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lunes, 18 de febrero de 2019

El comunismo también es liberal

Dada la confusión conceptual y terminológica que impera actualmente, hay quienes consideran liberalismo y comunismo extremos opuestos. Nada más lejos de la realidad. Aunque los defensores del libre mercado y de una democracia de partidos con bajos impuestos se hayan autoproclamado en nuestros días representantes exclusivos del liberalismo, la ideología o más bien pseudo-religión liberal nacida en el mal llamado Siglo de las luces, con su racionalismo, su enciclopedismo, sus «derechos del hombre y del ciudadano», su militarismo, su guillotina y su reinado del Terror, puede ser también perfectamente reivindicada como propia por la socialdemocracia y hasta por el comunismo, como veremos seguidamente.

Lo que la Iglesia católica entiende por liberalismo quedó definido por el magisterio pontificio hace más de un siglo. En su encíclica Libertas praestantissimum (1888), el Papa León XIII, siguiendo el ejemplo de sus antecesores y basándose en los doctores de la Iglesia y las Sagradas Escrituras, precisaba la condena a esta doctrina, ya definida —ex cathedra e infaliblemente, en opinión de muchos teólogos— en el famoso Syllabus (1864) de Pío IX. La encíclica leonina no hablaba de una economía de bajos impuestos, ni del tamaño que debía tener la administración pública, si bien este mismo Pontífice abordaría la cuestión social en los posteriores documentos magisteriales Rerum Novarum (1891) y Graves de Communi Re (1901). No condenaba tampoco la democracia como forma de elegir a los gobernantes, pero sí como fundamento del poder, pues el poder no viene del hombre, sino de Dios. Sin embargo, actualmente no existe en ningún lugar del planeta la democracia que aceptaba León XIII como legítima, entendiéndose hoy el término, por contra, como sinónimo de liberalismo con sufragio universal.

Habida cuenta que tanto neoliberales como comunistas coinciden en que el origen del poder no es divino, sino humano, y que ambos se definen como demócratas en el sentido liberal, no es difícil entender que unos y otros son liberales. Y es que además de tener una misma progenie que se remonta al reinado de Robespierre, siguen compartiendo una serie de principios, incluida la hipócrita premisa liberal de «libertad para todos» excepto para quienes ellos mismos consideran «enemigos de la libertad». No en vano, la nota característica de los liberales es que siempre pretenden legislar y gobernar exclusivamente para los suyos, como pone de manifiesto, por ejemplo, la manida expresión «unión de los demócratas», como antaño «unión liberal».

Así se entiende mejor que tantísimos corifeos y adalides del neoconservadurismo liberal en nuestros días hubiesen militado activamente en el comunismo en los años 60 y 70 del siglo pasado, pues realmente jamás cambiaron sustancialmente de principios.

En 1932 el genial redactor «Fabio» del diario tradicionalista El Siglo Futuro explicaba en un artículo esta estrecha vinculación a la que nos referimos y hemos considerado de gran interés reproducirlo a continuación.




GENEALOGIA POLITICA

Libertades y dictaduras

La Constitución del comunismo ruso dispone que los soviets tengan Congreso dos veces al año. No se cumple a la letra; esto de promulgar Constituciones para luego no cumplirlas en lo que tienen de incómodo, es de todos los climas revolucionarios.

El séptimo de los Congresos celebrados por los soviets fue en diciembre de 1919. Allí dijo Lenin:

«Nosotros no hemos prometido jamás que nuestra Constitución garantizaría la libertad y la igualdad en general. En cuanto a la libertad hay que concretar a qué clase y a qué fines está reservada; en cuanto a la igualdad, ¿para quién ha de ser sino par a aquellos que trabajan...? Esto es, y no otra cosa, lo afirmado en la Constitución: la dictadura de los trabajadores y de los campesinos reducidos a la extrema pobreza, para suprimir la burguesía.» 

Hasta aquí Lenin. De este exclusivismo que constriñe la libertad comunista a los comunistas, infieren algunos que el comunismo ruso, que es el que anda por todas partes, nada tiene que ver con el liberalismo, ni es liberal. Dos afirmaciones que analizaremos brevísimamente.

