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domingo, 3 de septiembre de 2017

San Pío X y Carlos VII

Los hechos expuestos a continuación ponen en tela de juicio los argumentos de quienes sostienen que la Iglesia fue partidaria del sistema alfonsino y que para ser buenos católicos y complacer al Santo Padre, los españoles tenían la obligación acatar reverentemente los Poderes constituidos, cuestiones tan complejas y delicadas, que se resuelven mejor que con disquisiciones metafísicas, con hechos cuya elocuencia está al alcance de las inteligencias menos perspicuas.


San Pío X, Romano Pontífice entre 

No podían ser más cordiales las relaciones de Su Santidad el Papa Pío X y el Augusto Caudillo de la Comunión Tradicionalista, Carlos VII. Apenas elegido Pontífice el Cardenal Sarto, cruzáronse entre ambos afectuosos telegramas de felicitación y de gracias.

Dos visitas hizo Don Carlos al Papa en Roma, y las dos veces fue recibido con tanta ostentación como afecto, como sólo se recibe a los reyes verdaderamente católicos, que han prestado o prestan grandes servicios a la Iglesia.

A los regalos de Don Carlos correspondió el Papa con otros de incomparable valor moral y material, como un riquísimo medallón de oro, esmaltes y brillantes; un rosario de oro y cristal de roca, hábilmente tallado; un solideo, unas sandalias y una faja del uso personal del Romano Pontífice en circunstancias solemnes, etc.

El Papa enriqueció generosamente la capilla del Palacio Loredán, residencia de Don Carlos, con indulgencias plenarias y parciales, como no lo hizo con ninguna otra capilla de los reyes reinantes y Poderes constituidos.

Carlos VII,
Duque de Madrid, Rey legítimo de España 

El 4 de noviembre de 1905, fiesta onomástica de Don Carlos, el Rvdo. Sr. Vicario de la Iglesia del Espíritu Santo, que casi diariamente celebraba el Santo Sacrificio del Altar en el oratorio de Palacio, con asistencia de sus Augustos moradores, entregó al Sr. Duque de Madrid un rescripto, en el cual Su Santidad concedía que se pudiese celebrar en la capilla doméstica de nuestros Augustos Señores la Santa Misa, según el orden prescrito por el calendario de la Diócesis de Madrid, figurando al pie, de puño y letra del Romano Pontífice, estas hermosas palabras:

Justa preces precipitae in favorem magnimorum Principum quorum in Sancta Sedem Apostolicam obervatia magno facimas.— Ex aedibus Vaticanis die 16 Octobris 1905.— Pius PP X.

Lo cual significa que Su Santidad concedía especialmente esa gracia en favor de los magnánimos Príncipes, cuya devoción a la Santa Sede Apostólica tenían en grande estima.

No contento con tan afectuoso privilegio, por medio de carta autógrafa, fechada en el Vaticano el día 3, felicitó a Don Carlos con motivo de su fiesta onomástica, y en ella le deseaba, por la intercesión de San Carlos, las mejores prosperidades el día de su Santo y mandaba con efusión, tanto a Él como a la Señora, la bendición apostólica.

Por último, apenas Pío X tuvo noticia del fallecimiento del ayudante de campo de Don Carlos, el general Saсаnell, aplicó la Misa en sufragio del alma del difunto, mandó decir por él oraciones especiales y por telégrafo dio el pésame a nuestros Augustos Señores.

¿Que todo esto petenecía al orden privado y amistoso? Claro que sí. Pero resultaba elocuente en grado sumo para poner una mordaza en los labios de quienes eran nuestros detractores sistemáticos, conservadores embolados, mestizos y reconocementeros, más o menos vergonzantes, enamorados del mal menor, y que, no contentos con eso, formaban juicios temerarios respecto a la catolicidad de los carlistas y de su incomparable Jefe, deslizando en las Cofradías frases que, si no deshonraban, empañaban al menos nuestra reputación religiosa, y sostenían en serio que con los carlistas no se puede contar para ninguna empresa verdaderamente católica... alfonsina, se les olvidaba decir.

Decía proféticamente Eseverri (seudónimo de Manuel Polo y Peyrolón) en EL CORREO ESPAÑOL, que si nos dejábamos seducir por los que, con pretextos religiosos, se proponían por toda finalidad matar al partido carlista, anulándole a los pies de las instituciones liberales, debíamos prepararnos para llorar sobre la tumba de la Religión y de la Patria.

