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miércoles, 20 de enero de 2021

Valores tradicionales: Crónica de una saga de maestros

Hemos recibido el interesante libro «Valores tradicionales: Crónica de una saga de maestros» (Penguin Random House, 2020, 449 págs.), por Carlos Font Guerrero, recientemente a la venta en papel y en formato digital. Su autor, maestro jubilado, ha tenido la amabilidad de regalarnos dos ejemplares, uno de ellos para uso y disfrute de los integrantes del Círculo Tradicionalista de Granada «General Carlos Calderón». 

Aunque su título no permita intuirlo, buena parte de la obra se dedica a narrar con todo detalle y en más de cien páginas (del capítulo 20 al 35) las andanzas carlistas del cordobés de nacimiento y granadino de adopción Carlos Cruz Rodríguez, bisabuelo del autor. Y lo hace de forma en parte novelada, pero bien documentada, con muchos textos originales y un rigor histórico que suele echarse en falta en no pocos historiadores que tocan el tema de la Santa Causa. Estas páginas darían perfectamente para un libro aparte, pero Carlos Font ha estimado oportuno incluirlas junto con la historia de sus otros ascendientes, íntimamente ligada a la de España y sus guerras intestinas, desde la de 1833-1840 hasta la de 1936-1939. 

A través de los textos que dejó escritos –y que se reproducen en el libro–, Font ha podido recrear la actuación política y militar de su bisabuelo, que es la parte que más nos interesa. Carlos Cruz estudiaba magisterio en Granada cuando sobrevino a España la desastrosa revolución de Septiembre de 1868, cuyos excesos permitieron el resurgir del carlismo. Él mismo cuenta cómo constituyó la Junta carlista de Belicena y cómo en 1872 colaboró al triunfo de la candidatura como diputado a Cortes por Santa Fe de su correligionario y amigo Carlos Calderón y Vasco, de quien tanto hemos hablado en otras ocasiones. Al igual que Calderón, Cruz tomó parte poco después en la tercera guerra carlista; en 1873 acaudilló incluso una de las tres partidas carlistas que se alzaron en la provincia de Granada y, tras esta peripecia tan poco conocida, marchó al Norte, combatiendo a las órdenes del General Ollo y padeciendo después la emigración. 

La lectura de este libro, especialmente de los fragmentos autobiográficos de Carlos Cruz Rodríguez, nos ha recordado mucho a otro titulado «Recuerdos de un carlista andaluz (un cruzado de la causa)» (1982) sobre los hechos no menos heroicos en esa misma guerra del alcalaíno Rufino Peinado, a cuyos descendientes tuvimos también ocasión de conocer hace cosa de año y medio. 

Como única nota negativa –sin desmerecer por ello el conjunto– hemos de advertir que en su epílogo Font hace un alegato en favor de la democracia liberal y pinta las guerras carlistas y la Cruzada de Liberación (que él no llama así, evidentemente) como luchas fratricidas causantes del retraso de España. Pero este análisis, que está en plena consonancia con la historiografía oficial, se olvida de Napoleón, de Bolívar, de Riego, de la acción de las logias masónicas, de las matanzas de frailes, de las desamortizaciones, de las quemas de iglesias, de los incesantes pronunciamientos liberales, de los cantonalistas, de los filibusteros, de los yankees, de Abd el-Krim, de la Semana Trágica, del terrorismo anarquista, de las huelgas violentas, de los separatismos, de la injerencia de Stalin en nuestra patria y de un largo etcétera en que nada tuvo que ver el carlismo, salvo por el hecho de querer poner remedio a todo ello. 

Y es que los carlistas, que amamos profundamente a España, la hemos deseado ver en todo momento próspera y en paz, alejada de las convulsiones que a la larga acarrea siempre el sistema demoliberal, pues éste, al negar la autoridad de Dios sobre la sociedad entera, elimina todo principio de orden y autoridad. Y aunque las nuevas pedagogías no incidan en ello, las consecuencias de esta pérdida de autoridad las sienten como nadie los maestros. 

miércoles, 30 de octubre de 2019

Ellos y nosotros (historia del carlismo y del liberalismo en pocas líneas)

ELLOS Y NOSOTROS 

HAGAMOS HISTORIA 

Calumnia que algo queda, era la máxima de Voltaire a sus secuaces. Y se conoce que los liberales son sus aprovechados discípulos; no olvidan nunca el consejo de su maestro. Un periódico ha preguntado al Gobierno:

«¿Sabe la autoridad algo de la organización militar que en Estella y otros centros donde domina el carlismo están llevando a cabo con el objeto de defender a un Dios que nadie ofende, a una Patria que no es la suya, y a un Rey que jamás lo será?»

Se necesita frescura para combatir todavía al carlismo los que nos han traído las siete plagas de Egipto elevadas a la quinta potencia. Analicemos el gracioso parrafito con la imparcialidad que el caso requiere. A Dios se le ofende en las calles, blasfemando su santo Nombre, sin que la autoridad lo prohiba; cinismo que agrava más y más la ofensa inferida: ya ve el periódico liberal que miente como un bellaco al afirmar que no se le ofende.