¿Nada tiene que ver el comunismo con el liberalismo?... Se afirma esto inmediatamente después de afirmar que dentro del liberalismo caben todas las ideas y todos los partidos, y todos tienen igualmente expedito el camino para el logro de la mayoría que los encumbre al poder... Y no se advierte que, aunque otras relaciones de más profunda trabazón lógica, inquebrantable, no unieran y compenetraran el comunismo con el liberalismo, ya en eso habría sobrada relación.

Sólo por esa libertad liberal de propaganda, que ya puntualizaremos, el liberalismo es la incubadora universal de todos los errores. En ella cabalmente se incubó el comunismo ruso, como se incubaron todos los comunismos y todos los socialismos y todas las anarquías en todas partes.

Sin salir, pues, de las razones que se alegan par a demostrar que el comunismo nada tiene que ver con el liberalismo, tenemos razones suficientes, apodícticas, de todo lo contrario.

Otro hecho lo confirma. El liberalismo económico con su excesivo individualismo, con su excesiva concurrencia libre, con la intromisión de su Estado en la sociedad doméstica y en toda sociedad independiente de él por su naturaleza, con su centralismo despótico, provoca el colectivismo socialista o comunista, y allana el camino a la absoluta negación de toda sociedad que no sea el Estado o la Confederación, omnipotente, infalible, con todos los atributos de la divinidad, pero de una divinidad sin entrañas y absurda.

Tienen mucho que ver con el liberalismo, cuyo Estado es el Estado socialista en embrión y la Confederación comunista, y la fisiocracia anárquica, el socialismo, el comunismo ruso y todos los comunismos y todas las anarquías. Es el germen de todas, económica y políticamente. Por eso dice Pío XI, hablando del socialismo educador, que «es hijo del liberalismo y padre del bolchevismo».

La segunda afirmación, la de que el comunismo no es liberal, tiene algo de sofística.

Ciertamente la libertad soviética es para los soviets, como dice Lenin... Adviértase que la libertad socialista es para los socialistas, y la libertad republicano-socialista es para los republicanos socialistas. Pero la libertad del liberalismo ¿para quién es?...

Es verdad que cuando el liberalismo empieza en una nación católica es capaz de proclamar hasta la unidad católica en su primera Constitución, aunque a renglón seguido proclame todos los principios negadores y destructores de esa unidad. Es verdad que cuando empieza en una nación católica donde no tiene prosélitos, proclama libertad para todos: derechos iguales para la verdad y el error. Pero aun entonces su himno será el que ahora lo es de la República socialista: «Constitución o muerte».

Esta restricción va ensanchando el campo de su exclusivismo hasta que manifiestamente la libertad liberal no es para la Iglesia, no es para las tradiciones del pueblo, es para la revolución que él se ha encargado de sembrar con sus principios.

La libertad liberal es para el liberalismo, fase primera del derecho nuevo; es para el derecho nuevo con toda su genealogía, de que él es padre.

Tenemos, pues, prácticamente, experimentalmente, históricamente, que si la libertad comunista es para los comunistas, y la libertad republicano-socialista es para los republicanos socialistas, la libertad liberal es para los liberales. En el comunismo, la dictadura comunista; en la República socialista, la dictadura republicano-socialista; en el liberalismo, la dictadura liberal que es la primera de todas estas dictaduras del derecho nuevo.

La naturaleza de esta libertad no puede ser más idéntica en todos. Es una sola libertad con diversas fases y manifestaciones diversas en el curso de su lógica y necesaria evolución.

La mejor definición de esta libertad, que sin duda puede genéricamente llamarse liberal, pues esa es su naturaleza desde que empieza en el liberalismo hasta que acaba en la anarquía, la dan los judíos en sus Protocolos: La libertad, dicen, es el derecho de hacer cada uno lo que quiera conforme a la ley; pero la ley la hacemos nosotros...

¿No es esta la libertad comunista? ¿No es esta la libertad socialista?... Pues esa es la libertad liberal.

Y esta es la legalidad de que con tanto respeto ha de hablarse y a la que dicen que ha y que adherirse en razón de poder constituido; la que dispone eso que llaman mayorías liberales, socialistas, comunistas y anarquistas, sin más razón que la fuerza del número, tan fácil de explotar por la ambición y la audacia.

FABIO

El Siglo Futuro (2 de febrero de 1932)

viernes, 15 de mayo de 2015

La Jerarquía de la Iglesia y el tradicionalismo político

Aunque la Jerarquía de la Iglesia Católica no admitió jamás conciliación alguna con las distintas corrientes liberales en materia doctrinal hasta, al menos, el pastoral Concilio Vaticano II, no cabe duda de que buena parte de los obispos españoles, ya desde la primera derrota militar carlista, se avino a componendas en materia política.

