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viernes, 10 de febrero de 2023

D. Vicente Casanova y Marzol: de soldado carlista a Arzobispo de Granada y Cardenal

Gracias a un correligionario y amigo, hemos sido conocedores de una maravillosa anécdota. Resulta que nada más y nada menos que el Excmo. Sr. D. Vicente Casanova y Marzol, cardenal y arzobispo de Granada en la década de 1920, fue uno de los voluntarios de Carlos VII en la tercera guerra carlista. 

Ahora entendemos mejor que El Siglo Futuro, el diario que fuese ariete de la España católica durante más de medio siglo, contara a este príncipe de la Iglesia entre sus más estrechos amigos y colaboradores...

Curiosamente, la anécdota proviene de un liberal, el granadino (de Albuñol) Natalio Rivas Santiago. Aunque quizá no deba sorprender tanto si se tiene en cuenta que Rivas era amigo de Juan Vázquez de Mella y —según dijo él mismo— le unía a los carlistas «la fe religiosa y el amor a España». He aquí el relato.

Vicente Casanova y Marzol (1854-1930),
Arzobispo de Granada y Cardenal.

De soldado, a Cardenal

Hace muchos años —debió de ser hacia 1904, si la memoria no me es infiel—, en tiempos que me reunía yo a diario, en íntima relación, con el insigne e inolvidable Vázquez Mella, conocí en su casa de la calle de Valverde, 21, a un antiguo capitán carlista, llamado Fernando Galetti, que en la última guerra civil mandó un escuadrón de Caballería de voluntarios de Aragón. 

Su porte distinguido, su aire caballeresco, su sincera honradez y, sobre todo, su singular consecuencia, conquistaron mi simpatía desde el primer momento. Era un ejemplar humano, troquelado en el más puro y auténtico cuño del viejo tradicionalismo español, y representación genuina de los que yo, que nunca fui carlista, he nombrado siempre "caballeros del ideal". Nació tradicionalista y lo fue, sin desmayos ni dudas, hasta su muerte. 

En plena juventud abandonó su casa y se alistó bajo la bandera tradicional —que había de ser su sudario—, al comenzar la última contienda civil en 1872. Terminada la lucha en 1876, cesó como capitán de Caballería en las huestes de Carlos VII, y cuando, desde Cabrera abajo, fueron muchos los combatientes que reconocieron la restauración de la Monarquía, en la persona de Alfonso XII, él pasó la frontera, en compañía de los que no quisieron aceptar el nuevo régimen político. 

De un lado tenía francas las puertas de un porvenir asegurado y próspero, que le brindaba el tranquilo bienestar y el ascenso a las más elevadas jerarquías castrenses; y de otro, la emigración con todas sus amarguras, privaciones e incertidumbres y la cerrazón del horizonte, que sólo mostraba sombras. Y optó, valiente y decidido, por la peregrinación a través de un desierto sin oasis posible, cuyo fin no alcanzaba a ver, dispuesto a sacrificarse por un ideal cuya tierra de promisión contemplaba tan lejana, que estaba persuadido de que en su vida probable, por mucho que Dios la prolongara, no alcanzaría a disfrutarla.

En el extranjero, primero en Francia y después en Bélgica trabajó, con tenacísima voluntad, en negocios mercantiles, logrando adquirir medios decorosos de mantenimiento, que le permitieron normalizar su existencia. Contrajo matrimonio con una dama belga, constituyendo un hogar cristiano y honrado, a cuya sombra creó una familia, educada en el ejemplo de sus padres, que fue modelo de laboriosidad y honradez. 

Pasaron los años; crecieron sus hijos, que a su vez formaron nuevos hogares enlazándose con personas del país, y cuando ya los veía ventajosamente acomodados, y pensaba terminar sus días en apacible tranquilidad, falleció su esposa, dejándole en inconsolable aislamiento. 

Hacía largo tiempo que la frontera española estaba abierta, en virtud de amnistía, para los emigrados carlistas, y buscando el calor de la patria como lenitivo a la triste soledad en que le sumiera su desgracia, Galetti regresó a España y se aposentó en Huécija, pueblo de la provincia de Almería, donde había nacido, y se dedicó a cuidar del modesto patrimonio heredado de sus padres, que durante su dilatado exilio había confiado a manos mercenarias. 

Siempre que lo permitían las labores de su hacienda, pasaba temporadas en Madrid y diariamente concurría a casa de Vázquez Mella, al que tributaba verdadera adoración. De aquellas amenas reuniones, acaso sea yo el único superviviente. El padre Bocos, párroco de San Pedro; el inteligentísimo canónigo de Lérida mosén Antonio Salas; Alvaro Maldonado, y tantos otros que borró la muerte, formábamos la tertulia del elecuentísimo tribuno, Allí, como he dicho, tuve la fortuna de conocer a Fernando Galetti.

