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martes, 31 de diciembre de 2019

Fray Luis de Granada, por Juan V. de Mella

Tal día como hoy, en 1588, moría Fray Luis de Granada, orgullo de nuestra ciudad y de nuestra Patria. También un 31 de diciembre, del año 1888, se estrenaba D. Juan Vázquez de Mella como redactor del diario madrileño que acababa de fundar Carlos VII para la difusión leal de la doctrina carlista, El Correo Español; y lo hacía con el artículo que reproducimos a continuación, en el que celebraba la figura de tan ilustre fraile en su tercer centenario:

Monumento a Fray Luis de Granada en
la ciudad de los cármenes, actualmente
ubicado frente a la iglesia de Sto. Domingo.
Fue construido por iniciativa del periódico
carlista granadino La Verdad.

Fray Luis De Granada 

Hoy hace 300 años que en Lisboa murió en la paz del Señor uno de los varones más insignes con que se enorgullece nuestra patria.

Hijo de una humilde lavandera, recogido y amparado por un prócer ilustre admirado del natural despejo que mostraba en medio de sus juegos infantiles el obscuro huérfano, de tal manera ascendió por la escala de la virtud y del saber, que su nombre brilla como estrella de primera magnitud en la Orden de Santo Domingo y en el cielo de nuestras letras.

No es difícil en siglos menguados que se eleve sobre el nivel común de las medianías el hombre de verdadero mérito; pero asombra y maravilla que, en centurias como la décimasexta, cuando del fecundo seno de nuestra patria surgía opulenta y magnífica la vida nacional, dilatándose las grandezas españolas por todos los términos de la tierra, y presenciando atónito el mundo la más pasmosa asociación que pudo ofrecer jamás nación alguna de esplendores literarios y ciencias y virtudes egregias, y hazañas sin cuento, se destacase con soberana majestad la figura de un pobre religioso y atrajese hacia sí la admiración de aquellas gentes, habituadas a contemplar gigantes y a presenciar como cosas ordinarias las mayores magnificencias.

Y, sin embargo, es lo cierto que el nombre de Fray Luis de Granada resplandece con fulgores inextinguibles allí donde lanzan lumbre inmortal las inteligencias y los corazones de los hombres excelsos que honran y engrandecen nuestra raza.

En esa edad de oro de nuestra cultura, que comprende, no sólo el siglo XVI, sino casi todo el XVII, la fe católica, causa primera y superior del espíritu nacional, y la épica cruzada de las centurias anteriores, comunicaron tan poderosos alientos y tal vigor y energía a aquellas generaciones, que la robusta y lozana vida que las animaba parece que, después de correr abundante y generosa difundiendo por todas partes la salud, tomó cuerpo y como que concentró en un hombre alguna de sus peculiares energías, representando así la más alta de las ciencias, la sublime Teología, Vitoria y Melchor Cano; la ciencia filosófica, Suárez y Luis Vives; el Derecho, Soto y Molina; la poesía dramática, Lope y Calderón; la lírica, Fray Luis de León y Herrera; y el fuego de los divinos amores que enciende las almas y arrebata las voluntades hasta unirlas por amorosos besos con el Bien Sumo, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús; como representaron la elocuencia que dispersa, con la luz de la verdad, las sombras del error y del pecado, el Venerable Juan de Avila y Fray Luis de Granada.

Si en las obras de Cervantes corre rica, abundante y armoniosa la prosa castellana, y en las de Saavedra Fajardo se muestra severa, concisa y enérgica, y en las de Solís florida y elocuente, con haber tan maravillosos escritores en aquella edad de gloria, en ninguno como en Fray Luis de Granada adquirió la lengua castellana tanta majestad y grandeza. Como río que se sale de su cauce y se desborda y todo lo inunda, así de los labios y de la pluma de Fray Luis de Granada sale el henchido raudal de la elocuencia, pareciendo que con el cadencioso sonar de sus palabras llegan hasta nosotros armonías de lo alto.

Al leer el Símbolo de la Fe, y principalmente sus sermones, y al contemplar la exigua, pobre y afrancesada prosa de estos tiempos, parecen aquellas páginas escritas en lengua diferente de la que de continuo resuena en nuestros oídos.

Y es que aquellos hombres de aquella edad levantaron el lenguaje a la altura de sus inteligencias y de sus corazones; y como estaban animados de fe poderosa y ardiente, comunicaron brillo y grandeza a la lengua castellana, mientras en este siglo se la rebaja al nivel de las concupiscencias de la carne y las impurezas del error, y por eso parece planta macilenta y agostada, a la que falta savia y vida.

Vuelva a encenderse la fe en las almas, y aquellas generaciones de gigantes aparecerán otra vez sobre el suelo de la patria, y las obras de Fray Luis de Granada tornarán a ser el deleite y el alimento de los espíritus, y, juntamente con la hermosura y gallardía del lenguaje, reaparecerá la pureza de las creencias, y reanudaremos la rota cadena de nuestras tradiciones nacionales.

(Artículo publicado en El Correo Español, el día 31 de diciembre de 1888.)

jueves, 11 de julio de 2019

Los conceptos de nación y de Estado en el pensamiento de Juan Vázquez de Mella

Discurso de Juan Vázquez de Mella en Santander (16/9/1916)

«El Carlismo no quiere destruir el Estado, sino reconstruir la sociedad, que es cosa distinta». Eso afirmó en 1971 el Centro de Estudios Históricos y Políticos General Zumalacárregui, dirigido por el profesor Francisco Elías de Tejada, en su obra más señera, ¿Qué es el Carlismo?. (1)

Con esta conclusión, la citada obra —que vio la luz en un momento de confusión en el campo de la Tradición a causa del Vaticano II y las innovaciones/traiciones doctrinales de la camarilla de Carlos Hugo— no hacía sino recoger el principio regionalista de autarquía de Juan Vázquez de Mella. Sin embargo, en el terreno económico Mella era favorable a un Estado intervencionista. Eso manifestó la Junta del Homenaje a Mella en 1928, con las siguientes palabras:

Cuando todos los partidos estaban sumergidos en la charca del individualismo económico, él, con recia voz, defendía el intervencionalismo del Estado, que ya no hay quien se atreva a rechazar, e insertaba en el programa de su partido las normas directrices de la Encíclica Rerum Novarum, faro para no estrellarse en los rompientes del intervencionalismo socialista. (2)

En relación al concepto de nación, tan ligado al de Estado, Vázquez de Mella decía que lo que constituye una nación es la unidad de creencias, y que solo existe una nación cuando se revela por una historia común y a la vez independiente de otras historias. (3) Por eso, el tribuno asturiano concluía que España es una nación y que, por ejemplo, Cataluña, a pesar de su acentuada personalidad, no lo es. (4) Para Mella, el Estado es cosa diferente, pues donde quiera que haya una soberanía política independiente, existe un Estado, pero no necesariamente ha de constituir una nación. (5) Desde los Reyes Católicos se afirmaría en nuestra patria el principio de la unidad del Estado, bien distinto, según Mella, del de la llamada «unidad constitucional». Principio éste que, por implicar una concentración de poder uniforme para todas las regiones, es opuesto al verdadero regionalismo, el cual, afirmando la unidad política, no admite la uniformidad legislativa. (6)

Acerca de los conceptos de nación y Estado, tan susceptibles a discusión y debate, el Verbo de la Tradición nos legó las siguientes líneas, que consideramos de gran interés:

El concepto de nación
Una nación no es una raza; las grandes razas abarcan continentes enteros, y las subrazas no están puras en ninguna parte, porque se ha mezclado la sangre de todas. No coinciden la lengua y la raza, según todos los filólogos modernos, y por los labios de una raza pueden pasar varias lenguas. No la constituyen los límites naturales, porque los ríos y las cordilleras pueden ser el marco, pero no son el cuadro. ¿Qué es lo que constituye una nación? Yo podría sobre esto disertar largamente, porque, aunque no terminado, tengo sobre ello escrito un libro; mas no quiero abrumaros con todas las doctrinas que hay sobre este punto; como aparte de las representaciones abstractas están siempre los hechos concretos, yo, acerca de esos hechos, he de reclamar vuestra atención y he de formular brevemente el concepto de la nación tal como yo lo entiendo, porque es base de este debate y de él nacen las diferencias que separan de los regionalistas de la Liga a los que afirmamos el principio de la unidad nacional. Este es el punto culminante.