Información obtenida de El Correo Español (11 de enero 1906)

lunes, 7 de marzo de 2016

Discurso del Arzobispo de Granada Dr. D. Balbino Santos y Olivera

En 1951, el Excmo. Sr. Arzobispo de Granada, Dr. Santos y Olivera, pronunciaba, a modo de cierre de la asamblea de la Acción Católica, las siguientes palabras, que bien pueden inspirarnos hoy en nuestro apostolado como seglares:

Excmo. Sr. Dr. D. Balbino Santos Olivera
(Hospital de Órbigo, 1887 — Granada, 1953)
Arzobispo de Granada entre 1946 y 1953
«La labor de la Acción Católica ha de dar copiosos frutos ya que el fin primordial de ella es hacer de cada uno de sus miembros un apóstol no sólo en la casa, sino en la calle, aunque así no lo crean los mundanos, que lo estiman como fanatismo inoportuno e ingerente en campo vedado, y aún algunos católicos apáticos o indiferentes que hablan de ella con la más absoluta incomprensión.

Desgraciadamente, hay todavía auditorios como los de Demóstenes que oyen atentamente cuando se trata de un campeonato de fútbol o del último figurín de la moda y en cambio miran con gran indiferencia y pasividad los graves problemas por los que lucha con su apostolado la Acción Católica, cuando no sólo no es el caso de salvar la vida de un hombre sino la vida eterna de la humanidad. ¿No tiene más valor un alma que nació del espíritu y aliento del. Creador?

Todos pueden contribuir a esta labor de apostolado, todos podemos hacer mucho y todos, en fin, debemos colaborar en esta gran empresa de la salvación de las almas.»


Grandes aplausos ahogaron las últimas palabras de nuestro venerable Prelado.


Hoja oficial del lunes (Granada, 29/10/1951)

domingo, 17 de enero de 2016

El Arzobispo de Granada Ilmo. Sr. D. José Moreno Mazón

Excmo. e Ilmo. Sr. D. José Moreno Mazón
(Málaga, 1825 - Granada, 1905)
El Exmo. e Ilmo. Sr. D. José Moreno Mazón nació en Málaga el 4 de diciembre de 1825, fue educado en las Escuelas Pías de Archidona y de la citada ciudad, de las cuales pasó al Instituto gaditano, en el que cursó el bachillerato con notable aprovechamiento.

Terminada la segunda enseñanza, el señor Moreno Mazón ingresó en la Universidad de Granada, abordando a un tiempo las carreras de Derecho y de Filosofía y Letras.

Provisto de ambos títulos, que obtuvo en 1856, fue a Madrid, con ánimo de labrarse un porvenir brillante. Un año después fue nombrado oficial del Consejo de Estado, cargo que renunció al poco tiempo para abrazar el estado eclesiástico.

Cantó Misa en 1860 y prosiguió sus estudios teológicos hasta el año 1867, en que recibió la investidura de doctor en Sagradas Letras en el Seminario de San Cecilio de Granada

Desempeñó la dignidad de penitenciario de la Catedral de Málaga, en virtud de brillantes ejercicios de oposición, hasta el año 1877, en que Su Santidad Pío IX lo preconizó para la Silla episcopal de Cuenca. Patriarca de las Indias en 1881, ejerció el Vicariato general del ejército.

En 1885 pasó a ocupar la sede de Granada y al mes de regir su extensa diócesis, la epidemia colérica le proporcionó ocasión bien triste de demostrar a los granadinos hasta dónde llegaba su caridad. Vestido de humilde sacerdote y acompañado de otro hombre inolvidable, del deán D. Leopoldo Granadino, recorrió con frecuencia los más apartados e infectos barrios, llevando a las casas de los pobres los consuelos de la religión y los recursos necesarios con que atender a las desgracias ocasionadas por el cólera.

Casi toda aquella evangélica obra quedó oculta en el misterio; los que sobrevivieron a la tristísima jornada de la epidemia, recordaban tan sólo que dos sacerdotes se presentaban en los hogares más castigados por la desdicha y hablando poco ejercían su altísima misión, dejando siempre más o menos visible el óbolo de la caridad cristiana.

