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jueves, 2 de mayo de 2024

El Dos de Mayo

Había llegado al colmo el sufrimiento de los españoles. 

Sus reyes habían traspasado la frontera, víctimas de los engaños de un genio ambicioso, y gemían en el cautiverio del destierro. 

Estaba la Religión escarnecida por el desenfreno de la soldadesca extranjera, y humillada la patria bajo el despotismo de los progenitores de las libertades revolucionarias modernas. 

La ola del odio hacia los enemigos del lema querido Dios, Patria y Rеy, había ido creciendo por grados en el pecho de los heroicos hijos de esta indomable tierra. Una gota más la haría rebasar con estruendo, una chispa encendería aquella formidable mina de pólvora, una señal cualquiera llamaría millares de valientes a los campos del honor. 

Esa gota, esa señal y esa chispa, fue para España el Dos de Mayo. 

Fue el primer bostezo del león de Castilla, que despertaba rugiente para destrozar entre sus garras las águilas liberales de un Imperio aborrecido. Fue la aurora del día que vería renacer la libertad tradicional, sembrada entonces por la mano de los mártires con simiente de sangre. 

Y empezó la lucha, la santa lucha por la independencia española. Esa epopeya primera contra la irrupción del liberalismo extranjero, esa majestuosa guerra que iluminó con resplandores de gloria los campos de Bailén y de Arapiles, las montañas del Bruch y el puente Sampayo, las murallas de Gerona y Zaragoza. 

¡Vedla brillar en las páginas de nuestra historia, y arrancadla de allí o condenadla al menos, si podéis, amigos de la legalidad y las Constituciones! Hay sangre ahí, hay horrores; pero con esos horrores y esa sangre se han escrito las grandezas mayores dеl mundo. 

Por ese medio se manifestó espontánea y libremente la voluntad de un pueblo esclavizado; por ese medio no más se arrancaron los laureles de la victoria para ceñirlos en la frente de la España de nuestros padres. La obra del Dos de Mayo está por terminar aún. Falta el último acto a la tragedia; acto en que el genio del mal sea definitivamente expulsado y vencido. 

Pero el momento está próximo ya. De las tinieblas brotará la luz, y después del diluvio de la anarquía surgirán los nuevos héroes que espanten más allá de las fronteras a la bestia revolucionaria y enciendan con la llama de la tradición el arco iris de eterna paz sobre los cielos de la Península.

El Correo Español (2 de mayo de 1893)

viernes, 20 de noviembre de 2020

El alpujarreño General Arévalo, al servicio del Altar y del Trono en cuatro guerras

Los lectores asiduos de nuestro cuaderno de bitácora habrán sin duda leído acerca del General carlista granadino Carlos Calderón y Vasco, del que tanto hemos hablado en otras ocasiones. Este bizarro caballero español, que da nombre al actual Círculo Tradicionalista de Granada “General Carlos Calderón”, no es, sin embargo, el único natural del reino de Granada que llegó a lo más alto del escalafón militar carlista.

En entradas anteriores hemos hablado del no menos heroico Brigadier carlista granadino Manuel Fernández de Prada, Marqués de las Torres de Orán y en esta ocasión nos disponemos a escribir sobre el General fernandino y carlista José María de Arévalo, que nació tal día como hoy, un 20 de noviembre del año 1791. Este pundonoroso militar combatió por la bandera sagrada de Dios, la Patria y el Rey en nada menos que cuatro cruentas guerras civiles, que mejor cabría definir como cruzadas. Murió en el exilio y casi en la indigencia, pero con el consuelo de recibir, poco antes de expirar, el cariño de la Familia Real proscrita en febrero de 1869.

En el mes de marzo de ese mismo año, se agolpaba la gente a una de las principales tiendas de la Puerta del Sol a contemplar con cierto sentimiento que se admiraba de encontrar dentro de sí un cuadro en ella expuesto. Representaba a un anciano moribundo en un pobre lecho de un modestísimo cuarto, y sobre el cual e inclinaban tristemente, silenciosos y visiblemente conmovidos, un apuesto joven y una elegantísima señora de la misma edad, cuyo noble porte daba claras muestras de la alteza de su cuna. El cuadro representaba la muerte del general Arévalo, visitado en aquellos supremos instantes por Don Carlos VII y su esposa, Doña Margarita.

El General Arévalo retratado en un
álbum de personalidades carlistas

José María de Arévalo nació en Capileira (reino de Granada) en 1791. A los 16 años, en octubre de 1808, obtuvo la gracia de cadete en el Colegio de Caballeros Cadetes de Granada, en el que en enero del año siguiente fue promovido a subteniente, pasando destinado al Regimiento de la Alpujarra.

Luchó en la Guerra de la Independencia, enfrentándose a los franceses en 1809 en Aranjuez, Almonacid y Ocaña, hallándose en 1811 en el reconocimiento de la Silla del Moro (Granada) e interviniendo en 1812 en la acción de Vélez Rubio (Almería), en la de las alturas de San Martín de Baza (Granada) y en la defensa del castillo de Caravaca (Murcia), haciéndolo en 1813 en el sitio de Murviedro (Valencia) y en el de Tarragona. En 1812 había sido ascendido a teniente.

Destinado en 1815 al Regimiento de Ultonia, tres años después fue trasladado al de Voluntarios de Castilla, pasando poco después a la situación de retirado en Murviedro.

Al producirse la revolución liberal de 1820 no se unió a ella, por lo que fue sometido a procedimiento sumarial, huyendo en 1823 y uniéndose, al mando de veinte hombres, a las fuerzas realistas del general Samper, quien le concedió el empleo de capitán y con el que intervino en la toma de Vinaroz y en los dos sitios de Valencia.

El 27 de abril de 1823, durante el primer sitio de la plaza de Valencia, los constitucionales se apoderaron del convento de Corpus Christi. Hallándose el comandante Arévalo de jefe de la línea avanzada del Quarte, logró penetrar el primero en dicho convento, desalojando de él a los enemigos que lo ocupaban, después de un reñido combate que duró más de diez horas y con sólo cuarenta hombres contra más de doscientos que tenazmente lo defendían, causándole la pérdida de catorce hombres e hiriendo a veinte más. Se destacó con igual valor y bizarría en la salida que hicieron los enemigos, en número de quinientos hombres, el día 29 de abril con el fin de destruir las obras del citado Cantón, a los que rechazó al mando de sólo ciento cincuenta hombres y consiguió encerrar en la plaza, sin que lograsen su intento.