Poco tuvimos que tratarnos para contraer una sincera y leal amistad. Yo liberal y él tradicionalista, nos entendíamos perfectamente. Nos ligaba la fe religiosa y el amor a España, que son los vínculos más fuertes que pueden enlazar a dos personas. Contaba él más de cincuenta años de edad; yo no llegaba a los cuarenta, y, sin embargo, nuestra fraternidad era absoluta.

Me producía admiración que aquel hombre, que veía con frecuencia a antiguos compañeros suyos, que por haber acatado el nuevo régimen lucían los entorchados de general, no albergara en su espíritu el más remoto arrepentimiento de su firme y consecuente conducta. Creía, como un iluminado, en el futuro triunfo de la causa tradicionalista, y aunque estaba convencido de que él no gozaría de los beneficios de la victoria, porque la veía muy lejana, su alma alentaba, consolada con saber que llegaría la realización del sueño que fue objetivo de toda su vida. 

Transcurrieron algunos años, durante los cuales nuestra amistad no se eclipsó ni un solo instante, y por razones que no importa consignar, tenía yo que pasar frecuentes temporadas en Almería. Tan pronto como se enteraba de mi estancia en la ciudad mediterránea, abandonaba su tranquila residencia rural y me acompañaba varios días. Ya estaba viejo; rebasaba los setenta años y presentía que su muerte estaba próxima. Pero la esperaba con la resignación del justo. 

Era, a la sazón, Cardenal Arzobispo de Granada don Vicente Casanova, respetable y virtuoso prelado, que disfrutaba de grandes y merecidos respetos. 

En una de nuestras íntimas charlas, me dijo éstas o parecidas palabras: 

«El actual Arzobispo de Granada es un íntimo y fraternal amigo mío. Quiero confiarle, con la debida reserva, que, hasta que terminó la guerra civil, fue uno de los tenientes del escuadrón que yo mandaba. Cuando se incorporó a nuestro Ejército era un joven de dieciocho años, y combatió durante toda la contienda con admirable heroísmo. Concluida que fué, yo marché al extranjero y él se acogió a la amnistía, pero no para aprovechar los beneficios que otros lograron, sino para abrazar la carrera eclesiástica, en la cual, usted ve, sus virtudes y su talento le han elevado a la más alta dignidad. Sospecho que el tiempo, que todo lo desgasta, ha borrado ese episodio de su vida, y que en tierras andaluzas es posible que no haya nadie que le conozca. El Cardenal, seguramente creerá que yo he muerto. He pensado varias veces visitarle, porque le quiero mucho, pero temo, si le veo, que él crea que por darme tono vaya a divulgar que fue un guerrillero; y aunque ello no menoscabaría su decoro, quiero evitarle esa contrariedad. ¿Le parece a usted que hago bien?» 
«No —le contesté—; no debe usted abrigar ese temor. Al Cardenal le sobra talento para comprender que en nada puede empañar su buena fama el que, siendo seglar, luchara con las armas en favor de la causa tradicionalista; pero si conociendo la maldad humana, temiera que injustamente le censurasen por ello, él le conoce a usted y sabe que la caballerosidad de que siempre ha dado usted muestra, corre parejas con la discreción a que está obligado.» 

El ascendiente moral que yo ejercía sobre él; la lógica que apoyaba mis razonamientos, y yo creo que más que nada el ansia que le acuciaba de abrazar a su antiguo compañero, le decidió a emprender el viaje a Granada. 

Cuando regresó de su excursión fue a verme, para referirme la entrevista. Su semblante reflejaba alegría y contento. 

«Llegué —me dijo— al Palacio Arzobispal, sintiendo algún temor. Rogué al familiar que estaba de guardia que entregara a Su Eminencia mi tarjeta, y a los pocos momentos fui recibido. No puedo negarle a usted, que la más profunda emoción conturbaba mi ánimo, pero ésta se tornó en agradabilísima sorpresa, cuando contemplé al venerable Príncipe de la Iglesia de pie en el centro del despacho, en actitud respetuosa, que, llevando su mano a la sien, me saludaba militarmente, añadiendo: «A la orden, mi capitán.» Nos abrazamos derramando lágrimas. «¡ Fernando!» «¡Vicente!», fueron nuestras primeras palabras. La conversación fue larguísima y cordial, rayana en la ternura. 

