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viernes, 10 de febrero de 2023

D. Vicente Casanova y Marzol: de soldado carlista a Arzobispo de Granada y Cardenal

Gracias a un correligionario y amigo, hemos sido conocedores de una maravillosa anécdota. Resulta que nada más y nada menos que el Excmo. Sr. D. Vicente Casanova y Marzol, cardenal y arzobispo de Granada en la década de 1920, fue uno de los voluntarios de Carlos VII en la tercera guerra carlista. 

Ahora entendemos mejor que El Siglo Futuro, el diario que fuese ariete de la España católica durante más de medio siglo, contara a este príncipe de la Iglesia entre sus más estrechos amigos y colaboradores...

Curiosamente, la anécdota proviene de un liberal, el granadino (de Albuñol) Natalio Rivas Santiago. Aunque quizá no deba sorprender tanto si se tiene en cuenta que Rivas era amigo de Juan Vázquez de Mella y —según dijo él mismo— le unía a los carlistas «la fe religiosa y el amor a España». He aquí el relato.

Vicente Casanova y Marzol (1854-1930),
Arzobispo de Granada y Cardenal.

De soldado, a Cardenal

Hace muchos años —debió de ser hacia 1904, si la memoria no me es infiel—, en tiempos que me reunía yo a diario, en íntima relación, con el insigne e inolvidable Vázquez Mella, conocí en su casa de la calle de Valverde, 21, a un antiguo capitán carlista, llamado Fernando Galetti, que en la última guerra civil mandó un escuadrón de Caballería de voluntarios de Aragón. 

Su porte distinguido, su aire caballeresco, su sincera honradez y, sobre todo, su singular consecuencia, conquistaron mi simpatía desde el primer momento. Era un ejemplar humano, troquelado en el más puro y auténtico cuño del viejo tradicionalismo español, y representación genuina de los que yo, que nunca fui carlista, he nombrado siempre "caballeros del ideal". Nació tradicionalista y lo fue, sin desmayos ni dudas, hasta su muerte. 

En plena juventud abandonó su casa y se alistó bajo la bandera tradicional —que había de ser su sudario—, al comenzar la última contienda civil en 1872. Terminada la lucha en 1876, cesó como capitán de Caballería en las huestes de Carlos VII, y cuando, desde Cabrera abajo, fueron muchos los combatientes que reconocieron la restauración de la Monarquía, en la persona de Alfonso XII, él pasó la frontera, en compañía de los que no quisieron aceptar el nuevo régimen político. 

De un lado tenía francas las puertas de un porvenir asegurado y próspero, que le brindaba el tranquilo bienestar y el ascenso a las más elevadas jerarquías castrenses; y de otro, la emigración con todas sus amarguras, privaciones e incertidumbres y la cerrazón del horizonte, que sólo mostraba sombras. Y optó, valiente y decidido, por la peregrinación a través de un desierto sin oasis posible, cuyo fin no alcanzaba a ver, dispuesto a sacrificarse por un ideal cuya tierra de promisión contemplaba tan lejana, que estaba persuadido de que en su vida probable, por mucho que Dios la prolongara, no alcanzaría a disfrutarla.

En el extranjero, primero en Francia y después en Bélgica trabajó, con tenacísima voluntad, en negocios mercantiles, logrando adquirir medios decorosos de mantenimiento, que le permitieron normalizar su existencia. Contrajo matrimonio con una dama belga, constituyendo un hogar cristiano y honrado, a cuya sombra creó una familia, educada en el ejemplo de sus padres, que fue modelo de laboriosidad y honradez. 

Pasaron los años; crecieron sus hijos, que a su vez formaron nuevos hogares enlazándose con personas del país, y cuando ya los veía ventajosamente acomodados, y pensaba terminar sus días en apacible tranquilidad, falleció su esposa, dejándole en inconsolable aislamiento. 

Hacía largo tiempo que la frontera española estaba abierta, en virtud de amnistía, para los emigrados carlistas, y buscando el calor de la patria como lenitivo a la triste soledad en que le sumiera su desgracia, Galetti regresó a España y se aposentó en Huécija, pueblo de la provincia de Almería, donde había nacido, y se dedicó a cuidar del modesto patrimonio heredado de sus padres, que durante su dilatado exilio había confiado a manos mercenarias. 

Siempre que lo permitían las labores de su hacienda, pasaba temporadas en Madrid y diariamente concurría a casa de Vázquez Mella, al que tributaba verdadera adoración. De aquellas amenas reuniones, acaso sea yo el único superviviente. El padre Bocos, párroco de San Pedro; el inteligentísimo canónigo de Lérida mosén Antonio Salas; Alvaro Maldonado, y tantos otros que borró la muerte, formábamos la tertulia del elecuentísimo tribuno, Allí, como he dicho, tuve la fortuna de conocer a Fernando Galetti.

Poco tuvimos que tratarnos para contraer una sincera y leal amistad. Yo liberal y él tradicionalista, nos entendíamos perfectamente. Nos ligaba la fe religiosa y el amor a España, que son los vínculos más fuertes que pueden enlazar a dos personas. Contaba él más de cincuenta años de edad; yo no llegaba a los cuarenta, y, sin embargo, nuestra fraternidad era absoluta.

Me producía admiración que aquel hombre, que veía con frecuencia a antiguos compañeros suyos, que por haber acatado el nuevo régimen lucían los entorchados de general, no albergara en su espíritu el más remoto arrepentimiento de su firme y consecuente conducta. Creía, como un iluminado, en el futuro triunfo de la causa tradicionalista, y aunque estaba convencido de que él no gozaría de los beneficios de la victoria, porque la veía muy lejana, su alma alentaba, consolada con saber que llegaría la realización del sueño que fue objetivo de toda su vida. 

Transcurrieron algunos años, durante los cuales nuestra amistad no se eclipsó ni un solo instante, y por razones que no importa consignar, tenía yo que pasar frecuentes temporadas en Almería. Tan pronto como se enteraba de mi estancia en la ciudad mediterránea, abandonaba su tranquila residencia rural y me acompañaba varios días. Ya estaba viejo; rebasaba los setenta años y presentía que su muerte estaba próxima. Pero la esperaba con la resignación del justo. 

Era, a la sazón, Cardenal Arzobispo de Granada don Vicente Casanova, respetable y virtuoso prelado, que disfrutaba de grandes y merecidos respetos. 

En una de nuestras íntimas charlas, me dijo éstas o parecidas palabras: 

«El actual Arzobispo de Granada es un íntimo y fraternal amigo mío. Quiero confiarle, con la debida reserva, que, hasta que terminó la guerra civil, fue uno de los tenientes del escuadrón que yo mandaba. Cuando se incorporó a nuestro Ejército era un joven de dieciocho años, y combatió durante toda la contienda con admirable heroísmo. Concluida que fué, yo marché al extranjero y él se acogió a la amnistía, pero no para aprovechar los beneficios que otros lograron, sino para abrazar la carrera eclesiástica, en la cual, usted ve, sus virtudes y su talento le han elevado a la más alta dignidad. Sospecho que el tiempo, que todo lo desgasta, ha borrado ese episodio de su vida, y que en tierras andaluzas es posible que no haya nadie que le conozca. El Cardenal, seguramente creerá que yo he muerto. He pensado varias veces visitarle, porque le quiero mucho, pero temo, si le veo, que él crea que por darme tono vaya a divulgar que fue un guerrillero; y aunque ello no menoscabaría su decoro, quiero evitarle esa contrariedad. ¿Le parece a usted que hago bien?» 
«No —le contesté—; no debe usted abrigar ese temor. Al Cardenal le sobra talento para comprender que en nada puede empañar su buena fama el que, siendo seglar, luchara con las armas en favor de la causa tradicionalista; pero si conociendo la maldad humana, temiera que injustamente le censurasen por ello, él le conoce a usted y sabe que la caballerosidad de que siempre ha dado usted muestra, corre parejas con la discreción a que está obligado.» 

El ascendiente moral que yo ejercía sobre él; la lógica que apoyaba mis razonamientos, y yo creo que más que nada el ansia que le acuciaba de abrazar a su antiguo compañero, le decidió a emprender el viaje a Granada. 

Cuando regresó de su excursión fue a verme, para referirme la entrevista. Su semblante reflejaba alegría y contento. 

«Llegué —me dijo— al Palacio Arzobispal, sintiendo algún temor. Rogué al familiar que estaba de guardia que entregara a Su Eminencia mi tarjeta, y a los pocos momentos fui recibido. No puedo negarle a usted, que la más profunda emoción conturbaba mi ánimo, pero ésta se tornó en agradabilísima sorpresa, cuando contemplé al venerable Príncipe de la Iglesia de pie en el centro del despacho, en actitud respetuosa, que, llevando su mano a la sien, me saludaba militarmente, añadiendo: «A la orden, mi capitán.» Nos abrazamos derramando lágrimas. «¡ Fernando!» «¡Vicente!», fueron nuestras primeras palabras. La conversación fue larguísima y cordial, rayana en la ternura. 

«Gracias a Dios —me decía— que ha tenido la misericordia de conservarnos. Yo te creía muerto, y en esa suposición he rogado mucho por tu alma. Cuéntame tu vida. Yo también te relataré la mía.» 

Y ambos referimos nuestras andanzas, satisfechos de haber cumplido con los deberes que Dios nos impuso. Quedamos en que repetiría mi visita y, al despedirnos, le manifesté que no revelaría a nadie lo sucedido en tiempos pasados, salvo a un íntimo amigo —pensaba en usted, aunque no menté su nombre—, en cuya reserva confiaba. 

«Te conozco bien, me respondió, y no lo habrás dudado cuando has visto que no te ha recibido el Cardenal, sino el compañero que compartió contigo y a tus órdenes todas las glorias y reveses de la campaña.» 

