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sábado, 1 de septiembre de 2018

La falsa cita de Karl Marx sobre el carlismo

Sobradamente conocidas son por todos los tradicionalistas las falsedades y tergiversaciones acerca de la doctrina e historia del carlismo que desde la década de 1970 vienen sosteniendo los integrantes del mal llamado "Partido Carlista" (hoy grupúsculo sin apenas relevancia, gracias a Dios). Desde las filas de la Comunión Tradicionalista, única agrupación que defiende íntegramente el pensamiento carlista bajo la bandera de la legitimidad dinástica que aún encarna, se ha estimado necesario poner de manifiesto tales mentiras más de una vez. No en vano, la misión de Carlos Hugo y los suyos no fue otra que la de desmovilizar las masas carlistas durante la Transición, impidiendo «que se consolidara en España una ultraderecha tradicionalista que hubiera sido un factor añadido de desestabilización de nuestra joven democracia», según reconocen abierta y desvergonzadamente estos falsos carlistas (que, realmente, como quinta columna, han sido quizá los peores enemigos que ha tenido el carlismo).

Karl Marx (1818-1883),
revolucionario burgués alemán que
jamás elogió el carlismo, movimiento
en las antípodas de su pensamiento
socialista y anticristiano, de raíz
cabalista.
En esta mendaz reinterpretación del carlismo, el corifeo carlohuguista José Carlos Clemente (actualmente Josep Carles Clemente), mostrando su nulo rigor historiográfico, ha divulgado durante décadas una cita falsa de Karl Marx en la que supuestamente el ideólogo comunista alemán habría elogiado el carlismo, afirmando que no era «un puro movimiento dinástico y regresivo», sino «un movimiento libre y popular en defensa de tradiciones mucho más liberales y regionalistas que el absorbente liberalismo oficial».​ La cita íntegra es la siguiente:

«El Carlismo no es un puro movimiento dinástico y regresivo, como se empeñaron en decir y mentir los bien pagados historiadores liberales. Es un movimiento libre y popular en defensa de tradiciones mucho más liberales y regionalistas que el absorbente liberalismo oficial, plagiado por papanatas que copiaban a la Revolución Francesa. Los carlistas defendían las mejores tradiciones jurídicas españolas, las de los Fueros y las Cortes legítimas que pisotearan el absolutismo centralista del Estado liberal. Representaban la patria grande como suma de las patrias locales, con sus peculiaridades y tradiciones propias. No existe ningún país en Europa, que no cuente con restos de antiguas poblaciones y formas populares que han sido atropelladas por el devenir de la Historia. Estos sectores son los que representan la contrarrevolución frente a la revolución que imponen las minorías dueñas del poder. En Francia fueron los bretones y en España, de un modo mucho más voluminoso y nacional, los defensores de Don Carlos. El tradicionalismo carlista tenía unas bases auténticamente populares y nacionales de campesinos, pequeños hidalgos y clero, en tanto que el liberalismo estaba encarnado en el militarismo, el capitalismo (las nuevas clases de comerciantes y agiotistas), la aristocracia latifundista y los intelectuales secularizados que en la mayoría de los casos pensaban con cabeza francesa o traducían —embrollando— de Alemania».

Además de Clemente en sus aburridos y repetitivos libros, María Teresa de Borbón Parma, Fermín Pérez-Nievas Borderas y otros militantes del mal llamado Partido Carlista, reproducirían también desde los años 70 una y otra vez este texto supuestamente marxista, a fin de justificar la metamorfosis ideológica que querían imponer al carlismo. Aunque en 2001 Miguel Izu demostró la falsedad de la cita (publicando nuevamente un extenso artículo al respecto en 2013), actualmente sigue siendo aludida por algunos ignorantes o malintencionados, e incluso la pseudoenciclopedia Auñamendi Eusko Entziklopedia la incluye a día de hoy en su entrada sobre Karl Marx.

