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jueves, 27 de diciembre de 2018

El médico y periodista católico José Fernández Martínez

José María Fernández Martínez
(Alcudia de Guadix, 1848-Baza, 1928)
Fotografía tomada de Myheritage
Tal día como hoy hace exactamente 80 años, el 27 de diciembre de 1928, fallecía en Baza, confortado con los Santos Sacramentos y la bendición de Su Santidad, don José Fernández Martínez, doctor en Medicina y Cirugía y Terciario franciscano.

Su obra Armonía entre los hechos verdaderos y la verdadera ciencia dictamen sobre la epidemia española de 1885 lo definía como Alumno premiado en oposición con el Accesit, en la asignatura de Patología quirúrgica, con el Premio ordinario en las de Terapéutica, Materia médica, Arte de recetar, Obstetricia, Enfermedades especiales de la mujer y de los niños, Clínica médica, Primer curso, Clínica quirúrgica segundo curso, y Clínica médica, segundo curso, y con el Premio estraordinario del grado de Licenciado en la Facultad de Medicina y Cirugía de la Universidad de Granada.

Católico a macha martillo, batalló en las filas del Tradicionalismo integrista sin ceder un ápice en cuanto significó la defensa de la Religión y de las santas tradiciones españolas.

Fundó en Granada y dirigió con gran acierto y competencia un periódico que se llamó El Triunfo y en el que luchó con gran tesón contra el liberalismo, que por aquellas calendas ya empezaba a invadirlo todo y filtrarse en todo.

Con la muerte del señor Fernández Martínez perdió la causa católica un gran adalid, pues aunque anciano, que al morir contaba ochenta años de edad, siempre estuvo en la brecha, dispuesto al sacrificio por la causa de Dios. Su fallecimiento causó general sentimiento entre los que le conocían y trataban, pues a sus excelentes cualidades de cultura y saber unía un carácter afable que le granjeó el respeto de todos.

De haber vivido pocos años más, habría llegado a ver el gran resurgir de la bandera de «Dios, Patria y Rey», con el retorno a la casa común del Tradicionalismo de la Comunión integrista en la que militaba, que se había separado del legitimismo carlista en 1888, si bien mantuvo la ortodoxia en el resto de los principios y desde 1906 actuó en estrecha alianza con la Comunión carlista.

Recibieron el pésame del diario integrista madrileño El Siglo Futuro su esposa doña Dolores Funes Yagüez; y sus hijos María de las Angustias, Torcuato Francisco, Juan y Antonia María. *

El Ayuntamiento de Granada dedicaría una calle a tan insigne médico y periodista, merecimiento que también recibió su compañero de prensa, el veterano carlista don Francisco Guerrero Vílchez, todo un héroe y adalid del tradicionalismo de quien ya hablamos en entradas anteriores.

Calle Periodista José Fernández Martínez en Granada

Como buen católico español, en 1893 se sumó a las protestas generales contra las actuaciones que pretendían romper la centenaria unidad católica de España, enviando al director de El Siglo Futuro, la siguiente carta:

