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viernes, 9 de septiembre de 2016

El combate doctrinal del carlismo en los últimos tiempos

[A partir de la década de 1970] el tradicionalismo carlista hubo de enfrentarse a otro tipo de problemas (...) Como consecuencia del desarrollo económico de los años sesenta, la sociedad agraria tradicional acabó disgregándose; y la modernización social llevó a la secularización cultural y a la progresiva deslegitimización de la tradición católica, que fue erosionada de manera radical. A ello se unieron las repercusiones del Concilio Vaticano II, que fueron igualmente determinantes. Su contenido doctrinal —nuevo concepto de Iglesia y del papel de los laicos, nueva forma de ver la relación del catolicismo con la modernidad, declaración de libertad religiosa, etc.— deslegitimó la teología política tradicional. Como señaló el tradicionalista Miguel Ayuso:

«solamente a la crisis de la Iglesia en la segunda mitad del siglo XX no ha podido resistir el carlismo, porque no le afecta solo accidentalmente, sino que toca esencialmente a su soporte, que es la cosmovisión de la cristiandad».

El profesor Miguel Ayuso Torres

En ese contexto, se desarrollaron las obras de los últimos doctrinarios del tradicionalismo carlista: Rafael Gambra Ciudad y Francisco Elías de Tejada. El «socialismo autogestionario» [del mal llamado Partido Carlista] careció de doctrinarios; fue tan sólo una veleidad oportunista, que rompía, de hecho, con la trayectoria histórica del legitimismo español.

El pensamiento de Rafael Gambra fue fundamentalmente tomista, si bien estuvo influido por Henri Bergson y por la reacción antirracionalista y antipositivista representada por Albert Camus y Antoine de Saint-Exupéry, Gustave Thibon, etc. Desde sus primeros escritos se mostró adverso al falangismo, y sobre todo, a las tendencias democristianas, que asociaba con el modernismo. Igualmente, rechazó el nacionalismo integral de Charles Maurras, por su tendencia secular; a su modo de ver, era «un tradicionalismo de izquierdas».

Su enemigo fundamental fue, sin embargo, el progresivo aggiornamento de la Iglesia católica, cristalizado en el contenido del Vaticano II; y que concluiría en las leyes de libertad religiosa del franquismo. Contra ello, publicó su libro La unidad religiosa y el derrotismo católico, en defensa de la unidad católica y la confesionalidad del Estado español. Su doctrina política era básicamente una renovación de los supuestos de Vázquez de Mella. Gambra concibe la vida humana, no como autorrealización o liberación de trabas, sino como entrega o compromiso e intercambio con algo superior que se asimila espiritualmente. Ligado a esto se encuentra la concepción de la sociedad como una organización en el espacio y en el tiempo. La sociedad es una proyección de las potencialidades humanas, incluida la individualidad; y que tiene igualmente una fundamentación religiosa, ya que sus orígenes se encuentran en unas creencias y en una cosmovisión colectivas. Si el hombre es un compuesto de alma y cuerpo llamado por la gracia al orden sobrenatural y, por otra parte, la sociedad emerge como eclosión de la misma naturaleza humana, también la de un poder en alguna manera santo y sagrado, es decir, elevado sobre el orden puramente natural de las convenciones o de la técnica de los hombres.

Rafael Gambra Ciudad (Madrid, 1920-2004)

A partir de tales planteamientos, Gambra defiende una concepción organicista de la sociedad y el régimen monárquico tradicional y federativo. El principio representativo se encuentra encarnado en la corporación. El proceso federativo consiste en la progresiva superposición y espiritualización de los vínculos unitarios, contrapunto del Estado liberal o de la nación sacralizada de los fascismos y de los separatismos nacionalistas. El federalismo es, según Gambra, algo radicado en la misma historia de España, porque en su seno perviven y coexisten  en su superposición mutua regiones de carácter étnico, como la vasca; gegráficas, como la riojana; políticas, como la aragonesa o la Navarra. El vínculo superior que las une es la catolicidad y la Monarquía. A partir de tales supuestos, Gambra criticó, en su obra Tradición o mimetismo, el centralismo franquista, lo mismo que su aceptación de los principios laicistas y tecnocráticos, sintetizados en su reconocimiento de la libertad religiosa.

(...)

La tradición política española se manifiesta, para Elías de Tejada, en dos cuestiones fundamentales: la concepción católica de la vida y la Monarquía federativa de «las Españas». En su opinión, la causa diferenciadora de las comunidades políticas no la constituye ningún factor físico, ni la raza, ni la lengua, ni la cultura, ni el espíritu, ni motivos psicológicos; esta causa diferenciadora radica en la tradición y en la nación. Las comunidades políticas tienen una finalidad que cumplir en la historia. Por nación se entiende aquella nota característica de un pueblo a lo largo de un periodo de la Historia. La tradición es el sustrato que cada uno de esos períodos deja, el alma de las gentes forjadas en el fraguar de esas empresas colectivas.