«Una Patria que no es la suya»; pues, alma mía, ¿acaso hemos nacido los carlistas en las Batuecas? Si mientras más tiempo se posee una cosa, mayor derecho hay a su posesión, veamos de quién es esta Patria.

Nacimos con Recaredo y asistimos a los concilios de Toledo, aquellas famosas asambleas religioso-políticas en las que se formaban leyes sabias y justas que constituyeron la verdadera nacionalidad española (589).
«Esta es la bandera heredada de mi padre».
Grabado de 1875 (fuente)

Sostuvimos la monarquía goda hasta que Rodrigo la hizo imposible, acompañándole después a la batalla del Guadalete (711): allí se determinó una división funesta e inevitable; los traidores y perjuros desertaron con el conde D. Julián y D. Opas, presentándose a Tarif para hundir el puñal agareno en las entrañas de la Patria...

Nosotros quedamos sin Rey ni Caudillo, pero agrupados en torno de nuestra gloriosa bandera marchamos a Asturias, y en las asperezas del monte Auseba alzamos un Príncipe y constituimos un reino: Pelayo nos dirigió en Covadonga, cuya gruta fue a la vez templo, alcázar y fuerte (718).

Vencimos en Roncesvalles a la flor y nata de los caballeros franceses; y en Clavijo nos batimos a las órdenes de Santiago el Mayor, aunque los autores liberales consideren su aparición fabulosa. A las órdenes de Alfonso VIII peleamos en las Navas de Tolosa, derrotando a los moros de España, que unidos a los leones africanos mandaba Miramamolín.

Nos apoderamos de Córdoba y Sevilla con san Fernando y Garci-Perez de Vargas. Y en la vega de Granada presenciamos el desafío de Atarfe, triunfando el Ave María colocada sobre la poderosa lanza de Garcilaso de la Vega, y entrando después en la Corte de Boabdil, la poética ciudad de los cármenes, llamada por nuestros historiadores la sultana de las mil torres.

Embarcados con Colón en frágiles embarcaciones descubrimos un mundo nuevo, conquistándolo después con Cortés en las batallas de Otumba y Tlascala, y con Pizarro y Almagro en las llanuras del Perú, o en la formidable cordillera de los Andes.

Bajo el imperio de Carlos I vencimos en Pavía, en cuya batalla aprisionamos al Monarca francés y dominamos a Italia. Y Felipe II nos admiró en Lepanto y en Flandes guiados por D. Juan de Austria y el duque de Alba.

Más tarde, en 1808, el coloso del siglo y dueño absoluto de Europa pretendió dominarnos, y ese gigante murió en la isla de Santa Elena, vencido y derrotado por unos cuantos paisanos, dispuestos siempre a luchar por su Dios, por su Patria y por su Rey.

Esta es nuestra historia. Veamos el origen del liberalismo.

Nació en las Cortes de Cádiz, aquella tumultuosa asamblea que aprisionó a su Rey cuando salía de las garras de Napoleón, teniendo que venir 100.000 franceses a libertarlo. Amargaron los últimos instantes de su vida, forzándole a quebrantar las leyes seculares de España y dejando a su patria sumida en una guerra civil, protegiendo al parecer los supuestos derechos de una niña, que después se encargaron de corromper para más fácil destronarla.

Ayudaron a Espartero (el héroe de Ayacucho) a expulsar a la regente M.ª Cristina de España, señora a quien el General y sus prosélitos debían cuanto eran. Y al poco tiempo estos mismos héroes arrojaban a Espartero de la regencia, marchando éste a Londres, donde pocos años antes habíase refugiado su augusta víctima.

Revoluciones sin cuento y motines sin fin ensangrentaron el suelo de la Patria cuando nos pronosticaron, al abrazarse en Vergara al traidor Maroto, que se abría un horizonte de paz y de ventura. Y vino la guerra de África que pudo ser gloriosa, como la llamamos todos por puro patriotismo, resultando mucha sangre vertida, perdido el terreno conquistado, y 400 millones de ochavos morunos pagados no sé en cuántos plazos.

Teniendo presente el testamento de Isabel la Católica y los patrióticos deseos de Cisneros, como asimismo la creencia y el derecho que asiste al pueblo español de extender su territorio por Marruecos, cuyas plazas conserva, el emperador Napoleón III, el conde de Montemolin seguido del partido carlista, algunos generales y ministros secundando las órdenes de Isabel II y su esposo, y la emperatriz Eugenia, que como española le halagaba el engrandecimiento de su patria, a la par que Napoleón veía en la posesión de España inutilizada la ambición de Inglaterra respecto del imperio Marroquí, se formó el proyecto de proclamar a Carlos VI rey de España, cuyo ánimo esforzado, auxiliado de su valiente partido, conquistaría el territorio que se extiende desde Ceuta al Atlas y desde las orillas de Argel al Atlántico.

