios y revistas, incluso dos rotativos (adquirida la maquinaria por subscripción popular), El Correo Español y El Correo Catalán.

Las elecciones de 1910 llevaron al Congreso ocho diputados y al Senado cuatro senadores del partido. Los carlistas emplearon su actividad principalmente en combatir el proyecto de la Ley del candado, contra las Órdenes religiosas, obra del Gobierno de Canalejas (organizando manifestaciones y dando mítines en toda España y llegando en el Congreso a la sesión permanente), y en luchar contra el republicanismo, aliado del Gobierno en la campaña anticlerical, menudeando las colisiones entre republicanos y carlistas, sobre todo en Cataluña, donde, habiendo los primeros atacado a los segundos en San Feliu de Llobregat, los requetés repelieron el ataque, produciendo a sus enemigos 4 muertos y 17 heridos (28 de mayo de 1911).

Redacción de El Correo Español (1912)

A principios de 1913 cesó Bartolomé Feliu en el cargo de jefe delegado, en el que fue substituido por el marqués de Cerralbo, constituyéndose, bajo la presidencia de éste, una Junta nacional, integrada por los jefes regionales y los representantes en Cortes, y en una reunión celebrada en Madrid el 30 y el 31 de enero del mismo año se designaron diez Comisiones (Propaganda, Organización, Círculos y Juventudes, Requetés, Tesoro de la Tradición, Prensa, Elecciones, Acción Social, Defensa del Clero y Defensa jurídica de los legitimistas perseguidos por delitos políticos) y se dictaron reglas para la reorganización del partido en toda España, fundándose nuevos círculos y volviendo a tomar algún incremento la propaganda.

Poco después comenzaron a brotar los primeros gérmenes de una honda escisión en el jaimismo. Don Jaime, a pesar de las peticiones constantes de sus adeptos, no se casaba, por lo que empezó a temerse que, no teniendo sucesión, quedaría sin jefe el partido, por ir entonces los derechos al jefe de la rama reinante, con lo que se terminaría la cuestión sobre la legitimidad de origen en la sucesión a la Corona.

Unido a esto existía el problema de la alianza en Cataluña con el catalanismo, que cada día extremaba más sus exigencias, hasta el punto de provocar serio disgusto entre significados jaimistas de dentro y fuera de aquella región.

Salvador Minguijón, en una serie de artículos y conferencias (recogidos en el folleto La Crisis del Tradicionalismo en España, Zaragoza, 1914) comenzó a sostener que era preciso la unión de los jaimistas con los católicos independientes y con Maura para implantar un programa mínimo, sin derrocar la dinastía reinante, y laborando para ir, poco a poco, por vía de evolución, cambiando el régimen liberal. El Correo Catalán y algunos otros periódicos apoyaron esta dirección, contra la que protestaron muchos jaimistas, a causa de que en ella se prescindía de los derechos de Don Jaime, y por entender que el programa mínimo y la alianza con los católicoliberales representaban una claudicación y el abandono del carácter militar del partido, viendo en lo que se llamó minguijonismo un nuevo nocedalismo, pero con una inclinación dinástica y liberal más acusada, que le aproximaba al pidalismo.

Por otra parte, Don Jaime declaró que «no concebía nuevos partidos y que si bien podría el suyo reforzarse con elementos nuevos, nunca podría perder su carácter; que había heredado deberes y los deberes no eran renunciables» (Interview con el Mundial Magazine de París, en abril de 1914). A pesar de ello continuó El Correo Catalán apoyando las tendencias de Minguijón, y en un Congreso de Juventudes celebrado en Barcelona algún tiempo después, llegó a presentarse un tema consistente en que Don Jaime debía renunciar sus derechos, venir a España y constituirse en jefe de un nuevo partido conforme a las indicadas tendencias.

Era entonces jefe regional jaimista de Cataluña el director de El Correo Catalán, quien mantenía al propio tiempo una estrecha alianza con la Lliga regionalista, de tal manera que en las elecciones se acataba la dirección de ésta y sus orientaciones en materia regionalista. Tal confusión motivó seria protesta de los jaimistas opuestos a estas tendencias y que pedían la independencia política del partido, protestas que culminaron en un mensaje elevado a Don Jaime a principios de 1915, al que se adhirieron todos los Círculos de Barcelona (menos el central) y muchísimos de Cataluña, fundándose un periódico (El Legitimista Catalán) para sostener la tendencia del legitimismo puro.