Francisco Elías de Tejada y Spínola (Madrid, 1917-1978)

Para Elías de Tejada, la tradición política española se forja durante la Edad Media, con la Reconquista, y alcanza su punto culminante en el reinado de Felipe II. España se forja en el catolicismo y considera esencial a esa identidad el «federalismo histórico»:

«el federalismo de nuestra tradicional monarquía orgánica, hija de la historia y de las necesidades nacionales, españolísima y foral, magnífica y patriota; es la organización clásica de los fueros». 

(...) Así, pues, los tres conceptos principales de la tradición española son la religión católica, cuya traducción política se plasma en la unidad católica; la Monarquía federativa y misionera; y los fueros, «conjunto de normas peculiares por las que se rige cada uno de los pueblos españoles basados en la concepción del hombre como ser concreto histórico».


* Tomado de El Régimen de Franco: 5. La crisis del tradicionalismo carlista: Rafael Gambra, Francisco Elías de Tejada, por Pedro Carlos González Cuevas, en  Historia del pensamiento político español. Del Renacimiento a nuestros días, pp. 453-456 (varios autores, 2016). El libro en conjunto no es nada favorable al Tradicionalismo, lo que añade mérito al testimonio que arriba reproducimos, en el sentido de reconocer el verdadero Carlismo y sus más importantes (que no únicos) pensadores de la segunda mitad del siglo XX, aunque los llame «doctrinarios» y quiera hacerlos «los últimos».

domingo, 1 de mayo de 2016

Montejurra de ayer y de mañana

por Rafael Gambra

Montejurra es uno de los más hermosos símbolos de la historia patria. Es el monte que domina a Estella, la que fue corte de la Legitimidad en las dos guerras carlistas y la posición-clave para la defensa de esa plaza. En sus laderas se cavaron las primeras trincheras de la historia militar (cuyos vestigios aún se conservan), y en ellas murieron cientos de los nuestros confesando al Rey y a la fe de sus antepasados. En su base, el monasterio románico de Irache fue el gran hospital de sangre de los carlistas donde innumerables heridos recibieron el cuidado maternal de aquella reina ya legendaria que fue Doña Margarita. De aquí que Montejurra haya podido ser llamada la Montaña Santa de la Tradición, y convertida en símbolo de la más generosa y espiritual de las resistencias.

Después de nuestra Cruzada de Liberación se erigió un pequeño altar cubierto en su cima, y un vía-crucis en el camino de ascensión con los Tercios de Requetés que en esa guerra aportaron su esfuerzo y su sangre a una ilusionada empresa común.

Durante mi permanencia en Pamplona (1944-55) cada primer domingo de mayo subía al Monte no más que un reducido grupo de leales, en su mayoría familiares de quienes perdieron su vida en aquellos Tercios. Recuerdo la invitación que anualmente me hacia don Joaquín Vitrián, Capellán de la Hermandad del Vía-Crucis de Montejurra y profesor conmigo en el Instituto Príncipe de Viana, para concurrir a aquella pequeña y entrañable romería penitencial.

Decenas de miles de carlistas en Montejurra (1966)
Fue a partir de ese último año cuando la romería casi familiar se transformó en gran concentración carlista con concurso de todas las regiones de España, hasta alcanzar gigantescas proporciones. Contribuyeron a esto dos circunstancias: de un lado que la paz espiritual de los quince años anteriores empezaba a mostrar fisuras: aires nuevos de europeísmo y de olvido de los motivos de 1936 empezaban a circular: la sangre leal presentía algo, volvía a hervir. De otro, que el Carlismo parecía salir de un interregno de divisiones y desaliento para ver a su cabeza la figura de un rey que —¡al fin!— se decidía a serlo. Dos años más tarde el heredero de ese ya casi anciano rey se presentaba ante la multitud reunida en Montejurra y abría con su presencia y su gesto un ancho campo a la esperanza. En la concentración de ese año parecía haberse liquidado la escisión que, por lo menos en cuatro fracciones, venía sufriendo el Carlismo.

A partir de ese momento la concentración política y la romería penitencial seguirían en aumento numérico. Sin embargo, en los años inmediatos Montejurra tuvo un tono domésticamente gubernamental. Se había nombrado Jefe-Delegado a don José María Valiente, de origen y mentalidad bastante extraños al Carlismo, y se trató entonces de ganar una oposición convocada para rey. Perdida ésta, el Sr. Valiente se sumó, como podía esperarse, al opositor triunfante. No hizo más que volver a su casa, y eso siempre está bien en un casado.