¿Qué es la nación? ¿Cuáles son las relaciones de la región, del Estado y de la nación? ¿Cuáles son las tres nociones fundamentales? Hay dos maneras de tratar el concepto de nación: una abstracta, prescindiendo de los hechos, aunque descienda después a ellos; y otra la que se basa en los hechos concretos y visibles que son objeto de observación; y a ésa sí he de referirme, pues a esos hechos habrá que darles un nombre, y yo no discuto sobre los nombres, pero es fácil ponerse de acuerdo sobre ellos cuando los entendimientos, por la observación y la comparación, están de acuerdo acerca de los hechos. Yo entiendo, señores, que la nación, que no es ni la raza ni la lengua, ni la combinación de estos factores, aunque puede ser resultado de ellos, implica dos cosas: un principio que pudiéramos llamar psicológico, interno, y una nota externa, visible a todos, y que aparece de tal manera ante los ojos del observador no cegado por la pasión, que pronto puede ver por esa nota externa cuál es una nación y cuál no lo es. Hay un principio psicológico interno. La nación tiene, como los individuos, aunque en sentido diferente, un alma, un espíritu nacional. Donde no hay ese espíritu, no hay nación. ¿Cómo se forma? Es largo de explicar. Hay un fondo de ideas, de sentimientos, de aspiraciones fundamentales y de tradiciones que constituyen una nación y que se manifiestan en la nota de un carácter común que no excluye, antes bien los supone, variedad de caracteres subordinados. Cuando eso no existe, podrá haber la apariencia o el nombre de tal, pero no existe en realidad la nación. Aun aquellos que neguéis el principio religioso, aun aquellos que aborrezcáis la síntesis cristiana que ha cambiado la faz del mundo y dividido la Historia en dos hemisferios, no podréis negar esto: que allá, al otro lado del Calvario y de la Cruz, ha habido Estados, y congregaciones y federaciones de Estados; pero fuera del pueblo hebreo no ha habido ninguna nación, como no estuviese reducida a los límites, bien constreñidos, de la ciudad antigua.

Es necesario que en los comienzos, en el origen, por lo menos, haya una creencia común que funda los espíritus en un cierto decálogo y en un cierto símbolo, que impere sobre los entendimientos y sobre las voluntades y establezca una comunión espiritual que los congregue para que marchen unidos por la Historia. Pudiera suceder que esa unidad de creencias primitivas se hubiese mermado o se hubiese extinguido; pero no importa, que ella seguiría obrando por sus efectos trocados en causas, a semejanza de las estrellas de que hablan los astrónomos, que están moribundas o han muerto, y la luz que emitieron todavía llega a nuestras pupilas. Esa unidad de creencias aparece en los comienzos, en los orígenes, fundiendo las almas. Después, las combinaciones de las razas y las lenguas, el territorio y el tiempo llegan a constituir la nación cuando hay un carácter común general, que, por ser común y general, supone una variedad de caracteres, por encima de los cuales está el sello espiritual que a todos los distingue. Cuando además se revela por una historia general, por una historia común y a la vez independiente de otras historias, que es su nota externa, entonces la nación existe; cuando no hay esos caracteres, no existe la nación. 
Definición del Estado
El Estado es una cosa diferente. Una colección de emigrantes de diferentes creencias, de razas distintas, puede llegar un día en un buque náufrago a estrellarse en la costa de una isla desierta e inhospitalaria y erigir un Poder público e independiente, constituir un Estado; dondequiera que haya una soberanía política independiente existe un Estado, pero no constituirá una nación. Un Estado se puede constituir en una batalla, sobre una espada vencedora, cuando una provincia se destaca, o una colonia se emancipa; pero una nación, no; una nación no se improvisa. 
Es necesario en el cauce de la Historia que gentes, que pueden proceder de fuentes diversas, marchen juntas, y sólo después de haber filtrado su vida común al través de los siglos pueden adquirir las notas de un todo sucesivo e independiente. Fijaos bien en una nación cualquiera de las que así se llaman en la Europa moderna, y observaréis que su historia tiene trazos de conjunto general que constituyen una unidad, y que esa unidad puede subsistir, aun cuando se rompan los lazos que las unen, con influencias recibidas de otras naciones. 
España, por ejemplo, ha tenido influencias evidentes de Francia sobre nuestro territorio; de Inglaterra, de Italia, de todos los que han estado más próximos a ella. Francia influyó sobre nosotros en la Edad Media, hasta con la importancia que tuviera aquí el elemento cluniacense que alteró nuestra disciplina; con la ayuda, aunque momentánea, fugaz, que prestó a nuestra Reconquista, y por la que tuvo, ya en la plenitud de su poderío, en el siglo XVII; pero nosotros también hemos influído sobre Francia en las horas de nuestra grandeza, no sólo cuando Francisco I venía a Madrid y Farnesio iba a París, sino cuando nuestros oradores sagrados y nuestros místicos influían en los suyos, como lo revelan las famosas discusiones de Fenelón y Bossuet. Nosotros hemos influido sobre Inglaterra, tanto acaso, en los siglos de nuestra grandeza, como ella influyó sobre nuestros destinos; nosotros hemos recibido la influencia de Italia, que llegó a ejercer la soberanía sobre nuestro arte, que recibe a través de ella la influencia clásica, que después se asimila nuestro espíritu hasta señalarla con caracteres de originalidad nativa española; pero nosotros hemos ejercido durante más de tres siglos el dominio sobre el mediodía de Italia, y un siglo entero sobre el Milanesado; y nuestra influencia fué tal que durante algún tiempo parecía feudo nuestro; y si ella nos comunicó algo del espíritu del Renacimiento, nosotros le hemos comunicado el nuestro que moderaba la reacción pagana con la fuerza que desplegamos en el siglo XVI. 
Y suprimid la influencia que ejerció Alemania, como hoy está demostrado contra lo que se creía recientemente, en los orígenes de nuestras gestas y de nuestra épica, y veréis que nosotros, con nuestro teatro, que influyó en el suyo, y con la acción de nuestra política y de nuestros Tercios, hemos compensado la influencia que ella ejerció. De modo que Inglaterra, Francia, Italia, Alemania, han ejercido influencia sobre nosotros; pero, cercenada esa influencia y puesta en la balanza la que nosotros ejercimos sobre ellas, no se puede por menos de afirmar la existencia de ese todo que se llama España. 
Pero ¿sucede eso con las regiones de España, aun aquellas que tienen más acentuada su personalidad? No. Pocas tienen tanta como Cataluña; pero Cataluña, aunque os asombre y esto contradiga vuestros principios, no es nación. No es nación, porque no tiene todos aquellos caracteres de historia común, general e independiente y externa que se necesitan para serlo. 
La unidad de la Patria 
Yo no concibo la historia de Cataluña, sin la historia de Aragón; no concibo la historia de Aragón, sin la historia de Navarra; no concibo las dos, sin la historia de Castilla. Todas las naciones están separadas y aisladas, pero en el conjunto compensan la influencia recíproca de todas las demás naciones. No sucede esto con ninguna región de España; todas ellas juntas forman una personalidad histórica con caracteres admirables, profundamente vigorosa. (7)