Yo a nadie hice partícipe de aquella confianza. Después de fallecido el Cardenal, que me honró con su amistad, y con el que jamás me di por enterado, lo conté a algunas personas, y hoy por primera vez lo hago público, porque relatarlo honra la memoria de aquellos dos hombres ejemplares.


Fuente: Rivas Santiago, Natalio (1943). Anécdotas y narraciones de antaño. Editorial Juventud. págs. 111-115.

miércoles, 8 de septiembre de 2021

Centenario de Antonio Blanes Zayas, el heroico legionario y carlista granadino que fue elogiado por Millán Astray

D. Antonio Blanes y Zayas nació alrededor del año 1875 en una familia de la alta sociedad de Granada.[1] Era hijo de D. Juan Manuel Blanes Lueg (†1926), militar oriundo de Barcelona, y de la aristócrata granadina D.ª Matilde de Zayas-Fernández de Córdoba y Trujillo, hija del marqués de Cavaselice. Por vía materna descendía, entre otros ilustres personajes, de D. Antonio Domingo Fernández de Córdoba, marqués de Valenzuela y gentilhombre de la Boca de Felipe II, y de D. Diego Fernández de Córdoba y Carrillo de Albornoz, conde de Cabra, quien hizo prisionero al rey moro Boabdil en la batalla de Lucena (1483).

Sus ideales religiosos y patrióticos le hicieron militar en la Comunión Tradicionalista, de cuya junta provincial fue vicepresidente en la década de 1910.[2] De profesión fue un exitoso abogado colegiado. 

En agosto de 1921, nada más conocer el desastre de Annual e incapaz de permanecer impasible ante aquella desgracia, a sus 46 años de edad decidió alistarse voluntario al recién fundado Tercio de Extranjeros, y marchó a Melilla para luchar por su Patria.[3]

Halló gloriosa muerte tal día como hoy, 8 de septiembre, hace exactamente cien años. El diario tradicionalista El Pensamiento Español lo narró así:

COMO MURIÓ EL LEGIONARIO BLANES

GRANADA 14. Un capitán de Artillería del 4.º ligero ha dirigido una carta a la condesa de Guadiana, hermana del legionario del Tercio D. Antonio Blanes Zayas, abogado de Granada, el cual murió gloriosamente, el jueves anterior, en el combate de Beni-Sicar. 

Dice que, a las cinco de la mañana del día 8, salieron fuerzas de Regulares y del Tercio para proteger la construcción de un blocao. Para ello tomaron las posiciones adelantadas al sitio en que trabajaban los ingenieros. 

En el avance asaltaron y tomaron una casa, en la que los moros se defendieron fuertemente. Una vez en la azotea, el legionario Blanes contuvo un momento de debilidad de la gente, poniéndose de pie y tremolando la bandera, por lo que fue muy felicitado. 

Al poco rato hubo muchos heridos en las guerrillas y se mandó avanzar a unos cuantos para retirar a aquéllos. 

Blanes, que retiraba a un herido, llevándolo a cuestas, recibió un balazo que le dejó mal herido, y a consecuencia del cual murió a los diez minutos. El médico, Sr. Segala, que le asistió en el mismo campo, refiere que, cuando Blanes comprendió que le faltaba la vida, sacó del pecho una medalla de la Virgen de las Angustias que al despedirle le había regalado su hermana, la condesa de Guadiana, y, besándola, expiró. 

Añade la carta que la conducta del heroico legionario ha causado general admiración, pues hasta cuando lo llevaban en la camilla fue dando vivas a España y a Millán Astray. 

Fue enterrado en una fosa especial, envuelto en la bandera española. 

En el acto del entierro, el teniente coronel Millán tuvo elogios para él, cuya conducta ofreció como modelo.[4]

A título póstumo, le fue otorgada la Cruz Laureada de San Fernando.[5]

En carta dirigida al periodista José Ortega y Munilla, el entonces Teniente Coronel Millán Astray relató de este modo la muerte del heroico Antonio Blanes:

Después de asaltado un reducto enemigo, del que se le echó con la bayoneta, en feroz reacción, se luchó unas horas a distancia, no mayor de tres o cuatro metros; cada hombre que caía precisaba recogerlo para evitar que siguiese siendo herido, y los que por él iban caían también irremisiblemente. 

Don Antonio Blanes era el abanderado de nuestro intangible pabellón, y la enseña negra y amarilla de los jabalíes la había clavado orgulloso en la pequeña ciudadela del reducto, y allí flameó al viento todo el día, insultando al moro, que se vengaba disparando con saña sobre el guión de la bandera. Blanes (aliviado de su preciosa carga, que había puesto en donde se ha dicho, en el momento más recio del combate, cuando los que iban a recoger muertos o heridos no volvían al puesto de socorro, porque ellos, a su vez, necesitaban que fuesen a por ellos) marchó contento y orgulloso a sufrir la suerte de los heroicos camilleros, y, en efecto, cuando volvió, estaba moribundo, y no tuvo tiempo para más que para decirme: ¡Viva la Legión!, y besar amorosamente una efigie que pendía de su noble pecho. 

Así murió el legionario don Antonio Blanes y Zayas.  
 
Le saludo con el mayor respeto y cariño, Millán Astray.[6]
Esquela que le dedicó el
Colegio de Abogados de Granada
Gaceta del sur (13/9/1921)


Cinco años después, en 1926, el fundador de la Legión escribió las siguientes líneas sobre todo lo que le inspiraba el españolísimo nombre de Granada, recordando, como no podía ser de otro modo, a su heroico camarada de armas, nuestro compatricio Antonio Blanes:


La labor que se propone llevar a cabo el NOTICIERO GRANADINO es una labor de españolismo y, por lo tanto, de patriotismo; y ya que he tenido el honor de ser llamado, como uno de tantos, a cooperar a ella, envío estas modestas líneas, puesto que al pedirlas no se exige ninguna condición artística ni literaria para hacerlas.

El nombre de Granada suena a nuestros oídos con igual valor que el nombre de España entera, y tras de ese armonioso nombre vemos también la figura de los Reyes Católicos en la Reconquista y en el vencimiento del poder agareno. ¡Quién sabe si desde un elevadísimo punto de vista, en el cual el tiempo no tenga el valor que nosotros le concedemos con la medida de nuestra propia vida, sino que tenga el valor con que se ven las épocas de la Historia, al evocar la guerra contra los moros que pusieron el pie en España, aparezcan unidos sin solución de continuidad aquella epopeya con el presente, y la guerra que hoy sostenemos en África no sea más que la continuación a través de la historia, de la que fue una etapa la rendición de Granada!; para nosotros, para los soldados que seguimos combatiendo contra el infiel agareno —como históricamente les llamamos— el nombre de Granada nos excita, el nombre de Granada nos entusiasma y el nombre de Granada es una enseña que eleva nuestro espíritu y que nos hace pensar constantemente en la victoria. En Granada realizó sus mayores hazañas Hernán Pérez del Pulgar, y nosotros, para perpetuar su memoria y para que sirva de estímulo, tenemos pensado el bautizar la primera Bandera que organicemos de nuestra Legión Extranjera con el nombre del inmortal Hernán Pérez del Pulgar, para rendir homenaje a la grandiosa figura militar de aquel heroico soldado y para que se adorne con sus armas y sus blasones la bandera de la Legión. 

A la Alhambra fuimos aprovechando la ocasión de un viaje de prácticas de la Escuela Superior de Guerra, cuando reglamentariamente visitábamos las fábricas de pólvoras y explosivos de Granada, que por cierto merecen también la admiración y el aplauso de los españoles, pues ya entonces —y han pasado algunos años— eran modelo en su clase y marchaban a la cabeza en la industria militar del mundo entero. No sabemos si somos poetas o no lo somos. Al menos, haciendo versos no hemos podido demostrarlo. Quizás dentro de nuestra alma soñadora se encuentren algunas de las condiciones que son precisas para ser poeta, y bien deploramos en este momento el no saber decir en verso lo que sentimos cuando entramos en la Alhambra de Granada, y por esta misma dificultad de decir de manera elocuente, brillante y esplendente los sentimientos de nuestra alma, diremos tan sólo: Que al entrar en la Alhambra fue tal nuestra emoción, nuestra alegría y nuestro entusiasmo y se revolvieron tan hondamente en nuestro espíritu tantos sentimientos atropellados, todos sublimes, todos puros y quizá alguno —como buen meridional— de honesta sensualidad, que la emoción se apoderó de nosotros, sentimos suave y tenue escalofrío, entusiasmo, ardor apacible, discreto, las palabras no afloran a nuestros labios, sólo sentimos un íntimo placer y el deseo vehemente de que estuviese a nuestro lado la mujer amada.

En Granada nació el héroe legionario ANTONIO BLANES Y ZAYAS, que halló heroica y gloriosa muerte en el combate de Casabona, en Melilla, en el año 1921; cuando los viejos legionarios decimos el nombre de Granada, forzosamente tenemos que añadir el de nuestro legionario Antonio Blanes y Zayas, que a la hora de entregar su vida en la Legión dejó escritas para siempre las reglas de la obediencia militar, pues fue gozoso y decidido a entregarla ante el mandato, tan sólo de la mirada de su jefe, que lo envió a recoger compañeros que caían segados por los proyectiles enemigos, y se lanzó al lugar de la muerte sin vacilación y sin duda y una bala le destrozó su nobilísimo pecho y aun tuvo tiempo y alientos antes de morir de dar los vivas de la Legión e invocar el Santísimo nombre de la Virgen. ¡¡Gloria y loor al granadino Blanes y Zayas, saludemos todos a su recuerdo, y hoy que nuestra alma se siente contenta y feliz por poder rendir este tributo al pueblo en que te vio nacer, recibe —legionario querido— el homenaje de la Legión que, junto con estas líneas que cantan la inmortalidad de tu pueblo adorado, te envía tu compañero que jamás te olvidará y que te ofrenda el testimonio de gratitud de todos los legionarios!! 