Este momento coincide, más o menos, con el Concilio y con la «apertura» europeística de España. A partir de entonces, lo que allí se dice y se oye es difícil de describir y aún más de creer. No difiere mucho de lo que oímos en algunos púlpitos o de lo que leemos en «Mundo Obrero». Santiago Carrillo y el Partido Comunista han enviado sus congratulaciones, y seguramente ni ellos mismos salen de su asombro.

La nube, sin embargo, pasará. Con la ayuda de Dios y por la intercesión de nuestros mártires. Porque, ¿a quién pertenece Montejurra? Sin duda a aquellos que yacen en sus trincheras o se conmemoran en sus cruces. Por ellos se va a aquel sitio, y ellos no mantuvieron, ciertamente, posturas confusas, traidoras ni vacilantes.


Rafael Gambra Ciudad
El Pensamiento Navarro (02/05/1971)

miércoles, 7 de octubre de 2015

La batalla de Lepanto: la más grande ocasión que vieron los siglos


Por Rafael Gambra (7 de octubre 1971)

Cúmplese este 7 de octubre el cuarto centenario de la Victoría de Lepanto. En la hora que vivimos, sombría cual ninguna para la Cristiandad y para la conciencia nacional española, ningún contrapunto puede ofrecerse más estimulante que la evocación de esta fecha. Porque en ella culmina la gloria mayor de nuestra patria y la más alta plenitud de la Católica Cristiandad.

Mediado el siglo XVI la unidad interna de la Cristiandad empieza a cuartearse por la escisión protestante en la Europa Central, y, al mismo tiempo, los turcos —la última y más temible oleada de islamismo— acentuaba su presión en el Mediterráneo y en el corazón mismo de Hungría, a las puertas de una Europa escindida.

La batalla de Lepanto por Paolo Veronese
¿Qué habría sucedido si una postrera resistencia de la Cristiandad no hubiera conjurado el peligro deteniendo el lento avance otomano hacia Occidente? ¿Si un Pontífice en aquella coyuntura o el emperador en nombre de la Catolicidad se hubiera dirigido a Solimán el Magnífico para ofrecerle la paz basada en la "libertad religiosa" y la garantía de una "no resistencia armada" por tratarse de "motivos religiosos"?

La alternativa de aquella encrucijada histórica no hubiera sido otra que la de que hoy fuéramos musulmanes toda Europa, y América cuya colonización se estaba iniciando. O lo que es lo mismo: el definitivo triunfo del Islam y la completa extinción de la fe de Cristo sobre el Planeta. Hubo, sin embargo, un santo Pontífice que dedicó todo su empeño a la creación de una Liga Santa. Hubo un rey —el más occidental de Europa y, por lo mismo. el menos directamente amenazado— que comprendió la necesidad del común esfuerzo y lo secundó con su inmenso poderío. Hubo también un homo missus a Deo cui nomen erat Joannes. Hubo, en fin, un Dios en los Cielos reforzando con su providencia los designios humanos dignos de ella, y una Madre amantísima de los cristianos que, por su patente amparo en aquel trance, sería honrada en su fiesta del Santo Rosario y alabada como Auxilium Christianorum.

De esta gran conjunción nació Lepanto: obra portentosa de la santidad de un Papa, de la prudencia de un Rey, de la intrepidez de un General, de la fe de todo mi ejército, de la providencia de Dios... "Nunca los mares vieron en su seno, ni volverá a presenciar el mundo, conflicto tan obstinado ni mortandad más horrible, ni corazones de hombres tan animosos y esforzados." Y de la extraordinaria victoria —"la más alta ocasión que vieron los siglos"— resultó la definitiva ruina del poderío naval turco y la más cercana esperanza de alcanzar una Cristiandad unida y gloriosa en torno a la fe que le dio vida. Es la ocasión en que Hernando de Acuña puede dedicar a la Majestad de Felipe II el famoso soneto:

Ya se acerca, Señor, o ya es llegada 
la edad gloriosa en que promete el cielo: 
una grey y un pastor sólo en el suelo, 
por suerte a vuestros tiempos reservada.
Ya tan alto principio en tal jornada 
os muestra el fin de vuestro santo celo, 
y anuncia al mundo, para más consuelo, 
un Monarca, un Imperio y una Espada.
Ya el orbe de la tierra siente en parte 
y espera en toda vuestra Monarquía, 
conquistada por Vos en justa guerra, 
que a quien ha dado Cristo su estandarte, 
dará el segundo más dichoso día 
en que vencido el mar, venza la tierra. 