Notas:

(1) Centro de Estudios Históricos y Políticos General Zumalacárregui, ¿Qué es el Carlismo?, Madrid, 1971 (edición digital), p. 81
(2) Obras completas de Juan Vázquez de Mella, tomo I, Madrid, 1928. Prólogo, p. XIII
(3) Obras completas de Juan Vázquez de Mella, tomo X, Madrid, 1932, p. 299.
(4) Ibid.: p. 303.
(5) Ibid.: p. 300.
(6) Obras completas de Juan Vázquez de Mella, tomo VII, Madrid, 1932, pp. 210-211.
(7) Obras completas de Juan Vázquez de Mella, tomo X, Madrid, 1932, pp. 296-303.

sábado, 5 de enero de 2019

El mal menor, por Juan Vázquez de Mella



La guerra exclusivamente defensiva lo mismo en las luchas guerreras que en las sociales y en las batallas de doctrinas, no es más que una triste necesidad de los débiles. Y cuando no es así, por fuerte que sea el ejército que limita sus empresas a resistir la violencia, no conseguirá otra cosa que pactar con la muerte, transigir con desventaja con el enemigo y abdicar hasta la esperanza de la victoria.

Con esa estrategia del mal menor se puede hacer el recuento de todas las batallas que se han perdido; pero no es posible empezar la lista con una sola que se haya ganado.

Durante todo el siglo décimo nono, no hay en España una sola década en que no haya perdido algo la fortaleza de la fe: Un día cae una almena, otro se ciega un foso, más tarde se derrumba una torre, después se cuartea un muro, y no está toda en el suelo, porque ha habido los soldados de la tradición que acometieron por fuera al adversario. ¿Y todavía habrá quien defienda semejante estrategia, que no es más que la teoría de la derrota? La sabiduría popular la comenzó en uno de sus gráficos apotegmas: «El que pega primero pega dos veces»; pero los católicos españoles repetimos filosóficamente la súplica del general griego: «Pega, pero escucha». Y la Revolución, que no es en sus distintas formas más que la fuerza impía, pega, pero no escucha; y si escucha es para llamarnos ¡provocadores! —como el lobo de la fábula al cordero que bebía más abajo— y después pega otra vez. Y sin embargo no aprendemos. La ley del escarmiento, que rige para los gatos, no rige para los católicos españoles.

Los que pueden vencer, los que vencerán sin duda, si se lo proponen valerosamente, son los que no acataron las instituciones enemigas, ni entraron en su legalidad, ni se resignaron a la estrategia de la sola defensa, sino que tomaron resueltamente la ofensiva; que a la táctica ofensiva se deben las victorias; que por no saber seguirla los católicos, vamos perdiendo cada día un girón de nuestra bandera y un pedazo de nuestra independencia.

Juan Vázquez de Mella

Fuente: Álbum Histórico del Carlismo: 1833-1933-35, pp. 307-308.


A este fantástico texto de Vázquez de Mella, con el que estamos plenamente de acuerdo, solo añadimos lo siguiente: no nos limitemos a arremeter contra el que meramente defiende (aunque ello pueda ser en algún momento necesario), sino lideremos, a campo abierto, el ataque al enemigo, ganando de este modo las simpatías de los que defienden desde la fortaleza, que verán en nosotros, sus salvadores, el mejor ejemplo a seguir y correrán presurosos a abandonar sus puestos para ingresar en nuestras filas. Porque los católicos (católicos verdaderos, entiéndase bien) que se defienden y no atacan, por muy equivocados que estén, no son nuestro enemigo, sino aquellos a quienes precisamente queremos salvar.

viernes, 10 de marzo de 2017

El General "NO IMPORTA"

Por D. Juan Vázquez de Mella

El general Cabrera rompe el cerco de Morella, obra de Augusto Ferrer-Dalmau

Es la perseverancia la virtud del héroe, y la resignación en el infortunio la del mártir.

Constancia en el combate para no rendirse, y sublime paciencia en la desgracia para no ir por el camino de la desesperación a la locura o a la vileza, son grandezas del alma que brotan del sacrificio, fuente inexhausta de las bellezas morales. Y el sacrificio supone el imperio de la voluntad sobre las solicitaciones de la concupiscencia y la idea luminosa del deber sojuzgando al entendimiento, y las dos cosas juntas una energía irresistible que hace de la vida un dilema entre el honor o la muerte.

Ni la victoria colma nuestros anhelos, ni la desgracia rinde con la postración del desastre nuestras fuerzas.

España, que, paladín armado del derecho, ha salvado en una cruzada, siete veces secular, la civilización universal del simoun de los desiertos africanos; y en las contiendas de este siglo, luchando cuerpo a cuerpo con la revolución, ha demostrado que será, en la nueva edad que ya comienza, la Covadonga de Europa.

Nuestro pueblo hace de la desgracia el escabel de la fortuna, y de la derrota el pedestal de la victoria.

Por eso, al conmemorar a nuestros mártires y a nuestros héroes, sería la mayor de las injusticias no celebrar la memoria del más grande de los héroes y los mártires, del que resume y condensa así toda nuestra historia y compendia en su nombre, que significa la firmeza del triunfo y el desprecio de la muerte, todos los rasgos de nuestro carácter, el sublime general NO IMPORTA, emblema de nuestra raza.

El joven Príncipe que después se llamó Carlos V, oponiendo a Napoleón, en el castillo de Marrac, el non possumus del honor en medio de la debilidad y vileza de Carlos IV y Fernando VII, se yergue, al lado de los que cayeron en el Parque y entre los escombros de Zaragoza, como una de las figuras más hermosas, que el odio político ha tratado de cubrir con el velo del silencio, en ese cuadro portentoso que iluminan las descargas del 2 de mayo, las bombas de Gerona y las estrellas arrancadas al cielo de la victoria en Arapiles y Bailén.

Desde el héroe de Arquijas hasta los mártires de Abanto, en las ondas de ese río de sangre generosa que socava los muros del agrietado alcázar revolucionario, se oye, como un murmullo solemne que parece la voz de la Patria, el perpetuo NO IMPORTA español que nos recuerda el deber de no rendirnos nunca al infortunio y alzar altivos la frente en las horas de las grandes tristezas nacionales, recordando las magnificencias del pasado, para salir de las desgracias del presente, fijos siempre los ojos en aquella Bandera que ondeará con su lema glorioso, cifra de nuestros amores y de nuestras esperanzas, sobre los trofeos de la victoria el día en que, aplacada la justicia de Dios con la penitencia, podamos recoger el galardón de tantos sacrificios como aun en este siglo ha ofrecido el gran héroe y el gran mártir, el general NO IMPORTA, oponiendo su pecho a la metralla para que no llegara hasta el altar.

Artículo publicado en El Correo Español el 10 de marzo de 1905, reproducido por El Requeté (Buenos Aires, 1 de marzo de 1939)

viernes, 17 de febrero de 2017

Miguel Fernández Peñaflor, periodista tradicionalista

Tal día como hoy, el 17 de febrero de 1935, moría el antiguo y benemérito periodista católico, director que fue de El Correo Español, don Miguel Fernández, que firmaba sus trabajos con el pseudónimo de Miguel de Peñaflor.