Realmente la cita apócrifa en cuestión no es que diga nada en lo que no podamos estar de acuerdo los verdaderos carlistas: todo lo contrario. El problema es que Karl Marx jamás escribió tal cosa. Lo cierto es que, como demuestra Izu, la cita mezcla partes de un texto real de Friedrich Engels, publicado en 1849 en la Nueva Gaceta Renana,​ con las opiniones sobre el mismo del tradicionalista Jesús Evaristo Casariego, que fue quien lo tradujo al español y lo publicó en 1961 en el ABC, adjudicando erróneamente su autoría a Marx.​

La cita real de Engels, que en ningún momento teoriza sobre la naturaleza ni la doctrina del carlismo, sino que se limita a definir a los vascos seguidores de Don Carlos como «restos de una nación implacablemente pisoteada por la marcha de la historia», es la siguiente:

«No hay ningún país europeo que no posea en cualquier rincón una o varias ruinas de pueblos, residuos de una anterior población contenida y sojuzgada por la nación que más tarde se convirtió en portadora del desarrollo histórico. Esos restos de una nación implacablemente pisoteada por la marcha de la historia, como dice Hegel, esos desechos de pueblos, se convierten cada vez, y siguen siéndolo hasta su total exterminación o desnacionalización, en portadores fanáticos de la contrarrevolución, así como toda su existencia en general ya es una protesta contra una gran revolución histórica. Así pasó en Escocia con los gaélicos, soporte de los Estuardo desde 1640 hasta 1745. Así en Francia con los bretones, soporte de los Borbones desde 1792 hasta 1800. Así en España con los vascos, soporte de Don Carlos».

En realidad, como señalaba el propio artículo en ABC de Casariego (en este caso acertadamente), Marx no sentía ninguna simpatía por los contrarrevolucionarios realistas españoles —antecesores directos del carlismo— que aclamaron a Fernando VII en 1814 y 1823 (dos de las ocasiones en que el liberalismo ha sido derrotado con las armas en España), mereciendo ser considerados por Marx como «vil populacho» y «demagogia ignorante». En la doctrina elaborada por él, cualquier avance de la Revolución, aunque sea en su fase liberal, burguesa, ultracapitalista y opresora, se convierte en bueno simplemente porque «supera» a la fase anterior y avanza hacia el socialismo, primero, y el comunismo, después, fin inexorable de la historia humana. Sobre los mismos carlistas, Marx se refirió en sus artículos periodísticos a ellos como «ladrones facciosos», a Don Carlos como «el quijote de los autos de fe» y a los partidarios europeos de Don Carlos como «cretinos». Del anticarlismo de Karl Marx sí hay constancia.

domingo, 3 de septiembre de 2017

San Pío X y Carlos VII

Los hechos expuestos a continuación ponen en tela de juicio los argumentos de quienes sostienen que la Iglesia fue partidaria del sistema alfonsino y que para ser buenos católicos y complacer al Santo Padre, los españoles tenían la obligación acatar reverentemente los Poderes constituidos, cuestiones tan complejas y delicadas, que se resuelven mejor que con disquisiciones metafísicas, con hechos cuya elocuencia está al alcance de las inteligencias menos perspicuas.


San Pío X, Romano Pontífice entre 

No podían ser más cordiales las relaciones de Su Santidad el Papa Pío X y el Augusto Caudillo de la Comunión Tradicionalista, Carlos VII. Apenas elegido Pontífice el Cardenal Sarto, cruzáronse entre ambos afectuosos telegramas de felicitación y de gracias.

Dos visitas hizo Don Carlos al Papa en Roma, y las dos veces fue recibido con tanta ostentación como afecto, como sólo se recibe a los reyes verdaderamente católicos, que han prestado o prestan grandes servicios a la Iglesia.

A los regalos de Don Carlos correspondió el Papa con otros de incomparable valor moral y material, como un riquísimo medallón de oro, esmaltes y brillantes; un rosario de oro y cristal de roca, hábilmente tallado; un solideo, unas sandalias y una faja del uso personal del Romano Pontífice en circunstancias solemnes, etc.

El Papa enriqueció generosamente la capilla del Palacio Loredán, residencia de Don Carlos, con indulgencias plenarias y parciales, como no lo hizo con ninguna otra capilla de los reyes reinantes y Poderes constituidos.

