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jueves, 26 de marzo de 2026

Crónica de la presentación del libro “Cuando la patria peligra desaparecen los partidos”

El día 11 de marzo del presente año de 2026, en la misma semana de celebración de la Fiesta de los Mártires de la Tradición, el Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón celebró en el salón de prensa del Colegio Mayor de Santa Cruz la Real la conferencia titulada “Cuando la patria peligra desaparecen los partidos” impartida por nuestro amigo y correligionario don Víctor Javier Ibáñez Mancebo, en ocasión de la publicación de un libro con el título homónimo.

Esta conferencia se ha realizado como uno de los puntos de la gira realizada por Víctor Ibáñez por Andalucía con el propósito de dar a conocer su reciente trabajo, que ya se había presentado anteriormente en el Ateneo de Sevilla, y el siguiente viernes (13 de marzo) se presentaría en la ciudad de Córdoba. Anteriormente, se había presentado en Madrid y en Barcelona, y se prevé en el futuro una gira equivalente por el norte de España.

La obra en cuestión es la publicación en forma de libro del trabajo Cuando la patria peligra desaparecen los partidos. El carlismo ante las crisisde Ultramar, que ganó el Premio Internacional de Historia del Carlismo Luis Hernando Larramendi en su decimo-octava edición, correspondiente a la convocatoria del año 2021. El premio incluye un importe monetario de 10.000 € y, en su última fase, la publicación del trabajo ganador; en esta última fase, se ha incluido la edición de este trabajo, editado en 2025, y su posterior presentación en Granada. 


 Cartel anunciador de la conferencia. 

El acto tuvo lugar el miércoles 11 de marzo en la sala de prensa del Colegio Mayor de Santa Cruz la Real, perteneciente al conjunto correspondiente con el convento de la Orden de Santo Domingo de Granada, fundado por los Reyes Católicos bajo la advocación de Santa Cruz la Real y víctima de las Desamortizaciones, volviendo la Orden al Convento tras la Guerra Civil y convertido parte de él en un Colegio Mayor. Contó con una asistencia de en torno a 20 personas. La conferencia inició a las 19:15 horas, tras dejar un margen de cortesía, y concluyó sobre las 20:15. El turno de preguntas se alargó hasta casi las 21:00 horas, hora límite de la reserva de la sala, indicativo del interés y atención con la que el público siguió la intervención de nuestro ponente.

La conferencia inició con una presentación por parte de los dos organizadores principales de la misma, miembros de nuestro círculo: nuestro presidente Rodrigo B., y Javier Alaminos, que se encargó de las gestiones de la reserva. Rodrigo hizo en su presentación énfasis en la naturaleza del carlismo como un fenómeno no limitado a Navarra y las Provincias Vascongadas, y de naturaleza netamente española; y Javier Alaminos se refirió al desarrollo doctrinal del carlismo, con el proceso de separación de haciendo de lo esencial y lo accesorio dentro de la Tradición, e hizo referencia al Rey Carlos VII como uno de los precursores del concepto de la Hispanidad. Durante la fase introductoria de su intervención, Víctor Ibáñez volvería sobre estos tres temas.



De acuerdo a las propias palabras de Ibáñez, la conferencia no tenía un propósito académico como tal, sino político o propagandístico en el sentido de que su objetivo era sintetizar unas ideas extrapolables al siglo XXI, y en el sentido en que la historia es un choque entre el “deber ser” y lo que efectivamente fue. En cuanto a esas ideas que se buscan sintetizar en la conferencia se resumen en su mismo título: «Cuando la patria peligra, desaparecen los partidos». De acuerdo a Ibáñez, tanto el carlismo como la cuestión de Ultramar fueron los dos grandes fenómenos que salpicaron el siglo XIX español, y los carlistas fueron capaces de dejar sus diferencias a un lado con los revolucionarios, ofrecer treguas, poner sus armas al servicio de los gobiernos liberales para la defensa de las “colonias” o incluso dar consejos relativos a la defensa. Aunque no se mencionó ningún caso específico contemporáneo, la moraleja de que se deben olvidar los parcialismos y hacer causa común incluso con los enemigos cuando la patria peligra parece un toque de atención a la reciente postura de Vox y de parte de la “derecha tuitera” de posicionarse junto a Trump cuando éste señaló la legítima decisión de Sánchez de no comprometerse en una guerra ajena sólo por el gusto de llevarle la contraria a Sánchez, o incluso hasta llamando a la intervención. Asimismo, quedan en nuestras mentes el intento de independencia en Cataluña en 2017, o todo lo relacionado con la amnistía a los presos por estos sucesos y las movilizaciones consiguientes de Ferraz de 2023-2024.

De esta forma, a lo largo de su conferencia, Víctor Ibáñez fue repasando reinado a reinado la relación entre los carlistas –con particular atención a los reclamantes del trono— pasando por la participación de Carlos V en el Consejo de Estado durante el reinado de Fernando VII, su propio reinado y su relación con América, y el reinado de Carlos VII, con especial atención a los días previos al Desastre del 98. Asimismo, siguiendo su costumbre de no decir lo mismo en cada conferencia y adaptarla a la ciudad en la que la dicta, Ibáñez quiso hablar del General Carlos Calderón, haciendo referencia a su papel como gerente de la Compañía Trasatlántica del Marqués de Comillas, que unía los puertos de la Península y las Antillas, y a cómo consiguió dar trabajos a carlistas exiliados tras la Tercera Guerra en ella, aprovechándose de su diligencia y disposición al trabajo duro fruto de su experiencia en la guerra.



Transmisión de la conferencia. Incluye la intervención de Víctor Javier Ibáñez y preguntas tras la misma.



domingo, 26 de agosto de 2018

Don Sixto o el Petróleo

Don Carlos o el Petróleo es el título de un opúsculo del canónigo Vicente Manterola que circuló durante el Sexenio Revolucionario, siendo una expresión que significaba que si Carlos VII no reinaba en España, las consecuencias de la Revolución iban a ser devastadoras. La pérdida de las últimas provincias de Ultramar en 1898 en la época políticamente más estable desde 1833, la anarquía política desde 1898 hasta 1939 y el desmantelamiento de España desde 1975 han terminado por confirmar esta advertencia.


En 1898, en un cúmulo de circunstancias que fácilmente se podrían
haber evitado, España pierde la guerra con Estados Unidos,
y se ve obligada a reconocer la independencia de Cuba, bajo
tutela estadounidense, a entregar las islas Filipinas y las islas de
Puerto Rico y Guaján (Guam) a EEUU, y, en 1899, a vender
los archipiélagos de las Carolinas y las Marianas a Alemania.
La derrota provocará una severa crisis moral que incentivará los
nacionalismos vasco y catalán, que hasta ahora no han desaparecido.


