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martes, 25 de junio de 2019

La visita del príncipe Don Jaime a Granada en 1894

Tal día como hoy, un 25 de junio del año 1894, el Príncipe Don Jaime, primogénito de S.M.C. Carlos VII que recorría de incógnito España, llegaba en tren a Granada procedente de Málaga. Así es como relató su acompañante, el guipuzcoano Tirso de Olazábal, la visita a nuestra ciudad del que años después se convertiría en el agusto caudillo de la Comunión Tradicionalista:

El príncipe Don Jaime, sentado en la fuente
del Patio de los Leones durante su visita a
Granada (julio de 1894)

Al acercarnos á Granada, y antes de llegar á la estación de Atarfe, divisamos la histórica Santa Fe, último Real contra el moro, y prueba esplendente de lo que puede la constancia y el entusiasmo por la causa de Dios.

La Santa Fe inició la Reconquista y al concluirse esa gloriosa epopeya se levantó la ciudad de Santa Fe.

La Virgen de las Angustias 

Al llegar á Granada, D. Jaime se hallaba muy desazonado. Molestábame, á mí, además, una fuerte jaqueca. Sin perder momento nos dirigimos al Hotel de Roma, situado en la Alhambra; este hotel es conocido, asimismo, con el nombre de Siete Suelos, que lleva una torre contigua á él.

Muy corto era el número de viajeros que se hospedaban allí aquel día, por cuyo motivo nos atendieron inmediatamente y poco después pudimos acostarnos. En esta habitación estuvo la Emperatriz Eugenia—oí decir al que nos acompañaba:—en esta otra vivió Fortuny—añadió poco después.

Bueno, bueno, mañana nos enteraremos—decía D. Jaime.

Mi jaqueca había tomado tales proporciones que yo no sabía ya por dónde andaba, contentándome con seguir, maquinalmente, al que marchaba por delante. Tal fué nuestra brillante entrada en la ciudad de Boabdil, en la poética Granada.

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En la estación de Granada nos anunciaron la muerte del Presidente Carnot; por cierto que nos costó dar crédito á la noticia.

Comprendo que los anarquistas odien de muerte á los Reyes, Emperadores ó Gobiernos, que luchan por librar á sus Estados de esa terrible plaga,— decía D. Jaime,—pero no se concibe que se ensañen contra el Jefe de una República, en la cual se concede al socialismo, hermano carnal del anarquismo, los honores de uno de tantos partidos militantes. 

Muy atinada me pareció esta observación, pero es lo cierto que los revolucionarios han seguido siempre esa táctica. ¿Quién ó quiénes fueron los que acribillaron á balazos en la calle del Turco el coche en que iba el general Prim? ¿Quién llevó al patíbulo á casi todos los fautores de la sangrienta revolución del 93? Los amigos de la víspera. La frase de Gambetta—ou couper la queue—encierra una gran enseñanza para los que en épocas turbulentas halagan y enardecen las pasiones de la canalla que les sirve de escalera. Suben ellos, pero la escalera queda en pie y por ella aspiran á subir otros muchos.

Pero dejémonos de filosofías; estamos en Granada, en la ciudad del Darro y del Genil, y todo evoca recuerdos de épocas gloriosas, de grandes hazañas acometidas por ilustres guerreros y cantadas por nuestros mejores poetas...

¿Quién no ha oído hablar del poema de Zorrilla?

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Merced á su posición elevada, á los arroyos cuyo constante murmullo mece á los huéspedes del Hotel y á los bosquecillos que á uno y otro lado de la carretera trepan por el angosto valle hasata la torre de Siete Suelos, no se hace sentir allí el calor.

Mi jaqueca no me dejó pensar en las angustias de Boabdil, ni en la poética ciudad que dormía á nuestros pies, bañada por la misteriosa claridad de la luna. En cuanto me acosté se apoderó de mí un sueño reparador.

Desgraciadamente no sucedió lo mismo á mi querido Príncipe. No es cierto, como ha dicho algún periódico, que saliera yo, á altas horas de la noche, á buscar un médico. Sabía Su Alteza que la víspera había pasado una tarde muy angustiosa, y no me llamó hasta la mañana siguiente, á pesar de lo molestadísimo que estuvo. Cuando le vi entrar en mi cuarto, pálido, descompuesto, quejándose de lo mucho que había padecido durante aquellas horas, dije al Príncipe que, teniendo que poner yo á cubierto una grandísima responsabilidad, le suplicaba me dejara ir, sin tardanza, á buscar un facultativo. Accedió S. A. á mi deseo y me dirigí á la próxima casa de un amigo mío muy querido, don Antonio Pérez Herrasti, hermano del Conde de Antillón y de la Marquesa de Flores-Dávila.

Eran poco más de las ocho de la mañana. El portero que se asomo á la cancela del patio y á quien pregunté si podía ver á su amo, me contesto: Voy á ver si puede recibir á usted. Pero en aquel momento oí la voz de mi amigo y le llamé. Corrió á abrirme, manifestándome su asombro y alegría de verme en Granada.

Escucha,—le dije,—luego hablaremos de otras cosas; por ahora lo que quiero es que me guíes á casa de vuestro médico, porque tengo un compañero de viaje que se ha puesto enfermo. 

Al oír estas palabras la mujer de mi amigo, doña Maravillas Barraute y Elío, á quien ocultaban las palmeras y flores del patio, exclamo:

—Ya sé yo quién es tu compañero. 

—¡Qué has de saberlo! 

—¿Quieres que te lo diga? 

—Sí. 

Acercóse entonces, y en voz baja pronunció:

—Don Jaime. 

—¿Qué motivos tienes para sospechar semejante cosa?—la dije admirado.

—Sabía el ardentísimo deseo de ver á España que tenia S. A., y por otra parte ¿quién sino él podía decirte que lo acompañaras á Granada en esta época del año, dejando á toda tu familia? 

Después de este diálogo, tuve que confesar á aquellos excelentes amigos, probados católicos y legitimistas, que, efectivamente, el enfermo era D. Jaime, pero recomendándoles guardaran la mayor reserva. Llego enseguida el médico,—D. Enrique Pérez Andrés— que examino detenidamente al Príncipe, y dijo que mediante un par de días de régimen, sin necesidad de potingues, desaparecería la irritación que tanta molestia le había causado. Observó rigurosa dieta todo aquel día y parte del inmediato. La medicación no pudo ser más sencilla, pues consistió en unos cuantos vasos de horchata de arroz.

Afortunadamente, el doctor dio de alta á S. A. al tercer día y empezamos á admirar las joyas de arte que encierra aquella encantadora ciudad.

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No se equivoco el médico; lo que D. Jaime tenía era una fuerte irritación, que empezó á ceder desde el momento en que, siguiendo las prescripciones facultativas, dejo de tomar bismuto, crema de bismuto, láudano, etc., etc., y se contento con beber agua de arroz en pequeñas dosis, pero á cortos intervalos.

Día y medio estuvo el Príncipe sin comer absolutamente nada; juzgó entonces el médico que S. A. podía empezar á tomar alimentos sólidos y fué tan rápida la convalecencia que el 1.° de Julio le dió de alta.

No llegó aquel á sospechar, ni remotamente, quién era el enfermo.

—¿Cómo va, pollo?—decía todos los días al entrar en la habitación de don Jaime.

—¿Es usted casado o soltero?—preguntó al Príncipe el primer día que le vió.

Con toda mi alma dí gracias á Dios y á Nuestra Señora de las Angustias, á quien encomendé las mías, porque el peligro de complicaciones había desaparecido.

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Libre ya de tan terrible preocupación salí del Hotel, muy de mañana, dejando al Príncipe profundamente dormido, con ánimo de recorrer las inmediaciones de la Alhambra.

Los que nunca llegaron á la ciudad del Darro, se imaginan, que la Alhambra era sólo un soberbio palacio, morada de aquellos poderosos reyes cuya expulsión costo tanta sangre cristiana; pero la Alhambra era más que un palacio, era, como la Alcazaba, un gran recinto fortificado y situado, como ella dentro de la ciudad.

El muro exterior de esta, flanqueado de mil torres, era sumamente extenso y tan sólidamente construido que aún se ven sus restos á larga distancia de la población.

Tenía la Alhambra varias puertas; la de las Granadas, que aún se conserva en buen estado, es la que conduce directamente al Hotel de Roma.

Me dirigí á lo alto de la colina para disfrutar el magnífico panorama de la vega, una de las más fértiles y hermosas de Andalucía. Toda ella está cubierta de viñas, moreras, olivos, naranjos y limoneros, y regada por una infinidad de fuentes y canales. En la parte culminante de la colina hay ahora una escuela. Es uno de los puntos de vista más admirables que conozco, desde allí parece la vega una inmensa alfombra que se extiende hasta las primeras estribaciones de Sierra Nevada. Esta celebrada sierra, la más elevada de la Península, recibe su nombre de las nieves y hielos que perpetuamente coronan sus cimas. Sierra Nevada es el abanico de Granada. Cuando el sol abrasa la llanura, sus brisas, perfumadas por las flores de la vega, convierten á la ciudad, y muy particularmente á la Alhambra, en un verdadero oasis.