Tan vasto pensamiento embargó por el pronto y entusiasmó a sus autores, pero se arrepintieron de hacer algo grande quienes no habían nacido más que para arrebatarse el presupuesto. Habiendo iniciado el movimiento en San Carlos de la Rápita el general Ortega, capitán general de las Baleares, creyóse preciso fusilarle para justificar que era una insurrección y no un golpe de Estado preparado por el mismo poder.

Tuvieron ocasión de hacer algo grande, y no lo hicieron. Pospusieron su ambición particular, mezcla de egoísmo y pequeñez, y España dejó sus hijos sacrificados cubriendo los campos de África, y quedamos todos tan satisfechos.

Al grito de Viva España con honra se hizo la revolución de Septiembre, arrojando del trono a Isabel II, derramando tanta sangre al destituirla como habían derramado al proclamarla, y acusándola de no sé qué crímenes, como no fuera el de haberles sostenido en el poder, como su desgraciada madre.

Esta es la historia del liberalismo, corta, pero aprovechada: imposible parece que en tan poco tiempo se haga tanto daño, como no se esté dispuesto a hacerlo. Después, la vergüenza de Melilla y los desaciertos de Cuba completan el cuadro de desventuras que llueve sobre esta Nación infortunada.

«En cuanto a un Rey que jamás lo será», si los carlistas no estuviesen convencidos del triunfo de ese Rey, bastaría apreciar el odio con que dan la noticia y el deseo de precipitar al Gobierno en el camino de las persecuciones, para convencernos de la certeza que abrigamos cada vez mayor del advenimiento del carlismo. Las causas perdidas y los enemigos débiles causan lástima o desprecio, pero nunca odio.

CARLOS CRUZ RODRÍGUEZ


Extraído de: «Ellos y nosotros». Biblioteca Popular Carlista. Tomo VIII, febrero de 1896, páginas 16-19.

domingo, 20 de octubre de 2019

La emigración: impresiones (por un carlista granadino exiliado en 1876)

LA EMIGRACIÓN

Impresiones
Cuadro: «Emigración carlista»
Por el emigrado José Rodriguez Gil. Orléans 1876. Fuente

Hay amarguras en la vida, crisis terribles que el hombre no podría soportar si Dios no viniese en su ayuda. Decía un compañero mío de destierro: «Oye la historia do un carlista, y verás en ella la de un mártir».

El político que se afilia a un partido, presta su influencia en bien de él, y toma parte en la acción legal solamente a cambio de la prosperidad y de los honores que pueda adquirir: ese hombre no sabe, ni puede tener idea del sacrificio.

Trasladaremos aquí el fin de mis Memorias de campaña, que ellas por sí solas patentizan el dolor que en aquellos momentos sentía.

Vi desvanecerse aquel ejército reunido a costa de tantos sacrificios; los batallones enteros entregarse al enemigo; vi de mi regimiento marchar los cuatro escuadrones enteros a Pamplona; la magnifica artillería, que tanto habíamos deseado, abandonada en el Pirineo, y a los mulos marchando solos en formación, acostumbrados a hacerlo en días más felices; busqué a mis compañeros de regimiento, me uní a ellos, y el 28 de Febrero de 1876 atravesábamos la frontera, no sin haber suspirado por la patria que perdíamos. En la línea vendimos los caballos, llegamos al primer pueblo francés, que es San Juan de Pie de Puerto, donde descansamos de nuestras últimas fatigas, y la segunda noche tomamos las diligencias que salían para Bayona, en cuya población nos presentamos al Prefecto y le pedimos nos internase en Nantes.