Ahora mismo, la situación en la que nos encontramos nos plantea la misma disyuntiva. La celebración de un referéndum ilegal con Artur Mas y el intento de secesión con Puigdemont, todo ello ante la pasividad de Mariano Rajoy, ha demostrado la debilidad del Estado. La moción de censura ha eliminado cualquier ilusión de que los partidos políticos busquen algo más que poder y, finalmente, la gran avalancha de inmigrantes ilegales, de robos y otras situaciones de delincuencia en todo el período de verano demuestra la incapacidad jurídica y material de las fuerzas del orden de mantener la seguridad en España. La situación delicada ante el separatismo, un feminismo que amenaza con un estado totalitario y un Islam y una emigración masiva que amenazan con destruir todo lo que conocemos, hará que en un futuro más o menos cercano se busque una nueva fórmula política para resolver la situación.


La decisión del gobierno de Pedro Sánchez (PSOE) de exhumar
los restos mortales del General Francisco Franco ante
la protesta de su familia y violando los convenios internacionales con la Santa Sede
(con la actitud cómplice, no obstante, de la Conferencia Episcopal)
demuestra, viniendo de parte de un gobernante que no ha ganado unas
elecciones, que es la fuerza y no el Derecho lo que rige en España.


Esta búsqueda de una nueva alternativa es bastante más obvia en el extranjero que en España, donde se ha buscado la elección de Trump, del nuevo gobierno italiano anti-inmigración y se ha desarrollado el Brexit como fórmulas transitorias para resolver problemas similares; mientras, poco a poco se va formando una base social, que, al menos en las redes, busca un diagnóstico del problema. Sin embargo, tarde o temprano, esta base deberá darse cuenta que no bastará con remediar una serie de problemas, sino que es necesario remediarlos todos a la vez. En el caso español, los problemas más importantes que encontramos los siguientes:

  • Partidos políticos que no cumplen su supuesta función de representación, antes bien, no son más que lobbies que no atienden sino a sus intereses. Cuando estos partidos están en el gobierno provocan una severa inestabilidad de políticas y programas, sacrifican intereses a largo plazo por los intereses a corto plazo y arriesgan la supervivencia del país a cambio de sus intereses políticos.
  • Nacionalismos separatistas con grandes focos en Cataluña y las Provincias Vascongadas; focos secundarios en Navarra, Valencia, Baleares y Canarias; y minoritarios en Andalucía, Galicia, Asturias y literalmente en todas las demás regiones españolas.
  • Sistema de pensiones y de seguridad social muy débil por su propia estructura y administración; y sistema de gastos públicos gigantesco debido a las excesivas funciones del Estado por el Estado del Bienestar y a la gigantesca burocracia del Estado de las Autonomías.
  • Incapacidad de mantener el orden público. Las fuerzas del orden no son capaces de proteger el derecho a la vivienda por el fenómeno "okupa", el sistema jurídico no es suficientemente duro contra ladrones y criminales, y la legislación actual impide actuar contra la inmigración ilegal masiva que amenaza nuestras fronteras. A su vez, la inmigración masiva puede provocar nuevas amenazas contra la seguridad ciudadana a causa del terrorismo islámico y los altos índices de delincuencia provocados por la población extranjera, amenazando con convertir España en un país con altos índices de ataques terroristas como Inglaterra, Francia o Bélgica o que las ciudades acaben en estado de guerra por la criminalidad extranjera como Alemania o Suecia.
  • Desintegración de todo el tejido social del país y ataques constantes a la propia nacionalidad, favorecidos por las instituciones públicas. Nuestras tradiciones y nuestra identidad llevan siendo amenazadas desde hace cincuenta años por los gobiernos nacionales mediante los procesos de secularización, la ruptura de la unidad religiosa, la destrucción de tradiciones, la aniquilación demográfica del campo y el apoyo al separatismo. Por su parte, los procesos de divorcios, la histeria colectiva provocada por el feminismo y el progresismo en general, el ataque a la familia por parte de la ideología de género y la sustitución demográfica de población autóctona por población extranjera supone un asalto al fundamento y el tejido mismos de la sociedad.


Los recientes asaltos a la valla de Melilla se han perpetrado por
asaltantes que han atacado a la Guardia Civil con ácidos y cal viva.
A pesar de cruzar la frontera ilegalmente y de haber agredido a las
autoridades, se les prestará asistencia pública. El gobierno desatiende
este caso y otros similares contra el orden público, pues considera
prioridad absoluta el traslado de los restos de Franco. 

                                   
El paso previo para la solución de estos problemas exige la eliminación de los elementos que evitan que se solucionen e incluso que los causan y fomentan. Estos elementos son los partidos políticos que rigen el gobierno, elaboraron la Constitución de 1978, la incumplieron, favorecieron el separatismo, desarrollaron el desmantelamiento de España y trajeron el Islam y la inmigración masiva. El primer paso exige la eliminación de estos patógenos, ya la segunda fase exige el diagnóstico y el remedio.

Eliminados los partidos políticos, los siguientes patógenos que deben ser eliminados son la inmigración masiva, el separatismo y la inseguridad ciudadana, y para ello el problema común es la debilidad del Estado. Con un sistema político incapaz de actuar contra los sectores que quieren la destrucción social, de mantener el orden público y el respeto a la ley ni de intervenir tajantemente en un situación de emergencia, nunca se podrá llegar a ninguna parte, por lo cual se debe lograr un mando política y jurídicamente fuerte y estable, y lograr que las fuerzas de seguridad puedan actuar para mantener el orden público mediante una reforma jurídica, o incluso en su deficiencia, la propia población, comenzando en primer lugar por reconocer a la legítima defensa personal, de la propiedad y de terceros. 


El otro gran problema es aparentemente contradictorio al ya citado, que es lo relativo al gasto público. El Estado de las Autonomías y el llamado «Estado del Bienestar» exigen una gran cantidad de financiación que no se pueden afrontar mediante los ingresos ordinarios del Estado, sino que requiere de una gran cantidad de emisión de deuda exterior. Y esto no es problema exclusivamente español. Conectado con el mismo problema, el sistema de pensiones se ha organizado de una forma insostenible a largo plazo, y su mantenimiento está tocando a su fin, con las terribles consecuencias que tendrá para la población. Ambos problemas exigen por un lado un cambio radical en el sistema económico y de asistencia social, y por otro lado, una reducción radical de las funciones del Estado y en consecuencia del gasto público, que preferentemente deberá volver a la sociedad. 

Por último, la destrucción de España exige reconsiderar lo que es España para así poder establecer unas relaciones saludables entre las regiones y el gobierno central, lanzar un golpe de muerte al separatismo, responder a la islamización, recuperar nuestras tradiciones y nuestra identidad colectiva y poder obtener una unidad social decente. 