Los achaques, la edad, los sufrimientos causados por persecuciones e injusticias, fueron aminorando energías en el gran espíritu del Prelado; pero si al anciano no le era posible averiguar por sí propio dónde estaban los que sufrían para ampararlos y consolarlos, valíase de alguna persona discretísima y activa que le ayudó siempre y que cumpliendo los deseos del Arzobispo jamás manifestó a nadie lo que en nombre de éste ejecutaba.



El Sr. Arzobispo escribió en las páginas de la revista La Alhambra para el número extraordinario publicado con motivo del estreno del manto de la venerada Patrona de esta Ciudad; aquel hermoso artículo es uno de sus más inspirados y delicadísimos escritos.

Dejó escritas también muchas y famosas pastorales, en que condenaba el liberalismo como el gran error de nuestros tiempos.

El ilustre Prelado era literato y artista, y muy inteligente en arqueología e historia. De las artes, le cautivaba especialmente la música. En su juventud había cantado con exquisito gusto, y aun enfermo y anciano, los granadinos recordaban con qué afinación y solemne estilo bendijo al pueblo en las fiestas de la Pascua última, y entonó las preces el 2 de enero en las ceremonias del aniversario de la Reconquista.

El 17 de enero de 1905 moría el venerable prelado. Cumpliendo su voluntad, sobre la humilde losa que cubre su sepulcro en la capilla del Sagrado Corazón de nuestra Catedral, se escribieron tan solo estas palabras:

JOSÉ MORENO MAZÓN.
AVE MARÍA PURÍSIMA.
EN GRACIA CONCEBIDA.

Hermoso ejemplo de humildad y de piedad cristiana, que Dios, como todas las virtudes, habrá recompensado con bondad infinita.


Texto extraído parcialmente de:

El Siglo Futuro (18/01/1905)
La Alhambra (15/01/1905)

jueves, 2 de julio de 2015

Excmo. Sr. D. Francisco Javier Mier y Campillo, Obispo de Almería e Inquisidor general

Francisco Javier Mier y Campillo (1801-1815 ó 1816).

[D. Francisco Javier Mier y Campillo], asturiano nacido en Alles el 18 de febrero de 1748 (7), fue preconizado el 19 de enero de 1801 (8), o el 24 de mayo de 1802 (9), y gobernó la diócesis [de Almería] hasta su renuncia que, para Tapia se produjo el 1 de mayo de 1816 (10), para Ruiz Fidalgo en 1816 (11), para Perlado (12) el 16 de septiembre del año anterior y para Guitarte el 16 de diciembre de 1815 (13). No hemos hallado en los autores que consultamos fecha cierta de su fallecimiento. Guitarte dice que se produjo antes del 20 de mayo de 1818 (14).

Debió ganar notable prestigio al frente de la diócesis almeriense ya que cuando las Cortes de Cádiz eligieron consejeros de Estado, el 27 de enero de 1812, fue el segundo más votado, obteniendo la confianza de 48 diputados, sin duda tradicionalistas, en el primer escrutinio. Como ninguno de los candidatos alcanzó la mayoría absoluta se pasó a una segunda votación en la que compitió con el cardenal Borbón, arzobispo de Toledo y de Sevilla, y con los obispos de La Habana y Urgel. Logró 73 votos frente a los 86 del cardenal, que resultó elegido (15). Que los votos liberales que se los llevó Borbón es pura evidencia.

Según el Filósofo Rancio y Borrull fue uno de los obispos que representaron en favor de la Inquisición (16). Cuando al fin se pudieron celebrar elecciones en las provincias, llegando así a las Cortes los diputados que verdaderamente eligió el pueblo español, conforme a las normas de la recién promulgada Constitución de 1812 y que dieron lugar a una notable mayoría de diputados tradicionalistas, el obispo de Almería fue elegido representante por Granada, tomando posesión de su escaño, ya en Madrid, el 15 de enero de 1814 (17).

A partir de ese momento militó abiertamente en el campo tradicionalista que se impuso en casi todas las votaciones a sus rivales en los pocos meses que quedaban de vida a las Cortes. Quisieron los liberales privar de su escaño al obispo de Pamplona, Arias Teijeiro, y Mier fue uno de los 82 diputados que impusieron su candidatura frente a 58 votos liberales. También estuvo entre los diputados que aseguraron las elecciones que se habían celebrado en Galicia con abrumador triunfo tradicional, en varias votaciones del Congreso (18). Votó en cambio el encausamiento del diputado ultrarrealista López de Reina, si bien en esa ocasión la mayoría de los diputados tradicionalistas se unió con los liberales, lo que supuso 123 votos contra 13 (9-II-1814), (19). Fue derrotado, esta vez con muchos de los de su partido, por 58 votos contra 68, cuando intentaron oponerse a la causa contra el marqués del Palacio (11-II-1814), (20).