El tiempo y la actual crisis sin paliativos de la Iglesia y de la Civilización han dado la razón a quienes hace un siglo seguían empeñados en que la fe, la moral y las buenas costumbres no podrían sobrevivir a la larga en un sistema hijo de la Revolución de 1789.

Quién sabe cuál sería hoy la situación de España, de la Iglesia y de toda la antigua Cristiandad si, desde el principio, la Jerarquía católica, consciente de que contaba con el apoyo sin fisuras de la mayor parte del pueblo fiel, hubiese sido más previsora del colosal desastre que se avecinaba (y padecemos hoy) y no hubiese abandonado jamás el espíritu de Cruzada.

Nos parece apropiado a este respecto incorporar un breve texto de Francisco José Fernánez de la Cigoña sobre la relación entre los obispos y los dos partidos tradicionalistas antiliberales –carlista e integrista– a finales del siglo XIX. Después del artículo insertamos también la grabación de una interesante conferencia de este mismo autor sobre la Iglesia y el Carlismo durante el siglo XIX que tuvo lugar con motivo de los 175 años del Carlismo.

Fco. José Fdez. de la Cigoña

Extracto de LOS OBISPOS ESPAÑOLES DEL SIGLO XIX 
por Fco. José Fernández de la Cigoña

El catolicismo hispano estuvo dividido en los dos últimos tercios del siglo XIX. Al principio entre carlistas e isabelinos. No cabe duda de que al iniciarse la contienda la inmensa mayoría de los católicos, es decir, del pueblo español, simpatizaba con las ideas de don Carlos. Pero la localización en pequeñas áreas del territorio nacional del dominio carlista, la prolongación de la guerra, la necesidad de vivir como católicos en unos lugares que pronto se vio que el Pretendiente no iba a conquistar, el advenimiento de los moderados que firmaron el Concordato de 1851 con la Santa Sede, nombraron obispos y cicatrizaron espantosas heridas que la Iglesia habían recibido, el indudable catolicismo de la reina, el P. Claret, sor Patrocinio y hasta el P. Fulgencio y otras causas que sería prolijo enumerar, hicieron que con el tiempo muchos buenos católicos se sintieran cómodos, o no demasiado a disgusto, con Isabel II. Y el Papa, que era nada menos que Pío IX, también. Y en ocasiones hasta agradecido. Al menos con los gobiernos moderados. El ejército español ayudándole a recuperar los Estados Pontificios, la Rosa de oro, papales apadrinamientos..., contribuían a hacer más fluidas las relaciones de un importante sector del catolicismo español, más importante sobre todo por la calidad que por la cantidad, con Isabel II.

La revolución de 1868 cambió la situación e hizo renacer las esperanzas carlistas que entonces personificaba el rey de la barba florida, Carlos VII, nieto de Don Carlos, que de nuevo se lanzó al combate por una causa que seguía teniendo, como la de su abuelo, profundas connotaciones religiosas. La situación revolucionaria y anticatólica hizo que se pasaran al carlismo notables personalidades que habían estado con Isabel II: Cándido Nocedal, Aparisi y Guijarro, González Bravo... Pero una vez más la suerte de las armas les fue adversa y otras concausas hicieron imposible el triunfo. Muchos católicos se sintieron aliviados con la restauración alfonsina y se desentendieron del nuevo Pretendiente. Y la mayor parte de los obispos, nombrados por Isabel II y por Alfonso XII, también.

Sin embargo, la mayoría del catolicismo español seguía viendo en el nuevo régimen la consolidación de los principios liberales, reprobados por Pío IX en el Syllabus y se mantenía alejada de las disputas políticas, dejando en precaria situación a los moderados que ahora se habían convertido en conservadores. La ruptura de la unidad católica por Cánovas en la Constitución de 1876 no contribuyó a acercar a esos sectores, todavía mayoritarios, a la situación, aunque tal vez permitiera la integración en el sistema de los más moderados de los progresistas, acaudillados por Sagasta.