JOSÉ MILLÁN ASTRAY. 
Mayo 1926[7]

[1] Véase José Blanes Zabala: Andanzas de un peluquero, Ayuntamiento de Nigüelas, 2006.

viernes, 20 de noviembre de 2020

El alpujarreño General Arévalo, al servicio del Altar y del Trono en cuatro guerras

Los lectores asiduos de nuestro cuaderno de bitácora habrán sin duda leído acerca del General carlista granadino Carlos Calderón y Vasco, del que tanto hemos hablado en otras ocasiones. Este bizarro caballero español, que da nombre al actual Círculo Tradicionalista de Granada “General Carlos Calderón”, no es, sin embargo, el único natural del reino de Granada que llegó a lo más alto del escalafón militar carlista.

En entradas anteriores hemos hablado del no menos heroico Brigadier carlista granadino Manuel Fernández de Prada, Marqués de las Torres de Orán y en esta ocasión nos disponemos a escribir sobre el General fernandino y carlista José María de Arévalo, que nació tal día como hoy, un 20 de noviembre del año 1791. Este pundonoroso militar combatió por la bandera sagrada de Dios, la Patria y el Rey en nada menos que cuatro cruentas guerras civiles, que mejor cabría definir como cruzadas. Murió en el exilio y casi en la indigencia, pero con el consuelo de recibir, poco antes de expirar, el cariño de la Familia Real proscrita en febrero de 1869.

En el mes de marzo de ese mismo año, se agolpaba la gente a una de las principales tiendas de la Puerta del Sol a contemplar con cierto sentimiento que se admiraba de encontrar dentro de sí un cuadro en ella expuesto. Representaba a un anciano moribundo en un pobre lecho de un modestísimo cuarto, y sobre el cual e inclinaban tristemente, silenciosos y visiblemente conmovidos, un apuesto joven y una elegantísima señora de la misma edad, cuyo noble porte daba claras muestras de la alteza de su cuna. El cuadro representaba la muerte del general Arévalo, visitado en aquellos supremos instantes por Don Carlos VII y su esposa, Doña Margarita.

El General Arévalo retratado en un
álbum de personalidades carlistas

José María de Arévalo nació en Capileira (reino de Granada) en 1791. A los 16 años, en octubre de 1808, obtuvo la gracia de cadete en el Colegio de Caballeros Cadetes de Granada, en el que en enero del año siguiente fue promovido a subteniente, pasando destinado al Regimiento de la Alpujarra.

Luchó en la Guerra de la Independencia, enfrentándose a los franceses en 1809 en Aranjuez, Almonacid y Ocaña, hallándose en 1811 en el reconocimiento de la Silla del Moro (Granada) e interviniendo en 1812 en la acción de Vélez Rubio (Almería), en la de las alturas de San Martín de Baza (Granada) y en la defensa del castillo de Caravaca (Murcia), haciéndolo en 1813 en el sitio de Murviedro (Valencia) y en el de Tarragona. En 1812 había sido ascendido a teniente.

Destinado en 1815 al Regimiento de Ultonia, tres años después fue trasladado al de Voluntarios de Castilla, pasando poco después a la situación de retirado en Murviedro.

Al producirse la revolución liberal de 1820 no se unió a ella, por lo que fue sometido a procedimiento sumarial, huyendo en 1823 y uniéndose, al mando de veinte hombres, a las fuerzas realistas del general Samper, quien le concedió el empleo de capitán y con el que intervino en la toma de Vinaroz y en los dos sitios de Valencia.

El 27 de abril de 1823, durante el primer sitio de la plaza de Valencia, los constitucionales se apoderaron del convento de Corpus Christi. Hallándose el comandante Arévalo de jefe de la línea avanzada del Quarte, logró penetrar el primero en dicho convento, desalojando de él a los enemigos que lo ocupaban, después de un reñido combate que duró más de diez horas y con sólo cuarenta hombres contra más de doscientos que tenazmente lo defendían, causándole la pérdida de catorce hombres e hiriendo a veinte más. Se destacó con igual valor y bizarría en la salida que hicieron los enemigos, en número de quinientos hombres, el día 29 de abril con el fin de destruir las obras del citado Cantón, a los que rechazó al mando de sólo ciento cincuenta hombres y consiguió encerrar en la plaza, sin que lograsen su intento.

También persiguió, al mando de una columna, a la partida del llamado “sastre Francisco”, a quien derrotó cerca de Turís (Valencia), participando seguidamente en el levantamiento del sitio de Murviedro y en el sitio y rendición de la plaza de Alicante.

Los años siguientes sirvió en el 1.er Regimiento de Tiradores y en el de Córdoba, solicitando en junio de 1825 la licencia ilimitada, que le fue concedida. Estando en esta situación recibió en el mes de septiembre de 1826 la Cruz de San Fernando de 2.ª clase, Laureada, en recompensa de las acciones realizadas durante el primer sitio de Valencia.
El General Arévalo retratado en la
obra Bocetos tradicionalistas.

Era ya comandante de Infantería en el Ejército isabelino cuando en el año 1835 solicitó y obtuvo su licencia absoluta para presentarse a principios del siguiente mes de junio al general carlista Cabrera.

La justa fama de jefe de claro talento y vasta ilustración, sobre todo en asuntos militares, de que el señor de Arévalo llegó precedido al campo carlista dio lugar a que el caudillo tortosino le nombrara secretario suyo y e confiriese poco después la dirección de las ''Academias'' que creó en las tropas de su mando a fin de que sus subordinados adquiriesen el mayor grado posible de cultura, especialmente en lo relativo al arte de la guerra, debiéndose, por lo tanto, muy en particular a José María de Arévalo la formación de aquella distinguida y bizarra oficialidad del Ejército carlista del Centro que, tan gallardamente dirigido por el General Conde de Morella, se cubrió de gloria militar en tantos y tan sangrientos combates, lo mismo en los días de los éxitos que en los de las retiradas.

La vida del jefe carlista Arévalo fue íntimamente unida a la historia de la primera guerra civil por Aragón, Valencia y Murcia; describir ésta sería preciso para detallar los servicios de aquél, porque en cuanto D. Ramón Cabrera recibió el nombramiento de Comandante General Carlista del Bajo Aragón, nombró Jefe de Estado Mayor de su División al señor de Arévalo; bástenos, pues, recordar que éste se distinguió más particularmente en las acciones de Chert, Prat de Compte, Azuara, Zurita, La Yesa, Muniesa, Alcanar, Terrer, Cantavieja, Puente de Alcance, Torrecilla, Cherta, Siete Aguas, Plá del Pau, Maella, Carboneras, Morella y, sobre todo, en Chulilla, la última victoria de los carlistas del Centro, que fue dirigida por el jefe Arévalo, cogiendo unos setecientos prisioneros al General Ortiz.

Cuando el General Cabrera salió del Centro con la expedición del General Gómez Damas, dejó al señor de Arévaol de Comandante General interino del Bajo Aragón, trasmitiéndole todas sus facultades; tal era la confianza que le inspiraba su Jefe de Estado-Mayor.

Al concluir la primera guerra civil era ya Mariscal de Campo carlista D. José M.ª de Arévalo, y honraba su pecho, entre otras varias condecoraciones, con la Gran Cruz de la Real y Americana Orden de Isabel la Católica y con la Cruz de primera clase de la Real y Militar Orden de San Fernando.

En Francia permaneció emigrado el General carlista Arévalo hasta que en 1847 fue a Gibraltar, desde donde se trasladó a su país natal, Las Alpujarras, con el cargo de Jefe de Estado-Mayor del Teniente General carlista Gómez Damas encargado por Carlos VI de promover un levantamiento en Andalucía; pero aquel proyecto fracasó y entonces aquellos dos bravos generales carlistas hubieron de trasladarse a Inglaterra para volver más tarde a Francia, pues ambos prefirieron morir en la expatriación antes que reconocer a la Reina cuyo trono habían combatido con las armas en la mano.
La visita de los Reyes al General Arévalo
narrada por el periódico parisino L'Union
y traducida por La Esperanza (9/2/1869).

Cuando fue destronada Doña Isabel, al reorganizar Don Carlos sus fuerzas, promovió a Teniente General al señor de Arévalo, y le destinó a su Consejo de París, capital en la que falleció cristianamente aquel bravo, entendido y leal veterano poco después, teniendo el consuelo de verse asistido en su última enfermedad por la augusta señora Doña Margarita de Borbón, el ''Angel de la Caridad'', como la apellidaron los enfermos y los heridos, tanto del campo liberal como del campo carlista.

El insigne Aparisi y Guijarro relató así sus últimos instantes:

Casi vivía de limosna el teniente general Arévalo; ya dije que doña Margarita le consoló y él la bendijo; ahora añado que cuando D. Carlos le abrazó moribundo, el valiente guerrero se echó a llorar.

Carlos VII presidió el funeral. En cementerio del P. Lachaise, según la pía y noble costumbre de España, no se pronunció ningún discurso. Pero ninguno de los leales servidores de Carlos VII pudo contenerse, y de todos los corazones después de las preces, salió el mismo grito, que pronto levantaría ecos por doquier: «¡Viva Carlos VII!»

Su fidelidad a nuestra bandera perduró en su descendencia a lo largo de generaciones. Un hijo suyo, José Arévalo Brugada, fue fusilado por los liberales en la primera guerra. Su yerno, el brigadier Antonio Santa-Pau Cardos, combatió por Carlos VII en la tercera junto a sus hijos (nietos del General Arévalo) Francisco, Antonio y José María Santa-Pau y Arévalo. Y varios nietos de este último (tataranietos del General Arévalo) lucharon en la última Cruzada: Luis Arturo y José María Angulo de Santa Pau murieron ambos por Dios y por España; y Jaime Angulo de Santa Pau se alistó al Tercio de Requetés María de Molina y sirvió después en diferentes unidades del Ejército nacional. Aquí puede verse, en una sola familia, la continuidad venerable de los principios salvadores de nuestra Patria, defendidos con la pluma y con las armas hasta en seis ocasiones, desde la guerra de Independencia hasta la Cruzada de Liberación.


