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jueves, 26 de marzo de 2026

Crónica de la presentación del libro “Cuando la patria peligra desaparecen los partidos”

El día 11 de marzo del presente año de 2026, en la misma semana de celebración de la Fiesta de los Mártires de la Tradición, el Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón celebró en el salón de prensa del Colegio Mayor de Santa Cruz la Real la conferencia titulada “Cuando la patria peligra desaparecen los partidos” impartida por nuestro amigo y correligionario don Víctor Javier Ibáñez Mancebo, en ocasión de la publicación de un libro con el título homónimo.

Esta conferencia se ha realizado como uno de los puntos de la gira realizada por Víctor Ibáñez por Andalucía con el propósito de dar a conocer su reciente trabajo, que ya se había presentado anteriormente en el Ateneo de Sevilla, y el siguiente viernes (13 de marzo) se presentaría en la ciudad de Córdoba. Anteriormente, se había presentado en Madrid y en Barcelona, y se prevé en el futuro una gira equivalente por el norte de España.

La obra en cuestión es la publicación en forma de libro del trabajo Cuando la patria peligra desaparecen los partidos. El carlismo ante las crisisde Ultramar, que ganó el Premio Internacional de Historia del Carlismo Luis Hernando Larramendi en su decimo-octava edición, correspondiente a la convocatoria del año 2021. El premio incluye un importe monetario de 10.000 € y, en su última fase, la publicación del trabajo ganador; en esta última fase, se ha incluido la edición de este trabajo, editado en 2025, y su posterior presentación en Granada. 


 Cartel anunciador de la conferencia. 

El acto tuvo lugar el miércoles 11 de marzo en la sala de prensa del Colegio Mayor de Santa Cruz la Real, perteneciente al conjunto correspondiente con el convento de la Orden de Santo Domingo de Granada, fundado por los Reyes Católicos bajo la advocación de Santa Cruz la Real y víctima de las Desamortizaciones, volviendo la Orden al Convento tras la Guerra Civil y convertido parte de él en un Colegio Mayor. Contó con una asistencia de en torno a 20 personas. La conferencia inició a las 19:15 horas, tras dejar un margen de cortesía, y concluyó sobre las 20:15. El turno de preguntas se alargó hasta casi las 21:00 horas, hora límite de la reserva de la sala, indicativo del interés y atención con la que el público siguió la intervención de nuestro ponente.

La conferencia inició con una presentación por parte de los dos organizadores principales de la misma, miembros de nuestro círculo: nuestro presidente Rodrigo B., y Javier Alaminos, que se encargó de las gestiones de la reserva. Rodrigo hizo en su presentación énfasis en la naturaleza del carlismo como un fenómeno no limitado a Navarra y las Provincias Vascongadas, y de naturaleza netamente española; y Javier Alaminos se refirió al desarrollo doctrinal del carlismo, con el proceso de separación de haciendo de lo esencial y lo accesorio dentro de la Tradición, e hizo referencia al Rey Carlos VII como uno de los precursores del concepto de la Hispanidad. Durante la fase introductoria de su intervención, Víctor Ibáñez volvería sobre estos tres temas.



De acuerdo a las propias palabras de Ibáñez, la conferencia no tenía un propósito académico como tal, sino político o propagandístico en el sentido de que su objetivo era sintetizar unas ideas extrapolables al siglo XXI, y en el sentido en que la historia es un choque entre el “deber ser” y lo que efectivamente fue. En cuanto a esas ideas que se buscan sintetizar en la conferencia se resumen en su mismo título: «Cuando la patria peligra, desaparecen los partidos». De acuerdo a Ibáñez, tanto el carlismo como la cuestión de Ultramar fueron los dos grandes fenómenos que salpicaron el siglo XIX español, y los carlistas fueron capaces de dejar sus diferencias a un lado con los revolucionarios, ofrecer treguas, poner sus armas al servicio de los gobiernos liberales para la defensa de las “colonias” o incluso dar consejos relativos a la defensa. Aunque no se mencionó ningún caso específico contemporáneo, la moraleja de que se deben olvidar los parcialismos y hacer causa común incluso con los enemigos cuando la patria peligra parece un toque de atención a la reciente postura de Vox y de parte de la “derecha tuitera” de posicionarse junto a Trump cuando éste señaló la legítima decisión de Sánchez de no comprometerse en una guerra ajena sólo por el gusto de llevarle la contraria a Sánchez, o incluso hasta llamando a la intervención. Asimismo, quedan en nuestras mentes el intento de independencia en Cataluña en 2017, o todo lo relacionado con la amnistía a los presos por estos sucesos y las movilizaciones consiguientes de Ferraz de 2023-2024.

De esta forma, a lo largo de su conferencia, Víctor Ibáñez fue repasando reinado a reinado la relación entre los carlistas –con particular atención a los reclamantes del trono— pasando por la participación de Carlos V en el Consejo de Estado durante el reinado de Fernando VII, su propio reinado y su relación con América, y el reinado de Carlos VII, con especial atención a los días previos al Desastre del 98. Asimismo, siguiendo su costumbre de no decir lo mismo en cada conferencia y adaptarla a la ciudad en la que la dicta, Ibáñez quiso hablar del General Carlos Calderón, haciendo referencia a su papel como gerente de la Compañía Trasatlántica del Marqués de Comillas, que unía los puertos de la Península y las Antillas, y a cómo consiguió dar trabajos a carlistas exiliados tras la Tercera Guerra en ella, aprovechándose de su diligencia y disposición al trabajo duro fruto de su experiencia en la guerra.



Transmisión de la conferencia. Incluye la intervención de Víctor Javier Ibáñez y preguntas tras la misma.



miércoles, 4 de enero de 2023

El periódico carlista La Esperanza, visto por un liberal-demócrata sincero en 1857

En su «revista de la prensa política española» (1857), el periodista granadino José de Castro y Serrano, no podía dejar de hablar de La Esperanza, el primer diario político carlista que existió (con la salvedad de las gacetas de guerra), que por aquel entonces era uno de los más populares y leídos de toda España.  

Sorprende en su descripción la ristra de elogios que dedicó a este periódico, punta de lanza del carlismo, en la revista liberal La América, de tendencia democrática (como se conocía por entonces al ala más izquierda del partido progresista). Y es que el genio del director de La Esperanza, don Pedro de la Hoz, obligaba a todo el que leía sus artículos de primera plana a inclinarse ante su sabiduría, ilustración, sensatez y patriotismo, cualesquiera que fuesen sus ideas. Castro y Serrano decía así:

Pedro de la Hoz
(1800-1865)

La Esperanza (...) ha sido y es en España mas que un diario; ha sido el núcleo y es la organizacion misma del partido monárquico puro; ha sido el catecismo y hoy es el código del mando absolutista. Sin La Esperanza no habria hoy entre nosotros mas que partido despótico, y sabida es la pobre significacion que en nuestros jóvenes oídos tiene ya esa palabra: con La Esperanza hay hoy en España verdadero y temible partido absolutista. Tambien este prodigio es obra de un solo hombre: tales serán su constancia y su talento. 

Un dia, cuando vencidos los carlistas en el campo de Vergara por la política y por las armas; cuando vencedor el bando liberal por la idea y por los hechos con la aquiescencia implícita de los gobiernos despóticos de Europa, se veia desfallecer al partido absolutista aplanado con tantas catástrofes, ese dia, decimos, apareció La Esperanza en el campo del periodismo español, para infundir con su solo nombre aliento entre las huestes dispersas, y para tomar de la tienda de sus propios enemigos, armas con que batirles y disputarles su victoria. 

El título y la ocasion elegida por el hombre no podian ser mas oportunos; y en efecto, desde ese día data la voz propagandista que sin perdonar momento, ni perder coyuntura por exigua que pareciese, resuena en los oidos del bando monárquico, anunciándoles para mañana la hora del triunfo; desde ese dia data la acusación perpetua que se ha lanzado sobre el partido liberal sin hacer otra cosa que poner de relieve la parte viciosa у absurda de su sistema; desde ese dia ha tenido el pais un catecismo abierto que á la vez que enseñaba la doctrina del sistema antiguo, modificaba y suavizaba ese mismo sistema á tenor de los adelantos civilizadores del siglo; desde ese dia, por último, se ha tenido públicamente entre nosotros una cátedra de despotismo ilustrado. Y ese si que producia un daño verdadero á las ideas liberales, que no los periódicos estúpidos cuya tarea estaba circunscrita á lamentarse de la abolicion del santo tribunal; pues esos periódicos solo corrian en manos de quienes se contentaban con ver escrito lo que ya habian pensado y lo que no habian querido dejar de pensar; pero papeles como La Esperanza, que comprenden y aceptan los adelantos de la civilización, que prometen equidad y justicia, orden y sosiego, desahogo y vida en contraposicion á las convulsiones necesarias de toda reinstalación social, esos periódicos son los que encarnan la fé, los que mantienen la esperanza y los que hacen prosélitos hasta entre los descontentadizos del ejército contrario. 