Sr. D. Ramón Nocedal 
    Muy señor mío, de mi mayor consideracion: 
Apresúrome á unir mi protesta á las ya hechas por la construccion y posible apertura del templo protestante en la capital de la nacion. Hechos tales son un reto audazmente lanzado contra Jesucristo y su Iglesia, é implican, más que una ofensa á los sentimientos católicos del pueblo español, una acusacion de complicidad de estos mismos sentimientos contra la soberanía social de Jesucristo. 
    Sí, el pueblo español, que no ha tolerado, tolera, ni tolerará, que se le quite ó niege el calificativo de católico, aun á trueque de dejar cobarde ó traidoramente le hagan girones la bandera del Catolicismo, debe tener esculpidas en su corazon las palabras del inmortal Pio IX, cuando decia: «Llámese á las cosas por su propio nombre.» 
    Y si es católico, si quiere que tal se le llame, y que por tal se le tenga, obre como tal, siempre y en todas partes, en toda ocasion y forma, sin respetos indebidos y sin pueriles temores; y si no lo es, si sus obras lo contradicen, ya porque tolere bajo mentidas hipótesis imposiciones denigrantes, ya porque consienta bajo falaces y ambíguas leyes lo que su conciencia rechaza, lo que á su dignidad se opone, y lo que á su honor mancha, deje en buen hora se lleven el calificativo de católico para otra nacion ú otros hombres de más viriles energías, y que no ya con palabras, sino con obras, et ex tota mente tua, et ex toto corde tuo, et ex tota anima tua, ame á su Dios y lo defienda, ame á su Iglesia santa y por ella dé la vida. 
    Pues el pueblo español, á no ser así, convencido, como dice un adagio vulgar, de que «el hábito no hace al monge,» debe persuadirse, llámese ó no, téngasele ó no por católico, que sólo lo será de hecho, si pelea legítimamente; mas si los oportunismos del dia, los realismos de la época, ó los malquistamientos del siglo le llevan y hacen obrar en derrotero opuesto, ó le conservan, al ménos, en su indisculpable y vergonzosa inaccion, sepa, sin género de duda, que sobre su frente, manchada siempre con la construccion, y ojalá no apertura del templo protestante, y sobre su corazon envilecido con la tolerancia infausta y estemporánea del art. 11 de la Constitucion, llevará grabada aquella sublime sentencia de la Verdad Eterna: Qui non est mecum, contra me est
    Baza, 17 de Enero de 1893. 
        JOSÉ FERNANDEZ MARTINEZ,
            Dr. en Medicina y Cirujía.

* Información tomada en su mayor parte de El Siglo Futuro (31 de diciembre 1928)

sábado, 1 de abril de 2017

CX aniversario de Ramón Nocedal y Romea

Ramón Nocedal Romea (Madrid, 1842-1907)
Pocas veces será tan aplicable y exacto el conocido dicho de «de tal palo tal astilla» como en el caso, y valga la aplicación, de Ramón Nocedal. Hijo de don Cándido Nocedal, el gigantesco político y gran orador que durante varios años, y hasta su muerte, rigiera el partido carlista, no puede extrañar que heredara las excelsas cualidades que en tan elevado grado brillaran en su padre. Tuvo buena escuela y supo sacar provecho de ella.

Formado en el culto de la verdad religiosa y en el amor de los principios tradicionales, comenzó su experiencia política al lado de su padre, en la brillante minoría tradicionalista que él acaudillara en las Cortes de 1871. Ajenos estaban los prohombres de los partidos liberales que se turnaban en el juego del poder, cuando eran incesantemente fustigados por el verbo irresistible y la poderosa argumentación de don Cándido Nocedal, que éste habría de supervivirse de forma tan adecuada y exacta en el terreno de la lucha política.

Murió don Cándido, pero si el enemigo equivocadamente respiró a su muerte, poco le duró el respiro. Porque con la muerte de don Cándido Nocedal no calló su voz, ni mucho menos murieron las doctrinas y principios que tan celosamente defendió en vida. En el progreso hereditario que, como tan acertadamente la definiera Mella, es la Tradición, poco importa la contingencia y brevedad de una vida. Los hombres mueren, pero los principios viven, y por encima de las contingencias personales, el caudaloso río de la Tradición española sigue y seguirá su curso, fluyendo intacto e incontaminado, cada día más limpio y clarificado, hasta el fin de los tiempos, cuyo secreto profundo sólo Dios posee.

Pero si la Tradición no muere, porque es historia viva que arranca del pasado, se perfecciona en el presente y prolonga en el futuro, cabría que una generación infiel —revolucionaria— tratara y aun consiguiera romper momentáneamente su fluir histórico, abandonando su servicio y traicionando con una sustitución,, a base de doctrinas exóticas y heterodoxas, al ser del país que ella constituye. Esto intentó hacer el liberalismo en España y esto fue lo que ni siquiera momentánea ni circunstancilamente consiguió. Porque la Tradición española, aunque traicionada por unos y abandonada por otros, no quedó rota ni falta de seguidores y defensores. El Carlismo la recogió y, haciéndose depositario de ella, la defendió contra doctrinas extrañas y la conservó al día, perfeccionándola con el talento de sus hombres y fecundándola con la sangre de sus mártires, para esperanza y salvación de España.