También persiguió, al mando de una columna, a la partida del llamado “sastre Francisco”, a quien derrotó cerca de Turís (Valencia), participando seguidamente en el levantamiento del sitio de Murviedro y en el sitio y rendición de la plaza de Alicante.

Los años siguientes sirvió en el 1.er Regimiento de Tiradores y en el de Córdoba, solicitando en junio de 1825 la licencia ilimitada, que le fue concedida. Estando en esta situación recibió en el mes de septiembre de 1826 la Cruz de San Fernando de 2.ª clase, Laureada, en recompensa de las acciones realizadas durante el primer sitio de Valencia.
El General Arévalo retratado en la
obra Bocetos tradicionalistas.

Era ya comandante de Infantería en el Ejército isabelino cuando en el año 1835 solicitó y obtuvo su licencia absoluta para presentarse a principios del siguiente mes de junio al general carlista Cabrera.

La justa fama de jefe de claro talento y vasta ilustración, sobre todo en asuntos militares, de que el señor de Arévalo llegó precedido al campo carlista dio lugar a que el caudillo tortosino le nombrara secretario suyo y e confiriese poco después la dirección de las ''Academias'' que creó en las tropas de su mando a fin de que sus subordinados adquiriesen el mayor grado posible de cultura, especialmente en lo relativo al arte de la guerra, debiéndose, por lo tanto, muy en particular a José María de Arévalo la formación de aquella distinguida y bizarra oficialidad del Ejército carlista del Centro que, tan gallardamente dirigido por el General Conde de Morella, se cubrió de gloria militar en tantos y tan sangrientos combates, lo mismo en los días de los éxitos que en los de las retiradas.

La vida del jefe carlista Arévalo fue íntimamente unida a la historia de la primera guerra civil por Aragón, Valencia y Murcia; describir ésta sería preciso para detallar los servicios de aquél, porque en cuanto D. Ramón Cabrera recibió el nombramiento de Comandante General Carlista del Bajo Aragón, nombró Jefe de Estado Mayor de su División al señor de Arévalo; bástenos, pues, recordar que éste se distinguió más particularmente en las acciones de Chert, Prat de Compte, Azuara, Zurita, La Yesa, Muniesa, Alcanar, Terrer, Cantavieja, Puente de Alcance, Torrecilla, Cherta, Siete Aguas, Plá del Pau, Maella, Carboneras, Morella y, sobre todo, en Chulilla, la última victoria de los carlistas del Centro, que fue dirigida por el jefe Arévalo, cogiendo unos setecientos prisioneros al General Ortiz.

Cuando el General Cabrera salió del Centro con la expedición del General Gómez Damas, dejó al señor de Arévaol de Comandante General interino del Bajo Aragón, trasmitiéndole todas sus facultades; tal era la confianza que le inspiraba su Jefe de Estado-Mayor.

Al concluir la primera guerra civil era ya Mariscal de Campo carlista D. José M.ª de Arévalo, y honraba su pecho, entre otras varias condecoraciones, con la Gran Cruz de la Real y Americana Orden de Isabel la Católica y con la Cruz de primera clase de la Real y Militar Orden de San Fernando.

En Francia permaneció emigrado el General carlista Arévalo hasta que en 1847 fue a Gibraltar, desde donde se trasladó a su país natal, Las Alpujarras, con el cargo de Jefe de Estado-Mayor del Teniente General carlista Gómez Damas encargado por Carlos VI de promover un levantamiento en Andalucía; pero aquel proyecto fracasó y entonces aquellos dos bravos generales carlistas hubieron de trasladarse a Inglaterra para volver más tarde a Francia, pues ambos prefirieron morir en la expatriación antes que reconocer a la Reina cuyo trono habían combatido con las armas en la mano.
La visita de los Reyes al General Arévalo
narrada por el periódico parisino L'Union
y traducida por La Esperanza (9/2/1869).

Cuando fue destronada Doña Isabel, al reorganizar Don Carlos sus fuerzas, promovió a Teniente General al señor de Arévalo, y le destinó a su Consejo de París, capital en la que falleció cristianamente aquel bravo, entendido y leal veterano poco después, teniendo el consuelo de verse asistido en su última enfermedad por la augusta señora Doña Margarita de Borbón, el ''Angel de la Caridad'', como la apellidaron los enfermos y los heridos, tanto del campo liberal como del campo carlista.

El insigne Aparisi y Guijarro relató así sus últimos instantes:

Casi vivía de limosna el teniente general Arévalo; ya dije que doña Margarita le consoló y él la bendijo; ahora añado que cuando D. Carlos le abrazó moribundo, el valiente guerrero se echó a llorar.

Carlos VII presidió el funeral. En cementerio del P. Lachaise, según la pía y noble costumbre de España, no se pronunció ningún discurso. Pero ninguno de los leales servidores de Carlos VII pudo contenerse, y de todos los corazones después de las preces, salió el mismo grito, que pronto levantaría ecos por doquier: «¡Viva Carlos VII!»

Su fidelidad a nuestra bandera perduró en su descendencia a lo largo de generaciones. Un hijo suyo, José Arévalo Brugada, fue fusilado por los liberales en la primera guerra. Su yerno, el brigadier Antonio Santa-Pau Cardos, combatió por Carlos VII en la tercera junto a sus hijos (nietos del General Arévalo) Francisco, Antonio y José María Santa-Pau y Arévalo. Y varios nietos de este último (tataranietos del General Arévalo) lucharon en la última Cruzada: Luis Arturo y José María Angulo de Santa Pau murieron ambos por Dios y por España; y Jaime Angulo de Santa Pau se alistó al Tercio de Requetés María de Molina y sirvió después en diferentes unidades del Ejército nacional. Aquí puede verse, en una sola familia, la continuidad venerable de los principios salvadores de nuestra Patria, defendidos con la pluma y con las armas hasta en seis ocasiones, desde la guerra de Independencia hasta la Cruzada de Liberación.


Fuentes:

* Isabel Sánchez, José Luis: José María Arévalo en el Diccionario Biográfico Español.
* Barón de Artagan: José María Arévalo en Bocetos tradicionalistas (1912), pp. 109-111.
* Aparisi y Guijarro, Antonio: Opúsculos, tomo IV, p. 121.

jueves, 2 de mayo de 2019

Al 2 de Mayo. (Romance)

El león español vence y humilla
al águila napoleónica de la Francia liberal.