Tal ha sido por espacio de diez y siete años la tarea constante del diario absolutista. Con gran lucidez de espresion, con envidiables dotes de ciencia y con formas tan intencionadas como decorosas, ha hecho partido de lo que era secta, ha hecho razón lo que era ignorancia, ha hecho posible lo que era quimérico y absurdo. Qué mas se le puede pedir á un hombre? ¿Qué mas se le puede pedir á un periódico? La Esperanza ha sido siempre y lo es en el dia un periódico valeroso; jamás ha dejado de contestar á nadie sea cualquiera el apuro en que se le haya puesto: ha sido y lo es hoy un periódico de inconcebible destreza; jamás ha tropezado en ninguno de los mil escollos que cada dia encontraba al paso. El mayor título de gloria que este diario puede esponer á la admiracion de su partido, es que vive aún, despues de haber atravesado solo y entre una turba de enemigos implacables, cerca de veinte años de revolucion contra sus ideas.

La Esperanza ha estado fuera de la ley desde su aparicion; ha defendido lo que en España no se podia defender; ha sembrado lo que estaba prohibido sembrar; ha rehabilitado memorias que nuestras leyes tenian proscritas; y á pesar de todo, hoy es el dia en que con mayores brios esgrime sus armas, sin haber tenido que borrar por fuerza una sola línea de las infinitas que sobre asuntos peligrosos ha publicado. 

No todos los hombres del partido absolutista aceptan, sin embargo, á La Esperanza por director y maestro, pues hay fanáticos ó necios que se figuran harto liberal y ocasionado á disgustos el sistema de gobierno que defiende; pero esos hombres que tan cándidamente creen posible y duradero el advenimiento de un orden de cosas mas oscuro todavia, debieran escuchar la voz de la gran masa de su partido que proclama al periódico como sustentador, organizador y fuerte áncora de su existencia. La Esperanza es el periódico español que se escribe con mas cuidado, y la empresa periodística mas importante de cuantas se han formado hasta ahora.


José de Castro y Serrano: La América (Madrid). 24/10/1857. Pág. 9

miércoles, 30 de octubre de 2019

Ellos y nosotros (historia del carlismo y del liberalismo en pocas líneas)

ELLOS Y NOSOTROS 

HAGAMOS HISTORIA 

Calumnia que algo queda, era la máxima de Voltaire a sus secuaces. Y se conoce que los liberales son sus aprovechados discípulos; no olvidan nunca el consejo de su maestro. Un periódico ha preguntado al Gobierno:

«¿Sabe la autoridad algo de la organización militar que en Estella y otros centros donde domina el carlismo están llevando a cabo con el objeto de defender a un Dios que nadie ofende, a una Patria que no es la suya, y a un Rey que jamás lo será?»

Se necesita frescura para combatir todavía al carlismo los que nos han traído las siete plagas de Egipto elevadas a la quinta potencia. Analicemos el gracioso parrafito con la imparcialidad que el caso requiere. A Dios se le ofende en las calles, blasfemando su santo Nombre, sin que la autoridad lo prohiba; cinismo que agrava más y más la ofensa inferida: ya ve el periódico liberal que miente como un bellaco al afirmar que no se le ofende.

«Una Patria que no es la suya»; pues, alma mía, ¿acaso hemos nacido los carlistas en las Batuecas? Si mientras más tiempo se posee una cosa, mayor derecho hay a su posesión, veamos de quién es esta Patria.

Nacimos con Recaredo y asistimos a los concilios de Toledo, aquellas famosas asambleas religioso-políticas en las que se formaban leyes sabias y justas que constituyeron la verdadera nacionalidad española (589).
«Esta es la bandera heredada de mi padre».
Grabado de 1875 (fuente)

Sostuvimos la monarquía goda hasta que Rodrigo la hizo imposible, acompañándole después a la batalla del Guadalete (711): allí se determinó una división funesta e inevitable; los traidores y perjuros desertaron con el conde D. Julián y D. Opas, presentándose a Tarif para hundir el puñal agareno en las entrañas de la Patria...

Nosotros quedamos sin Rey ni Caudillo, pero agrupados en torno de nuestra gloriosa bandera marchamos a Asturias, y en las asperezas del monte Auseba alzamos un Príncipe y constituimos un reino: Pelayo nos dirigió en Covadonga, cuya gruta fue a la vez templo, alcázar y fuerte (718).

Vencimos en Roncesvalles a la flor y nata de los caballeros franceses; y en Clavijo nos batimos a las órdenes de Santiago el Mayor, aunque los autores liberales consideren su aparición fabulosa. A las órdenes de Alfonso VIII peleamos en las Navas de Tolosa, derrotando a los moros de España, que unidos a los leones africanos mandaba Miramamolín.

Nos apoderamos de Córdoba y Sevilla con san Fernando y Garci-Perez de Vargas. Y en la vega de Granada presenciamos el desafío de Atarfe, triunfando el Ave María colocada sobre la poderosa lanza de Garcilaso de la Vega, y entrando después en la Corte de Boabdil, la poética ciudad de los cármenes, llamada por nuestros historiadores la sultana de las mil torres.

Embarcados con Colón en frágiles embarcaciones descubrimos un mundo nuevo, conquistándolo después con Cortés en las batallas de Otumba y Tlascala, y con Pizarro y Almagro en las llanuras del Perú, o en la formidable cordillera de los Andes.

Bajo el imperio de Carlos I vencimos en Pavía, en cuya batalla aprisionamos al Monarca francés y dominamos a Italia. Y Felipe II nos admiró en Lepanto y en Flandes guiados por D. Juan de Austria y el duque de Alba.

Más tarde, en 1808, el coloso del siglo y dueño absoluto de Europa pretendió dominarnos, y ese gigante murió en la isla de Santa Elena, vencido y derrotado por unos cuantos paisanos, dispuestos siempre a luchar por su Dios, por su Patria y por su Rey.

Esta es nuestra historia. Veamos el origen del liberalismo.

Nació en las Cortes de Cádiz, aquella tumultuosa asamblea que aprisionó a su Rey cuando salía de las garras de Napoleón, teniendo que venir 100.000 franceses a libertarlo. Amargaron los últimos instantes de su vida, forzándole a quebrantar las leyes seculares de España y dejando a su patria sumida en una guerra civil, protegiendo al parecer los supuestos derechos de una niña, que después se encargaron de corromper para más fácil destronarla.

Ayudaron a Espartero (el héroe de Ayacucho) a expulsar a la regente M.ª Cristina de España, señora a quien el General y sus prosélitos debían cuanto eran. Y al poco tiempo estos mismos héroes arrojaban a Espartero de la regencia, marchando éste a Londres, donde pocos años antes habíase refugiado su augusta víctima.

Revoluciones sin cuento y motines sin fin ensangrentaron el suelo de la Patria cuando nos pronosticaron, al abrazarse en Vergara al traidor Maroto, que se abría un horizonte de paz y de ventura. Y vino la guerra de África que pudo ser gloriosa, como la llamamos todos por puro patriotismo, resultando mucha sangre vertida, perdido el terreno conquistado, y 400 millones de ochavos morunos pagados no sé en cuántos plazos.

Teniendo presente el testamento de Isabel la Católica y los patrióticos deseos de Cisneros, como asimismo la creencia y el derecho que asiste al pueblo español de extender su territorio por Marruecos, cuyas plazas conserva, el emperador Napoleón III, el conde de Montemolin seguido del partido carlista, algunos generales y ministros secundando las órdenes de Isabel II y su esposo, y la emperatriz Eugenia, que como española le halagaba el engrandecimiento de su patria, a la par que Napoleón veía en la posesión de España inutilizada la ambición de Inglaterra respecto del imperio Marroquí, se formó el proyecto de proclamar a Carlos VI rey de España, cuyo ánimo esforzado, auxiliado de su valiente partido, conquistaría el territorio que se extiende desde Ceuta al Atlas y desde las orillas de Argel al Atlántico.

Tan vasto pensamiento embargó por el pronto y entusiasmó a sus autores, pero se arrepintieron de hacer algo grande quienes no habían nacido más que para arrebatarse el presupuesto. Habiendo iniciado el movimiento en San Carlos de la Rápita el general Ortega, capitán general de las Baleares, creyóse preciso fusilarle para justificar que era una insurrección y no un golpe de Estado preparado por el mismo poder.

Tuvieron ocasión de hacer algo grande, y no lo hicieron. Pospusieron su ambición particular, mezcla de egoísmo y pequeñez, y España dejó sus hijos sacrificados cubriendo los campos de África, y quedamos todos tan satisfechos.

Al grito de Viva España con honra se hizo la revolución de Septiembre, arrojando del trono a Isabel II, derramando tanta sangre al destituirla como habían derramado al proclamarla, y acusándola de no sé qué crímenes, como no fuera el de haberles sostenido en el poder, como su desgraciada madre.

