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domingo, 15 de diciembre de 2019

Semblanza de Gabino Tejado (1819-1891), gloria del tradicionalismo español, en el bicentenario de su nacimiento

                         tomado de Juan Marín del Campo
                         (edición especial de EL SIGLO FUTURO, 19/3/1925)

Bajaba yo un día hacia la Carrera de San Jerónimo hacia aquella parte del Prado que antiguamente llamaban de San Fermín; bajaba en compañía de un mi amigo y pariente, muy dominico y muy cervantista, y ambos a dos, sin darnos de ojo ni de codo, nos quitamos el sombrero al pasar por delante de la estatua de nuestro Cide Homete Benengeli.

—Tú eres de los míos —me dijo mi compadre—. De Dios y de la Virgen y de los santos abajo, creo que no me quito el sombrero nada mas que ante la estatua de nuestro Cervantes.

—Pues yo me quitaré siempre el sombrero delante de las estatuas de algunos más.

—Separaos quiénes son, si no lo has par enojo.

—¿Por enojo dices? A gala y como gentileza lo tengo.

—Pues escucho y tiemblo.

—Escucha y regocíjate con estos nombres que hasta la muerte guardaré siempre en mi memoria y en mí corazón; y aun tengo para mí que si después de muerto los pronuncian delante de mi cadáver o de, mi tumba, me pasará lo que cantaba el Real Profeta, conviene a saber, que et exultabunt ossa mea humiliata.

—Que en romance significa...

—Que...

                         Mis huesos que el dolor quebrado había
                         De gozo saltarán.

—Vengan, pues, esos nombres.

—El Venerable Padre La Puente; el Venerable Padre Nieremberg; el Venerable Padre Don Bosco; Balmes; Augusto Nicolás; Luis Veuillot; el Padre Gago; Gabino Tejado; Monseñor Segur; el Padre Manjón; el Padre Solá; Sardá y Salvany, y el cinco veces navarro Don Francisco Navarro Villoslada...

Desde joven y aun desde niño me familiarizaron, por gran misericordia del Señor, con los nombres de oro y de luz de estos varones ilustres, con su vida y andanzas, y principalmente con sus libros; y esos nombres y esos libros han sido siempre luz y faro, camino y norte, aliento y consolación de mi vida. Y hablando luego de alguno de esos grandes hombres, he aquí lo que vine a contar de nuestro Don GABINO TEJADO.

Allá por los años de 1879 dirigía Valentín Gómez La Ilustración Católica, de felicísima recordación. Y habiendo querido honrar un día sus católicas y españolísimas páginas con el retrato y la semblanza del gran Don Gabino Tejado le pidió Valentín un retrato, y también le pidió que el mismo Don Gabino, a usanza del gran Rembrandt, trazase y escribiese y publicase en la Ilustración Católica su propia semblanza.

—Otorgo al consonante —dijo con su acoslumbrada gracia y sal y gentileza el ínclito extremeño.

Y requiriendo su fácil, castiza y gloriosa pluma, trazó en un santiamén la siguiente donosísima semblanza; joya literaria a cuya vista palpita siempre de gozo y con melancolía el corazón:

«Estudiante de Jurisprudencia en Salamanca, Sevilla y Madrid. Abogado que ejerció la profesión un año y averiguó que no servía para el negocio. 
Progresista muy exaltado en su primera juventud; racionalista moderado después, neo a los treinta años y lo que se sigue. 
Escritor desde la adolescencia; periodista casi siempre; poeta de vez en cuando, pobre jornalero de pluma siempre. 
Diputado suplente en 1843; diputado efectivo cuatro veces, dos por el distrito de Brozas (Extremadura), una por Mondoñedo y otra por Navarra; senador en 1870. 
Empleado y cesante sin cesantía desde 1858 por renuncia; jefe superior de Administración. 
Preso una vez, desterrado otra, internado muchas. 
No doctor en ninguna facultad; no académico; no condecorado de cinta ni placa ni medalla alguna. 
No está averiguado si es humildad u orgullo lo que le mueve a titularse en las portadas de libros pura y simplemente Gabino Tejado
Sus amigos le llaman escritor distinguido y hasta eminente; sus adversarios le han formado una reputación de feo, y no es la más injusta. Formalmente ignora él si acertarán a llamarle también tonto. Por lo menos es pobre y resuelto a seguir siéndolo, cosa que se conoce a la legua. 
Pero es muy rico de fe y de amor a su Dios y a su Patria.»