Pero si la Tradición española encontró en el Carlismo el eslabón preciso para no romperse ni perderse, si gracias a él ha podido guardarse su esencia y continuarse ininterrumpidamente su desarrollo histórico, merece señalarse, dentro de ella, esa supervivencia personal que he indicado al referirme a la muerte de don Cándido Nocedal.


Si las doctrinas tradicionales no murieron porque no podían morir, y ahí estaba el partido carlista para evitarlo, tampoco desapareció del panorama político español, a su muerte, la egregia figura de don Cándido.

Su voz no calló. Esa voz que provocara crisis en los gobiernos liberales y que tan valientemente atacara sus errores y extravíos, continuó resonando, en el Parlamento unas veces, y en los campos y ciudades de España otras, porque otro Nocedal, hechura fiel del primero, continuó, continua y constantemente, encargado de que no se apagaran sus ecos.

Cándido y Ramón Nocedal, dos nombres y un solo apellido, al servicio de un mismo Ideal. Y en esta fusión de personalidades y de ejecutorias en el cumplimiento de una misma y sagrada tarea, está contenido cuanto en explicación y elogio de ambos pueda decirse. Pues para ninguno de ellos cabe mayor elogio que el decir sencillamente que fue padre de tal hijo e hijo de tal padre.

Cándido Nocedal y Rodríguez de la Flor 
(La Coruña, 1821 - Madrid, 1885)

Con lo anterior queda ya implícitamente dicho que Ramón Nocedal y Romea dedicó su vida entera y exclusivamente al servicio de los ideales tradicionalistas que su padre le inculcara y defendiera.

Por ellos renunció a honores, posibilidades sociales y políticas, aficiones particulares y satisfacciones personales. Por ellos también sufrió toda clase de persecuciones y padeció afrentas, intrigas, calumnias e injusticias continuadas. No interesa su inventario, pero sí destacar cómo, en medio de ese mar de adversidades, permaneció siempre entero, erguido y firme, sin claudicar ni acobardarse, clamando incesantemente la verdad y luchando en su defensa hasta llegar a ser un ejemplo digno de ser seguido por las generaciones venideras.


Sus dotes personales eran verdaderamente extraordinarias. Poseía un gran talento histórico-crítico y una maravillosa capacidad de síntesis, evidenciadas en sus apuntes y escritos históricos, y constantemente presentes en sus discursos políticos.

Como orador, sorprenden su facilidad y elocuencia. Hablaba con sencillez cuando de cuestiones sencillas se trataba, y con gran calor, vehemencia y entusiasmo, cuando se proponía llevar al auditorio la fe en sus convicciones y creencias. Y siempre, con gran claridad y elegancia.

En todos sus escritos y discursos se manifiesta una lógica férrea, aguda y sutil. Sus razonamientos son siempre claros y sólidos: acorrala al adversario y le reduce a la impotencia descubriendo sus puntos débiles con fina perspicacia y asestando en ellos los golpes irresistibles de sus argumentos. Esto le hacía un polemista terrible y peligroso, tanto más, cuanto que a su perspicacia y dialéctica razonadora se unían una fina ironía y una profunda intención para confundir al enemigo y ponerle en evidencia.

Contestaba las interrupciones parlamentarias con gran serenidad y frases concisas. Profundo, ardoroso y acometedor siempre, conforme fue adquiriendo experiencia sus magníficas dotes se fueron perfeccionando hasta hacerse un orador intencionado, experto, extraordinariamente eficaz y mortífero en los ataques, a la par que cauto para no dejarse envolver ni caer en las trampas dialécticas de sus enemigos. Esto le hizo brillar con luz propia en Parlamentos en los que figuraban oradores de la talla de Cánovas, Canalejas, Salmerón, Silvela, Sagasta y Maura, con los cuales contendió ventajosamente en innúmeras ocasiones.

Cualidad suya permanente fue la de ser siempre correcto y prudente, aun en sus más claras y duras intervenciones parlamentarias. Respetuoso con las personas, supo siempre decirles las verdades precisas sin ofenderlas y jamás transigió con sus errores, ni con las doctrinas revolucionarias, las defendiera quien las defendiera.