La nueva orientación dada a las elecciones por la Junta nacional no fue acatada por la regional de Cataluña, lo que dio lugar al nombramiento de otra, que independizó al partido de la tutela de la Lliga; pronunciando Mella a últimos de junio de 1916, al discutirse en las Cortes el Mensaje regio, un discurso en que concretaba la diferencia entre el autonomismo de la Lliga (nacionalismo regionalista) y la autarquía (regionalismo nacional) que sostenían los jaimistas, puntualizando el programa de estos en tal materia.

Opúsose, sin embargo, El Correo Catalán a la nueva dirección, y para ver de llegar a la concordia se nombró un Comité de acción política que estableció como norma la de «ni siempre con la Lliga, ni siempre contra la Lliga», pero siempre con alianzas accidentales y partiendo de la base de un regionalismo confesional, católico y español. La Asamblea de Parlamentarios catalanes y los sucesos que con ella coincidieron en Barcelona (julio de 1917) acabaron de distanciar a los jaimistas y la Lliga, con excepción de El Correo Catalán.

También en las Vascongadas, y de acuerdo con los catalanistas, estallaron agitaciones de carácter nacionalista, por lo que el marqués de Cerralbo, en carta dirigida al marqués de Valdespina, jefe provincial legitimista de Guipúzcoa, dio la orientación de que, siendo el legitimismo un partido fuerista, era regionalista, pero español, «siendo su primera afirmación el de la Patria una e indivisible, incompatible con los regionalismos liberales, máscaras de egoísmos circunstanciales o quizá de la revolución, si es que no llegan al separatismo».

Esta tendencia fue afirmada de nuevo por Mella en el discurso resumen de la Semana regionalista celebrada en Santiago a últimos de julio de 1918; y de acuerdo con ella combatió Dalmacio Iglesias la tendencia liberal del Estatuto catalán elaborado por los autonomistas en 1918, que establecía para Cataluña un Estado cuya organización era una repetición de la establecida para España por la Constitución de 1876, pero más aconfesional todavía; siendo aprobada esta campaña contra el Estatuto por las autoridades y la prensa del partido, con excepción de El Correo Catalán y La Bandera (Berga), cuyos directores ostentaban cargos de elección popular obtenidos por el apoyo de la Lliga.

Coincidió con esto una instancia dirigida por los tradicionalistas al entonces obispo de Gerona contra la aconfesionalidad que se pretendía establecer, publicándose en noviembre del mismo año la Pastoral colectiva de los prelados de Cataluña, en la que se declaraba que «Jesucristo tiene derecho absoluto sobre los pueblos en el orden político» y se reprobaban las tendencias neutrales en cuanto a religión.

Juan Vázquez de Mella durante un discurso (1912)

A todas estas luchas internas del tradicionalismo vino a unirse otra que produjo, merced a tales precedentes, la rotura del jaimismo. Estallada la guerra de 1914-1918, los jaimistas, con perfecta unanimidad (pues si hubo alguna excepción no se atrevió a mostrarse durante la lucha), se pusieron de parte de los Imperios Centrales, por creer que Inglaterra y Francia habían sido los fautores de la revolución y los adversarios del poderío español, realizando aquellos una activa propaganda para mantener la neutralidad de España en la terrible contienda, contra los que pretendían arrojarla en ésta al lado de los aliados.

Don Jaime alentó y aplaudió esta conducta en cartas dirigidas al marqués de Cerralbo, y aplaudió también la política internacional preconizada por Mella; pero terminada la guerra y habiendo vuelto a Francia, publicó, inducido por Melgar (a la sazón su secretario y francófilo ardiente) un manifiesto, fechado en París el 30 de enero de 1919, en el cual afirmaba que no habían sido obedecidas sus órdenes; que contra su voluntad, se había arrastrado a las masas; que esperaba se le rindieran cuentas de la conducta observada y que iba a proceder a la completa reorganización el partido, demostrando paladinamente desaprobar la conducta seguida por Mella, por Cerralbo y por todo el partido.

Este manifiesto fue traído a España por Gustavo Sánchez (que antes se había puesto, por cuestiones administrativas de El Correo Español, en disidencia con el marqués de Cerralbo y con Mella, publicando un folleto en que atacaba a éstos) que había ido a París a entrevistarse con Don Jaime y con Melgar. Al tener conocimiento de él la Junta nacional, acordó, el día 5 de febrero de 1919, que procedía suspender su publicación en tanto que una Comisión de la misma Junta no se entrevistase con Don Jaime; pero a dicha comisión le fue negado el visado de los pasaportes, merced a gestiones de Melgar, y Don Jaime ordenó que se publicara el manifiesto, lo que realizó Sánchez en El Correo Español, sin avisarlo a la Junta, siendo expulsados de la redacción de dicho periódico todos los redactores que simpatizaban con Mella.