«Gracias a Dios —me decía— que ha tenido la misericordia de conservarnos. Yo te creía muerto, y en esa suposición he rogado mucho por tu alma. Cuéntame tu vida. Yo también te relataré la mía.» 

Y ambos referimos nuestras andanzas, satisfechos de haber cumplido con los deberes que Dios nos impuso. Quedamos en que repetiría mi visita y, al despedirnos, le manifesté que no revelaría a nadie lo sucedido en tiempos pasados, salvo a un íntimo amigo —pensaba en usted, aunque no menté su nombre—, en cuya reserva confiaba. 

«Te conozco bien, me respondió, y no lo habrás dudado cuando has visto que no te ha recibido el Cardenal, sino el compañero que compartió contigo y a tus órdenes todas las glorias y reveses de la campaña.» 

Yo a nadie hice partícipe de aquella confianza. Después de fallecido el Cardenal, que me honró con su amistad, y con el que jamás me di por enterado, lo conté a algunas personas, y hoy por primera vez lo hago público, porque relatarlo honra la memoria de aquellos dos hombres ejemplares.


Fuente: Rivas Santiago, Natalio (1943). Anécdotas y narraciones de antaño. Editorial Juventud. págs. 111-115.

lunes, 7 de marzo de 2016

Discurso del Arzobispo de Granada Dr. D. Balbino Santos y Olivera

En 1951, el Excmo. Sr. Arzobispo de Granada, Dr. Santos y Olivera, pronunciaba, a modo de cierre de la asamblea de la Acción Católica, las siguientes palabras, que bien pueden inspirarnos hoy en nuestro apostolado como seglares:

Excmo. Sr. Dr. D. Balbino Santos Olivera
(Hospital de Órbigo, 1887 — Granada, 1953)
Arzobispo de Granada entre 1946 y 1953
«La labor de la Acción Católica ha de dar copiosos frutos ya que el fin primordial de ella es hacer de cada uno de sus miembros un apóstol no sólo en la casa, sino en la calle, aunque así no lo crean los mundanos, que lo estiman como fanatismo inoportuno e ingerente en campo vedado, y aún algunos católicos apáticos o indiferentes que hablan de ella con la más absoluta incomprensión.

Desgraciadamente, hay todavía auditorios como los de Demóstenes que oyen atentamente cuando se trata de un campeonato de fútbol o del último figurín de la moda y en cambio miran con gran indiferencia y pasividad los graves problemas por los que lucha con su apostolado la Acción Católica, cuando no sólo no es el caso de salvar la vida de un hombre sino la vida eterna de la humanidad. ¿No tiene más valor un alma que nació del espíritu y aliento del. Creador?

Todos pueden contribuir a esta labor de apostolado, todos podemos hacer mucho y todos, en fin, debemos colaborar en esta gran empresa de la salvación de las almas.»


Grandes aplausos ahogaron las últimas palabras de nuestro venerable Prelado.


Hoja oficial del lunes (Granada, 29/10/1951)

domingo, 17 de enero de 2016

El Arzobispo de Granada Ilmo. Sr. D. José Moreno Mazón

Excmo. e Ilmo. Sr. D. José Moreno Mazón
(Málaga, 1825 - Granada, 1905)
El Exmo. e Ilmo. Sr. D. José Moreno Mazón nació en Málaga el 4 de diciembre de 1825, fue educado en las Escuelas Pías de Archidona y de la citada ciudad, de las cuales pasó al Instituto gaditano, en el que cursó el bachillerato con notable aprovechamiento.

Terminada la segunda enseñanza, el señor Moreno Mazón ingresó en la Universidad de Granada, abordando a un tiempo las carreras de Derecho y de Filosofía y Letras.

Provisto de ambos títulos, que obtuvo en 1856, fue a Madrid, con ánimo de labrarse un porvenir brillante. Un año después fue nombrado oficial del Consejo de Estado, cargo que renunció al poco tiempo para abrazar el estado eclesiástico.

Cantó Misa en 1860 y prosiguió sus estudios teológicos hasta el año 1867, en que recibió la investidura de doctor en Sagradas Letras en el Seminario de San Cecilio de Granada

Desempeñó la dignidad de penitenciario de la Catedral de Málaga, en virtud de brillantes ejercicios de oposición, hasta el año 1877, en que Su Santidad Pío IX lo preconizó para la Silla episcopal de Cuenca. Patriarca de las Indias en 1881, ejerció el Vicariato general del ejército.