Fundó, con la cooperación de su padre, «El Siglo Futuro» y continuó en el Parlamento varias campañas que él iniciara. Poseedor de una solidísima formación religiosa y política, se constituyó en incansable defensor de los vejados derechos de la Iglesia y de las doctrinas tradicionales españolas.

Motivo constante de sus actuaciones fueron la crítica de las medidas antirreligiosas y antitradicionales de los gobiernos liberales, y continuamente, con fe de iluminado y valentía heroica, expuso ante auditorios muchas veces hostiles y enemigos las verdades salvadoras que él había recogido de la religión católica y de la tradición española. Como dice don Agustín González de Amezúa en el prólogo a uno de los volúmenes de sus «Obras Completas» por él recopiladas, podrá haber sido llamado con toda justicia «procurador en Cortes por la Iglesia». Y las campañas políticas hicieron a su vez de él el más genuino defensor de los fueros y libertades de las sociedades infrasoberanas.


Mucho se ha especulado sobre los acontecimientos que le colocaron fuera de la disciplina carlista y le llevaron a fundar el Partido Católico Nacional, más corrientemente conocido por «integrista», en el que continuó defendiendo, en todos los campos, los principios tradicionales y las doctrinas que recibiera de su padre y del partido carlista.

No interesa ahondar en esta cuestión, zanjada ya por el tiempo, con la natural fusión y vuelta del integrismo a la Comunión Tradicionalista. Por encima de hechos lamentables y de contingencias circunstanciales, carlismo e integrismo lucharon por los mismos principios y contribuyeron a salvar las mismas doctrinas y, desaparecidas las causas que determinaron su separación, se encontraron otra vez juntos en la misma disciplina. Cabe, pues, olvidar esta riña de hermanos, y a la luz de la doctrina, que es lo eterno, por encima de los hechos accidentales, considerar a Ramón Nocedal, ahora, en 1951, como un tradicionalista carlista de siempre, y de los que, de forma destacada, han contribuido en grado máximo a la salvación de la Tradición española y a este vigor actual del Carlismo español, tan magníficamente evidenciado en el florecer de boinas rojas de 1936.

Con este criterio he preparado esta antología y por eso, bajo el epígrafe de «Carlismo», figuran unos textos que, si directamente se refieren al partido integrista, por su sentido y alcance convienen también exactamente al Carlismo, y sobre él habrían sido pronunciadas por s autor de no haberse producido los acontecimientos que determinaron el nacimiento del Partido Católico Nacional.


El pensamiento de Ramón Nocedal fue rico en concepciones y exacto en su expresión. Con intuición profunda descubrió las raíces de los males que aquejaban a España y con claridad meridiana, y con machacona insistencia, expuso las soluciones a ellos. Sus palabras —así cuando anunció la muerte de los partidos liberales y la ruina a que llevarían a España—, muchas veces resultaron proféticas. Y siempre, claras y luminosas para calar en el alma de España y guiar los pasos de quienes buscan la verdad política. Por eso, a los cuarenta y cuatro años de su muerte, conservan todo su interés y viva actualidad y serán, sin duda, sumamente provechosas para los lectores actuales que se preocupan por los problemas políticos.


Del preliminar de la Antología de Ramón Nocedal Romea, preparada por Jaime de Carlos Gómez-Rodulfo, Editorial Tradicionalista, Madrid 1952, pp. 7-14.

viernes, 15 de mayo de 2015

La Jerarquía de la Iglesia y el tradicionalismo político

Aunque la Jerarquía de la Iglesia Católica no admitió jamás conciliación alguna con las distintas corrientes liberales en materia doctrinal hasta, al menos, el pastoral Concilio Vaticano II, no cabe duda de que buena parte de los obispos españoles, ya desde la primera derrota militar carlista, se avino a componendas en materia política.

El tiempo y la actual crisis sin paliativos de la Iglesia y de la Civilización han dado la razón a quienes hace un siglo seguían empeñados en que la fe, la moral y las buenas costumbres no podrían sobrevivir a la larga en un sistema hijo de la Revolución de 1789.