El acto más significado de su paso por las Cortes fue el haber firmado, con otros 68 diputados, el célebre Manifiesto de los Persas (21), que constituyó una rotunda denuncia de la obra gaditana y sirvió de base teórica a la reacción absolutista, aunque luego esta se alejara mucho de lo propugnado por los persas en su Manifiesto (22).

Semejante conducta fue ciertamente del agrado de Fernando VII que, una vez restaurado el Tribunal del Santo Oficio, le propuso para Inquisidor general (23), cargo que ocupó, según Bernardino Llorca (24), de 1814 a 1818, si bien Martí Gilabert fecha su renuncia en 1815 (25) ¿Renunció antes el cargo de Inquisidor que la diócesis? ¿Lo mantuvo después de dimitir la mitra? ¿Dejó ambos en 1815 ó 1816? Otra incógnita más de las muchas que nos encontramos al tratar de los obispos españoles. Y no de los siglos oscuros y antiguos sino de los de ayer.

De sus días de. inquisidor general señalaremos la publicación del decreto de Consalvi contra la masonería el 2 de enero de 1815 (26) y su decreto de 5 de abril del mismo año en el que manifestaba como había males mayores que los causados por los franceses: los progresos de la incredulidad y la corrupción de las costumbres (27).

Reformó y amplió su seminario (28) y, aunque nunca consagró a un obispo, asistió a diversas consagraciones: el 2 de junio de 1805, en Jaén, a la del obispo de Guadix, Cabello, el 12 de febrero de 1815; en Madrid, a la de los de Lugo, Azpeitia, y Zamora, Inguanzo, el 9 de abril de 1815, también en Madrid, a la del de Ciudad Rodrigo, Ramírez de la Piscina y el 16 de febrero de 1817, asimismo en la capital de España, a la del auxiliar de Canarias, Vicente Román Linares (29). Evidentemente su cargo de Inquisidor general le hizo permanecer en Madrid. Su intervención en una consagración episcopal en 1817, con lo que esa larga ceremonia suponía de resistencia física en los participantes, excluye la enfermedad como causa de la renuncia. Tampoco parece que pueda atribuirse a haber caído en desgracia con Fernando VII, pues quienes incurrían en el regio enojo inmediatamente eran alejados de la corte. El nombramiento de sucesor al frente de la Inquisición no se produjo hasta junio de 1818 (30), lo que podría indicar que permaneció rigiendo el Santo Oficio hasta su muerte y que la renuncia a la mitra almeriense pudo deberse a la escrupulosidad del prelado que, al no poder cumplir sus deberes de residencia por el cargo inquisitorial, dejó el obispado. Pero todo esto no pasa de conjeturas.