Esta es la historia del liberalismo, corta, pero aprovechada: imposible parece que en tan poco tiempo se haga tanto daño, como no se esté dispuesto a hacerlo. Después, la vergüenza de Melilla y los desaciertos de Cuba completan el cuadro de desventuras que llueve sobre esta Nación infortunada.

«En cuanto a un Rey que jamás lo será», si los carlistas no estuviesen convencidos del triunfo de ese Rey, bastaría apreciar el odio con que dan la noticia y el deseo de precipitar al Gobierno en el camino de las persecuciones, para convencernos de la certeza que abrigamos cada vez mayor del advenimiento del carlismo. Las causas perdidas y los enemigos débiles causan lástima o desprecio, pero nunca odio.

CARLOS CRUZ RODRÍGUEZ


Extraído de: «Ellos y nosotros». Biblioteca Popular Carlista. Tomo VIII, febrero de 1896, páginas 16-19.

viernes, 27 de septiembre de 2019

La imprenta de «La Esperanza», una fuente de conocimiento en la España del siglo XIX

El diario monárquico (carlista) La Esperanza (1844-1874) fue uno de los periódicos españoles más populares y leídos de su época. En su imprenta, a cargo del murciano Antonio Pérez Dubrull y situada en Madrid primero en la calle de Valverde, núm. 6, y luego en la calle del Pez, núm. 6, se editaron, además del periódico, numerosos libros que sirvieron para instruir a sus lectores y reforzar sus convicciones católico-monárquicas. Las siguientes obras, traducidas al castellano por la redacción del periódico, fueron incluidas en la llamada «Biblioteca de La Esperanza»:

* Historia evangélica, confirmada por la judaica y la romana (1852), en dos tomos, del P. Paul Pezron;
*​ Lord Palmerston, la Inglaterra y el Continente (1852), por el conde de Ficquelmont;
* El libro de los Reyes (1852),​ Genio de la monarquía (1852),​ República y monarquía (1852)​ y Derecho hereditario del poder (1852), por Alexandre Weill;
* Economía política cristiana (1852-1853), en cinco tomos, por el vizconde Alban de Villeneuve-Bargemont;

La Biblioteca de la Esperanza también anunció su intención de editar la obra Del Protestantismo y de todas las herejías en su relacion con el socialismo (1853), por Auguste Nicolas, si bien solo nos consta la edición que se hizo de la misma en Barcelona en la imprenta de Pablo Riera.


En la imprenta de A. Pérez Dubrull se publicaron asimismo libros como La realidad de la vida (1858), por Matilde Froment; Coleccion de los artículos de La Esperanza sobre la historia del reinado de Carlos III en España (1858), por Antonio Ferrer del Río; El perfume de Roma (1862), por Louis Veuillot; Vidas de los Mártires del Japon (1862), por Eustaquio María de Nenclares;​ La Revolucion (1863), por Monseñor Segur;​ Conferencias del Rdo. P. Félix, en la Santa Iglesia Metropolitana de Nuestra Señora de París durante la Cuaresma de 1866; El Paladín de Cristo (1865), por José Gras y Granollers;​ La dolorosa Pasion de N. S. Jesucristo, según las meditaciones de Sor Ana Catalina Emmerich (1865);​ o Advocaciones, virtudes y misterios de María Santísima (1866), por el presbítero Felipe Velázquez y Arroyo.​

Otras de las obras impresas en la imprenta de La Esperanza serían de carácter más marcadamente carlista, especialmente durante el Sexenio Revolucionario, como Tres escritos políticos de Pedro de la Hoz publicados en 1844 (1855);​ Biografía de D. Pedro de la Hoz (1866), por José María Carulla;​ La solución española en el Rey y en la Ley (1868) y Las apariencias y la realidad de la fusión dinástica (1869),​ por Antonio Juan de Vildósola; Peticion dirigida a las Cortes Constituyentes en favor de la unidad católica de España (1869), por la Junta Superior de la Asociación de Católicos de España;​ La cuestion dinástica (1869), por Fray Magín Ferrer; Los liberales sin máscara (1869), por Valentín Gómez;​ El Romancero español de Cárlos VII (1869) y El Romancero español de la Reina Margarita (1870).

El diario vendía además en su Administración obras de contenido histórico carlista, como Vida y hechos de Don Tomás Zumalacárregui (1845), por Juan Antonio de Zaratiegui;​ Recuerdos histórico-político-legales sobre la autoridad de los Reyes y Cortes de España, conforme a sus antiguas leyes fundamentales (1845), por el monárquico T. M.; o Historia de la emigracion carlista (1846), por Rafael González de la Cruz.

La imprenta de La Esperanza editó también otras publicaciones periódicas, como La España teatral (1856), el Semanario de los devotos de María (1865-1870) o la revista hispano-americana Altar y Trono (1869-1872).

jueves, 20 de julio de 2017

El Alzamiento Nacional de 1936 fue obra del Carlismo. III - La muerte de Sanjurjo

LA MUERTE DE SANJURJO 

La muerte trágica del general Sanjurjo se debió a una debilidad del general Mola para con el aviador Ansaldo, quien, por haber salvado el año 32 al general Barrera en su avioneta y haber llevado el día del Movimiento a Pamplona al señor Fal Conde, aterrizando en el campo de Noain después de varias peripecias y algunos peligros, se creía con el derecho de llevar al futuro Jete del Estado Español, general don José Sanjurjo, desde Lisboa.

Juan Antonio Ansaldo Vejarano (1901-1954)

Se habían convenido dos contraseñas, y también en esto está confundido el señor Iribarne en la obra aludida anteriormente; una que tenía por mitad y debía mandar el general Mola, si el Ejército se decidía a iniciar el Movimiento, y era parte de un recordatorio fúnebre de la señora de Carranza, de Cádiz, y otra que tenía el señor Fal Conde, también por mitad con el general Sanjurjo, y ésta era efectivamente un recordatorio del asesinado Canciller de Austria, Dollfuss, que el Rey mismo le había dado al señor Fal, y el envío de cuya mitad significaba que los Requetés empezaban el movimiento, al que luego, por el prestigio del general Sanjurjo, el Ejército se plegaría; pues el general, hijo de capitán carlista, muerto al frente de su escuadrón en la guerra del 72-76, y sobrino del general carlista Joaquín Sacanell, que fuera Secretario de Carlos VII en Venecia, quería siempre mandar requetés.

El señor Fal Conde había contratado los servicios del que pasaba por ser uno de los mejores aviadores europeos, el francés Lacombe, quien poseía varios records, y el bimotor de la entonces esposa Mollisson, en el cual acababa de batir el record de Inglaterra a la Ciudad del Cabo en África.

Los dos, Lacombe con su bimotor y Ansaldo con su avioneta, llegaron al mismo tiempo a Lisboa, aunque a distintos campos de aterrizaje, ya que, el bimotor no podía aterrizar en el reducido y deficiente campo de La Alberca.

(No es todavía llegado el momento de levantar el velo sobre él modo como se solventaron las dificultades surgidas por las reclamaciones del embajador del Gobierno republicano, el mismo que fuera ministro náufrago, según frase de Azaña, precisamente cuando regresaba de Buenos Aires a España para hacerse cargo de una cartera ministerial).

El general Sanjurjo se despide de su esposa y amigos antes de subir a la Puss

En atención a que el bimocor de Lacombe no podía aterrizar en el reducido campo de Noain, cerca de Pamplona, se decidió que lo haría en uno de los aeródromos del sur de Francia, posiblemente en Biarritz, donde estaba todo preparado para los inconvenientes que pudiesen surgir e incluso el guía que debía pasar al general Sanjurjo a través de la frontera franco-española.

Ansaldo, muy conocido de la colonia española, que hacía la contrarrevolución desde las hermosas y frescas playas de Estoril, pudo fácilmente lograr del general Sanjurjo que se confiase a su avioneta, en la que debía amarrarse, ya del primer momento, en un angostísimo sitio.

El entonces Director General de Seguridad en Madrid, Ángel Galarza, se alabó más tarde de haber dañado en alguna forma la avioneta; pero quien presenció la catástrofe aseguraba que, conociendo el pobre campo de aterrizaje de Cascaes y la más pobre avioneta de Ansaldo, aun reconociendo su destreza y capacidad, no necesita agentes extraños para explicarse el desastre ocurrido.

Estado en que quedó la avioneta después del accidente

La avioneta, sea por el estado del campo, sea por el exceso de peso, levantó vuelo con dificultad, de modo que pareció iba a estrellarse contra unos árboles por no ganar altura. Sorteó el obstáculo penosamente, y apenas transpuestos los árboles capotó, desplomándose e incendiándose el depósito de la nafta, sin que le fuera posible a Ansaldo vaciarlo antes por falta de tiempo, aunque hubiese atinado, y sin que le fuese posible al general deshacerse de las correas que lo aprisionaban, pereciendo abrasado entre gritos desgarradores.