En esta inmensa población de 150.000 almas lo pasamos bien; obsequiados por los legitimistas, y respetados por los republicanos a causa del miedo, o mejor dicho, del respeto que el español sabe infundir en todas las naciones donde habita, solamente echábamos de menos la madre patria al oír el lenguaje gabacho, y sentir un frío glacial que helaba nuestros huesos: en la espaciosa ría del Loira andaban buques numerosos, y en sus mástiles ondeaban casi todos los pabellones del mundo: grandes fábricas de fundición, y el arsenal, donde miles de operarios se ocupaban en la construcción de buques, daban una animación extraordinaria a la ciudad. Tiene ésta una catedral gótica de poco mérito; las calles son espaciosas, particularmente la denominada Gran Calle, y la conocida por Notre Dame. También cuenta un jardín de plantas bastante extenso con numerosos invernáculos, y en el centro un laberinto en forma de montaña; unos cuantos lagos con ánades completan el adorno de aquel recreo de niñeras y solaz de soldados, pues en Francia casi no hay paseo; todo el mundo está entregado al trabajo, y el que no trabaja, rinde culto a toda clase de vicios, no dejándole tiempo de pasear. Los sábados, domingos y lunes se encontraban por las calles numerosos y civilizados franceses perdiendo el equilibrio y cayendo a impulsos del Burdeos. ¡Qué ciudadanos más dignos! merecedores son de tener derechos individuales y llamarse pueblo soberano: imagen de ese pueblo son los Gobiernos que tienen. Vivía yo con el físico del batallón de Marquina, que tenía un primo redactor de El Imparcial, y me decía: «Siempre está mi primo alabando a los franceses; ya le diré yo cuando vaya lo que he visto»; y le contesté: «Desengáñate, Manuel, los liberales alaban y alabarán siempre a los franceses a pesar de saber lo que son: de esa nación surgió el liberalismo, es su madre predilecta; lo amamantó con la sangre inocente de los infortunados monarcas Luis XVI y María Antonieta; lo educó en el crimen y en la crápula de Danton, Marat y Robespierre, aquellos ciudadanos tan liberales, que odiaban a los tiranos llevando a la guillotina a todo ciudadano sospechoso de no pensar como ellos, y privándoles hasta de la vida en uso de un derecho sumamente liberal, convirtiendo a París en un lago de sangre: después completó su educación prendiendo al Papa en tiempos de Napoleón I; después... vino Luis Felipe, el rey cochero, y lo dejó tan bien educado que surgió la Commune, y... resplandores siniestros iluminaron las calles de París; entonces los liberales se asustaban y decían: «¿Dónde vamos á parar?» Fue preciso decirles y se les dijo: «No se asusten Vds.; son los resplandores de la libertad que iluminan al mundo: deben estar orgullosos de su obra. ¡Ciudadanos canallas, en vez de hacerle frente al enemigo, se entretenían en su propia destrucción, satisfaciendo sus odios personales y manchando el poder con su ridículo mando!»

Los primeros que presentamos las solicitudes de indulto nos embarcamos el Viernes Santo a bordo del vapor Villa de París. Salimos dos jefes, trece oficiales y ciento veinte soldados; navegamos dos días y dos noches; sufrimos mucho el Sábado de Gloria; descansamos en la isla de Ré, mientras el vapor tomaba agua, y el primer día de Pascua entrábamos en la ría de Burdeos, uno de los mejores puertos de Europa. Esta ciudad, capital de la Gironda, es muy populosa; cuenta 250.000 almas, y tiene notabilidades de primer orden, entre las que descuella el gran puente sobre su ría. El ferrocarril nos trasladó de esta ciudad a Bayona, plaza fuerte de segundo orden, de allí a Irún, y por último a San Sebastián. En este punto permanecimos dos días: San Sebastián tiene buenos edificios, está en una situación deliciosa, recostada sobre el monte Jaizquivel, y lamen sus orillas las agitadas olas del Cantábrico. Provistos de hojas de embarque y pasaportes expedidos por el Brigadier Gobernador, viajamos por cuenta del Estado los jefes en 1.ª, los oficiales en 2.ª, y los soldados en 3.ª; llegamos a nuestras casas después de haber visto mucho, y tomado parte en una campaña que, si bien no proporcionó con su triunfo la paz de España, consiguió por lo menos contener al ejército que so disolvía, merced a las descabelladas teorías predicadas por hombres que hoy figuran como conservadores, y que no tendrían templos donde orar, cementerios donde conservar sus cenizas, ni derecho a los bienes que poseen, porque disuelto el ejército toda autoridad concluía, y quedábamos a merced de la canalla disfrazada de guardia nacional.

CARLOS CRUZ RODRÍGUEZ


Extraído de «La emigración», Biblioteca Popular Carlista; Tomo XXVI, agosto de 1897, páginas 44-48.

domingo, 15 de septiembre de 2019

La 2.ª batalla de Somorrostro (1874) contada por un carlista granadino

Carlos Cruz Rodríguez. Nació en Córdoba
en 1846, pero se crio en Granada, donde,
durante el Sexenio Revolucionario, organizó
juntas carlistas, algunas públicas y otras secretas.
Se ocupó en trabajos militares que, por
entonces, consistían en procurar atraer las
simpatías del Ejército hacia el carlismo.
Tras participar en la Tercera Guerra Carlista,
permanecería siempre leal a la Causa y colaboró
notablemente en la prensa tradicionalista.
Reproducimos hoy una carta inédita, cuya copia ha llegado a nuestro correo y que no nos cabe duda de que captará la atención de todos los interesados en la historia de la Santa Causa. Se trata de la misiva que remitió D. Carlos Cruz Rodríguez (bajo el seudónimo de Climaco) a su padre, Cruz Vidal Écija, desde el Campamento de Somorrostro, el 6 de marzo de 1874.