La victoria de Lepanto tocó las entrañas del pueblo español en momentos dichosos en que su fe, su fervor y su esperanza —en compenetración con su monarca— formaban un solo canto a la gloria del Señor. El feliz suceso fue musa de nuestros mejores poetas. Es el canto magnífico que Fernando de Acuña dedica a le gran victoria:

En sonando los clarines
de las soberbias armadas,
una de la gran Turquía
y otra de la noble España...
El valiente Juan de Austria,
teniendo en entrambas manos
un crucifijo y su espada,
anima d'esta manera:
Muramos por la fe, ganemos fama,
al arma, guerra, guerra! ...
Escurecióse el sol, tembló la tierra,
embistiéronse las galeras,
tiñeron de sangre el agua,
que a la pólvora y al plomo
no resiste fuerza humana... 

Han pasado cuatro siglos y, con ellos, muchos y muy extraños eventos: Quizá ninguna época pueda contraponerse con tantos acentos tan dramáticos a "aquella edad de prestigios y maravillas" como la inmensa crisis moral y religiosa que vivimos en el presente.

¿Dónde está ya aquella esperanza cierta en "la edad gloriosa" que promete el cielo? ¿Dónde ''nuestra Monarquía a quien ha dado Cristo su estandarte"? ¿Dónde la comunión de fe y de empresas que alcanzara sobrehumanas victorias? ¿Dónde la España que era a la vez cruz, enseña y arma?

A cuatro siglos de San Pío V y de la Liga Santa, de todo un ejército que recibe del Santo Pontífice la Sagrada Comunión y la bula de Cruzada, se reniega públicamente, en el mismo seno de la Iglesia, de lo que despectivamente se llama Era Constantiniana —dieciocho siglos de historia de la Cristiandad— cuyo ápice fue Lepanto. Una doctrina sospechosa, resabio del protestantismo, y germen de toda disolución —el maritenismo— sustituye en la Iglesia a los grandes sistemas clásico-cristianos de la Escolástica. Se abjura de la tradición de Trento, se luteraniza el culto, se elimina la piedad mariana, el latín, el gregoriano... Se niega el principio religioso como fundamento del orden civil, se afirma la "indiscriminación" y el "pluralismo" religiosos, se desautoriza la armonía del Pontificado y el Imperio (Iglesia-Estado), se ultraja a cuantos lucharon y murieron por la Fe, se proclama la laicidad y la democracia universal como únicos cimientos políticos y morales... Y un pontificado se abre con el acto —de inverosímil simbolismo— de devolver al Turco la enseña gloriosa de Lepanto, en Roma depositada por los cruzados vencedores.

¿Hemos llegado en esta extrema mutación histórica —con este vacuo "humanismo"— a la vaticinada herejía de los últimos tiempos en los que el hombre "se adorará a sí mismo"?

Mas por encima de los hombres, de sus mudanzas y apostasías, está el Cielo, el Señor de los Ejércitos y la Madre amantísima de los cristianos —Auxilium Christianorum—, recursos supremos. Allá viven, con todos los mártires de le Fe, los héroes de Lepanto, intercediendo por nuestra unidad y nuestra esperanza.

Símbolo sobrenatural de cuanto ellos representan es el Santo Rosario como devoción popular y como advocación mariana. Nacido el Rosario de una aparición de la Virgen al español Santo Domingo de Guzmán, fue a su rezo en las solemnes rogativas públicas que presidió San Pío V a lo que en su tiempo se atribuyó la victoria de Lepanto. Y por lo mismo el día 7 de octubre quedó consagrado el por el santo Pontífice como fiesta litúrgica de Nuestra Señora del Rosario o de las Victorias.

Y —obsérvese bien— en todas las apariciones de María en los últimos tiempos, desde Lourdes y la Salette hasta Fátima —únicos lazos milagrosos con el Más Allá— ha sido elemento común el recuerdo insistente del Santo Rosario como áncora de salvación para una humanidad desviada, en camino vertiginoso de perdición. Devoción de las Victorias, símbolo de Lepanto, el Rosario será para siempre para nosotros —católicos y españoles— la confirmación divina de nuestra Fe y de lo mejor de nuestra historia.

Rafael Gambra Ciudad
El Pensamiento Navarro (10/10/1971)

martes, 4 de agosto de 2015

La estancia en Granada de Rafael Gambra

Mi lejana estancia en Granada
por Rafael Gambra (1983)

Puesto que tengo ya nietos, permítaseme ejercer uno de los derechos universalmente reconocidos a los abuelos de todos los tiempos: evocar algún recuerdo de su primera y ya lejana juventud.