Ansaldo tuvo que ser hospitalizado, tal vez más por la conmoción nerviosa y dolor, que por las quemaduras, que fueron leves, por fortuna.

Entretanto el bimotor con el gran Lacombe se morían de asco en un campo de aterrizaje, no lejano, se había torcido la dirección del Movimiento y se había hecho posible una guerra que todavía perdura.


EL REQUETÉ (Buenos Aires, 1 de marzo de 1939)

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El Alzamiento Nacional de 1936 fue obra del Carlismo. I - El plan
El Alzamiento Nacional de 1936 fue obra del Carlismo. II - La defección del General Barrera
El Alzamiento Nacional de 1936 fue obra del Carlismo. III - La muerte de Sanjurjo

martes, 18 de julio de 2017

El Alzamiento Nacional de 1936 fue obra del Carlismo. II - La defección del General Barrera

Como fenómeno extraño es curioso el hecho de que, después de muerto el general Mola, último representante del general Sanjurjo, no existe actualmente en el Gobierno de Burgos y Salamanca ninguno de los hombres que trabajaron eficazmente en la preparación del movimiento. 

No es una excepción el Conde de Rodezno, el hombre más político, es decir, más enemigo de la acción, o sea, el menos carlista, de todos los prohombres carlistas, aunque es de justicia acreditar un tanto en su haber. Pues al resultar por pura casualidad y algo de presunción, presidente de la Junta Suprema Carlista, se empezó el envío de jóvenes del Requeté a Italia, para que se ejercitasen en el conocimiento y manejo de las armas modernas. En cartas, cuyos originales se conservan y se publicarán en su día, llamaba despectivamente musulmanes a quienes conspiraban contra la República y jugaban a los Requetés... [...]

Consecuencia de una acción concertada entre el general Barrera, un representante de la Comunión Tradicionalista y otro de Renovación Española con el señor Mussolini, fue el envío de los jóvenes a Italia. Por cierto que últimamente dieron los periódicos la noticia de haber llegado el hecho a conocimiento de los rojos, quienes probablemente simularon el documento firmado, aunque el fondo es rigurosamente verídico.

El general Emilio Barrera Luyando (1869-1943)

En realidad, el envío de jóvenes se intensificó desde el momento en que empezó a dirigir los destinos de la Comunión Tradicionalista el verdadero forjador de los Requetés y alma de toda la preparación del movimiento, D. Manuel Fal Conde, como documentalmente lo probará la historia, ya que un carlista tuvo la fortuna de encontrar y salvar las notas y documentos originales, de todos los cuales se han sacado copias y fotocopias, que están guardadas en distintas naciones de Europa.

Los jóvenes Requetés, en grupos de treinta, de todas las regiones de España y singularmente de Navarra, se juramentaban, incluso con juramentos execratorios, a guardar el secreto, que fue tan bien guardado, que ni la policía española, ni las familias de los interesados, ni los mismos elementos oficiales italianos, llegaron a develarlo.

Salían por distintas fronteras con motivos diversos, generalmente de trabajo, y llegados a Italia eran recibidos por el que fue más tarde embajador en Buenos Aires, Coronel Longo, y presentados, como peruanos, a los oficiales que debían enseñarles el manejo de las armas, los cuales desconocían el español. La enseñanza duraba un mes aproximadamente, y con algunos que fueron a Libia, al principiar el movimiento, eran unos quinientos los que habían adquirido el conocimiento de las más interesantes armas modernas. [...]

Al libertarse finalmente, después de horas trágico-cómicas, el general Barrera se encontró ante una situación de hecho, en la que otros estaban trillando, lo que él había ayudado a sembrar; pero ya ni el general Barrera tenía parecido con el hombre de 1932, ni les fue difícil contentarle con la Presidencia del Tribunal Supremo de Guerra y Marina, recientemente restablecido, si no lo fue expresamente para él. Muerto Sanjurjo, era el único Teniente General de actividad contrarrevolucionaria, desde el año 32. [...]

La muerte trágica de Sanjurjo, ocasionada por una debilidad de Mola, ante una pretensión vanidosa del aviador Ansaldo, torció completamente el curso del movimiento.

El que fuera secretario de Mola, señor Iribarne, escribió una seudo-historia plagada de inexactitudes e injusticias. Después, recogida tal obra; pero no por las injusticias que se cometen en el afán de ensalzar la acción del héroe, sino por querellas personales y celos ridículos e injustos de quien no representa en el libro ningún papel en la preparación del movimiento, sencillamente porque no la tuvo; y todo el poder, ni hará desaparecer los documentos que lo comprueban, ni hará enmudecer la historia que lo proclamará paladinamente, a pesar de las pretensiones de los panegiristas áulicos.

lunes, 17 de julio de 2017

El Alzamiento Nacional de 1936 fue obra del Carlismo. I - El plan

Descontado se tiene que todos los fariseos se llevarán las manos a la cabeza, aun sin llenársela de ceniza, y se aprestarán a rasgarse moderadamente sus vestiduras. También será motivo de estupefacción o escándalo lo que se irá refiriendo para cuantos, nacidos para avestruces, creen que en cerrando los ojos a la luz, como aquéllos ocultando sus cabecitas en el hoyo abierto en la arena para no ver al león, ya el peligro no existe. Y gritan ¡escándalo!, ¡escándalo!, cuando hay quien se atreve a proclamar bien alto lo que es sabiduría de clavo pasado, o verdades escuetas de la historia austera.

Aunque principalmente se tratará el problema político de España, como éste se roza con el problema militar y parece que algunos militares, mal aconsejados, han querido convertir el glorioso Movimiento Nacional en una cuartelada o pronunciamiento estilo siglo XIX, desvirtuando su carácter popular, base y fundamento jurídico de su legitimidad, accidentalmente se tratará de los mayúsculos yerros militares; porque las guerras se ganan alcanzando victorias y no repitiendo tontamente las palabras: victoria, invicto, derrota aplastante del enemigo, descalabro tremendo, etcétera, etc. Resulta soberanamente ridículo leer la prensa nacionalista española, convertida en un inmenso botafumeiro por obra y gracia de politiquillos de la más vieja escuela, como Serrano Suñer, que, al remedar los métodos fascistas e hitlerianos, los han dejado tamañitos. Se publicará a su hora una colección de las órdenes emanadas de la Dirección de Prensa y Propaganda de Salamanca, que resulta el monumento máximo de la adulación, del servilismo y de la incomprensión del carácter y psicología españoles.

Dejados de la mano de Dios han olvidado que en el fondo del español está siempre el espíritu de aquellos claros varones que, monárquicos ferventísimos, se dirigían a la Autoridad con las frases sabidas: Nos que somos tanto como vos y juntos más que vos; Rey serás, si ficieres derecho, e si no, non lo serás. Y la figura gigante del Alcalde de Zalamea será siempre el modelo representativo del verdadero carácter español, que se pretende convertir en el rebaño de Panurgo o en autómatas marcando el paso de ganso, sin ideas y sin voluntad propias.

Las necesidades de la guerra imponen muchas obligaciones y restricciones, cierto, ciertísimo; pero lo que jamás imponen es el ridículo, y menos todavía aprovecharlas para hacerse una plataforma y convertir a todos los periódicos en un diario y repetido anuncio gratis. ¡Qué mala debe ser la mercancía cuando necesita tanto bombo! [...]

Aunque se han visto los originales y fotografías de los documentos que se citarán, es inútil pedir, antes de finir la guerra, las tales fotocopias y documentos, celosamente guardados en lugar seguro. [...]

José Sanjurjo Sacanell (1872-1936)

En la preparación del Movimiento que debía acaudillar el glorioso, doble laureado, general Sanjurjo, tuvieron poca intervención los generales que luego, por efecto de las circunstancias, han resultado primeras figuras.

El Movimiento fue preparado por la Comunión Tradicionalista —el viejo Carlismo, luchador de siempre y siempre por los mismos ideales—, en combinación con algunos elementos de Renovación Española, con algunos de José Antonio, quien estaba en la cárcel cuando se enteró, con el conocimiento de Gil Robles a última hora y siempre bajo la jefatura de Sanjurjo. Los representantes de éste fueron, primero, un general que se rajó en Madrid; luego el doble laureado, entonces coronel Varela, y cuando éste no podía ya moverse por pisarle los talones la policía de Azaña, quien lo tenía en el castillo de Santa Catalina en Cádiz al estallar el Movimiento, fue el postrer representante el general Mola, Gobernador Militar de Pamplona.