Es preciso hacer constar que D. Carlos Cruz —un carlista ejemplar lamentablemente olvidado por casi todos, como tantos otros— no era un combatiente como otro cualquiera. Él fue nada menos que el organizador de una partida carlista que se alzó en Granada en el año 1873, cuando el grueso de las fuerzas carlistas luchaban en Cataluña y sobre todo en el Norte. Allí se trasladaría para continuar la campaña. No fue el único granadino que lo hizo: en este cuaderno de bitácora han aparecido en numerosas ocasiones los nombres del Brigadier Carlos Calderón y Vasco, del Coronel Manuel Fernández de Prada o del periodista Francisco Guerrero Vílchez, todos ellos notables carlistas de Granada y combatientes en la tercera carlistada.

La carta original obra en poder del bisnieto de D. Carlos Cruz Rodríguez, colaborador nuestro, quien ha tenido la amabilidad de transcribirla y remitirnos una copia de la misma, que dice así:


Mi querido papá: habiéndole hablado á V. en mis anteriores de asuntos de familia, esta va a ser una historia detallada de la segunda batalla de Somorrostro, en la primera todo se redujo á 1.100 pérdidas por nuestra parte, y 3 ó 4.000 por las de los republicanos; pero esta formará época en el cuadro de las grandes batallas europeas, los campos de S. Juan de Somorrostro destilarán sangre y ofrecerán hierro al caminante que lo atraviese mientras el mundo exista. 
Batalla de Somorrostro 2.ª 
El día 25 de Marzo á las cinco de la mañana y cuando los cañonazos de diana avisaban que el día llegaba, se rompía el fuego por 40 cañones Krup por parte de los republicanos apoyados en Somorrostro, terreno hondo, y han contestado desde nuestras alturas por 14 cañones de montaña y 5 cañones de á 24 reforzados, al poco rato los 30.000 hombres de la república trataban de asaltar nuestros parapetos, y eran bizarramente rechazados por 20.000 voluntarios de Dios, Patria y Rey, que ametrallados por la gran artillería republicana entonaban el aurrerá (andad) á bayoneta calada y les hacían huir á sus guaridas: la línea de batalla se extiende por parte nuestra desde el Montaño, cerro sobre el mar cerca de Portugalete, hasta Sopuerta, formando una herradura dentro de la cual está lo más florido de la República. El Exmo. Sr. General Ollo conde de Somorrostro guardaba con Radica y Bérriz brigadieres al Montaño, Sanfuentes y S. Pedro Abanto, los generales Lizarraga y Cevallos guardaban el centro en las alturas de Alonsótegui y Galdámez, Velasco y Mending con castellanos y alaveses las alturas de Sopuerta, mientras que el intrépido Navarrete guarda la retaguardia en Villaverde y á las inmediaciones de Castro Urdiales, retaguardia del ejército republicano 
El fuego horroroso duró tres días completos en los cuales hubo bajas: carlistas de 2.000 a 2.500 entre muertos y heridos, y el ejército republicano unas 6.000 proximamente, entre ellos Primo de Ribera, por los soldados parados, muerto, y Loma mal herido con dos brigadieres. Después cesó el fuego 3 días para recoger los muertos que en grandes hogueras han sido quemados, en estos días de parlamento han llamado Serrano y Topete á nuestros generales y han pasado algún rato juntos, Serrano le regaló a D. Diego Villadarias una caja de puros; estos parlamentos han durado miércoles, jueves y viernes santo sin tirar, el sábado y hoy domingo hemos seguido reunidos, y hoy á pesar de estar juntos han tirado 900 cañonazos y es poco, pues diariamente hacen 2.000 disparos, la cantinera del 3º de Navarra fue ayer a visitar a Andía que es navarro y la convidó á comer con Topete y Serrano, la cual se estuvo guaseando con ellos mucho: a Calderón lo atiende mucho y hasta un día que le dieron un abrazo, pero si se figura Serrano que con abrazos de patriotismo va a conseguir algo, se equivoca, porque nuestros corazones no respiran más que sangre, venganza y exterminio contra la canalla liberal, Serrano encuentra en cada corazón carlista un muro de bronce que no los vence ni las ametralladoras, ni los cañones Krup, ni los millones. 
El domingo de Ramos á las 3 de la tarde estaban nuestros generales en Sanfuentes sentados en la plaza, cuando llegué á llevar un parte de la munición que existía á mi cargo, entonces los generales Elío y Dorregaray se levantaron y marcharon, y yo detrás á ver lo que Dorregaray disponía que era á quien yo llevaba la nota, en este momento cayó una granada en medio e hirió a Ollo, Radica, el Auditor, el secretario de Ollo y otro coronel, el héroe santo, el desgraciado conde de Somorrostro espiraba en medio de las lágrimas de todos nosotros en S. Salvador del Valle diciendo “ánimo muchachos, ¡viva el rey!”, el miércoles santo espiraba el intrépido Radica, terror de los liberales y honra de España, los otros tres viven aún. 
A Ollo (QPD) le ha reemplazado el gral D. Ramón Argonz que salió con Ollo desde el primer día y es el que ha salvado á la columna Ollo Dorregaray de caer prisioneros cuando los célebres dos ángulos. 
Mi opinión es, según veo y según oigo que se dará otra acción, quizá mañana, tan reñida como la anterior, de la cual, si nos ganan las posiciones, tenemos otras en reserva antes de Bilbao, y si no ganan creo que Serrano vende a la República y á Alfonso, como Judas á Jesucristo y se cala la boina. 
Bilbao sigue bombardeándose por 9 morteros, no quedará piedra sobre piedra. 
Esta carta es la verdad de lo que ha sucedido, el que la lea puede estar satisfecho como si lo viese. 
Climaco