¡Qué imborrable la memoria
del grandioso 2 de Mayo,
blasón de la antigua España
y afrenta de los tiranos!

Codicia fue del francés
el noble solar hispano,
y ya en su torpe ambición
creyó tener subyugados
a los valerosos hijos
del gran Apóstol Santiago.

¡Pronto pregonó la Historia
la fecha del desengaño!
¡España a los españoles!
El pueblo entero clamando
como una tromba de fuego,
como huracán desatado,
con su fiereza inaudita,
heridos y ensangrentados,
con las garras, cual leones,
y de españoles, con ánimos
acomete al invasor,
y cual gigante acosado
presenta su noble pecho
a la muerte resignado,
sacrificando sus vidas
de la muerte en holocausto.

Loor a vuestra memoria,
mártires del amor patrio,
y ensanchemos nuestros pechos
en el día 2 de Mayo.

MANUEL FRANCO RUIZ

Granada, 27 Abril 1919

La Verdad (Granada, 28 de abril de 1919)

domingo, 23 de julio de 2017

El heroico General Pérez de Herrasti y su ilustre familia, tradicionalistas de Granada

EL GENERAL PÉREZ DE HERRASTI, HÉROE DE CIUDAD RODRIGO

Andrés Pérez de Herrasti y Pulgar
(Granada, 1750 - Barcelona, 1818)
Andrés Víctor José Miguel Pérez de Herrasti Viedma y Aróstegui Pérez del Pulgar Fernández de Córdoba, descendiente de dos de las más ilustres y principales familias de la aristocracia andaluza, nació en Granada el día 6 de marzo de 1750. Por vía paterna, entre sus más remotos antepasados se encontraba Domingo Pérez de Herrasti –perteneciente a la antiquísima casa de Herrasti en Azcoitia (Guipúzcoa)– que fue uno de los caballeros que acompañaron a los Reyes Católicos en la conquista de Granada, obteniendo como premio un señorío en esas tierras: el del pueblo y campos de Baralaira, que recibirían el nuevo nombre de Señorío de Domingo Pérez y que se convertirían en su nuevo hogar.

Por vía materna, descendía también de otro capitán de los Reyes Católicos, el afamado Hernán Pérez del Pulgar, conocido como «el de las Grandes Hazañas». Con estos antecedentes de heroísmo militar y de nobleza, repetidos de una forma u otra generación tras generación, no es extraño que el joven Andrés ingresara en el ejército en el año de 1762, a la temprana edad de doce años, concretamente como cadete del Regimiento Provincial de Granada. Dos años después entró como cadete en el Regimiento de Reales Guardias Españolas, unidad en el seno de la cual pasaría por todos los empleos y grados que consignamos a continuación: Alférez (1776), Alférez de Granaderos (1777), 2.º Teniente de Fusileros (1779), 2.º Teniente de Granaderos (1783), 1.er Teniente de Fusileros (1785), 1.er Teniente de Granaderos (1791), Coronel (1791), Capitán (1793), Brigadier (1795) y Mariscal de Campo (1809). En su hoja de servicios aparece un escueto informe sobre su persona: «Valor, acreditado; aplicación, bastante; capacidad, bastante; conducta, buena; estado, casado. Este oficial está en estado de continuar, es casado, bizarro y a propósito para el mando». Siempre en tan alta estima, Herrasti sirvió en el ejército español durante cincuenta y dos años, hasta su muerte, que le sobrevino en 1818, ostentando el grado de Teniente General y el empleo de Gobernador Civil y Militar de Barcelona –honores concedidos en el año 1814, tras su vuelta del cautiverio en Francia–.

Herrasti participó, además, en las principales campañas y en algunas de las más memorables acciones llevadas a cabo durante los años anteriores a la Guerra de la Independencia. En el año 1775 participó en la expedición que Carlos III envió a Argel en contra de las tropas del emperador de Marruecos y de los piratas que operaban desde ese puerto, operación que terminó en un auténtico desastre para los españoles, con más de mil quinientos muertos y unos tres mil heridos, entre ellos el protagonista de esta semblanza; en el bloqueo y sitio de Gibraltar desde el primero de septiembre de 1779 hasta que se concluyó sin éxito; en el sitio de Orán desde el 28 de mayo de 1791 hasta su evacuación y abandono; en la guerra contra Francia, entrando en el Rosellón con las primeras tropas en abril de 1793 y cayendo prisionero en mayo del año siguiente, durante la precipitada retirada española ante el ataque del general Dugommier; en la Guerra de las Naranjas contra Portugal, tomando parte muy primordial en la ocupación del lugar de Jarde, en la toma de la plaza de Villaviciosa y en otras muchas acciones.

El motín de Aranjuez (1808)

Pero fue la Guerra de la Independencia la que marcó el destino de Herrasti, le convirtió en un personaje para la historia y le ofreció la oportunidad de demostrar su pundonor de militar hasta el límite de sus fuerzas y de su deber. El 17 de marzo de 1808, el por entonces brigadier Pérez de Herrasti, en ese momento destinado al frente del 1.er Batallón del Regimiento de Reales Guardias Españolas –que se encontraba acantonado en Vicálvaro– recibió la orden del coronel del Regimiento, el duque del Infantado –un fiel fernandino y, por lo tanto, enemigo acérrimo de Godoy– de asaltar el palacio del valido en Aranjuez y proceder a su captura. Este episodio provocó la abdicación de Carlos IV y el acceso al trono de Fernando VII aunque, como es bien sabido, el asunto no acabó ahí, sino con Napoleón interviniendo como árbitro del litigio entre el monarca y el heredero. De este modo, atrayendo con artimañas a padre e hijo a territorio francés –con la excusa de celebrar una reunión para solventar el problema de la legalidad de la abdicación de Carlos IV– Napoleón secuestró a la familia real española y desplegó sus tropas por España con el objetivo de lograr un cambio de dinastía –de los Borbones a los Bonaparte–, algo que hacía tiempo que ansiaba el Emperador. Poco tiempo después España se convertía en un campo de batalla sobre el que Francia y Gran Bretaña dirimirían quién iba a ser la primera potencia mundial del siglo XIX. Mientras tanto, el pueblo español luchaba por su rey legítimo, Fernando VII, que regresaría a España en 1814.