En un segundo manifiesto, fechado en Biarritz el 15 de febrero, insistía Don Jaime en los mismos puntos de vista del primero (que había venido acompañado de una carta conteniendo una orden que repugnaba al jaimismo español) y añadió que en cuanto a los principios y a la conducta de los que le reconocían como jefe, «era el único juez competente», afirmación que se miró como un dechado de absolutismo cesarista.

Ante estos hechos se reunió en el Senado la Junta nacional (que por enfermedad del marqués de Cerralbo venía presidiendo Cesáreo Sanz) y acordó por unanimidad que no podía aceptarse la conducta y los principios expuestos por Don Jaime, por ser opuestos al programa del partido, por lo que procedía seguir manteniendo éste prescindiendo de aquél. Por su parte, Mella publicó en El Debate un artículo sincerándose y atacando a Don Jaime.

Todavía se intentó evitar el rompimiento definitivo, para lo cual escribió Dalmacio Iglesias una carta a Doña Beatriz, hermana de Don Jaime, rogándole que explicase a éste la actitud del partido, pidiendo la separación de Melgar y proponiendo una solución; y en conferencia tenida en Barcelona en el mismo mes de febrero con dicha señora y doña Blanca, llegóse en principio a un plan que solucionase el conflicto; mas a ello se opusieron los elementos de El Correo Catalán que, al propio tiempo que aparentaban llamar a la concordia, realizaban incesantes trabajos para que Don Jaime no rectificase su conducta y no accediese a la conferencia que se quería tuviese lugar para el arreglo del asunto. Triunfaron, con el apoyo de Melgar, y el nombramiento de nuevo jefe-delegado (Pascual Comín) y de una Junta para Cataluña, integrada por los elementos citados, acabó de realizar el rompimiento, que se hizo definitivo, volviendo El Correo Catalán a su alianza con los catalanistas y condenando ahora a Minguijón.

Cabecera de El Correo Catalán

Al frente de los elementos separados del jaimismo quedó Mella, quien, primero en una publicación intermitente titulada Hoja tradicionalista, y después en un semanario llamado España Tradicionalista, y en el diario El Pensamiento Español, fundado por él, puntualizó todos los motivos de su divergencia con Don Jaime y tuvo a su lado a muchos tradicionalistas.

Propúsose convocar una Asamblea nacional del Tradicionalismo español, para formular un programa concreto que sirviese de unión a todos, prescindiendo de Don Jaime y reuniendo incluso a los integristas y a los católicosociales. También reivindicó la propiedad de El Correo Español, que no pudo obtener, y del cual fue nombrado director administrativo Sánchez Márquez, si bien este diario, falto de subscripción y de elementos, no tardó en desaparecer.

Los tradicionalistas catalanes celebraron en Badalona una Asamblea (mayo de 1920), en la que nombraron una Junta regional y las provinciales; pero bien pronto comenzaron nuevas disidencias. La tardanza en celebrarse la Asamblea nacional y en publicarse el programa, fue causa de que algunos elementos intentasen celebrarla por sí, y otros unirse a un nuevo partido que Osorio Gallardo y Minguijón intentaban formar conforme a las teorías del segundo. Ambas cosas fracasaron, y algunos tradicionalistas que se reunieron en Zaragoza prescindiendo de Mella, no hicieron nada práctico ni tuvieron autoridad suficiente para trazar una norma, ni elementos para lo que se proponían.

La mayor parte, viendo que se había perdido por Mella la ocasión para formar un gran partido, se retiraron a sus casas, abandonando la política, y sobrevino poco a poco la desorganización total. La mayoría de los círculos jaimistas y periódicos desaparecieron y la muerte de Mella acabó con el movimiento de renovación del partido. Sólo contados círculos en algunos puntos de las Vascongadas, Navarra y Cataluña dan muestra de su existencia, sin esperanza de mejores tiempos para ellos, a causa de que, no habiendo Don Jaime contraído matrimonio, es segura ya la extinción de la línea de varón dimanante de Don Carlos de Borbón, hermano de Fernando VII.

El advenimiento del Directorio militar y de la dictadura de Primo de Rivera y el derrocamiento del antiguo régimen liberal-parlamentario, así como el reconocimiento de la libertad de la Iglesia y la protección a ésta en el cumplimiento de su misión; el restablecimiento de los principios de orden y de autoridad y la inscripción de la Religión como lema al lado de las de Patria y Monarquía en el programa de la Unión Patriótica, fundada por aquel, ha puesto al lado del nuevo régimen a la mayoría de los tradicionalistas españoles de todos los matices, incluso muchos que en un principio permanecieron fieles a Don Jaime.