Hasta aquí la donosa y primorosísima semblanza de GABINO TEJADO, trazada tan gentilmente por él mismo. El cual fue hombre a quien Dios Nuestro Señor le dio no un talento ni cinco talentos, sino varios, como vamos a verlo.

Gabino Tejado y Rodríguez
(Badajoz, 1819-Madrid, 1891)
GABINO TEJADO fue el discípulo predilecto de su inmortal paisano Donoso Cortés, de cuyas obras fue el compilador y el editor. Fue periodista a nativitate; crítico literario; poeta lírico; poeta dramático; introductor de la estrofa manzoniana en la literatura española; buen teólogo; gran filósofo y escolástico a macha-martillo; redactor del Semanario y del Siglo Pintoresco, en amor y campaña de su fraternal amigo el gran Navarro Villoslada; redactor jefe de nuestro SIGLO FUTURO, como antes lo había sido de El Pensamiento Español cuando el propio Villoslada le dirigía, y, finalmente académico de la Española.

De política extranjera no hubo nadie en España que escribiese con tanto conocimiento de causa y con tanta amenidad, claridad y talento como Don Gabino. ¡Qué elogios hacía de él a cuento de esta materia mi amadísimo maestro Enrique Gil y Robles!

Fue escritor de costumbres y novelista. Sus cuadros sobre La España que se va y sus novelas de El Amigo de la familia fueron lectura familiar en infinitos hogares españoles allá en la segunda mitad del siglo XIX. ¿Quién no recuerda El ahorcado de palo, El médico de la aldea, Ni tú el solterón, Antes que te cases, Víctimas y verdugos? Fue, a mayor abundamiento, editor; y la católica imprenta de Tejado fue una de las instituciones más bienhechoras en los revueltos y para la religión nefastos días del pasado siglo XIX.

Allá por los años de cincuenta y tantos, el gran Duque de Rivas, en famosa carta enderezada a los primeros literatos españoles hablaba con palabras de muy justas alabanzas de las doctas prensas de Tejado. De ellas salió aquella inolvidable Biblioteca manual del cristiano ¡ay! ya completamente agotada, y para la cual escribió el gran González Pedroso uno de los más primorosos y sabrosísimos libros que por aquellas calendas se escribieron.

Entre los traductores de poetas extranjeros en versos castellanos, es Teodoro Llorente el que se lleva la prez y la palma; y entre los traductores en prosa el monarca y emperador es, sin recelo de engaño, el autor del Séñeri español, nuestro egregio Padre Solá; pero los príncipes que le siguen son el Padre Granada, el Padre Ribadeneyra, el Padre Zeballos (Don Francisco de Quevedo, con perdón sea dicho, fue pésimo traductor) y, finalmente, GABINO TEJADO, que fue el más fecundo de todos ellos. El cual dio carta de naturaleza en España y vistió con muy ricas vestimentas españolas a muchos varones ilustres de allende los Pirineos.

Del inglés tradujo al Padre Faber; del francés a Monseñor Segur, al nunca bien alabado Monseñor Gay, a Eugenio de Margerie y a muchos otros; del italiano a Prisco, al Padre Brescianí (mejorándole en tercio y quinto), a Taparelli en su incomparable Gobierno representativo, y sobre todo y ante todo, al gran Manzoni. Dos italianos ilustres, jesuita el uno y salesiano el otro, ambos muy duchos en achaques de literatura italiana y española, y ambos expertísimos in utraque lingua, conviene a saber, el Padre Digioia y el salesiano Padre Don Tomás Nervi, han confesado noblemente delante de mí que en varios pasos de la inmortal novela de Manzoni, GABINO TEJADO pasa de vuelo al inmortal milanés y le mejora en tercio y quinto.