En este caso, de mi única estancia en la hermosa ciudad de Granada, allá donde más cabe compadecer al ciego. Hace ya cuarenta y cinco años, y sólo duró dos meses, por más que en ellos cursé, en cierto modo, toda una carrera. Pretendo evocar con ello un momento de ilusión y de heroísmo en la vida española en el que nos cupo esperar una recuperación de la fe, de la tradición y de las glorias que creímos perdidas.

Se iniciaban ya los meses invernales de 1938; contaba yo dieciocho años. Venía a la sazón —boina roja, cazadora caqui y macuto a la espalda— de pasar varios meses y muchos fríos en el Alto del León, con el Tercio navarro de Abárzuza, y acudía a los cursos de Alférez Provisional de Infantería que se realizaban, desde tiempo atrás, en esa ciudad.

A mi llegada a Granada me enteré de que no lo hacía a la templada Andalucía que yo conocí en la plana de Sevilla y de Morón, sino a una ciudad de invierno frío, cuyas heladoras amanecidas habría de sufrir cada día en las interminables operaciones ficticias por el cerro de la Perdiz, a orillas del Darro, traspasados los jardines de la Alhambra, blancos de escarcha, o en el Llano de la Cartuja baja, frente a la dorada Sierra Elvira. También aprendí que para ser admitido en la Academia era necesario llevar maleta, utensilio que, en guerra, considerábamos tan inaceptable como llevar paraguas. Nos lo enseñaba enseguida una cancioncilla con que nos recibían los cadetes veteranos ya de un mes:

Pobre Pirulo, que llegas a Granada,
Sin la maleta, no serás oficial.
Aunque tú traigas catorce laureadas
Si no traes maleta te suspenderán... 

Llano de la Perdiz en Granada, donde se divisa el monasterio Jesús del Valle,
 lugar en el que fue enterrado el general Carlos Calderón y Vasco

Mandaba aquella improvisada Academia de la Cartuja Alta un coronel mutilado y de avanzada edad —el coronel Izquierdo—, cascarrabias y gritón, pero que era al final un padre para tanto muchacho —casi niños— que pasaban por su mando, camino muchos de ellos, de un bello morir. Los instructores de operaciones eran alemanes. Después de cuarenta años viendo películas de boches siniestros, torpes y malvados, chocará oír que, a pesar de su dureza en el ejercicio, los cadetes los queríamos porque eran buenos con nosotros. Recuerdo a un capitán Feita (¿se escribiría así?) al que debían haber explicado que la única exclamación era ¡caramba! Se enfurecía a menudo si el despliegue no resultaba a su gusto, y resultaba cómico oírle gritar en el colmo de la indignación ¡¡caramba!!

No tenía yo en Granada parientes ni amigos. Se me brindó, sin embargo, un verdadero hogar para los pocos días en que disfrutamos de fiesta o de permiso. Por un azar conocí pocos meses antes —estando ya en el frente— una pequeña revista carlista titulada LA VERDAD que se publicaba hacía muchos años precisamente en Granada. Era su fundador y director don Francisco Guerrero Vílchez, antiguo capitán de Carlos VII, que exhibía en la revista, bajo el lema DIOS-PATRIA-REY, el título de «Caballero de la Orden de la Legitimidad Proscrita». La revista no era más que dos hojas de tamaño grande, creo que quincenal, y publicaba por el Corpus un número extraordinario con ilustraciones y mucha publicidad local. En esas páginas habían aparecido mis primeras colaboraciones, tan ingenuas como podría esperarse de los diecisiete años de edad.

Al poco de mi llegada rendí visita a mi director literario. Contaba a la sazón don Francisco ochenta y muchos años, pero me acogió con ánimo paternal y conté en su casa con un refugio seguro y cariñoso. Incluso me dijo que parecía mentira que «un intelectual como yo» tuviera que ir por el mundo con un macuto y buscando quien le cosiera y lavara la ropa. Creo que murió poco después de la Victoria. Muerte feliz y oportuna que culminaba en triunfo toda una vida de lucha por la Causa.

LA VERDAD fue, después de la derrota en la última Guerra Carlista, uno de los islotes de carlismo que pervivieron contra toda adversidad hasta alcanzar el renacer carlista del Alzamiento Nacional. Haga Dios que otros islotes que hoy perviven en esta hora triste de España lleguen a conocer parecida reviviscencia.


Rafael Gambra Ciudad
Boletín "Fal Conde",
Granada, febrero de 1983

martes, 9 de junio de 2015

La Catedral de Córdoba no es una mezquita

Cuando hoy oímos a la «presidenta» de la «Junta de Andalucía», Susana Díaz, hablar con desparpajo y desvergüenza de expropiar a la Iglesia nada menos que una catedral, la indignación de todo español bien nacido y de todo fiel católico es lógica y natural.