En resumen, una fórmula política que nos saque de este desastre al que nos vemos avocados requiere de tres cosas: mando político fuerte, descentralización y afirmación colectiva





                                   

La eliminación de la partitocracia y el establecimiento de un mando fuerte exige sustituir el régimen político y constitucional existente desde 1978. Esto nos deja con dos opciones políticas: régimen personal, al estilo las tiranías griegas o similar a la Rusia de Putin, ya sea permanente o transitoria, y una monarquía católica, tradicional, social y representativa, como la plantearon los clásicos carlistas.

La descentralización exige lo que Vázquez de Mella llamara Regionalismo con R mayúscula, es decir, que el Estado devuelva sus competencias naturales a las regiones, las regiones a los municipios, los municipios a las escuelas, organizaciones laborales, etc., y finalmente a las familias y los individuos. Este sistema permitiría reducir las competencias del Estado y sus funciones, dejándolo en este aspecto en una mera función auxiliar, lo que permitiría reducir tanto el gasto público como la burocracia que requiere atender estas funciones tanto a nivel estatal como de las autonomías. 


La necesidad de un equilibrio entre dos cosas tan aparentemente contradictorias como el reforzamiento del Estado y la descentralización del Estado indican que la mejor opción política que nos planteamos es una monarquía tradicional, pues el régimen monárquico hereditario (de GOBIERNO) permite una mayor estabilización política y la capacidad de desarrollar un programa a largo plazo sin temor a que gane otro partido y lo deshaga, y por otro el sistema tradicional de Fueros y Libertades y la aplicación del principio de subsidiariedad de la Doctrina Social de la Iglesia permite devolver a los cuerpos sociales sus legítimas competencias y descargar al Estado de múltiples funciones. 

De igual manera, el sistema de Cortes orgánicas permite reducir del gasto público el salario de los diputados y del gasto de las elecciones (los procuradores son delegados de los cuerpos intermedios a los que representan, con mandato imperativo, organizándose en ciertas corporaciones, por los que éstas deciden mecanismos de elección, ante estas rinden cuestas y estas se encargan de los gastos, pues de hacerlo el Estado, implicaría un importante riesgo de ser mediatizados por él), así como otros gastos como el sistema bicameral o las Cortes perpetuas. Además, el sistema representativo tradicional, al exigir obligatoriamente la aprobación de la representación política en materias clave, permitiría reducir la emisión de deuda pública y la presión fiscal, al hacerse bilateralmente y de forma responsable por ambos lados. 

Finalmente, un concepto coherente de España exige la recuperación de la tradición nacional, siendo conscientes de aquello que se debe proteger, reaccionado contra el Islam y la inmigración masiva, y luchando por proteger nuestras tradiciones y nuestra sociedad. Esto exige volver al concepto de España Católica, la Hispanidad y la "evangelizadora de la mitad del orbe", restituyendo una ortodoxia pública (conjunto de verdades compartidas y necesarias para la vida en sociedad), el viejo régimen de las Españas y poniendo las bases para restablecer a medio o largo plazo la unidad social mediante la unidad religiosa, recuperar las viejas tradiciones y repoblar nuestros deshabitados pueblos.



S. A. R. Don Sixto Enrique de Borbón,
depositario de los derechos a la Corona de España
como heredero de D. Carlos María Isidro (Carlos V),
a partir del cual se desarrollaron las Guerras Carlistas
y el movimiento que lleva su nombre.


Estas son las consecuencias del ideario abanderado durante casi 200 años por el carlismo español; y se nos antoja como el único remedio para esta situación. La adopción de una solución menos drástica y no rupturista lo único que hará será resolver algunos problemas y mantener otros, atrasando lo inevitable y arriesgándonos a que los pocos problemas que se solucionen vuelvan a aflorar a posteriori. 

Confiar para esta delicada misión a la dinastía isabelina sería repetir el mismo error que Franco cometió hace cincuenta años, pues difícilmente Don Felipe dejará atrás los prejuicios de nuestro tiempo y hará lo que su padre no quiso hacer. Confiar, por el contrario, en la llegada de un partido mesiánico constituiría repetir los errores que llevamos cometiendo nosotros desde hace medio siglo, y, si me apuran, dos siglos, pues un sistema que requiere de un personaje concreto para funcionar bien, no merece conservarse. Y aunque no fuera así, un partido político salvador siempre arriesga a perder las elecciones, y que otros deshagan su trabajo, reduciendo sus opciones de eficacia a solucionar todos los problemas en cuatro u ocho años para luego perder el poder, o arriesgarse a perpetuarse en el poder. 

Si esta solución no se aplica, nuestras posibilidades son las siguientes: que España se convierta en nueva Yugoslavia; la anarquía, provocada por la inestabilidad civil y política y empeorada por una numerosa población inmigrante; luchas sociales y el terrorismo islámico; un Estado semi-totalitario controlado por el feminismo, el lobby LGBT y/o la ideología de género; un Estado totalitario al estilo de Cuba o Venezuela encabezado por Podemos o el PSOE; o una España musulmana, en cuanto la población musulmana supere a la española autóctona, y disponga de fuerza política suficiente para instalar un Estado islámico. Ninguna opción excluye necesariamente a las otras. 

Estas son nuestras posibilidades, cada una peor que la anterior. Si no cortamos el problema que padecemos de raíz y levantamos un sistema político alternativo, abanderado por Don Sixto Enrique de Borbón o su sucesor legítimo, nuestro futuro será tan negro como el petróleo. 

Estas son nuestras alternativas: Don Sixto o el petróleo.

martes, 7 de noviembre de 2017

La Batalla de Montejurra (1873)



El día de hoy, y los de mañana y pasado, nos recuerdan los de iguales fechas del año 1873, por haberse librado la primer gran batalla entre el Ejército carlista, mandado por el general Elío, y el liberal, mandado por el general Moriones.

Sabíamos, ciertamente, que el objetivo principal del general Moriones era entrar en Estella por el valle de Azqueta, para lo cual disponía de un numeroso Ejército compuesto de todas las armas, y sabíamos, también, que abrigaba una completa seguridad en el triunfo.

Aunque en el ánimo del general Elío estaba dejar avanzar a nuestros adversarios hasta el mismo valle de Azqueta para librar allí la batalla, es lo cierto que el general Moriones, sea por lo que fuere, no se permitió más que quedar en Luquín, Barbarín y Urbiola, pueblos que ignominiosamente fueron desolados por las fuerzas a sus órdenes. Suponemos, buenamente, que la actitud en que se presentaron nuestros valientes voluntarios desde la madrugada del 7 que comenzó el fuego harían desistir de sus propósitos al citado general. Hizo perfectamente, aun cayendo, como cayó, en el mayor de los ridículos, porque de otro modo el desastre era inevitable.