El general Franco se comprometió a sublevarse en África mucho después que el actual Príncipe-Regente de la Comunión Tradicionalista-Carlista se entrevistase en Lisboa, por orden del difunto Rey Don Alfonso Carlos (q. s. g. h.), con el general Sanjurjo y se conviniesen los postreros detalles del Movimiento que sustancialmente fueron:

Los Requetés cooperarían, desde el primer instante, al Movimiento, si lo iniciaba el Ejército; pero si éste no podía, los Requetés empezarían, siempre mandados por el general Sanjurjo, y para ello, el teniente coronel de E. M. Baselga formó el plan del alzamiento, constituido en principio por dos fuertes grupos de Requetés que aparecerían en la Sierra de Huelva y en la Sierra de Gata, en el sudoeste de España, sobre la frontera de Portugal, por razones obvias y fáciles de comprender.

Eduardo Baselga Recarte (1879-1936)

Al atraer las fuerzas del Gobierno, debían actuar inmediatamente los Requetés navarros y vascos, al par que los catalanes y aragoneses, en un doble movimiento sobre Madrid. El general Sanjurjo no era partidario de la guerra de carreteras, sino que pretendía dar una batalla, pero una verdadera batalla decisiva, tan pronto hubiese reunido los elementos que se hubieran plegado a su nombre glorioso.

Si bien es cierto que él había reservado su pensamiento, no es difícil adivinar que hubiera tenido lugar por el norte de Madrid, y aun es probable que hubiera sido algún Guadalajara, pero glorioso. Desde las estribaciones del Guadarrama por Sigüenza y hasta Medinaceli existe, en dirección a Madrid, un vasto terreno para dar una batalla, o una serie de combates que abrieran las puertas de la Capital por el único camino que se pueden abrir, según lo aprendieron Felipe V y Napoleón.


lunes, 19 de diciembre de 2016

La Tradición nos salvará

Figura alegórica de la España,
gran cuadro al óleo por Ermolao Paoletti

Lo dije ayer y lo repito hoy.

Sí; cuando el movimiento, llamado liberal, era en el fondo solamente el despotismo; cuando en vez de proclamar la libertad de la Iglesia, de las Regiones y de las Cortes representativas, implantaba el absorbente y caprichoso centralismo y dividía la nación en provincias antinaturales, esclavizaba y perseguía a la Religión y al Clero, e impedía a las clases y organismos sociales su legitima y acostumbrada representación e influencia en las Cortes y en la cosa pública; cuando, en fin, se trataba de implantar un régimen político extranjero, impío y herético —y, por tanto, tiránico; antimonárquico, pues que anula el oficio real; antiespañol, antipopular, sólo conveniente para satisfacer las concupiscencias de los partidos y para crear ambiciones y vanidades personales—, entonces, el pueblo español, amante de sus leyes propias, de su verdadera y orgánica libertad, de su Fe, de sus Fueros venerados, de sus Reyes de verdad con autoridad y responsabilidad, se opuso a la intromisión del régimen liberal y parlamentarista, que venía a matar la genuina democracia de la nación hispana.

Y esta posición que el Jaimismo tradicional sostiene, hoy como ayer, en contra del régimen parlamentarista liberal, tiene derecho al aplauso público, por lo mismo que nadie lo combatió tanto ni tan penosamente, y porque nadie representa y defiende tan pura y radicalmente el régimen tradicional, religioso, monárquico y fuerista.

La Dictadura, que, se decía destinada a destruir el régimen funesto liberal, encontró en sus comienzos el aplauso y la adhesión del pueblo español, que es antiliberal por convicción y por experiencia; pero, contagiada e ilógica, cayó en los mismos vicios y doctrinarismos que pretendió arrancar, fracasando ante la conciencia pública, de la que se alejó.

Esta conciencia pública española, cató­lico-monárquica, mas también amante de sus instituciones populares que, hoy como ayer, reclama la implantación total de su tradicional régimen monárquico fuerista, para la subsistencia y bienestar común de la Patria y de la Monarquía.

Inútil será la propaganda espectacular; ineficaces, todos los agitados trabajos de los partidos... Hablen los jefes y jefecillos; proclámense uniones y organizaciones; créense nuevas agrupaciones con programas máximos o mínimos... ¡Todo será infructuoso, si en contra de la interior y secular espiritualidad política española, se esfuerzan unos y otras en sostener un régimen absurdo y funesto que, lógicamente, tiene que parar en la anarquía o en el despotismo!

¡La Tradición —sólo la Tradición— puede salvar a España!...

JOSÉ SOBRÓN

José Sobrón


EL CRUZADO ESPAÑOL, órgano de la Comunión católico-monárquica (partido jaimista) en Castilla la Nueva (Madrid, 6 de junio de 1930)

viernes, 9 de septiembre de 2016

El combate doctrinal del carlismo en los últimos tiempos

[A partir de la década de 1970] el tradicionalismo carlista hubo de enfrentarse a otro tipo de problemas (...) Como consecuencia del desarrollo económico de los años sesenta, la sociedad agraria tradicional acabó disgregándose; y la modernización social llevó a la secularización cultural y a la progresiva deslegitimización de la tradición católica, que fue erosionada de manera radical. A ello se unieron las repercusiones del Concilio Vaticano II, que fueron igualmente determinantes. Su contenido doctrinal —nuevo concepto de Iglesia y del papel de los laicos, nueva forma de ver la relación del catolicismo con la modernidad, declaración de libertad religiosa, etc.— deslegitimó la teología política tradicional. Como señaló el tradicionalista Miguel Ayuso:

«solamente a la crisis de la Iglesia en la segunda mitad del siglo XX no ha podido resistir el carlismo, porque no le afecta solo accidentalmente, sino que toca esencialmente a su soporte, que es la cosmovisión de la cristiandad».

El profesor Miguel Ayuso Torres

En ese contexto, se desarrollaron las obras de los últimos doctrinarios del tradicionalismo carlista: Rafael Gambra Ciudad y Francisco Elías de Tejada. El «socialismo autogestionario» [del mal llamado Partido Carlista] careció de doctrinarios; fue tan sólo una veleidad oportunista, que rompía, de hecho, con la trayectoria histórica del legitimismo español.

El pensamiento de Rafael Gambra fue fundamentalmente tomista, si bien estuvo influido por Henri Bergson y por la reacción antirracionalista y antipositivista representada por Albert Camus y Antoine de Saint-Exupéry, Gustave Thibon, etc. Desde sus primeros escritos se mostró adverso al falangismo, y sobre todo, a las tendencias democristianas, que asociaba con el modernismo. Igualmente, rechazó el nacionalismo integral de Charles Maurras, por su tendencia secular; a su modo de ver, era «un tradicionalismo de izquierdas».

Su enemigo fundamental fue, sin embargo, el progresivo aggiornamento de la Iglesia católica, cristalizado en el contenido del Vaticano II; y que concluiría en las leyes de libertad religiosa del franquismo. Contra ello, publicó su libro La unidad religiosa y el derrotismo católico, en defensa de la unidad católica y la confesionalidad del Estado español. Su doctrina política era básicamente una renovación de los supuestos de Vázquez de Mella. Gambra concibe la vida humana, no como autorrealización o liberación de trabas, sino como entrega o compromiso e intercambio con algo superior que se asimila espiritualmente. Ligado a esto se encuentra la concepción de la sociedad como una organización en el espacio y en el tiempo. La sociedad es una proyección de las potencialidades humanas, incluida la individualidad; y que tiene igualmente una fundamentación religiosa, ya que sus orígenes se encuentran en unas creencias y en una cosmovisión colectivas. Si el hombre es un compuesto de alma y cuerpo llamado por la gracia al orden sobrenatural y, por otra parte, la sociedad emerge como eclosión de la misma naturaleza humana, también la de un poder en alguna manera santo y sagrado, es decir, elevado sobre el orden puramente natural de las convenciones o de la técnica de los hombres.

Rafael Gambra Ciudad (Madrid, 1920-2004)

A partir de tales planteamientos, Gambra defiende una concepción organicista de la sociedad y el régimen monárquico tradicional y federativo. El principio representativo se encuentra encarnado en la corporación. El proceso federativo consiste en la progresiva superposición y espiritualización de los vínculos unitarios, contrapunto del Estado liberal o de la nación sacralizada de los fascismos y de los separatismos nacionalistas. El federalismo es, según Gambra, algo radicado en la misma historia de España, porque en su seno perviven y coexisten  en su superposición mutua regiones de carácter étnico, como la vasca; gegráficas, como la riojana; políticas, como la aragonesa o la Navarra. El vínculo superior que las une es la catolicidad y la Monarquía. A partir de tales supuestos, Gambra criticó, en su obra Tradición o mimetismo, el centralismo franquista, lo mismo que su aceptación de los principios laicistas y tecnocráticos, sintetizados en su reconocimiento de la libertad religiosa.

(...)

La tradición política española se manifiesta, para Elías de Tejada, en dos cuestiones fundamentales: la concepción católica de la vida y la Monarquía federativa de «las Españas». En su opinión, la causa diferenciadora de las comunidades políticas no la constituye ningún factor físico, ni la raza, ni la lengua, ni la cultura, ni el espíritu, ni motivos psicológicos; esta causa diferenciadora radica en la tradición y en la nación. Las comunidades políticas tienen una finalidad que cumplir en la historia. Por nación se entiende aquella nota característica de un pueblo a lo largo de un periodo de la Historia. La tradición es el sustrato que cada uno de esos períodos deja, el alma de las gentes forjadas en el fraguar de esas empresas colectivas.