Nació en Murcia, en 1877, de familia conocida por sus ideas católicas. Se hizo bachiller en el Instituto de Murcia. Su vocación por el periodismo le apartó de la Facultad de Medicina de Valencia, donde estudió dos años con gran brillantez, y marchó a Murcia, dónde se consagró al periodismo, dirigiendo La Semana Católica, y alternando en sus ocupaciones como profesor de Lengua en los Colegios de Segunda enseñanza de Nuestra Señora de las Mercedes y de San Antonio.

Los éxitos de La Semana Católica convirtieron a ésta en diario, con el título de El Correo de la Noche. Allí realizó formidables campañas en favor de sus ideales, campañas que se tradujeron en la fundación de un Círculo Católico de Obreros, del que Peñaflor fue el alma, auxiliado por los profesores del Seminario Conciliar de Murcia, don Antonio Muñera y don José María Molina, y el propietario murciano don Mariano Palarea.

Después, dio multitud de conferencias en Murcia y en los pueblos de la provincia, defendiendo la Causa Tradicionalista, fundando el Círculo Carlista de Murcia y contribuyendo a la organización de la Comunión en aquella región. Su palabra fácil, brillante, elocuentísima, era oída con verdadero entusiasmo, y los murcianos le eligieron concejal de su Ayuntamiento por gran mayoría de votos. Entonces era alcalde de Murcia D. Juan de la Cierva y Peñafiel, quien, al conocer los méritos del señor Fernández, trató en muchas ocasiones de llevarlo a su campo, sin conseguirlo.

Como escritor, es seguramente el que más produjo en el campo católico. pueden contarse por más de treinta mil artículos los que salieron de su pluma. Era el maestro de muchos periodistas que después honraron con sus firmas las columnas de los periódicos católicos de España.

Cuando llegó a Madrid, fue requerido para ocupar puestos de importancia en el periodismo; pero él, que vivió siempre consagrado a la defensa de los ideales católicos, no quiso escribir más que en las publicaciones de sus ideales.

En El Correo Español Peñaflor escribió durante mucho tiempo, alternando con Eneas (Benigno Bolaños), editoriales repletos de doctrina. El marqués de Cerralbo sentía verdadera admiración por el señor Fernández, y lo nombró director del órgano del carlismo. El Correo Español alcanzó en la época en que lo dirigió don Miguel Fernández las mayores tiradas, principalmente durante la guerra europea, en la que superó en número de ejemplares a todos los diarios que se publicaban en Madrid por la tarde.

Vázquez de Mella, muy amigo suyo, quiso que Peñaflor dirigiera la segunda época de El Pensamiento Español fundado por el ilustre escritor don Francisco Navarro Villoslada. Y ese periódico lo dirigió con gran acierto desde su reaparición hasta su muerte.

También escribió mucho en El Universo, en donde sustituyó a don Juan Menéndez Pidal, como subdirector, y los últimos años de su vida dirigió la agencia de información Prensa Asociada.

A los cincuenta y ocho años, y para demostrar que todavía era capaz de mucho, emprendió la carrera de Derecho, que terminó en dos años.

El gran Juan Vázquez de Mella quería y admiraba a Peñaflor como nadie, porque sabía de sus talentos, de sus virtudes y de sus renunciaciones. Los dos grandes hombres. Mella y Peñaflor, se comprendían y estimaban en lo que valían y eran, quizá sin proponérselo, espuela mutua de sus vidas admirables.

Peñaflor, hijo preclarísimo de la luminosa vega murciana, recibió un día el encargo de sus paisanos de llevar a Mella a Murcia, como mantenedor de unos juegos florales.

—Lo que usted quiera— le respondió don Juan a Peñaflor.

Mas llegó la fecha convenida, y Mella dio en la flor de resistirse, más que llevado de la pereza, como creían los miopes, de aquella vida intensa de trabajo interior que dialogaba con su espíritu prócer y fecundísimo.

—No puedo ahora... Estoy enfermo, fatigado...
—Pero, ¿cómo? —le dijo Peñaflor con aquella rudeza de varón de hierro que era su característica— ¿Es posible que usted me deje como informal ante mis paisanos? No, no puede ser. Les he dado palabra que iría usted, y por encima de todo, como sea, entero o en pedazos, en el tren o en una espuerta, usted va a Murcia... ¡Pues no faltaba más!... 

Y Mella, que en estos menesteres era capricho y débil como un niño, fue a Murcia.

Le acompañó Peñaflor, que por el camino le iba diciéndole:

—No crea usted, querido don Juan que con venir a Murcia está todo hecho. Es necesario que usted se supere a sí mismo, que los arrastre, que los ponga de pie en las butacas. De lo contrario, habrá usted fracasado en Murcia, que es tierra de poetas y de oradores insignes.
—Y ¿qué? —le preguntaron a Peñaflor con la curiosidad en carne viva— ¿Qué pasó?
—Pues que antes de los cinco minutos los murcianos estaban de pie, enloquecidos, magnetizados, por la elocuencia maravillosa del gran tribuno.

Tal fue, a grandes rasgos, la vida del insigne periodista católico, Miguel Fernández Peñaflor. Antes de morir, pidió que le administraran los Santos Sacramentos, que recibió con verdadera unción, y en sus últimos momentos, rodeado de su esposa y de sus hijos, no pensaba más que en recomendar a los suyos la defensa de sus cristianos ideales.

Momentos antes de morir, después de rezar fervorosamente el Rosario, sus labios pronunciaron esta frase, que habla con más elocuencia que muchos discursos: «Aprended, hijos míos, a morir cristianamente».

Fuentes:
El Siglo Futuro (17/02/1935)
La Lectura Dominical (23/03/1935)

viernes, 26 de febrero de 2016

Aniversario de la muerte de Vázquez de Mella

Hace hoy 88 años fallecía el Verbo de la Tradición, don Juan Vázquez de Mella y Fanjul. Al producirse la muerte del insigne tribuno carlista, la revista La Hormiga de Oro publicaba el siguiente artículo biográfico, que hemos considerado digno de reproducir:


La muerte de don Juan Vázquez de Mella, el tribuno glorioso, verbo cálido de la raza, ha tenido en toda España repercusión dolorosa. Su nombre, admirado de todos, respetado aún por sus enemigos de ideología y de credo político, era hoy uno de los prestigios más altos de la patria, uno de los luminares más radiantes del intelecto hispano, figura augusta de una estirpe de varones egregios por sus virtud y su genio, que por desgracia va desapareciendo, extinguiéndose en una sociedad poco adicta a los generosos ideales y a las altas empresas del espíritu.

Vázquez de Mella fue un exaltado idealista y patriota ferviente. Tenía fe, confianza absoluta en los destinos de la patria, a la que sirvió larga y abnegadamente como político, señalándole con sus famosos discursos un camino luminoso que era senda de redención.

Desde muy joven militó Vázquez de Mella en la causa tradicionalista. Se entregó ella con tanta pasión, con tan encendido entusiasmo y un sentido tan recto y austero que bien pronto no eran sólo la voluntad y el pensamiento del hombre público los que vivían consagrados a servir aquel ideal histórico, sino que también acudían al conjuro de ese servicio el hombre de letras, el intelectual, el filósofo, el buen caballero cristiano, el orador, cuanto era y fue en su grandiosa personalidad el eminente español que acaba de fallecer.

La obra de Mella como sistematizador del tradicionalismo, como caudillo de la causa católica en su esencia más pura, fue enorme y fecunda, y está llamada a perdurar en la historia, asegurándole una gloria excelsa en la posteridad.