Quién sabe cuál sería hoy la situación de España, de la Iglesia y de toda la antigua Cristiandad si, desde el principio, la Jerarquía católica, consciente de que contaba con el apoyo sin fisuras de la mayor parte del pueblo fiel, hubiese sido más previsora del colosal desastre que se avecinaba (y padecemos hoy) y no hubiese abandonado jamás el espíritu de Cruzada.

Nos parece apropiado a este respecto incorporar un breve texto de Francisco José Fernánez de la Cigoña sobre la relación entre los obispos y los dos partidos tradicionalistas antiliberales –carlista e integrista– a finales del siglo XIX. Después del artículo insertamos también la grabación de una interesante conferencia de este mismo autor sobre la Iglesia y el Carlismo durante el siglo XIX que tuvo lugar con motivo de los 175 años del Carlismo.

Fco. José Fdez. de la Cigoña

Extracto de LOS OBISPOS ESPAÑOLES DEL SIGLO XIX 
por Fco. José Fernández de la Cigoña

El catolicismo hispano estuvo dividido en los dos últimos tercios del siglo XIX. Al principio entre carlistas e isabelinos. No cabe duda de que al iniciarse la contienda la inmensa mayoría de los católicos, es decir, del pueblo español, simpatizaba con las ideas de don Carlos. Pero la localización en pequeñas áreas del territorio nacional del dominio carlista, la prolongación de la guerra, la necesidad de vivir como católicos en unos lugares que pronto se vio que el Pretendiente no iba a conquistar, el advenimiento de los moderados que firmaron el Concordato de 1851 con la Santa Sede, nombraron obispos y cicatrizaron espantosas heridas que la Iglesia habían recibido, el indudable catolicismo de la reina, el P. Claret, sor Patrocinio y hasta el P. Fulgencio y otras causas que sería prolijo enumerar, hicieron que con el tiempo muchos buenos católicos se sintieran cómodos, o no demasiado a disgusto, con Isabel II. Y el Papa, que era nada menos que Pío IX, también. Y en ocasiones hasta agradecido. Al menos con los gobiernos moderados. El ejército español ayudándole a recuperar los Estados Pontificios, la Rosa de oro, papales apadrinamientos..., contribuían a hacer más fluidas las relaciones de un importante sector del catolicismo español, más importante sobre todo por la calidad que por la cantidad, con Isabel II.

La revolución de 1868 cambió la situación e hizo renacer las esperanzas carlistas que entonces personificaba el rey de la barba florida, Carlos VII, nieto de Don Carlos, que de nuevo se lanzó al combate por una causa que seguía teniendo, como la de su abuelo, profundas connotaciones religiosas. La situación revolucionaria y anticatólica hizo que se pasaran al carlismo notables personalidades que habían estado con Isabel II: Cándido Nocedal, Aparisi y Guijarro, González Bravo... Pero una vez más la suerte de las armas les fue adversa y otras concausas hicieron imposible el triunfo. Muchos católicos se sintieron aliviados con la restauración alfonsina y se desentendieron del nuevo Pretendiente. Y la mayor parte de los obispos, nombrados por Isabel II y por Alfonso XII, también.

Sin embargo, la mayoría del catolicismo español seguía viendo en el nuevo régimen la consolidación de los principios liberales, reprobados por Pío IX en el Syllabus y se mantenía alejada de las disputas políticas, dejando en precaria situación a los moderados que ahora se habían convertido en conservadores. La ruptura de la unidad católica por Cánovas en la Constitución de 1876 no contribuyó a acercar a esos sectores, todavía mayoritarios, a la situación, aunque tal vez permitiera la integración en el sistema de los más moderados de los progresistas, acaudillados por Sagasta.

Ante esta situación, Alejandro Pidal y Mon, hijo y sobrino de dos personalidades del régimen isabelino, que se había opuesto denodadamente a la ruptura de la unidad católica, pensó que si esa gran mayoría de españoles, incondicionales sobre todo de su religión, se integrasen en el sistema, el poder estaba garantizado, la Iglesia segura y la patria salvada. E hizo su famoso llamamiento a las honradas masas carlistas (125). Todo terminó en una espantosa división en la que todos tuvieron su parte de culpa.