En los dos primeros días que sostuvimos el fuego incesantemente, jugando principal papel la artillería, hubo que lamentar sensibles y numerosas pérdidas por ambas partes; pero el día tercero, al emprender el enemigo su vergonzosa retirada, cayeron en nuestro poder muchos prisioneros, y tuvimos la satisfacción de que un numeroso pelotón de fuerzas de Caballería se pasara a nuestras filas.

Como dato curioso y del que indudablemente recordarán algunos, jefes hoy, del Real Cuerpo de Artillería, podemos decir con orgullo que a nuestro Augusto Jefe, a quien siempre se le vio en las guerrillas animando con su valor a sus heroicos voluntarios, le conocieron perfectamente y saludaron con no pocos disparos, cayendo una de las granadas (que reventó) a muy pocos metros de distancia; y volviéndose el Rey al brigadier Bérriz, le dijo:

«Mira qué regalo me mandan tus compañeros de arma». 

Un enorme casco del proyectil a que aludimos ordenó el Rey lo recogieran, y mandó hacer en Eibar una purera, que conserva entre los muchos recuerdos que se hallan en el Palacio de Loredán.

I. de G.

El Correo Español (7 de noviembre 1901)

domingo, 3 de septiembre de 2017

San Pío X y Carlos VII

Los hechos expuestos a continuación ponen en tela de juicio los argumentos de quienes sostienen que la Iglesia fue partidaria del sistema alfonsino y que para ser buenos católicos y complacer al Santo Padre, los españoles tenían la obligación acatar reverentemente los Poderes constituidos, cuestiones tan complejas y delicadas, que se resuelven mejor que con disquisiciones metafísicas, con hechos cuya elocuencia está al alcance de las inteligencias menos perspicuas.


San Pío X, Romano Pontífice entre 

No podían ser más cordiales las relaciones de Su Santidad el Papa Pío X y el Augusto Caudillo de la Comunión Tradicionalista, Carlos VII. Apenas elegido Pontífice el Cardenal Sarto, cruzáronse entre ambos afectuosos telegramas de felicitación y de gracias.

Dos visitas hizo Don Carlos al Papa en Roma, y las dos veces fue recibido con tanta ostentación como afecto, como sólo se recibe a los reyes verdaderamente católicos, que han prestado o prestan grandes servicios a la Iglesia.

A los regalos de Don Carlos correspondió el Papa con otros de incomparable valor moral y material, como un riquísimo medallón de oro, esmaltes y brillantes; un rosario de oro y cristal de roca, hábilmente tallado; un solideo, unas sandalias y una faja del uso personal del Romano Pontífice en circunstancias solemnes, etc.

El Papa enriqueció generosamente la capilla del Palacio Loredán, residencia de Don Carlos, con indulgencias plenarias y parciales, como no lo hizo con ninguna otra capilla de los reyes reinantes y Poderes constituidos.

Carlos VII,
Duque de Madrid, Rey legítimo de España 

El 4 de noviembre de 1905, fiesta onomástica de Don Carlos, el Rvdo. Sr. Vicario de la Iglesia del Espíritu Santo, que casi diariamente celebraba el Santo Sacrificio del Altar en el oratorio de Palacio, con asistencia de sus Augustos moradores, entregó al Sr. Duque de Madrid un rescripto, en el cual Su Santidad concedía que se pudiese celebrar en la capilla doméstica de nuestros Augustos Señores la Santa Misa, según el orden prescrito por el calendario de la Diócesis de Madrid, figurando al pie, de puño y letra del Romano Pontífice, estas hermosas palabras:

Justa preces precipitae in favorem magnimorum Principum quorum in Sancta Sedem Apostolicam obervatia magno facimas.— Ex aedibus Vaticanis die 16 Octobris 1905.— Pius PP X.

Lo cual significa que Su Santidad concedía especialmente esa gracia en favor de los magnánimos Príncipes, cuya devoción a la Santa Sede Apostólica tenían en grande estima.

No contento con tan afectuoso privilegio, por medio de carta autógrafa, fechada en el Vaticano el día 3, felicitó a Don Carlos con motivo de su fiesta onomástica, y en ella le deseaba, por la intercesión de San Carlos, las mejores prosperidades el día de su Santo y mandaba con efusión, tanto a Él como a la Señora, la bendición apostólica.

Por último, apenas Pío X tuvo noticia del fallecimiento del ayudante de campo de Don Carlos, el general Saсаnell, aplicó la Misa en sufragio del alma del difunto, mandó decir por él oraciones especiales y por telégrafo dio el pésame a nuestros Augustos Señores.

¿Que todo esto petenecía al orden privado y amistoso? Claro que sí. Pero resultaba elocuente en grado sumo para poner una mordaza en los labios de quienes eran nuestros detractores sistemáticos, conservadores embolados, mestizos y reconocementeros, más o menos vergonzantes, enamorados del mal menor, y que, no contentos con eso, formaban juicios temerarios respecto a la catolicidad de los carlistas y de su incomparable Jefe, deslizando en las Cofradías frases que, si no deshonraban, empañaban al menos nuestra reputación religiosa, y sostenían en serio que con los carlistas no se puede contar para ninguna empresa verdaderamente católica... alfonsina, se les olvidaba decir.

Decía proféticamente Eseverri (seudónimo de Manuel Polo y Peyrolón) en EL CORREO ESPAÑOL, que si nos dejábamos seducir por los que, con pretextos religiosos, se proponían por toda finalidad matar al partido carlista, anulándole a los pies de las instituciones liberales, debíamos prepararnos para llorar sobre la tumba de la Religión y de la Patria.

Información obtenida de El Correo Español (11 de enero 1906)

domingo, 10 de abril de 2016

Historia del Carlismo de 1876 a 1909 según la Enciclopedia Espasa-Calpe

ENCICLOPEDIA UNIVERSAL ILUSTRADA EUROPEO-AMERICANA. TOMO LXIII (1928)

Extraído de la voz Tradicionalismo (pp. 502-506):


V. Cuarta época: Desde 1876 hasta nuestros días

Carlismo, pidalismo, nocedalismo o integrismo, jaimismo y mellismo

Hasta 1876 el liberalismo sólo tuvo enfrente suyo el carlismo, pudiendo decirse que éste y tradicionalismo eran una sola y misma cosa; pero, con la restauración alfonsina, se pensó en injerir en el liberalismo una dosis de tradicionalismo, de acuerdo con el lema: «católico como mis antepasados y liberal como mi siglo». Esta tendencia encarnó en el pidalismo formado por los elementos moderados, que no quisieron entrar en el partido liberal-conservador acaudillado por Cánovas, y que sostenían la unidad católica en el orden religioso, acaudillados por el marqués de Pidal y su hermano don Alejandro, que fundaron la revista La España Católica.

Poco después de la muerte de Cándido Nocedal, su hijo don Ramón se puso en disidencia con Don Carlos, y nació el nocedalismo o integrismo. Muchos carlistas fueron partidarios, en virtud de ciertas circunstancias, de Don Jaime, hijo de Don Carlos, apareciendo el jaimismo, que substituyó al carlismo al fallecer Don Carlos.