Carlos VII,
Duque de Madrid, Rey legítimo de España 

El 4 de noviembre de 1905, fiesta onomástica de Don Carlos, el Rvdo. Sr. Vicario de la Iglesia del Espíritu Santo, que casi diariamente celebraba el Santo Sacrificio del Altar en el oratorio de Palacio, con asistencia de sus Augustos moradores, entregó al Sr. Duque de Madrid un rescripto, en el cual Su Santidad concedía que se pudiese celebrar en la capilla doméstica de nuestros Augustos Señores la Santa Misa, según el orden prescrito por el calendario de la Diócesis de Madrid, figurando al pie, de puño y letra del Romano Pontífice, estas hermosas palabras:

Justa preces precipitae in favorem magnimorum Principum quorum in Sancta Sedem Apostolicam obervatia magno facimas.— Ex aedibus Vaticanis die 16 Octobris 1905.— Pius PP X.

Lo cual significa que Su Santidad concedía especialmente esa gracia en favor de los magnánimos Príncipes, cuya devoción a la Santa Sede Apostólica tenían en grande estima.

No contento con tan afectuoso privilegio, por medio de carta autógrafa, fechada en el Vaticano el día 3, felicitó a Don Carlos con motivo de su fiesta onomástica, y en ella le deseaba, por la intercesión de San Carlos, las mejores prosperidades el día de su Santo y mandaba con efusión, tanto a Él como a la Señora, la bendición apostólica.

Por último, apenas Pío X tuvo noticia del fallecimiento del ayudante de campo de Don Carlos, el general Saсаnell, aplicó la Misa en sufragio del alma del difunto, mandó decir por él oraciones especiales y por telégrafo dio el pésame a nuestros Augustos Señores.

¿Que todo esto petenecía al orden privado y amistoso? Claro que sí. Pero resultaba elocuente en grado sumo para poner una mordaza en los labios de quienes eran nuestros detractores sistemáticos, conservadores embolados, mestizos y reconocementeros, más o menos vergonzantes, enamorados del mal menor, y que, no contentos con eso, formaban juicios temerarios respecto a la catolicidad de los carlistas y de su incomparable Jefe, deslizando en las Cofradías frases que, si no deshonraban, empañaban al menos nuestra reputación religiosa, y sostenían en serio que con los carlistas no se puede contar para ninguna empresa verdaderamente católica... alfonsina, se les olvidaba decir.

Decía proféticamente Eseverri (seudónimo de Manuel Polo y Peyrolón) en EL CORREO ESPAÑOL, que si nos dejábamos seducir por los que, con pretextos religiosos, se proponían por toda finalidad matar al partido carlista, anulándole a los pies de las instituciones liberales, debíamos prepararnos para llorar sobre la tumba de la Religión y de la Patria.

Información obtenida de El Correo Español (11 de enero 1906)

sábado, 1 de abril de 2017

CX aniversario de Ramón Nocedal y Romea

Ramón Nocedal Romea (Madrid, 1842-1907)
Pocas veces será tan aplicable y exacto el conocido dicho de «de tal palo tal astilla» como en el caso, y valga la aplicación, de Ramón Nocedal. Hijo de don Cándido Nocedal, el gigantesco político y gran orador que durante varios años, y hasta su muerte, rigiera el partido carlista, no puede extrañar que heredara las excelsas cualidades que en tan elevado grado brillaran en su padre. Tuvo buena escuela y supo sacar provecho de ella.

Formado en el culto de la verdad religiosa y en el amor de los principios tradicionales, comenzó su experiencia política al lado de su padre, en la brillante minoría tradicionalista que él acaudillara en las Cortes de 1871. Ajenos estaban los prohombres de los partidos liberales que se turnaban en el juego del poder, cuando eran incesantemente fustigados por el verbo irresistible y la poderosa argumentación de don Cándido Nocedal, que éste habría de supervivirse de forma tan adecuada y exacta en el terreno de la lucha política.

Murió don Cándido, pero si el enemigo equivocadamente respiró a su muerte, poco le duró el respiro. Porque con la muerte de don Cándido Nocedal no calló su voz, ni mucho menos murieron las doctrinas y principios que tan celosamente defendió en vida. En el progreso hereditario que, como tan acertadamente la definiera Mella, es la Tradición, poco importa la contingencia y brevedad de una vida. Los hombres mueren, pero los principios viven, y por encima de las contingencias personales, el caudaloso río de la Tradición española sigue y seguirá su curso, fluyendo intacto e incontaminado, cada día más limpio y clarificado, hasta el fin de los tiempos, cuyo secreto profundo sólo Dios posee.