(5) Ruiz FIDALGO: «Obispos españoles», en DHEE, Suplemento, Madrid, 1987, 557; Guitarte: Op. cit., pág. 110.
(6) EGAÑA, ANTONIO DE: Historia de la Iglesia en la América española. Desde
el Descubrimiento hasta comienzos del siglo XIX. Hemisferio Sur, BAC, Madrid 1966, pág. 1015; GUITARTE: 0p. cit., pág. 110.
(7) Diz-Lois, MARÍA CRISTINA: El manifiesto de 1814, EUNSA, Pamplona, 1975, pág. 125; Guitarte: Op. cit., pág. 122.
(8) TAPIA: 0p. cit., 44; Ruiz FIDALGO: Op. cit., pág. 544.
(9) GUITARTE: 0p. cit., pág. 122.
(10) TAPIA: Op. cit., pág. 4 4.
(11) Ruiz FIDALGO: Op. cit., pág. 544.
(12) PERLADO, PEDRO ANTONIO: Los obispos españoles ante la amnistía de 1817, EUNSA, Pamplona, 1971, pág. 172.
(13) GUITARTE: 0p. cit., pág. 122.
(14) GUITARTE: 0p. cit.; pág. 122.
(15) Actas de las sesiones secretas de las Cortes, Madrid, 1874, pág. 541; FERNANDEZ DE LA CIGOÑA, FRANCISCO JOSÉ: El liberalismo y la Iglesia española. Historia de una persecución, II. Las Cortes de Cádiz, Fundación Francisco Elias de Tejada y Erasmo Pércopo, Madrid, 1996, pág. 151.
(16) AL VARADO, FRANCISCO: Cartas criticas, II, Madrid, 1 8 2 4 , pág. 4 5 3; Discusión del proyecto de decreto sobre el Tribunal de la Inquisición, Cádiz, 1813, págs. 3 8 9 - 3 9 0 ; FERNANDEZ DE LA CIGOÑA: Op. cit., pág. 217.
(17) Actas de las sesiones de la legislatura ordinaria de 1813, en adelante ASLO13, Madrid, 1876, pág. 336.
(18) ASL013, págs. 352, 387, 395, 399, 403.
(19) ASL013, pág. 451.
(20) ASL013, pág. 457.
(21) DIZ-LOIS: Op. cit., págs. 104, 125, 276.
(22) FERNÁNDEZ DE LA CIGOÑA, FRANCISCO JOSÉ: «El manifiesto de los persas», en Verbo, núm. 141-142, enero-febrero 1976, passim.
(23) MARTÍ GILABERT, FRANCISCO: La abolición de la Inquisición en España, EUNSA, Pamplona, 1975, pág. 302.
(24) LLORCA, BERNARDINO: Inquisición, DHEE, II, 1200.
(25) MARTÍ GILABERT: Op. cit., pág. 304.
(26) OLEA, PEDRO: «Iglesia y masonería. El archivo de la nunciatura de Madrid, 1800 - 1850» , en Masonería. Política y Sociedad, II, Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española, Zaragoza, 1989, pág. 572.
(27) OLEA: Op. cit., págs. 571-572.
(28) TAPIA: Op. cit., pág. 43.


Extraído de Los Obispos españoles del Siglo XIX. Diócesis de Almería.
Por Francisco José Fernández de la Cigoña

Revista Verbo. Fundación Speiro

viernes, 15 de mayo de 2015

La Jerarquía de la Iglesia y el tradicionalismo político

Aunque la Jerarquía de la Iglesia Católica no admitió jamás conciliación alguna con las distintas corrientes liberales en materia doctrinal hasta, al menos, el pastoral Concilio Vaticano II, no cabe duda de que buena parte de los obispos españoles, ya desde la primera derrota militar carlista, se avino a componendas en materia política.

El tiempo y la actual crisis sin paliativos de la Iglesia y de la Civilización han dado la razón a quienes hace un siglo seguían empeñados en que la fe, la moral y las buenas costumbres no podrían sobrevivir a la larga en un sistema hijo de la Revolución de 1789.

Quién sabe cuál sería hoy la situación de España, de la Iglesia y de toda la antigua Cristiandad si, desde el principio, la Jerarquía católica, consciente de que contaba con el apoyo sin fisuras de la mayor parte del pueblo fiel, hubiese sido más previsora del colosal desastre que se avecinaba (y padecemos hoy) y no hubiese abandonado jamás el espíritu de Cruzada.

Nos parece apropiado a este respecto incorporar un breve texto de Francisco José Fernánez de la Cigoña sobre la relación entre los obispos y los dos partidos tradicionalistas antiliberales –carlista e integrista– a finales del siglo XIX. Después del artículo insertamos también la grabación de una interesante conferencia de este mismo autor sobre la Iglesia y el Carlismo durante el siglo XIX que tuvo lugar con motivo de los 175 años del Carlismo.

Fco. José Fdez. de la Cigoña

Extracto de LOS OBISPOS ESPAÑOLES DEL SIGLO XIX 
por Fco. José Fernández de la Cigoña