Pero donde campea a maravilla y fulgura esplendorosamente el romanismo de GABINO TEJADO es en los innumerables artículos y disertaciones que en defensa y apología de la Cátedra de San Pedro, y mayormente de las perpetuas enseñanzas de Pío IX sobre el Catolicismo liberal, estuvo escribiendo durante casi medio siglo aquel insigne apologista. Tan insigne y tan sobresaliente, que en el estudio, en la meditación y rumia de las referidas enseñanzas de Roma en la ristra de verdades que su clarísimo entendimiento descubría, en lo mucho que ahondaba para sondear la herejía moderna, y en el ingenio y garbo español, lucidez, amenidad, brío y maestría con que declaraba el catálogo de verdades que su entendimiento tan perspicaz y agudo iba descubriendo..., no le aventajó nadie en España ni en Europa.

No; no le aventajaron ni Luis Veuillot, ni el Cardenal Pie, ni el primer obispo de Madrid Martínez Izquierdo, ni el gran Obispo de Cartagena Bryan y Livermoore, ni los Padres Liberatore, Taparelli y Ramiere, ni otros redactores sapientísimos de la Civiltá Catolica. ¡Cuántas enseñanzas de las que dio al mundo Pío IX a cuento del Catolicismo liberal las habían aprendido ya los españoles en los escritos de Gabino Tejado!
El Catolicismo liberal (1875)

Con parte muy principal (pero no la mayor, ni mucho menos), de estas magníficas disertaciones tejió, siendo ya redactor de EL SIGLO FUTURO, el mejor de todos sus libros: El Catolicismo liberal, el cual, que si acaso no es el mejor de todos los libros que en contra el maldito Liberalismo se han compuesto, no puede en ley de justicia ser pospuesto a ningún otro en que sabiamente se diserte sobre dicha materia.

¿Sabéis quién fue el apologista de este libro en Europa? Pues nada menos que el director de L'Univers; el glorioso autor de La fragancia de Roma y de Roma en los días de Concilio vaticano; el grande, el sublime atleta del Pontificado en Francia, el amadísimo, el inmortal Luis Veuillot.

Con oro y perlas y diamantes sacados de aquel libro del Catolicismo liberal y de otros cien artículos de Don Gabino, publicados en nuestro SIGLO FUTURO, fabricó, años andando, el ínclito Sardá y Salvany la joya de El Liberalismo es pecado; en cuyas áureas paginas casi no hay nada que no se encuentre en el referido libro y en los demás escritos de Tejado. Lo cual no empequeñece nada a la valía inestimable del incomparable libro de Sardá, como en nada se bastardean ni menoscaban las galas, las bizarrías, el arte, el valor de un aderezo ni la traza ni los talentos de su artífice porque el aderezo esté labrado con oro, perlas y diamantes de otros cotos.

Gabino Tejado y el Padre Gago fueron los dos únicos españoles que formaron parte de aquella famosa junta de periodistas católicos nombrada por Pío IX en Roma durante los días del Concilio Vaticano para que, bajo la dirección de Monseñor Mermillod, se ocupasen en propagar por doquiera la verdad de lo que en Roma, en el Vaticano y en el Concilio acontecía, y para desenmascarar todas las calumnias, mentiras, trapacerías y trampantojos que judíos y masones, liberales y galicanos urdían a cada instante con grave detrimento de la verdad, tirando siempre a que no se defiriese nunca el dogma de la Infalibilidad del Romano Pontífice.

Mas no se contentó Don Gabino con ser en Roma corresponsal de El Pensamiento Español, de Villoslada, durante los varios meses que duró el Concilio. Y para mejor servir al Papa en aquella Ciudad Eterna, en donde aquel año había tantos obispos y gentes de España y de la América española, fundó allí mismo un periódico católico. Se llamó El Eco de Roma, estaba escrito en castellano, y su primer número salió de las prensas el día primero de febrero de 1870. Fue, pues, nuestro romanísimo Don Gabino quien fundó en Europa y fuera de España el primer periódico escrito en lengua castellana y periódico dedicado, como un zuavo pontificio, a la guarda y defensa de los derechos y prerrogativas del Romano Pontífice.