El día 2 de mayo, el brigadier Pérez de Herrasti puso a su batallón y demás tropas de la comarca, así como a varios pueblos, sobre las armas para socorrer Madrid, sublevado contra los franceses. El auxilio no se hizo efectivo, ya que desde instancias superiores se recibió la orden de no intervenir en los sucesos de la capital. Desesperado por luchar contra el invasor, Herrasti marchó, con su batallón de Reales Guardias Españolas y el Ejército del Centro al mando del general Castaños, a La Rioja, hallándose en todas las diferentes posiciones que allí se tomaron: socorro de Lodosa, expedición de Autol y apostadero de Ausajo, hasta la batalla de Tudela, librada el 23 de noviembre de 1808, debacle española tras la cual el Ejército del Centro inició una penosa retirada hacia el sur, en busca de nuevas órdenes por parte de la Junta Central –en ese momento también en plena huída y por lo tanto difícil de localizar–. Durante esa retirada, Herrasti tendría ocasión de destacarse en la acción de Tarancón (Cuenca) del 25 de diciembre, en la que rechazó, por dos veces, con trescientos hombres de su batallón, a una fuerza de caballería compuesta por ochocientos Dragones de la Brigada del general Perreimond. El valor y la tenacidad demostrados en este combate le valieron el ascenso a mariscal de campo –aunque quizá este fulgurante ascenso fuera más bien una recompensa por su actuación en favor de Fernando VII en Aranjuez– y el empleo como Comandante General del Cantón de Santa Cruz de Mudela (Ciudad Real). Tras unos pocos meses, ya iniciado el año de 1809, fue llamado a Sevilla –la nueva sede de la Junta Central Gubernativa del Reino– que le destinó, el 15 de marzo de 1809, al Ejército de la Izquierda, que en ese momento se encontraba al mando del teniente general Marqués de la Romana. El lugar donde debía incorporarse a su nuevo empleo era Gijón, ciudad a la que, al estar el centro y el norte peninsular ocupados por los imperiales, solamente podía llegar por mar. El día 19 salió del puerto de Cádiz acompañado por su nuevo edecán, el por entonces teniente Joaquín de Zayas. La travesía transcurrió tranquila hasta que, habiendo ya llegado a aguas del Cabo de Peña el día 20 de mayo, y a menos de una jornada del puerto de Gijón, se cruzaron con un bergantín cuyo capitán les advirtió de que la ciudad asturiana había caído en poder de los franceses. El día 17 de junio de 1809, un desesperado y agotado Herrasti estaba de vuelta en Cádiz, tras treinta días de penosa navegación bajo terribles borrascas, y sin haber podido incorporarse a su destino. Ansioso por entrar en combate, Herrasti solicitó un nuevo destino en el Ejército de Aragón, comandado por el general Blake y, si esto no era posible, al de Extremadura, con el general Gregorio García de la Cuesta al frente. Ninguno de los dos destinos le fue otorgado. Fue enviado de nuevo al Ejército de la Izquierda, ahora al mando del Duque del Parque, con el que combatió en la batalla de Tamames (Salamanca), librada el 18 de octubre de 1809, y que se saldó con una victoria de los españoles. Apenas un par de días después, Herrasti recibió el empleo que le enfrentaría a dos de los más afamados mariscales del Imperio, Masséna y Ney, y que le consagraría como héroe olvidado de la Guerra de la Independencia: gobernador militar de la cercana plaza de Ciudad Rodrigo, convertida en uno de los focos de resistencia más importantes al constituirse como sede de la Junta Superior de Castilla la Vieja, de la cual Herrasti sería presidente.

Rendición de Ciudad Rodrigo tras la heroica defensa española (1810)

El 10 de julio de 1810, tras un asedio de dos meses y medio, Herrasti, un militar que ha de pasar a la historia por su aprecio por la vida humana, supo rendir la plaza de la que era gobernador en el momento preciso, sin faltar en absoluto a su deber como soldado, para así evitar una matanza por parte de los imperiales como represalia. Dos días después de la capitulación, Herrasti marchaba al cautiverio en Francia junto a toda su guarnición.

Como los demás deportados españoles, Herrasti recuperó su libertad en 1814, tras la abdicación de Napoleón. Un decreto del Gobierno Provisional de Luis XVIII dispuso que «para poner fin al flagelo de la guerra y reparar en lo posible sus terribles resultados, todos los prisioneros de guerra serán puestos a disposición de sus potencias respectivas». En un lamentable estado físico y moral, Herrasti aún tuvo que enfrentarse en Madrid al Consejo de Guerra de Purificación, que afortunadamente no encontró en él el más mínimo atisbo de traición a los Borbones y que determinó su limpieza y le recomendó para ser empleado por el rey «en el destino y clase que tenga S.M. a bien». El rey tuvo a bien ascenderle a teniente general el 28 de julio del año 1814 con la antigüedad del día de la rendición de la plaza de Ciudad Rodrigo; es decir, el 10 de julio de 1810. Ese mismo año le llegaría la concesión de la condecoración de la Orden de Lis por parte del restaurado rey francés Luis XVIII «para acreditar su adhesión a la causa de los Borbones» y en 1816 el nombramiento de caballero de la Gran Cruz Laureada de San Fernando, que luce con todos sus atributos en el retrato con uniforme de teniente general que se exhibe en el Ayuntamiento de Ciudad Rodrigo. En el mismo año de su ascenso a teniente general, Herrasti fue destinado a Barcelona como gobernador militar y político, ciudad donde el clima húmedo agravaría su dolencia reumática. Hasta la capital catalana se trasladaría Herrasti con la que era su esposa desde el año 1792 –la también noble María Antonia de Luca y Timmermans– y allí moriría el día 24 de enero de 1818, tras una vida enteramente dedicada al servicio de su Patria y tras emplear sus últimos años en emprender esenciales mejoras urbanísticas en la ciudad de Barcelona, tales como la construcción del primer cementerio extramuros.