El catolicismo hispano estuvo dividido en los dos últimos tercios del siglo XIX. Al principio entre carlistas e isabelinos. No cabe duda de que al iniciarse la contienda la inmensa mayoría de los católicos, es decir, del pueblo español, simpatizaba con las ideas de don Carlos. Pero la localización en pequeñas áreas del territorio nacional del dominio carlista, la prolongación de la guerra, la necesidad de vivir como católicos en unos lugares que pronto se vio que el Pretendiente no iba a conquistar, el advenimiento de los moderados que firmaron el Concordato de 1851 con la Santa Sede, nombraron obispos y cicatrizaron espantosas heridas que la Iglesia habían recibido, el indudable catolicismo de la reina, el P. Claret, sor Patrocinio y hasta el P. Fulgencio y otras causas que sería prolijo enumerar, hicieron que con el tiempo muchos buenos católicos se sintieran cómodos, o no demasiado a disgusto, con Isabel II. Y el Papa, que era nada menos que Pío IX, también. Y en ocasiones hasta agradecido. Al menos con los gobiernos moderados. El ejército español ayudándole a recuperar los Estados Pontificios, la Rosa de oro, papales apadrinamientos..., contribuían a hacer más fluidas las relaciones de un importante sector del catolicismo español, más importante sobre todo por la calidad que por la cantidad, con Isabel II.

La revolución de 1868 cambió la situación e hizo renacer las esperanzas carlistas que entonces personificaba el rey de la barba florida, Carlos VII, nieto de Don Carlos, que de nuevo se lanzó al combate por una causa que seguía teniendo, como la de su abuelo, profundas connotaciones religiosas. La situación revolucionaria y anticatólica hizo que se pasaran al carlismo notables personalidades que habían estado con Isabel II: Cándido Nocedal, Aparisi y Guijarro, González Bravo... Pero una vez más la suerte de las armas les fue adversa y otras concausas hicieron imposible el triunfo. Muchos católicos se sintieron aliviados con la restauración alfonsina y se desentendieron del nuevo Pretendiente. Y la mayor parte de los obispos, nombrados por Isabel II y por Alfonso XII, también.

Sin embargo, la mayoría del catolicismo español seguía viendo en el nuevo régimen la consolidación de los principios liberales, reprobados por Pío IX en el Syllabus y se mantenía alejada de las disputas políticas, dejando en precaria situación a los moderados que ahora se habían convertido en conservadores. La ruptura de la unidad católica por Cánovas en la Constitución de 1876 no contribuyó a acercar a esos sectores, todavía mayoritarios, a la situación, aunque tal vez permitiera la integración en el sistema de los más moderados de los progresistas, acaudillados por Sagasta.

Ante esta situación, Alejandro Pidal y Mon, hijo y sobrino de dos personalidades del régimen isabelino, que se había opuesto denodadamente a la ruptura de la unidad católica, pensó que si esa gran mayoría de españoles, incondicionales sobre todo de su religión, se integrasen en el sistema, el poder estaba garantizado, la Iglesia segura y la patria salvada. E hizo su famoso llamamiento a las honradas masas carlistas (125). Todo terminó en una espantosa división en la que todos tuvieron su parte de culpa.

Carlistas y pidalistas primero y después, escindido el carlismo por la marcha de Ramón Nocedal, que tenía tras sí a una gran mayoría del clero español, carlistas, pidalistas e integristas, perdieron, en feroces luchas fratricidas, unos esfuerzos que, dirigidos contra los enemigos de la Iglesia, hubieran obtenido resonantes triunfos. A nuestro modo de ver todos tenían razón en parte y ninguno por entero. Si a eso se añade que la fórmula de Pidal era muy grata al nuevo Pontífice León XIII, pues reproducía su famoso ralliement pero con una situación política muchos menos adversa a la Iglesia, es fácilmente comprensible que Ramón Nocedal, el implacable enemigo de la componenda y el defensor de los derechos maximalistas de la Iglesia, fuera un molesto compañero de viaje. Bizarro paladín del catolicismo fue abandonado por la jerarquía de una Iglesia a la que había entregado todo y a la que quería colocar por encima de todo. Y decimos de la jerarquía porque una gran parte del clero le fue fiel hasta el final, pese a reiteradas advertencias de los obispos. [...] Tal vez fuera un personaje de cruzadas en época en que se querían componendas. Y él no sabía de ellas aunque esas componendas pudieran ser buenas para la religión.

Roma multiplicaba recomendaciones, primero privadas y luego públicas y todas sesgadas en favor de una de las opciones que tenía en León XIII y Rampolla, este último, tanto como nuncio en Madrid como después en su cargo de cardenal Secretario de Estado, dos firmes valedores. Nocedal desvirtuaba las advertencias con habilidades de notabilísima inteligencia. Pero los obispos estaban ya hartos de este seglar que mandaba en sus diócesis más que ellos pues la mayor parte del clero le seguía, a través de su periódico El Siglo Futuro, como a un oráculo. [...]