Francisco Elías de Tejada y Spínola (Madrid, 1917-1978)

Para Elías de Tejada, la tradición política española se forja durante la Edad Media, con la Reconquista, y alcanza su punto culminante en el reinado de Felipe II. España se forja en el catolicismo y considera esencial a esa identidad el «federalismo histórico»:

«el federalismo de nuestra tradicional monarquía orgánica, hija de la historia y de las necesidades nacionales, españolísima y foral, magnífica y patriota; es la organización clásica de los fueros». 

(...) Así, pues, los tres conceptos principales de la tradición española son la religión católica, cuya traducción política se plasma en la unidad católica; la Monarquía federativa y misionera; y los fueros, «conjunto de normas peculiares por las que se rige cada uno de los pueblos españoles basados en la concepción del hombre como ser concreto histórico».


* Tomado de El Régimen de Franco: 5. La crisis del tradicionalismo carlista: Rafael Gambra, Francisco Elías de Tejada, por Pedro Carlos González Cuevas, en  Historia del pensamiento político español. Del Renacimiento a nuestros días, pp. 453-456 (varios autores, 2016). El libro en conjunto no es nada favorable al Tradicionalismo, lo que añade mérito al testimonio que arriba reproducimos, en el sentido de reconocer el verdadero Carlismo y sus más importantes (que no únicos) pensadores de la segunda mitad del siglo XX, aunque los llame «doctrinarios» y quiera hacerlos «los últimos».

miércoles, 31 de agosto de 2016

Vergarismo

Tal día como hoy, 31 de agosto, en 1839, se consumaba la traición de Maroto en Vergara. El vergarismo, término acuñado por Pablo López Castellote en la revista Cristiandad, había existido antes en nuestra patria y seguiría existiendo después, con tan funestas consecuencias. El artículo que reproducimos de López Castellote en 1957 es realmente premonitorio del nuevo vergarismo que se produciría en 1978, que ha acabado por devastar la España católica contra la que no pudieron las bombas y arsenales de Napoleón y de Stalin.


VERGARISMO

Nadie se moleste en buscar la palabra que encabeza estas líneas en ningún diccionario, porque, de seguro, no la hallará. Mas no por eso podrá nadie negar el derecho que me asiste a usar del privilegio de los "ismos", tan generalizado hoy, para formar la exótica palabra.

Y digo exótica no tanto por el engendro mismo que resulta de la adición del tan traído y llevado sufijo a la otra palabra, cuanto por esa otra palabra: Vergara. Porque "Vergara", que en un tiempo dijo mucho a muchos españoles, hoy, desgraciadamente, apenas dice nada a nadie.

Vergara fue el fin de la primera guerra carlista, fue la primera unificación oficial entre aquellas dos Españas de que nos habla Menéndez Pidal, fue el efusivo abrazo que ahogó en una "dichosa paz" los generosos intentos de un pueblo, fue la pincelada que impermeabilizó a la historia contemporánea española contra la "borrascosa" religiosidad de los "serviles".

Por eso resulta exótico traer a colación tal nombre con tal sufijo; porque Vergara ha sido siempre considerado como un hecho muy concreto, del cual apenas merece la pena acordarse, si no es para glorificarlo como pacífico fin de un cruento fratricidio. Y para expresar esto ya tenemos muchos otros términos más usados y más modernos.

Pero si aquí, en vez de "Vergara" decimos "vergarismo", es porque lo que allí sucedió lo consideramos más como una táctica que como un hecho, y porque ese nombre, considerado como táctica, derrama mucha luz sobre toda la historia contemporánea de España.

Vergarismo fue la Ilustración del siglo XVIII que, en nombre del progreso, nos llevó a pactar con la Revolución y a hundir los restos de nuestra escuadra en Gibraltar defendiendo a la diosa Razón. Vergarismo también el afrancesamiento que, con el velo de la "oportunidad", y de la "resignación" ante los hechos consumados, y de la "conveniencia" del oreo, se avino no sólo a pactar, sino a servir a la Revolución personificada en José Bonaparte. También el patriotismo de las Cortes de Cádiz fue en definitiva vergarismo, porque, mientras la mayoría de los españoles derramaban su sangre por Dios, por la Patria y por su Rey, ellas se abrazaban con los principios de la Revolución, hasta implantar en nuestra patria una Constitución calcada sobre la primera que tuvo la nación vecina.


Vergarismo fue también, a pesar de toda la historiografía liberal, la llamada "ominosa década", pues basta leer las "Memorias del Alcalde de Roa", un pobre hombre del pueblo, para darse cuenta de que en esa década no fueron los liberales los "mártires" —como siempre se ha dicho—, sino el pueblo de la guerra carlista y del desengaño de Vergara; y esto porque la Corte de Fernando VII fue centro del más avanzado vergarismo —del que no entendía el pueblo—; vergarismo que se realizó bajo la égida del "Deseado" con la comunión de despotismo ilustrado, afrancesamiento, constitucionalismo al estilo de la "Carta" francesa, absolutismo personal, liberalismo y masonería. Todo lo cual desembocó en la monarquía liberal, cuyos orígenes no son tan claros como han supuesto la mayoría de los historiadores. Basta para darse cuenta de ello ojear las obras de Suárez Verdaguer.

Mas ni el siglo XVIII, ni las Cortes de Cádiz, ni el fernandismo, ni la tramoya de la instauración isabelina pudieron acabar con la santa intransigencia de un pueblo que sólo con dolosos abrazos ha sido reducido a silencio.

Por eso, cuando consumada ya la división entre los españoles por la cuestión dinástica, apareció, con el matrimonio de Isabel II, una seria posibilidad de arreglo con el enlace de las dos ramas, como quería Balmes, el partido moderado propone un nuevo Vergara con la unificación de la "reina de los carlistas" y el "consorte de los isabelinos". El plan no fue aceptado, y se consumó el desgraciado matrimonio de la reina con su primo Francisco de Asís.

Y de tumbo en tumbo, y de debilidad en debilidad, se llegó al año 1868, en que la Revolución, sintiéndose ya con fuerzas suficientes, se atrevió a echar por la borda a su antigua aliada, la monarquía liberal. Después el caos.

Mas los "abrazados" de Vergara no habían muerto; y en medio del caos levantaron de nuevo su recia voz; fue la segunda guerra carlista, a la que dio la estocada mortal el sagaz Cánovas del Castillo con la Restauración del hijo de Isabel, que tantas esperanzas fallidas había de despertar en muchos corazones. Esta vez el vergarismo permitió que se levantase sobre todos los españoles el artículo 11 de la Constitución, y que fuesen regidos los destinos de España por masones públicamente conocidos.

Las consecuencias no podían ser otras que las del 14 de abril: La monarquía alfonsina acabó con el nuevo y espantoso abrazo entre el Conde de Romanones y Alcalá Zamora en casa del doctor Marañón. Con él se entregaba España a la II República, de tan tristes recuerdos para todos, porque con ese nombre está indisolublemente unido en horroroso abrazo el millón de muertos de la Cruzada.

Y no acabó todavía con la Cruzada el vergarismo. En nuestros días son muchos los que lo propugnan como única salvación de España. Y no sólo en el plano político, sino en el religioso, y no sólo en el plano social, sino en el individual, de modo que en cada español se realice un "abrazo de Vergara" entre las tendencias que le llevan a Dios y las que le llevan al diablo.

Así sin duda nos libraríamos de otro 14 de abril, porque para las nuevas circunstancias el 14 de abril quedaría muy atrás.

PABLO LÓPEZ CASTELLOTE


Nota: Rogamos a los habitantes de Vergara que perdonen el uso que del nombre hacemos, y que de ningún modo supone sentimientos menos amigables hacia ellos.

CRISTIANDAD (1/5/1957)

jueves, 25 de agosto de 2016

La prensa carlista en Buenos Aires

Artículo de Bernardo Lozier Almazán (Buenos Aires, Argentina), 
publicado en el nº 119 de El Babazorro, 
Boletín del Círculo Tradicionalista Cultural "San Prudencio" de Álava

Antecedentes históricos

Nuestra historia tiene su lejano comienzo cuando el muy voluble rey de España, Fernando VII, se dejó seducir por las ideas liberales que la revolución francesa había propagado por el mundo, mientras su hermano y legítimo heredero, Don Carlos María Isidro de Borbón Borbón Parma (1788-1855) acaudillaba el tradicionalismo español y católico.

Sabemos que aquella esperanza que el pueblo español había puesto en Don Carlos se vio abruptamente frustrada por Fernando VII, cuando quebró la legítima sucesión al Trono, mediante aquella desgraciada Pragmática que signara el 29 de marzo de 1830,escamoteándole arbitrariamente la corona a su augusto hermano, recordado como Carlos V, primero de la línea Carlista.