Información tomada de: Ramón Laca, Julio de (1967): El General Pérez de Herrasti. Héroe de Ciudad Rodrigo


Escudo de armas de los Pérez de Herrasti

GENEALOGÍA DESCENDENTE DE LA FAMILIA PÉREZ DE HERRASTI

Domingo Pérez de Herrasti, participó en la Toma de Granada. Fue uno de sus descendientes agnados Antonio Pérez de Herrasti y Viedma, señor de Domingo Pérez, que sigue. (Genealogía anterior aquí)

I .- Antonio Perez de Herrasti y Viedma, VII. Regidor perpetuo de Guadix y Alcalá la Real, patrono del Convento de Agustinos de Granada. Casó en Granada el 29 de mayo de 1747 con Angela Pérez del Pulgar y Fernández de Córdoba. Tuvieron por hijos a:

A .- Juan de Dios Pérez de Herrasti y Pulgar, que sigue.
B .- ANDRÉS PÉREZ DE HERRASTI Y PULGAR, héroe de Ciudad Rodrigo. Nació en Granada el 6 de marzo de 1750 y murió en Barcelona el 24 de enero de 1818. Casó el 27 de diciembre de 1792 en Barcelona con María Antonia de Luca y Timmermans (nacida en Rialp el 28 de diciembre de 1756), con la que no consta que tuviese descendencia.

II .- Juan de Dios Pérez de Herrasti y Pérez del Pulgar, Señor de Padul. Fue bautizado el 16 de marzo de 1748. Casó el 14 de junio 1771 con Maria Luisa Henríquez de Navarra y Carreño. Tuvieron por hijo a Antonio Pérez de Herrasti y Enríquez de Navarra, que sigue.

III.- Antonio Pérez de Herrasti y Enríquez de Navarra, Señor del Padul. Nació en Granada en febrero de 1778. Casó con María Josefa Recio-Chacón y Valverde (nacida hacia 1778 en Arjona, Jaén). Tuvieron por hijos a:

A .- Antonio Pérez de Herrasti y Recio-Chacón, que sigue (IV a).
B .- Juan Pérez de Herrasti y Recio-Chacón, que sigue (IV b).
C .- Rita Pérez de Herrasti y Recio-Chacón. Nació el 27 de junio de 1819 en Arjona y falleció el 8 de julio de 1855. Casó el 19 de marzo de 1843 en Granada con Fernando de Contreras y Aranda (1817-?), natural de Martos, caballero de la Orden Militar de Santiago. Tuvieron por hijos a José (1845-?), Francisco (†1881), Isabel (1850-1919) y Fernando de Contreras y Pérez de Herrasti (†1908) (sigue en V b).

IV a .- Antonio Pérez de Herrasti y Recio-Chacón, Señor del Padul y de Domingo Pérez. Maestrante de Granada. Nació hacia 1806 en Arjona (Jaén) y falleció en 1870. Fue fiscal del Tribunal Supremo de Cuentas del Reino. Casó el 10 de diciembre de 1837 con María del Carmen Fuensanta Antillón y Piles, II Condesa de Antillón, nacida en Palma de Mallorca el 16 de julio de 1811. Tuvieron por hijos a:

A .- Isidoro Pérez de Herrasti y Antillón, que sigue.
B .- Antonio Pérez de Herrasti y Antillón. Nació el 24 de diciembre de 1839 y murió en Granada el 2 de junio de 1900. Siguió la carrera diplomática, sirviendo en distintas embajadas y legaciones. Fue Caballero de la Orden de San Estanislao de Rusia, Oficial de la del Salvador de Grecia y Maestrante de Granada. Tras la Revolución de Septiembre de 1868 se adhirió al carlismo. Llegó a presidir la Junta carlista regional. Casó el 10 de mayo de 1871 en Valcarlos (Navarra) con Maravillas Bachoué de Barraute Elío (†1917), nombrada por Carlos VII tras la muerte de su esposo Condesa de Barraute-Herrasti y dama de honor de Doña Berta. Tras la Tercera guerra carlista, marchó al exilio, y después volvió a su palacio de Granada, junto a la Alhambra, en donde estuvo S. A. el Príncipe D. Jaime. (cfr. El Correo Español, 8/6/1900 y El Correo Español, 6/11/1917)
C .- María de la Esperanza Pérez de Herrasti Antillón. Nació el 30 de noviembre de 1848 en Madrid. Casó el 20 de mayo de 1875 con Manuel de Aguilera y Gamboa, marqués de Flores Dávila (1848-1899) y hermano del Marqués de Cerralbo, Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista con Carlos VII y Jaime III. Tuvieron por hijos a María de la Esperanza de Aguilera y Pérez de Herrasti (1876-1939), condesa de Peñalva (casada con Celedonio Febrel y Contreras) y a Manuel de Aguilera y Pérez de Herrasti (1877-1925), conde de Alcudia y Maestrante de Granada.

V a .-  Isidoro Pérez de Herrasti y Antillón, III Conde de Antillón, Señor de Domingo Pérez, de los Campos de Baraila, de Pérez de Herrasti y de Aróstegui. Maestrante de Granada. Nació en Madrid el 31 de julio de 1838 y murió en Granada el 17 de septiembre de 1903. Licenciado en Derecho. Formó parte de la Junta provincial carlista de Granada durante el Sexenio Revolucionario. En 1888 se adhirió al Partido Integrista. Residió en la calle Tablas. Casó el 6 de enero de 1860 en Granada con su prima María Josefa Perez de Herrasti y Vasco. Tuvieron por hijos a:

A .- Antonio Pérez de Herrasti y Pérez de Herrasti (1860-1902), maestrante de Granada (cfr. El Siglo Futuro, 21/1/1902). Casó el 2 de mayo de 1894 con María de la Concepción Orellana-Pizarro Maldonado, marquesa de Albayda (1864-1927). Tuvieron por hijos a María, María del Rosario y Antonio Pérez de Herrasti y Orellana (Madrid, 1898-1974).
B .- María Joaquina Pérez de Herrasti y Pérez de Herrasti (1862). Casó el 24 de septiembre de 1893 en Granada con Antonio Díez de Rivera y Muro, marqués de Casablanca (1857-1930).
C .- María del Carmen Pérez de Herrasti y Pérez de Herrasti (1864 -?).
D .- Isidoro Pérez de Herrasti y Pérez de Herrasti. Nació en Granada el 1 de septiembre de 1866 y fue bautizado el 5 en la Iglesia de San Salvador. Murió el 6 de junio de 1935. Le fue concedido el titulo de Conde de Padul por Alfonso (XIII) el 16 de julio de 1924. Militó en el Partido Integrista y posteriormente en la Comunión Tradicionalista. Casó con Maria del Rosario Solís y Desmaissiers. Sin descendencia. Le sucedió en el título de Conde de Padul su sobrino Antonio por carta de 14 de mayo 1956.
E .- Josefa Pérez de Herrasti y Pérez de Herrasti.