Algunos trataron e fundar el llamado catolicismo neutro, y no faltaron quienes quisieran hacer un tradicionalismo oficial encarnado en el maurismo.

Finalmente, después de la guerra de 1914-1918, estalló dentro del jaimismo una disidencia importante, a cuyo frente se puso Juan Vázquez de Mella.

Estas desintegraciones no han sido estériles, sin embargo, pues han quitado al tradicionalismo el carácter unilateral y anguloso que tenía, le han extendido y popularizado, y aun le han hecho encarnar en el sistema político. [*]

1. Don Carlos y el carlismo. 

Don Carlos publicó en Pau el 1.º de Marzo de 1876 un manifiesto manteniendo su actitud resuelta de siempre, por lo que tuvo que abandonar el territorio francés, pasando a Inglaterra y haciendo varios viajes por América, Europa, África y Asia, al regreso de los cuales se estableció en Venecia, en el palacio Loredán, que le fue regalado por su madre en 1881.

Manifiesto de Pau (1/3/1876).
Publicado en El Siglo Futuro
En medio de estos viajes no descuidó Don Carlos la reorganización de su partido, volviendo a encargar, inmediatamente después de la guerra, de la dirección del mismo en España a Cándido Nocedal, como delegado.

La primera batalla pacífica que libró fue contra el catolicismo liberal de La España Católica y contra la Constitución de 1876, sosteniendo desde El Siglo Futuro, periódico órgano entonces del carlismo (fundado por don Ramón, hijo de don Cándido), que los católicoliberales eran una aberración monstruosa, pues el liberalismo era inconciliable con el catolicismo y constituía una síntesis de todos los errores y herejías, por lo que los católicos sólo debían afiliarse en el partido diametralmente opuesto, o sea en el carlismo.

Dióse para ello a éste el carácter de organización católica para luchar contra todos los errores liberales, tomando como base el Syllabus «sin interpretaciones malévolas ni tergiversaciones capciosas», consiguiendo que se inscribiesen en sus filas la inmensa mayoría del clero y muchísimos católicos.

Los hijos de Pedro La Hoz (Vicente y su hermano político Juan Antonio Vildósola) resucitaron el diario La Fe, legitimista a la vieja usanza, que más adelante había de ponerse enfrente de El Siglo Futuro.

En efecto, a principios de 1881 los directores de La Fe se unieron con los católicoliberales y, dirigiendo un mensaje de felicitación a monseñor Freppel, que en la Cámara francesa estaba realizando una brillantísima campaña en favor de la Iglesia, constituyeron la llamada Unión Católica, para reunir a cuantos quisieran defender la influencia social y política de la Iglesia bajo la dirección de los obispos, sin perjuicio de continuar cada uno perteneciendo al partido en que viniese militando «respecto de las cuestiones puramente humanas o temporales», aceptando la presidencia de la nueva entidad el arzobispo de Toledo, bendiciéndola muchos obispos y fundándose el periódico La Unión Católica.

Uno de los objetivos que con esto se perseguía era que Nocedal, como director de un partido católico, aceptase la nueva organización y se sometiese a ella y a su Junta, con lo cual se le arrancaba la jefatura de los católicos en el orden político; pero, como era natural, no cayó en el lazo, y mantuvo la jefatura, por lo que estallaron graves polémicas, que adquirieron carácter personal, entre El Siglo Futuro, La Fe y La Unión, llegando la segunda a decir que Nocedal representaba «el neocatolicismo injerido en el viejo partido carlista para dominarlo y desnaturalizarlo».

La cuestión se agravó en el año siguiente, con motivo de una peregrinación a Roma, organizada por Nocedal, lográndose que se nombrase una nueva Junta de la misma, presidida por el arzobispo de Toledo. En este año fueron desautorizados públicamente por Don Carlos La Fe y El Cabecilla (semanario satírico publicado por los mismos redactores de La Fe), como rebeldes, sometiéndose finalmente.

A principios de 1884 entró Alejandro Pidal como ministro de Fomento en un Gabinete presidido por Cánovas, lo cual consolidó la posición de Nocedal y los carlistas, pues en tal hecho se vio la aceptación por Pidal del liberalismo político, acabándose de arraigar esta opinión cuando en Octubre de aquel año el mismo Pidal presidió el acto de la apertura de curso en la Universidad Central y dejó pasar sin protesta seria el discurso pronunciado por Miguel Morayta contra la Biblia y en favor de la más absoluta libertad de la cátedra.

El 18 de Julio de 1885 murió Cándido Nocedal. Esperábase que su hijo don Ramón sería nombrado por Don Carlos para sucederle en la dirección del partido, pero no fue así; después de consultar a los más conspicuos personajes de la comunión carlista, Don Carlos hizo público, en una carta dirigida por él a Francisco Navarro Villoslada, el 9 de Octubre, que asumía la dirección del partido.

Con motivo del nacimiento de Alfonso XIII publicó Don Carlos, el 20 de Mayo de 1886, un Manifiesto a los españoles reivindicando los derechos a la Corona. El 20 de Marzo de 1887, al emprender Don Carlos un segundo viaje a la América del Sur, dio nueva organización a su partido, dividiendo a España en cuatro grandes circunscripciones y nombrando un jefe para cada una.

Eran: 1.ª León, Asturias y Galicia, con León Martínez Fortún como jefe; 2.ª Andalucía y Extremadura, jefe Juan María Maestre; 3.ª Aragón, Cataluña, Murcia, Valencia y Castilla la Nueva, jefe Francisco Cavero, y 4.ª Vascongadas, Navarra y Castilla la Vieja, jefe el marqués de Valdespina.

Estos jefes recibirían de don Carlos las instrucciones que éste creyese conveniente darles, no pudiéndose realizar ningún acto importante para el partido (elecciones, fundación de centros o de periódicos, etc.) sin previa autorización del jefe respectivo, quien decidiría, además, las cuestiones públicas que pudiesen surgir; pero de sus decisiones podría recurrirse a Don Carlos, si bien sólo privadamente y sin publicidad.

Cada jefe podría nombrar subdelegados que por intermedio de aquél se comunicarían con Don Carlos, excepto en caso de reclamación. Con esto se volvió a dar a la organización cierto aspecto militar (todos los jefes lo eran) y se establecieron las bases de la disciplina carlista.


Manifiesto de Lucerna (20/5/1886)

En el año anterior (1886) los jóvenes carlistas de Madrid elevaron a Don Carlos un mensaje de adhesión en sentido militar, con más de 2.000 firmas. Por iniciativa de José María Nocedal (hermano menor de don Ramón) se organizó una Liga expiatoria de la juventud, para impetrar la curación de Don Jaime, enfermo por entonces, inscribiéndose en ella unos 20.000 jóvenes de toda España; y por la misma época se organizó en Madrid, bajo la presidencia de Reinaldo Brea, la primera Juventud carlista que hubo en España, a cuya imitación se crearon otras muchas.