De este modo, después de un siglo de lucha, ha visto el Tradicionalismo aceptados en gran parte sus principios fundamentales, prescindiendo de la cuestión dinástica; por lo que no puede decirse que el Tradicionalismo haya desaparecido, en cuanto constituye una tendencia a mantener esos principios religiosocatólicos, patrióticos y monárquicos, que forman caracteres del pueblo español en el transcurso de su historia, y la eliminación del régimen liberal-parlamentario a base del sufragio universal, que caracterizaba el sistema desaparecido. [*]


[*] Nota: No compartimos las apreciaciones del autor sobre la naturaleza de la dictadura de Primo de Rivera ni creemos que la Unión Patriótica ni el posterior Movimiento Nacional (meros altos en el camino del liberalismo español) asumieran nuestros principios fundamentales; si bien entendemos que su mera existencia habría sido imposible sin el desprestigio del sistema demoliberal y la pujanza de los ideales tradicionalistas en el pueblo español los años previos a la implantación de ambas dictaduras.

El artículo reproducido fue publicado en 1928. Para el posterior y tremendo auge del carlismo en toda España durante la Segunda República y Guerra Civil, véase la Historia del Tradicionalismo Español (tomo 30), de Melchor Ferrer.

sábado, 27 de junio de 2015

El nacimiento del Príncipe Don Jaime

D. Jaime de Borbón y Borbón-Parma
II Duque de Madrid
(Vevey, 1870 – París, 1931)
Día de júbilo fue para el partido legitimista español el 27 de junio de 1870, en que nació el hijo de Don Carlos y quedó asegurada la sucesión masculina en la rama del Rey Carlos V.

Vio la luz primera el Príncipe Don Jaime en la quinta-palacio de La Tour de Peilz, Vevey (Suiza), cantón del Vaud, Confederación Helvética.

El recién nacido fue solemnemente bautizado dos días después, festividad del apóstol San Pedro, y se le impusieron los siguientes nombres: Jaime, Fernando, Alfonso, Carlos, Juan y Felipe.

Apadrinaron al regio vástago la Archiduquesa Doña Beatriz y el Conde de Chambord, y asistieron a la ceremonia muchos antiguos e ilustres servidores de la Familia proscrita.

Los legitimistas asturianos, siguiendo la tradicional costumbre de aquella provincia con los hijos primogénitos de los Reyes de España, costearon la Cruz de la Victoria que llevo a Vevey una comisión del Principado.

El día 2 de Agosto tuvo lugar la solemne ceremonia de la entrega de la Cruz, signo de vasallaje ofrecido al que por consentimiento unánime de la España tradicional y católica había sido ya proclamado Príncipe de Asturias.

Anunciada la llegada al salón en que se encontraba reunida la comisión asturiana, de Don Carlos y del Príncipe Don Jaime, adelantose el presidente de aquélla, don Guillermo Estrada y Villaverde, y leyó el Mensaje que los carlistas asturianos, reunidos en sesión extraordinaria en la ciudad de Oviedo, enviaban a su Rey, felicitándole por el nacimiento del Augusto Príncipe.

Acto continuo el mismo señor Estrada dirigió a S. M. el siguiente discurso (1):