Pero ya era conocido en la misma Roma (tres años por lo menos hacía) el nombre y el romanismo del insigne polígrafo extremeño. Tres años hacía, en efecto, que en la tipografía de Sinimberghi se había impreso en elegante volumen, cuya marca era la llamada de folio menor, el Omaggio cattólico (homenaje católico) in varie lingue ai Principi degli Apostoli PIETRO e PAOLO nel XVIII centenario dal loro martirio.

En medio de las composiciones o piezas en prosa y verso que forman y hacen este ya rarísimo libro, campea la oda famosa de nuestro Don Gabino Tejado, escrita en vibrantes estrofas manzonianas. Por epígrafe la puso su autor aquel romanísimo texto de San Juan unum ovile et unus Pastor; y a ese único redil y a ese único Pastor universal se refieren más que otra alguna las dos últimas estrofas en donde fulgura la más cierta esperanza en futuros gloriosísimos triunfos de la Iglesia, esperanza que nadie como el inmortal Pío IX sabía imprimir en el alma y en el corazón de todos los que lograban la dicha de oír cualquier discurso del Pontífice de la Inmaculada, de la Infalibilidad y del Syllabus.

                         Ya de victoria fúlgido
                         El estandarte ondea;
                         Con nuevo sol las márgenes
                         Florecen de Judea;
                         Tíñese en nueva púrpura
                         la cumbre del Tabor.

                         Del antes yermo Gólgota
                         La falda ya florida
                         Pastos ofrece ubérrimos
                         A la grey escogida
                         Que guarda en redil único
                         El único Pastor.

Este fue nuestro maestro Don Gabino Tejado. A su amigo y amigo mío fraternal Don Antonio Quilez debe hoy EL SIGLO FUTURO la dicha de publicar el mejor y más gallardo retrato que existe del romanísimo autor de El Triunfo y de El Catolicismo liberal, de la Biblioteca manual del cristiano y de El Eco de Roma.

Hombre más salado, más alegre, más ingenioso, más simpático que aquel, y de más amena conversación y cariñoso trato no le hubo en Madrid en todo el siglo XIX. El soñador, el melancólico, el gran Aparisi y Guijarro, corazón de oro y corazón de niño, entendimiento excelso y naturalmente cristiano, confesaba que los mejores ratos de su vida eran los que pasaba en fraternal coloquio con Gabino, en cuyos fraternales brazos murió de repente, por cierto, en noche memorable.

Pero con qué enfermedad tan triste para todos los que le amaban le probó el Señor en los últimos años de su vida! Si mal no recuerdo una parálisis le quitó el uso recto de la palabra. No apagó aquella enfermedad ni menoscabó la inteligencia de Don Gabino; pero le hacía trocar lastimosamente las palabras y los hechos; pedía, por ejemplo, el sombrero y lo que verdaderamente pedía era el periódico; se ponía a limpiar un libro y creía que estaba escribiendo unas cuartillas. Pero ¡oh alegría en medio de tanta tristeza, desolación y ruina! aquel hombre, aquel anciano que tan devotísimo amante había sido siempre de la Santísima Virgen, lo único que no trocaba, y en lo único en que no tropezaba era en la recitación o rezo de la salutación angélica.

Siempre llevó consigo hasta la tumba esta gran señal de predestinación: el amor y la devoción a Aquélla a quien mandó el Señor echar raíces de amor inquebrantable en el corazón de sus predestinados: et in electis meis mitte radices.

domingo, 28 de julio de 2019

Contra el “separatismo” de la laicidad (enseñanzas de D. Gabino Tejado acerca de la separación de la Iglesia y el Estado)

«Unión, pues, sin confusión; distinción sin separación»: tal es, en efecto, la fórmula compendiosa de la tesis que los católicos profesamos acerca de mutuas relaciones entre la Iglesia y el Estado; porque tal es, en efecto, la teoría que , junto con el principio de subordinación del Estado a la Iglesia en todo lo relativo a fe, costumbres y disciplina, nos enseñan la doctrina y la historia de nuestra santa madre y maestra infalible.