Largo rato admiré aquel incomparable cuadro; luego, por un estrecho barranco, bajé á campo traviesa, para volver á subir á las torres Bermejas y al Hotel.

Hallé á D. Jaime muy animado y dispuesto á salir, por lo que poco después bajábamos ambos en coche á la población y nuestra primera visita fué á la parroquia de las Angustias, situada en la carrera del Genil y en donde se venera á la Patrona de los granadinos.

Es un edificio gracioso con dos torres y de mucho gusto.

Son tantos los gloriosos recuerdos que traen á la memoria los preciosos monumentos que aún quedan en pie que no intentaré siquiera hacer de ellos una ligera reseña.

La Alhambra descuella entre todos, por su magnitud, por su elegancia, y por su estado de conservación.

Por la cuesta de Gomeles bajó don Jaime á la playa de donde arranca el paseo del Darro, uno de los más frescos y deliciosos de Granada. Sus contornos ofrecen admirables perspectivas; allí están situados aquellos pintorescos Cármenes, cuyos jardines llegan hasta el río. (1) Su aspecto risueño contrasta, por cierto, con las severas torres de la Alhambra y los vetustos muros del recinto, que sirven de fondo al paisaje. A poca distancia está la encañada por donde sube el camino de los muertos. El Generalife y el Sacro-Monte decoran las dos colinas que se extienden á la mano izquierda de la encañada.

Recorrió el Príncipe la célebre plaza de Bib-Rambla, teatro de las justas y torneos de los caballeros musulmanes, zegríes y abencerrages, y fué á ver el monumento que Granada ha dedicado á Colón.

Muchos son los que se han elevado estos últimos años para perpetuar la gloria de aquel insigne marino, pero dudo que ninguno de ellos aventaje á éste en gracia y elegancia.

Situada en un precioso sillón gótico recibe la Reina de manos de Colón un plano que cae graciosamente desde sus rodillas, revasando el coronamiento del pedestal en que descansa el precioso grupo de bronce.

S. A. se detuvo largo rato á examinarlo y lo pondero muchísimo.


(1) En uno de estos deliciosos Cármenes—quintas, casas de campo, fincas de recreo, torres, cigarrales ó villas—tal vez en la mejor, los Mártires, propiedad del malogrado General nuestro Carlos Calderón (q. e. p. d.) se hospedó el gran Zorrilla cuando la fiesta de su coronación. Coronó al insigne poeta, el hijo de otro poeta no menos insigne, y poeta también él, el actual Duque de Rivas, enviado especialmente para ese objeto por la Augusta Señora que ocupa el Trono del Rey.

En este Carmen, ó hacienda de Calderón, se conserva un cedro del Líbano, plantado por S. Juan de la Cruz.

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Granada debía ser ciudad importante al empezar la era cristiana, puesto que la fundación de su silla episcopal remonta á la época en que los Apóstoles empezaron á predicar la doctrina del Evangelio. Por eso, sin duda, se llama apostólica su Iglesia.

La Catedral se empezó el 15 de Marzo de 1529; se inauguro, sin estar concluida el 17 de Agosto de 1570; se terminó en 1639.

Diego de Siloe, el restaurador de la arquitectura greco-romana en España, fué quien hizo los planos de este soberbio monumento y comenzó á levantarle, sucediéndole su discípulo Maeda y á éste Juan de Orea.

Hay en él magníficas pinturas de Casco, de Bocanegra y otros artistas andaluces, un grupo de la Caridad, obra del célebre escultor florentino Pedro Torrigiano y otras mil maravillas.

La Catedral tiene anejo otro templo, que llaman El Sagrario, construido en el sitio que ocupaba la gran mezquita de los moros; allí fué donde Hernán Pérez de Pulgar, el de las Hazañas, clavó con su daga el «Ave María.»

Aquel héroe está enterrado en un pasadizo obscuro que llaman capilla del Pulgar.

En el sitio que hoy ocupa este papasadizo estaba la puerta de la mezquita.

Los sepulcros de los Reyes Católicos, D. Fernando y Doña Isabel, son otras de las maravillas que encierra la Catedral; aunque no tan notables, son también magníficos los sepulcros de Doña Juana y Don Felipe el Hermoso.

En la Iglesia de San Juan de Dios vimos el templete en que se conservan los restos de aquel gran Santo; por cierto que acababan de encontrarse doce preciosas estatuas, de plata repujada, que representan los doce apostóles y constituyen el adorno principal de la base sobre la cual descansa el templete.

Los frailes ocultaron estas estatuas para librarlas del saqueo y no se sabía á punto fijo do'nde estaban. En esta misma Iglesia hay una de las obras más admirables de Alonso Cano; una cabeza de San Juan Bautista.

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Pero volvamos á la Alhambra que es el monumento que más llamó la atención del Príncipe. Cuentan que su construcción duró cien años.

La Alhambra debía presentar por fuera un carácter de fuerza y una apariencia guerrera; por dentro todo estaba ideado para el reposo, la molicie y el placer.

Don Jaime recorrió aquellos patios embalsamados, aquellos ligeros pórticos, cuyos calados arabescos descansan sobre preciosas columnas de mármol, y miraba después las altísimas murallas del recinto, guarnecidas de amenazadoras almenas y flanqueadas de formidables torres.

¡Qué contraste! ¡Cuan poco fiaban aquellos poderosos monarcas en el amor de sus pueblos! ¡Cuánta zozobra debían causarles las constantes revueltas que agitaban á la ciudad!

Bajó D. Jaime maravillado de lo que había visto durante su visita á aquel encantado palacio.

¿No podríamos retratarnos en una de estas torres? preguntó el Príncipe.

Eran las cinco y media de la tarde y acostumbrado á la pálida luz de nuestras montañas, contesté á Su Alteza que me parecía demasiado tarde; uno de los dos fotógrafos que constantemente trabajan en la Alhambra, se encargó de probar lo contrario.

Aquella noche comió D. Jaime en casa de los señores de Pérez Herrasti y con ellos fué luego á un teatro de verano en que representaba una compañía de zarzuela, no del todo mala; por cierto que el Gobernador Civil vino á colocarse cabalmente frente al palco que ocupábamos y D. Jaime contestó al cortés saludo que el gobernador dirigió á los dueños del palco y á les que con ellos íbamos.


Olazábal, Tirso (1895): Don Jaime en España, pp. 132-146

domingo, 10 de marzo de 2019

A los mártires carlistas

Himno a los mártires:

Los carlistas, asombro del mundo,
Como bravos supieron luchar
Por librar a la España querida
Del oprobio y baldón liberal.

Y su sangre, semilla fecunda
De carlistas ha sido y será,
Pues la causa que tiene sus mártires
No se pierde ni extingue jamás.

Sus ejemplos valor nos infunden
Y cual ellos sabremos luchar
En el día tal vez no lejano,
Cuando ruja el furioso huracán.

Si nos hiere una bala traidora,
Nada importa, habrá un mártir más;
Si al cuerpo le cubre la tierra,
Tendrá el alma una gloria inmortal.

Niceto (La Verdad, 10 marzo 1904)




Hoy, 10 de marzo de 2019, los tradicionalistas de toda España —y aún de los países hispánicos de Ultramar— honramos a cuantos nos precedieron en la lucha contra el liberalismo, y muy singularmente a todos los que vertieron su sangre por la Santa Causa de la Religión, la Patria y la Legitimidad.

Entre tantos leales que nos vienen a la cabeza, nos acordamos en esta fecha del periodista Francisco Guerrero Vílchez, veterano de la Tercera Guerra Carlista y director del periódico carlista granadino LA VERDAD (1899-1941) y autor de las siguientes líneas, tomadas del libro Homenaje de la Comunión Carlista á los Mártires de la Tradición y del Derecho (1908), que hacemos nuestras:


A vosotros, mártires de la Tradición, cuyos heroicos hechos se encuentran consignados en la Historia, constituyendo una de sus más brillantes páginas; la Patria, por orden de nuestro Augusto Jefe, os consagra el día de hoy.
Francisco Guerrero Vílchez (Granada, 1854-1941)

Sí, vosotros representáis el genuino y caballeresco carácter español: por eso la Patria viste hoy de luto recordando las proezas de sus héroes y el valor de sus mártires.

¡Hoy es día de luto para la España tradicional!

¡Oremos, pues, por esos valientes; oremos por nuestros hermanos!

¡Nobles compañeros que disteis vuestra generosa sangre en defensa de la más santa de las causas y por la verdadera libertad, descansad en vuestras tumbas!

Vuestra empresa, digna es de soldados de la Religión y del Trono.

La patria agradecida a tan sublime abnegación, os dedica el recuerdo que merecéis.

Vuestra sangre será semilla de nuevos entusiasmos y germen de nuevos campeones.