No soportando Ramón Nocedal el papel a que había quedado reducido, no cesaba de atacar a La Fe, que había vuelto a la gracia de Don Carlos y representaba la tendencia belicosa. Deseando Don Carlos la paz entre sus partidarios, hizo indicaciones que no fueron atendidas.

En Marzo de 1888 publicó Llauder, por indicación de él, su famoso escrito El pensamiento del duque de Madrid, que fué atacado de momento por todos; pero no tardó Nocedal en ponerse frente a él, diciendo desde El Siglo Futuro que en la comunión tradicionalista lo primero es Dios, después la Patria y lo último el Rey, frase que si en sí era exacta, se aplicaba en sentido de que Don Carlos mandaba o sostenía cosas contrarias a Dios y a la Patria.

Indignado Don Carlos, expulsó del partido a Nocedal (9 de Julio), quien sostuvo que con él se expulsaba al puro y neto antiliberalismo y que era Don Carlos el que se había liberalizado. Sardá y Salvany combatió punto por punto el Pensamiento, y el último día de Julio publicó El Siglo Futuro, y reprodujeron muchos periódicos de provincias que seguían sus inspiraciones, el programa del nuevo partido que, acaudillado por Nocedal, sostenía «la íntegra verdad católica» (nocedalismo o integrismo), datando desde entonces la lucha entre carlistas e integristas, no menos enconada que la sostenida antes entre carlistas y mestizos, como los primeros llamaban a los pidalistas.

Don Carlos, para tener en la prensa un órgano fiel, fundó, por medio de Llauder, y en Madrid, El Correo Español, y a principios de 1890 nombró delegado suyo para toda España al marqués de Cerralbo. Fue éste un gran organizador del partido, recorriendo toda España con tal objeto, nombrando jefes y Juntas regionales y provinciales, y fundando numerosos círculos y juventudes.



El Pensamiento del Duque de Madrid (14/3/1888)


Con su delegación coincidieron dos series de hechos que se rozaron muy de lleno con el carlismo: los Congresos católicos y el nacimiento del catolicismo político militante. Estaban los primeros destinados a unir a todos los católicos en la defensa de la Iglesia en el orden político y bajo la jefatura de los obispos, pero sin antidinastismo de clase alguna, y venían, por tanto, a ser continuación de la idea de la antigua Unión católica.

Los carlistas tuvieron con respecto a ellos una conducta más bien de abstención, pues la voz cantante la llevaron los integristas. En el primero de estos Congresos, celebrado en Madrid (Abril de 1889), en San Jerónimo del Prado, bajo la presidencia del cardenal Benavides, arzobispo de Zaragoza, con asistencia de otros 14 prelados, pronunció Menéndez y Pelayo un discurso calificando de estúpidas las cuestiones que venían sosteniendo desde hace tiempo los católicos españoles sobre interpretación del Syllabus, grados de liberalismo, tesis y antítesis, integrismo y mesticismo, etc.; mas no por eso dejaron de existir, apareciendo claramente la discordia entre íntegros y mestizos en el segundo de estos Congresos, celebrado en Zaragoza en los primeros días de Octubre de 1890.

Los carlistas, no queriendo abdicar de su legitimismo, sostenían que el triunfo total de la Iglesia sólo podía obtenerse mediante el de Don Carlos, y a la doctrina del mal menor oponían la del bien mayor, negándose a transigencias de ninguna clase.

Hasta entonces era el carlismo el único partido regionalista organizado en España; pero era el suyo (y lo fue siempre) un regionalismo templado, que no atacaba en lo más mínimo la unidad nacional, concretándolo Don Carlos, en una interview que tuvo con El Independiente, de Chile, en estas palabras: «centralización política, descentralización administrativa», llevando ésta a sus últimos límites y reconociendo los fueros de las distintas regiones en los órdenes social, civil, financiero y administrativo.

Mas esto pareció insuficiente a ciertos catalanes, que fundaron la Unión catalanista (no afiliada al carlismo e indiferente al principio religioso), cuyos delegados se reunieron en Manresa en un Congreso o Asamblea general (25 de Marzo de 1892) y elaboraron 17 bases (Programa de Manresa) no ya descentralizadoras, sino autonómicas, por virtud de las cuales vendría Cataluña a ser como un Estado dentro del Estado español; y para excogitar los medios de realización de este programa se celebró en Reus otra Asamblea en Mayo de 1893.

También los carlistas se mantuvieron apartados y aun fueron hostiles a tal tendencia, que pugnaba, por exagerada, con su programa. Mayor adhesión presentaron a la campaña que en favor de sus fueros realizaron por entonces los vascongados.

El 29 de Enero de 1893 falleció en Viarreggio, repentinamente, Doña Margarita de Borbón, esposa de Don Carlos, celebrando los carlistas españoles solemnes funerales en San Jerónimo el Real de Madrid, a los que asistió toda la plana mayor del partido (7 de Febrero). Don Carlos contrajo el 28 de Abril del siguiente año nuevo matrimonio con doña María Berta de Rohán.

Antes de romper España las relaciones con los Estados Unidos dirigió Don Carlos una carta a Antonio de Brea (24 de Febrero de 1898) haciéndose eco del sentir general, y, rotas las hostilidades, ordenó desde Bruselas a todos los carlistas que no hiciesen nada que pudiera comprometer el éxito de la guerra y que ayudasen con todas sus fuerzas a los encargados de defender la integridad nacional; y en otra carta dirigida a Vázquez de Mella (2 de Abril del mismo año) amenazó formalmente con la guerra civil si no se luchaba para defender el honor nacional, diciendo que no podía asumir la responsabilidad ante la Historia de la pérdida de Cuba, por lo que esperaría hasta el último límite; pero si no se luchaba por evitarla, entraría en España «solo o acompañado», y repetía que cuando la viese irremisiblemente perdida, España y él cumplirían con su deber.

Era entonces creencia general que la pérdida de Cuba ocasionaría en España una revolución que produciría el derrocamiento de la dinastía, a la manera de lo que había ocurrido en Francia por la pérdida de Alsacia y Lorena en 1870. De aquí que firmado el Tratado de París, considerado como una deshonra nacional, fuera unánime la opinión de que los carlistas se lanzarían a una nueva guerra civil, aprovechándose del descontento del ejército y del pueblo.