Pero si la Tradición no muere, porque es historia viva que arranca del pasado, se perfecciona en el presente y prolonga en el futuro, cabría que una generación infiel —revolucionaria— tratara y aun consiguiera romper momentáneamente su fluir histórico, abandonando su servicio y traicionando con una sustitución,, a base de doctrinas exóticas y heterodoxas, al ser del país que ella constituye. Esto intentó hacer el liberalismo en España y esto fue lo que ni siquiera momentánea ni circunstancilamente consiguió. Porque la Tradición española, aunque traicionada por unos y abandonada por otros, no quedó rota ni falta de seguidores y defensores. El Carlismo la recogió y, haciéndose depositario de ella, la defendió contra doctrinas extrañas y la conservó al día, perfeccionándola con el talento de sus hombres y fecundándola con la sangre de sus mártires, para esperanza y salvación de España.

Pero si la Tradición española encontró en el Carlismo el eslabón preciso para no romperse ni perderse, si gracias a él ha podido guardarse su esencia y continuarse ininterrumpidamente su desarrollo histórico, merece señalarse, dentro de ella, esa supervivencia personal que he indicado al referirme a la muerte de don Cándido Nocedal.


Si las doctrinas tradicionales no murieron porque no podían morir, y ahí estaba el partido carlista para evitarlo, tampoco desapareció del panorama político español, a su muerte, la egregia figura de don Cándido.

Su voz no calló. Esa voz que provocara crisis en los gobiernos liberales y que tan valientemente atacara sus errores y extravíos, continuó resonando, en el Parlamento unas veces, y en los campos y ciudades de España otras, porque otro Nocedal, hechura fiel del primero, continuó, continua y constantemente, encargado de que no se apagaran sus ecos.

Cándido y Ramón Nocedal, dos nombres y un solo apellido, al servicio de un mismo Ideal. Y en esta fusión de personalidades y de ejecutorias en el cumplimiento de una misma y sagrada tarea, está contenido cuanto en explicación y elogio de ambos pueda decirse. Pues para ninguno de ellos cabe mayor elogio que el decir sencillamente que fue padre de tal hijo e hijo de tal padre.

Cándido Nocedal y Rodríguez de la Flor 
(La Coruña, 1821 - Madrid, 1885)

Con lo anterior queda ya implícitamente dicho que Ramón Nocedal y Romea dedicó su vida entera y exclusivamente al servicio de los ideales tradicionalistas que su padre le inculcara y defendiera.

Por ellos renunció a honores, posibilidades sociales y políticas, aficiones particulares y satisfacciones personales. Por ellos también sufrió toda clase de persecuciones y padeció afrentas, intrigas, calumnias e injusticias continuadas. No interesa su inventario, pero sí destacar cómo, en medio de ese mar de adversidades, permaneció siempre entero, erguido y firme, sin claudicar ni acobardarse, clamando incesantemente la verdad y luchando en su defensa hasta llegar a ser un ejemplo digno de ser seguido por las generaciones venideras.


Sus dotes personales eran verdaderamente extraordinarias. Poseía un gran talento histórico-crítico y una maravillosa capacidad de síntesis, evidenciadas en sus apuntes y escritos históricos, y constantemente presentes en sus discursos políticos.

Como orador, sorprenden su facilidad y elocuencia. Hablaba con sencillez cuando de cuestiones sencillas se trataba, y con gran calor, vehemencia y entusiasmo, cuando se proponía llevar al auditorio la fe en sus convicciones y creencias. Y siempre, con gran claridad y elegancia.

En todos sus escritos y discursos se manifiesta una lógica férrea, aguda y sutil. Sus razonamientos son siempre claros y sólidos: acorrala al adversario y le reduce a la impotencia descubriendo sus puntos débiles con fina perspicacia y asestando en ellos los golpes irresistibles de sus argumentos. Esto le hacía un polemista terrible y peligroso, tanto más, cuanto que a su perspicacia y dialéctica razonadora se unían una fina ironía y una profunda intención para confundir al enemigo y ponerle en evidencia.