Había nacido don Juan Vázquez de Mella en Cangas de Onís (Oviedo), el año 1861. En su familia distinguiéronse hombres ilustres que vistieron el uniforme militar. Uno de sus abuelos luchó en la defensa de la Coruña contra el general británico Drake; otro sirvió en la campaña de Portugal, a las órdenes del marqués de Valparaíso; tres de sus ascendientes lucharon en la batalla de Trafalgar; un tío de su padre lanzó en las montañas gallegas el grito en favor del pretendiente Carlos V. Su padre era coronel, y se retiró porque le fue negada la autorización para marchar a la guerra de África el año 1860.

En la capital de Asturias hizo Vázquez de Mella el estudio del Bachillerato y se licenció en Derecho en la Universidad de Santiago. En el Ateneo santiagués comenzó a mostrar sus condiciones oratorias en polémicas, en las que intervenían también hombres que después ocuparon puestos preeminentes en política, como González Besada y el marqués de Figueroa.

Resulta imposible la tarea de recordar los discursos pronunciados por el formidable orador en sus campañas de propaganda política en toda España, en el Parlamento y en fiestas de cultura y artísticas, para las que continuamente se demandaba su cooperación. Pero merecen consignarse, entre los grandes triunfos oratorios que alcanzo, sus discursos durante el viaje que realizó en 1903 por Barcelona, Gerona, Lérida y las principales poblaciones de Tarragona, en los cuales expuso con una pristina claridad y con una admirable elevación patriótica, los principios básicos del regionalismo. Son también memorables sus discursos de la sesión celebrada en el Congreso el 29 de noviembre de 1905, en el que volvió tratar el asunto regionalista, el que pronunció en los Juegos Florales de Sevilla, el año 1906, sobre el tema «El escepticismo y el egoísmo son los dos males que imperan en nuestro siglo, y la Iglesia es la única que puede curarlos.»

Fiel a su ideal político, Vázquez de Mella rechazó infinidad de proposiciones que se le hicieron para ir a los Consejos de la Corona con la actual dinastía.

Desde el 1909 fue el representante del partido jaimista en nuestra nación, por haber renunciado ese cargo el marqués de Cerralbo, hasta que después de la guerra, por discrepancias con don Jaime, acerca de la política internacional, dejó la vida activa de la política.

El cadáver de Vázquez de Mella, amortajado con el hábito de
Terciario Franciscano, expuesto en la capilla ardiente.
Apasionado de los estudios clásicos filosóficos, Vázquez de Mella era una autoridad incuestionable en ambas materias, que dominaba a maravilla, en su oratoria asombrosa, de limpidez dureza lapidarias, daba buenas pruebas de estos conocimientos.

Durante la gran guerra, fue Vázquez de Mella el paladín en España de la causa germana y de la neutralidad, sus ardientes discursos de aquellos días produjeron enorme impresión en todas partes, así como sus artículos periodísticos sobre la misma cuestión.

Al terminar la guerra, el gran tribuno se recluyó en la vida privada, dedicándose trabajos históricos y filosóficos y recientemente ha dado una prueba de su gran talento, publicando su primer libro, La filosofía de la Eucaristía, en la que se muestra como modelo de teólogo seglar.


Hace unos años, Vázquez de Mella sufrió una grave enfermedad, consecuencia de ella fue preciso amputarle una pierna. Desde entonces apenas salía de su domicilio.

La muerte del señor Vázquez de Mella es para España una de esas pérdidas que nunca se lloran lo bastante, una de esas tristezas que por igual afligen toda la nación, sincera admiradora de su genio. La muerte ha paralizado un gran corazón, que en muchas ocasiones fue como el corazón ardiente gigantesco de la patria. ¡Que Dios haya acogido en su santa gloria al tribuno ilustre español ejemplar!


La Hormiga de Oro (Barcelona, 1 de marzo de 1928)

miércoles, 5 de agosto de 2015

Lo que los progres no sabían de Vázquez de Mella

Hace unas pocas semanas, como todos sabréis, tuvo lugar el infame cambio de nombre de la Plaza Vázquez de Mella. A un héroe hispánico como él, literato, político, filósofo, erudito y leal a la Santa Causa, le fue arrebatada la que fue su plaza para dársela a un individuo de "orgasmos democráticos", así le definía Juan Manuel de Prada. Un cambio que se hizo a espaldas del pueblo y con su oposición (hubo un sabotaje por parte de la organización Change.org contra la petición de que se mantuviese el nombre) y como era de esperar, todos los partidos (excepto el PP, que se abstuvo por razones económicas, lo cual era de esperar, pues solo les importa tener los bolsillos bien llenos como buenos liberal-capitalistas que son) votaron a favor de la usurpación. Los más optimistas quisieron ver en dicho cambio una oportunidad para que el insigne Verbo de la Tradición abandonase Chueca, plagado de sodomitas. Y yo no me cansaré de decir que un barrio entero no puede ser exclusiva propiedad de unos cuantos degenerados, sino que pertenece como patrimonio a todos los ciudadanos, en este caso de Madrid, y Vázquez de Mella estuvo allí mucho antes de que Chueca se convirtiese en cortijo particular de los traseros rotos.

Y bien, ¿donde está lo gracioso del asunto? Probablemente, cuando los partiduchos de turno quisieron arrebatarle a Vázquez de Mella la plaza que con tantos méritos él ganó, no contaron (sobre todo los progres, esos que alardean de feministas siendo su primer objetivo el de denigrar a la mujer) con que Vázquez de Mella fue el mismo que pidió el voto femenino en 1910 (¿dónde estaban los sociatas entonces?) Vázquez de Mella decía de la mujer:

«La mujer es la personificación de la ternura y de la delicadeza. [...] Bien se puede afirmar que la mujer tiene el instinto de la distinción.»
«El trato con la mujer cuando conserva el sello cristiano y no ha sido manchado por el hombre, pule el sentimiento, aguza el ingenio, hace el gesto señoril, perfuma con la cortesía la vida y alimenta esas dos lámparas que ardían antes a la puerta del hogar y que se van apagando, el respeto y el honor.»

Naturalmente, Vázquez de Mella siempre denunció el feminismo de postín:

«Ahora estamos en presencia de un doble movimiento feminista; un movimiento feminista de naturalismo pagano y un movimiento feminista cristiano surcan el mundo».
«El movimiento naturalista coincidió con la revolución y con la restauración del naturalismo pagano, [...] que pide la emancipación de la mujer. Pero, ¿la emancipación de qué? En el movimiento feminista revolucionario, aunque algunas veces los más hábiles lo disimulen, lo que se pide es la emancipación de la mujer de la religión y del vínculo conyugal que hace indisoluble el matrimonio, podría demostrar que esa emancipación sería la vuelta a la depravación pagana de la mujer», de la que la sacó «el Cristianismo, quien la transformó, la regeneró, la sublimó y quien la levantó de esclava a reina, quien la sacó de la ergástula para ponerla en el trono.»
«El límite infranqueable de todo verdadero feminismo estará [...] en la unidad e indisolubilidad de la familia y también es claro y no hay necesidad de recordarlo, pero tales son los tiempos que corremos que no sobrará el hacerlo, en la frontera misma que marca el sexo, porque no habría nada tan absurdo y repulsivo como un hombre afeminado, si no existiese otra cosa tan repugnante como es la mujer hombruna y masculinizada. Son el anverso y el reverso de la misma aberración.»
«¿Qué pide el movimiento feminista cristiano en todas partes y especialmente en España? Pide la igualdad jurídica y pide también una igualdad social y política. Yo soy partidario de todas esas igualdades bien entendidas, aunque no soy igualitario, ni creo en la palabra 'igualdad'…»

Vázquez de Mella también aclaró que no pedía la participación de la mujer para acabar siendo una mera cifra estadística más en el sistema parlamentario individualista, sino que la deseaba para la democracia real y orgánica, la genuinamente hispánica.