jueves, 13 de diciembre de 2018

Carlos Cruz Rodríguez, combatiente y periodista carlista

Recuperamos hoy la memoria de un gran carlista andaluz que había quedado en el olvido, D. Carlos Cruz Rodríguez, de cuya existencia hemos sabido por medio de su bisnieto, que ha tenido el acierto de ponerse en contacto con nosotros, cosa que desde aquí le agradecemos.

Cordobés de nacimiento, durante el Sexenio Revolucionario D. Carlos Cruz contribuyó a la organización de la Comunión católico-monárquica en Granada, participando en el fallido alzamiento por Carlos VII que tuvo lugar en nuestra patria chica en marzo de 1873, y que él mismo narraría en 1890 (hace casi 3 años lo reprodujimos en nuestro cuaderno de bitácora). Posteriormente combatió en el Norte en las filas de la Legitimidad y, perdida la guerra, marchó al exilio con Don Carlos, hasta que pudo regresar a España.

Durante las décadas siguientes contribuyó abnegadamente a la prensa carlista, siendo corresponsal del diario carlista madrileño El Correo Español en Sevilla, y trabajó como profesor de la Escuela Católica del Sagrado Corazón de Jesús de dicha capital. Estuvo casado con Estelvina Fernández Gamboa, según leemos en el padrón de vecinos de Sevilla.

Desconocemos la fecha en que falleció D. Carlos Cruz Rodríguez, siendo la noticia más reciente que hemos encontrado de él un artículo que escribió en 1916 para la Revista de Morón, aludido en El Correo Español.

En la obra «Bocetos tradicionalistas» (1912), el Barón de Artagan (Reynaldo Brea) dejó escrita la biografía que reproducimos a continuación sobre este tradicionalista de pro que tanto hizo por la Santa Causa en Granada y en toda España.

Carlos Cruz Rodíguez (Córdoba, 1846-¿Sevilla?, ¿?)
(fotografía tomada de La Hormiga de Oro, 30-3-1907)

Nació el dio de 1846 en Córdoba; pero se crió en Granada, donde desde poco después de ser destronada Doña Isabel organizó juntas carlistas, públicas las unas y secretas las otras; se ocupó en trabajos militares que, por entonces, consistían en procurar atraer las simpatías del Ejército hacia el carlismo; y, en fin, á las órdenes de la Junta Provincial católico-monárquica de Granada, dirigiendo la de Belicena (fundada por él), contribuyó en las elecciones políticas á que el jefe carlista don Carlos Calderón fuese proclamado Diputado á Cortes por el distrito de Santa Fé.

El día 1.° de Marzo de 1873 mandó el Sr. Cruz Rodríguez una de las partidas carlistas que salieron de Granada, teniendo que retirarse todas ellas á causa de la activa persecución de que las hizo objeto el General Salamanca, Gobernador Militar de Málaga. En Julio de aquel mismo año marchó al Norte, presentándose en Puente-la-Reina al General carlista D. Nicolás Ollo, quien le destinó á la Brigada de transportes de la División de Navarra, con el empleo de Alferez de Administración Militar; sirviendo en aquel Cuerpo, asistió á la toma de Estella, Viana, Lumbier y Valcarlos, á la acción de Mañeru á la batalla de Montejurra, al combate de Velabieta, al bloqueo de Tolosa, á la conquista de Portugalete y á las memorables batallas de Somorrostro, de San Pedro Abanto y de Abárzuza.

Después sirvió D. Carlos Cruz Rodríguez sucesivamente en el Batallón de Bilbao (con el cual se encontró en la acción de Monte Gárate), en el Regimiento de Caballería de Navarra (en el que estuvo un año á las órdenes del Brigadier Zaratiegui, primeramente, y luego á las del Coronel Plana) y, por último, en el Batallón 2.° de Navarra, asistiendo con él á los combates de Palomeras de Echalar, Tres Mugas y alto del Centinela, llegando á obtener el empleo de Comisario de Guerra. Con Don Carlos de Borbón entró en Francia el día 28 de Febrero de 1876; estuvo emigrado tres meses, y al regresar á España se dedicó á ejercer la carrera de Maestro Superior.