Fuentes:

* Isabel Sánchez, José Luis: José María Arévalo en el Diccionario Biográfico Español.
* Barón de Artagan: José María Arévalo en Bocetos tradicionalistas (1912), pp. 109-111.
* Aparisi y Guijarro, Antonio: Opúsculos, tomo IV, p. 121.

viernes, 3 de abril de 2020

Ha muerto María del Pilar Bertos

Otra carlista más que se nos lleva el coronavirus COVID-19, por culpa del Gobierno del Frente Popular, criminal e incapaz, que oprime a España. Hoy viernes 3 de abril ha fallecido María del Pilar Bertos Herrera. Profesora de Historia del Arte de la Universidad de Granada, se había jubilado el año pasado, aunque la prensa local la haga, erróneamente, mayor de ochenta años. Vivía sola y su salud se había deteriorado hacía tiempo. Su cuidadora se contagió de coronavirus y dejó de acudir a su domicilio; el domingo pasado había sido rescatada por los bomberos, tras percatarse el portero del edificio de que no sacaba la basura.

Foto IDEAL de Granada

Era hija del requeté e histórico dirigente carlista Juan Bertos Ruiz, presidente del Círculo Carlista «Manuel Fal Conde», antecesor del actual Círculo Tradicionalista de Granada «General Carlos Calderón». Asistió a su padre en las tareas de aquel círculo y en la redacción y distribución del Boletín Fal Conde, que llegaba a toda España e Hispanoamérica hasta su desaparición en la década de 1990, víctima de maniobras infames por parte de excarlistas reconvertidos en demócratacristianos. En 1973 había contribuido además a reconstituir en Granada la Agrupación de Estudiantes Tradicionalistas, liquidada a nivel nacional por Carlos Hugo pocos años antes.  En varias ocasiones en que la visitamos, nos transmitió su enhorabuena por nuestro nuevo círculo, no sin dejar de advertirnos que en nuestra empresa íbamos a tener «mucho trabajo por delante», pues el estado actual de España le producía una gran desazón.

Del anecdotario de una vida ligada a la Causa de Dios, Patria, Fueros y Rey legítimo, recogemos una que ella misma contaba. Siendo niña, acompañaba todos los años al grupo granadino que acudía a la recordada romería carlista de Montejurra en la década de 1960. En una ocasión iba adornada con un lacito con los colores blanco, rojo y verde. Los correligionarios navarros le advirtieron que debía evitar esa combinación, porque podía pensarse que hacía referencia a los colores de la bandera del PNV, la tristemente célebre ikurriña. Pilar Bertos siempre decía que a Navarra el separatismo vasco (antivasco) «la había laminado».

A pesar del aprecio de sus alumnos, Pilar Bertos se sabía ninguneada en la Universidad, donde era profesora titular desde 1992, por su condición de tradicionalista. Se había doctorado en 1982 con una tesis sobre «El tema de la Eucaristía en el arte de Granada y su provincia». Dedicó gran atención al estudio de la orfebrería, como muestran su participación en los libros colectivos La Capilla Real de Granada y La Catedral de Granada o su Los escultores de la plata y el oro. Y sobre todo al culto eucarístico y a la festividad del Corpus Christi en nuestra ciudad, a los que dedicó trabajos como Los seises en la Catedral de Granada o El adorno de la ciudad de Granada en 1804, entre otros varios.

Recogía pétalos de rosa durante todo el año, para poder arrojarlos al paso del Santísimo desde su balcón del número 15 de la Gran Vía granadina. Al parecer esto molestaba a cierto titular del Arzobispado de Granada, quien dio instrucciones para que la procesión del Corpus no se detuviera allí.

María del Pilar Bertos ha muerto en Viernes de Dolores. Su padre había sido uno de los promotores de la Cofradía de Nuestra Señora de los Dolores de Granada, la Generalísima del Requeté, fundada por los requetés del Tercio de Isabel la Católica. Que Ella la haya acogido bajo su manto.

El Círculo Tradicionalista «General Carlos Calderón» ruega una oración por su alma.

Requiescat in pace.

domingo, 20 de octubre de 2019

La emigración: impresiones (por un carlista granadino exiliado en 1876)

LA EMIGRACIÓN

Impresiones
Cuadro: «Emigración carlista»
Por el emigrado José Rodriguez Gil. Orléans 1876. Fuente

Hay amarguras en la vida, crisis terribles que el hombre no podría soportar si Dios no viniese en su ayuda. Decía un compañero mío de destierro: «Oye la historia do un carlista, y verás en ella la de un mártir».

El político que se afilia a un partido, presta su influencia en bien de él, y toma parte en la acción legal solamente a cambio de la prosperidad y de los honores que pueda adquirir: ese hombre no sabe, ni puede tener idea del sacrificio.

Trasladaremos aquí el fin de mis Memorias de campaña, que ellas por sí solas patentizan el dolor que en aquellos momentos sentía.

Vi desvanecerse aquel ejército reunido a costa de tantos sacrificios; los batallones enteros entregarse al enemigo; vi de mi regimiento marchar los cuatro escuadrones enteros a Pamplona; la magnifica artillería, que tanto habíamos deseado, abandonada en el Pirineo, y a los mulos marchando solos en formación, acostumbrados a hacerlo en días más felices; busqué a mis compañeros de regimiento, me uní a ellos, y el 28 de Febrero de 1876 atravesábamos la frontera, no sin haber suspirado por la patria que perdíamos. En la línea vendimos los caballos, llegamos al primer pueblo francés, que es San Juan de Pie de Puerto, donde descansamos de nuestras últimas fatigas, y la segunda noche tomamos las diligencias que salían para Bayona, en cuya población nos presentamos al Prefecto y le pedimos nos internase en Nantes.

En esta inmensa población de 150.000 almas lo pasamos bien; obsequiados por los legitimistas, y respetados por los republicanos a causa del miedo, o mejor dicho, del respeto que el español sabe infundir en todas las naciones donde habita, solamente echábamos de menos la madre patria al oír el lenguaje gabacho, y sentir un frío glacial que helaba nuestros huesos: en la espaciosa ría del Loira andaban buques numerosos, y en sus mástiles ondeaban casi todos los pabellones del mundo: grandes fábricas de fundición, y el arsenal, donde miles de operarios se ocupaban en la construcción de buques, daban una animación extraordinaria a la ciudad. Tiene ésta una catedral gótica de poco mérito; las calles son espaciosas, particularmente la denominada Gran Calle, y la conocida por Notre Dame. También cuenta un jardín de plantas bastante extenso con numerosos invernáculos, y en el centro un laberinto en forma de montaña; unos cuantos lagos con ánades completan el adorno de aquel recreo de niñeras y solaz de soldados, pues en Francia casi no hay paseo; todo el mundo está entregado al trabajo, y el que no trabaja, rinde culto a toda clase de vicios, no dejándole tiempo de pasear. Los sábados, domingos y lunes se encontraban por las calles numerosos y civilizados franceses perdiendo el equilibrio y cayendo a impulsos del Burdeos. ¡Qué ciudadanos más dignos! merecedores son de tener derechos individuales y llamarse pueblo soberano: imagen de ese pueblo son los Gobiernos que tienen. Vivía yo con el físico del batallón de Marquina, que tenía un primo redactor de El Imparcial, y me decía: «Siempre está mi primo alabando a los franceses; ya le diré yo cuando vaya lo que he visto»; y le contesté: «Desengáñate, Manuel, los liberales alaban y alabarán siempre a los franceses a pesar de saber lo que son: de esa nación surgió el liberalismo, es su madre predilecta; lo amamantó con la sangre inocente de los infortunados monarcas Luis XVI y María Antonieta; lo educó en el crimen y en la crápula de Danton, Marat y Robespierre, aquellos ciudadanos tan liberales, que odiaban a los tiranos llevando a la guillotina a todo ciudadano sospechoso de no pensar como ellos, y privándoles hasta de la vida en uso de un derecho sumamente liberal, convirtiendo a París en un lago de sangre: después completó su educación prendiendo al Papa en tiempos de Napoleón I; después... vino Luis Felipe, el rey cochero, y lo dejó tan bien educado que surgió la Commune, y... resplandores siniestros iluminaron las calles de París; entonces los liberales se asustaban y decían: «¿Dónde vamos á parar?» Fue preciso decirles y se les dijo: «No se asusten Vds.; son los resplandores de la libertad que iluminan al mundo: deben estar orgullosos de su obra. ¡Ciudadanos canallas, en vez de hacerle frente al enemigo, se entretenían en su propia destrucción, satisfaciendo sus odios personales y manchando el poder con su ridículo mando!»

Los primeros que presentamos las solicitudes de indulto nos embarcamos el Viernes Santo a bordo del vapor Villa de París. Salimos dos jefes, trece oficiales y ciento veinte soldados; navegamos dos días y dos noches; sufrimos mucho el Sábado de Gloria; descansamos en la isla de Ré, mientras el vapor tomaba agua, y el primer día de Pascua entrábamos en la ría de Burdeos, uno de los mejores puertos de Europa. Esta ciudad, capital de la Gironda, es muy populosa; cuenta 250.000 almas, y tiene notabilidades de primer orden, entre las que descuella el gran puente sobre su ría. El ferrocarril nos trasladó de esta ciudad a Bayona, plaza fuerte de segundo orden, de allí a Irún, y por último a San Sebastián. En este punto permanecimos dos días: San Sebastián tiene buenos edificios, está en una situación deliciosa, recostada sobre el monte Jaizquivel, y lamen sus orillas las agitadas olas del Cantábrico. Provistos de hojas de embarque y pasaportes expedidos por el Brigadier Gobernador, viajamos por cuenta del Estado los jefes en 1.ª, los oficiales en 2.ª, y los soldados en 3.ª; llegamos a nuestras casas después de haber visto mucho, y tomado parte en una campaña que, si bien no proporcionó con su triunfo la paz de España, consiguió por lo menos contener al ejército que so disolvía, merced a las descabelladas teorías predicadas por hombres que hoy figuran como conservadores, y que no tendrían templos donde orar, cementerios donde conservar sus cenizas, ni derecho a los bienes que poseen, porque disuelto el ejército toda autoridad concluía, y quedábamos a merced de la canalla disfrazada de guardia nacional.