De tal manera, Fernando VII suscitó las tres sangrientas guerras (1833 a 1840, 1846 a 1849 y 1872 a 1876) emprendidas por los legitimistas en defensa de sus derechos dinásticos tan aviesamente usurpados y de las mejores tradiciones españolas y cristianas comprendidas en el trilema «Dios, Patria y Rey».

Guerra civil española de 1872-76 (tercera guerra carlista)
cuadro de Augusto Ferrer Dalmau
La última de aquellas guerras, recordada como la Tercera Guerra Carlista, concluyó el 27 de febrero de 1876, tras cuatro años de épica contienda, alternada por triunfos y derrotas, esperanzas y frustraciones, con la victoria liberal sobre las fuerzas legitimistas.

Durante el mes de febrero el Ejército carlista se había diezmado (1) a tal punto que Don Carlos María de los Dolores de Borbón Austria-Este, Carlos VII (1848-1909), a la sazón el carismático pretendiente de la línea legitimista, consideró que era inútil prolongar la guerra y determinó poner fin a la contienda.

Consecuentemente, aquel día 27, Don Carlos pasó revista a sus tropas por última vez en el pueblo navarro de Valcarlos bajo una persistente lluvia, que hacía más patética la triste circunstancia. Al amanecer del día siguiente, Carlos VII, acompañado por el príncipe Alfonso de Borbón-Dos Sicilias, Conde de Caserta, cruzó la frontera con Francia a los acordes de la Marcha Real encabezando el camino al exilio seguido por el resto del Ejército carlista.

Concluida aquella infortunada guerra, miles de carlistas debieron buscar refugio en otras partes del mundo, llevando consigo el nostálgico amor a su patria y a su Rey, con la confianza en un futuro victorioso puesto en la Divina Providencia.

Buenos Aires fue el destino de muchos de aquellos desterrados que arribaron paulatinamente a estas tierras confiados en la hospitalidad de sus hermanos de raza.

Resulta difícil -casi imposible- estimar la cantidad de carlistas llegados a Buenos Aires a partir de 1867, sin embargo la actividad política que emprendieron al servicio de sus ideales legitimistas nos permiten inferir una presencia significativa, según veremos seguidamente.

Si bien la vida política de Carlos VII, a partir del exilio, entró en un cono de sombra, supo conservar hasta el fin de sus días con inalterable dignidad su condición de monarca desterrado. No obstante nunca renunció a sus derechos dinásticos , reclamando siempre y conspirando en momentos propicios para urdir un alzamiento a su favor.

Fue por aquella época que Don Carlos emprendió un largo periplo por la América española, visitando la isla de Jamaica, Panamá, remontando el Pacífico hasta Perú, Chile y, cruzando por el estrecho de Magallanes, para arribar a Montevideo el 5 de agosto de 1887, donde fue recibido por gran cantidad de emigrados carlistas que lo acompañaron a la Iglesia Matriz para cantar el Salve y luego instalarse en el Hotel Oriente. Don Carlos permaneció varios días en la capital de la República Oriental del Uruguay siendo objeto de numerosos agasajos y demostraciones de simpatía.

Puerto de Buenos Aires (segunda mitad del siglo XIX)

En la madrugada del 9 de agosto hacía su arribo al muelle de Santa Catalina de la ciudad de Buenos Aires el vapor Saturno, conduciendo a bordo a Don Carlos VII acompañado de un pequeño séquito, integrado por su Secretario y Consejero don Francisco Martín de Melgar y Rodríguez Carmona, conde de Melgar, con Grandeza de España, el Oficial de órdenes teniente coronel José María de Orbe y Gaytan de Ayala, vizconde de Orbe y el teniente coronel, médico militar, con Clemente de Coma y Forgas, conde de Coma Prat.

A poco de amarrar, fue recibido a bordo del vapor por el rector del Seminario Conciliar, Pbro. José Saderra, el padre Chapo, superior de la Compañía de Jesús, y los señores Pedro de Iniesta y Urbano Valdés Pajares, excombatientes que habían luchado bajo su bandera, por Dios por la Patria y el Rey. La comitiva se encontró ante un personaje de elevada estatura, recia cabeza que lucía soberbia barba y ojos de penetrante mirada. Su señorío y porte marcial, uniformado de capitán general, le conferían un especial aire de autoridad que, sumado a una buena dosis de energía y excepcional manejo del diálogo, en su conjunto, configuraban su atrayente personalidad.

Una vez en tierra, saludado por unos quinientos carlistas españoles emigrados, Don Carlos tomó un carruaje de alquiler que, acompañado por sus asistentes, lo condujo hasta el Grand Hotel, ubicado en la esquina de las actuales calles Rivadavia y Florida. Poco después se dirigió caminando hasta la cercana Iglesia Catedral, donde fue saludado por el arzobispo de Buenos Aires, mientras el templo se veía invadido por gran cantidad de simpatizantes que, al enterarse de su presencia, acudían a cumplimentarlo. El resto del día lo dedicó a recorrer la ciudad y por la noche concurrió a una velada en el Teatro Colón para presenciar la opera La Gioconda de Ponchielli.

El diario La Nación de aquel día, luego de anunciar la llegada del ilustre visitante, exteriorizaba su preocupación por la presencia de Don Carlos VII, advirtiendo que

«los amigos y correligionarios del Duque de Madrid le harán agasajos que tengan por convenientes, sin olvidar los deberes que les impone su residencia en un país extranjero, y los que por una u otra causa, dentro de la misma familia española, no abriguen simpatías por el hombre, recordarán que su libertad para manifestar sus sentimientos termina donde empieza la de los primeros.» 

Carlos VII de España
De tal manera La Nación dejaba entrever la poca simpatía que le guardaba al ilustre visitante.

Pocos días después, invitado por don Leonardo Pereyra a su estancia “San Juan”, Carlos VII se trasladó a la misma en un tren especial, arribando el jueves 11, siempre acompañado por su séquito y un grupo de amigos, entre los que se encontraba el doctor Carlos Pellegrini, a la sazón, vicepresidente de la Nación. Al día siguiente, aprovechando la cercanía, visitó la flamante ciudad de La Plata, almorzando en la estancia del Gobernador de la provincia de Buenos Aires, don Máximo Paz, para luego regresar a la Capital Federal en horas de la noche.

Su permanencia en Buenos Aires estuvo alternada entre visitas a los distintos lugares de la ciudad y sus alrededores, carreras de caballos, y numerosos agasajos ofrecidos en su homenaje. Rescatamos de uno de aquellos discursos de bienvenida, las palabras del capellán de Santa Lucía, el padre Manuel Lamas, cuando en extensa alocución decía:

«Se bienvenido, Serenísimo Señor, a este país generoso, que sabe dar hospitalidad no solo a los afortunados extranjeros que le traen algún provecho material o moral, sino también a los proscriptos y desterrados como Vuestra Real Majestad, a los emigrados por la desgracia y la injustísima persecución, por haber defendido la Causa tres veces santa…» 

Sin duda, además de las expresiones de afecto, las palabras del padre Lamas se referían a la presencia de los carlistas refugiados en Buenos Aires.

Según relata el conde de Melgar, con motivo de un deseo personal, Don Carlos manifestó especial interés en visitar la ciudad de Córdoba, razón por la cual, el jueves 18 de agosto hacía su arribo a dicha capital de la provincia homónima.

De regreso en Buenos Aires, el ilustre visitante permaneció hasta el miércoles 24 de agosto, día en que se embarcó en el vapor Senegal con destino a Europa. El mismo día de su partida un grupo de exiliados carlistas le obsequió un álbum de fotografías con una dedicatoria, que define con notable claridad el ideario político y religioso que mantenían inalterables, transcurridos ya once años desde que finalizara la Tercera Guerra Carlista:

«Siendo católicos por convicción y españoles por nacimiento somos carlistas por consecuencia. Para nosotros, en el orden religioso, no hay más autoridad que el mismo Dios, ejercida en el mundo por el magisterio infalible de su Iglesia; ni en el orden político, reconocemos otra soberanía legítima que la de Usted tan dignamente representada.» (2) 

Don Carlos VII partió de Buenos Aires el 24 de agosto de 1887 llevándose un imborrable recuerdo de estas tierras que habían integrado el imperio español en América y dejando tras si a sus leales partidarios con la esperanza renovada de que algún día regresarían a su Patria haciendo flamear victoriosa la bandera de su legítimo Rey.