Ha sido colaborador de El Estandarte Real, de la Biblioteca Popular Carlista, de La Carcajada y de El Nuevo Cruzado (publicaciones de Barcelona), de La Bandera Española, de Córdoba, y de El Obrero, de Granada, sufriendo en este último una denuncia el día 11 de Mayo de 1898, por la autoridad militar, á causa de haberse declarado el estado de guerra en toda la Península. Entonces fué reducido á prisión en Sevilla (su habitual residencia) y conducido por la Guardia Civil á Granada, en cuya capital permaneció hasta ser absuelto por el Consejo de Guerra en 1.° de Diciembre de aquel mismo año.

El señor de Cruz Rodríguez, que obtuvo en campaña las medallas de Montejurra, de Vizcaya y de Carlos VII, también se ha distinguido y conquistado lauros como escritor; publicó hace ya unos quince años una Geografía Militar de España, ilustrada con doce mapas; fué corresponsal literario de El Correo Español, de Madrid, desde el año 1898 hasta el de 1908; la Juventud Carlista de Manresa le honró por entonces con el nombramiento de Socio honorario; ha obtenido varios diplomas de premios en certámenes literarios, y en Mayo de 1908 fué agraciado con una Medalla de Oro con el busto de Carlos VII por su escrito titulado Influencia de la mujer en la vida de la Comunión tradicionalista española.

Es nuestro querido amigo el veterano militar é ilustrado escritor D. Carlos Cruz Rodríguez de los tradicionalistas de buena cepa, en él los años no logran amortiguar en lo más mínimo los entusiasmos y la inquebrantable adhesión con que en su juventud se adhirió á la Causa Católico-Monárquica.


Barón de Artagan (1912): Bocetos tradicionalistas (pp. 291-293)

miércoles, 20 de enero de 2016

La Tercera Guerra Carlista en Granada y Andalucía

(Por el oficial carlista D. Carlos Cruz Rodríguez, 1890)

LA GUERRA CIVIL EN ANDALUCÍA

Farsa se representó en Abril del año 1872 en los campos de Oroquieta, sacrificando al General D. Eustaquio Díaz de Rada, y con él a tantos infelices como fueron prisioneros y deportados a la isla de Cuba; farsa también tuvimos la desgracia de sufrir en Andalucía los que, víctimas de nuestro honor, salimos al campo, cumpliendo nuestra palabra de caballeros.

Desprovisto el partido carlista de hombres de influencia, ocuparon los puestos en Juntas los hombres del partido moderado, que perdían con la derrota de Alcolea sus más ilusorias esperanzas (1).

Este partido, como todos los liberales, hecho a mudanzas rápidas, en que sin sacrificios personales se conseguía el poder, gastaba poco y mentía mucho, para más merecer.

Así vemos que cuando Don Carlos mandaba levantarse en armas a todas las provincias de España, considerando como traidor al que no lo hiciese, en Granada se nos tachaba de traidores, si lo hacíamos; y es que al sublevarnos, perseguían a las Juntas carlistas, y esto no acomodaba.

También era expuesto permanecer con los brazos cruzados; el Rey podía saberlo, y entonces perdían la patente de patriotas.

¿Qué hacer? Sacrifiquemos esta gente que nos está importunando diariamente; y se organizaron tres partidas.

Verdaderamente la formación de partidas carlistas en Andalucía era una locura; porque ni el país es escabroso para organizar un ejército que nace, ni el espíritu de sus habitantes es simpático a la Causa. Pero si estas eran unas verdades que no necesitaban demostración, ¿por qué se nos hacía creer en el levantamiento en día no lejano, evitándonos así el irnos al Norte y conteniéndonos con promesas difíciles de realizar?

Prisioneros carlistas en la Alhambra, Granada (1873)

El 1.° de Marzo de 1873 se levantaban tres partidas en la provincia de Granada.

Una se formó en un cortijo cerca del polvorín del Fargue, a una legua de la capital, que había de operar en tierra de Guadix, país escabroso y con una sola carretera.

Otra se organizó en el paseo de la Bomba, a orillas del Genil, que se dirigía a las Alpujarras, terreno muy quebrado, y que por Sierra Nevada se podía comunicar con la de Guadix.

Y la otra, estratégicamente considerado, debió formarse en Alhama, país escabroso y sin vías de comunicación, y que en caso de apuro podía darse la mano con la de la Alpujarra, por la Sierra de Lújar, o con una que operaba en Vélez-Málaga, por Sierra Tejea.

Esta tuvimos la desgracia de mandarla, por no parecer el jefe destinado al efecto, y nos la hicieron organizar en el peor sitio posible (gracias al Molke que concibió tal proyecto); buscaron la confluencia de una carretera con la única vía férrea que existe en la provincia, y en lugar tan estratégico se nos dio la orden de reunirla.

Las partidas de Guadix y la Alpujarra se sostuvieron diez o doce días; pues aunque contaban con malísimo armamento y ningunas simpatías, el terreno les ayudaba, y solamente sucumbieron al cargar sobre ellas el entonces Brigadier Salamanca, gobernador militar de Málaga, cayendo unos prisioneros y ocultándose otros.