Cuando nosotros reclutas disponibles de nuestro Rey continuemos la obra que hace años emprendisteis, y con la ayuda de Dios el éxito corone nuestros esfuerzos, vuestra será la victoria.

Al dedicaros El Tradicionalista este Homenaje y recuerdo, creo que experimentará siquiera la satisfacción propia del que hace un bien; pues honrando vuestra memoria se cumple con un deber de hermanos y se honra a los valientes que murieron por Dios, su Patria y el Rey.


 Francisco Guerrero Vílchez        
Director de «La Verdad» (Granada).

jueves, 13 de diciembre de 2018

Carlos Cruz Rodríguez, combatiente y periodista carlista

Recuperamos hoy la memoria de un gran carlista andaluz que había quedado en el olvido, D. Carlos Cruz Rodríguez, de cuya existencia hemos sabido por medio de su bisnieto, que ha tenido el acierto de ponerse en contacto con nosotros, cosa que desde aquí le agradecemos.

Cordobés de nacimiento, durante el Sexenio Revolucionario D. Carlos Cruz contribuyó a la organización de la Comunión católico-monárquica en Granada, participando en el fallido alzamiento por Carlos VII que tuvo lugar en nuestra patria chica en marzo de 1873, y que él mismo narraría en 1890 (hace casi 3 años lo reprodujimos en nuestro cuaderno de bitácora). Posteriormente combatió en el Norte en las filas de la Legitimidad y, perdida la guerra, marchó al exilio con Don Carlos, hasta que pudo regresar a España.

Durante las décadas siguientes contribuyó abnegadamente a la prensa carlista, siendo corresponsal del diario carlista madrileño El Correo Español en Sevilla, y trabajó como profesor de la Escuela Católica del Sagrado Corazón de Jesús de dicha capital. Estuvo casado con Estelvina Fernández Gamboa, según leemos en el padrón de vecinos de Sevilla.

Desconocemos la fecha en que falleció D. Carlos Cruz Rodríguez, siendo la noticia más reciente que hemos encontrado de él un artículo que escribió en 1916 para la Revista de Morón, aludido en El Correo Español.

En la obra «Bocetos tradicionalistas» (1912), el Barón de Artagan (Reynaldo Brea) dejó escrita la biografía que reproducimos a continuación sobre este tradicionalista de pro que tanto hizo por la Santa Causa en Granada y en toda España.

Carlos Cruz Rodíguez (Córdoba, 1846-¿Sevilla?, ¿?)
(fotografía tomada de La Hormiga de Oro, 30-3-1907)

Nació el dio de 1846 en Córdoba; pero se crió en Granada, donde desde poco después de ser destronada Doña Isabel organizó juntas carlistas, públicas las unas y secretas las otras; se ocupó en trabajos militares que, por entonces, consistían en procurar atraer las simpatías del Ejército hacia el carlismo; y, en fin, á las órdenes de la Junta Provincial católico-monárquica de Granada, dirigiendo la de Belicena (fundada por él), contribuyó en las elecciones políticas á que el jefe carlista don Carlos Calderón fuese proclamado Diputado á Cortes por el distrito de Santa Fé.

El día 1.° de Marzo de 1873 mandó el Sr. Cruz Rodríguez una de las partidas carlistas que salieron de Granada, teniendo que retirarse todas ellas á causa de la activa persecución de que las hizo objeto el General Salamanca, Gobernador Militar de Málaga. En Julio de aquel mismo año marchó al Norte, presentándose en Puente-la-Reina al General carlista D. Nicolás Ollo, quien le destinó á la Brigada de transportes de la División de Navarra, con el empleo de Alferez de Administración Militar; sirviendo en aquel Cuerpo, asistió á la toma de Estella, Viana, Lumbier y Valcarlos, á la acción de Mañeru á la batalla de Montejurra, al combate de Velabieta, al bloqueo de Tolosa, á la conquista de Portugalete y á las memorables batallas de Somorrostro, de San Pedro Abanto y de Abárzuza.

Después sirvió D. Carlos Cruz Rodríguez sucesivamente en el Batallón de Bilbao (con el cual se encontró en la acción de Monte Gárate), en el Regimiento de Caballería de Navarra (en el que estuvo un año á las órdenes del Brigadier Zaratiegui, primeramente, y luego á las del Coronel Plana) y, por último, en el Batallón 2.° de Navarra, asistiendo con él á los combates de Palomeras de Echalar, Tres Mugas y alto del Centinela, llegando á obtener el empleo de Comisario de Guerra. Con Don Carlos de Borbón entró en Francia el día 28 de Febrero de 1876; estuvo emigrado tres meses, y al regresar á España se dedicó á ejercer la carrera de Maestro Superior.

Ha sido colaborador de El Estandarte Real, de la Biblioteca Popular Carlista, de La Carcajada y de El Nuevo Cruzado (publicaciones de Barcelona), de La Bandera Española, de Córdoba, y de El Obrero, de Granada, sufriendo en este último una denuncia el día 11 de Mayo de 1898, por la autoridad militar, á causa de haberse declarado el estado de guerra en toda la Península. Entonces fué reducido á prisión en Sevilla (su habitual residencia) y conducido por la Guardia Civil á Granada, en cuya capital permaneció hasta ser absuelto por el Consejo de Guerra en 1.° de Diciembre de aquel mismo año.

El señor de Cruz Rodríguez, que obtuvo en campaña las medallas de Montejurra, de Vizcaya y de Carlos VII, también se ha distinguido y conquistado lauros como escritor; publicó hace ya unos quince años una Geografía Militar de España, ilustrada con doce mapas; fué corresponsal literario de El Correo Español, de Madrid, desde el año 1898 hasta el de 1908; la Juventud Carlista de Manresa le honró por entonces con el nombramiento de Socio honorario; ha obtenido varios diplomas de premios en certámenes literarios, y en Mayo de 1908 fué agraciado con una Medalla de Oro con el busto de Carlos VII por su escrito titulado Influencia de la mujer en la vida de la Comunión tradicionalista española.

Es nuestro querido amigo el veterano militar é ilustrado escritor D. Carlos Cruz Rodríguez de los tradicionalistas de buena cepa, en él los años no logran amortiguar en lo más mínimo los entusiasmos y la inquebrantable adhesión con que en su juventud se adhirió á la Causa Católico-Monárquica.


Barón de Artagan (1912): Bocetos tradicionalistas (pp. 291-293)

viernes, 1 de junio de 2018

Un himno tradicionalista compuesto por las Juventudes Carlistas (1909)


Carga de lanceros carlistas, cuadro de Augusto Ferrer-Dalmau

HIMNO TRADICIONALISTA 

                                        Lema: «¡Viva España!»

               CORO 

Españoles, venid y ensayemos
en la paz, la entusiasta canción
que mañana en la lid cantaremos
al compás del clarín y el cañón.
¡Paso de ataque! ¡Aire marcial!
¡Viva la España tradicional!

                    I

¡¡Gloria, gloria á la España que un día
coronó de laureles su sien
en Numancia, Lepanto y Pavía,
Zaragoza, Gerona y Bailén!!
¡¡Gloria al pueblo que, fiel á su historia,
derrotando á la grey liberal,
á su Patria dió días de gloria,
y á su Causa una vida inmortal!!
Españoles, venid..., etc.

                    II

Nuestros padres en recia pelea
defendieron de España el honor,
y supieron morir por su idea
como muere el soldado español.
La leyenda inmortal de sus hechos
nos enseña con honra á vivir,
y la sangre que manan sus pechos
á luchar y vencer ó morir.
Españoles, venid..., etc.

                    III

Al calor que la sangre recibe
de su historia, en el alma ha de arder
el amor que en sus tumbas aun vive
á la Iglesia, la Patria y el Rey;
y al compás de armonía guerrera,
por España, juremos aquí,
pelear por la misma bandera
que les vimos besar al morir.
Españoles, venid..., etc.

                    IV

Su programa será nuestro emblema;
sus palabras serán nuestra ley,
sus creencias serán nuestro lema,
su caudillo será nuestro Rey.
Y si el Rey, á luchar por España,
como á ellos, nos manda salir,
nuestra orden será en la campaña
su consigna: «vencer ó morir».

                    ---

Españoles, venid y ensayemos
en la paz, la entusiasta canción
que mañana en la lid cantaremos
al compás del clarín y el cañón.
¡Paso de ataque!
¡Aire marcial!
¡¡Viva la España tradicional!!

                                  BERMEJO

El Correo Español (8 de julio de 1909)

domingo, 3 de septiembre de 2017

San Pío X y Carlos VII

Los hechos expuestos a continuación ponen en tela de juicio los argumentos de quienes sostienen que la Iglesia fue partidaria del sistema alfonsino y que para ser buenos católicos y complacer al Santo Padre, los españoles tenían la obligación acatar reverentemente los Poderes constituidos, cuestiones tan complejas y delicadas, que se resuelven mejor que con disquisiciones metafísicas, con hechos cuya elocuencia está al alcance de las inteligencias menos perspicuas.