Poco después, Carlos VII le escribía al marqués de Valdespina una carta, fechada el 8 de octubre de 1887, en la que le refería las impresiones recogidas en Hispanoamérica, expresándole que

«en el Uruguay y la república Argentina la más inaudita prosperidad que registran nuestros tiempos, convierten el Paraná, el Plata y todas las grandes vías fluviales que surcan el país en verdaderos ríos de oro…» (3) 

La prensa carlista en Buenos Aires

Francisco de P. Oller
(Barcelona, 1860 - Buenos Aires, 1941)
Expiraba el siglo XIX, cuando en 1892 llegaba a Buenos Aires don Francisco de Paula Oller (4) influyente refugiado legitimista reconocido por Don Carlos como su representante en esta ciudad, que rápidamente lideró a los carlistas porteños haciendo que mantuvieran encendido su fervor por la causa de su Rey. Fue por ello que, en 1898, por iniciativa de Francisco de Paula Oller, se fundara una revista mensual con el emblemático nombre de El Legitimista Español (5) Publicación ilustrada de excelente impresión, cuyas páginas se nutrieron con la colaboración de los más destacados pensadores del tradicionalismo monárquico español, artículos referentes a la marcha del movimiento carlista en España y a la actividad política desarrollada en Buenos Aires por los refugiados.

Este mensuario, que llevaba como subtítulo «Periódico Carlista» en la nota de presentación de su primer número, decía entre otras cosas, que

«Cien mil voluntarios en armas defendieron del 72 al 76 la bandera de la legitimidad; vendidos, que no vencidos, no por esto cejó el Partido carlista en sus trabajos de organización y de propaganda, y hoy, fuerte como siempre […] se siente capaz de derribar, si a ello fuese requerido, instituciones usurpadoras y gobiernos traidores…» 

Indudablemente el belicoso tono de la presentación pone al descubierto la euforia triunfalista de los carlistas residentes en Buenos Aires. La edición de este medio periodístico al servicio de su causa también nos revela el elevado número de españoles desterrados. Tan importante fue la actividad desarrollada por los carlistas en Buenos Aires que dispusieron de una sede en plena city porteña, en cuya puerta de entrada exhibía un vistoso cartel que decía «Comisión de Propaganda Carlista». (6)

De más está decir que aquella actividad desarrollada por los carlistas en Buenos Aires suscitó una fuerte oposición de los disidentes españoles también radicados en ésta, cuyo órgano periodístico El Correo Español los combatió sin cuartel hasta su cierre ocurrido en 1905. En tal ocasión, El Legitimista Español publicó en sus páginas un irónico comentario titulado «El enterrador enterrado» en el que anunciaba festivamente que

«Dejó de existir, después de treinticuatro años de vida por lo general mal aprovechada, El Correo Español, de ésta Capital. Entre todos le matamos, y él solo se murió. ¡Gracias a Dios!» 

Muy concurridas fueron sus reuniones conmemorativas, especialmente las llevadas a cabo el día del onomástico del Rey, en las que hacían uso de la palabra los más distinguidos carlistas y simpatizantes de la causa, como lo fuera aquella celebrada el domingo 4 de noviembre de 1905 en la que, como invitado especial, pronunció un encendido discurso el eminente historiador argentino Rómulo D. Carbia (1885-1944), quien concluyó su brillante alocución manifestando que:

«Si hay algo que mueve mi espíritu rebelde siempre como la marejada oceánica, hacia vuestra causa, españoles carlistas, es, no hay duda, la cruz de vuestro programa, la legitimidad de vuestra bandera y la consecuencia que profesáis a vuestros ideales. […] Y bien carlistas; aunque extranjero en esta festividad de vuestro dogma, permitidme que deposite también, al igual vuestro, la flor fragante de mis reverencias a los pies de vuestro Rey; y que incline mi cabeza, que quiere mirar siempre de frente al sol de la Verdad, ante las reivindicaciones de vuestro programa político…» 

Aquella reunión fue comentada en la revista porteña Caras y Caretas, (7) destacando que

«los numerosos carlistas residentes en Buenos Aires celebraron el domingo los días de su rey Don Carlos, con una interesante fiesta realizada en los salones de El Legitimista Español. En el local, adornado con banderas americanas y españolas, se sirvió un lunch a la concurrencia. El representante de Don Carlos en América y a la vez presidente de la Comisión de Propaganda Carlista, señor Francisco de P. Oller, pronunció elocuentes frases en honor del pretendiente a la corona de España. Hablaron además el señor Rómulo D.Carbia y el doctor C. Goyena.» 

Reunión carlista comentada en la revista Caras y Caretas (véase aquí)

El Legitimista Español desarrolló su labor periodística durante catorce años, editándose su último número el 31 de enero de 1912, alcanzando 174 números.

Tres años después, en 1915, Francisco de Paula Oller, en su carácter de representante del príncipe D. Jaime de Borbón, por aquel entonces sucesor de Don Carlos VII, fundaba la revista España, órgano del partido jaimista en Buenos Aires, publicación esta de vida efímera. [nota nuestra: en realidad, la revista «España» se publicó hasta 1929 y desapareció debido a graves problemas de salud de Oller ese año (véase la siguiente nota de prensa) si bien creemos que se habría mantenido leal a Don Jaime solo hasta 1919 debido al mellismo de Oller]

Cabecera del periódico bonaerense El Requeté (1938-1943)

Los carlistas porteños, con algunas interrupciones, contaron con varias publicaciones nutridas en su amor por la causa legitimista, como lo fueron Boina Roja aparecida entre los años 1934 y 1936, el Boletín Tradicionalista, también fundada por Francisco de Paula Oller, editada por los años 1938 a 1940, seguida por El Requeté que, sin mención de sus editores, se difundió entre los años 1938 a 1943. A partir de la desaparición de esta publicación debieron pasar muchos años sin que el Carlismo contara con un medio de difusión, hasta que, desde el 10 de marzo de 1997, la Hermandad Tradicionalista Carlos VII (8) comenzara la edición de las Publicaciones de la Sociedad de Estudios Tradicionalistas Don Juan Vázquez de Mella y Cuadernos de Divulgación, difundiendo el ideal carlista y la doctrina de sus grandes pensadores. Esta publicación se editó hasta junio de 2001. Animada por el éxito alcanzado por esta publicación la Hermandad Carlos VII encaró la edición de una nueva revista de mejorada presentación, continuadora de la anterior, con el sugestivo nombre de Custodia de la Tradición Hispánica cuyo primer número se publicó en junio de 2002, con un mayor formato, tapa ilustrada a todo color y de mayor tirada. Al mismo tiempo la Hermandad continúa editando los Cuadernos de Divulgación que, como suplementos extraordinarios de la revista Custodia, están destinados a la difusión de trabajos de mayor envergadura.

Así, en apretada síntesis, relatamos las circunstancias históricas y políticas que originaron la aparición de una prensa carlista en el Río de la Plata, registrando seguidamente las distintas publicaciones que, a partir de El Legitimista Español, fundado en 1898 por don Francisco de Paula Oller, vienen difundiendo en nuestro medio los ideales de la monarquía legitimista española y los fundamentos de la verdadera tradición hispánica y católica.

Bernardo Lozier Almazán 

Notas 

1) Por aquella época, una vez concluidas las hostilidades en la región del Este, Alfonso (XII) concentró unos 150.000 hombres en el Norte, mientras que las fuerzas carlistas apenas sumaban 35.000 efectivos en la región vasconavarra agotadas económicamente. 
2) La dedicatoria estaba fechada en Buenos Aires el mismo 24 de agosto de 1887 y está registrada en el “Ramillete de Flores Republicanas ofrecido a Don Carlos en su reciente viaje a las Américas”, obra de Francisco de Paula Oller, páginas 326 y 327. 
3) Alférez, Gabriel.: Historia del Carlismo. Editorial Actas. Colección Hernando de Larramendi. Madrid, 1995, p.180. 
4) Diario La Nación. Número especial en el Centenario de la Proclamación de la Independencia. 1816 -9 de julio – 1916. “El periodismo español en la Argentina”, p.257 y 258. 
5) Roldán González, Enrique. Prensa Tradicionalista Carlista. Existente en la Hemeroteca Municipal de Sevilla. Recopilada e investigada por … Sevilla 1889. 
Lozier Almazán, Bernardo. Presencia Carlista en Buenos Aires. Buenos Aires, 2002, Editorial Santiago Apóstol, 87 páginas. 
6) El Legitimista Español tuvo su primera sede en la calle Tacuarí 83, hasta que en 1899 se trasladó a la calle San Martín 417, en 1901 a Reconquista 476 y por último desde 1902 en Belgrano 1658. 
7) Revista “Caras y Caretas”, año VIII, 11 de diciembre de 1905, N° 371. La nota está ilustrada con dos fotografías, una de ellas es un retrato de “Don Carlos, pretendiente a la corona de España”; la otra muestra a “Don Francisco de P. Oller, representante en Sud América de Don Carlos, y concurrentes a la fiesta”, según sus respectivos epígrafes. 
8) Fundada en Buenos Aires el 25 de julio de 1996, para estudiar y difundir el pensamiento Carlista y formar un movimiento de opinión acorde con su ideario socio político. [web y página de Facebook]

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