Carta de Don Carlos a Juan Vázquez de Mella (2/4/1898)


Parece que, en efecto, se realizaron trabajos para el alzamiento y que algunos generales y unidades militares tuvieron tratos para ello con los carlistas, comenzándose gestiones para contratar un empréstito y pidiéndose la firma de los principales capitalistas del partido; pero fuese porque el empréstito no pudiese realizarse, fuese por otra causa (quizá porque el Gobierno llegó a conocer la conspiración, pues se descubrió un depósito de armas en Sardañola (Barcelona) y se detuvo en Arcachón un barco cargado de ellas), el movimiento no se realizó, saliendo de España Cerralbo, que presentó su dimisión, siendo substituido por Matías Barrio y Mier (Diciembre de 1899).

Este desistimiento disgustó profundamente al elemento militar y a las juventudes del carlismo, que atribuyeron la contraorden a la oposición de doña Berta, que se dijo había detenido a Don Carlos cuando éste había salido ya para España; mas tal cosa no ha podido probarse, siendo más cierto que las potencias europeas mostraron su oposición al movimiento.

De todos modos, hubo algunos carlistas que creyeron que era aquella la mejor ocasión para triunfar, y, a pesar de la contraorden, intentaron realizar por sí el alzamiento. Soliva tramó una conspiración en Barcelona, que por la poca reserva con que se llevó fracasó, y aparecieron algunas pequeñas partidas en Badalona (donde 60 hombres atacaron el cuartel de la guardia civil), Igualada, Berga y Piera, y también en Jijona (Alicante) y Jaén, lo cual prueba las ramificaciones que el movimiento tenía, siendo estas partidas deshechas en el momento de aparecer, y desautorizando Don Carlos, en carta dirigida al general carlista Moore, a los que tomaron las armas, calificándoles de traidores, lo que produjo nuevo disgusto entre sus filas, pensando muchos carlistas que debía proclamarse jefe a Don Jaime, en el cual se cifraron desde entonces todas las esperanzas.

Dibujo del cuartel de Badalona atacado por la partida de José Torrents (28/10/1900)

La política antirreligiosa del Gobierno, concretada en la persecución de las Órdenes religiosas, dio mayor incremento al carlismo, que se alió con el integrismo y aun con los silvelistas, para combatir los proyectos del Gobierno, defendidos por Canalejas, que se propuso imitar a Waldeck-Rosseau, diciendo todos los periódicos liberales que no hay verdadero liberalismo sin anticlericalismo. Al propio tiempo aumentaba el catalanismo y aparecía un nacionalismo vasco con matices separatistas, como los había dentro del catalanismo, poniéndose los carlistas enfrente de él, como sus más encarnizados enemigos.

En Cataluña el republicanismo lerrouxista se presentaba, con el apoyo oficioso de los gobiernos, como el valladar contra el catalanismo; pero sus excesos hicieron que se constituyera la llamada Solidaridad catalana, iniciada en un mitin dado en Gerona el 11 de Febrero de 1906. Fue motivo ocasional de ella el proyecto de la llamada Ley de jurisdicciones, represiva de los delitos contra la Patria y el Ejército, cuyo conocimiento se confiaba a la jurisdicción militar; pero en el fondo se trataba de una conjunción de todos los partidos para ir contra el lerrouxismo y ganar las elecciones.

Honda divergencia hubo entre los carlistas catalanes acerca de si ellos debían aliarse con los catalanistas, opinando muchos que esta unión repugnaba a los principios, a la historia y al carácter del partido, que siendo siempre amante de la Patria y del Ejército, y no siendo organización para la lucha electoral, no tenía por qué sumarse al movimiento, máxime dada la tendencia antirreligiosa de alguno de los partidos que había de integrar la coalición; pero El Correo Catalán, diario carlista de Barcelona, o, mejor dicho, su director y algunos políticos carlistas, como Llosas, atraídos por el reparto de actas de diputados y senadores, lograron que se dejara en libertad a los carlistas para sumarse o no al movimiento, que tal fue el acuerdo tomado por el jefe regional carlista después de consultado con Don Carlos (que en principio era opuesto a tal coalición), presentándose, sin embargo, este acuerdo por aquellos como si se hubiese mandado entrar en ella.

Esto produjo el retraimiento de algunos carlistas catalanes; pero coincidiendo todo ello con nuevos proyectos anticlericales del Gobierno en pro del matrimonio civil y del laicismo en la enseñanza y de persecución de las Órdenes religiosas, y menudeando los motines y la propaganda republicana en este sentido, las juventudes carlistas y los requetés (rama de las juventudes formada por los menores de diez y ocho años) fueron empleados contra unos y otros; y esta derivación hizo que el solidarismo triunfase sin oposición, tanto más, cuanto que habiendo obtenido los carlistas nueve actas de diputado en las elecciones, produjo ello entusiasmo entre las masas, que llegaron a creer que la Solidaridad acabaría con el régimen y facilitaría el triunfo de Don Carlos. Sin embargo, en el resto de España la opinión de los carlistas fue siempre contraria a la entrada y la permanencia del carlismo en la Solidaridad.

El 17 de Julio de 1909 falleció Don Carlos en Varesse, siendo enterrado en Trieste el 24 del mismo mes en la catedral de San Justo. Este fallecimiento coincidió con la Semana trágica de Barcelona, organizada y realizada por la masonería mundial y por los revolucionarios para derrocar a Maura, que se oponía, desde el Gobierno, al triunfo de los proyectos anticlericales. Los carlistas se pusieron en esta ocasión al lado del Gobierno.

Continuación: Historia del Carlismo de 1909 a la Dictadura de Primo de Rivera: el Jaimismo

[*] Nota: No compartimos las apreciaciones del autor sobre la naturaleza de la dictadura de Primo de Rivera ni creemos que la Unión Patriótica ni el posterior Movimiento Nacional (meros altos en el camino del liberalismo español) asumieran nuestros principios fundamentales; si bien entendemos que su mera existencia habría sido imposible sin el desprestigio del sistema demoliberal y la pujanza de los ideales tradicionalistas en el pueblo español los años previos a la implantación de ambas dictaduras.

sábado, 27 de junio de 2015

El nacimiento del Príncipe Don Jaime

D. Jaime de Borbón y Borbón-Parma
II Duque de Madrid
(Vevey, 1870 – París, 1931)
Día de júbilo fue para el partido legitimista español el 27 de junio de 1870, en que nació el hijo de Don Carlos y quedó asegurada la sucesión masculina en la rama del Rey Carlos V.

Vio la luz primera el Príncipe Don Jaime en la quinta-palacio de La Tour de Peilz, Vevey (Suiza), cantón del Vaud, Confederación Helvética.

El recién nacido fue solemnemente bautizado dos días después, festividad del apóstol San Pedro, y se le impusieron los siguientes nombres: Jaime, Fernando, Alfonso, Carlos, Juan y Felipe.

Apadrinaron al regio vástago la Archiduquesa Doña Beatriz y el Conde de Chambord, y asistieron a la ceremonia muchos antiguos e ilustres servidores de la Familia proscrita.