San Pío X, Romano Pontífice entre 

No podían ser más cordiales las relaciones de Su Santidad el Papa Pío X y el Augusto Caudillo de la Comunión Tradicionalista, Carlos VII. Apenas elegido Pontífice el Cardenal Sarto, cruzáronse entre ambos afectuosos telegramas de felicitación y de gracias.

Dos visitas hizo Don Carlos al Papa en Roma, y las dos veces fue recibido con tanta ostentación como afecto, como sólo se recibe a los reyes verdaderamente católicos, que han prestado o prestan grandes servicios a la Iglesia.

A los regalos de Don Carlos correspondió el Papa con otros de incomparable valor moral y material, como un riquísimo medallón de oro, esmaltes y brillantes; un rosario de oro y cristal de roca, hábilmente tallado; un solideo, unas sandalias y una faja del uso personal del Romano Pontífice en circunstancias solemnes, etc.

El Papa enriqueció generosamente la capilla del Palacio Loredán, residencia de Don Carlos, con indulgencias plenarias y parciales, como no lo hizo con ninguna otra capilla de los reyes reinantes y Poderes constituidos.

Carlos VII,
Duque de Madrid, Rey legítimo de España 

El 4 de noviembre de 1905, fiesta onomástica de Don Carlos, el Rvdo. Sr. Vicario de la Iglesia del Espíritu Santo, que casi diariamente celebraba el Santo Sacrificio del Altar en el oratorio de Palacio, con asistencia de sus Augustos moradores, entregó al Sr. Duque de Madrid un rescripto, en el cual Su Santidad concedía que se pudiese celebrar en la capilla doméstica de nuestros Augustos Señores la Santa Misa, según el orden prescrito por el calendario de la Diócesis de Madrid, figurando al pie, de puño y letra del Romano Pontífice, estas hermosas palabras:

Justa preces precipitae in favorem magnimorum Principum quorum in Sancta Sedem Apostolicam obervatia magno facimas.— Ex aedibus Vaticanis die 16 Octobris 1905.— Pius PP X.

Lo cual significa que Su Santidad concedía especialmente esa gracia en favor de los magnánimos Príncipes, cuya devoción a la Santa Sede Apostólica tenían en grande estima.

No contento con tan afectuoso privilegio, por medio de carta autógrafa, fechada en el Vaticano el día 3, felicitó a Don Carlos con motivo de su fiesta onomástica, y en ella le deseaba, por la intercesión de San Carlos, las mejores prosperidades el día de su Santo y mandaba con efusión, tanto a Él como a la Señora, la bendición apostólica.

Por último, apenas Pío X tuvo noticia del fallecimiento del ayudante de campo de Don Carlos, el general Saсаnell, aplicó la Misa en sufragio del alma del difunto, mandó decir por él oraciones especiales y por telégrafo dio el pésame a nuestros Augustos Señores.

¿Que todo esto petenecía al orden privado y amistoso? Claro que sí. Pero resultaba elocuente en grado sumo para poner una mordaza en los labios de quienes eran nuestros detractores sistemáticos, conservadores embolados, mestizos y reconocementeros, más o menos vergonzantes, enamorados del mal menor, y que, no contentos con eso, formaban juicios temerarios respecto a la catolicidad de los carlistas y de su incomparable Jefe, deslizando en las Cofradías frases que, si no deshonraban, empañaban al menos nuestra reputación religiosa, y sostenían en serio que con los carlistas no se puede contar para ninguna empresa verdaderamente católica... alfonsina, se les olvidaba decir.

Decía proféticamente Eseverri (seudónimo de Manuel Polo y Peyrolón) en EL CORREO ESPAÑOL, que si nos dejábamos seducir por los que, con pretextos religiosos, se proponían por toda finalidad matar al partido carlista, anulándole a los pies de las instituciones liberales, debíamos prepararnos para llorar sobre la tumba de la Religión y de la Patria.

Información obtenida de El Correo Español (11 de enero 1906)

sábado, 1 de abril de 2017

CX aniversario de Ramón Nocedal y Romea

Ramón Nocedal Romea (Madrid, 1842-1907)
Pocas veces será tan aplicable y exacto el conocido dicho de «de tal palo tal astilla» como en el caso, y valga la aplicación, de Ramón Nocedal. Hijo de don Cándido Nocedal, el gigantesco político y gran orador que durante varios años, y hasta su muerte, rigiera el partido carlista, no puede extrañar que heredara las excelsas cualidades que en tan elevado grado brillaran en su padre. Tuvo buena escuela y supo sacar provecho de ella.

Formado en el culto de la verdad religiosa y en el amor de los principios tradicionales, comenzó su experiencia política al lado de su padre, en la brillante minoría tradicionalista que él acaudillara en las Cortes de 1871. Ajenos estaban los prohombres de los partidos liberales que se turnaban en el juego del poder, cuando eran incesantemente fustigados por el verbo irresistible y la poderosa argumentación de don Cándido Nocedal, que éste habría de supervivirse de forma tan adecuada y exacta en el terreno de la lucha política.

Murió don Cándido, pero si el enemigo equivocadamente respiró a su muerte, poco le duró el respiro. Porque con la muerte de don Cándido Nocedal no calló su voz, ni mucho menos murieron las doctrinas y principios que tan celosamente defendió en vida. En el progreso hereditario que, como tan acertadamente la definiera Mella, es la Tradición, poco importa la contingencia y brevedad de una vida. Los hombres mueren, pero los principios viven, y por encima de las contingencias personales, el caudaloso río de la Tradición española sigue y seguirá su curso, fluyendo intacto e incontaminado, cada día más limpio y clarificado, hasta el fin de los tiempos, cuyo secreto profundo sólo Dios posee.

Pero si la Tradición no muere, porque es historia viva que arranca del pasado, se perfecciona en el presente y prolonga en el futuro, cabría que una generación infiel —revolucionaria— tratara y aun consiguiera romper momentáneamente su fluir histórico, abandonando su servicio y traicionando con una sustitución,, a base de doctrinas exóticas y heterodoxas, al ser del país que ella constituye. Esto intentó hacer el liberalismo en España y esto fue lo que ni siquiera momentánea ni circunstancilamente consiguió. Porque la Tradición española, aunque traicionada por unos y abandonada por otros, no quedó rota ni falta de seguidores y defensores. El Carlismo la recogió y, haciéndose depositario de ella, la defendió contra doctrinas extrañas y la conservó al día, perfeccionándola con el talento de sus hombres y fecundándola con la sangre de sus mártires, para esperanza y salvación de España.

Pero si la Tradición española encontró en el Carlismo el eslabón preciso para no romperse ni perderse, si gracias a él ha podido guardarse su esencia y continuarse ininterrumpidamente su desarrollo histórico, merece señalarse, dentro de ella, esa supervivencia personal que he indicado al referirme a la muerte de don Cándido Nocedal.


Si las doctrinas tradicionales no murieron porque no podían morir, y ahí estaba el partido carlista para evitarlo, tampoco desapareció del panorama político español, a su muerte, la egregia figura de don Cándido.

Su voz no calló. Esa voz que provocara crisis en los gobiernos liberales y que tan valientemente atacara sus errores y extravíos, continuó resonando, en el Parlamento unas veces, y en los campos y ciudades de España otras, porque otro Nocedal, hechura fiel del primero, continuó, continua y constantemente, encargado de que no se apagaran sus ecos.

Cándido y Ramón Nocedal, dos nombres y un solo apellido, al servicio de un mismo Ideal. Y en esta fusión de personalidades y de ejecutorias en el cumplimiento de una misma y sagrada tarea, está contenido cuanto en explicación y elogio de ambos pueda decirse. Pues para ninguno de ellos cabe mayor elogio que el decir sencillamente que fue padre de tal hijo e hijo de tal padre.

Cándido Nocedal y Rodríguez de la Flor 
(La Coruña, 1821 - Madrid, 1885)

Con lo anterior queda ya implícitamente dicho que Ramón Nocedal y Romea dedicó su vida entera y exclusivamente al servicio de los ideales tradicionalistas que su padre le inculcara y defendiera.

Por ellos renunció a honores, posibilidades sociales y políticas, aficiones particulares y satisfacciones personales. Por ellos también sufrió toda clase de persecuciones y padeció afrentas, intrigas, calumnias e injusticias continuadas. No interesa su inventario, pero sí destacar cómo, en medio de ese mar de adversidades, permaneció siempre entero, erguido y firme, sin claudicar ni acobardarse, clamando incesantemente la verdad y luchando en su defensa hasta llegar a ser un ejemplo digno de ser seguido por las generaciones venideras.


Sus dotes personales eran verdaderamente extraordinarias. Poseía un gran talento histórico-crítico y una maravillosa capacidad de síntesis, evidenciadas en sus apuntes y escritos históricos, y constantemente presentes en sus discursos políticos.