CARLOS CRUZ RODRÍGUEZ


Extraído de «La emigración», Biblioteca Popular Carlista; Tomo XXVI, agosto de 1897, páginas 44-48.

viernes, 4 de octubre de 2019

Luis Villanova Ratazzi, el granadino Jefe del Tercio de Navarra y mártir de la Tradición

Fotografía de Luis Villanova Ratazzi
como alumno de Caballería
(imagen tomada de la BNE)
Luis Villanova Ratazzi era natural de Gójar, donde su familia era propietaria de la mayor parte del término municipal, aunque en Gabia también tenía importantes propiedades: Montevive, San Saturnino, Pedro Verde y gran parte de Gabia Chica.

Militar de carrera, en el Ejército Español llegó a ostentar el grado de Comandante de Caballería.

Se afilió a la Comunión Tradicionalista durante la Segunda República y fue Delegado de Juventudes. Al estallar la Cruzada de Liberación, fue Jefe del Tercio de Requetés de Navarra.

El Comandante Villanova, amigo personal del augusto Abanderado de la Comunión Tradicionalista en aquel momento, Don Francisco Javier de Borbón Parma, acogió de incógnito, por petición de Don Javier, al hermano de éste, Don Cayetano, como un combatiente requeté más en el Tercio de Navarra.

Luis Villanova Ratazzi fue herido por un francotirador el septiembre de 1937 en tierras asturianas y entregó su vida por Dios y por España tal día como hoy, 4 de octubre, en el Hospital Valdecilla, donde había sido trasladado.

El pleno del Ayuntamiento de Gabia Grande, reunido el día 30 de noviembre de 1937, acordó lo siguiente:

«la celebración de un funeral en sufragio del heroico Comandante de Caballería, Jefe del Tercio de Navarra D. Luis Villanova Ratazzi, que dio su vida por Dios y por la Patria, en el frente de Asturias el día 4 del pasado mes de Octubre, cuyo funeral era patrocinado por el Ayuntamiento. También se acuerda colocar una lápida conmemorativa en la fachada de la casa de su propiedad, donde se crió y vivió, dando su nombre a la calle donde está situada» (*)

En el libro Crónica de Granada en 1937 (II año triunfal) por Cándido G Ortiz de Villajos, leemos lo siguiente: 

«En la Catedral se celebró [el 11 de octubre de 1937] un solemne funeral en sufragio de don Luis Villanova y Rattazzi, bravo militar granadino que mandó desde su creación los tercios navarros de los Requetés».

Aunque en la iglesia parroquial de Gójar su familia conserva todavía un panteón familiar, según el párroco actual, con quien hemos tenido ocasión de hablar recientemente, el cuerpo del Comandante Villanova recibió cristiana sepultura en Pamplona.

El Coronel Emilio Herrera, integrante del Tercio de Navarra, cuenta la siguiente historia cuyo protagonista es el Comandante Villanova:

«Se produce una escena que parece arrancada de las páginas del Romancero: un hombre de mediana edad y aspecto distinguido, pálido y macilento, que acaba de surgir del escondite en el que ha pasado los trece largos meses de dominación roja, se dirige al comandante Villanova, le saluda ceremoniosamente y le agradece con sentidas frases el haber liberado para España la ciudad de Garcilaso; luego toma de la rienda a la yegua del comandante y marcha llevándola a la antigua usanza. Las gentes lloran de alegría y al romper filas los requetés se ven rodeados, besados, apretujados y agasajados por los cientos de hombres, mujeres y niños, que los obsequian con vino, sidra, leche condensada; con lo único que tienen».

Y con motivo de su muerte, el Coronel Herrera le dedica las siguientes palabras:

«Bravo entre los bravos, leal entre los leales, cristiano de rancia estirpe, español
a lo siglo de oro, carlista por convicción y sentimiento, caballero por la nobleza de
su sangre y más aún por su alma prócer, capitán valerosísimo y prudente; sobre
todo, padre con sus requetés a los que amaba con cariño tal y de los que era correspondido con adhesión entrañable...»

(*) Los revanchistas izquierdistas renombraron esta calle como «Calle Molino». No obstante, en Gójar sigue habiendo una «Calle Villanova».

Véase: Izquierdo Rodríguez, Manuel (2012): Historias desenterradas - Las Gabias, 1936, pp. 216-217; Romero Raizábal, Ignacio (1966): El príncipe requeté, pp. 47-48; El Siglo Futuro, 29/11/1934.

domingo, 15 de septiembre de 2019

La 2.ª batalla de Somorrostro (1874) contada por un carlista granadino

Carlos Cruz Rodríguez. Nació en Córdoba
en 1846, pero se crio en Granada, donde,
durante el Sexenio Revolucionario, organizó
juntas carlistas, algunas públicas y otras secretas.
Se ocupó en trabajos militares que, por
entonces, consistían en procurar atraer las
simpatías del Ejército hacia el carlismo.
Tras participar en la Tercera Guerra Carlista,
permanecería siempre leal a la Causa y colaboró
notablemente en la prensa tradicionalista.
Reproducimos hoy una carta inédita, cuya copia ha llegado a nuestro correo y que no nos cabe duda de que captará la atención de todos los interesados en la historia de la Santa Causa. Se trata de la misiva que remitió D. Carlos Cruz Rodríguez (bajo el seudónimo de Climaco) a su padre, Cruz Vidal Écija, desde el Campamento de Somorrostro, el 6 de marzo de 1874.

Es preciso hacer constar que D. Carlos Cruz —un carlista ejemplar lamentablemente olvidado por casi todos, como tantos otros— no era un combatiente como otro cualquiera. Él fue nada menos que el organizador de una partida carlista que se alzó en Granada en el año 1873, cuando el grueso de las fuerzas carlistas luchaban en Cataluña y sobre todo en el Norte. Allí se trasladaría para continuar la campaña. No fue el único granadino que lo hizo: en este cuaderno de bitácora han aparecido en numerosas ocasiones los nombres del Brigadier Carlos Calderón y Vasco, del Coronel Manuel Fernández de Prada o del periodista Francisco Guerrero Vílchez, todos ellos notables carlistas de Granada y combatientes en la tercera carlistada.

La carta original obra en poder del bisnieto de D. Carlos Cruz Rodríguez, colaborador nuestro, quien ha tenido la amabilidad de transcribirla y remitirnos una copia de la misma, que dice así:


Mi querido papá: habiéndole hablado á V. en mis anteriores de asuntos de familia, esta va a ser una historia detallada de la segunda batalla de Somorrostro, en la primera todo se redujo á 1.100 pérdidas por nuestra parte, y 3 ó 4.000 por las de los republicanos; pero esta formará época en el cuadro de las grandes batallas europeas, los campos de S. Juan de Somorrostro destilarán sangre y ofrecerán hierro al caminante que lo atraviese mientras el mundo exista. 
Batalla de Somorrostro 2.ª 
El día 25 de Marzo á las cinco de la mañana y cuando los cañonazos de diana avisaban que el día llegaba, se rompía el fuego por 40 cañones Krup por parte de los republicanos apoyados en Somorrostro, terreno hondo, y han contestado desde nuestras alturas por 14 cañones de montaña y 5 cañones de á 24 reforzados, al poco rato los 30.000 hombres de la república trataban de asaltar nuestros parapetos, y eran bizarramente rechazados por 20.000 voluntarios de Dios, Patria y Rey, que ametrallados por la gran artillería republicana entonaban el aurrerá (andad) á bayoneta calada y les hacían huir á sus guaridas: la línea de batalla se extiende por parte nuestra desde el Montaño, cerro sobre el mar cerca de Portugalete, hasta Sopuerta, formando una herradura dentro de la cual está lo más florido de la República. El Exmo. Sr. General Ollo conde de Somorrostro guardaba con Radica y Bérriz brigadieres al Montaño, Sanfuentes y S. Pedro Abanto, los generales Lizarraga y Cevallos guardaban el centro en las alturas de Alonsótegui y Galdámez, Velasco y Mending con castellanos y alaveses las alturas de Sopuerta, mientras que el intrépido Navarrete guarda la retaguardia en Villaverde y á las inmediaciones de Castro Urdiales, retaguardia del ejército republicano 
El fuego horroroso duró tres días completos en los cuales hubo bajas: carlistas de 2.000 a 2.500 entre muertos y heridos, y el ejército republicano unas 6.000 proximamente, entre ellos Primo de Ribera, por los soldados parados, muerto, y Loma mal herido con dos brigadieres. Después cesó el fuego 3 días para recoger los muertos que en grandes hogueras han sido quemados, en estos días de parlamento han llamado Serrano y Topete á nuestros generales y han pasado algún rato juntos, Serrano le regaló a D. Diego Villadarias una caja de puros; estos parlamentos han durado miércoles, jueves y viernes santo sin tirar, el sábado y hoy domingo hemos seguido reunidos, y hoy á pesar de estar juntos han tirado 900 cañonazos y es poco, pues diariamente hacen 2.000 disparos, la cantinera del 3º de Navarra fue ayer a visitar a Andía que es navarro y la convidó á comer con Topete y Serrano, la cual se estuvo guaseando con ellos mucho: a Calderón lo atiende mucho y hasta un día que le dieron un abrazo, pero si se figura Serrano que con abrazos de patriotismo va a conseguir algo, se equivoca, porque nuestros corazones no respiran más que sangre, venganza y exterminio contra la canalla liberal, Serrano encuentra en cada corazón carlista un muro de bronce que no los vence ni las ametralladoras, ni los cañones Krup, ni los millones. 
El domingo de Ramos á las 3 de la tarde estaban nuestros generales en Sanfuentes sentados en la plaza, cuando llegué á llevar un parte de la munición que existía á mi cargo, entonces los generales Elío y Dorregaray se levantaron y marcharon, y yo detrás á ver lo que Dorregaray disponía que era á quien yo llevaba la nota, en este momento cayó una granada en medio e hirió a Ollo, Radica, el Auditor, el secretario de Ollo y otro coronel, el héroe santo, el desgraciado conde de Somorrostro espiraba en medio de las lágrimas de todos nosotros en S. Salvador del Valle diciendo “ánimo muchachos, ¡viva el rey!”, el miércoles santo espiraba el intrépido Radica, terror de los liberales y honra de España, los otros tres viven aún. 
A Ollo (QPD) le ha reemplazado el gral D. Ramón Argonz que salió con Ollo desde el primer día y es el que ha salvado á la columna Ollo Dorregaray de caer prisioneros cuando los célebres dos ángulos. 
Mi opinión es, según veo y según oigo que se dará otra acción, quizá mañana, tan reñida como la anterior, de la cual, si nos ganan las posiciones, tenemos otras en reserva antes de Bilbao, y si no ganan creo que Serrano vende a la República y á Alfonso, como Judas á Jesucristo y se cala la boina. 
Bilbao sigue bombardeándose por 9 morteros, no quedará piedra sobre piedra. 
Esta carta es la verdad de lo que ha sucedido, el que la lea puede estar satisfecho como si lo viese. 
Climaco