Contestaba las interrupciones parlamentarias con gran serenidad y frases concisas. Profundo, ardoroso y acometedor siempre, conforme fue adquiriendo experiencia sus magníficas dotes se fueron perfeccionando hasta hacerse un orador intencionado, experto, extraordinariamente eficaz y mortífero en los ataques, a la par que cauto para no dejarse envolver ni caer en las trampas dialécticas de sus enemigos. Esto le hizo brillar con luz propia en Parlamentos en los que figuraban oradores de la talla de Cánovas, Canalejas, Salmerón, Silvela, Sagasta y Maura, con los cuales contendió ventajosamente en innúmeras ocasiones.

Cualidad suya permanente fue la de ser siempre correcto y prudente, aun en sus más claras y duras intervenciones parlamentarias. Respetuoso con las personas, supo siempre decirles las verdades precisas sin ofenderlas y jamás transigió con sus errores, ni con las doctrinas revolucionarias, las defendiera quien las defendiera.


Fundó, con la cooperación de su padre, «El Siglo Futuro» y continuó en el Parlamento varias campañas que él iniciara. Poseedor de una solidísima formación religiosa y política, se constituyó en incansable defensor de los vejados derechos de la Iglesia y de las doctrinas tradicionales españolas.

Motivo constante de sus actuaciones fueron la crítica de las medidas antirreligiosas y antitradicionales de los gobiernos liberales, y continuamente, con fe de iluminado y valentía heroica, expuso ante auditorios muchas veces hostiles y enemigos las verdades salvadoras que él había recogido de la religión católica y de la tradición española. Como dice don Agustín González de Amezúa en el prólogo a uno de los volúmenes de sus «Obras Completas» por él recopiladas, podrá haber sido llamado con toda justicia «procurador en Cortes por la Iglesia». Y las campañas políticas hicieron a su vez de él el más genuino defensor de los fueros y libertades de las sociedades infrasoberanas.


Mucho se ha especulado sobre los acontecimientos que le colocaron fuera de la disciplina carlista y le llevaron a fundar el Partido Católico Nacional, más corrientemente conocido por «integrista», en el que continuó defendiendo, en todos los campos, los principios tradicionales y las doctrinas que recibiera de su padre y del partido carlista.

No interesa ahondar en esta cuestión, zanjada ya por el tiempo, con la natural fusión y vuelta del integrismo a la Comunión Tradicionalista. Por encima de hechos lamentables y de contingencias circunstanciales, carlismo e integrismo lucharon por los mismos principios y contribuyeron a salvar las mismas doctrinas y, desaparecidas las causas que determinaron su separación, se encontraron otra vez juntos en la misma disciplina. Cabe, pues, olvidar esta riña de hermanos, y a la luz de la doctrina, que es lo eterno, por encima de los hechos accidentales, considerar a Ramón Nocedal, ahora, en 1951, como un tradicionalista carlista de siempre, y de los que, de forma destacada, han contribuido en grado máximo a la salvación de la Tradición española y a este vigor actual del Carlismo español, tan magníficamente evidenciado en el florecer de boinas rojas de 1936.

Con este criterio he preparado esta antología y por eso, bajo el epígrafe de «Carlismo», figuran unos textos que, si directamente se refieren al partido integrista, por su sentido y alcance convienen también exactamente al Carlismo, y sobre él habrían sido pronunciadas por s autor de no haberse producido los acontecimientos que determinaron el nacimiento del Partido Católico Nacional.


El pensamiento de Ramón Nocedal fue rico en concepciones y exacto en su expresión. Con intuición profunda descubrió las raíces de los males que aquejaban a España y con claridad meridiana, y con machacona insistencia, expuso las soluciones a ellos. Sus palabras —así cuando anunció la muerte de los partidos liberales y la ruina a que llevarían a España—, muchas veces resultaron proféticas. Y siempre, claras y luminosas para calar en el alma de España y guiar los pasos de quienes buscan la verdad política. Por eso, a los cuarenta y cuatro años de su muerte, conservan todo su interés y viva actualidad y serán, sin duda, sumamente provechosas para los lectores actuales que se preocupan por los problemas políticos.


Del preliminar de la Antología de Ramón Nocedal Romea, preparada por Jaime de Carlos Gómez-Rodulfo, Editorial Tradicionalista, Madrid 1952, pp. 7-14.

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