Como orador, sorprenden su facilidad y elocuencia. Hablaba con sencillez cuando de cuestiones sencillas se trataba, y con gran calor, vehemencia y entusiasmo, cuando se proponía llevar al auditorio la fe en sus convicciones y creencias. Y siempre, con gran claridad y elegancia.

En todos sus escritos y discursos se manifiesta una lógica férrea, aguda y sutil. Sus razonamientos son siempre claros y sólidos: acorrala al adversario y le reduce a la impotencia descubriendo sus puntos débiles con fina perspicacia y asestando en ellos los golpes irresistibles de sus argumentos. Esto le hacía un polemista terrible y peligroso, tanto más, cuanto que a su perspicacia y dialéctica razonadora se unían una fina ironía y una profunda intención para confundir al enemigo y ponerle en evidencia.

Contestaba las interrupciones parlamentarias con gran serenidad y frases concisas. Profundo, ardoroso y acometedor siempre, conforme fue adquiriendo experiencia sus magníficas dotes se fueron perfeccionando hasta hacerse un orador intencionado, experto, extraordinariamente eficaz y mortífero en los ataques, a la par que cauto para no dejarse envolver ni caer en las trampas dialécticas de sus enemigos. Esto le hizo brillar con luz propia en Parlamentos en los que figuraban oradores de la talla de Cánovas, Canalejas, Salmerón, Silvela, Sagasta y Maura, con los cuales contendió ventajosamente en innúmeras ocasiones.

Cualidad suya permanente fue la de ser siempre correcto y prudente, aun en sus más claras y duras intervenciones parlamentarias. Respetuoso con las personas, supo siempre decirles las verdades precisas sin ofenderlas y jamás transigió con sus errores, ni con las doctrinas revolucionarias, las defendiera quien las defendiera.


Fundó, con la cooperación de su padre, «El Siglo Futuro» y continuó en el Parlamento varias campañas que él iniciara. Poseedor de una solidísima formación religiosa y política, se constituyó en incansable defensor de los vejados derechos de la Iglesia y de las doctrinas tradicionales españolas.

Motivo constante de sus actuaciones fueron la crítica de las medidas antirreligiosas y antitradicionales de los gobiernos liberales, y continuamente, con fe de iluminado y valentía heroica, expuso ante auditorios muchas veces hostiles y enemigos las verdades salvadoras que él había recogido de la religión católica y de la tradición española. Como dice don Agustín González de Amezúa en el prólogo a uno de los volúmenes de sus «Obras Completas» por él recopiladas, podrá haber sido llamado con toda justicia «procurador en Cortes por la Iglesia». Y las campañas políticas hicieron a su vez de él el más genuino defensor de los fueros y libertades de las sociedades infrasoberanas.


Mucho se ha especulado sobre los acontecimientos que le colocaron fuera de la disciplina carlista y le llevaron a fundar el Partido Católico Nacional, más corrientemente conocido por «integrista», en el que continuó defendiendo, en todos los campos, los principios tradicionales y las doctrinas que recibiera de su padre y del partido carlista.

No interesa ahondar en esta cuestión, zanjada ya por el tiempo, con la natural fusión y vuelta del integrismo a la Comunión Tradicionalista. Por encima de hechos lamentables y de contingencias circunstanciales, carlismo e integrismo lucharon por los mismos principios y contribuyeron a salvar las mismas doctrinas y, desaparecidas las causas que determinaron su separación, se encontraron otra vez juntos en la misma disciplina. Cabe, pues, olvidar esta riña de hermanos, y a la luz de la doctrina, que es lo eterno, por encima de los hechos accidentales, considerar a Ramón Nocedal, ahora, en 1951, como un tradicionalista carlista de siempre, y de los que, de forma destacada, han contribuido en grado máximo a la salvación de la Tradición española y a este vigor actual del Carlismo español, tan magníficamente evidenciado en el florecer de boinas rojas de 1936.

Con este criterio he preparado esta antología y por eso, bajo el epígrafe de «Carlismo», figuran unos textos que, si directamente se refieren al partido integrista, por su sentido y alcance convienen también exactamente al Carlismo, y sobre él habrían sido pronunciadas por s autor de no haberse producido los acontecimientos que determinaron el nacimiento del Partido Católico Nacional.


El pensamiento de Ramón Nocedal fue rico en concepciones y exacto en su expresión. Con intuición profunda descubrió las raíces de los males que aquejaban a España y con claridad meridiana, y con machacona insistencia, expuso las soluciones a ellos. Sus palabras —así cuando anunció la muerte de los partidos liberales y la ruina a que llevarían a España—, muchas veces resultaron proféticas. Y siempre, claras y luminosas para calar en el alma de España y guiar los pasos de quienes buscan la verdad política. Por eso, a los cuarenta y cuatro años de su muerte, conservan todo su interés y viva actualidad y serán, sin duda, sumamente provechosas para los lectores actuales que se preocupan por los problemas políticos.


Del preliminar de la Antología de Ramón Nocedal Romea, preparada por Jaime de Carlos Gómez-Rodulfo, Editorial Tradicionalista, Madrid 1952, pp. 7-14.

viernes, 24 de marzo de 2017

Doctrina carlista sobre el problema social, los principios tributarios y el militarismo

El problema social 

Las prevenciones y resoluciones de las denominadas cuestiones sociales las entendemos de tal suerte que sea, en general, la Sociedad misma —no el Estado— la que tome a su cargo el asunto, siguiendo en esto el camino de luz que trazó León XIII en la inmortal Encíclica Rerum Novarum. Por esto rechazamos y combatimos las absurdas propagandas que provocan las luchas de clases y propugnamos la armonía de todos los elementos de la producción como fuente fecunda del bienestar social. Por esto protestamos también del irritante intervencionismo de los Gobiernos, que intentan crear un corporativismo artificioso, complicado e infecundo, además de caro y fomentador de parásitos empleados innumerables, para conjurar los conflictos entre capital y trabajo.

Si como base firme de toda la organización natural, empezamos estableciendo el verdadero censo corporativo por la corporación misma, siempre abierto al individuo y a la clase, tendremos la realidad de los componentes y no la injusticia de la intervención abusiva socialista en los organismos oficialmente formados a título absurdo de mayoritismo ficticio, y, aunque fuera cierto, en perjuicio de sectores de trabajo dignos de representación.

Principios tributarios

Esencialísimo el orden económico y hacendístico para la prosperidad material de la Nación, ansiamos acreditar que no admitimos el subversivo principio socialista de que el Estado tiene derecho a participar de las utilidades de la riqueza y del trabajo de los ciudadanos —como dijo la Dictadura fenecida— sino que todos tienen el deber de cooperar al levantamiento de las cargas públicas en proporción a su respectivo haber, lo cual no es lo mismo, porque en lo primero se condensa todo el intervencionismo y ambición del Fisco, y en lo segundo toda la obligación, pero armada de facultad de impedir que el Estado se considere dueño y señor de las fortunas privadas e investigador inquieto de lo más íntimo y espiritual.

El militarismo

Debemos apuntar algo sobre el militarismo, temido por muchos, aunque no por los tradicionalistas, ya que lo previenen y resuelven estableciendo el servicio militar voluntario o profesional y la instrucción militar obligatoria, con lo cual el ahorro del Tesoro es incalculable y el de personal y material guerrero también, demostrando así nuestro espíritu pacifista y nuestro propósito de común defensa de la Patria como soldados y obreros y, a la vez, favorecemos la restitución de brazos a los oficios manuales y culturales. La reorganización de la Milicia debería ejecutarse sobre el fundamento de la interior satisfacción especial de los diversos Cuerpos armados en armonía perfecta con la unidad esencial, de mando en operaciones y sin gravamen económico ni moral para la Patria, como era de esperar del alto deber de los interesados.


Sentados: Sres. Conde de Arana, Marqués de Villores, Juan M. Roma y Lorenzo Sáenz.
De pie: Sres. Tomás Blanco Cicerón, Luciano E. Polo, Lorenzo de Cura y Conde de Rodezno

Tomado de las Doctrinas y anhelos de la Comunión tradicionalista (El Cruzado Español, 23 de mayo de 1930)

Firmantes: Marqués de Villores, Secretario general político en España de S. M. Don Jaime de Borbón, por el antiguo Reino de Valencia. — Conde de Arana, por el Señorío de Vizcaya. — Lorenzo Sáenz Fernández, por Castilla la Nueva. — Luciano Esteban Polo, por el antiguo Reino de León. — Juan María Roma, por el Consejo regional de Cataluña. — Lorenzo de Cura y Pérez Caballero, por Castilla la Vieja. — Conde de Rodezno, Joaquín Beunza, por la Junta regional de Navarra. — Tomás Blanco Cicerón, por el antiguo Reino de Galicia. — Sancho Arias de Velasco, por Asturias. — Antonio de Echave-Sustaeta, por Álava. — Francisco Guerrero Vílchez, por Granada. — José María Bellido Rubio, por Jaén. — Ildefonso Porras Rubio, por Córdoba.

viernes, 17 de febrero de 2017

Miguel Fernández Peñaflor, periodista tradicionalista

Tal día como hoy, el 17 de febrero de 1935, moría el antiguo y benemérito periodista católico, director que fue de El Correo Español, don Miguel Fernández, que firmaba sus trabajos con el pseudónimo de Miguel de Peñaflor.