Carlistas y pidalistas primero y después, escindido el carlismo por la marcha de Ramón Nocedal, que tenía tras sí a una gran mayoría del clero español, carlistas, pidalistas e integristas, perdieron, en feroces luchas fratricidas, unos esfuerzos que, dirigidos contra los enemigos de la Iglesia, hubieran obtenido resonantes triunfos. A nuestro modo de ver todos tenían razón en parte y ninguno por entero. Si a eso se añade que la fórmula de Pidal era muy grata al nuevo Pontífice León XIII, pues reproducía su famoso ralliement pero con una situación política muchos menos adversa a la Iglesia, es fácilmente comprensible que Ramón Nocedal, el implacable enemigo de la componenda y el defensor de los derechos maximalistas de la Iglesia, fuera un molesto compañero de viaje. Bizarro paladín del catolicismo fue abandonado por la jerarquía de una Iglesia a la que había entregado todo y a la que quería colocar por encima de todo. Y decimos de la jerarquía porque una gran parte del clero le fue fiel hasta el final, pese a reiteradas advertencias de los obispos. [...] Tal vez fuera un personaje de cruzadas en época en que se querían componendas. Y él no sabía de ellas aunque esas componendas pudieran ser buenas para la religión.

Roma multiplicaba recomendaciones, primero privadas y luego públicas y todas sesgadas en favor de una de las opciones que tenía en León XIII y Rampolla, este último, tanto como nuncio en Madrid como después en su cargo de cardenal Secretario de Estado, dos firmes valedores. Nocedal desvirtuaba las advertencias con habilidades de notabilísima inteligencia. Pero los obispos estaban ya hartos de este seglar que mandaba en sus diócesis más que ellos pues la mayor parte del clero le seguía, a través de su periódico El Siglo Futuro, como a un oráculo. [...]

La prensa de cada una de las tres tendencias había sido el palenque donde habían competido, más que contra los adversarios de la religión contra los católicos de otro bando, quienes representaban las diversas tendencias del catolicismo español. Para los integristas, los católicos alfonsinos eran liberales y por tanto, en base a lecturas maximalistas de textos de Pío IX, no eran católicos. Para los pidalistas, que se veían expulsados de la Iglesia por obispos de levita, Nocedal y los suyos eran cismáticos que no obedecían al Papa. Aunque ellos tampoco obedecieran cuando el Papa ordenaba silencio y caridad. Y para los carlistas, que veían en los integristas unos traidores y en los mestizos unos enemigos dinásticos, era fácil regocijarse con las heridas que los otros se causaban entre sí y contribuir a su vez a repartir mandobles a diestro y siniestro. Los obispos decidieron tomar la iniciativa y llevaron al Congreso Católico de Burgos una propuesta de actuación que, asumiendo prácticamente todos los postulados integristas los desvinculaban del partido. [...]

Las Bases estaban en el más puro espíritu del ralliement. Unámonos para defender la religión y dejemos las preferencias políticas para cuando los intereses de la Iglesia no estén comprometidos (128), aunque en ellas se contenía otra andanada antiintegrista, en la que no carecían de cierta razón los obispos (129). El Programa, en cambio, satisfaría las reivindicaciones de Nocedal (130), al menos en gran parte.

(125) FERNÁNDEZ DE LA CIGOÑA, FRANCISCO JOSÉ: «El pensamiento contrarrevolucionario español: La Unión Católica», en Verbo, núm. 193 - 194, 1981; passim.
(126) Revista Eclesiástica, V, Valladolid, 1899, pág. 194.
(127) Revista Eclesiástica, V, Valladolid, 1899, pág. 194.
(128) Revista Eclesiástica, V, Valladolid, 1899, pág. 195.
(129) Revista Eclesiástica, V, Valladolid, 1899, pág. 196.
(130) Revista Eclesiástica, V, Valladolid, 1899, págs. 197-198.


FERNÁNDEZ DE LA CIGOÑA, FRANCISCO JOSÉ: «Los obispos españoles del siglo XIX. Diócesis de Almería», en Verbo, núm. 347 - 348; págs 783-810.



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