Sabido es que no existe para los socialistas más dios que Mammón, por lo que no nos cuesta mucho divisar las razones recaudatorias que se hallan detrás de la iniciativa para expropiar la Catedral. Sin embargo, para comprender como es posible que algunos semi-analfabetos repitan sin rubor las consignas del gobierno socialista de que la Catedral es en realidad una mezquita mahometana, tenemos que volver la vista atrás a los años de confusión posteriores al Concilio Vaticano II, en los que empezó a convertirse en norma —y sigue siéndolo hoy— todo tipo de sacrilegios y de escándalos en las iglesias.

En este proceso de derrumbe de la Iglesia desde dentro nunca faltaron paladines de la Tradición, como don Rafael Gambra, que supieron poner los puntos sobre las íes. Reproducimos abajo el escrito que este gran pensador tradicionalista dirigiera al director de «El Pensamiento Navarro» sobre el anuncio de este mismo periódico (por parte de un colaborador poco ortodoxo) del acto sacrílego que iba a producirse (y finalmente se produjo) en la Catedral de Córdoba.

La expropiación, en caso de llevarse a cabo, será la culminación de un proceso iniciado en los años 60 del que no cabe echar todas las culpas al PSOE, pues en 1974 su influencia en la vida pública española era nula.

La Catedral de Córdoba


¿Profanación sacrílega en la Catedral de Córdoba? 
Carta abierta al director de «El Pensamiento Navarro»

Querido Director:

Días atrás apareció en estas mismas páginas un escrito de don José Cabezudo Astrain dando cuenta de que el próximo 13 de septiembre tendrá lugar un acto religioso musulmán en la catedral de Córdoba. (Sabido es que acostumbra a llamarse a ese templo catedral-mezquita en razón de que, cuando fue conquistada Córdoba por Fernando III e1 Santo en el siglo XIII, se decidió aprovechar la mezquita de la ciudad para elevar en su centro la catedral cristiana a modo de símbolo del triunfo de la Cristiandad sobre el Islam. Pero desde hace setecientos años ese templo es catedral católica.)

El escrito que comentamos presentaba el hecho como algo puramente anecdótico o pintoresco, términos absolutamente inadmisibles para un creyente católico, a menos que la intención de su autor fuera provocar una reacción en el pueblo fiel con el solo anuncio del proyecto.

Ignoro la intención del señor Cabezudo Astrain y, por lo tanto, no puedo juzgar el sentido de su escrito. Ignoro también —puesto que la referencia me viene a través de ese escrito— si la cosa será tal como él la presenta, ya que cabe estuviera mal informado.

Lo que sí sé es que, si el proyecto es tal como ese escrito lo presenta, se tratará pura y simplemente de una profanación sacrílega. Y no variará esta condición el que se arrope el hecho en motivos "ecumenistas" o "pluralistas" o "evolutivos". Tampoco lo variará —antes lo agravará enormemente— el que tal hecho vaya a realizarse con permiso del Obispo de la Diócesis.

Porque profanación de un templo es dedicarlo a fines distintos al culto divino, y esta profanación es sacrílega cuando esa otra finalidad es —sin previa desacralización— adorar a dioses falsos. Los cristianos que nos precedieron en diversas edades, y principalmente en los primeros siglos del cristianismo, dieron su vida en horribles tormentos por negarse a adorar a dioses falsos: y la Iglesia los declaró santos (no "ultras"). Y eso que ellos hubieran tenido la atenuante del miedo invencible.

Permitir que en un templo catedralicio católico se rinda pública adoración a un dios falso es en quienes lo permiten —y aun en quienes de algún modo puedan evitarlo— un acto de prevaricación.

Ruego a usted, por lo mismo, invite al autor de aquel escrito a aclarar a sus lectores qué sentido otorgaba al mismo, expresando públicamente su posición ante el hecho. Y si el hecho es tal como el señor Cabezudo Astrain lo presenta, que el señor Obispo de Córdoba explique de qué manera no será él autor o cómplice de un horrendo sacrilegio agravado con el carácter de escándalo público. Créame siempre su buen amigo y colaborador,

Rafael Gambra
El Pensamiento Navarro (24/08/1974)

miércoles, 26 de marzo de 2014

NO IMPORTA

«No importa» fue la consigna y aún el grito de guerra– de nuestros antepasados en la lucha contra Napoleón. Todas las condiciones eran adversas. El enemigo invasor no era menos que el ejército más poderoso (proporcionalmente a su tiempo) que ha conocido la historia, el que dominó victorioso a toda Europa, el que no fue vencido por nadie, el que llegó hasta Moscú y sólo el frío y la propia desmoralización logró batir en retirada.