Nació en Murcia, en 1877, de familia conocida por sus ideas católicas. Se hizo bachiller en el Instituto de Murcia. Su vocación por el periodismo le apartó de la Facultad de Medicina de Valencia, donde estudió dos años con gran brillantez, y marchó a Murcia, dónde se consagró al periodismo, dirigiendo La Semana Católica, y alternando en sus ocupaciones como profesor de Lengua en los Colegios de Segunda enseñanza de Nuestra Señora de las Mercedes y de San Antonio.

Los éxitos de La Semana Católica convirtieron a ésta en diario, con el título de El Correo de la Noche. Allí realizó formidables campañas en favor de sus ideales, campañas que se tradujeron en la fundación de un Círculo Católico de Obreros, del que Peñaflor fue el alma, auxiliado por los profesores del Seminario Conciliar de Murcia, don Antonio Muñera y don José María Molina, y el propietario murciano don Mariano Palarea.

Después, dio multitud de conferencias en Murcia y en los pueblos de la provincia, defendiendo la Causa Tradicionalista, fundando el Círculo Carlista de Murcia y contribuyendo a la organización de la Comunión en aquella región. Su palabra fácil, brillante, elocuentísima, era oída con verdadero entusiasmo, y los murcianos le eligieron concejal de su Ayuntamiento por gran mayoría de votos. Entonces era alcalde de Murcia D. Juan de la Cierva y Peñafiel, quien, al conocer los méritos del señor Fernández, trató en muchas ocasiones de llevarlo a su campo, sin conseguirlo.

Como escritor, es seguramente el que más produjo en el campo católico. pueden contarse por más de treinta mil artículos los que salieron de su pluma. Era el maestro de muchos periodistas que después honraron con sus firmas las columnas de los periódicos católicos de España.

Cuando llegó a Madrid, fue requerido para ocupar puestos de importancia en el periodismo; pero él, que vivió siempre consagrado a la defensa de los ideales católicos, no quiso escribir más que en las publicaciones de sus ideales.

En El Correo Español Peñaflor escribió durante mucho tiempo, alternando con Eneas (Benigno Bolaños), editoriales repletos de doctrina. El marqués de Cerralbo sentía verdadera admiración por el señor Fernández, y lo nombró director del órgano del carlismo. El Correo Español alcanzó en la época en que lo dirigió don Miguel Fernández las mayores tiradas, principalmente durante la guerra europea, en la que superó en número de ejemplares a todos los diarios que se publicaban en Madrid por la tarde.

Vázquez de Mella, muy amigo suyo, quiso que Peñaflor dirigiera la segunda época de El Pensamiento Español fundado por el ilustre escritor don Francisco Navarro Villoslada. Y ese periódico lo dirigió con gran acierto desde su reaparición hasta su muerte.

También escribió mucho en El Universo, en donde sustituyó a don Juan Menéndez Pidal, como subdirector, y los últimos años de su vida dirigió la agencia de información Prensa Asociada.

A los cincuenta y ocho años, y para demostrar que todavía era capaz de mucho, emprendió la carrera de Derecho, que terminó en dos años.

El gran Juan Vázquez de Mella quería y admiraba a Peñaflor como nadie, porque sabía de sus talentos, de sus virtudes y de sus renunciaciones. Los dos grandes hombres. Mella y Peñaflor, se comprendían y estimaban en lo que valían y eran, quizá sin proponérselo, espuela mutua de sus vidas admirables.

Peñaflor, hijo preclarísimo de la luminosa vega murciana, recibió un día el encargo de sus paisanos de llevar a Mella a Murcia, como mantenedor de unos juegos florales.

—Lo que usted quiera— le respondió don Juan a Peñaflor.

Mas llegó la fecha convenida, y Mella dio en la flor de resistirse, más que llevado de la pereza, como creían los miopes, de aquella vida intensa de trabajo interior que dialogaba con su espíritu prócer y fecundísimo.

—No puedo ahora... Estoy enfermo, fatigado...
—Pero, ¿cómo? —le dijo Peñaflor con aquella rudeza de varón de hierro que era su característica— ¿Es posible que usted me deje como informal ante mis paisanos? No, no puede ser. Les he dado palabra que iría usted, y por encima de todo, como sea, entero o en pedazos, en el tren o en una espuerta, usted va a Murcia... ¡Pues no faltaba más!... 

Y Mella, que en estos menesteres era capricho y débil como un niño, fue a Murcia.

Le acompañó Peñaflor, que por el camino le iba diciéndole:

—No crea usted, querido don Juan que con venir a Murcia está todo hecho. Es necesario que usted se supere a sí mismo, que los arrastre, que los ponga de pie en las butacas. De lo contrario, habrá usted fracasado en Murcia, que es tierra de poetas y de oradores insignes.
—Y ¿qué? —le preguntaron a Peñaflor con la curiosidad en carne viva— ¿Qué pasó?
—Pues que antes de los cinco minutos los murcianos estaban de pie, enloquecidos, magnetizados, por la elocuencia maravillosa del gran tribuno.

Tal fue, a grandes rasgos, la vida del insigne periodista católico, Miguel Fernández Peñaflor. Antes de morir, pidió que le administraran los Santos Sacramentos, que recibió con verdadera unción, y en sus últimos momentos, rodeado de su esposa y de sus hijos, no pensaba más que en recomendar a los suyos la defensa de sus cristianos ideales.

Momentos antes de morir, después de rezar fervorosamente el Rosario, sus labios pronunciaron esta frase, que habla con más elocuencia que muchos discursos: «Aprended, hijos míos, a morir cristianamente».

Fuentes:
El Siglo Futuro (17/02/1935)
La Lectura Dominical (23/03/1935)

domingo, 29 de enero de 2017

Historia de la prensa carlista

Hoy, día de San Francisco de Sales, Patrón celestial de los periodistas católicos, queremos acordarnos de todos los periodistas tradicionalistas de los siglos XIX y XX que pusieron sus plumas al servicio de Dios y de la Patria y dedicaron sus mayores esfuerzos y sus propias vidas al Ideal imborrable de la Tradición española, Tradición inmortal que los irreductibles de la Causa tres veces santa, como buenos hijos de la Iglesia y de España, seguimos defendiendo y defenderemos siempre a toda costa. Con su sacrificio en mente, reproducimos un artículo de Claro Abánades sobre la prensa tradicionalista aparecido en El Siglo Futuro en abril de 1935.

San Francisco de Sales, Doctor de la Iglesia,
Patrón de los periodistas católicos

PRENSA TRADICIONALISTA

El Liberalismo entró en España en el siglo XVIII. Se le abrieron las fronteras y se introdujo en la política, en el campo, en las ciudades, en los hogares. Llevó la discordia a las familias. Sembró la cizaña en el pueblo. La paz, la fraternidad, el amor a la Patria, el apego a la Religión fueron faltando. España cayó en su mayor postración. Faltaban alientos, porque mató el error el fuego de las esperanzas y el consuelo de la fe. Quedó un grupo de hombres a quien no se le pudo arrancar ni la fe en los destinos de la Patria, ni la esperanza en el triunfo. Malandrines de la moral, renegados de su
Dios, asaltantes de alcázares y templos, saqueadores de honras, echaron, con su baba inmunda, una mancha a la gloriosa historia de un pueblo, que causó envidia y admiración al mundo.

Pero todo pasa ante la Verdad. Despojos, ruinas, escombros, miserias, fango, inmundicias, hojas secas que el viento distribuye por todas partes. Todo pasa. Y lo que no, ya pasará. Los tiempos se suceden. Las lecciones de la Historia muéstranse con singular elocuencia.

Se atacó a la Tradición, y la Tradición, con su vejez, con sus arrugas venerables, levanta su voz, y ostentando su estandarte dice a las generaciones:

—Soy inmortal. No muero nunca, Porque, si muriera, el Progreso caería herido de muerte. Yo sostengo en el rescoldo de la hoguera de las Revoluciones el hálito de vida de los pueblos. Entre el polvo de los castillos, entre las piedras calcinadas de los templos incendiados, entre el estrago de las falsas doctrinas, soy como el Fénix. Sin mi, la Civilización perecería. Sin mi espíritu no habría más que escorias muertas. Anciana soy, como una de las primeras obras de la Creación. Pero soy necesaria, porque soy la única destinada por Dios a dar juventud eterna a la obra de los hombres.

Así habla la Tradición a esta generación, del mismo modo que habló a las anteriores, de la misma manera como hablará a las venideras. Inmutable, seguirá desplegando sus banderas por los siglos de los siglos. Y triunfará y acabará por ser vencedora en las lides de la inteligencia y de la política, de la guerra y de la paz.