domingo, 10 de marzo de 2019

A los mártires carlistas

Himno a los mártires:

Los carlistas, asombro del mundo,
Como bravos supieron luchar
Por librar a la España querida
Del oprobio y baldón liberal.

Y su sangre, semilla fecunda
De carlistas ha sido y será,
Pues la causa que tiene sus mártires
No se pierde ni extingue jamás.

Sus ejemplos valor nos infunden
Y cual ellos sabremos luchar
En el día tal vez no lejano,
Cuando ruja el furioso huracán.

Si nos hiere una bala traidora,
Nada importa, habrá un mártir más;
Si al cuerpo le cubre la tierra,
Tendrá el alma una gloria inmortal.

Niceto (La Verdad, 10 marzo 1904)




Hoy, 10 de marzo de 2019, los tradicionalistas de toda España —y aún de los países hispánicos de Ultramar— honramos a cuantos nos precedieron en la lucha contra el liberalismo, y muy singularmente a todos los que vertieron su sangre por la Santa Causa de la Religión, la Patria y la Legitimidad.

Entre tantos leales que nos vienen a la cabeza, nos acordamos en esta fecha del periodista Francisco Guerrero Vílchez, veterano de la Tercera Guerra Carlista y director del periódico carlista granadino LA VERDAD (1899-1941) y autor de las siguientes líneas, tomadas del libro Homenaje de la Comunión Carlista á los Mártires de la Tradición y del Derecho (1908), que hacemos nuestras:


A vosotros, mártires de la Tradición, cuyos heroicos hechos se encuentran consignados en la Historia, constituyendo una de sus más brillantes páginas; la Patria, por orden de nuestro Augusto Jefe, os consagra el día de hoy.
Francisco Guerrero Vílchez (Granada, 1854-1941)

Sí, vosotros representáis el genuino y caballeresco carácter español: por eso la Patria viste hoy de luto recordando las proezas de sus héroes y el valor de sus mártires.

¡Hoy es día de luto para la España tradicional!

¡Oremos, pues, por esos valientes; oremos por nuestros hermanos!

¡Nobles compañeros que disteis vuestra generosa sangre en defensa de la más santa de las causas y por la verdadera libertad, descansad en vuestras tumbas!

Vuestra empresa, digna es de soldados de la Religión y del Trono.

La patria agradecida a tan sublime abnegación, os dedica el recuerdo que merecéis.

Vuestra sangre será semilla de nuevos entusiasmos y germen de nuevos campeones.

Cuando nosotros reclutas disponibles de nuestro Rey continuemos la obra que hace años emprendisteis, y con la ayuda de Dios el éxito corone nuestros esfuerzos, vuestra será la victoria.

Al dedicaros El Tradicionalista este Homenaje y recuerdo, creo que experimentará siquiera la satisfacción propia del que hace un bien; pues honrando vuestra memoria se cumple con un deber de hermanos y se honra a los valientes que murieron por Dios, su Patria y el Rey.


 Francisco Guerrero Vílchez        
Director de «La Verdad» (Granada).

jueves, 13 de diciembre de 2018

Carlos Cruz Rodríguez, combatiente y periodista carlista

Recuperamos hoy la memoria de un gran carlista andaluz que había quedado en el olvido, D. Carlos Cruz Rodríguez, de cuya existencia hemos sabido por medio de su bisnieto, que ha tenido el acierto de ponerse en contacto con nosotros, cosa que desde aquí le agradecemos.

Cordobés de nacimiento, durante el Sexenio Revolucionario D. Carlos Cruz contribuyó a la organización de la Comunión católico-monárquica en Granada, participando en el fallido alzamiento por Carlos VII que tuvo lugar en nuestra patria chica en marzo de 1873, y que él mismo narraría en 1890 (hace casi 3 años lo reprodujimos en nuestro cuaderno de bitácora). Posteriormente combatió en el Norte en las filas de la Legitimidad y, perdida la guerra, marchó al exilio con Don Carlos, hasta que pudo regresar a España.

Durante las décadas siguientes contribuyó abnegadamente a la prensa carlista, siendo corresponsal del diario carlista madrileño El Correo Español en Sevilla, y trabajó como profesor de la Escuela Católica del Sagrado Corazón de Jesús de dicha capital. Estuvo casado con Estelvina Fernández Gamboa, según leemos en el padrón de vecinos de Sevilla.

Desconocemos la fecha en que falleció D. Carlos Cruz Rodríguez, siendo la noticia más reciente que hemos encontrado de él un artículo que escribió en 1916 para la Revista de Morón, aludido en El Correo Español.

En la obra «Bocetos tradicionalistas» (1912), el Barón de Artagan (Reynaldo Brea) dejó escrita la biografía que reproducimos a continuación sobre este tradicionalista de pro que tanto hizo por la Santa Causa en Granada y en toda España.

Carlos Cruz Rodíguez (Córdoba, 1846-¿Sevilla?, ¿?)
(fotografía tomada de La Hormiga de Oro, 30-3-1907)

Nació el dio de 1846 en Córdoba; pero se crió en Granada, donde desde poco después de ser destronada Doña Isabel organizó juntas carlistas, públicas las unas y secretas las otras; se ocupó en trabajos militares que, por entonces, consistían en procurar atraer las simpatías del Ejército hacia el carlismo; y, en fin, á las órdenes de la Junta Provincial católico-monárquica de Granada, dirigiendo la de Belicena (fundada por él), contribuyó en las elecciones políticas á que el jefe carlista don Carlos Calderón fuese proclamado Diputado á Cortes por el distrito de Santa Fé.

El día 1.° de Marzo de 1873 mandó el Sr. Cruz Rodríguez una de las partidas carlistas que salieron de Granada, teniendo que retirarse todas ellas á causa de la activa persecución de que las hizo objeto el General Salamanca, Gobernador Militar de Málaga. En Julio de aquel mismo año marchó al Norte, presentándose en Puente-la-Reina al General carlista D. Nicolás Ollo, quien le destinó á la Brigada de transportes de la División de Navarra, con el empleo de Alferez de Administración Militar; sirviendo en aquel Cuerpo, asistió á la toma de Estella, Viana, Lumbier y Valcarlos, á la acción de Mañeru á la batalla de Montejurra, al combate de Velabieta, al bloqueo de Tolosa, á la conquista de Portugalete y á las memorables batallas de Somorrostro, de San Pedro Abanto y de Abárzuza.

Después sirvió D. Carlos Cruz Rodríguez sucesivamente en el Batallón de Bilbao (con el cual se encontró en la acción de Monte Gárate), en el Regimiento de Caballería de Navarra (en el que estuvo un año á las órdenes del Brigadier Zaratiegui, primeramente, y luego á las del Coronel Plana) y, por último, en el Batallón 2.° de Navarra, asistiendo con él á los combates de Palomeras de Echalar, Tres Mugas y alto del Centinela, llegando á obtener el empleo de Comisario de Guerra. Con Don Carlos de Borbón entró en Francia el día 28 de Febrero de 1876; estuvo emigrado tres meses, y al regresar á España se dedicó á ejercer la carrera de Maestro Superior.

Ha sido colaborador de El Estandarte Real, de la Biblioteca Popular Carlista, de La Carcajada y de El Nuevo Cruzado (publicaciones de Barcelona), de La Bandera Española, de Córdoba, y de El Obrero, de Granada, sufriendo en este último una denuncia el día 11 de Mayo de 1898, por la autoridad militar, á causa de haberse declarado el estado de guerra en toda la Península. Entonces fué reducido á prisión en Sevilla (su habitual residencia) y conducido por la Guardia Civil á Granada, en cuya capital permaneció hasta ser absuelto por el Consejo de Guerra en 1.° de Diciembre de aquel mismo año.

El señor de Cruz Rodríguez, que obtuvo en campaña las medallas de Montejurra, de Vizcaya y de Carlos VII, también se ha distinguido y conquistado lauros como escritor; publicó hace ya unos quince años una Geografía Militar de España, ilustrada con doce mapas; fué corresponsal literario de El Correo Español, de Madrid, desde el año 1898 hasta el de 1908; la Juventud Carlista de Manresa le honró por entonces con el nombramiento de Socio honorario; ha obtenido varios diplomas de premios en certámenes literarios, y en Mayo de 1908 fué agraciado con una Medalla de Oro con el busto de Carlos VII por su escrito titulado Influencia de la mujer en la vida de la Comunión tradicionalista española.