«El gobierno representativo, en un periodo que no creo será muy largo, ha de sustituir indudablemente al régimen parlamentario; porque el régimen representativo está fundado en la naturaleza de las cosas y no en artificios.»
«Así que yo dentro de estas clases [habla del régimen representativo] soy partidario de la concesión del voto a la mujer como lo tenía en la sociedad antigua. En la Edad Media la mujer tenía el voto en el gremio y muchas veces era, -como viuda del maestro- su cabeza; y el gremio fué en parte, base de la representación municipal y con esta, e independientemente de ella, la incluyó en la de las Cortes.»
«Si vais a representar a la propiedad, ¿no van a estarlo las propietarias? Si vais a representar a las corporaciones científicas, ¿no han de tener voto las que forman parte de ellas? Si las grandes empresas industriales, ¿no van a representar las que a veces están a la cabeza de algunas extraordinarias?»
«Y no se objete la inconstancia e incapacidad de la mujer para negarle un puesto político en el Parlamento, pues por mal que lo hagan, seguramente no lo harán peor que los hombres.»
«Los hijos de los que no quieren dar el voto a las madres, votan contra sus madres. ¡Qué no tienen capacidad! ¡Y han formado sus corazones! ¡Que votarían mal! ¡Y los han formado a ellos! ¿Y los hijos buenos formados por ellas van a decir que las madres harían mal uso del voto?»
«¡Que la mujer no tiene bastante capacidad para votar! ¡Oh, Dios mío! ¡Y trece millones de analfabetos en España la tienen!»

A los que dicen que el voto femenino llevará a la discordia a las familias replica:

«La discordia estallará, aunque no hubiese el voto; si el voto del marido atenta contra las creencias y contra la conciencia de las esposas, las madres derramarán llantos al ver a su marido votar contra aquello que ellas estiman que es una creencia muy firme…»
«Yo soy demócrata, soy un entusiasta de la democracia; pero según la democracia se entienda.» «Yo combato la democracia y el sufragio universal individualista y pido el sufragio total por clases», que son «categorías de personas individuales o colectivas unificadas por un interés social común.»
«El hombre abstracto no se encuentra en la realidad y el verdadero individuo es irrepresentable… lo que se da es el hombre de grupo, que pertenece siempre a una clase social determinada.»
«Las clases son naturales, los partidos artificiales. Si se suprime una, la nación queda destrozada y mutilada, si se suprimen todas, queda aniquilada…» «Suprimid un partido, suprimid dos; la sociedad no se hunde por eso, al contrario, queda más ligera del peso que la oprime. Suponed que una mañana han desaparecido los partidos parlamentarios y sus grupos. ¿Creéis que la sociedad española iba a vestir por ello de luto?»
«Unas cortes verdaderas tienen que ser un espejo de la sociedad y reproducir exactamente sus elementos y sus intereses colectivos…» No los partidos, que nunca pueden ser permanentes, sino circunstanciales.

Quizá a los feministas de postín les desagrada pensar que el tradicionalismo siempre defendió a la mujer, y les da rabia reconocerlo. Por eso le quitan su plaza para dársela a un cualquiera. Quizá nos quieran hacer olvidar los herederos de la Ilustración masónica que hasta su infame llegada a nuestra Patria en 1812 la mujer podía entrar en la Universidad (y de hecho, España dio grandes sabias como Lucía de Medrano, catedrática de Humanidades en la Universidad de Salamanca en el siglo XVI, Beatriz Galindo "la Latina", así llamada por su erudición de las lenguas clásicas, o María Isidra Guzmán de la Cerda, catedrática de filosofía en Alcalá de Henares).

Quizá nos quieren hacer olvidar que la misoginia la trajo el liberalismo (Rousseau decía que la mujer solo existía para darle placer al hombre, además de ser el artífice de su expulsión de la Universidad). Quizá nos quieren hacer olvidar a nuestras grandes heroínas, como Isabel la Católica, Agustina de Aragón, María Pita, Inés de Suárez o Isabel Barreto. Quizá quieren hacernos olvidar que en los concejos de la Castilla medieval el voto femenino y el masculino valían lo mismo (pues quien votaba era el propietario de la casa, fuese hombre o mujer, y se daban casos de ser la mujer la propietaria y votar en nombre de toda la familia); o que mientras en el siglo XIX una Europa contaminada de liberalismo silenciaba a las mujeres, estas contaban con voto en las Legaciones Pontificias. ¿O quizás prefieren que olvidemos la oposición de las izquierdas durante la Republiqueta al voto de la mujer por considerarlas conservadoras? ¿Quizá que el primer sufragio femenino no llegó con su Republiqueta sino con la dictadura del general Primo de Rivera?

Quién sabe...



miércoles, 29 de julio de 2015

Obras completas digitalizadas de Juan Vázquez de Mella y Fanjul

Vázquez de Mella es con diferencia el pensador tradicionalista más importante del carlismo. Conocedor y gran estudioso de las doctrinas de los escolásticos, como Santo Tomás, San Buenaventura o Duns Scoto, realizó una gran labor de sistematización de la doctrina carlista, que expuso con tanto acierto que se la ha dado el sobrenombre de el Verbo de la Tradición.

La mayor parte de sus manuscritos se perdieron durante la barbarie revolucionaria de la Guerra Civil, sin embargo, se pudo salvar su producción pública, un gran conjunto de artículos en numerosos periódicos, discursos en el Parlamento, conferencias o actos públicos y varias entrevistas, que se recopilaron en una treintena de volúmenes de Obras Completas durante los convulsos años de la Segunda República. .

OBRAS COMPLETAS DE JUAN VÁZQUEZ DE MELLA:

1. Selección de elocuencia e historia
2. Ideario I
3. Ideario II
4. Ideario III
5. La persecución religiosa y la Iglesia independiente del Estado ateo
6. Discursos parlamentarios I
7. Discursos parlamentarios II
8. Discursos parlamentarios III
9. Discursos parlamentarios IV
10-11. Discursos parlamentarios V-VI
12-13. Dogmas nacionales - Política general I
14-15. Política general II - Política tradicionalista I
16. Política tradicionalista II
17. Crítica I
18. Crítica II
19. Filosofía - Teología apologética I
20. Filosofía - Teología apologética II
21. Filosofía - Teología apologética III
22-23. Filosofía - Teología apologética IV - Temas internacionales
24-25. Temas sociales I-II
26. Regionalismo I
27. Regionalismo II
28. El pensamiento de Mella

Otras:

- Filosofía de la Eucaristía
Predicciones de Vázquez de Mella: Antología del verbo de la Tradición
- Discurso notabilísimo sobre la famosa Ley del Candado
- Discurso pronunciado en el teatro de la Zarzuela: El ideal de España - Los tres dogmas nacionales


martes, 28 de julio de 2015

LA GANGRENA Y EL PATRIOTISMO

Por Juan Manuel de Prada
Honor y Gloria a Juan Vázquez de Mella,
Verbo de la Tradición,
que tendrá eternamente el mayor monumento y
reconocimiento en el corazón de todos los tradicionalistas.