Pero además ese ejército estaba ya dentro de España. Había ocupado plazas fuertes, los nudos de comunicaciones, los arsenales el partido «afrancesado» o «renegado». ¿Quien podría enfrentarse a tal enemigo, quien afrontar tan tremendo naufragio? La prudencia más elemental aconsejaba aceptar los hechos, tratar de convivir con los nuevos dueños. Sin embargo ¡no importa!, nada de esto importó. Se luchó, se sufrió hasta lo inaudito, se acosó a las tropas invasoras aun sin la menor esperanza de victoria cercana, exponiendo vidas, familias, haciendas. Y se llegó a formar ejércitos que ofrecieron al invasor batalla en campo abierto. Y se venció, y el enemigo mordió el polvo y acabó abandonando el campo. Desde el punto de vista de la prudencia humana, quizá ninguna lucha más temeraria y empecinada que nuestra Guerra de la Independencia.


Madrid: 2 de mayo de 1808, por Justo Jimeno Bazaga

Hoy, quien se siente católico, tradicionalista español y carlista se encuentra en condiciones muy semejantes a la de aquellos hombres, pero en ámbito mundial. Su enemigo ocupa todos los gobiernos del mundo y sus resortes de poder. Dividido en dos bloques –el de Manhattan y el soviético– ambos coinciden en su enemiga a la fe católica y a la sociedad cristiana. Los unos propugnan –e imponen– Estados laicos en los que el catolicismo debe verse reducido al ámbito de lo privado; los otros tratan de erradicar la fe cristiana –y toda religión– de sus dominios. Ya no existen Estados católicos y nadie en el mundo parece reivindicarlos. Pero aún más: como en aquella guerra, el enemigo está dentro de nuestros reductos. Se ha tratado de crear, desde dentro, un carlismo socialista, y la Iglesia progresista, postconciliar, parece a menudo alienada con el enemigo, empeñada en sus mismas batallas; por supuesto sin plantarle cara jamás. Un nuncio pontificio se empleó durante casi una década en cubrir las sedes episcopales de nuestra patria con los clérigos más izquierdistas, más enemigos de nuestra tradición patria.

Ante la suprema aberración del aborto sólo uno alzó su voz hablando de quienes automáticamente incurrían en las más graves penas canónicas. Pero como respuesta, la Nunciatura Apostólica invita a un almuerzo de amigos –contra todo protocolo– a los máximos responsables de esas leyes, en unión del Primado y del arzobispo de Madrid, con lo que desautoriza tácitamente aquella enérgica protesta.

¿Habrá ante todo esto que amoldarse, aceptar la democracia laicista y los pactos de Roma, arriar la bandera en definitiva?

Nuestros mayores nos dieron el ejemplo y la consigna: NO IMPORTA. Lo que se nos exige no es vencer sino luchar. Los 
«sin Dios» parecen tenerlo todo, e incluso estar infiltrados en nuestros propios bastiones. Y nosotros nos vemos en la indigencia. Pero lo que ellos no tienen es a Dios; Dios no está de su parte. Y sea que nuestro esfuerzo porfiado lo merezca o que Él se canse de tanta secularización y apostasía, la victoria final –estemos seguros– será suya.

RAFAEL GAMBRA.
Boletín Fal Conde, 1986.

sábado, 22 de marzo de 2014

LA FE DE NUESTROS PADRES

Los realistas fueron, como se sabe, el antecedente inmediato de los carlistas. Durante el reinado de Fernando VII, cuando todavía no existía pleito dinástico, los realistas se alzaron en armas contra los primeros liberales que, tras la sublevación de Riego, implantaron de nuevo la Constitución de Cádiz. Ellos lucharon por la antigua monarquía católica contra el primer intento de fundar el Estado y la sociedad sobre bases puramente humanas, contractuales.

Ell grito de unos y otros en aquella guerra de 1821 al 23 fue: ¡Viva la Religión! y ¡Viva la Constitución! Gritos clarividentes del sentido profundo de las guerras que se desarrollarían desde aquellos comienzos hasta la última Cruzada de 1936. Para unos –los realistas la sociedad y las leyes se fundaban sobre la Religión, sobre la Ley de Dios. Para los otros –los liberales– la sociedad y las leyes se fundamentan en la voluntad humana, en un pacto social, contrato o Constituciones revolucionarias, era la Declaración de Derechos Humanos.


Voluntarios Realistas haciendo su entrada en Barcelona.