IV b .- Juan Pérez de Herrasti y Recio-Chacón. Nació hacia 1816. Casó con Joaquína Vasco y Vasco. Murió en Granada el 2 de febrero de 1848. Tuvieron por hijas a María Josefa (Granada, aprox. 1843 - ?), Antonia (1851-1935) (sigue en V c) y Francisca Pérez de Herrasti y Vasco, casada con su primo Fernando de Contreras y Pérez de Herrasti, que siguen.

V b .- Fernando de Contreras y Pérez de Herrasti (†1908). Casó el 4 de abril de 1874 en Granada con su prima Francisca Pérez de Herrasti y Vasco (1852-?). Tuvieron por hijos a:

A .- José de Contreras y Pérez de Herrasti, Maestrante de de Granada. Casó con Paz González de Anleó y González del Pino (1881-1967), Dama de la Real Maestranza de Granada. Tuvieron por hijos a Antonia (Granada, 1910 - Sevilla, 1991) y José de Contreras y González Anleo (Jaén, 1917 - Granada, 1993), combatiente Requeté.
B .- Fernando de Contreras y Pérez de Herrasti (1874-1940), Maestrante de Granada. Fue un destacado articulista del diario tradicionalista El Siglo Futuro. Casó el 26 de noviembre de 1900 en Sevilla con María de Gracia de Solís-Beaumont y Desmaissieres (1876-1952). Tuvieron por hijos a Antonia (†1991), Concepción (†2003) y Matilde de Contreras y Solís-Beaumont.
C .- Ramón de Contreras y Pérez de Herrasti (Granada, 1886 - Granada, 1952). Fue jefe de la Comunión Tradicionalista en Andalucía Oriental en la década de 1930. Residió en el Palacio de los Condes de Luque —que donó a la Universidad— y posteriormente en la calle Gran Capitán, 14, donde falleció. Casó con Manuela Gómez de las Cortinas y Atienza, con quien tuvo por hijos a Natividad, María Luisa y Ramón de Contreras y Gómez de las Cortinas.
D .- Joaquín de Contreras y Pérez de Herrasti. Fue Archivero de la Real Maestranza de Caballería de Granada. Residió en la calle Puentezuelas, 35.

V c .- Antonia Pérez de Herrasti y Vasco. Nació en Granada el 1 de mayo de 1851 y murió en la misma ciudad el 18 de octubre de 1935. Casó en Granada el 24 de noviembre de 1873 con Luis Andrada-Vanderwilde y Pérez de Vargas (Sevilla, 1844 - San Sebastián, 1932), Teniente de la Real Maestranza de Caballería de Granada. Tuvieron por hijos a:

A .- María del Carmen Andrada-Vanderwilde y Pérez de Herrasti. Nació en Granada el 5 de abril de 1875.
B .- José Luis Andrada-Vanderwilde y Pérez de Herrasti, marqués de Cartagena y Maestrante de Granada. Murió en Granada el 12 de junio de 1961. Casó con Blanca Bachoué de Barraute y Mira-Perceval, con quien tuvo por hijos a Luis Javier, Dolores, Fernando, Antonia, José María, Francisco, Juan, Joaquín y Alfonso Carlos Andrada-Vanderwilde y Bachoué de Barraute.
C .- María de los Dolores Andrada-Vanderwilde y Pérez de Herrasti. Nació en Granada el 20 de marzo de 1879 y murió en la misma ciudad el 13 de abril 1965. Casó con Joaquín Pérez del Pulgar y Campos (Granada, 1870-1957), conde de las Infantas.
D .- Joaquina Andrada-Vanderwilde y Pérez de Herrasti. Nació en Granada en 1891 y murió en la misma ciudad en 1978. Casó con Mariano Gómez de las Cortinas y Atienza (Ronda, 1881 - ?). Tuvieron por hijos a María Antonia, Ramón, Mariano, Blanca y Rafael Gómez de las Cortinas y Andrada-Vanderwilde.

Información obtenida en su mayor parte de Condes de PadulGeneanet y FamilySearch

martes, 20 de octubre de 2015

¡Vivan las cadenas!

Se explica un grito popular de la época de Femando VII 

Dieron las turbas, en días de Fernando VII, un grito, que las crónicas de la época recogieron y la Historia trasladó a sus páginas, equivocadamente interpretado y acribillado con comentarios injustos.

Los forjadores de la leyenda negra lo explotan a sus anchas, denunciándolo a los tribunales de la critica como el acabóse de la barbarie española. Hasta historiadores de recto ánimo y claro juicio hablan de él sin haberse tomado la molestia de examinarlo previamente; dejándose llevar de lo que suena sin pensar en lo que significa.

El grito se profirió por vez primera, a lo que parece, en Sevilla o su provincia; y como la tierra andaluza, sea la que fuere, la considero mía en el orden de los afectos regionales, cada vez que oigo hablar de aquel grito, un legítimo y vehemente deseo de vindicación me sugiere el propósito de explicarlo; propósito que las circunstancias se encargan luego de aplazar hasta que se olvida. Pero no ha de pasar de esta vez.

Ciertamente, aquel grito popular, tal como suena, es estridente: «¡Vivan las cadenas!»

Algún historiador le añade por modo de hemistiquio una segunda parte que aún suena peor en nuestros oídos: «¡Vivan las cadenas y muera la nación!» Sea así.

Nótese que el amor a la libertad es tan natural al hombre como la libertad misma. Aún más: la libertad, en cuanto es exención de obstáculos para la propia actividad del ser, es apetecida por todos los seres, naturalmente; de modo que los seres todos, desde el átomo hasta el hombre, naturalmente apetecen su libertad; y cuando el hombre no la amara racionalmente o por instinto de conservación, la apetecería mecánicamente como los vegetales y como las piedras. Ningún ser apetece ni ama las cadenas en cuanto significan violencia, opresión, destrucción de la actividad de su ser: ello sería amar en propia destrucción lo que es contra naturam.

Nótese, además, que aquel pueblo que profirió el grito de «vivan las cadenas y muera la nación», era el pueblo que acababa de ahogar en su propia sangre, heroicamente vertida por la independencia y la libertad de su Patria, a los ejércitos invasores de Napoleón.

Contienda de Valdepeñas, en la que el pueblo llano detuvo al ejército francés.