La del Salar de Loja fue sorprendida antes de reunir la gente, como no podía menos de suceder, dada la proximidad de Loja, población grande y muy liberal, y habernos colado entre la carretera y vía férrea.

No siendo nuestro ánimo molestar a nadie, echemos un velo sobre lo pasado y ocupémonos del porvenir.

Andalucía en general es republicana; las clases acomodadas tampoco son simpáticas al carlismo; pero cuando reina la anarquía, todo el que tiene algo busca un salvador, que el desorden no le da lugar a elegir: se acoge al primero que se presenta, y el año 73 no se había presentado más que Don Carlos.

Que había tropa comprometida, es una verdad, y que al desarme de los carabineros se pudo sacar mucho partido, sublevándolos al grito de Don Carlos, no hay que dudarlo; así como pudo formarse una fuerza regular entre alguna tropa y los paisanos.

Cuando hay que acometer grandes empresas, no deben asustar los grandes obstáculos.

Hay países como Navarra y las Vascongadas, Cataluña y el Centro, donde se pueden formar grandes ejércitos; pero como el ejército nacional es mayor, conviene que otras provincias distraigan fuerzas, desmembrándolas del gran centro de acción, y entonces las victorias serán mayores por nuestra parte, trayéndoles graves consecuencias las derrotas al enemigo.

Así es que el fin que se proponía la expedición Lozano debimos nosotros haberlo conseguido, anticipándonos.

Andalucía, aunque llana, no deja de tener defensa, si se la conoce bien, y a su conocimiento añade el jefe que opere un mediano criterio.

Una vez ordenado el levantamiento, debía ya tenerse, no solamente preparado el armamento y estudiado el terreno de operaciones, sino también convenir en la inteligencia de unas fuerzas con otras.

Prisioneros carlistas en las mazmorras de la Alhambra (1873)

Guadix está circundado de numerosos pueblecitos, que hubieran dado raciones suficientes a 1000 hombres, y carece de ferrocarril; la partida de la Alpujarra también contaba con infinidad de pueblos, que aunque pobres, siempre disponen de más recursos que las Vascongadas. La de Alhama, que nunca se debió formar en la venta de Pulgar, contaba con un distrito rico; y todas tres tenían como campo de operaciones la gran cordillera penibética, que en caso apurado les permitía ponerse al amparo del ejército del Centro sin pasar por llano alguno.

La persecución de estas partidas tenía que venir de Málaga, única provincia que contaba con carabineros entonces, pues en Granada no había más que artillería, caballería y nacionales; estos últimos no se movieron, y los otros no podían hacerlo sin infantería.

Ahora bien; el Brigadier Salamanca podía venir por el tren, como efectivamente lo hizo, bajarse en Loja y emprender la marcha por el camino de herradura de Santa Cruz a Alhama; después de una marcha de 7 leguas, se encontraba a los pies de una ciudad fuerte, por su posición, sobre una peña cortada, sirviéndole de foso el río; y aunque entrase sacrificando su gente, todavía teníamos la Sierra Tejea como retirada y como segunda posición; esta defensa daba lugar a concentrarse las partidas que se hallaban sin persecución en la Alpujarra, Guadix y Vélez-Málaga, y establecer una gran defensa, impidiéndonos ser derrotados.

También pudo el Brigadier Salamanca venir por la vereda de Vélez a Alhama; pero no lo haría nunca, pues era mucho más peligroso, a causa de pasar el camino por una hendidura llamada el Barranco del Infierno, donde se hubiera encontrado con muchos diablos que cargasen con sus carabineros.

Noticia de la prensa liberal (05/03/1873)

Después de organizadas, ya era distinto haber bajado a Loja y haber inutilizado la vía férrea para impedir la persecución.

En suma, la Sierra de Loja nos servía admirablemente para cortar el tren y pedir contribución a la ciudad, Sierra Tejea, para comunicarnos con las fuerzas de Málaga, y como punto de defensa de Alhama; por la Sierra de Lujar nos dábamos la mano con la partida de la Alpujarra, y esta a su vez establecía comunicaciones rápidas con las fuerzas de Guadix, por Sierra Nevada.

Estas operaciones, que debieron iniciarse el 1.° de Marzo, hubieran dado magníficos resultados al estallar los cantones en Julio; desarmados los carabineros, marchó la artillería y caballería a Madrid, y entonces quedaba Granada a nuestra disposición, solamente con los cantonales.

Así un movimiento que pudo ser de felices resultados, concluyó por un desastre, que ni siquiera tuvo la virtud de llamar la atención.

CARLOS CRUZ RODRÍGUEZ.

(1) Todos estos hombres están hoy con Cánovas y Sagasta; no podemos, pues, temer les lastime este parrafito. Hablo de Andalucía.

El Estandarte Real (Barcelona, 1890)

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