Ante esta situación, Alejandro Pidal y Mon, hijo y sobrino de dos personalidades del régimen isabelino, que se había opuesto denodadamente a la ruptura de la unidad católica, pensó que si esa gran mayoría de españoles, incondicionales sobre todo de su religión, se integrasen en el sistema, el poder estaba garantizado, la Iglesia segura y la patria salvada. E hizo su famoso llamamiento a las honradas masas carlistas (125). Todo terminó en una espantosa división en la que todos tuvieron su parte de culpa.

Carlistas y pidalistas primero y después, escindido el carlismo por la marcha de Ramón Nocedal, que tenía tras sí a una gran mayoría del clero español, carlistas, pidalistas e integristas, perdieron, en feroces luchas fratricidas, unos esfuerzos que, dirigidos contra los enemigos de la Iglesia, hubieran obtenido resonantes triunfos. A nuestro modo de ver todos tenían razón en parte y ninguno por entero. Si a eso se añade que la fórmula de Pidal era muy grata al nuevo Pontífice León XIII, pues reproducía su famoso ralliement pero con una situación política muchos menos adversa a la Iglesia, es fácilmente comprensible que Ramón Nocedal, el implacable enemigo de la componenda y el defensor de los derechos maximalistas de la Iglesia, fuera un molesto compañero de viaje. Bizarro paladín del catolicismo fue abandonado por la jerarquía de una Iglesia a la que había entregado todo y a la que quería colocar por encima de todo. Y decimos de la jerarquía porque una gran parte del clero le fue fiel hasta el final, pese a reiteradas advertencias de los obispos. [...] Tal vez fuera un personaje de cruzadas en época en que se querían componendas. Y él no sabía de ellas aunque esas componendas pudieran ser buenas para la religión.

Roma multiplicaba recomendaciones, primero privadas y luego públicas y todas sesgadas en favor de una de las opciones que tenía en León XIII y Rampolla, este último, tanto como nuncio en Madrid como después en su cargo de cardenal Secretario de Estado, dos firmes valedores. Nocedal desvirtuaba las advertencias con habilidades de notabilísima inteligencia. Pero los obispos estaban ya hartos de este seglar que mandaba en sus diócesis más que ellos pues la mayor parte del clero le seguía, a través de su periódico El Siglo Futuro, como a un oráculo. [...]

La prensa de cada una de las tres tendencias había sido el palenque donde habían competido, más que contra los adversarios de la religión contra los católicos de otro bando, quienes representaban las diversas tendencias del catolicismo español. Para los integristas, los católicos alfonsinos eran liberales y por tanto, en base a lecturas maximalistas de textos de Pío IX, no eran católicos. Para los pidalistas, que se veían expulsados de la Iglesia por obispos de levita, Nocedal y los suyos eran cismáticos que no obedecían al Papa. Aunque ellos tampoco obedecieran cuando el Papa ordenaba silencio y caridad. Y para los carlistas, que veían en los integristas unos traidores y en los mestizos unos enemigos dinásticos, era fácil regocijarse con las heridas que los otros se causaban entre sí y contribuir a su vez a repartir mandobles a diestro y siniestro. Los obispos decidieron tomar la iniciativa y llevaron al Congreso Católico de Burgos una propuesta de actuación que, asumiendo prácticamente todos los postulados integristas los desvinculaban del partido. [...]

Las Bases estaban en el más puro espíritu del ralliement. Unámonos para defender la religión y dejemos las preferencias políticas para cuando los intereses de la Iglesia no estén comprometidos (128), aunque en ellas se contenía otra andanada antiintegrista, en la que no carecían de cierta razón los obispos (129). El Programa, en cambio, satisfaría las reivindicaciones de Nocedal (130), al menos en gran parte.

(125) FERNÁNDEZ DE LA CIGOÑA, FRANCISCO JOSÉ: «El pensamiento contrarrevolucionario español: La Unión Católica», en Verbo, núm. 193 - 194, 1981; passim.
(126) Revista Eclesiástica, V, Valladolid, 1899, pág. 194.
(127) Revista Eclesiástica, V, Valladolid, 1899, pág. 194.
(128) Revista Eclesiástica, V, Valladolid, 1899, pág. 195.
(129) Revista Eclesiástica, V, Valladolid, 1899, pág. 196.
(130) Revista Eclesiástica, V, Valladolid, 1899, págs. 197-198.


FERNÁNDEZ DE LA CIGOÑA, FRANCISCO JOSÉ: «Los obispos españoles del siglo XIX. Diócesis de Almería», en Verbo, núm. 347 - 348; págs 783-810.



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