Con ambas advertencias tiene de sobra la crítica razonable para dudar, por lo menos, de que aquel grito haya de entenderse como suena. Algo hay, efectivamente, debajo de lo que suena, más conforme con la naturaleza de las cosas y con la índole del pueblo que lo profería, mártir de su sagrada independencia y de su patria libertad.

Había por aquellas calendas, idus y nonas en España, una turbamulta de masones afrancesados y otra de masones no afrancesados, que en vez de tomar el fusil y salir a las guerrillas, como el pueblo todo, a defender la independencia y la libertad de la Patria contra la invasión francesa, se dedicaban a facilitar con traiciones increíbles el triunfo de los ejércitos invasores o el triunfo de las doctrinas revolucionarias que traían cubiertas de bandas y mandiles los generales de las tropas napoleónicas. Entrambos elementos, juntamente con otras turbamultas de europeos y americanos, atentos a provocar de todas maneras la revolución en España y la pérdida de su imperio colonial; más otros de desleales, de tontos, de descontentos, de fracasados de todas las profesiones, de escorias de todas las clases sociales, de gente perdida, ejemplares, en fin, de todos aquellos tipos que Alvarado describe coincidiendo con los que describe Cretineau Joly en la revolución francesa, andaban vociferando en logias, tabernas, folletos y periódicos, soflamas de libertad y llamando cadenas a los derechos de la tradicional monarquía; cadenas a los derechos de las constituciones españolas con todos sus fueros y libertades y toda su auténtica y genuina democracia, desconocida en gran parte de las demás naciones, que durante el periodo feudal, cuando aquí llegaba a su apogeo, ellas ni la concebían; cadenas a los derechos de la Iglesia, creadora de España, como lo fue de Francia, de Alemania, de Inglaterra...

Y no solamente llamaban cadenas a todo esto, y apodaban de serviles a los que todo esto defendían, sino aún se adelantaban a presentarse como si ellos fueran la nación, proclamando que la nación eran ellos.

Sírvase el lector dar un vistazo a los párrafos siguientes que con un historiador comenta el célebre Manifiesto, de Lardizábal, individuo de la Regencia durante la ausencia de Fernando VII, llevado a Bayona y desde Bayona internado en el territorio francés:

«El primer acto de las Cortes de Cádiz fue un perjurio, una perfidia y una grosera ingratitud. Ya la noche del 2.3 de septiembre [de 1810] exigieron a la Regencia algunos diputados que en el juramento de las Cortes no se hablase de la casa de Borbón; por consiguiente, el día antes de reunirse las Corles, ya se meditaba la expulsión de la dinastía.
La Regencia, incluso los generales Castaños y Escaño, lo llevó a mal; los diputados juraron al día siguiente en manos del presidente de la Regencia, y sin dificultad ni restricción, reconocer como Rey y soberano a Fernando VII; pero una vez prestado este juramento lo primero que hicieron fue fallar a él escandalosamente, asentando que la soberanía residía en la nación. Declarándose ellos como nación, y, por consiguiente, como soberanos, su primer acto fue avasallar a la Regencia. (La disolvieron)... Triunfaban aquel día la revolución y la democracia, y en nombre suyo la masonería y los flamantes diputados perjuros. Las galerías estaban llenas de los agentes de las logias de Cádiz.»

Tolere el lector que alarguemos un poco la cita:

«La francmasonería de Cádiz principió a seguir los pasos de la afrancesada, resultando así regida España en los dos campos por dos poderes rivales, pero idénticos, pues en el fondo tenían iguales principios, los mismos fines y se valían de los mismos medios, discrepando únicamente en las cuestiones personales y los intereses particulares, porque la masonería española de Cádiz hacía y quería lo mismo que la afrancesada de Madrid; pero no quería que lo hiciese la de Madrid, ni que los provechos fuesen para ella. Mas siempre resultaba que la española iba a remolque de la francesa.
Los afrancesados, acaudillados por Urquijo, Azanza, Llorente, Ceballos y otros que ya de antes eran reputados por masones, formaron el llamado Congreso de Bayona, cuyo principal encargo fue redactar una Constitución para España. El Congreso masónico de Cádiz se decidió a lo mismo, haciendo otra Constitución por el estilo.»

Hasta aquí el historiador.

Ya el lector sabe, si antes no lo sabía, lo que era nación y lo que eran cadenas en la jerga política de aquel tiempo, que es todavía la jerga de la política de partidos.

Pues bien: después de la traición de Riego, que con el ejército que iba a sofocar la revolución en América armó la revolución en España, la revolución ocupó el Poder. Los gobernantes revolucionarios o liberales que en unas notas diplomáticas desafiaron a Europa —y son las notas más quijotescas que registran los anales de la Diplomacia—, creídos en que, siendo ellos la nación, el pueblo por defenderlos repetiría los heroísmos del 2 de mayo y de toda la Independencia contra cualquier intervencióin armada de cualquier nación extranjera, cuando vio que asomaban por los Pirineos los Cien mil hijos de San Luis y que no había síntomas de 2 de mayo en ninguna parte, huyeron a Sevilla, a donde trasladaron a Fernando VII contra su voluntad.

Los Cien Mil Hijos de San Luis en el Bidasoa
Imagen tomada de la web del Museo Zumalacárregui

Mucho más se acobardaron, no obstante sus Riegos y demos napoleones de motín y barricada, cuando vieron que las ciudades, sin hacer caso de la nación, pero atentos a la defensa de la Patria contra sus opresores, abrían sus puertas a los Cien mil hijos de San Luis, que en paseo militar se internaban en España, y a más andar se acercaban a Sevilla. De Sevilla salieron también huyendo con rumbo a Cádiz, después de tomar posesión de sus carteras los nuevos gobernantes: Pando, Yandiola, Campuzano y Calatrava.

Quisieron que el Rey se trasladase a Cádiz; pero el Rey excusó el traslado; insistieron en el traslado los gobernantes, la nación, e insistió el Rey en sus excusas. Entonces la nación, los gobernantes, aprobando la proposición de Alcalá Galiano, orador de la Fontana de Oro, declararon cesante en el trono al Rey por loco, y se formó la Regencia de Valdés, Siscar y Vigodet. El Rey se decidió a trasladarse, y pocos días después llegó a la Isla de León.

El pueblo de Sevilla no pudo aguantar más; se echó a la calle, entró a saco en el salón del Congreso, se lanzó contra las casas de los liberales, hizo risa en el caté del Turco, donde se congregaba la «sociedad patriótica», y el alboroto cundió por toda la provincia.