Para ello se ha servido de sus hombres, de los que nunca claudicaron entre los halagos del error. Para ello ha tenido en sus filas un ejército de abnegados, de mártires, de sabios y de santos. Para ello se esgrimió la espada. Para ello ha contado con quienes han movido su pluma defendiendo nobles ideales. Espadas sostenidas por manos en las que se reflejaban los latidos de un corazón generoso. Plumas que vertían por sus puntos esencias de verdades salvadoras.

Judíos, liberales, masones, regalistas, herejes, hombres sin Dios, incendiarios de iglesias, desamortizadores, volterianos, todos ellos volcaron sus odios, sus malas pasiones sobre los defensores de la Tradición en España. Pero éstos han sabido defender sus ideales en la plaza, en el Parlamento, en el campo de batalla y con sus denodados campeones de la Prensa. Prueba de ello es este SIGLO FUTURO, en el que se han sostenido batallas difíciles, logrando triunfos que pasarán a la historia, en la que puede figurar, señalado con piedra blanca, el de hoy, en que sale remozado, con todos los adelantos modernos, dispuesto a continuar luchando por Dios, la Patria y el Rey.



Ahí va una relación incompleta de los periódicos tradicionalistas de que tenemos noticia, en los que fueron propugnadas las redentoras doctrinas de nuestra Comunión: El Pensamiento de la Nación, de Madrid, fundado por Balmes en 1845. Su sabio fundador se propuso dar fin al pleito dinástico manteniendo la idea de casar a Doña Isabel con su Augusto primo Don Carlos Luis de Borbón y de Braganza.

La Reconquista, de Madrid. Fue su director Melgar, hacia el año 1868, en la época de la revolución que destronó a Doña Isabel.

El Pensamiento Español. Le dio vida el insigne novelista Navarro Villoslada, que aparecía ya como director del mismo en 1858. Se publicaba todavía, en los primeros meses de la guerra carlista que se inició el 1872, y los comentarios que hacía de las noticias del teatro de operaciones desconcertaban a la Prensa liberal. Este diario tuvo su segunda época en 1919, inspirado por el gran Mella y dirigido por Miguel Peñaflor.

El Padre Cobos, periódico satírico, muy difundido en España y codiciado en el extranjero en los años de su publicación (1854 a 1856). Entre sus redactores figuraron don Cándido Nocedal, Navarro Villoslada y Selgas.

La Regeneración, diario que llegó a dirigir, por el año 1870, don Antonio Aparisi Guijarro.

La Esperanza. Luchador infatigable del Tradicionalismo en los años que precedieron a la revolución septembrina. Fue suspendido, como toda la Prensa carlista, durante la guerra del 72 al 76. Don Pedro de la Hoz [lo fundó] para mantener la fe y el entusiasmo de los que [después de la Primera Guerra Carlista] se conservaron fieles a la Causa, para educar políticamente a la generación nueva y para convencer a los que hablan abrazado las ideas liberales del error que padecieron. Colaboraron Melgar, el conde del Pinar, don Juan Antonio Vildósola y otros cultísimos correligionarios.

La Restauración, periódico en el que Aparisi ostentó en sus artículos su indomable carácter y su amor a la Religión y a los principios que eran firmes cimientos de la sociedad española.

El Pensamiento de Valencia, diario dirigido también por Aparisi, y en el que colaboraron don León Galindo de Vera, el conde de Caltavulturo, don José Royo y «Fernán Caballero».

La Libertad Cristiana, que apareció al ser destronada. Doña Isabel, y en el que mostró las galas de su pluma y su fe en el Tradicionalismo el conde de Orgaz, presidente que fue del Centro parlamentario carlista en 1871 y 1872.

La Perseverancia, fundado en Zaragoza por don Bienvenido Comín hacia 1867.

El Legitimista Español, en el que en los días de la revolución de 1869 sostuvo brillante campaña de propaganda católico-monárquica don Cruz Ochoa y Zabalegui, uno de los mejores oradores en las Cortes de 1869 a 1873.

La Unidad. Diario que se publicaba en Oviedo en 1869, dirigido por don Guillermo Estrada, uno de los prohombres de la Comunión Tradicionalista, que, en la Prensa y en el Parlamento, llenó muchas páginas de su historia.

Altar y Trono. Revista de Madrid, fundada por don Antonio Juan de Vildósola en los años anteriores a la última guerra carlista, y en la que colaboró Melgar.

La Convicción, [fundado en Barcelona por Luis María de Llauder en 1870].

El Cuartel Real, órgano oficial del Carlismo de 1872 a 1876. Lo dirigió don Salvador Morales. Publicaba los partes oficiales de la guerra, principalmente de la campaña del Norte, y las Reales Ordenes y disposiciones de Don Carlos y de su Gobierno.

La Fe, periódico muy leído en toda España, después de la guerra, por ser el diario oficial de la Comunión Católico-monárquica. Fué dirigido por don Vicente de la Hoz y de Liniers y por Vildósola.

El Estandarte Real.— Ilustración político-militar (1889-90). Director, Francisco de Paula Oller. Se publicaba con preciosos fotograbados y dibujos de los mejores artistas.

El Correo Español.— Después de La Fe fue el portavoz del Augusto Caudillo Don Carlos de Borbón y Austria de Este. Sus directores fueron en distintas ocasiones don Luis María de Llauder, don Leandro Herrero, don Juan Vázquez de Mella, don Benigno Bolaños («Eneas»), don Salvador Morales y don Miguel Fernández («Peñaflor»).

EL SIGLO FUTURO.— De su larga historia y de las campañas que se dispone a realizar nada debemos decir. Hoy aparece remozado, y quiera Dios que sea el denodado campeón que pregone el triunfo definitivo de nuestra Causa en plazo brevísimo.

Desde la Restauración a nuestros días han sido muchos los diarios, semanarios y revistas que en distintas poblaciones, han visto la luz para formar en el disciplinado ejército del periodismo tradicionalista.

Recordamos los Siguientes:

El Papelito, de Madrid; El Intransigente, de Zaragoza; El Almogávar Leridano; El Pensamiento Galaico, diario de Santiago; El Amigo del Pueblo, de Barcelona; El Restaurador, de Tortosa; La Cruz, de Madrid, revista;  La Voz de Vizcaya, de Bilbao; Biblioteca Popular Carlista, de Barcelona; El Legitimista Español, de Buenos Aires; El Estandarte Católico, de santiago de Chile; El Centinela, de Burgos; El Pilar, de Zaragoza; El Intransigente, de Madrid; La Hormiga de Oro, de Barcelona, revista ilustrada; El Deber, de Olot: El Vigía de la Torre, de Molina de Aragón; El Criterio Católico, de Barcelona, diario; La Gacetilla, de Madrid; España, de Buenos Aires; Lo Crit de la Patria, Lo Crit d'Espanya y La Carcajada, de Barcelona; La Verdad, de Santander; El Basco, de Bilbao; El Correo de Guipúzcoa, de San Sebastián; El Loredán y La Avanzada, de Barcelona; El Correo de Tortosa; El Centro, de Valencia; La Bandera Española, de Córdoba; El Obrero, de Granada; El Alavés, de Vitoria; El Radical, de Sevilla; La Lucha, de Valencia; El Rigoleto, de Madrid; Ausetania, de Vich; La Bandera Regional, de Barcelona; Lau-Caru, de Bilbao; El Combate, de Jaén; El Libertador, de Úbeda; Laurac-bat y Betit-bat, de Bilbao; El Norte Andaluz, de Jaén; El Correo de la Provincia, de Tarragona; La Comarca Leal, de Vich; El Nuevo Cruzado, de Barcelona; La Lealtad Navarra, de Pamplona; Juventud Carlista, de Madrid.

En 1912 fundó el que esto escribe, en compañía de beneméritos escritores de la Comunión, El Combate, del que no se publicó más que un número porque dificultades legales no lo consintieron. En sustitución apareció un semanario ilustrado que mereció por el Augusto Caudillo de la Tradición ser declarado órgano de nuestras Juventudes. La nueva publicación fue Juventud Tradicionalista. Con ella se consiguieron magníficos éxitos, y gracias a ella y a los que la redactábamos se organizaron grandiosos actos de propaganda en Madrid y en algunas ciudades y pueblos de Castilla. A la sazón había en España, entre otros, los siguientes periódicos, defensores de nuestro Credo:

DIARIOS: El Correo Español, Madrid; El Correo Catalán, Barcelona; Diario de Valencia; El Correo del Norte, San Sebastián; El Correo de Zamora; El Pensamiento Navarro, Pamplona; El Salmantino, Salamanca; El Correo de Galicia, Santiago; El Correo Leridano; El Norte, Gerona; El Principado, Gijón.

BISEMANARIOS: El Restaurador, Vigo.