Los legitimistas asturianos, siguiendo la tradicional costumbre de aquella provincia con los hijos primogénitos de los Reyes de España, costearon la Cruz de la Victoria que llevo a Vevey una comisión del Principado.

El día 2 de Agosto tuvo lugar la solemne ceremonia de la entrega de la Cruz, signo de vasallaje ofrecido al que por consentimiento unánime de la España tradicional y católica había sido ya proclamado Príncipe de Asturias.

Anunciada la llegada al salón en que se encontraba reunida la comisión asturiana, de Don Carlos y del Príncipe Don Jaime, adelantose el presidente de aquélla, don Guillermo Estrada y Villaverde, y leyó el Mensaje que los carlistas asturianos, reunidos en sesión extraordinaria en la ciudad de Oviedo, enviaban a su Rey, felicitándole por el nacimiento del Augusto Príncipe.

Acto continuo el mismo señor Estrada dirigió a S. M. el siguiente discurso (1):

«SEÑOR:  
En nombre de los carlistas del Principado de Asturias tenemos la alta honra de felicitar a V. M., como nos felicitamos a nosotros mismos, por el nacimiento de S. A. R. el Serenísimo Sr. D. Jaime Fernando de Borbón y Borbón. Aquel país, con más razón que el de Gales en Inglaterra, o que el antiguo delfinado de Francia, sirve de título a las primicias de la estirpe Real de España, porque Asturias viene a ser como las primicias de la monarquía castellana, y su suelo sirvió de asilo y de cimiento para la reconquista contra los infieles. Y no es este el único título de gloria que Asturias puede presentar ante su Rey y ante su Príncipe: ya en la edad antigua, Augusto, emperador poderoso, se vio obligado a abrir las puertas del templo de Jano y a descender del solio de Roma para ir a sofocar en Asturias el último resto de la independencia cántabra; y en la edad moderna, otro poderoso emperador, Bonaparte, hubo de fijar su mirada de águila sobre Asturias, pobre rincón del mundo, desde donde el genio español le arrojó su primer reto, cuando toda Europa coaligada apenas se hubiera atrevido a hacer otro tanto.  
Pues bien; si en esos tres solemnes y bien distinguidos momentos de la historia, Asturias puso tan alto su nombre, es porque su espíritu está más elevado aún que sus montañas, cuyas soberbias cimas se esconden en las nubes; y desde allí, atravesando quinientas leguas de distancia, los carlistas de Asturias vienen al pie de estas otras montañas, y a la orilla de estos grandes lagos, para ofrecer por conducto nuestro sus títulos de gloria ante un excelso recién nacido, ante un niño augusto, víctima inocente del odio de las revoluciones, venido al mundo en extranjero suelo, y que entró por las puertas de la Iglesia aquí donde el catolicismo vive como sospechoso huésped: niño augusto, representante de todos los dolores de una dinastía legítima nunca humillada: niño augusto que, a despecho de todas las iniquidades triunfantes, es, después de V. M., la única personificación verdadera de todas las glorias de España y de todas las glorias personales de sus reyes, desde Ataulfo y Recaredo hasta Carlos V y Carlos VII. 
¡Quiera Dios oir los votos que le eleva el corazón de los carlistas asturianos , súbditos fieles de V. M., y hacer de vuestro Príncipe un fruto de bendición para V. M. y su Augusta Esposa, cuya ausencia de este sitio es para todos tan sensible; un monarca de reparaciones y bondades para la desventurada España, y un justo, tal vez un santo, para la patria inmortal de todos!  
Y ahora, Señor, para concluir, dígnese V. M. aceptar, siguiendo antiguas tradiciones, un presente que los carlistas asturianos ofrecen a su Príncipe: presente humilde como nunca, pero también como nunca expresivo, pues que en mucha parte se debe al óbolo del pobre y es testimonio inequívoco de lealtad y de amor. Consiste en una condecoración mezquina, como lo sería todo lo que se dedicase a tan grandioso objeto, pero que tiene el valor inestimable de estar tocada en las santas reliquias depositadas en la catedral de Oviedo, tesoro con que Dios premió la fe de los antiguos asturianos; esta condecoración lleva las armas del Principado, el blasón sagrado de la cruz de Don Pelayo, que se llama la cruz de la Victoria, y este nombre debe ser muy significativo para V. M.; dígnese asimismo V. M. cubrir con ella, como con una égida que le libre de males y peligros, el pecho de S. A. R., siguiendo también la tradición de nuestros Reyes, que investían a sus primogénitos con esta insignia antes que con la del Toisón o cualquier otra correspondientes a su suprema dignidad.  
Haciéndolo así, V. M. habrá dado una muestra de singular afecto a los asturianos y habrá colmado sus deseos.»

Tomada por Don Carlos de manos del Sr. Estrada la insignia la colocó sobre el pecho del Augusto Príncipe de Asturias, y contestó con estas palabras: 

«Gracias a Asturias por su entusiasta manifestación de fidelidad y por el rico don que desde este momento adorna el pecho del tierno Príncipe, que lleva el título con que el mundo conoce desde antiguo a los herederos de la Corona de España.  
Con noble orgullo habéis recordado vosotros, y con satisfacción imponderable he oído yo, los hechos preclaros que ilustran la historia de la hidalga tierra asturiana.  
Bien juzgáis cuando atribuís al espíritu de religiosidad e independencia el origen de las proezas que en épocas memorables realizaron nuestros ilustres antepasados. Este espíritu es el que todavía, por gracia especial de Dios y a despecho de las revoluciones, vive y alienta al pueblo español: él es el que inspira mi alma al pensar en la restauración gloriosa que ha de poner término a los grandes dolores que sufre hoy mi amadísima patria.  
Pido a Dios que cumpla vuestros votos al dirigiros al Príncipe de Asturias, a quien la Iglesia acaba de imponer sobre la pila bautismal un gran nombre en honor del Santo Patrón de España y en memoria de aquel rey esclarecido, que si fue el rey de las batallas y de las conquistas, lo fue también de los fueros y libertades. 
Esos votos son los de todo el pueblo español, que, alegando títulos de antigua fe, es merecedor por ello de que llegue pronto el día de mostrar ante el mundo, ahora tan revuelto y trastornado, cómo pueden gozarse conquistas verdaderas de los tiempos sin renegar de la enseña con que se inmortalizaron los héroes de Bailén y Covadonga.»

Después de pronunciado esto discurso, Don Carlos invitó a la comisión a que subiera a las habitaciones de S. M. la Reina para saludarla, pues por el estado de su salud no pudo asistir a la ceremonia, con la que se dio ésta por terminada.

(1) Lo reproducimos integro, como también la contestación de Don Carlos, por juzgar que estos detalles son de especial interés histórico en la exposición de los hechos en que han intervenido los miembros de la Augusta Familia por cuyo triunfo alientan y trabajan tantos millares de españoles.

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