Nota y condición del orden, en esta materia como en todas, es que, guardada la debida relación y proporción entre los medios y los fines, ni se confunda lo que por naturaleza es distinto, ni se separe lo que está unido por naturaleza. Por error algunas veces, por malicia las más, desde el principio mismo de la Iglesia, están surgiendo contra ella en el orbe dos especies de adversarios, respectivamente dados a negar, de palabra y de obra, una de aquellas dos condiciones indispensables al libre ejercicio de su divina autoridad; y constantemente el procedimiento de esta deplorable tarea se ha fundado en una miserable tergiversación de palabras, que ha servido de pasaporte a una correspondiente perversión de ideas y conculcación de derechos.

Una España llena de mezquitas,
sueño de los liberales españoles desde el
siglo XIX, que exigía la previa separación
de la Iglesia y el Estado.
En efecto, del principio de unión entre las dos potestades, el cesarismo ha sacado la teoría y la práctica de confundirlas adjudicando al soberano civil los incomunicables derechos y las privativas atribuciones de la Iglesia; mientras, por opuesto lado, el Liberalismo ha sacado del principio de la distinción entre las mismas potestades la conclusión absurdísima de que deben coexistir totalmente separadas. A la teoría, y al sistema político-religioso que tiene por base esta conclusión, llamo yo Separatismo.

Los principios de este sistema son tan falsos como contradictoria es su última consecuencia, pues inevitablemente, más pronto o más tarde, según lo induce la razón y lo demuestra la historia, toda separación entre las dos potestades se termina en confusión, por el mismo procedimiento lógico que el liberalismo se termina inevitablemente, más pronto o más tarde, en cesarismo.

Mirado, efectivamente, en razón a sus principios, el separatismo no es menos opuesto á la naturaleza de la Iglesia que a la naturaleza del Estado, como lo es, y porque lo es a la naturaleza del hombre, y por consiguiente a la naturaleza de la sociedad. A la naturaleza del hombre es, en efecto, contrario que de cualquier modo se rompa la armonía entre la ley moral y los actos humanos, internos y externos, individuales o colectivos. Pero la ley moral es una palabra vacía de sentido en cuanto se deje de considerar al hombre como criatura, y por tanto dependiente de su Creador, que es el principio y el término de aquella ley; suponerle, pues, separado de la religion, equivale a romper ese su vínculo de dependencia, y por consiguiente a ponerle fuera de las condiciones naturales de su ser moral.—En cuanto criatura, el hombre es ser esencialmente limitado, y además, por el reato de la culpa original, es adventiciamente ser imperfecto: en cuanto ser limitado como criatura, y criatura inteligente y libre, debe por naturaleza sumisión explícita y constante a la voluntad de su creador, y por consiguiente, a todas las leyes que le ha dictado, o sea a todos los límites que le ha impuesto: truncar, pues, el vínculo de esa sumisión, es contradecir a las leyes de su naturaleza limitada. En cuanto ser adventiciamente imperfecto por el reato de la culpa original, ha menester el sobrenatural auxilio que tiene cabalmente por objeto reintegrar su naturaleza; y como quiera que sólo en la Iglesia y por la Iglesia católica pueda recibir ese auxilio, separarle de la Iglesia, equivale a impedirle que su naturaleza sea reintegrada.

Entre las leyes puestas por Dios al hombre, está la ineludible que le constituye en sociedad. Pero la sociedad no es otra cosa sino el hombre mismo, en cuanto se le considera como parte integrante de una muchedumbre ligada con vínculo de recíprocos derechos y deberes. Este vínculo cabalmente es el que hace de la sociedad un ser moral, sujeto por consiguiente a leyes morales, y en este concepto, unido naturalmente a Dios por el necesario vinculo de dependencia que con el legislador liga al sujeto y al objeto de la ley. Separar, pues, de la sociedad a Dios, equivale a romper ese vínculo, y por consiguiente a poner al compuesto social fuera de sus condiciones naturales.