SEMANARIOS: La Voz de la Tradición, Barcelona; Aurrerá, Bilbao; El Tesón Aragonés, Zaragoza; La Bandera Regional, Barcelona; El Jaimista, Vitoria; El Cruzado, Mondoñedo; El Cruzado de Castilla, Palencia; El Radical, Marchena; La Verdad, Granada; La Defensa, Elche; El Radical, Orense; El Maestrazgo, Castellón; La Reconoquista, Tarragona; El Castell Bergadá, Berga; Ausetania, Vich; El Porvenir, Toledo; La Defensa, Gerona; El Radical, Reus: La Tradición, Tortosa; El Requeté, Coruña; Lealtad Riojana, Haro; Tierra Hidalga, Burgos; El Conquistador, Orihuela.

MENSUAL: Vademécum del Jaimista, Barcelona; España, Buenos Aires.

Esta es, en síntesis, la relación de los luchadores de la Prensa. Periódicos todos de limpia historia, enemigos de campañas innobles, campeones de la verdadera libertad, francos, leales a sus principios, incapaces de venderse al oro liberal. Y como los periódicos, los periodistas.

La Tradición es una cantera inagotable. Sus materiales son de la roca viva de la Verdad y de la Historia, Los artífices, los que trabajan esos materiales, han sido y son los mantenedores de la Justicia, los que han consagrado vigilias y vigilias a mojar su pluma en el sacrificio, sin importarles las persecuciones, multas, cárceles, destierros. Han vivido en pleno ambiente de oposición. No han buscado destinos ni han querido prosperar en un régimen liberal, ni han pretendido sinecuras. La mayor parte murieron como buenos soldados, al pie de su trinchera, como si la pluma fuera el cañón que les defendiera de sus adversarlos.

Balmes, Donoso, Vildósola, Navarro Villoslada, La Hoz, Herrero, Bolaños, los Nocedales, Mella, Melgar, Selgas, Aparisi y Guijarro, «Fernán Caballero», Pereda, Cruz Ochoa, Estrada, Morales, Sánchez Asensio, Botella, «Peñaflor», Yáñez... Esos nombres son bastantes para acreditar la limpia historia del periodismo tradicionalista. Los más murieron pobres. Todos ellos acabaron su vida con la satisfacción del deber cumplido para con su Dios y para con su España.

Dejaron una estela de glorias. Sembraron el campo de la política de buenas semillas. Y el fruto no se hará esperar.

Otros más, muchos más ocupan hoy puestos en las avanzadas de la Prensa católico-monárquica. Sabrán imitar las virtudes y procurarán seguir las enseñanzas de los maestros. Porque «per in secula seculorum» y en el entender de que ¡Dios no muere!, los nuevos cruzados del pensamiento español continuarán manejando sus plumas, a la vez que nuestros grandes oradores convencerán a las multitudes de que ni la Religión ni la Patria se pueden salvar si no nos colocamos todos bajo los pliegues de la redentora bandera de la Tradición.

CLARO ABÁNADES

El Siglo Futuro (22 de abril de 1935)

Don Claro Abánades (1879 - 1974)

Después del artículo de Abánades, las posteriores páginas de El Siglo Futuro describen la trayectoria de los siguientes periódicos tradicionalistas activos en 1935:

El Pensamiento Navarro, de Pamplona; El Pensamiento Alavés, de Vitoria; El Correo Catalán, de Barcelona; La Unión, de Sevilla; La Constancia, de San Sebastián; La Croada, de Barcelona; Frohsdorf, de Barcelona; Lealtad Riojana, de Logroño; El Correo de Tortosa; Diario de Jerez; Eco de Jaén; Tradición, de Santander; Tradición Astur, de Gijón; Mi lectura, de Tolosa; Boletín de orientación tradicionalista; La Independencia, de Almería; Seny, de Manresa; Patria, de Villacarrillo; Ausetania, de Vic; España, de Las Palmas; La Tradición, de Tortosa; a.e.t., de Pamplona; Espanya Federal, de San Feliu de Llobregat; Rubricata, de Olesa de Montserrat; El lunes, de Zaragoza; El Tradicionalista, de Valencia; Joventut, de Valls; Terra Ferma, de Lérida; Boinas Rojas, de Aguilar de la Frontera.

Véase también nuestra relación de periódicos carlistas digitalizados y la obra Apuntes bibliográficos de la Prensa Carlista (1917), de José Navarro Cabanes.

martes, 27 de diciembre de 2016

Luis Hernando de Larramendi

Con motivo del quincuagésimo noveno aniversario de la muerte de don Luis Hernando de Larramendi, reproducimos la breve reseña biográfica de la Enciclopedia Espasa  (con las debidas reservas, por ejemplo la referencia a «la juventud derechista») de esta figura destacada en la historia del tradicionalismo español.



Político, abogado y publicista español, n. en 1882 y m. en Madrid el 27 de diciembre de 1957. Acérrimo carlista, pasó de presidente de las juventudes de su partido en Madrid a ser uno de los más apreciados elementos de la llamada Casa de los Tradicionalistas y uno de los puntales del semanario Alerta, cuya intransigente postura política se manifestaba en su lema «Antes morir que prevaricar».

Conoció una intensa vida pública al servicio del ideario carlista, que reconoció el propio Don Jaime de Borbón, quien le nombró su secretario general político en España.

Como escritor siguió una línea paralela con su actuación política. Buscó una interpretación moderna del tradicionalismo monárquico, pretendiendo atraer a los neutros y, por otra parte, instruir a los adeptos del partido, entonces gravemente desorientados ante la marea incontenible del liberalismo.

No hubo en su tiempo, prácticamente, mitin contra Canalejas, el pensamiento libre o la escuela laica en que no se oyera su voz, dispuesta siempre a aleccionar a la juventud derechista.

Como periodista, entre los años 1932 y 1935 dirigió y costeó la revista Criterio, colaborando también asiduamente en periódicos de su misma orientación ideológica, tales como El Correo Catalán, El Pensamiento Navarro y Reacción.

Entre otras obras escribió Papá ministro, Guía sociológica de aspirantes al matrimonio, La salud de la causa, En la avanzada y Cristiandad, tradición y realeza.


* Tomado de la Enciclopedia universal ilustrada europeo-americana (Espasa-Calpe), suplemento 1957-58, p. 233.

lunes, 19 de diciembre de 2016

La Tradición nos salvará

Figura alegórica de la España,
gran cuadro al óleo por Ermolao Paoletti

Lo dije ayer y lo repito hoy.

Sí; cuando el movimiento, llamado liberal, era en el fondo solamente el despotismo; cuando en vez de proclamar la libertad de la Iglesia, de las Regiones y de las Cortes representativas, implantaba el absorbente y caprichoso centralismo y dividía la nación en provincias antinaturales, esclavizaba y perseguía a la Religión y al Clero, e impedía a las clases y organismos sociales su legitima y acostumbrada representación e influencia en las Cortes y en la cosa pública; cuando, en fin, se trataba de implantar un régimen político extranjero, impío y herético —y, por tanto, tiránico; antimonárquico, pues que anula el oficio real; antiespañol, antipopular, sólo conveniente para satisfacer las concupiscencias de los partidos y para crear ambiciones y vanidades personales—, entonces, el pueblo español, amante de sus leyes propias, de su verdadera y orgánica libertad, de su Fe, de sus Fueros venerados, de sus Reyes de verdad con autoridad y responsabilidad, se opuso a la intromisión del régimen liberal y parlamentarista, que venía a matar la genuina democracia de la nación hispana.

Y esta posición que el Jaimismo tradicional sostiene, hoy como ayer, en contra del régimen parlamentarista liberal, tiene derecho al aplauso público, por lo mismo que nadie lo combatió tanto ni tan penosamente, y porque nadie representa y defiende tan pura y radicalmente el régimen tradicional, religioso, monárquico y fuerista.

La Dictadura, que, se decía destinada a destruir el régimen funesto liberal, encontró en sus comienzos el aplauso y la adhesión del pueblo español, que es antiliberal por convicción y por experiencia; pero, contagiada e ilógica, cayó en los mismos vicios y doctrinarismos que pretendió arrancar, fracasando ante la conciencia pública, de la que se alejó.

Esta conciencia pública española, cató­lico-monárquica, mas también amante de sus instituciones populares que, hoy como ayer, reclama la implantación total de su tradicional régimen monárquico fuerista, para la subsistencia y bienestar común de la Patria y de la Monarquía.

Inútil será la propaganda espectacular; ineficaces, todos los agitados trabajos de los partidos... Hablen los jefes y jefecillos; proclámense uniones y organizaciones; créense nuevas agrupaciones con programas máximos o mínimos... ¡Todo será infructuoso, si en contra de la interior y secular espiritualidad política española, se esfuerzan unos y otras en sostener un régimen absurdo y funesto que, lógicamente, tiene que parar en la anarquía o en el despotismo!

¡La Tradición —sólo la Tradición— puede salvar a España!...

JOSÉ SOBRÓN

José Sobrón


EL CRUZADO ESPAÑOL, órgano de la Comunión católico-monárquica (partido jaimista) en Castilla la Nueva (Madrid, 6 de junio de 1930)

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