Era lo que ya San Agustín llamó en remotos tiempos la Ciudad de Dios y la Ciudad terrenal o del Diablo, la del hombre rebelde y desvinculado de Dios. Nuestra patria tuvo su sólido fundamento en la religión desde que el rey Recaredo en el Tercer Concilio de Toledo abrazó la fe católica, afinales del siglo VI. ¡Hace mil cuatrocientos años! Esta unidad religiosa, avalada por casi ocho siglos de Reconquista contra el Islam, es lo que permitió a nuestros mayores vivir en paz interior y realizar las mayores empresas que el mundo ha visto, desde la civilización de América hasta Lepanto.

Ella ha llegado hasta nuestros días. Incluso las Constituciones liberales del siglo pasado la reconocieron, aunque fuera como resultado del pacto constitucional y no de los derechos mismos de Dios. Y tras el breve paréntesis de la Segunda República, fue restaurada por nuestra Cruzada de Liberación durante cuarenta años de "régimen de cristiandad". Fueron precisos los siniestros pactos masónicos realizado a espaldas del pueblo español para que, con el advenimiento de la actual democracia liberal, se borrara hasta el mismo nombre de Dios de la alta legislación española. Ha sido precisa también la inverosímil actitud liberalizante de la Iglesia postconciliar para que la conciencia católica e anestesiara en España hasta no producirse ya una nueva reacción católica en el pueblo español.

Pero la Providencia no puede olvidar los inmensos sacrificios de este pueblo desde la Reconquista hasta nuestros días ni dejará sin respuesta la apostasía de quienes más obligación tenían de defender la fe heredada.

Rafael GAMBRA

(Boletín Fal Conde)


Rafael Gambra

lunes, 2 de febrero de 2009

V ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE DON RAFAEL GAMBRA




V Aniversario Rafael Gambra


Tal como anunciaron FARO y el diario ABC, entre otros medios, han tenido lugar los actos que por el V aniversario de la muerte del Excmo. Sr. D. Rafael Gambra Ciudad organizaron para la Comunión Tradicionalista el Círculo Cultural Antonio Molle Lazo y el Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II.


Por la mañana se celebró una Santa Misa de réquiem y un responso, según el rito tradicional de la Iglesia Romana, en la Capilla Santiago Apóstol. Ofició el Padre Juan María de Montagut, e hizo de acólito el joven carlista canario Francisco de Armas. El oficiante pronunció unas palabras refiriéndose a la práctica heroica de la virtud que don Rafael Gambra observó como cristiano, como patriota, como filósofo y como docente.

Al mediodía, en la Fundación Francisco Elías de Tejada, tuvo lugar un seminario de formación que, en forma de mesa redonda, se dedicó íntegramente a la memoria del ilustre pensador, profesor, dirigente y luchador carlista. Tras las oraciones de apertura, José de Armas (del Círculo Tradicionalista Roca y Ponsa, de Las Palmas de Gran Canaria; antiguo Director de Humanidades de la Fundación Mapfre Guanarteme, patrono de la Fundación Elías de Tejada) hizo una emotiva semblanza de Rafael Gambra. Julio Alvear (profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad del Desarrollo, de Santiago de Chile) se refirió a la defensa de la Unidad Católica frente a la apostasía, tomando como referencia el libro de Gambra La unidad religiosa y el derrotismo católico. Luis Infante (de la Secretaría Política de S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón, cuyo primer jefe fue el propio Rafael Gambra) habló del papel fundamental de Gambra en la historia del Carlismo de los últimos setenta años. el profesor Miguel Ayuso (director científico del Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II) glosó unas notas que Manuel de Santa Cruz (quien excusó su asistencia por enfermedad) envió al efecto. También excusó su asistencia, por encontrarse de viaje, Luis Hernando de Larramendi.

Varios de los asistentes se reunieron luego para comer en una taberna cercana. Durante la comida se recibió la llamada telefónica de S.A.R. el Abanderado de la Tradición, para saludar a quienes habían participado en el aniversario de quien fuera su Jefe Delegado.

Estuvieron presentes en estos actos, entre otros, Andrés y José Miguel Gambra, hijos de don Rafael, varios de sus nietos y su más reciente biznieto, Telmo Zorrilla Gambra; todos los integrantes de la Secretaría Política de Don Sixto Enrique de Borbón; el reverendo don Eduardo Montes; Ángel d'Ors; Francisco Requena; R. Botella; J.M. Rozas; J.M. Santos; Guillermo Pérez Galicia, presidente de la AET; Carlos Rodríguez Camacho; Carlos Ayuso; Estanislao García; Raúl Bolívar; Manuel Ordóñez; José Díaz Nieva; etc.

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