Lo que el separatismo tiene de contrario a la naturaleza de la sociedad, eso mismo tiene a la naturaleza del Estado, que no es otra cosa sino la sociedad misma en cuanto se la considera constituida políticamente, o sea según el modo, indefinidamente vario, con que en cada tiempo y lugar estén determinadas las relaciones absolutamente necesarias entre la muchedumbre, materia ordenable, y la autoridad, principio ordenante del compuesto social. Sin duda en el establecimiento y proceso de esas relaciones hay algo contingente, y por tanto variable, que pertenece a la jurisdicción propia de la libertad humana, como en general le pertenece la elección de los medios varios y contingentes adecuados a los fines necesarios de la humana vida; pero hay también algo invariable, y lo son cabalmente estos fines, cuya necesidad misma constituye los limites naturales de aquella libertad. La suma de estos limites constituye el código absolutamente fundamental y eternamente invariable de todo Estado, como de toda sociedad, como de todo acto humano; y aun por esto la Política no es sino una de las partes de la ley moral, que abraza al hombre todo entero, es decir, en todas sus condiciones y relaciones. Separar, pues, al Estado de esta ley moral, es contradecir á su naturaleza propia; y evidentemente se le separa de esa ley cuando se le separa de Dios, que es principio y término de ella; y evidentemente se le separa de Dios cuando se le separa de la Religión, que es el vinculo del orden humano con el orden divino. Es así que en punto a religión, ni hay ni puede haber sino una sola verdadera, que no es otra sino la Iglesia de Jesucristo: luego el separatismo tiene de repugnante a la naturaleza del Estado, lo que a la naturaleza del hombre tiene de repugnante el separarle de la ley moral, y lo que a la ley moral tiene de repugnante el separarla de Dios, principio absolutamente primero, y término absolutamente final de ella.

¿Necesitaré decir ahora lo que el separatismo tiene de repugnante a la naturaleza de la Iglesia? ¿de la Iglesia, erigida por Dios, no ya sólo en custodio e intérprete de la ley moral, sino en tribunal perpetuo encargado de aplicarla a los hombres, y judicatura tan excelsamente suprema que lo que ella atare y desatare en la tierra, ha de ser atado o desatado en el cielo? La potestad, no sólo de enseñar, sino de obrar todo lo necesario para la salvación de los hombres, fue conferida por Jesucristo Dios á la Iglesia para que la ejerciese sobre el hombre todo entero, es decir, no sólo sobre el individuo, sino sobre todas las relaciones y condiciones de la vida humana. En efecto, el Dios fundador de la Iglesia, no impera únicamente sobre el hombre considerado como elemento constitutivo de toda sociedad, sino también sobre toda sociedad constituida por ese elemento. Dios es Dios, no sólo del individuo, sino de la familia, y del Estado, y de las naciones, y de las razas, porque es el supremo autor, conservador, redentor, salvador y juez de todo el humano linaje: por consiguiente, la Iglesia, investida por Jesucristo Dios de toda la potestad que al mismo Jesucristo fue dada así en la tierra como en el cielo (a); la Iglesia, enviada a los hombres por Jesucristo como Jesucristo lo fue por Dios Padre (b), posee divina potestad, no sólo sobre el individuo, sino también sobre la familia, sobre los Estados, sobre las naciones y sobre las razas, porque la posee sobre todo el género humano. La universalidad de esta misión tan augusta constituye la naturaleza de la Iglesia, que por eso cabalmente se llama y es CATÓLICA, es decir, UNIVERSAL: por virtud de esa misión, el Estado es tan súbdito de la Iglesia como lo es toda especie y todo grado de sociedad, como lo es la familia, como lo es el individuo. Por consiguiente, separar de la Iglesia el Estado, es tan repugnante a la naturaleza de la Iglesia como repugnante es a la naturaleza de toda autoridad separar de ella la muchedumbre respecto de la cual es principio ordenante; como lo es a la naturaleza de todo derecho, separar de él la materia sobre que se ejerce.

Como quiera, pues, que el Estado se separe de la Iglesia, queda por ende violado el fundamental principio del orden moral, consistente en el necesario vinculo que liga con Dios al hombre.

(a) Data est mihi omnis potestas in coelo et in terra. (Matth., XXVIII, 18.)
(b) Sicut misit me Pater, et ego mitto vos. (Joan. XX, 21.)