ANTE los embates del separatismo catalán o los aspavientos iconoclastas de Podemos, volvemos a escuchar los plañidos de los que –perfectamente caracterizados por Vázquez de Mella– ponen tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias, alertándonos que España se rompe. Cuando lo cierto es que España no puede romperse, por la muy sencilla razón de que antes se ha gangrenado; y a un cuerpo gangrenado no le resta otro destino sino desmenuzarse entre vapores hediondos. Donoso Cortés (otro gran pensador tradicional al que urge que los demócratas arrebaten alguna calle, para dársela a algún rapsoda del ojo sin párpado) ya nos lo advertía, en una frase de una clarividencia atroz: «El principio electivo es de suyo cosa tan corruptora que todas las sociedades civiles, así antiguas como modernas, en que ha prevalecido han muerto gangrenadas».

Aquí, naturalmente, Donoso Cortés no se refiere a la democracia como forma de participación del pueblo en el gobierno, sino a la democracia erigida en religión que no acepta realidades históricas o políticas anteriores a ella y que, ebria de libertades de perdición, «elige» lo que es bueno y lo que es malo, con desprecio de la ley natural y divina, mediante cálculo aritmético y sin otra vara de medir que el nefando «consenso», que es el punto de encuentro de la gente sin principios. Esta gente sin principios pensó que semejante engendro garantizaría la subsistencia de la monarquía (una monarquía reducida a perifollo retórico) y de la unidad de la patria (una unidad falsa, sostenida sobre la pura conveniencia egoísta); y ahora que se comprueba que no es así se pone a plañir, después de haber metido en casa todas las calamidades que ahora quieren enseñorearse de ella. El verdadero patriota corre en esta coyuntura el riesgo de ofuscarse y hacer caso de los plañidos de esta gente sin principios, acudiendo a su llamamiento. Cometería un gravísimo error; pues ellos fueron quienes entregaron el cuerpo vivo de la patria a la putrefacción, chupándole antes la sangre. Quienes hoy se rasgan las vestiduras son los mismos que han vendido la patria, tanto material como espiritualmente (lo mismo entregando la riqueza nacional a la rapiña extranjera que envenenando el alma del pueblo, haciéndolo cada vez más irreligioso, más vicioso, más zafio y cretinizado). Quienes hoy se las quieren dar de patriotas son los mismos que ayer mismo votaron a favor de quitarle el nombre de una plaza a un hombre que murió consumido por amor a España, para dársela a un señor con orgasmos democráticos que contribuyó (modestísimamente, tampoco exageremos) a su destrucción.

No olvide nunca el verdadero patriota que tan nocivos para España, o más aún, han sido quienes pusieron tronos a las causas como quienes ahora se enseñorean sobre las consecuencias, dispuestos a rematar la faena. Y, en este momento de oprobio, recuerde aquellas palabras de Vázquez de Mella: «El pueblo decae y muere cuando su unidad interna, moral, se rompe, y aparece una generación entera, descreída, que se considera anillo roto en la cadena de los siglos, ignorando que sin la comunidad de tradición no hay Patria; que la Patria no la forma el suelo que pisamos, ni la atmósfera que respiramos, ni el sol que nos alumbra, sino aquel patrimonio espiritual que han fabricado para nosotros las generaciones anteriores durante siglos, y que tenemos el derecho de perfeccionar, de dilatar, de engrandecer, pero no de malbaratar, no de destruir, no de hacer que llegue mermado o que no llegue a las generaciones venideras».

El verdadero patriota debe luchar por restablecer ese patrimonio espiritual; y en ningún caso asociarse con los que lo malbarataron y ahora plañen jeremíacos.

miércoles, 10 de junio de 2015

Aberrosexualistas quieren quitar a Vázquez de Mella su plaza en Madrid

Madrid, 10 junio 2015​, Santa Margarita, Reina de Escocia, viuda; en la infraoctava del Corpus Christi. Activistas contra natura quieren cambiar el nombre de la Plaza de Juan Vázquez de Mella en Madrid por el del aberrosexualista recién fallecido Pedro Zerolo (a quien Dios haya perdonado).

Plaza Vázquez de Mella en Madrid

El pensador, político y orador tradicionalista asturiano Juan Vázquez de Mella y Fanjul (Cangas de Onís, 8 junio 1861 - Madrid, 26 febrero 1928), afincado en Madrid donde reposan sus restos, fue un personaje universalmente respetado en su tiempo. Le están dedicadas calles y plazas en poblaciones de toda España (allí donde el sectarismo más obtuso no se las ha arrebatado) e Hispanoamérica. En su plaza de Madrid se halla un grupo escultórico en su memoria y homenaje.
El nombre de Pedro Zerolo representa, en cambio, la tremenda degradación moral a la que ha llegado la España del juancarlismo y del PPSOE; y en particular la villa de Madrid, cuyo barrio de Chueca (donde se ubica la citada plaza) ha sido entregado a los aberrosexualistas por el Partido Popular. Una plaza dedicada al difunto Zerolo, diputado socialista (tras militancia en el progresismo "cristiano" y coqueteos con AP/PP) por el único "mérito" de su pública defensa de la perversión, sólo traería desprestigio y burla, afrenta y división.
La campaña ha sido oficialmente iniciada por un particular en Change.org, pero simultáneamente los grandes medios del régimen le han dado publicidad. El diario derechista El Mundo se ha unido entusiasta. Más moderado, pero usando igualmente un tono favorable a la propuesta de cambio, se muestra el también derechista​ ABC, próximo como siempre a La Zarzuela, que entrega sus páginas también a la hagiografía del diputado aberro-socialista.

Página dedicada a Juan Vázquez de Mella en Facebookhttps://www.facebook.com/juanvazquezdemella

Agencia FARO

domingo, 31 de mayo de 2015

Discurso pronunciado por D. Juan Vázquez de Mella en el Teatro de la Zarzuela hace 100 años