Es nuestro querido amigo el veterano militar é ilustrado escritor D. Carlos Cruz Rodríguez de los tradicionalistas de buena cepa, en él los años no logran amortiguar en lo más mínimo los entusiasmos y la inquebrantable adhesión con que en su juventud se adhirió á la Causa Católico-Monárquica.


Barón de Artagan (1912): Bocetos tradicionalistas (pp. 291-293)

martes, 30 de octubre de 2018

Visita a la casa museo del canónigo D. José Gras y Granollers, apóstol del reinado social de Cristo, en el centenario de su muerte

El pasado domingo se celebraba, según el calendario católico romano tradicional, la fiesta litúrgica de Cristo Rey, instituida por el papa Pío XI en 1925 en su encíclica «Quas Primas». Con motivo de esta magna festividad, varios católicos de Granada y algunos venidos de fuera (la mayoría sin afiliación política alguna, pero todos con el ardiente deseo de que el reinado social de Jesucristo sea restaurado en España), visitamos en el callejón Alberzana, en el pintoresco barrio del Albaicín, la casa provincial de las Hijas de Cristo Rey, instituto que fundara el venerable canónigo del Sacromonte D. José Gras y Granollers (1834-1918), cuyo centenario celebramos.

En esta casa, de construcción morisca y gran valor artístico, falleció D. José Gras hace cien años, y precisamente en la cripta de la iglesia adyacente de San Gregorio Magno, se halla enterrado este catalán y granadino de pro que esperamos ver algún día en los altares. Desde 1993 la casa alberga además un interesantísimo museo sobre su vida y su obra, lamentablemente poco conocido, pero que no debería dejar de visitar nadie que viva en Granada o venga de visita a nuestra ciudad.

Nos abrió las puertas la Rvda. M. María Jesús, religiosa que, según nos contó ella misma, ha tenido que padecer mucho por Cristo, llegando a ser secuestrada en una ocasión por la guerrilla narco-comunista de las FARC cuando desarrollaba su apostolado de la enseñanza en Colombia. La amabilísima madre María Jesús (quien para mi pesar, y sin duda debido a malas influencias en los tiempos que corren, no llevaba hábito) tuvo la bondad de enseñarnos todas las dependencias de la casa y salas del museo, hablándonos con gran cariño del fundador de su orden y apóstol del reinado social de Jesucristo.

Es bastante desconocido en España, incluso en el campo católico tradicional, que D. José Gras fue uno de los precursores más insignes de la realeza de Jesucristo, que sería proclamada (dogmáticamente, según afirmó el Padre Solá) por el papa Pío XI en la citada encíclica «Quas Primas».
Las alusiones a la realeza de Cristo están
presentes hasta en los muebles de la casa.

Animado por el deseo de dar una respuesta contundente a la obra blasfema de Ernest Renant, que negaba la divinidad de Nuestro Señor, D. José Gras —muy afín al tradicionalismo carlista, causa en la que militó durante el Sexenio Revolucionario— dedicó toda su larga vida a propagar ese título tan glorioso de Jesucristo, amén de fundar nada menos que una Congregación de religiosas que llevan el nombre de «Hijas de Cristo Rey», religiosas celosísimas que desde su fundación se dedicaron exclusivamente a la crianza cristiana de niñas, ricas y pobres, y que por doquier derramaron siempre la fragancia confortativa de la realeza de Jesucristo.

Así describiría el propio padre Gras su llegada al Sacro Monte en 1866 y la pasión que le conducía:

“Conducido por la mano de Dios a estos gloriosos sepulcros, apenas llegado al Santuario donde la antigua Ilíberys, guarda las cenizas de sus apóstoles, dirigí mis ojos sobre toda España y vi a nuestro pueblo extrañamente aletargado. Elevé y extendí todavía mi mirada y distinguí a la Europa descreída avanzando armada, para arrancar del pensamiento y del corazón español la fe de Santiago y de Cecilio. Entonces traté de despertar a nuestro heroico pueblo, y organizarlo sagradamente por medio de la Academia y Corte de Cristo para hacer frente a las legiones de blasfemos e incendiarios que se preparaban a arruinar nuestra UNIDAD CATÓLICA...”

Como nos indicaba en 1934 el periodista tradicionalista Chafarote en un artículo de sus notorias Hojas de calendario, el dogma de LA REALEZA DE JESUCRISTO es el dogma más radicalmente antiliberal. El liberalismo es la herejía moderna; y todas las presentes calamidades de España y de todo el mundo no son ni más ni menos que consecuencias naturales o lógicas de esa calamitosa y universal herejía en que está siniestramente anegado el mundo entero. Por aquí se podrá rastrear, por tanto, la principalidad y trascendencia del dogma de la Realeza de Jesucristo, que es la oposición per diametrum al funesto liberalismo. Por aquí se puede rastrear también la gloria que para España redunda, por haber sido el solar de las apostólicas Hijas de Cristo Rey y la cuna de su santo fundador D. José Gras y Granollers, el centenario de cuya muerte solemnizamos cabalmente este año.

Mientras visitábamos las dependencias en las que vivió y murió el apóstol de Cristo Rey, elevamos en diversas ocasiones nuestras preces al Señor, y no pudiendo contener el fervor nos pusimos a cantar todos a viva voz el «Christus vincit», concluyéndolo con un sonoro «¡Viva Cristo Rey!».

Por si hubiéramos tenido poco con la espléndida visita, durante la cual incluso pudimos disfrutar de unas vistas magníficas del Albaicín y la Alhambra desde la azotea de la casa, las Hijas de Cristo Rey nos regalaron a cada uno un ejemplar de «La pasión de un hombre de bien», completa biografía de D. José Gras escrita en 2006 por el Rvdo. D. Juan Sánchez Ocaña.

Transcribimos a continuación algunas notas biográficas de este gran santo, a quien imploramos por la Santa Madre Iglesia y por la salvación y gloria de nuestra Patria, hoy sin ventura.


Notas biográficas del venerable D. José Gras y Granollers

Un caballero de Cristo y su Reinado social
(...)
II
D. José Gras y Granollers

Sus empresas apostólicas han sido de más (...) y de más alientos que las de su egregio antecesor D. Juan de Cueto y Herrera.

Libros que leía D. José Gras durante
su juventud en Agramunt.
Don José Gras y Granollers ha fallecido el día 7 del corriente mes de julio en Granada y en la paz del Señor, a los ochenta y cuatro años, lleno de días (como dirían los libros santos), es decir, de merecimientos y virtudes, y ha dejado en herencia varias instituciones apostólicas, entre las cuales las más principales son la “Academia” y la “Corte de Cristo" y el instituto religioso de las “Hijas de Cristo Rey”.

El amor al Santísimo Sacramento y a María Santísima, el Reinado Social de JESUCRISTO, el apostolado social de la mujer, la restauración de las costumbres cristianas, la santificación de las fiestas y, finalmente, la guerra contra la blasfemia, contra el lujo y contra los malos libros y contra los periódicos malos, fueron los grandes amores de este siervo de Dios, bueno, prudente y fiel. Pero sobre todos estos amores le robaba el corazón más que ninguno el “Reinado social de JESUCRISTO”; razón por la cual grabaríamos hoy, si pudiéramos, con letras de oro en las columnas de EL SIGLO FUTURO el glorioso nombre del Muy Ilustre Señor Doctor DON JOSÉ GRAS Y GRANOLLERS.
Imprenta en la que trabajó en Madrid
D. José Gras, como redactor del diario
tradicionalista «La Regeneración».

El cual allá en el prologo del más popular de todos sus libros y opúsculos de propaganda católica, es decir, en un “Devocionario”, escribía hace ya muchos años estas grandes verdades en las cuales cifraba siempre el insigne sacerdote todas sus apostólicas empresas:

“Cristo nuestro Dios, nuestro Padre y nuestro Redentor “está hoy políticamente destronado en todas las naciones”; y este destronamiento sacrílego, que no sólo entraña el destronamiento virtual de todos los reyes, sino también la abolición de toda autoridad y jerarquía, es la proclamación religiosa, política y social del caos, dogma único de la más lógica y sangrienta de todas las sectas, el “nihilismo”. 
Periódicos en los que
colaboró D. José Gras
“Toda la vida, todo el honor y toda la gloria que el Catolicismo ha hecho germinar en las almas y en los pueblos por espacio de diez y nueve siglos, tienen su origen y fundamento en la soberanía inefable de nuestro Divino Salvador; soberanía cuya restauración social declaran necesaria Nuestro Santísimo Padre León XIII, nuestro Episcopado y los publicistas católicos más eminentes de Europa.” 
“Para atraer el mayor número posible de espíritus a la “profesión práctica”, esto es, a la defensa pública de este dogma, fundamos hace quince años la “Academia y Corte de Cristo”, cuyo lema CRISTO REINA tratamos de convertir en verdad resucitadora de la moribunda sociedad moderna.”

A los treinta y dos años de su edad ganaba el difunto Doctor por oposición su canonjía en la Colegiata del Sacro Monte, en el cual y en más de cincuenta años seguidos ha explicado varias asignaturas. A los dos meses de ser canónigo, conviene a saber, el 15 de Diciembre de 1866, fundaba su bienhechora referida “Academia y Corte de Cristo”, cuyos estatutos fueron aprobados por el grande amigo y gran maestro de EL SIGLO FUTURO, por el Exmo. Sr. D. Bienvenido Monzón, inolvidable Arzobispo de Granada y amigo íntimo de aquellos dos santos que se llaman el Venerable Padre Claret y la Venerable Vizcondesa de Jorbalán.
Cáliz con el que consagraba D. José Gras.