Entonces, en las arremetidas contra los que llamaban cadenas a los derechos de las constituciones españolas, de camino que a sí mismos se llamaban la nación, fue el grito de «vivan las cadenas y muera la nación», cuyo verdadero sentido es lástima que se oculte a historiadores juiciosos, que ni siquiera se acuerdan de que semejantes trágalas e ironías se ven a cada página en las Cortes de Alvarado, de tanto influjo en aquel pueblo, amantísimo como el que más de su libertad y de la libertad de su Patria.

FABIO

El Siglo Futuro (30/11/1927)


viernes, 27 de febrero de 2015

Prensa patriótica realista de la Guerra de la Independencia Española digitalizada


HEMEROTECA REALISTA PATRIÓTICA (1809-1815)
En defensa del Altar y del Trono


miércoles, 26 de marzo de 2014

NO IMPORTA

«No importa» fue la consigna y aún el grito de guerra– de nuestros antepasados en la lucha contra Napoleón. Todas las condiciones eran adversas. El enemigo invasor no era menos que el ejército más poderoso (proporcionalmente a su tiempo) que ha conocido la historia, el que dominó victorioso a toda Europa, el que no fue vencido por nadie, el que llegó hasta Moscú y sólo el frío y la propia desmoralización logró batir en retirada.

Pero además ese ejército estaba ya dentro de España. Había ocupado plazas fuertes, los nudos de comunicaciones, los arsenales el partido «afrancesado» o «renegado». ¿Quien podría enfrentarse a tal enemigo, quien afrontar tan tremendo naufragio? La prudencia más elemental aconsejaba aceptar los hechos, tratar de convivir con los nuevos dueños. Sin embargo ¡no importa!, nada de esto importó. Se luchó, se sufrió hasta lo inaudito, se acosó a las tropas invasoras aun sin la menor esperanza de victoria cercana, exponiendo vidas, familias, haciendas. Y se llegó a formar ejércitos que ofrecieron al invasor batalla en campo abierto. Y se venció, y el enemigo mordió el polvo y acabó abandonando el campo. Desde el punto de vista de la prudencia humana, quizá ninguna lucha más temeraria y empecinada que nuestra Guerra de la Independencia.


Madrid: 2 de mayo de 1808, por Justo Jimeno Bazaga

Hoy, quien se siente católico, tradicionalista español y carlista se encuentra en condiciones muy semejantes a la de aquellos hombres, pero en ámbito mundial. Su enemigo ocupa todos los gobiernos del mundo y sus resortes de poder. Dividido en dos bloques –el de Manhattan y el soviético– ambos coinciden en su enemiga a la fe católica y a la sociedad cristiana. Los unos propugnan –e imponen– Estados laicos en los que el catolicismo debe verse reducido al ámbito de lo privado; los otros tratan de erradicar la fe cristiana –y toda religión– de sus dominios. Ya no existen Estados católicos y nadie en el mundo parece reivindicarlos. Pero aún más: como en aquella guerra, el enemigo está dentro de nuestros reductos. Se ha tratado de crear, desde dentro, un carlismo socialista, y la Iglesia progresista, postconciliar, parece a menudo alienada con el enemigo, empeñada en sus mismas batallas; por supuesto sin plantarle cara jamás. Un nuncio pontificio se empleó durante casi una década en cubrir las sedes episcopales de nuestra patria con los clérigos más izquierdistas, más enemigos de nuestra tradición patria.

Ante la suprema aberración del aborto sólo uno alzó su voz hablando de quienes automáticamente incurrían en las más graves penas canónicas. Pero como respuesta, la Nunciatura Apostólica invita a un almuerzo de amigos –contra todo protocolo– a los máximos responsables de esas leyes, en unión del Primado y del arzobispo de Madrid, con lo que desautoriza tácitamente aquella enérgica protesta.

¿Habrá ante todo esto que amoldarse, aceptar la democracia laicista y los pactos de Roma, arriar la bandera en definitiva?

Nuestros mayores nos dieron el ejemplo y la consigna: NO IMPORTA. Lo que se nos exige no es vencer sino luchar. Los 
«sin Dios» parecen tenerlo todo, e incluso estar infiltrados en nuestros propios bastiones. Y nosotros nos vemos en la indigencia. Pero lo que ellos no tienen es a Dios; Dios no está de su parte. Y sea que nuestro esfuerzo porfiado lo merezca o que Él se canse de tanta secularización y apostasía, la victoria final –estemos seguros– será suya.

RAFAEL GAMBRA.
Boletín Fal Conde, 1986.

miércoles, 22 de enero de 2014

Mariano Álvarez de Castro, héroe del Sitio de Gerona



 
Hoy se cumple el 204 aniversario de la muerte del General D. Mariano Álvarez de Castro (Granada, 1749 – Gerona, 1810) – héroe del Sitio de Gerona.

En 1910, con motivo del centenario de este heroico gobernador de Gerona durante el terrible asedio francés, el diario carlista de la invicta ciudad, saludaba a nuestra querida patria chica granadina de la siguiente manera:

«En el centenario de la muerte de Álvarez de Castro, El Norte rinde homenaje de gratitud perenne al Héroe de la independencia Patria, cuyas virtudes admiramos y cuyo tesón –siguiendo indicaciones augustas– tomamos como ejemplo.

Y en los representantes del pueblo de Granada que tenemos hoy entre nosotros saludamos a aquella por tantos títulos nobles ciudad, a la que, si no cupiese otro timbre de gloria, sería suficiente el de ser cuna del invicto general.

¡¡Granada, en cuyos torreones se levantó triunfante la insignia de la Cruz, derrota la morisma que asolara el suelo patrio y Gerona en cuyas vetustas murallas, regadas con la sangre heroica de sus defensores, se estrelló el esfuerzo del Coloso de Europa que intentara arrebatar con nuestra Independencia el tesoro de nuestras tradiciones, son dos nombres venerados que hacen latir con entusiasmo el corazón de todo buen español y cuyo recuerdo lleva a nuestros labios un grito entusiasta de amor patrio!!»

¡VIVA GRANADA!
¡VIVA GERONA!
¡VIVA ESPAÑA!

Extraído de La Verdad, periódico tradicionalista (Granada, 7 de enero de 1910) http://www.bibliotecavirtualdeandalucia.es/catalogo/catalogo_imagenes/imagen.cmd?path=145986&posicion=1

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