Gabino Tejado: El catolicismo liberal (1875), pp. 315-319

miércoles, 3 de octubre de 2018

¿Qué es el liberalismo? Definición precisa de Gabino Tejado

Gabino Tejado Rodríguez
(Badajoz, 1819 - Madrid, 1891)

«Véase, sobre todo, la especie de doctrinas y de hechos, de grupos y de hombres, que desde la Revolucion Francesa acá, se designan constante y universalmente con el apellido de liberales; y si no hemos de burlarnos del lenguaje comun y del sentido comun, hallaremos como hecho evidente que el tal apellido tiene plenamente ganado el derecho á ser estimado por la conciencia pública como calificativo de todas las ideas, de todas las instituciones y de todas las personas que desde aquella época funesta vienen volcando todos los fundamentos sociales, y señaladamente la autoridad y la libertad.

Es vano y pueril, cuando no es maligno y pérfido, querer protestar contra este hecho evidente. Las cosas son lo que son, y las palabras lo que significan en el comun lenguaje, y en el órden de cosas á que han sido constante y universalmente aplicadas.

Pues bien, sinceramente estudiado el lenguaje comun, y el órden de cosas á que ha sido constante y universalmente aplicada la palabra liberalismo, no se expresa con ella sino el conjunto de varias especies pertenecientes á un género comun de sistemas, que, con mayor ó menor intensidad, por vias más ó menos directas, se proponen secularizar la vida humana; es decir, apartar de toda norma de derecho divino la actividad de individuos y sociedades, tomando por criterio único y exclusivo de todo acto moral, privado ó público, la mera razon y la mera voluntad del hombre.

Esto es el liberalismo, considerado en su esencia; y esto es lo que, en el lenguaje comun, significa la palabra. Es decir:—en el órden intelectual, soberanía absoluta de la razon humana;—en el órden moral, soberanía absoluta de la voluntad humana; y estas dos soberanías, produciendo:

1.° En el órden religioso,—el racionalismo; es decir, la razon del hombre, erigida en autora única y único criterio legítimo de sus creencias, con sus derivados—el protestantismo, y todas sus innumerables variedades, sólo conformes en negar la autoridad de la Iglesia;—el deismo, que niega á Jesucristo y toda religion positiva;— el ateismo, bajo sus varias formas de materialismo, panteismo, positivismo y sus análogas;—el escepticismo dogmático, y el antes definido eclecticismo, con sus naturales derivaciones, el indiferentismo, el latitudinarismo y el nihilismo.

2.° En el órden político, la Soberanía Nacional, ó la de clases determinadas ó grupos indeterminados, ó la del príncipe, erigida en única fuente de la autoridad social, y único juez y regulador de todas las esferas y de todos los movimientos de la vida pública; es decir, la anarquía democrática, ó la oligarquía parlamentaria, ó el absolutismo monárquico, dictatorial ó cesáreo.

3.° En el órden económico: el predominio exclusivo de los intereses materiales, rigiendo la vida entera de la ciencia, de la literatura, de las artes, del Gobierno, de la administracion pública, y engendrando—ora el Individualismo, que al fin para en ser guerra social por la competencia entre productor y productor, entre la produccion y el consumo, y entre el capital y el trabajo;—ora el Socialismo y el Comunismo, que si llegaran á prevalecer, serian la muerte de toda produccion, causada por el sofocamiento de toda actividad individual.

Esto es el Liberalismo. La raiz comun de todas las sectas en que se divide indefinidamente, es el Naturalismo, ó sea la negacion, más ó menos radical y explícita, del órden sobrenatural; y por consiguiente, la expulsion, más ó menos radical y explícita tambien, de las normas divinas en la vida del individuo y de la sociedad.

Y es así que esta es, digo ahora, ni más ni menos, la nota característica de la Revolucion; luego el Liberalismo no es más ni menos que la Revolucion.

Luego el Liberalismo no es, no, una forma política; no es un sistema que tenga por objeto único establecer condiciones determinadas á las relaciones entre el Soberano y los súbditos; no es la monarquía constitucional, ni el régimen parlamentario, ni la república; no es la autocracia, ni la aristocracia, ni la mesocracia, ni la democracia; mejor dicho, puede ser todo eso, y puede no ser nada de eso. El Liberalismo es, pura y simplemente, la Revolucion.»

Tejado, Gabino: El Catolicismo liberal (1875); pp. 165-167

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