Aquellos grandes amores de que hablábamos arriba son precisamente los amores que el celoso fundador de la “Academia y Corte de Cristo” quiere que arraiguen y acepen (para que luego florezcan y den frutos de bendición) en el corazón de todos los sacerdotes y seglares (hombres, mujeres y niños) que quieran ser académicos y cortesanos de Cristo Rey.

Esta “Academia y Corte de Cristo”, “obra de culto y obra de propaganda” (que tal es y así la llamaba su celosísimo fundador), nació años antes de que se fundase allá en Friburgo la famosa “Obra de San Pablo”, cuyo fin era “elevar a la Prensa a la dignidad de apostolado, y santificar, no solamente a los periodistas, sino también a los impresores y vendedores de periódicos, para que todos juntos, “sicut castrorum acies ordinata”, batallasen por la restauración del Reinado Social de JESUCRISTO”.
Cuadro que representa
a D. José Gras bajando
en burro del Sacromonte.

Por cierto que cuando en Febrero de 1879 (año de la famosa romería de periodistas católicos de todo el mundo al Vaticano) oyeron todos en Roma y de labios del abate Esseira la historia de la mentada “Obra de San Pablo”, pudo decir con razón nuestro egregio canónigo D. José Gras y Granollers que ya hacía tiempo que tiraba también a ese mismo blanco aquí en España la “Academia y Corte de Cristo”. Fue entonces cuando el mismo fundador (véase la colección de la revista “El Bien” habló en ella de EL SIGLO FUTURO, y con palabras de alabanza habló también de los redactores y dependientes de nuestro periódico y de la “Asociación de San José” que entre todos ellos habían formado.

III
Las Hijas de Cristo Rey.

Pero la obra principal y más apostólica del difunto canónigo del Sacro Monte, la que está fundada sobre cimientos más robustos, la que le ha hecho digno de ser contado entre los Patriarcas de Órdenes religiosas, será siempre ese moderno Instituto, cuyo sólo nombre es ya de por sí una alabanza de Nuestro Señor JESUCRISTO; el Instituto de las HIJAS DE CRISTO REY, fundado a 26 de Mayo de 1876 y canónicamente aprobado treinta años más tarde por la Santidad de Pío X.
Escritorio de D. José Gras.

El día del Sagrado Corazón de Jesús, del año de gracia de 1877, tomaron los primeros hábitos de “Hijas de Cristo Rey” las religiosas Sor Inés de Jesús y Sor Carmen del Sagrado Corazón; y en el magnifico discurso que a estas primeras religiosas y a los asistentes les predicaba aquel día memorable nuestro difunto canónigo, palpitaba, como en todos sus pensamientos, palabras y obras el amor más fervoroso y ardiente al Reinado social de JESUCRISTO (I).

El fin de ese Instituto nos lo declara el mismo fundador con las palabras que siguen, las cuales, con ser tan elocuentes, no lo son tanto como lo fueron las del sermón referido:

—“Este Instituto (dice), donde se da enseñanza religiosa, literaria y de labores a niñas ricas y pobres, "tiene también por objeto hacer que Cristo sea predicado en la familia y en la sociedad por la mujer". En todos los tiempos la mujer ha prestado eminentes servicios al Catolicismo; y en los nuestros, en que la indiferencia reina tan desastrosamente entre los hombres, puede prestarlos muy grandes, especialmente como esposa y como madre. En este último concepto, ella es la primera dulcísima predicadora de la soberanía de Cristo ante sus hijos, y la que llena de fragrancia y de luz el oriente o la aurora de la vida.
“Pues bien: formar jóvenes sólidamente instruidas y virtuosas para que un día lleguen a ser madres y apóstoles radiantes, ¿no es, por ventura, una de las obras, más fecundas y propias para desinfectar a la sociedad actual de los miasmas que la infestan?...  
Casullas de D. José Gras.
“Desde el momento que la mujer se hizo pregonera y apóstol de la Resurrección de JESUCRISTO, siempre se ha mostrado hacia la Iglesia llena de la más profunda gratitud. Ella es la primera que baja a las Catacumbas; y si hay que desafiar las iras de los tiranos, Inés, Eulalia, Leocadia y Cecilia no se harán esperar. Si hay que levantar conventos, hospitales o templos católicos, las riquezas de las Paulas, de las Mercedes y de las Franciscas romanas se pondrán a disposición del Vicario de JESUCRISTO. Si una gran nación, con su Rey a la cabeza, cae un día a los pies de San Remigio para confesar a JESUCRISTO y recibir el bautismo, a una mujer, a Clotilde, es a quien se debe tanta gloria. Si hace falta en la Iglesia de Dios un gran santo y un gran doctor que sea el terror y la confusión de la herejía pelagiana, Mónica, el modelo perfecto de la madre cristiana, llorará y suspirará en la presencia de Dios y atravesará los mares en pos del hijo extraviado hasta que logre verlo convertido. Cuando después de siete siglos de lucha, nuestra católica España quiere arrojar de su lado a los sectarios de la Media Luna, una mujer, Isabel de Castilla, enarbola en las torres de Granada el estandarte de la Cruz, y termina gloriosamente la obra de Pelayo. 
“Bajo una irrupción, moralmente más terrible que la musulmana, están hoy los pueblos de Europa, y la mujer ha de concurrir a rechazarla, tomando parte en la cruzada de obras católicas “cruzada restauradora del reinado de Cristo.” 

IV 
Algo de integrismo. 

Lo principal y casi lo primero que se lee en el ESQUEMA O BOSQUEJO DEL PROGRAMA INTEGRISTA son estas palabras:
D. José Gras mantuvo amistad con el
 sacerdote tradicionalista catalán
D. Félix Sardá y Salvany, autor de
la célebre obra El liberalismo es pecado.

“Proclamamos LA SOBERANÍA DE JESUCRISTO, y ante todo y sobre todo le adoramos y acatamos, y anhelamos porque universalmente se cumpla su voluntad en lo público y en lo privado, y así en la tierra como en el cielo. Queremos que su santa doctrina informe todas las cosas, y que leyes, costumbres, actos, instituciones tengan por fundamento la Ley eterna, que en la tierra custodia y enseña la Iglesia de Dios y su Vicario infalible.” 

Cualquiera que sin ser integrista ni saber siquiera qué cosa sea el integrismo, se haya enfrascado en la lectura de los escritos del Doctor Gras y Granollers, creerá ciertamente a ojos cerrados que las palabras anteriores están tomadas al pie de la letra de cualquier libro, de cualquier opúsculo o de cualquier artículo del insigne canónigo del Sacro Monte. Y cualquier integrista que lea de buenas a primeras los escritos del fundador de la “Academia y Corte de Cristo”, los leerá y los saboreará con delectación morosa, y tomará para siempre por espejo, por dechado o por doctrinal de integrismo a este apostólico sacerdote. Tanto se parecen y aun tan iguales son su bandera y la nuestra, su emblema, su divisa, su ejemplar y los del partido integrista.
En las abundantes imágenes
de Cristo Rey, D. José Gras
siempre quiso que se representase a
Nuestro Señor como Divino Niño.

Tres fueron siempre los textos sagrados predilectos del Muy Ilustre Señor D. José Gras y Granollers; los tres campean en el frontispicio de su libro más popular, que es el precioso “Devocionario” de la referida “Academia y Corte de Cristo”, y en los tres se proclama la realeza o soberanía de CRISTO y de la Virgen. El primer texto está tomado del Evangelio de San Juan, y es el versículo 37 del capítulo 18 donde se cuenta que, habiendo preguntado Pilatos a Nuestro Señor si era Rey, respondió nuestro divino Salvador con estas palabras:

—“Así es, como tú lo dices: YO SOY REY. 

El otro texto le forman unas palabras de León XIII, que se leen en la carta que escribió al Arzobispo de Colonia en 26 de Febrero de 1880, y cuyo tenor es como sigue:

—“Que todos, cada cual en su cargo, se afanen por “restaurar el Reino de Cristo, no sólo en los corazones, sino también en toda la sociedad humana”. 

Dormitorio en el que falleció en olor de santidad el padre Gras.
Finalmente, el tercer texto es el versículo onceno del Salmo 44, en donde proféticamente canta el Real Profeta la realeza de la Santísima Virgen Nuestra Señora: “Astitit Regina a dextris tuis in vestitu deaurato”; a tu diestra está la Reina engalanada con vestidura bordada de oro.

Tanto era, como estáis viéndolo, el entrañable amor que al Reinado social de Cristo y de la Virgen profesaba el apostólico fundador de las “Hijas de Cristo” y de su “Academia y Corte”.

¿Será razón que EL SIGLO FUTURO celebre ahora con palabras de mucha alabanza la bendita memoria de este insigne caballero de Cristo y de su Reinado social?

V
Epitafio. 

Si a mí me encomendasen la traza del epitafio para la tumba de nuestro venerable difunto, yo grabaría en la losa sepulcral, y en forma epigráfica, las mismas palabras latinas con que el propio Doctor Gras y Granollers impetraba la bendición apostólica que “permanter”, es decir, muy amorosamente le fue otorgada por la Santidad de León XIII en 15 de Abril del 1880.

Tumba de D. José Gras y de la M. Inés de Jesús,
ante la que rezamos fervorosamente. 
En esas palabras se cifran tanto la “doctrina” fundamental como como las “obras” principales del insigne Canónigo del Sacro Monte, conviene a saber, la confesión, la proclamación, la defensa de todos los derechos divinos de JESUCRISTO y su culto de adoración en todas partes:

DOMINI NOSTRI JESU CHRISTI 
divina jura defendit 
ejusque adorationis cultum 
in populis fovit.

J. MARÍN DEL CAMPO

Tomado de:

El Siglo Futuro (22 de julio de 1918)
El Siglo Futuro (23 de julio de 1918)

Véase también su biografía en el diario La Cruz (10 de septiembre de 1918).






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