La prensa de cada una de las tres tendencias había sido el palenque donde habían competido, más que contra los adversarios de la religión contra los católicos de otro bando, quienes representaban las diversas tendencias del catolicismo español. Para los integristas, los católicos alfonsinos eran liberales y por tanto, en base a lecturas maximalistas de textos de Pío IX, no eran católicos. Para los pidalistas, que se veían expulsados de la Iglesia por obispos de levita, Nocedal y los suyos eran cismáticos que no obedecían al Papa. Aunque ellos tampoco obedecieran cuando el Papa ordenaba silencio y caridad. Y para los carlistas, que veían en los integristas unos traidores y en los mestizos unos enemigos dinásticos, era fácil regocijarse con las heridas que los otros se causaban entre sí y contribuir a su vez a repartir mandobles a diestro y siniestro. Los obispos decidieron tomar la iniciativa y llevaron al Congreso Católico de Burgos una propuesta de actuación que, asumiendo prácticamente todos los postulados integristas los desvinculaban del partido. [...]

Las Bases estaban en el más puro espíritu del ralliement. Unámonos para defender la religión y dejemos las preferencias políticas para cuando los intereses de la Iglesia no estén comprometidos (128), aunque en ellas se contenía otra andanada antiintegrista, en la que no carecían de cierta razón los obispos (129). El Programa, en cambio, satisfaría las reivindicaciones de Nocedal (130), al menos en gran parte.

(125) FERNÁNDEZ DE LA CIGOÑA, FRANCISCO JOSÉ: «El pensamiento contrarrevolucionario español: La Unión Católica», en Verbo, núm. 193 - 194, 1981; passim.
(126) Revista Eclesiástica, V, Valladolid, 1899, pág. 194.
(127) Revista Eclesiástica, V, Valladolid, 1899, pág. 194.
(128) Revista Eclesiástica, V, Valladolid, 1899, pág. 195.
(129) Revista Eclesiástica, V, Valladolid, 1899, pág. 196.
(130) Revista Eclesiástica, V, Valladolid, 1899, págs. 197-198.


FERNÁNDEZ DE LA CIGOÑA, FRANCISCO JOSÉ: «Los obispos españoles del siglo XIX. Diócesis de Almería», en Verbo, núm. 347 - 348; págs 783-810.



viernes, 10 de abril de 2015

S.S. Pío X y el Arzobispo de Granada bendicen un mitin contra las escuelas ateas

En 1910 los católicos de Granada celebraron un acto contra las escuelas laicas en el teatro de los Campos, al que asistieron unas cinco mil personas (todas las que cabían en dicho establecimiento), según daba cuenta el semanario tradicionalista granadino La Verdad.

Su Santidad Pío X agradeció el homenaje de esa asamblea católica y envió la bendición apostólica solicitada por medio del Cardenal Merry del Val.

Del mismo modo, los católicos granadinos recibían la siguiente adhesión de su amadísimo Prelado, el Excmo. Sr. don José Meseguer y Costa:

Excmo. e Ilmo. Sr. D. José Meseguer y Costa,
Arzobispo de Granada
(Vallibona, 1843 — Granada, 1920)
«Señor Presidente del mitin católico de Granada contra las escuelas laicas:

Como no me es posible, bien á pesar mío, estar en esa capital el día de la celebración del próximo mitin católico contra las escuelas ateas, deseo acompañarle en espíritu, envíandole mi más cumplida adhesión.

Doy, pues, bendición muy afectuosa á los organizadores, cooperadores y asistentes á esta grandiosa manifestación de fe en la ciudad de los Reyes Católicos, en el pueblo que, aún en medio de la persecución de los moros, supo mantener vivo el culto al Dios verdadero en la antigua iglesia de San Cecilio.

El fuego del ardiente entusiasmo que anima á los valientes de hoy, es un destello de la luz que ardía en el santuario de nuestros mayores, y un símbolo de la viveza de esta fe, que Dios mediante no se apagará jamás.

Adelante con la gracia de Dios Omnipotente y la protección de la que es fuerte como un ejército en batalla.

La Virgen de las Angustias inspire y fortalezca á mis amadísimos granadinos.

 Dios guarde á usted muchos años.
—Vinaroz 10 de Abril 1910.
JOSE, Arzobispo de Granada.»

La Verdad. Granada, 21/04/1910

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