Si la práctica y la prosa consisten en esa degradación parlamentaria, que va alcanzando a todos los órdenes de la vida; en la merma de la riqueza pública, en la tiranía caciquil sobre la justicia, que va nublándola y sustituyéndola con el favor; si consiste en la pérdida ignominiosa de las colonias, entonces maldita sea la prosa y la práctica, y viva esa poesía que siquiera alienta el corazón y la fantasía.
Yo quiero vivir en esa región de la poesía y quiero sumergirme, por decirlo así, en el espíritu nacional de mi Patria; siento que soy una gota de una onda en ese río, siento la solidaridad, no sólo con los que son, sino con los que fueron, y por eso la siento con los que vendrán.
Por eso amo a mi Patria y la evoco en mis sueños, y deseo vivir en una atmósfera que no se parezca a la atmósfera que me rodea en la hora presente. ¡Cuántas veces al apartar la vista de la realidad actual, me dirijo hacia la historia pasada y la evoco y la busco en aquel periodo de intersección entre una España que termina y otra que comienza! Entonces veo aquella Reconquista que se va formando con hilos de sangre que salen de las montañas y de las grutas de los eremitas, que van creciendo hasta formar arroyos y remansos, y veo crecer en sus márgenes los consejos y las behetrías, y los gremios, y los señoríos, y las Cortes, y a los monjes, a los religiosos, a los cruzados, a los pecheros, a los infanzones, a los solariegos, enlazados por los Fueros, los Usatjes, los Códigos, los Poemas, y los romanceros; descendiendo hacia la Vega de Granada en un ocaso de gloria, para ver allí el alborear de un Nuevo Mundo, con la conquista de América y del Pacífico; y entonces pasan ante mi fantasía Colón y Elcano, Magallanes y Cortés; los conquistadores, los navegantes y los aventureros; y a medida que el sol se levanta, mi alma arrebatada quiere vivir y sentir y admirar a políticos como Cisneros y como Felipe II; a estadistas y caudillos como Carlos V y como Juan de Austria; y, por un impulso de la sangre, quiero ser soldado de los Tercios del Duque de Alba, de Recasens y de Farnesio, y quiero que recreen mis oídos los períodos solemnes de Fray Luis de Granada y las estrofas que brotan de la lira de Lope y de Calderón, y que me traiga relatos de Lepanto aquel Manco, a quién quedó una mano todavía para cincelar sobre la naturaleza humana a Don Quijote; y quiero ver pasar ante mis ojos los embajadores de los Parlamentos de Sicilia y de Munster, que se llaman Quevedo y Saavedra Fajardo; y ver la caída de Flandes a través de las Lanzas de Velázquez, y quiero sentarme en la cátedra de Vitoria para ver como el pensamiento teológico de mi raza brilla en aquella frente soberana, y quiero verle llamear en la mente de Vives, sembrador de sistemas, y en la de Suárez ascender hasta las cumbres de la metafísica; quiero más: quiero que infunda aliento en mi corazón o le caldeen las llamas místicas que brotan en lo más excelso del espíritu español con Santa Teresa y San Juan de la Cruz, y quiero ver a los penitentes varoniles y desgarrados en los cuadros terribles de Ribera. Quiero, en fin, embriagarme de gloria española, sentir en mí el espíritu de la Madre España, porque, cuando se disipe el sueño, cuando se desvanezca el éxtasis y tenga que venir a la realidad presente, ¿qué importa que sólo sea recuerdo del pasado lo que he contemplado y sentido? Siempre habrá traído ardor al corazón y fuego a la palabra para comunicarle al corazón de mis hermanos y decirles que es necesario que se encienda más su patriotismo cuando más vacile la Patria.

El elocuente orador D. Juan Vázquez de Mella después de pronunciar su magistral discurso el día 31 de Mayo en el Teatro de la Zarzuela,
recibiendo las sinceras y entusiastas felicitaciones de las numerosas representaciones que asistieron a tan memorable acto. 

(La Hormiga de Oro)


Parte del discurso de D. Juan Vázquez de Mella en el Teatro de la Zarzuela el 31 de mayo de 1915.
Texto extraído de http://www.meridianocatolico.es/vazquezdemella.htm

miércoles, 26 de febrero de 2014

LXXXVI aniversario de Juan Vázquez de Mella

Reproducimos hoy el siguiente artículo de Azorín, aparecido en ABC en 1952, con motivo del aniversario del Verbo de la Tradición:

MELLA

Fui amigo de don Juan Vázquez de Mella y Fanjul. Se le llamaba, corrientemente, Mella; alguna vez, Vázquez Mella. Era un hombre más bien bajo que alto, recio, fornido, de ancha caja torácica, fuertes las manos; la barba, roja, en punta; claros y reidores los ojos.

Era naturalmente jovial; gustaba de las chanzas –de las malicias– bondadosas. El cuello corto en la base ancha le daba cierto aspecto imponente; el respeto se matizaba –ante él, en su interlocutor– con una sonrisa.

Los ciervistas, en el Congreso, nos sentábamos en el centro, debajo del reloj; cerca estaba don Ramón Nocedal, representante del “integrismo”, diputado por Pamplona; un poco más allá, la minoría carlista, con Barrio y Mier, con Mella, Don Juan de La Cierva –querido e inolvidable mentor político– y don Juan Vázquez de Mella se profesaban sincero afecto, mutua admiración.


Por incumbencias del periodismo, por amistad, visité varias veces a Mella; le vi primero –que yo recuerde– en la calle de la Cruz, número 42; extrañaba yo que un hombre como Mella, que trabajaba reciamente, pudiera vivir en callejita penumbrosa por lo angosta y atronada siempre por el paso de los coches.

Vi luego a Mella en el paseo del Prado, 18, donde murió. Tenía Mella su tertulia en el salón de conferencias del Congreso, en su casa, en algún café; en el Congreso, de cuando en cuando, se acercaba a otra tertulia que teníamos varios amigos y que se titulaba de las Cornejas: malagorábamos siempre, como siniestras cornejas, descalabros y perturbaciones políticos.

Descollaba en la tertulia de Mella Rafael Comenge, alto, hercúleo, jovial en todo momento. Había nacido en Alberique, Valencia; recordaba a menudo a su pueblo con cariñosas palabras; desempeñó, con valor cívico en tiempos de revuelta, un alto cargo en Filipinas; fue diputado y notable periodista: buen amigo.   

En la noche, acabada la tertulia, acompañaban todos a Mella hasta su casa, paseando, disertando Mella; el cual no quería despedirse de sus acompañantes; volvía con ellos a desandar lo andado; todos, en fin –siempre escuchando, embelesados, a Mella–, tornaban, como en un rito, como en una ceremonia solemne, a emprender el mismo camino y dejar, al cabo, en su casa a Mella.

Cuando Mella vivía en el Prado, solía subir hacia la Cibeles, lentamente, con su bastón; el bastón lo usaban todos los políticos; todo el mundo usaba bastón. Ahora veo que lo usan oficiales y jefes en el Ejército norteamericano, en el Ejército inglés.

Solía Mella detenerse en un puestecito de libros que había en el Prado, frente a la calle de Los Madrazo; allí le encontraba yo muchas veces. Mella, al verme, daba unos golpecitos en el suelo con el bastón y preguntaba: “¿Qué dice el señor Azorín?” Ya es sabido que Mella definía así mi estilo: “Donde otros ponen coma, Azorín pone punto.” Tenía Mella el gusto por la Historia; le apasionaba la Historia. En la conversación familiar, su palabra se deslizaba fácil, irreprochable; al hablar con él, surgía en seguida la Historia; comenzaba y no se detenía. Presenciábamos sus amigos un desfile mágico, sorprendente, de personajes antiguos, de episodios pretéritos, de escenas remotas, todo con sus fechas exactas, con pormenores pintorescos.

Su oratoria era como su conversación: tan fácil, tan correcta. En su oratoria, naturalmente, subía, iba subiendo poco a poco el tono; llegaba, en fin, a lo inspirado, a lo profético, a lo apocalíptico. Levantaba los brazos; miraba fulminador; rugía su voz. Cuando acababa, era el león que se desploma, jadeante. Vi muchas veces que el cuello duro de la camisa lo tenía blando, arrugado, empapado en sudor. He dicho antes “profético”: las profecías políticas de Mella se han solido confirmar de un modo increíble.

Elegido académico, demoraba su entrada en la Academia; siendo director don Antonio Maura, se hizo una intimación afectuosa a ciertos recalcitrantes; Mella contestó que iba a redactar inmediatamente su discurso de entrada.
“Verán ustedes –nos decía a los amigos–: voy a decir esto.”
Y se estaba media hora hablando. Como se repitiese la escena, Comenge le dijo sonriendo:
“¡Pero, don Juan, que venga un taquígrafo que recoja esto que está usted diciendo, y el discurso está hecho!”
Era Mella desprendido: pudo ser mucho y no fue nada. Vivía independiente. Lo circunstancial se convertía en él en lo definitivo; en cierta ocasión, nos anunció que se marchaba a Galicia por unos días y se estancó allí meses. Había en Mella un fondo de nostalgia por algo que no se ha visto; este hombre tan jovial, tan campechano, tenía en lo hondo una perspectiva lejana de melancolía: era la melancolía dulce seductora, insinuante, de los paisajes de su tierra nativa.

AZORÍN

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