«SEÑOR:  
En nombre de los carlistas del Principado de Asturias tenemos la alta honra de felicitar a V. M., como nos felicitamos a nosotros mismos, por el nacimiento de S. A. R. el Serenísimo Sr. D. Jaime Fernando de Borbón y Borbón. Aquel país, con más razón que el de Gales en Inglaterra, o que el antiguo delfinado de Francia, sirve de título a las primicias de la estirpe Real de España, porque Asturias viene a ser como las primicias de la monarquía castellana, y su suelo sirvió de asilo y de cimiento para la reconquista contra los infieles. Y no es este el único título de gloria que Asturias puede presentar ante su Rey y ante su Príncipe: ya en la edad antigua, Augusto, emperador poderoso, se vio obligado a abrir las puertas del templo de Jano y a descender del solio de Roma para ir a sofocar en Asturias el último resto de la independencia cántabra; y en la edad moderna, otro poderoso emperador, Bonaparte, hubo de fijar su mirada de águila sobre Asturias, pobre rincón del mundo, desde donde el genio español le arrojó su primer reto, cuando toda Europa coaligada apenas se hubiera atrevido a hacer otro tanto.  
Pues bien; si en esos tres solemnes y bien distinguidos momentos de la historia, Asturias puso tan alto su nombre, es porque su espíritu está más elevado aún que sus montañas, cuyas soberbias cimas se esconden en las nubes; y desde allí, atravesando quinientas leguas de distancia, los carlistas de Asturias vienen al pie de estas otras montañas, y a la orilla de estos grandes lagos, para ofrecer por conducto nuestro sus títulos de gloria ante un excelso recién nacido, ante un niño augusto, víctima inocente del odio de las revoluciones, venido al mundo en extranjero suelo, y que entró por las puertas de la Iglesia aquí donde el catolicismo vive como sospechoso huésped: niño augusto, representante de todos los dolores de una dinastía legítima nunca humillada: niño augusto que, a despecho de todas las iniquidades triunfantes, es, después de V. M., la única personificación verdadera de todas las glorias de España y de todas las glorias personales de sus reyes, desde Ataulfo y Recaredo hasta Carlos V y Carlos VII. 
¡Quiera Dios oir los votos que le eleva el corazón de los carlistas asturianos , súbditos fieles de V. M., y hacer de vuestro Príncipe un fruto de bendición para V. M. y su Augusta Esposa, cuya ausencia de este sitio es para todos tan sensible; un monarca de reparaciones y bondades para la desventurada España, y un justo, tal vez un santo, para la patria inmortal de todos!  
Y ahora, Señor, para concluir, dígnese V. M. aceptar, siguiendo antiguas tradiciones, un presente que los carlistas asturianos ofrecen a su Príncipe: presente humilde como nunca, pero también como nunca expresivo, pues que en mucha parte se debe al óbolo del pobre y es testimonio inequívoco de lealtad y de amor. Consiste en una condecoración mezquina, como lo sería todo lo que se dedicase a tan grandioso objeto, pero que tiene el valor inestimable de estar tocada en las santas reliquias depositadas en la catedral de Oviedo, tesoro con que Dios premió la fe de los antiguos asturianos; esta condecoración lleva las armas del Principado, el blasón sagrado de la cruz de Don Pelayo, que se llama la cruz de la Victoria, y este nombre debe ser muy significativo para V. M.; dígnese asimismo V. M. cubrir con ella, como con una égida que le libre de males y peligros, el pecho de S. A. R., siguiendo también la tradición de nuestros Reyes, que investían a sus primogénitos con esta insignia antes que con la del Toisón o cualquier otra correspondientes a su suprema dignidad.  
Haciéndolo así, V. M. habrá dado una muestra de singular afecto a los asturianos y habrá colmado sus deseos.»

Tomada por Don Carlos de manos del Sr. Estrada la insignia la colocó sobre el pecho del Augusto Príncipe de Asturias, y contestó con estas palabras: 

«Gracias a Asturias por su entusiasta manifestación de fidelidad y por el rico don que desde este momento adorna el pecho del tierno Príncipe, que lleva el título con que el mundo conoce desde antiguo a los herederos de la Corona de España.  
Con noble orgullo habéis recordado vosotros, y con satisfacción imponderable he oído yo, los hechos preclaros que ilustran la historia de la hidalga tierra asturiana.  
Bien juzgáis cuando atribuís al espíritu de religiosidad e independencia el origen de las proezas que en épocas memorables realizaron nuestros ilustres antepasados. Este espíritu es el que todavía, por gracia especial de Dios y a despecho de las revoluciones, vive y alienta al pueblo español: él es el que inspira mi alma al pensar en la restauración gloriosa que ha de poner término a los grandes dolores que sufre hoy mi amadísima patria.  
Pido a Dios que cumpla vuestros votos al dirigiros al Príncipe de Asturias, a quien la Iglesia acaba de imponer sobre la pila bautismal un gran nombre en honor del Santo Patrón de España y en memoria de aquel rey esclarecido, que si fue el rey de las batallas y de las conquistas, lo fue también de los fueros y libertades. 
Esos votos son los de todo el pueblo español, que, alegando títulos de antigua fe, es merecedor por ello de que llegue pronto el día de mostrar ante el mundo, ahora tan revuelto y trastornado, cómo pueden gozarse conquistas verdaderas de los tiempos sin renegar de la enseña con que se inmortalizaron los héroes de Bailén y Covadonga.»

Después de pronunciado esto discurso, Don Carlos invitó a la comisión a que subiera a las habitaciones de S. M. la Reina para saludarla, pues por el estado de su salud no pudo asistir a la ceremonia, con la que se dio ésta por terminada.

(1) Lo reproducimos integro, como también la contestación de Don Carlos, por juzgar que estos detalles son de especial interés histórico en la exposición de los hechos en que han intervenido los miembros de la Augusta Familia por cuyo triunfo alientan y trabajan tantos millares de españoles.

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