En 1885 pasó a ocupar la sede de Granada y al mes de regir su extensa diócesis, la epidemia colérica le proporcionó ocasión bien triste de demostrar a los granadinos hasta dónde llegaba su caridad. Vestido de humilde sacerdote y acompañado de otro hombre inolvidable, del deán D. Leopoldo Granadino, recorrió con frecuencia los más apartados e infectos barrios, llevando a las casas de los pobres los consuelos de la religión y los recursos necesarios con que atender a las desgracias ocasionadas por el cólera.

Casi toda aquella evangélica obra quedó oculta en el misterio; los que sobrevivieron a la tristísima jornada de la epidemia, recordaban tan sólo que dos sacerdotes se presentaban en los hogares más castigados por la desdicha y hablando poco ejercían su altísima misión, dejando siempre más o menos visible el óbolo de la caridad cristiana.

Los achaques, la edad, los sufrimientos causados por persecuciones e injusticias, fueron aminorando energías en el gran espíritu del Prelado; pero si al anciano no le era posible averiguar por sí propio dónde estaban los que sufrían para ampararlos y consolarlos, valíase de alguna persona discretísima y activa que le ayudó siempre y que cumpliendo los deseos del Arzobispo jamás manifestó a nadie lo que en nombre de éste ejecutaba.



El Sr. Arzobispo escribió en las páginas de la revista La Alhambra para el número extraordinario publicado con motivo del estreno del manto de la venerada Patrona de esta Ciudad; aquel hermoso artículo es uno de sus más inspirados y delicadísimos escritos.

Dejó escritas también muchas y famosas pastorales, en que condenaba el liberalismo como el gran error de nuestros tiempos.

El ilustre Prelado era literato y artista, y muy inteligente en arqueología e historia. De las artes, le cautivaba especialmente la música. En su juventud había cantado con exquisito gusto, y aun enfermo y anciano, los granadinos recordaban con qué afinación y solemne estilo bendijo al pueblo en las fiestas de la Pascua última, y entonó las preces el 2 de enero en las ceremonias del aniversario de la Reconquista.

El 17 de enero de 1905 moría el venerable prelado. Cumpliendo su voluntad, sobre la humilde losa que cubre su sepulcro en la capilla del Sagrado Corazón de nuestra Catedral, se escribieron tan solo estas palabras:

JOSÉ MORENO MAZÓN.
AVE MARÍA PURÍSIMA.
EN GRACIA CONCEBIDA.

Hermoso ejemplo de humildad y de piedad cristiana, que Dios, como todas las virtudes, habrá recompensado con bondad infinita.


Texto extraído parcialmente de:

El Siglo Futuro (18/01/1905)
La Alhambra (15/01/1905)

viernes, 10 de abril de 2015

S.S. Pío X y el Arzobispo de Granada bendicen un mitin contra las escuelas ateas

En 1910 los católicos de Granada celebraron un acto contra las escuelas laicas en el teatro de los Campos, al que asistieron unas cinco mil personas (todas las que cabían en dicho establecimiento), según daba cuenta el semanario tradicionalista granadino La Verdad.

Su Santidad Pío X agradeció el homenaje de esa asamblea católica y envió la bendición apostólica solicitada por medio del Cardenal Merry del Val.

Del mismo modo, los católicos granadinos recibían la siguiente adhesión de su amadísimo Prelado, el Excmo. Sr. don José Meseguer y Costa:

Excmo. e Ilmo. Sr. D. José Meseguer y Costa,
Arzobispo de Granada
(Vallibona, 1843 — Granada, 1920)
«Señor Presidente del mitin católico de Granada contra las escuelas laicas:

Como no me es posible, bien á pesar mío, estar en esa capital el día de la celebración del próximo mitin católico contra las escuelas ateas, deseo acompañarle en espíritu, envíandole mi más cumplida adhesión.

Doy, pues, bendición muy afectuosa á los organizadores, cooperadores y asistentes á esta grandiosa manifestación de fe en la ciudad de los Reyes Católicos, en el pueblo que, aún en medio de la persecución de los moros, supo mantener vivo el culto al Dios verdadero en la antigua iglesia de San Cecilio.

El fuego del ardiente entusiasmo que anima á los valientes de hoy, es un destello de la luz que ardía en el santuario de nuestros mayores, y un símbolo de la viveza de esta fe, que Dios mediante no se apagará jamás.

Adelante con la gracia de Dios Omnipotente y la protección de la que es fuerte como un ejército en batalla.

La Virgen de las Angustias inspire y fortalezca á mis amadísimos granadinos.

 Dios guarde á usted muchos años.
—Vinaroz 10 de Abril 1910.
JOSE, Arzobispo de Granada.»

La Verdad. Granada, 21/04/1910

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